sábado, 22 de marzo de 2025

Un mal año.

 




“El dos mi veintitrés fue un mal año. El peor de mi vida”, es una frase que repito en mi cabeza, casi como un mantra, como un intento de convencerme de que a partir de ese momento, las cosas solo podrían ir a mejor.

Dos mil veintitrés. Ese año que comencé en pleno proceso de divorcio, sumido unos papeleos que venían a decirme que ya no tenía ningún vínculo con la persona con la que compartí los últimos veinticinco años de mi vida. Una fría forma de despedirse de una etapa tan larga que representaba casi toda mi vida, o más de la mitad por lo menos.

Y después llegaron los problemas económicos. A la debacle producida por el divorcio se le juntaba mi escaso sueldo, las obligaciones familiares ineludibles y todas esas facturas que seguían llegando a mi buzón como si nada hubiese pasado, sin tregua, sin piedad. Meses de neveras y depósitos de combustible vacíos, de pedir favores y vender algunos de los tesoros que había ido guardando en mis estanterías.

Y fue entonces, cuando solo me quedaba el trabajo como lugar seguro al que aferrarme, como única rutina que seguir de forma ineludible, cuando empezaron los problemas. Juegos de poder en las altas esferas que terminaron salpicando a los soldados rasos, incluso a los recién llegados como yo. Amenazas de despidos, de expedientes, de cambios a peor incluso, noches sin dormir, ataques de ansiedad y miedo, mucho miedo a perder lo poco que conservaba.

Y para despedir esos 365 días fatídicos unas navidades en el ala de pediatría del hospital, al pie de la cama de mi hija viendo médicos pasar con cara de desconcierto, de quirófanos, vías y sedantes, incertidumbre e impotencia, de sonreír mientras lloraba por dentro, de sentir como un insondable pozo de desesperación se abría bajo mis pies y me engullía hacia un futuro terrorífico.

Pero como pasa en los cuentos de hadas, esos que siempre terminan inesperadamente bien para que los niños no se traumaticen y se conviertan en psicópatas adultos, las cosas volvieron poco a poco a su cauce. Mi hija logró recuperarse para poder lucir sus cicatrices de batalla, mi situación laboral se estabilizó y poco a poco mi situación económica pasó de lo desastroso a los regulinchi. Además encontré a alguien con quien compartir mi vida, mis movidas y mis idioteces y al final ese año terrible quedó atrás.

Y es por eso mismo que me he decidido a escribir estas líneas. Porque poco a poco los malos recuerdos van quedando ocultos tras las brumas de la memoria, y ese camino lleno de baches, espinas y bestias aullantes de ojos rojos y babosas mandíbulas repletas de dientes afilados, no parecen tan terribles. Y es importante recordar. Es importante saber quedarse con lo bueno pero también con lo malo. Y quizás sea por esto por lo que empecé a escribir un blog. Para hoy poder pasearme por él y encontrarme con ese yo treintañero que solo pensaba en juegos y en hacer chistes malos, en reflexionar sobre cosas mundanas que creía irrelevantes pero que me convirtieron en lo que fui, al igual que ese dos mil veintitres me destrozó para darme la oportunidad de rehacerme. O no. Pero eso ya se verá. Y puede que algún día vuelva aquí para revivir este momento extraño y piense “Joder, he pasdo la vida creyendo que todo estaba mal cuando no era así”. O no. Pero eso ya se verá.

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