martes, 8 de septiembre de 2026

Decisiones (paternidad parte 55)

 


Diez de la mañana de otro radiante día en mi nuevo trabajo. Los abuelitos me saludan y agradecen mi labor mientras que numerosas jóvenes me guiñan el ojo y sonríen de forma picarona. Médicos y enfermeras levantan el pulgar a mi paso, conscientes del valor del trabajo que desempeño, mejorando sin ninguna duda el funcionamiento de un sistema sanitario exhausto, pero que resiste.

Todo es maravilloso, precioso, fácil y cómodo y el sol que se filtra entre las cortinas metálicas de los ventanales inundan las salas de espera con los destellos dorados de mi cabello. Pero llego a pediatría.

Allí los niños protestan por las esperas y la incertidumbre, hay quejidos y llantos, protestas y gritos; mientras padres y madres tratan de aplacar la furia primaria de sus retoños. En el extremo de la sala, junto a la ventana, su padre  trata desesperadamente de negociar con un niño de unos ocho años que no parece dispuesto a seguir con los convencionalismos sociales del lugar. Y eso no habría tenido la menor relevancia para mi de no haber oído claramente de boca del niño esa frase.


"Goku es una caca".


Ni en mis más fébriles delirios podría llegar siquiera a imaginar el contexto en el que esa frase podría haber sido pronunciada, pero el dolor que causó en mi yo interior, en lo más profundo de mi alma se asemejaba a aquella insoportable puñalada coronaria que hace no tanto me desangrò. Y supe que no podría soportarla por segunda vez.

"Cuida tus palabras, niño", le digo ante la sorprendida mirada de su padre, a lo que el niño, imbuído por sus primeros instintos de rebeldía se reafirma con un más firme aún "Goku es una caca". Y aquí termina el buen rollo.


Dejando de lado toda reputación, decoro y profesionalidad, agarro mi uniforme con las dos manos y lo rompo a lo Julc Jogan cuando se enfadaba, revelando bajo él y cubriendo mi poderoso torso, una camiseta de Goku supersayan. El niño palidece, consciente de su error y el padre retrocede unos pasos, aterrorizado, mientras agarro a su retoño por un brazo, abro la ventana y me dispongo a arrojarlo tres pisos al vacío. Pero antes de que pueda cometer tan execrable acto de infanticidio, algo considerado delito en al menos una veintena de países, el padre se acerca a mi y sujeta mi brazo ejecutor. Y antes de que pueda zafarme de él se levanta la manga de la camiseta para mostrarme un tatuaje de Vegeta dándose de ostias con Freezer en el planeta Namek. 


"Yo lo haré", me dice muy serio. Entonces agarra al niño por las orejas y lo tira por la ventana de una patada. Nos quedamos mirando como cae durante unos segundos hasta que apartamos la vista antes de que toque el suelo, para dejar al lector con la intriga de si habrá sobrevivido milagrosamente o no.


Nos miramos y asentimos. Sabemos que hemos hecho bien. Que hay cosas que son intocables. Sagradas. Imperdonables.

domingo, 6 de septiembre de 2026

De piedras y traumas existenciales

 


El doctor mira la pantalla sin demasiado interés y empieza a hablar sin mirarme, lo que me saca del ensueño de mi preocupación y hace que vuelva a mi realidad de paciente en la consulta.

- Son cólicos -dice con total tranquilidad. -Pequeñas piedrecitas afiladas que flotan en tu vejiga causando pequeñas lesiones, malestar y el sangrado al orinar.

- ¿Y a qué se deben, doctor? -le pregunto lleno de curiosidad. -Si yo no bebo ni fumo y hago deporte regularmente y...

- Eso solo son patrañas, querido paciente. Los buenos hàbitos no son garantía de buena salud. Algunas veces los factores emocionales hacen que nuestro cuerpo no funcione de forma correcta y genere este tipo de problemas menores.

- ¿Me está diciendo usted que es mejor ser un drogadicto feliz que una persona sana triste?

- Si la tristeza se convierte en la bandera que uno enarbola para autodefinirse, sí.

Me quedo pensando un rato mientras él teclea, no tanto en los cólicos sino en el hecho de que ese doctor se expresa de una forma un tanto extraña.

- ¿Y qué puedo hacer? -le pregunto. -¿Hay alguna medicación que pueda ayudarme?

- ¿Medicación? -el médico suelta una sonora carcajada. -Las pastillas solo son placebos para los idiotas, y usted no parece tan tonto. Lo que tiene que hacer es resolver aquellas cuentas pendientes de su pasado, enfrentarse a todos esos traumas que le han convertido en este ser miserable y patético que es ahora y luchar para que su futuro se vea libre de toda culpa. Solo así logrará destruir esos molestos cálculos.

Y dicho esto me entrega una hoja de papel y me expulsa de la consulta con celeridad. Salgo a la calle y me quedo pensando en como la muerte de mi madre se convirtió en arenilla en mis riñones, el fracaso de mi matrimonio en fangos no filtrados, y como ahora mi exnovia seguía conmigo en forma de cristales uretrales. Y cuantas más vueltas le doy menos comprendo. Y cuanto más listo me dicen que soy, más estúpido me siento. Y cuando miro el papel que me dio el doctor compruebo que es una hoja en blanco con un pene dibujado. Y pienso y me convenzo de que esto de mear sangre no está tan mal después de todo. Que es cuestión de acostumbrarse.

viernes, 7 de agosto de 2026

De abismos y compasión.

 Me has empujado al pozo más profundo,

mientras estaba distraido sintiéndome seguro.

Has roto mi delicado equilibrio,

y he caído a la oscuridad y el vértigo.

Y mientras caigo me siento traicionado,

porque la misma mano que me acarició,

es la misma que me arroja al abismo.

Y mientras busco desesperado donde agarrarme,

para frenar mi frenético descenso,

no puedo dejar de pensar en tus ojos.

Me has hecho caer hacia el olvido,

desgarrando mi carne y mi alma.

Cada golpe contra las afiladas paredes,

me despoja de un pedazo de lo que he sido.

Y mientras me desnudo de mi propio ser,

pienso que tu acto quizás no ha sido tan ruin,

que en el fondo sabías que este es mi lugar.

Y mientras me acerco a mi inevitable fin,

entiendo que esto ha sido un acto de compasion,

una última muestra de amor incondicional.


miércoles, 22 de julio de 2026

De elecciones y decepciones

 


Año 1991, en el patio del colegio. Una docena de niños, todos los varones de la clase, esperamos formando fila delante de la pista de fútbol. Dos capitanes, elegidos ellos mismos por considerarse los mayores exponentes del deporte rey de la clase, observan detenidamente a los que esperamos en la fila analizando nuestras cualidades. Sortean quién será el primero en elegir y uno a uno van eligiendo los miembros para su equipo. Al principio la elección se hace teniendo en cuenta las mayores habilidades deportivas y forma física de los futuros jugadores, pero poco a poco ese sesgo deriva en buscar a los menos inútiles de la clase, grupo en el que obviamente yo me hallo. Poco a poco la fila va menguando pero yo sigo en ella y finalmente solo quedamos dos: Arturo, un niño con problemas de asma y una clara cojera y yo. El capitán al que le toca elegir nos mira con desesperación mientras yo en el fondo deseo ser el elegido. No puedo pensar en lo patético ni indigno de la situación, solo en ese instinto de supervivencia que me ruega la pequeña satisfacción de saber que no voy a ser el último. Hasta que Marc, el capitán que debe elegir, posiblemente desesperado por lo que va a ingresar en su equipo dice aquello de “Arturo árbitro, impares, Josep se queda fuera” y como si aquella decisión fuese impuesta desde una autoridad superior e inapelable, los equipos quedan conformados y yo me alejo del lugar para sentarme a la sombra de un árbol.


Y lo entiendo. Era un partido importante y yo no soy el mejor jugador del mundo. Veo como corren detrás de la pelota como simios detrás de una sandía que su cuidador les ha arrojado a la jaula del zoo, mientras el pobre árbitro gira sobre sí mismo sin tener ni idea de cual es su cometido allí. Hay gritos y peleas, y en el fondo me siento bien por no haber sido elegido. Quizás ese no fuera mi ambiente ni mi mundo. Miro alrededor y veo a las niñas reunidas en pequeños grupúsculos, hablando despreocupadas, niños más pequeños con sus juegos inocentes y a los mayores que ya trascendieron ese estado de necesidad adaptativa, dando vueltas por los suburbios del patio. Mientras yo bajo mi árbol me pregunto si algún día encontraré mi lugar, si algún día seré aceptado en algún equipo, no necesariamente ganador, pero sí confortablemente acogedor.


Entonces me fijo en el tronco detrás de mi y veo un hueco enorme en su base, tan grande como para que quepa alguien como yo. Me asomo y no puedo ver nada más allá de una impenetrable oscuridad. Meto una mano, después la cabeza y pierdo el equilibrio, cayendo en un pozo espaciotemporal que me lleva hasta el…


Año 1997, en el local de ensayo de una banda de música local. No es fácil encontrar un sitio donde ensayar, pero menos aún a un grupo de gente que comparten gustos musicales y ganas de subirse a un escenario para comerse el mundo. Han puesto un anuncio buscando guitarrista y aparecemos tres tratando de ser los elegidos. Mi amigo C, compañero de clases de guitarra y yo llegamos primero, con nuestros instrumentos en mano y melenas al viento. Somos conscientes de que el factor estético es importante en el mundo del rock y por eso contamos con ese punto a nuestro favor. El tercer candidato es un chaval más joven, que viste con ropas excesivamente anchas y no trae instrumento, por lo que le pide a C su guitarra para cuando tenga que hacer la prueba. Nos miramos y le hago un gesto a C para que sea el primero.


C es un buen guitarrista. En clase siempre estuvo un paso por delante de mi en cuanto a técnica y capacidad de improvisación. Él salía adelante donde yo me bloqueaba, sabía maquillar los errores y pillaba las partituras a la primera. Si yo tocara antes que él, sin duda después me eclipsaría, por lo que vengo preparado con un montón de poses chulas y movimientos de cuello para tratar de impresionarles por ese lado. Cuando C termina todos parecen más que satisfechos y antes de que pueda tomar posiciones, el desconocido se me adelanta para aprovechar que ya tiene la guitarra enchufada. El tío toca como el culo, no acierta ningún acorde, los punteos suenan fatal y no parece tener ningún sentido del ritmo, pero sus movimientos de cadera, sus saltos y su manera de agitar el mástil como Glenn Tipton en sus mejores tiempos son impresionantes. Es un showman nato agarrado a un instrumento que no sabe como funciona, pero ni falta que le hace. Todos parecen realmente impresionados cuando llega mi turno. Enchufo mi guitarra que emite un sonido estridente y desagradable, presagio de lo que está por venir y empiezo. No tengo la técnica de C ni la presencia del otro y lo noto en las miradas decepcionadas de quienes deben juzgarme. Empiezo mal y poco a poco me voy viniendo abajo hasta que decido que ya es suficiente y me retiro con una sonrisa forzada y me siento en un sofá. Los de la banda parecen satisfechos con los otros dos y deciden añadirlos a ambos a la formación mientras yo me hundo más y más entre los cojines de ese sofá que parece no tener fondo y al final desaparezco absorbido por un vórtice dimensional que me lleva a…


2006, una entrevista de trabajo que puede decidir mi futuro. Ocho candidatos al puesto, todos ellos vestidos con traje y corbata excepto yo, que llevo unos tejanos gastados y una camiseta de Iron Maiden con la portada del live after death, por eso de marcar la diferencia y destacar entre tanto mediocre convencionalismo. Pero cuando entran los dos directivos de la empresa para hacer la selección, noto que ellos también llevan traje y corbata y me miran con desdén. Me levanto de mi silla y me tiro por la ventana sin abrirla, cayendo al vacío rodeado por una nube de fragmentos de cristal que giran a mi alrededor creando un portal luminoso de energía entrópica que me teletransporta al…


2016 frente al altar en el momento en que levanto el velo a mi prometida y me veo reflejado en sus ojos amorosos. Yo luzco mis mejores galas, traje negro y corbata, ahora sí, hasta me he cortado el cabello para ese momento y estamos a punto de darnos el sí quiero cuando alguien irrumpe en la iglesia a lomos de una moto levantando un sonoro murmullo entre los invitados. Es él, el antagónico Mortymer, mi archienemigo y ex novio de la que va a ser mi futura esposa. Noto como ella se estremece al verle montado en esa Harley, vestido con cuero viejo y luciendo una media melena desordenada. La miro y ya no hay amor en sus ojos, solo duda y arrepentimiento. Se separa de mi, se sube a la moto y desaparecen derrapando dejando el lugar lleno de humo y goma quemada. Caigo de rodillas ante el Cristo que cuelga de la pared y grito desesperado como Gary Oldman en Drácula y al abrir los ojos de nuevo…


Año 2057, soy una cabeza en un tarro de cristal que reposa en una estantería junto a muchos otros. En algún momento del futuro se decidirá que todas aquellas personas con cierta relevancia en el mundo artístico deben ser preservadas para no perder su esencia creativa. No es la mejor de las existencias pero por lo menos aporta cierto reconocimiento a todos esos ingratos años de escribir y publicar libros. Hasta que la puerta se abre y entran dos funcionarios empujando un contenedor de basura. “Aquí ay no caben más cabezas” dice el que manda. “Hay que ir tirando a los escritores mediocres” y allá que voy, rechazado una vez más, arrojado a la basura para caer esta vez sí en el olvido pero con la dudosa satisfacción de que por lo menos esta vez me han elegido el primero.

jueves, 9 de julio de 2026

 

Demasiados años dando tumbos, caminando a ciegas, mordiendo el polvo y masticando arena; escuchando el silencio atronador, agudo, estridente; una vibración que me hace estallar la cabeza en mil pedazos que se esparcen, se atraen y orbitan; pensamientos e ideas inconexos pero que forman parte de un ordenado caos que me atrapa, me impide pensar y me satura de conceptos incalculables, inabarcables, cuasi infinitos, prácticamente imperfectos…


Como esa canción que escuchábamos en silencio mientras tú conducías hacia un atardecer teñido de rojo y yo te miraba como si fuese la primera vez que lo hacía, aunque quizás era la última, y me permití sonreír por un instante.


Se cierra el telón y los actores huyen, tropiezan entre ellos, se pierden en la oscuridad y gritan de terror al caer por escaleras, quedar empalados en piezas de atrezzo barato y se cortan las venas arrepentidos por haber elegido ese camino tan ingrato y vergonzoso; yo les miro inmóvil consciente que de todos ellos he tenido que interpretar el peor papel, con la diferencia de que yo ya tenía asumido el fracaso, el rechazo de un público sin expectativas ni criterio, igualmente enfadado, decepcionado, ansioso por desatar su furia sobre quienes trataron de entretenerles, y el teatro arde…

Como esa hoguera que encendimos una noche de invierno solo por el placer de mirar el fuego acurrucados, rodeados de puntitos de luz minúsculos que ascendían a un cielo tan oscuro como el abismo que se abría bajo mis pies.


Caída libre, vértigo, un grito ahogado, sin oxígeno, sin sentido; brazos agitándose buscando un asidero en la oscuridad, una mano salvadora que no llegará porque nunca estuvo ahí; un instante para reflexionar, para alegrarse de haber nacido, para lamentarse de no haber vivido, para odiar con el corazón abierto, palpitando con fuerza, ensordecedor, el último acto de rebeldía antes del golpe final…


Como esa puerta que dejé entreabierta por si algún día quería regresar, y que oí cerrarse con tres cerraduras y un candado cuando me alejé, dejando atrás rostros y paisajes quemados por las llamas de mi propia autocompasión, como si para definir aquello que soy hubiese sido necesario borrar todo lo demás.


Silencio, inmovilismo, ni una constante vital en el monitor, un electrocardiograma plano, gasto inútil de tinta para apuntar mi nombre en una etiqueta de papel; ojos abiertos, cristalizados, miradas tristes y suspiros por vocación, sangre estancada en la espalda y lividez, sueños de milagros y reinos en las nubes, de trampillas en el suelo y lagos de fuego, de agonía y de paz…


Como esa noche que desperté asustado por un sueño sin sentido, y te encontré respirando suavemente a mi lado y me acurruqué, para volver a dormirme sin ser del todo consciente de que el sueño era en realidad premonición.

lunes, 8 de junio de 2026

De ventiladores y leyendas

 El verano ha llegado y este año empieza fuerte. Mi cerebro puñetero, siempre visualizando las peores situaciones posibles, recuerda años anteriores; noches pegajosas de sábanas empapadas en sudor, ventanas abiertas de par en par como bocas sedientas de un poco de aire fresco que no se decide a entrar, insomnio, zumbar de mosquitos, sed y bochorno.

Pero este año no me va a pillar el toro. Este año me he mandado instalar un ventilador de techo.


Una maravilla de la tecnología moderna con elegantes aspas de madera de nogal, seis velocidades de rotación, inversor de giro, luces led regulables en intensidad y color, y motor ultrasilencioso con sistema antivibración integrado.

Me acuesto y me espatarro en la cama. La brisa que genera es suave y agradable, no como el aire directo de los ventiladores convencionales. Un ligero zumbido de las aspas de cedro al cortar el aire es casi relajante y me dejo llevar por la paz y la frescura hasta el mundo de los sueños.

Hasta que de pronto todo cambia. Una idea peregrina venida de algún ignoto rincón del subconsciente aparece de la nada y se incrusta en mi cerebelo despertando todos mis instintos primarios. ¿Y si el instalador no ha hecho bien su trabajo y el ventilador se cae? Sus aspas de cerezo descenderían de golpe, todavía girando, y me cortarían en pedazos, como si de un accidente de helicóptero doméstico se tratara. Y no puedo evitar el visualizar mi cuerpo desmembrado, descuartizado, fraccionado, desollado, mutilado... Un reto imposible para cualquier cirujano, una imágen imposible de olvidar para el forense. Un policía local vomitando el bocadillo del almuerzo en mi alfombra.

La escena me angustia y me impide dormir, hasta que por algún motivo, quizàs como modo de defensa de un cerebro demasiado acostumbrado a escapar de pensamientos e ideas hostiles, me siento repentinamente reconfortado. Porque quizás ese no dería un mal final para mí. Una muerte rápida y espectacular, de esas con pirotecnia cárnica y paredes salpicadas de rojo. Un cuerpo hecho pedazos tras una vida con el espíritu roto, una representación física y tangible de una dolencia emocional que existía desde siempre de forma subyacente. Una muerte de esas que se cuenta en los bares, en las colas de los supermercados, en peluquerías de señoras hastiadas y en las reuniones familiares de domingo cuando los niños ya se han ido a jugar por ahí. Y de la muerte al mito, del mito a la leyenda; una de esas que se perpetúan en el tiempo, mucho más que cualquier gesta heróica, libro publicado o canción escrita en una noche inspirada.

Pero el ventilador no se cae. Parece bien sujeto, excelente trabajo de un instalador veterano. Y con su profesionalidad se extingue mi sueño de sempiterna grandeza, que se evapora cuando suena el despertador anunciando un nuevo día de homogénea mediocridad. 

domingo, 3 de mayo de 2026

De cultos del mal y meriendas catalanas

 


Llego al lugar a la hora indicada, ni un minuto más ni uno menos. El cartel de la puerta anuncia un negocio de networking, pero eso no es más que una tapadera, por supuesto. Nadie en su sano juicio montaría una secta y lo anunciaría a la vista de todos. Llamo al timbre y espero a que me abran.

Estoy nervioso, lo reconozco. Uno no se apunta a un culto misterioso que ha visto anunciado en instagram todos los días, y mucho menos teniendo la clara sospecha de que aquello acabará en suicidio colectivo o peor aún, orgía unisex. Pero solo se vive una vez y llegados a estas edades no podemos cerrarnos a nuevas experiencias.

Abre la puerta un señor bajito oculto bajo una túnica oscura, pero no negra del todo, por lo que supongo que no será el líder en persona. Demasiado bajito para ser líder de nada. Menudo estigma el de quedarse a menos de metro setenta. Me invita a seguirle y me acompaña a un cambiador donde me espera una túnica de color claro, pero no blanca del todo, debido sin duda a la roña acumulada por múltiples usos. Me visto y salgo al pasillo de nuevo, desde donde accedo a la sala de reuniones del culto. Somos cuatro neófitos, dos iniciados y el líder, esta vez sí con una túnica negra ribeteada en carmesí que sonríe por algún motivo, supongo que por ir mejor vestido que todos los demás.

Lo que sigue es una retahíla de palabrería tan extensa como monótona que hace que mi mente divague hacia un pasado cercano, a menos de un año vista, quizás el peor de mi vida y que me ha llevado hasta este lugar; pero luego retrocedo aún más hasta encontrar algunos recuerdos felices, únicos y dolorosos por la certeza de que ya jamás se repetirán. Y sigo navegando por conciertos, trabajos y viajes, por conversaciones incómodas con alguien a quien prometí acompañar para siempre, por miedos y alegrías, ilusiones y fracasos, toda una vida marcada por la terrible certeza de que otra realidad podría quizás haber sido mejor, alomejor. Latidos innecesarios, alientos prescindibles, una vida tan superflua y monótona que convierte este presente en algo tan irrelevante como una hoja que cae en medio de un bosque cualquier día de otoño.

Cuando vuelvo a la realidad sigo en la sala del culto, con una daga en la mano y todos mirándome impacientes. Creo que de tanto pensar me he perdido algo y ahora me hallo en una situación complicada. El líder ha dejado de sonreír y percibo cierta irritación en su mirada. No sé qué esperan de mi, pero decido no defraudarles.

Agarro el cuchillo firmemente con mi mano derecha y me hago un corte en el antebrazo izquierdo; siento un intenso dolor pero mantengo la calma y dibujo con mi sangre un pentagrama en el suelo mientras canto canciones de los Beatles al revés para que suene más satánico. Pero cuando miro a mis compañeros en busca de su aprobación, uno de ellos está vomitando, el otro se ha desmayado y otro sale por la ventana con escasa gracia natural. Los dos iniciados se echan las manos a la cabeza y el líder corre a por una fregona. Y entonces lo veo.

En una mesita junto a mi hay una cuña de queso y algo de pan y fuet, supongo que para preparar la merienda, la cual me habrán encargado a mi. Me dispongo a pedirles disculpas y explicarles lo sucedido pero la vista se me empieza a nublar y pierdo el conocimiento por la pérdida de sangre.

Despierto en un banco del parque aturdido y sin mi túnica. Tengo la sensación de que al final no me han cogido en el culto ese, pero casi me da igual. Seguro que eran de esos que rallan el tomate en lugar de restregarlo y que no pelan el fuet y luego se pasan el día quitándose pellejitos de entre los dientes.