sábado, 21 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (7 de 7)

 

10.-

Descendieron por una desgastada escalinata de piedra hacia la más oscura de las oscuridades, una a un nivel tan oscuramente oscuro que habría sido capaz de oscurecer hasta al más oscurecido corazón, pero ambos parecían ser inmunes a tal sensación. El editor encabezaba la marcha con su ballesta y su linterna, emocionado por la idea de enfrentarse por fin al ser de ultratumba que su familia llevaba persiguiendo desde hacía siglos, mientras que Ramiro simplemente parecía sentirse cómodo en aquel lugar, como si por fin hubiese encontrado en aquella tenebrosa tiniebla subterránea un lugar al que llamar hogar.

Cuando por fin llegaron a suelo firme se encontraron en una enorme sala de techo abovedado cuyas dimensiones podrían duplicar sin problema las de la base de la construcción sobre el suelo. Examinaron el lugar con detenimiento y encontraron gran cantidad de restos de muebles de estilo victoriano que ya habían sucumbido al paso del tiempo, así como un enorme cajón que en su día estaría lleno de tierra y que ahora se hallaba desparramado contra uno de los muros y restos de tapices, cortinas y vestimentas antiguas carcomidas por el tiempo. El conjunto de la sala daba a imaginar que hubiese pasado por allí un decorador de interiores enloquecido y se hubiese marchado hacía doscientos años para no volver.

Y al fondo del todo, como no,un ataúd de madera oscura colocado en vertical y mostrando complejos grabados dorados que relucían a la luz de la linterna.

-Allí la tenemos -dijo el editor sin poder disimular la emoción en su voz.

Con la ballesta apuntando directamente ante él se acercó al ataúd, lo abrió con un movimiento brusco y comprobó que estaba vacío.

-Enhorabuena querido Gutierrez -dijo la voz de una chica desde las sombras.

-¡Dejate ver, maldita Maty Ann! -gritó el editor.

-Un momento… -interrumpió Ramiro. -¿De verdad te llamas Gutierrez? Pensaba que te apellidarías Van Helsing o Von Richten o…

-Mi apellido de cazavampiros lo llevaba mi abuela y se perdió por culpa de la costumbre de colocar el del padre primero.

-Hoy en día se podría haber cambiado, pero quizás en la época de tu abuela no -continuó Ramiro. -Esto es culpa del patriarcado imperante en nuestra sociedad.

-¡Da igual como me llame! -gritó por segunda vez el editor, ahora también conocido como Gutierrez. -Lo importante es que por fin voy a dar caza a esta maldita…

Y entonces como salida de las mismas sombras, la delicada figura de Mary Ann, Míriam para Ramiro se lanzó sobre el distraído cazador de vampiros y con un movimiento más rápido de lo que un ojo humano podría percibir, le golpeó en el brazo derecho con tal fuerza que la ballesta salió despedida de sus manos, cayendo a los pies de Ramiro. El editor soltó un grito de rabia y frustración mientras su antigua enemiga le levantaba del suelo con fuerza sobrehumana.

-¡Coge la ballesta, Ramiro! -consiguió decir con dificultad. -Acaba con ella antes de que sea tarde…

Ramiro se agachó y cogió la ballesta. Le pareció mucho más ligera de lo que parecía y por un instante sintió una agradable sensación de poder recorriendo su espina dorsal. Apuntó a la chica y se fijó en que sus facciones habían cambiado ligeramente; sus ojos parecían más rasgados y reflejaban la luz de la linterna con un tono amarillento, mientras que su boca se había agrandado y dejaba ver unos colmillos exageradamente grandes.

-¿Vas a matarme, cariño mio? -siseó Mary Ann al ver las malas intenciones de Ramiro, a quien le empezaron a temblar las manos.

-Es la única forma de poder ser humano de nuevo -le respondió él.

-¿Y es eso lo que realmente quieres? -preguntó ella.

Ramiro titubeó. Realmente nunca se lo había planteado. Llevaba toda una vida odiándose casi tanto como odiaba a los demás, y ahora esa chica misteriosa le brindaba la oportunidad de alejarse de todo ello, de adentrarse en un nuevo mundo desconocido, emocionante, fresco y nuevo.

-¡No la creas, te está embaucando! -dijo el editor todavía tratando en vano de zafarse de la presa de la vampiresa. -Necesitan esclavos, personas inocentes para que les sirvan por toda la eternidad, o hasta que encuentren a otro mejor. No vas a ser más que una mascota para ella.

-¿Es eso verdad? -preguntó Ramiro sujetando la ballesta de nuevo con firmeza.

-Claro que no -respondió ella. -Te he elegido entre miles para que me acompañes en la eternidad. Te he hecho un regalo muy valioso en realidad.

-¿Es eso verdad? -preguntó de nuevo Ramiro, esta vez dirigiéndose a su antiguo editor.

-¡Claro que no idiota! ¡Destrúyela!

-¡No! -ordenó ella. -¡Destrúyele a él y podremos ser libres!

Ramiro no sabía a quien apuntar, qué pensar y mucho menos se veía capaz de tomar decisiones tan vitales en tan poco tiempo y bajo tanta presión, así que bajó la ballesta y por primera vez en su vida, gritó desde el fondo de su alma.

-¡Aquí nadie va a destruir a nadie, joder!

Los dos contendientes, enemigos declarados desde siglos atrás, quedaron en silencio contemplando la figura de Ramiro que ahora parecía más grande, más terrible y por algún motivo peligrosa. Mary Ann dejó a Gutierrez en el suelo de nuevo y ambos esperaron con cierto respeto a lo que Ramiro tenía que decir.

-No me importan vuestras rencillas familiares, de donde vienen ni de cuando se originaron. No me importa este valle, ni esa choza mugrienta ni si mis libros merecen la pena o son basura. Pero lo que sí me estropea el humor es que me hayáis utilizado, uno para hacer de cebo y la otra para esclavizarme para siempre sin tener en cuenta mi opinión ni mi bienestar físico y mental. Así que ahora saldremos de este agujero y cada uno se irá a su casita y haremos como que nada de esto ha pasado. ¿Entendido?

Mary Anne y el editor Gutierrez se miraron y encogieron los hombros. Quizás Ramiro tenía razón y se habían sumido en una guerra sin sentido que les había hecho olvidar su propia individualidad así como la capacidad para centrarse en las cosas que realmente les hacían felices. Cazador y presa se dieron la mano con respeto y se marcharon, uno por las escaleras de vuelta a la civilización y la otra fundiéndose en las sombras para ya no reaparecer jamás.

Ramiro esperó un rato y luego salió al exterior, se sentó sobre una roca y se puso a mirar el cielo color turquesa que precede al amanecer. Todavía sostenía la ballesta en su mano y se quedó mirando el único virote que había cargado en ella, preparado para acabar con quien se cruzara en su trayectoria. Sería muy sencillo terminar con todo, pensó Ramiro; sería la manera fácil de dejar atrás tanta miseria y preocupación. Pero en lugar de hacerlo, alzó la ballesta y disparó ese único virote al tronco de un arbusto cercano, que se clavó en la madera verde con un sonido seco. Quizás sí que merezca la pena vivir, siguió pensando; quizás esto sea solo el principio de una vida mejor. ¿Y si todo lo que necesitaba era un revulsivo para tener un cambio de actitud? Por primera vez logró tener un atisbo de pensamiento positivo, sin futuros inciertos, sin autorreproches, sin sabotajes internos. Había nacido un nuevo Ramiro y pronto el mundo podría conocerle y aprender de él.

Pero sus pensamientos se convirtieron en cenizas cuando el primer rayo de sol le alcanzó.

 


miércoles, 18 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (6)

 

¿Nuevo en esta historia? Empieza a leerla desde aquí.





08.-

-¿Me estás insinuando… -comenzó a decir Ramiro después de vomitar unos donuts cubiertos de chocolate que acababa de ingerir con cierta ansia a pesar de las advertencias de su supuesto editor. -...que esa chica que conocí, esa tal Miriam, era una vampira de cientos de años de antigüedad a la que tu familia lleva persiguiendo desde hace generaciones porque sois una especie de Van Helsings?

-Así es -respondió el editor cubriéndose con una chaqueta larga y negra y calándose un sombrero de ala ancha hasta los ojos mientras no dejaba de acariciar su ballesta.

-¿Y que el encuentro que tuve con ella no fue una relación sexual al uso sino una vampirización porque quiere convertirme en su esclavo?

- Exacto -afirmó el editor colocando cuidadosamente un virote de madera de fresno en su arma.

-¿Y también que yo no estaba aquí por mis dotes literarias sino para servir de cebo a la vampira y que tú pudieses venir a cazarla?

-Justo -dijo el editor colgándose en el pecho un crucifijo, a la espalda un carcaj repleto de munición y varios botes con un líquido transparente, seguramente agua bendita.

-Por lo tanto ahora yo soy un medio vampiro que si quiero volver a recuperar mi humanidad tengo que ayudarte a localizar a esa chica y destruirla.

-Así es. Andando -y el editor empujó a Ramiro a la calle.


09,-

La noche estaba cayendo y Ramiro se sentía mucho más cómodo con la ausencia de luz solar directa. Sus sentidos parecían haberse agudizado estos últimos días y avanzaba entre las sombras del valle como un sabueso seguido por el editor, que parecía un personaje sacado de una novela de Solomon Kane.

-Te repito que he peinado la zona decenas de veces en su búsqueda y no he podido encontrar esa construcción de piedra -dijo Ramiro viéndose incapaz de encontrar nada, menos aún con la presión de llevar detrás a semejante individuo.

-Los vampiros saben usar ilusiones para confundir la mente, -comenzó a explicarle con tranquilidad el editor -puede que esa casa fuese el aspecto que tenía hace cientos de años. Ha podido cambiar mucho a día de hoy.

-En ese caso… Solo se me ocurre mirar en las ruinas que hay sobre esa colina, pero incluso allí he buscado ya.

Casi sumidos en una oscuridad total, ambos subieron la colina para encontrarse entre los restos de lo que en su día podría haber sido una pequeña torre de vigilancia o refugio de piedra. Desde luego podría ser ese el lugar, pero no había en él ni rastro de vida.

-¿Podría ser aquí? -le preguntó el editor. -Trata de recordar algún detalle de aquella noche.

-Recuerdo… Que entramos por la puerta y al fondo había una chimenea, más o menos donde aquellas piedras. Aquí la mesa, el sofá y una alfombra… -y de pronto recordó algo. -El suelo hizo un ruido cuando pisé la alfombra. Como si… Hubiese algo de madera debajo.

-¿Una trampilla quizás? -preguntó el editor emocionado. -¡Ayúdame a buscar!

Y así, moviendo algunos cascotes y apartando los matojos que crecían entre las grietas, encontraron una oquedad que descendía hacia las tinieblas.

El editor encendió una linterna de esas que llevan en la cabeza los runners y se la colocó sobre el sombrero.

-Por fin he encontrado tu refugio Mary Ann.

viernes, 13 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (5)

Por si no lo sabías, este relato se empieza a leer AQUI

 

07.

A los dos días llegó el editor con el maletero lleno de víveres tal como había prometido. Aparcó su coche a pocos metros de la cabaña, se bajó, estiró las piernas y cogiendo una buena bocanada del aire fresco del valle, contempló la belleza del lago y los bosques que le rodeaban. Después sacó las primeras bolsas del maletero y se dirigió a la puerta de la cabaña. Se fijó en que estaban todas las ventanas cerradas a cal y canto y lamentó que ese escritor de ciudad no fuese capaz de admirar el enclave tan afortunado en el que se hallaba. Llamó a la puerta pero como las bolsas pesaban una barbaridad, la abrió con el codo y se sumió en la oscuridad de la sala principal. Al ver la figura de Ramiro colgando inerte del techo, las bolsas cayeron al suelo con cierto estrépito, como de botes de cristal haciéndose añicos.

Azorado, corrió a abrir las ventanas para sentirse al menos en un ambiente menos hostil, y en cuanto abrió la primera y un chorro de luz del amanecer iluminó directamente el cuerpo, la voz de Ramiro se pudo oír en toda la sala.

-Cierra esa ventana, maldita sea.

El editor se quedó mirando el cuerpo que colgaba del techo y que ahora no solo había hablado sino que se cubría la cara con las manos.

-¿Estás vivo?

-Eso creo -contestó con dificultad Ramiro.

-¿Pero cuanto tiempo llevas ahí colgado?

-Un día o dos, no lo sé. Desde aquí no alcanzo a ver el reloj.

-¿Y porqué no te has muerto ya?

-Yo que sé… ¡Ayúdame a bajar!

Y así el Editor se agarró de las piernas de Ramiro, le levantó a pulso y éste logró desengancharse la soga, momento en el que perdieron el equilibrio y cayeron a plomo sobre el duro suelo, llevándose Ramiro la peor parte.

-Algo habré hecho mal, seguramente el nudo -dijo este último con cierto desánimo. -Ni para morirme sirvo… ¿Sabes una cosa? Me da igual esa novela, si me hago rico y famoso o no, si la editorial se enfada conmigo… A partir de ahora voy a hacer las cosas a mi manera y solo aquello que me apetezca. No más escribir historias románticas solo por que es lo que el público quiere. No más buscar la aceptación de aquellas gentes a quienes yo no…

Entonces Ramiro se dio cuenta de que estaba hablando solo. El editor había salido y ahora entraba de nuevo portando un pequeño maletín oscuro. Lo abrió sobre una mesa cuidadosamente y comenzó a extraer piezas de aspecto extraño que iba ensambalando lentamente con la precisión de un relojero. Ramiro contemplaba su silueta recortada contra la luz que entraba por la ventana con cieta fascinación, hasta que se dio cuenta de que el objeto en cuestión terminaba siendo una ballesta y le pudo la curiosidad.

-¿Qué es eso? ¿Y por qué estás pasando de mi? Llevo horas colgado del cuello y no me he muerto. Soy un milagro médico o algo así. ¿Y para qué quieres una ballesta? ¿Vas a salir a cazar?

Entonces el editor miró a Ramiro y le sonrió. De pronto su cara había cambiado y ese amable y atento hombre que le prometía el éxito literario se había convertido en la de un ser agresivo y decidido.

-Vamos de caza, sí. Hay que cazar a una vampira.


 

miércoles, 11 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (4)

Este relato se debería empezar a leer por AQUÍ

06.

Pasó los siguientes días entre el desconcierto y el nerviosismo que le producía el vívido recuerdo de esa noche. Había sido terriblemente real, al menos hasta el momento en que entre esa chica y él las cosas habían comenzado a ponerse interesantes; pero a partir de ahí todo se convertía en un sueño más y más difuso. Cada vez sus caminatas eran más extensas y comenzó a correr para cubrir la mayor distancia posible en busca de esa construcción, pero fue en vano. Podía reconocer el punto aproximado del bosque donde la encontró, incluso seguir la ruta que habrían hecho hasta la casa, pero todo lo que podía ver en esa zona eran aquellas piedras antiguas y su propia cabaña.

Por las noches le costaba dormir. Recordaba su tacto, su olor, su voz… sentía impulsos de seguir buscándola a pesar de la oscuridad reinante afuera, mientras que por el día le resultaba cada vez más difícil salir; se sentía cansado, agotado, en cierto modo irritado y se refugiaba en el interior de la casa esperando a que cayera la noche de nuevo.

Los días pasaban y casi se había olvidado de que faltaba ya poco para que el editor regresara con las provisiones para la siguiente quincena y querría ver algún avance en la novela que por supuesto no estaba escribiendo, cosa que le angustiaba todavía más y le obligaba a salir a correr cada noche. Era su única forma de desahogo, y lo único que mantenía viva su esperanza de dar de nuevo con esa chica que le obsesionaba, pero por muchos kilómetros que recorriera en ese apartado valle, sus esfuerzos no daban resultado y cada amanecer regresaba agotado a la celda en que se había convertido esa cabaña.

Ese mismo día el estridente timbre del rudimentario teléfono le sacó de sus ensoñaciones como si le hubiesen sacudido con una pala de hierro en la cabeza.

-¿Si? -respondió con pereza.

-Soy yo -dijo la lejana voz del editor desde el otro lado del auricular. -Espero que estés bien. Pasado mañana te traeré los víveres que necesites y de paso me enseñas lo que llevas escrito. No es por meterte prisa, pero los de arriba me están presionando un poco, así que espero que la cosa esté marchando a buen ritmo.

-Sí, va bastante bien -dijo Ramiro mirando su portátil, que llevaba apagado encima de la mesa casi una semana.

-¡Estupendo!

-Oye, una cosa que quería preguntarte sobre este lugar… -dijo Ramiro sin poder evitar cierto titubeo. -¿Sabes si vive alguien más por aquí?

-No que yo sepa, aunque puede que se acerquen pescadores al lago de vez en cuando. Si es eso a lo que te refieres, no debes preocuparte.

-No me refiero a pescadores, es más bien… -dudó de nuevo Ramiro, como si no estuviese del todo seguro de lo que iba a decir.

-¿Más bien qué? -preguntó impaciente el editor.

-Una chica.

-¿Una chica?

-Una chica -repitió Ramiro. -Me pareció verla la otra noche cerca del bosque -mintió para que su historia no fuese tan inverosímil.

-Dudo mucho que viva nadie por esta zona, y mucho menos una chica que se pasee sola por los bosques de noche. A ver si te está afectando demasiado la soledad.

-Podría ser -respondió Ramiro empezando a creer que su cabeza le había jugado una mala pasada.

-Lo dicho, gran escritor -terminó el editor. -Nos vemos em dos días. Intentaré no llegar muy tarde. Y ya me cuentas con más calma lo de esa chica.

El editor colgó el teléfono sin darle oportunidad a despedirse y Ramiro se quedó otra vez en silencio mirando hacia la ventana cerrada.

Esa chica no existía, él no era ningún gran escritor como afirmaba algo socarronamente su editor, ni siquiera un pequeño escritor. Solo era un señor camino a los cincuenta que había fracasado en todos los ámbitos de su vida y por ello había terminado aquí, aislado en una vieja cabaña en medio de un valle perdido soñando despierto con alguien capaz de darle cariño a un despojo como él. Se sentía derrotado, desesperado e incapaz de seguir con esa farsa a la que llamaba vida, así que pasó una cuerda por una de las vigas del cuello, ató un bonito lazo corredero y se ahorcó.

La historia continúa aquí.
 

jueves, 5 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (3)

 Tercera entrega de este relato que calculo que estará por la mitad, párrafo arriba, párrafo abajo. Para empezarlo desde el principio habría que pinchar AQUI

04.

Era una muchacha joven, seguramente no habría cumplido los treinta, de rostro fino y algo pálido, que no mediría más de un metro sesenta. Iba envuelta con una capa o manta que le cubría los hombros sobre la que caía un cabello negro y liso. Era perturbadoramente bonita, y Ramiro pensó que de no habérsela encontrado en medio de un bosque lleno de alimañas y depredadores, le habría parecido simplemente bonita.

-Ho… Hola, sí. Estoy… -Alcanzó a decir Ramiro con dificultad. -Estoy un poco perdido, simplemente.

-¿Eres de por aquí? -respondió ella con tranquilidad. -No suele pasar mucha gente por esta zona.

-Sí, bueno… En realidad estoy alojado temporalmente en la cabaña junto al lago. Pero no sé exactamente por donde cae ahora mismo.

-Conozco esa cabaña. Te has alejado mucho de ella y es muy tarde. ¿Quieres refugiarte esta noche en mi casa y mañana te guio de vuelta a la tuya?

A Ramiro le pareció una idea algo osada, teniendo en cuenta que no se conocían de nada, pero los aullidos de los lobos que le parecían cada vez más cercanos no le dejaron pensar con claridad.

-Me parece bien, si no es molestia por supuesto.

Y sin mediar palabra la chica alargó su mano, tomó a Ramiro de la muñeca y lo guió a través del bosque en una dirección desconocida.

La chica se movía con facilidad a pesar de la oscuridad, esquivando ramas, saltando raíces y pasando a través de matorrales como si nada, mientras que Ramiro no hacía más que tropezar, darse golpes y engancharse la ropa por todas partes. Se sentía no solo patoso sino también como una res a la que guían directamente al matadero, aunque por algún motivo esa chica la producía cierta confianza.

-Creo que no nos hemos presentado -le dijo para aportar algo de sonido extra a los ruidos de la noche. -Yo me llamo Ramiro. Ramiro Martínez.

-Yo soy Míriam -se limitó a decir ella sin siquiera pararse a mirarle.

Ramiro decidió mantenerse callado hasta que llegaran a su destino, fuera cual fuera que fuese a ser.

05.

Cuando finalmente llegaron, Ramiro apenas podía respirar. Había sido una marcha rápida y sin descanso y él no estaba acostumbrado a eso. Mientras apoyaba las manos en las rodillas e intentaba coger aire de nuevo se dio cuenta de que se hallaba ante una construcción de piedra bastante grande, sin ventanas a la vista pero sí una gran puerta de madera que Míriam se apresuró a abrir para invitarle a entrar. Ramiro dudó un instante pero no se sentía con fuerzas ni para discutir consigo mismo y al entrar se encontró con la enorme satisfacción de dejar atrás la oscuridad de la noche para pasar a un ambiente mucho más cálido.

Se encontraba en una sala amplia que seguramente ocuparía toda la planta de la casa. Un fuego ardía en la chimenea y varias velas estaban desperdigadas por el mobiliario para iluminar el lugar. Un armario de madera oscura, seguramente roble, una mesa baja, un sofá de color marrón o quizás rojo oscuro y una enorme alfombra en el suelo que crujió ligeramente al pisarla. Todo tenía un aire antiguo, como de otros tiempos, pero no del modo en que lo hacía su chabola, ya que aquí nada olía a rancio ni había polvo acumulado. Míriam le pidió que tomara asiento y él obedeció, satisfecho de poder sentarse en un sofá en condiciones después de tan épica caminata, mientras que ella desapareció tras unas cortinas al fondo de la sala para reaparecer al poco con dos copas de vino rojo. Ramiro odiaba el vino pero no dijo nada y sonrió.

-¿Y bien? -comenzó a decir ella sentándose a su lado de forma coqueta.

-¿Y bien qué? -respondió Ramiro dando un sorbo al vino.

-¿Qué hacías solo en el bosque a esas horas?

-Pues… -Ramiro podría haberle preguntado lo mismo, pero consciente de que ella había preguntado primero le explicó su historia, algo que a ella pareció fascinarle.

-Así que eres escritor. Es muy interesante. ¿Sabes qué? -dijo ella acercando los labios a su oído.

-¿Qué? -Respondió él sin tener muy claro qué estaba pasando ni como había llegado hasta allí.

-Que me gustan los escritores como tú y llevo mucho tiempo sola en esta casa tan grande.

Entonces la muchacha acercó sus labios a los de él y le besó, haciendo que su cuerpo se deslizara ligeramente hacia abajo. Ramiro no pudo reaccionar, ni zafarse de ella, de hecho y a pesar de su creciente desconfianza sobre las intenciones de esa chica, se sentía completamente incapaz de resistirse de ninguna manera. Miró la copa de vino en su mano. ¿Y si le había envenenado? No, solo había tomado un pequeño sorbo y eso no bastaría para afectar a alguien de su tamaño. ¿Pero entonces? Cuando se dio cuenta estaba acostado en el sofá con la chica sentada a horcajadas sobre su cintura. Ramiro la miró y le pareció el ser más precioso que jamás hubiese visto y se sintió tan afortunado que se dejó llevar por la sensación de gozo hasta alcanzar un estado de éxtasis absoluto, ingrávido e inconsciente.

Se despertó a la mañana siguiente con la ropa completamente revuelta junto al lago, muy cerca de su cabaña. No había ni rastro de la chica ni de la casa, así que dudando de que hubiese sucedido de verdad o solo hubiese sido una alucinación, entró en la casa, derrotado.

 

¡Siguiente capítulo! 

martes, 3 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (2)

 Nota: Esta es la segunda parte del relato "El refugio de Mary Ann" Para leer lo desde el principio hay que empezar pinchando AQUÍ

 02.

A pesar de que casi no había dormido, esa mañana se levantó nada más salir el sol y salió de la casa para inspeccionar un poco el entorno. Desde fuera no tenía tan mal aspecto; era una cabaña de madera construida sobre un firme suelo junto a un lago rodeado de coníferas emplazado entre altas montañas que abrazaban todo el paisaje, como si una madre protectora quisiera guarecer ese pequeño entorno de los peligros de la civilización que lo devoraba todo. El sol del amanecer se reflejaba en el agua y daba un efecto de paz a todo el valle. El camino de tierra por el que la noche anterior había llegado era el único acceso al mundo exterior, y estaba flanqueado por postes de madera que abastecían de electricidad y una rudimentaria conexión telefónica a la casa. A un par de kilómetros podía distinguirse una colina sobre la que parecían erguirse las ruinas de alguna vieja construcción de piedra, ahora invadida por la maleza.

Ramiro entró de nuevo en la casa, abrió su portátil y se dispuso a escribir como nunca en su vida había escrito. Sin estímulos externos, sin distracciones, sin wifi ni bares cerca, sin tentaciones de procrastinación. Sería un trabajo fácil y rápido; y cuanto antes terminara, antes cobraría y podría volver a su casa para seguir con su vida.

Y es que su suerte había supuesto también su desgracia. Lo que empezó como un hobby y con la ilusión de ver un libro publicado con su nombre estampado en la portada se había convertido en una experiencia estresante y totalmente alienante. Esa novela de aventuras fantásticas con toques eróticos había llegado a manos de una gran editorial que se la había publicado con todo lujo de acabado y promoción, convirtiéndola en el fenómeno de la temporada. Decenas de miles de lectores la habían comprado y supuestamente leído y después reclamado una segunda parte al editor, que ante la poca predisposición de su autor, Ramiro Martínez, ahora rebautizado como R.M.Martin, había decidido exiliarlo a ese recóndito lugar del mundo con la sana idea de que esa novela se escribiera lo antes posible.

Y ahí estaba Ramiro, a sus cuarenta y seis años, sentado frente a un ordenador que mostraba una página en blanco, con la mente también en blanco, rebuscando en vano palabras con las que rellenar el vacío por todos los rincones de su mente. Pero de momento nada.

La noche cayó de nuevo y con ella la moral y la autoconfianza de Ramiro, que se vio invadido una vez más por el síndrome del impostor y por el deseo de atarse una piedra al cuello y arrojarse al lago. Los lobos volvieron a aullar en algún lugar de las montañas y al mirar a través de la ventana, le pareció atisbar un destello de luz donde calculaba que estaría esa colina ruinosa. Pero igual que llegó desapareció, dejándole con la duda y con más ganas de salir a pasear que de seguir escribiendo ese engendro de relato.

03. 

Con la despensa llena a rebosar y sin nada más que hacer que de pasear por la orilla del lago y como no, escribir, Ramiro se moría de aburrimiento. En estos momentos le hubiese gustado ser un hombre prehistórico y verse obligado a colocarse el taparrabos, agarrar su lanza de punta de sílex y salir a cazar algún bisonte para ser recibido como un héroe al llegar a su cueva, pero no. La despensa estaba llena a rebosar y solo podía pasear por el lago y como no, escribir.

Había decidido que su rutina sería la de diez minutos de paseo por cada hora de escritura, pero por algún motivo esa tendencia se invirtió y caminaba durante una hora para volver a descansar diez minutos frente a un portátil ante el que pasaba más tiempo inactivo que pulsando sus teclas. Ramiro se dio cuenta de que estaba en baja forma y que quizás esa sería una buena oportunidad para ejercitarse un poco, ya que como afirman los expertos literarios, una mente activa requiere de un cuerpo en forma, así que comenzó a alargar sus paseos.

Recorrió buena parte del lago, las lindes del bosque y hasta se atrevió a avanzar algunos kilómetros por el camino que conducía a la civilización, pero en ningún momento se topó con rastro alguno de vida humana, algo que le gustó, ya que nunca había sido una persona muy sociable, pero también le llenó de desasosiego ante la idea de estar solo en el mundo. ¿Y si había estallado una guerra allá afuera? ¿Y si un virus terrible ha asolado a la humanidad? ¿Y si los zombies, los extraterrestres o una plaga de langostas gigantes habían acabado con la raza humana? Su mente bullía de ideas disparatadas, pero ninguna de ellas le servía como continuación de su novela.

Y así, caminando y pensando le sorprendió la noche y buscando el camino de regreso a su casa se perdió. Los lobos comenzaron a aullar en la lejanía y Ramiro comenzó a sentir miedo. Pero no el miedo al fracaso, a la soledad o a que el médico te de una mala noticia al mirar esa analítica; era un miedo primitivo, brutal; un miedo que emergía directamente del cerebelo para recorrer su médula espinal; se sentía indefenso, vulnerable, como la presa potencial de toda una amalgama de depredadores que ahora podían estar acechándole desde las sombras.

Raimundo comenzó a caminar más deprisa para luego trotar y finalmente correr, y aunque sin rumbo alguno, notó que su cuerpo respondía como nunca. No sentía cansancio, ni tenía flato, ni ese uñero parecía molestarle mientras avanzaba enloquecido entre árboles y rocas. Hasta que escuchó ese sonido y se detuvo como si de repente se hubiese petrificado.

Algo se movía hacia él. Raimundo dejó de respirar, rezando porque lo que fuese que estaba allí no le detectase. Pero no tendría tanta suerte. De pronto los arbustos se abrieron ante él pero en lugar de encontrarse con las fauces babeantes de alguna bestia salvaje, se topó con la mirada incrédula de una chica.

-¿Hola? -le dijo con calma -¿Estás bien?

 

Lee el capítulo siguiente en este enlace tan bonito. 

sábado, 31 de enero de 2026

El refugio de Mary Ann (1)

 Nota del autor: Efectivamente, querida legión de seguidores, se viene un nuevo relato cuyos primeros esbozos se trazaron durante la pandemia, mientras trataba de sobrevivir en mi trabajo de telefonista de centro de salud. Pero tranquilos que esto no va a ir de vivencias personales ni de mensajes ocultos de rebeldía contra el sistema que nos constriñe hasta la muerte. Se trata más bien de un cuento atípico (al menos para mi), breve y ligero con el que espero que podáis pasar un rato entretenido, sin más aspiraciones.

Dejo paso así al primer capítulo y poco a poco iré subiendo los otros. Un saludo de los grandes. 

 

01.

La casa olía a moho, polvo, y a algo agrio que no terminaba de identificar, pero que ahí estaba. La exhumación de cadáveres no era lo suyo, pero Ramiro pensó que abrir una tumba antigua le proporcionaría una sensación olfativa aproximada. Su editor le guiaba a través de las diferentes habitaciones con el entusiasmo de un agente inmobiliario a punto de realizar su primera venta y no dejaba de hablar y gesticular ignorando el visible desánimo de su virtual cliente a medida que avanzaban bajo vigas de madera carcomidas, muebles de madera oscura y tililantes luces amarillas que lo teñían todo de un triste tono anaranjado. La cocina estaba totalmente desprovista de electrodomésticos u otros elementos que pudiesen sugerir un mínimo de modernidad y aunque reprimió el impulso de abrir ningún grifo, imaginó que el agua saldría oscura y en sonoras oleadas intermitentes.

-¿Y bien? -Dijo finalmente el editor con una sonrisa mientras abría los brazos para guardarse inmediatamente las manos en los bolsillos. -¿Qué te parece tu nueva casa?

Ramiro reprimió los deseos de agarrar una de las sartenes ennegrecidas que colgaban de la pared y atizarle con ella en la cara, así que se limitó a mirar a través de la ventana al otro lado de la cual solo había la más impenetrable oscuridad de la noche y suspiró. El editor seguía esperando una respuesta con ilusión.

-Bueno… -empezó a decir Ramiro. - Es… rústica.

Se maldijo por haber sido capaz de sintetizar todo su rechazo hacia esa decrépita construcción abandonada hacía mucho por cualquier intento de integrarla en los tiempos modernos, o al menos de hacerla mínimamente atractiva a la habitabilidad, pero luego supuso que siendo escritor, esa era una de sus habilidades innatas. El editor pareció satisfecho.

-Pues espera a mañana cuando salga el sol. Estás en un paraje natural único. Espectacular. Aquí nadie te va a molestar. Solo vas a tener que disfrutar de la paz y el silencio y…

-¿Morir de tristeza y soledad? -Interrumpió Ramiro sarcástico pero a su vez sincero.

-Escribir -sentenció el editor sin dejar de sonreír.

En cinco minutos el coche se alejaba zigzagueando por el camino de tierra, dejando a Ramiro en la casa que le serviría de hogar hasta que hubiese terminado su segunda novela. La segunda de una supuesta saga que no tenía ni idea de como continuar, ni mucho menos terminar. Un libro que no tenía ningunas ganas de escribir, en realidad. Ramiro se quería morir, pero corrió a cerrar puertas y ventanas cuando oyó aullar a unos lobos en la profundidad de la noche. 

 

Siguiente capítulo pinchando aquí.