lunes, 8 de junio de 2026

De ventiladores y leyendas

 El verano ha llegado y este año empieza fuerte. Mi cerebro puñetero, siempre visualizando las peores situaciones posibles, recuerda años anteriores; noches pegajosas de sábanas empapadas en sudor, ventanas abiertas de par en par como bocas sedientas de un poco de aire fresco que no se decide a entrar, insomnio, zumbar de mosquitos, sed y bochorno.

Pero este año no me va a pillar el toro. Este año me he mandado instalar un ventilador de techo.


Una maravilla de la tecnología moderna con elegantes aspas de madera de nogal, seis velocidades de rotación, inversor de giro, luces led regulables en intensidad y color, y motor ultrasilencioso con sistema antivibración integrado.

Me acuesto y me espatarro en la cama. La brisa que genera es suave y agradable, no como el aire directo de los ventiladores convencionales. Un ligero zumbido de las aspas de cedro al cortar el aire es casi relajante y me dejo llevar por la paz y la frescura hasta el mundo de los sueños.

Hasta que de pronto todo cambia. Una idea peregrina venida de algún ignoto rincón del subconsciente aparece de la nada y se incrusta en mi cerebelo despertando todos mis instintos primarios. ¿Y si el instalador no ha hecho bien su trabajo y el ventilador se cae? Sus aspas de cerezo descenderían de golpe, todavía girando, y me cortarían en pedazos, como si de un accidente de helicóptero doméstico se tratara. Y no puedo evitar el visualizar mi cuerpo desmembrado, descuartizado, fraccionado, desollado, mutilado... Un reto imposible para cualquier cirujano, una imágen imposible de olvidar para el forense. Un policía local vomitando el bocadillo del almuerzo en mi alfombra.

La escena me angustia y me impide dormir, hasta que por algún motivo, quizàs como modo de defensa de un cerebro demasiado acostumbrado a escapar de pensamientos e ideas hostiles, me siento repentinamente reconfortado. Porque quizás ese no dería un mal final para mí. Una muerte rápida y espectacular, de esas con pirotecnia cárnica y paredes salpicadas de rojo. Un cuerpo hecho pedazos tras una vida con el espíritu roto, una representación física y tangible de una dolencia emocional que existía desde siempre de forma subyacente. Una muerte de esas que se cuenta en los bares, en las colas de los supermercados, en peluquerías de señoras hastiadas y en las reuniones familiares de domingo cuando los niños ya se han ido a jugar por ahí. Y de la muerte al mito, del mito a la leyenda; una de esas que se perpetúan en el tiempo, mucho más que cualquier gesta heróica, libro publicado o canción escrita en una noche inspirada.

Pero el ventilador no se cae. Parece bien sujeto, excelente trabajo de un instalador veterano. Y con su profesionalidad se extingue mi sueño de sempiterna grandeza, que se evapora cuando suena el despertador anunciando un nuevo día de homogénea mediocridad. 

domingo, 3 de mayo de 2026

De cultos del mal y meriendas catalanas

 


Llego al lugar a la hora indicada, ni un minuto más ni uno menos. El cartel de la puerta anuncia un negocio de networking, pero eso no es más que una tapadera, por supuesto. Nadie en su sano juicio montaría una secta y lo anunciaría a la vista de todos. Llamo al timbre y espero a que me abran.

Estoy nervioso, lo reconozco. Uno no se apunta a un culto misterioso que ha visto anunciado en instagram todos los días, y mucho menos teniendo la clara sospecha de que aquello acabará en suicidio colectivo o peor aún, orgía unisex. Pero solo se vive una vez y llegados a estas edades no podemos cerrarnos a nuevas experiencias.

Abre la puerta un señor bajito oculto bajo una túnica oscura, pero no negra del todo, por lo que supongo que no será el líder en persona. Demasiado bajito para ser líder de nada. Menudo estigma el de quedarse a menos de metro setenta. Me invita a seguirle y me acompaña a un cambiador donde me espera una túnica de color claro, pero no blanca del todo, debido sin duda a la roña acumulada por múltiples usos. Me visto y salgo al pasillo de nuevo, desde donde accedo a la sala de reuniones del culto. Somos cuatro neófitos, dos iniciados y el líder, esta vez sí con una túnica negra ribeteada en carmesí que sonríe por algún motivo, supongo que por ir mejor vestido que todos los demás.

Lo que sigue es una retahíla de palabrería tan extensa como monótona que hace que mi mente divague hacia un pasado cercano, a menos de un año vista, quizás el peor de mi vida y que me ha llevado hasta este lugar; pero luego retrocedo aún más hasta encontrar algunos recuerdos felices, únicos y dolorosos por la certeza de que ya jamás se repetirán. Y sigo navegando por conciertos, trabajos y viajes, por conversaciones incómodas con alguien a quien prometí acompañar para siempre, por miedos y alegrías, ilusiones y fracasos, toda una vida marcada por la terrible certeza de que otra realidad podría quizás haber sido mejor, alomejor. Latidos innecesarios, alientos prescindibles, una vida tan superflua y monótona que convierte este presente en algo tan irrelevante como una hoja que cae en medio de un bosque cualquier día de otoño.

Cuando vuelvo a la realidad sigo en la sala del culto, con una daga en la mano y todos mirándome impacientes. Creo que de tanto pensar me he perdido algo y ahora me hallo en una situación complicada. El líder ha dejado de sonreír y percibo cierta irritación en su mirada. No sé qué esperan de mi, pero decido no defraudarles.

Agarro el cuchillo firmemente con mi mano derecha y me hago un corte en el antebrazo izquierdo; siento un intenso dolor pero mantengo la calma y dibujo con mi sangre un pentagrama en el suelo mientras canto canciones de los Beatles al revés para que suene más satánico. Pero cuando miro a mis compañeros en busca de su aprobación, uno de ellos está vomitando, el otro se ha desmayado y otro sale por la ventana con escasa gracia natural. Los dos iniciados se echan las manos a la cabeza y el líder corre a por una fregona. Y entonces lo veo.

En una mesita junto a mi hay una cuña de queso y algo de pan y fuet, supongo que para preparar la merienda, la cual me habrán encargado a mi. Me dispongo a pedirles disculpas y explicarles lo sucedido pero la vista se me empieza a nublar y pierdo el conocimiento por la pérdida de sangre.

Despierto en un banco del parque aturdido y sin mi túnica. Tengo la sensación de que al final no me han cogido en el culto ese, pero casi me da igual. Seguro que eran de esos que rallan el tomate en lugar de restregarlo y que no pelan el fuet y luego se pasan el día quitándose pellejitos de entre los dientes.

miércoles, 1 de abril de 2026

 

Hi ha una llibreta damunt la taula que forma part del paisatge quotidià,

amb cobertes negres i un cordó daurat.

Hi ha una llibreta negra amb pàgines gruixudes color crema,

cobertes de paraules escrites en blau.

Pàgines i pàgines que parlen de tu i de mi,

però sobretot de tu.

I em fa por guardar-la per si tornes a aparéixer,

i em venen les ganes de seguir escrivint.

I em fa por tocar-la per si per descuit una pàgina s’obre,

i deixo escapar allò que no vull retrobar.

Paraules de tristesa i odi, d’enyor i neguit, d’esperança i bogeria,

idees terribles d’un final sobtat, d’un fracàs en punt i final.

I em fa por guardar-la per si això significara un adeu.

i em venen ganes de seguir escrivint.

I em fa por tocar-la per si el seu tacte em recordara al teu,

i deixo escapar allò que no vull retrobar.

Pàgines i pàgines que parlen de tu i de mi,

però sobretot de mi.

Hi ha una llibreta que tu fa temps em vas regalar,

per a que l’omplís de llum i color.

Hi ha una llibreta negra de pàgines gruixudes color crema,

cobertes de paraules escrites en blau.

martes, 17 de marzo de 2026

Pasos

 

Algunas veces me pregunto si esto estará mereciendo la pena. Siempre me lo pregunto en realidad, o al menos cada vez que trato de concentrarme en mi siguiente paso, de esforzarme por abrirme camino en sendas inexploradas con la esperanza de llegar esta vez sí a algún lugar, de sobreponerme al vértigo que produce la certeza de que el tiempo pasa de forma inexorable y se agota…

Y es en esos momentos de desánimo, cuando la energía proporcionada por esa rebeldía fugaz, por ese atisbo de paz tras la tormenta incansable de viento y granizo que me desgarra hasta las entrañas, me dejo seducir por la idea de la rendición, de la oscuridad que me susurra desde mi interior, del cálido abrazo de mi propia autocompasión.

Y me siento impulsado a retroceder, a cavar un agujero tan profundo en el que esconderme de toda luz, abrir mi libreta negra y vomitar sobre ella todos mis miedos, mis monstruos internos, mi llanto y mi infierno. A regresar a un pasado que nunca fue mejor, pero sí más conocido, a un estado de terrible angustia sin incertidumbres, a la precognición de un futuro que por predecible no asusta.

Algunas veces me pregunto si esto estará mereciendo la puta pena. Siempre en realidad, o al menos cada vez que tropiezo con esa piedra que ya he visto tantas veces, cuando me caigo y medito sobre si volver a levantarme sería un acto de fe o un esfuerzo fútil, siempre que pongo al buen tiempo mala cara y lloro por no reír...

domingo, 1 de marzo de 2026

Fantasmas

 

Hay fantasmas que no me dejan dormir.

Tiran de las sábanas y dejan entrar el frío.

Se acuestan sobre mi pecho y no me dejan respirar.

Susurran en mi oído pesadillas que no quiero recordar.


Hay fantasmas que me siguen allá donde voy.

Ocultan el sol cuando me siento a descansar.

Llenan de barro las calles por las que camino.

Borran las huellas para que jamás pueda regresar.


Hay fantasmas que se reflejan en mi espejo.

Me muestran aquello que no quiero ver.

Se ríen de mi rostro cansado de tanto pelear.

Hacen gestos para que les siga allá donde están.


Hay fantasmas que viven en mi.

Han amueblado mi cabeza a su placer.

Se divierten corriendo por mis intestinos.

Juegan a fútbol con mi hígado y mi corazón.


Hay fantasmas que no me quieren dejar.

Tienen tanto miedo del mundo exterior como yo.

Se refugian en mi desdicha para no sentirse perdidos.

Intentan asustarme para no sentirse invisibles nunca más.

sábado, 21 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (7 de 7)

 

10.-

Descendieron por una desgastada escalinata de piedra hacia la más oscura de las oscuridades, una a un nivel tan oscuramente oscuro que habría sido capaz de oscurecer hasta al más oscurecido corazón, pero ambos parecían ser inmunes a tal sensación. El editor encabezaba la marcha con su ballesta y su linterna, emocionado por la idea de enfrentarse por fin al ser de ultratumba que su familia llevaba persiguiendo desde hacía siglos, mientras que Ramiro simplemente parecía sentirse cómodo en aquel lugar, como si por fin hubiese encontrado en aquella tenebrosa tiniebla subterránea un lugar al que llamar hogar.

Cuando por fin llegaron a suelo firme se encontraron en una enorme sala de techo abovedado cuyas dimensiones podrían duplicar sin problema las de la base de la construcción sobre el suelo. Examinaron el lugar con detenimiento y encontraron gran cantidad de restos de muebles de estilo victoriano que ya habían sucumbido al paso del tiempo, así como un enorme cajón que en su día estaría lleno de tierra y que ahora se hallaba desparramado contra uno de los muros y restos de tapices, cortinas y vestimentas antiguas carcomidas por el tiempo. El conjunto de la sala daba a imaginar que hubiese pasado por allí un decorador de interiores enloquecido y se hubiese marchado hacía doscientos años para no volver.

Y al fondo del todo, como no,un ataúd de madera oscura colocado en vertical y mostrando complejos grabados dorados que relucían a la luz de la linterna.

-Allí la tenemos -dijo el editor sin poder disimular la emoción en su voz.

Con la ballesta apuntando directamente ante él se acercó al ataúd, lo abrió con un movimiento brusco y comprobó que estaba vacío.

-Enhorabuena querido Gutierrez -dijo la voz de una chica desde las sombras.

-¡Dejate ver, maldita Maty Ann! -gritó el editor.

-Un momento… -interrumpió Ramiro. -¿De verdad te llamas Gutierrez? Pensaba que te apellidarías Van Helsing o Von Richten o…

-Mi apellido de cazavampiros lo llevaba mi abuela y se perdió por culpa de la costumbre de colocar el del padre primero.

-Hoy en día se podría haber cambiado, pero quizás en la época de tu abuela no -continuó Ramiro. -Esto es culpa del patriarcado imperante en nuestra sociedad.

-¡Da igual como me llame! -gritó por segunda vez el editor, ahora también conocido como Gutierrez. -Lo importante es que por fin voy a dar caza a esta maldita…

Y entonces como salida de las mismas sombras, la delicada figura de Mary Ann, Míriam para Ramiro se lanzó sobre el distraído cazador de vampiros y con un movimiento más rápido de lo que un ojo humano podría percibir, le golpeó en el brazo derecho con tal fuerza que la ballesta salió despedida de sus manos, cayendo a los pies de Ramiro. El editor soltó un grito de rabia y frustración mientras su antigua enemiga le levantaba del suelo con fuerza sobrehumana.

-¡Coge la ballesta, Ramiro! -consiguió decir con dificultad. -Acaba con ella antes de que sea tarde…

Ramiro se agachó y cogió la ballesta. Le pareció mucho más ligera de lo que parecía y por un instante sintió una agradable sensación de poder recorriendo su espina dorsal. Apuntó a la chica y se fijó en que sus facciones habían cambiado ligeramente; sus ojos parecían más rasgados y reflejaban la luz de la linterna con un tono amarillento, mientras que su boca se había agrandado y dejaba ver unos colmillos exageradamente grandes.

-¿Vas a matarme, cariño mio? -siseó Mary Ann al ver las malas intenciones de Ramiro, a quien le empezaron a temblar las manos.

-Es la única forma de poder ser humano de nuevo -le respondió él.

-¿Y es eso lo que realmente quieres? -preguntó ella.

Ramiro titubeó. Realmente nunca se lo había planteado. Llevaba toda una vida odiándose casi tanto como odiaba a los demás, y ahora esa chica misteriosa le brindaba la oportunidad de alejarse de todo ello, de adentrarse en un nuevo mundo desconocido, emocionante, fresco y nuevo.

-¡No la creas, te está embaucando! -dijo el editor todavía tratando en vano de zafarse de la presa de la vampiresa. -Necesitan esclavos, personas inocentes para que les sirvan por toda la eternidad, o hasta que encuentren a otro mejor. No vas a ser más que una mascota para ella.

-¿Es eso verdad? -preguntó Ramiro sujetando la ballesta de nuevo con firmeza.

-Claro que no -respondió ella. -Te he elegido entre miles para que me acompañes en la eternidad. Te he hecho un regalo muy valioso en realidad.

-¿Es eso verdad? -preguntó de nuevo Ramiro, esta vez dirigiéndose a su antiguo editor.

-¡Claro que no idiota! ¡Destrúyela!

-¡No! -ordenó ella. -¡Destrúyele a él y podremos ser libres!

Ramiro no sabía a quien apuntar, qué pensar y mucho menos se veía capaz de tomar decisiones tan vitales en tan poco tiempo y bajo tanta presión, así que bajó la ballesta y por primera vez en su vida, gritó desde el fondo de su alma.

-¡Aquí nadie va a destruir a nadie, joder!

Los dos contendientes, enemigos declarados desde siglos atrás, quedaron en silencio contemplando la figura de Ramiro que ahora parecía más grande, más terrible y por algún motivo peligrosa. Mary Ann dejó a Gutierrez en el suelo de nuevo y ambos esperaron con cierto respeto a lo que Ramiro tenía que decir.

-No me importan vuestras rencillas familiares, de donde vienen ni de cuando se originaron. No me importa este valle, ni esa choza mugrienta ni si mis libros merecen la pena o son basura. Pero lo que sí me estropea el humor es que me hayáis utilizado, uno para hacer de cebo y la otra para esclavizarme para siempre sin tener en cuenta mi opinión ni mi bienestar físico y mental. Así que ahora saldremos de este agujero y cada uno se irá a su casita y haremos como que nada de esto ha pasado. ¿Entendido?

Mary Anne y el editor Gutierrez se miraron y encogieron los hombros. Quizás Ramiro tenía razón y se habían sumido en una guerra sin sentido que les había hecho olvidar su propia individualidad así como la capacidad para centrarse en las cosas que realmente les hacían felices. Cazador y presa se dieron la mano con respeto y se marcharon, uno por las escaleras de vuelta a la civilización y la otra fundiéndose en las sombras para ya no reaparecer jamás.

Ramiro esperó un rato y luego salió al exterior, se sentó sobre una roca y se puso a mirar el cielo color turquesa que precede al amanecer. Todavía sostenía la ballesta en su mano y se quedó mirando el único virote que había cargado en ella, preparado para acabar con quien se cruzara en su trayectoria. Sería muy sencillo terminar con todo, pensó Ramiro; sería la manera fácil de dejar atrás tanta miseria y preocupación. Pero en lugar de hacerlo, alzó la ballesta y disparó ese único virote al tronco de un arbusto cercano, que se clavó en la madera verde con un sonido seco. Quizás sí que merezca la pena vivir, siguió pensando; quizás esto sea solo el principio de una vida mejor. ¿Y si todo lo que necesitaba era un revulsivo para tener un cambio de actitud? Por primera vez logró tener un atisbo de pensamiento positivo, sin futuros inciertos, sin autorreproches, sin sabotajes internos. Había nacido un nuevo Ramiro y pronto el mundo podría conocerle y aprender de él.

Pero sus pensamientos se convirtieron en cenizas cuando el primer rayo de sol le alcanzó.

 


miércoles, 18 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (6)

 

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08.-

-¿Me estás insinuando… -comenzó a decir Ramiro después de vomitar unos donuts cubiertos de chocolate que acababa de ingerir con cierta ansia a pesar de las advertencias de su supuesto editor. -...que esa chica que conocí, esa tal Miriam, era una vampira de cientos de años de antigüedad a la que tu familia lleva persiguiendo desde hace generaciones porque sois una especie de Van Helsings?

-Así es -respondió el editor cubriéndose con una chaqueta larga y negra y calándose un sombrero de ala ancha hasta los ojos mientras no dejaba de acariciar su ballesta.

-¿Y que el encuentro que tuve con ella no fue una relación sexual al uso sino una vampirización porque quiere convertirme en su esclavo?

- Exacto -afirmó el editor colocando cuidadosamente un virote de madera de fresno en su arma.

-¿Y también que yo no estaba aquí por mis dotes literarias sino para servir de cebo a la vampira y que tú pudieses venir a cazarla?

-Justo -dijo el editor colgándose en el pecho un crucifijo, a la espalda un carcaj repleto de munición y varios botes con un líquido transparente, seguramente agua bendita.

-Por lo tanto ahora yo soy un medio vampiro que si quiero volver a recuperar mi humanidad tengo que ayudarte a localizar a esa chica y destruirla.

-Así es. Andando -y el editor empujó a Ramiro a la calle.


09,-

La noche estaba cayendo y Ramiro se sentía mucho más cómodo con la ausencia de luz solar directa. Sus sentidos parecían haberse agudizado estos últimos días y avanzaba entre las sombras del valle como un sabueso seguido por el editor, que parecía un personaje sacado de una novela de Solomon Kane.

-Te repito que he peinado la zona decenas de veces en su búsqueda y no he podido encontrar esa construcción de piedra -dijo Ramiro viéndose incapaz de encontrar nada, menos aún con la presión de llevar detrás a semejante individuo.

-Los vampiros saben usar ilusiones para confundir la mente, -comenzó a explicarle con tranquilidad el editor -puede que esa casa fuese el aspecto que tenía hace cientos de años. Ha podido cambiar mucho a día de hoy.

-En ese caso… Solo se me ocurre mirar en las ruinas que hay sobre esa colina, pero incluso allí he buscado ya.

Casi sumidos en una oscuridad total, ambos subieron la colina para encontrarse entre los restos de lo que en su día podría haber sido una pequeña torre de vigilancia o refugio de piedra. Desde luego podría ser ese el lugar, pero no había en él ni rastro de vida.

-¿Podría ser aquí? -le preguntó el editor. -Trata de recordar algún detalle de aquella noche.

-Recuerdo… Que entramos por la puerta y al fondo había una chimenea, más o menos donde aquellas piedras. Aquí la mesa, el sofá y una alfombra… -y de pronto recordó algo. -El suelo hizo un ruido cuando pisé la alfombra. Como si… Hubiese algo de madera debajo.

-¿Una trampilla quizás? -preguntó el editor emocionado. -¡Ayúdame a buscar!

Y así, moviendo algunos cascotes y apartando los matojos que crecían entre las grietas, encontraron una oquedad que descendía hacia las tinieblas.

El editor encendió una linterna de esas que llevan en la cabeza los runners y se la colocó sobre el sombrero.

-Por fin he encontrado tu refugio Mary Ann.