miércoles, 22 de julio de 2026

De elecciones y decepciones

 


Año 1991, en el patio del colegio. Una docena de niños, todos los varones de la clase, esperamos formando fila delante de la pista de fútbol. Dos capitanes, elegidos ellos mismos por considerarse los mayores exponentes del deporte rey de la clase, observan detenidamente a los que esperamos en la fila analizando nuestras cualidades. Sortean quién será el primero en elegir y uno a uno van eligiendo los miembros para su equipo. Al principio la elección se hace teniendo en cuenta las mayores habilidades deportivas y forma física de los futuros jugadores, pero poco a poco ese sesgo deriva en buscar a los menos inútiles de la clase, grupo en el que obviamente yo me hallo. Poco a poco la fila va menguando pero yo sigo en ella y finalmente solo quedamos dos: Arturo, un niño con problemas de asma y una clara cojera y yo. El capitán al que le toca elegir nos mira con desesperación mientras yo en el fondo deseo ser el elegido. No puedo pensar en lo patético ni indigno de la situación, solo en ese instinto de supervivencia que me ruega la pequeña satisfacción de saber que no voy a ser el último. Hasta que Marc, el capitán que debe elegir, posiblemente desesperado por lo que va a ingresar en su equipo dice aquello de “Arturo árbitro, impares, Josep se queda fuera” y como si aquella decisión fuese impuesta desde una autoridad superior e inapelable, los equipos quedan conformados y yo me alejo del lugar para sentarme a la sombra de un árbol.


Y lo entiendo. Era un partido importante y yo no soy el mejor jugador del mundo. Veo como corren detrás de la pelota como simios detrás de una sandía que su cuidador les ha arrojado a la jaula del zoo, mientras el pobre árbitro gira sobre sí mismo sin tener ni idea de cual es su cometido allí. Hay gritos y peleas, y en el fondo me siento bien por no haber sido elegido. Quizás ese no fuera mi ambiente ni mi mundo. Miro alrededor y veo a las niñas reunidas en pequeños grupúsculos, hablando despreocupadas, niños más pequeños con sus juegos inocentes y a los mayores que ya trascendieron ese estado de necesidad adaptativa, dando vueltas por los suburbios del patio. Mientras yo bajo mi árbol me pregunto si algún día encontraré mi lugar, si algún día seré aceptado en algún equipo, no necesariamente ganador, pero sí confortablemente acogedor.


Entonces me fijo en el tronco detrás de mi y veo un hueco enorme en su base, tan grande como para que quepa alguien como yo. Me asomo y no puedo ver nada más allá de una impenetrable oscuridad. Meto una mano, después la cabeza y pierdo el equilibrio, cayendo en un pozo espaciotemporal que me lleva hasta el…


Año 1997, en el local de ensayo de una banda de música local. No es fácil encontrar un sitio donde ensayar, pero menos aún a un grupo de gente que comparten gustos musicales y ganas de subirse a un escenario para comerse el mundo. Han puesto un anuncio buscando guitarrista y aparecemos tres tratando de ser los elegidos. Mi amigo C, compañero de clases de guitarra y yo llegamos primero, con nuestros instrumentos en mano y melenas al viento. Somos conscientes de que el factor estético es importante en el mundo del rock y por eso contamos con ese punto a nuestro favor. El tercer candidato es un chaval más joven, que viste con ropas excesivamente anchas y no trae instrumento, por lo que le pide a C su guitarra para cuando tenga que hacer la prueba. Nos miramos y le hago un gesto a C para que sea el primero.


C es un buen guitarrista. En clase siempre estuvo un paso por delante de mi en cuanto a técnica y capacidad de improvisación. Él salía adelante donde yo me bloqueaba, sabía maquillar los errores y pillaba las partituras a la primera. Si yo tocara antes que él, sin duda después me eclipsaría, por lo que vengo preparado con un montón de poses chulas y movimientos de cuello para tratar de impresionarles por ese lado. Cuando C termina todos parecen más que satisfechos y antes de que pueda tomar posiciones, el desconocido se me adelanta para aprovechar que ya tiene la guitarra enchufada. El tío toca como el culo, no acierta ningún acorde, los punteos suenan fatal y no parece tener ningún sentido del ritmo, pero sus movimientos de cadera, sus saltos y su manera de agitar el mástil como Glenn Tipton en sus mejores tiempos son impresionantes. Es un showman nato agarrado a un instrumento que no sabe como funciona, pero ni falta que le hace. Todos parecen realmente impresionados cuando llega mi turno. Enchufo mi guitarra que emite un sonido estridente y desagradable, presagio de lo que está por venir y empiezo. No tengo la técnica de C ni la presencia del otro y lo noto en las miradas decepcionadas de quienes deben juzgarme. Empiezo mal y poco a poco me voy viniendo abajo hasta que decido que ya es suficiente y me retiro con una sonrisa forzada y me siento en un sofá. Los de la banda parecen satisfechos con los otros dos y deciden añadirlos a ambos a la formación mientras yo me hundo más y más entre los cojines de ese sofá que parece no tener fondo y al final desaparezco absorbido por un vórtice dimensional que me lleva a…


2006, una entrevista de trabajo que puede decidir mi futuro. Ocho candidatos al puesto, todos ellos vestidos con traje y corbata excepto yo, que llevo unos tejanos gastados y una camiseta de Iron Maiden con la portada del live after death, por eso de marcar la diferencia y destacar entre tanto mediocre convencionalismo. Pero cuando entran los dos directivos de la empresa para hacer la selección, noto que ellos también llevan traje y corbata y me miran con desdén. Me levanto de mi silla y me tiro por la ventana sin abrirla, cayendo al vacío rodeado por una nube de fragmentos de cristal que giran a mi alrededor creando un portal luminoso de energía entrópica que me teletransporta al…


2016 frente al altar en el momento en que levanto el velo a mi prometida y me veo reflejado en sus ojos amorosos. Yo luzco mis mejores galas, traje negro y corbata, ahora sí, hasta me he cortado el cabello para ese momento y estamos a punto de darnos el sí quiero cuando alguien irrumpe en la iglesia a lomos de una moto levantando un sonoro murmullo entre los invitados. Es él, el antagónico Mortymer, mi archienemigo y ex novio de la que va a ser mi futura esposa. Noto como ella se estremece al verle montado en esa Harley, vestido con cuero viejo y luciendo una media melena desordenada. La miro y ya no hay amor en sus ojos, solo duda y arrepentimiento. Se separa de mi, se sube a la moto y desaparecen derrapando dejando el lugar lleno de humo y goma quemada. Caigo de rodillas ante el Cristo que cuelga de la pared y grito desesperado como Gary Oldman en Drácula y al abrir los ojos de nuevo…


Año 2057, soy una cabeza en un tarro de cristal que reposa en una estantería junto a muchos otros. En algún momento del futuro se decidirá que todas aquellas personas con cierta relevancia en el mundo artístico deben ser preservadas para no perder su esencia creativa. No es la mejor de las existencias pero por lo menos aporta cierto reconocimiento a todos esos ingratos años de escribir y publicar libros. Hasta que la puerta se abre y entran dos funcionarios empujando un contenedor de basura. “Aquí ay no caben más cabezas” dice el que manda. “Hay que ir tirando a los escritores mediocres” y allá que voy, rechazado una vez más, arrojado a la basura para caer esta vez sí en el olvido pero con la dudosa satisfacción de que por lo menos esta vez me han elegido el primero.

jueves, 9 de julio de 2026

 

Demasiados años dando tumbos, caminando a ciegas, mordiendo el polvo y masticando arena; escuchando el silencio atronador, agudo, estridente; una vibración que me hace estallar la cabeza en mil pedazos que se esparcen, se atraen y orbitan; pensamientos e ideas inconexos pero que forman parte de un ordenado caos que me atrapa, me impide pensar y me satura de conceptos incalculables, inabarcables, cuasi infinitos, prácticamente imperfectos…


Como esa canción que escuchábamos en silencio mientras tú conducías hacia un atardecer teñido de rojo y yo te miraba como si fuese la primera vez que lo hacía, aunque quizás era la última, y me permití sonreír por un instante.


Se cierra el telón y los actores huyen, tropiezan entre ellos, se pierden en la oscuridad y gritan de terror al caer por escaleras, quedar empalados en piezas de atrezzo barato y se cortan las venas arrepentidos por haber elegido ese camino tan ingrato y vergonzoso; yo les miro inmóvil consciente que de todos ellos he tenido que interpretar el peor papel, con la diferencia de que yo ya tenía asumido el fracaso, el rechazo de un público sin expectativas ni criterio, igualmente enfadado, decepcionado, ansioso por desatar su furia sobre quienes trataron de entretenerles, y el teatro arde…

Como esa hoguera que encendimos una noche de invierno solo por el placer de mirar el fuego acurrucados, rodeados de puntitos de luz minúsculos que ascendían a un cielo tan oscuro como el abismo que se abría bajo mis pies.


Caída libre, vértigo, un grito ahogado, sin oxígeno, sin sentido; brazos agitándose buscando un asidero en la oscuridad, una mano salvadora que no llegará porque nunca estuvo ahí; un instante para reflexionar, para alegrarse de haber nacido, para lamentarse de no haber vivido, para odiar con el corazón abierto, palpitando con fuerza, ensordecedor, el último acto de rebeldía antes del golpe final…


Como esa puerta que dejé entreabierta por si algún día quería regresar, y que oí cerrarse con tres cerraduras y un candado cuando me alejé, dejando atrás rostros y paisajes quemados por las llamas de mi propia autocompasión, como si para definir aquello que soy hubiese sido necesario borrar todo lo demás.


Silencio, inmovilismo, ni una constante vital en el monitor, un electrocardiograma plano, gasto inútil de tinta para apuntar mi nombre en una etiqueta de papel; ojos abiertos, cristalizados, miradas tristes y suspiros por vocación, sangre estancada en la espalda y lividez, sueños de milagros y reinos en las nubes, de trampillas en el suelo y lagos de fuego, de agonía y de paz…


Como esa noche que desperté asustado por un sueño sin sentido, y te encontré respirando suavemente a mi lado y me acurruqué, para volver a dormirme sin ser del todo consciente de que el sueño era en realidad premonición.

lunes, 8 de junio de 2026

De ventiladores y leyendas

 El verano ha llegado y este año empieza fuerte. Mi cerebro puñetero, siempre visualizando las peores situaciones posibles, recuerda años anteriores; noches pegajosas de sábanas empapadas en sudor, ventanas abiertas de par en par como bocas sedientas de un poco de aire fresco que no se decide a entrar, insomnio, zumbar de mosquitos, sed y bochorno.

Pero este año no me va a pillar el toro. Este año me he mandado instalar un ventilador de techo.


Una maravilla de la tecnología moderna con elegantes aspas de madera de nogal, seis velocidades de rotación, inversor de giro, luces led regulables en intensidad y color, y motor ultrasilencioso con sistema antivibración integrado.

Me acuesto y me espatarro en la cama. La brisa que genera es suave y agradable, no como el aire directo de los ventiladores convencionales. Un ligero zumbido de las aspas de cedro al cortar el aire es casi relajante y me dejo llevar por la paz y la frescura hasta el mundo de los sueños.

Hasta que de pronto todo cambia. Una idea peregrina venida de algún ignoto rincón del subconsciente aparece de la nada y se incrusta en mi cerebelo despertando todos mis instintos primarios. ¿Y si el instalador no ha hecho bien su trabajo y el ventilador se cae? Sus aspas de cerezo descenderían de golpe, todavía girando, y me cortarían en pedazos, como si de un accidente de helicóptero doméstico se tratara. Y no puedo evitar el visualizar mi cuerpo desmembrado, descuartizado, fraccionado, desollado, mutilado... Un reto imposible para cualquier cirujano, una imágen imposible de olvidar para el forense. Un policía local vomitando el bocadillo del almuerzo en mi alfombra.

La escena me angustia y me impide dormir, hasta que por algún motivo, quizàs como modo de defensa de un cerebro demasiado acostumbrado a escapar de pensamientos e ideas hostiles, me siento repentinamente reconfortado. Porque quizás ese no dería un mal final para mí. Una muerte rápida y espectacular, de esas con pirotecnia cárnica y paredes salpicadas de rojo. Un cuerpo hecho pedazos tras una vida con el espíritu roto, una representación física y tangible de una dolencia emocional que existía desde siempre de forma subyacente. Una muerte de esas que se cuenta en los bares, en las colas de los supermercados, en peluquerías de señoras hastiadas y en las reuniones familiares de domingo cuando los niños ya se han ido a jugar por ahí. Y de la muerte al mito, del mito a la leyenda; una de esas que se perpetúan en el tiempo, mucho más que cualquier gesta heróica, libro publicado o canción escrita en una noche inspirada.

Pero el ventilador no se cae. Parece bien sujeto, excelente trabajo de un instalador veterano. Y con su profesionalidad se extingue mi sueño de sempiterna grandeza, que se evapora cuando suena el despertador anunciando un nuevo día de homogénea mediocridad. 

domingo, 3 de mayo de 2026

De cultos del mal y meriendas catalanas

 


Llego al lugar a la hora indicada, ni un minuto más ni uno menos. El cartel de la puerta anuncia un negocio de networking, pero eso no es más que una tapadera, por supuesto. Nadie en su sano juicio montaría una secta y lo anunciaría a la vista de todos. Llamo al timbre y espero a que me abran.

Estoy nervioso, lo reconozco. Uno no se apunta a un culto misterioso que ha visto anunciado en instagram todos los días, y mucho menos teniendo la clara sospecha de que aquello acabará en suicidio colectivo o peor aún, orgía unisex. Pero solo se vive una vez y llegados a estas edades no podemos cerrarnos a nuevas experiencias.

Abre la puerta un señor bajito oculto bajo una túnica oscura, pero no negra del todo, por lo que supongo que no será el líder en persona. Demasiado bajito para ser líder de nada. Menudo estigma el de quedarse a menos de metro setenta. Me invita a seguirle y me acompaña a un cambiador donde me espera una túnica de color claro, pero no blanca del todo, debido sin duda a la roña acumulada por múltiples usos. Me visto y salgo al pasillo de nuevo, desde donde accedo a la sala de reuniones del culto. Somos cuatro neófitos, dos iniciados y el líder, esta vez sí con una túnica negra ribeteada en carmesí que sonríe por algún motivo, supongo que por ir mejor vestido que todos los demás.

Lo que sigue es una retahíla de palabrería tan extensa como monótona que hace que mi mente divague hacia un pasado cercano, a menos de un año vista, quizás el peor de mi vida y que me ha llevado hasta este lugar; pero luego retrocedo aún más hasta encontrar algunos recuerdos felices, únicos y dolorosos por la certeza de que ya jamás se repetirán. Y sigo navegando por conciertos, trabajos y viajes, por conversaciones incómodas con alguien a quien prometí acompañar para siempre, por miedos y alegrías, ilusiones y fracasos, toda una vida marcada por la terrible certeza de que otra realidad podría quizás haber sido mejor, alomejor. Latidos innecesarios, alientos prescindibles, una vida tan superflua y monótona que convierte este presente en algo tan irrelevante como una hoja que cae en medio de un bosque cualquier día de otoño.

Cuando vuelvo a la realidad sigo en la sala del culto, con una daga en la mano y todos mirándome impacientes. Creo que de tanto pensar me he perdido algo y ahora me hallo en una situación complicada. El líder ha dejado de sonreír y percibo cierta irritación en su mirada. No sé qué esperan de mi, pero decido no defraudarles.

Agarro el cuchillo firmemente con mi mano derecha y me hago un corte en el antebrazo izquierdo; siento un intenso dolor pero mantengo la calma y dibujo con mi sangre un pentagrama en el suelo mientras canto canciones de los Beatles al revés para que suene más satánico. Pero cuando miro a mis compañeros en busca de su aprobación, uno de ellos está vomitando, el otro se ha desmayado y otro sale por la ventana con escasa gracia natural. Los dos iniciados se echan las manos a la cabeza y el líder corre a por una fregona. Y entonces lo veo.

En una mesita junto a mi hay una cuña de queso y algo de pan y fuet, supongo que para preparar la merienda, la cual me habrán encargado a mi. Me dispongo a pedirles disculpas y explicarles lo sucedido pero la vista se me empieza a nublar y pierdo el conocimiento por la pérdida de sangre.

Despierto en un banco del parque aturdido y sin mi túnica. Tengo la sensación de que al final no me han cogido en el culto ese, pero casi me da igual. Seguro que eran de esos que rallan el tomate en lugar de restregarlo y que no pelan el fuet y luego se pasan el día quitándose pellejitos de entre los dientes.

miércoles, 1 de abril de 2026

 

Hi ha una llibreta damunt la taula que forma part del paisatge quotidià,

amb cobertes negres i un cordó daurat.

Hi ha una llibreta negra amb pàgines gruixudes color crema,

cobertes de paraules escrites en blau.

Pàgines i pàgines que parlen de tu i de mi,

però sobretot de tu.

I em fa por guardar-la per si tornes a aparéixer,

i em venen les ganes de seguir escrivint.

I em fa por tocar-la per si per descuit una pàgina s’obre,

i deixo escapar allò que no vull retrobar.

Paraules de tristesa i odi, d’enyor i neguit, d’esperança i bogeria,

idees terribles d’un final sobtat, d’un fracàs en punt i final.

I em fa por guardar-la per si això significara un adeu.

i em venen ganes de seguir escrivint.

I em fa por tocar-la per si el seu tacte em recordara al teu,

i deixo escapar allò que no vull retrobar.

Pàgines i pàgines que parlen de tu i de mi,

però sobretot de mi.

Hi ha una llibreta que tu fa temps em vas regalar,

per a que l’omplís de llum i color.

Hi ha una llibreta negra de pàgines gruixudes color crema,

cobertes de paraules escrites en blau.

martes, 17 de marzo de 2026

Pasos

 

Algunas veces me pregunto si esto estará mereciendo la pena. Siempre me lo pregunto en realidad, o al menos cada vez que trato de concentrarme en mi siguiente paso, de esforzarme por abrirme camino en sendas inexploradas con la esperanza de llegar esta vez sí a algún lugar, de sobreponerme al vértigo que produce la certeza de que el tiempo pasa de forma inexorable y se agota…

Y es en esos momentos de desánimo, cuando la energía proporcionada por esa rebeldía fugaz, por ese atisbo de paz tras la tormenta incansable de viento y granizo que me desgarra hasta las entrañas, me dejo seducir por la idea de la rendición, de la oscuridad que me susurra desde mi interior, del cálido abrazo de mi propia autocompasión.

Y me siento impulsado a retroceder, a cavar un agujero tan profundo en el que esconderme de toda luz, abrir mi libreta negra y vomitar sobre ella todos mis miedos, mis monstruos internos, mi llanto y mi infierno. A regresar a un pasado que nunca fue mejor, pero sí más conocido, a un estado de terrible angustia sin incertidumbres, a la precognición de un futuro que por predecible no asusta.

Algunas veces me pregunto si esto estará mereciendo la puta pena. Siempre en realidad, o al menos cada vez que tropiezo con esa piedra que ya he visto tantas veces, cuando me caigo y medito sobre si volver a levantarme sería un acto de fe o un esfuerzo fútil, siempre que pongo al buen tiempo mala cara y lloro por no reír...

domingo, 1 de marzo de 2026

Fantasmas

 

Hay fantasmas que no me dejan dormir.

Tiran de las sábanas y dejan entrar el frío.

Se acuestan sobre mi pecho y no me dejan respirar.

Susurran en mi oído pesadillas que no quiero recordar.


Hay fantasmas que me siguen allá donde voy.

Ocultan el sol cuando me siento a descansar.

Llenan de barro las calles por las que camino.

Borran las huellas para que jamás pueda regresar.


Hay fantasmas que se reflejan en mi espejo.

Me muestran aquello que no quiero ver.

Se ríen de mi rostro cansado de tanto pelear.

Hacen gestos para que les siga allá donde están.


Hay fantasmas que viven en mi.

Han amueblado mi cabeza a su placer.

Se divierten corriendo por mis intestinos.

Juegan a fútbol con mi hígado y mi corazón.


Hay fantasmas que no me quieren dejar.

Tienen tanto miedo del mundo exterior como yo.

Se refugian en mi desdicha para no sentirse perdidos.

Intentan asustarme para no sentirse invisibles nunca más.