
Año 1991, en el patio del colegio. Una docena de niños, todos los
varones de la clase, esperamos formando fila delante de la pista de
fútbol. Dos capitanes, elegidos ellos mismos por considerarse los
mayores exponentes del deporte rey de la clase, observan
detenidamente a los que esperamos en la fila analizando nuestras
cualidades. Sortean quién será el primero en elegir y uno a uno van
eligiendo los miembros para su equipo. Al principio la elección se
hace teniendo en cuenta las mayores habilidades deportivas y forma
física de los futuros jugadores, pero poco a poco ese sesgo deriva
en buscar a los menos inútiles de la clase, grupo en el que
obviamente yo me hallo. Poco a poco la fila va menguando pero yo sigo
en ella y finalmente solo quedamos dos: Arturo, un niño con
problemas de asma y una clara cojera y yo. El capitán al que le toca
elegir nos mira con desesperación mientras yo en el fondo deseo ser
el elegido. No puedo pensar en lo patético ni indigno de la
situación, solo en ese instinto de supervivencia que me ruega la
pequeña satisfacción de saber que no voy a ser el último. Hasta
que Marc, el capitán que debe elegir, posiblemente desesperado por
lo que va a ingresar en su equipo dice aquello de “Arturo árbitro,
impares, Josep se queda fuera” y como si aquella decisión fuese
impuesta desde una autoridad superior e inapelable, los equipos
quedan conformados y yo me alejo del lugar para sentarme a la sombra
de un árbol.
Y lo entiendo. Era
un partido importante y yo no soy el mejor jugador del mundo. Veo
como corren detrás de la pelota como simios detrás de una sandía
que su cuidador les ha arrojado a la jaula del zoo, mientras el pobre
árbitro gira sobre sí mismo sin tener ni idea de cual es su
cometido allí. Hay gritos y peleas, y en el fondo me siento bien por
no haber sido elegido. Quizás ese no fuera mi ambiente ni mi mundo.
Miro alrededor y veo a las niñas reunidas en pequeños grupúsculos,
hablando despreocupadas, niños más pequeños con sus juegos
inocentes y a los mayores que ya trascendieron ese estado de
necesidad adaptativa, dando vueltas por los suburbios del patio.
Mientras yo bajo mi árbol me pregunto si algún día encontraré mi
lugar, si algún día seré aceptado en algún equipo, no
necesariamente ganador, pero sí confortablemente acogedor.
Entonces me fijo en
el tronco detrás de mi y veo un hueco enorme en su base, tan grande
como para que quepa alguien como yo. Me asomo y no puedo ver nada más
allá de una impenetrable oscuridad. Meto una mano, después la
cabeza y pierdo el equilibrio, cayendo en un pozo espaciotemporal que
me lleva hasta el…
Año 1997, en el
local de ensayo de una banda de música local. No es fácil encontrar
un sitio donde ensayar, pero menos aún a un grupo de gente que
comparten gustos musicales y ganas de subirse a un escenario para
comerse el mundo. Han puesto un anuncio buscando guitarrista y
aparecemos tres tratando de ser los elegidos. Mi amigo C, compañero
de clases de guitarra y yo llegamos primero, con nuestros
instrumentos en mano y melenas al viento. Somos conscientes de que el
factor estético es importante en el mundo del rock y por eso
contamos con ese punto a nuestro favor. El tercer candidato es un
chaval más joven, que viste con ropas excesivamente anchas y no trae
instrumento, por lo que le pide a C su guitarra para cuando tenga que
hacer la prueba. Nos miramos y le hago un gesto a C para que sea el
primero.
C es un buen
guitarrista. En clase siempre estuvo un paso por delante de mi en
cuanto a técnica y capacidad de improvisación. Él salía adelante
donde yo me bloqueaba, sabía maquillar los errores y pillaba las
partituras a la primera. Si yo tocara antes que él, sin duda después
me eclipsaría, por lo que vengo preparado con un montón de poses
chulas y movimientos de cuello para tratar de impresionarles por ese
lado. Cuando C termina todos parecen más que satisfechos y antes de
que pueda tomar posiciones, el desconocido se me adelanta para
aprovechar que ya tiene la guitarra enchufada. El tío toca como el
culo, no acierta ningún acorde, los punteos suenan fatal y no parece
tener ningún sentido del ritmo, pero sus movimientos de cadera, sus
saltos y su manera de agitar el mástil como Glenn Tipton en sus
mejores tiempos son impresionantes. Es un showman nato agarrado a un
instrumento que no sabe como funciona, pero ni falta que le hace.
Todos parecen realmente impresionados cuando llega mi turno. Enchufo
mi guitarra que emite un sonido estridente y desagradable, presagio
de lo que está por venir y empiezo. No tengo la técnica de C ni la
presencia del otro y lo noto en las miradas decepcionadas de quienes
deben juzgarme. Empiezo mal y poco a poco me voy viniendo abajo hasta
que decido que ya es suficiente y me retiro con una sonrisa forzada y
me siento en un sofá. Los de la banda parecen satisfechos con los
otros dos y deciden añadirlos a ambos a la formación mientras yo me
hundo más y más entre los cojines de ese sofá que parece no tener
fondo y al final desaparezco absorbido por un vórtice dimensional
que me lleva a…
2006, una entrevista
de trabajo que puede decidir mi futuro. Ocho candidatos al puesto,
todos ellos vestidos con traje y corbata excepto yo, que llevo unos
tejanos gastados y una camiseta de Iron Maiden con la portada del
live after death, por eso de marcar la diferencia y destacar entre
tanto mediocre convencionalismo. Pero cuando entran los dos
directivos de la empresa para hacer la selección, noto que ellos
también llevan traje y corbata y me miran con desdén. Me levanto de
mi silla y me tiro por la ventana sin abrirla, cayendo al vacío
rodeado por una nube de fragmentos de cristal que giran a mi
alrededor creando un portal luminoso de energía entrópica que me
teletransporta al…
2016 frente al altar
en el momento en que levanto el velo a mi prometida y me veo
reflejado en sus ojos amorosos. Yo luzco mis mejores galas, traje
negro y corbata, ahora sí, hasta me he cortado el cabello para ese
momento y estamos a punto de darnos el sí quiero cuando alguien
irrumpe en la iglesia a lomos de una moto levantando un sonoro
murmullo entre los invitados. Es él, el antagónico Mortymer, mi
archienemigo y ex novio de la que va a ser mi futura esposa. Noto
como ella se estremece al verle montado en esa Harley, vestido con
cuero viejo y luciendo una media melena desordenada. La miro y ya no
hay amor en sus ojos, solo duda y arrepentimiento. Se separa de mi,
se sube a la moto y desaparecen derrapando dejando el lugar lleno de
humo y goma quemada. Caigo de rodillas ante el Cristo que cuelga de
la pared y grito desesperado como Gary Oldman en Drácula y al abrir
los ojos de nuevo…
Año 2057, soy una
cabeza en un tarro de cristal que reposa en una estantería junto a
muchos otros. En algún momento del futuro se decidirá que todas
aquellas personas con cierta relevancia en el mundo artístico deben
ser preservadas para no perder su esencia creativa. No es la mejor de
las existencias pero por lo menos aporta cierto reconocimiento a
todos esos ingratos años de escribir y publicar libros. Hasta que la
puerta se abre y entran dos funcionarios empujando un contenedor de
basura. “Aquí ay no caben más cabezas” dice el que manda. “Hay
que ir tirando a los escritores mediocres” y allá que voy,
rechazado una vez más, arrojado a la basura para caer esta vez sí
en el olvido pero con la dudosa satisfacción de que por lo menos
esta vez me han elegido el primero.