martes, 3 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (2)

 Nota: Esta es la segunda parte del relato "El refugio de Mary Ann" Para leer lo desde el principio hay que empezar pinchando AQUÍ

 02.

A pesar de que casi no había dormido, esa mañana se levantó nada más salir el sol y salió de la casa para inspeccionar un poco el entorno. Desde fuera no tenía tan mal aspecto; era una cabaña de madera construida sobre un firme suelo junto a un lago rodeado de coníferas emplazado entre altas montañas que abrazaban todo el paisaje, como si una madre protectora quisiera guarecer ese pequeño entorno de los peligros de la civilización que lo devoraba todo. El sol del amanecer se reflejaba en el agua y daba un efecto de paz a todo el valle. El camino de tierra por el que la noche anterior había llegado era el único acceso al mundo exterior, y estaba flanqueado por postes de madera que abastecían de electricidad y una rudimentaria conexión telefónica a la casa. A un par de kilómetros podía distinguirse una colina sobre la que parecían erguirse las ruinas de alguna vieja construcción de piedra, ahora invadida por la maleza.

Ramiro entró de nuevo en la casa, abrió su portátil y se dispuso a escribir como nunca en su vida había escrito. Sin estímulos externos, sin distracciones, sin wifi ni bares cerca, sin tentaciones de procrastinación. Sería un trabajo fácil y rápido; y cuanto antes terminara, antes cobraría y podría volver a su casa para seguir con su vida.

Y es que su suerte había supuesto también su desgracia. Lo que empezó como un hobby y con la ilusión de ver un libro publicado con su nombre estampado en la portada se había convertido en una experiencia estresante y totalmente alienante. Esa novela de aventuras fantásticas con toques eróticos había llegado a manos de una gran editorial que se la había publicado con todo lujo de acabado y promoción, convirtiéndola en el fenómeno de la temporada. Decenas de miles de lectores la habían comprado y supuestamente leído y después reclamado una segunda parte al editor, que ante la poca predisposición de su autor, Ramiro Martínez, ahora rebautizado como R.M.Martin, había decidido exiliarlo a ese recóndito lugar del mundo con la sana idea de que esa novela se escribiera lo antes posible.

Y ahí estaba Ramiro, a sus cuarenta y seis años, sentado frente a un ordenador que mostraba una página en blanco, con la mente también en blanco, rebuscando en vano palabras con las que rellenar el vacío por todos los rincones de su mente. Pero de momento nada.

La noche cayó de nuevo y con ella la moral y la autoconfianza de Ramiro, que se vio invadido una vez más por el síndrome del impostor y por el deseo de atarse una piedra al cuello y arrojarse al lago. Los lobos volvieron a aullar en algún lugar de las montañas y al mirar a través de la ventana, le pareció atisbar un destello de luz donde calculaba que estaría esa colina ruinosa. Pero igual que llegó desapareció, dejándole con la duda y con más ganas de salir a pasear que de seguir escribiendo ese engendro de relato.

03. 

Con la despensa llena a rebosar y sin nada más que hacer que de pasear por la orilla del lago y como no, escribir, Ramiro se moría de aburrimiento. En estos momentos le hubiese gustado ser un hombre prehistórico y verse obligado a colocarse el taparrabos, agarrar su lanza de punta de sílex y salir a cazar algún bisonte para ser recibido como un héroe al llegar a su cueva, pero no. La despensa estaba llena a rebosar y solo podía pasear por el lago y como no, escribir.

Había decidido que su rutina sería la de diez minutos de paseo por cada hora de escritura, pero por algún motivo esa tendencia se invirtió y caminaba durante una hora para volver a descansar diez minutos frente a un portátil ante el que pasaba más tiempo inactivo que pulsando sus teclas. Ramiro se dio cuenta de que estaba en baja forma y que quizás esa sería una buena oportunidad para ejercitarse un poco, ya que como afirman los expertos literarios, una mente activa requiere de un cuerpo en forma, así que comenzó a alargar sus paseos.

Recorrió buena parte del lago, las lindes del bosque y hasta se atrevió a avanzar algunos kilómetros por el camino que conducía a la civilización, pero en ningún momento se topó con rastro alguno de vida humana, algo que le gustó, ya que nunca había sido una persona muy sociable, pero también le llenó de desasosiego ante la idea de estar solo en el mundo. ¿Y si había estallado una guerra allá afuera? ¿Y si un virus terrible ha asolado a la humanidad? ¿Y si los zombies, los extraterrestres o una plaga de langostas gigantes habían acabado con la raza humana? Su mente bullía de ideas disparatadas, pero ninguna de ellas le servía como continuación de su novela.

Y así, caminando y pensando le sorprendió la noche y buscando el camino de regreso a su casa se perdió. Los lobos comenzaron a aullar en la lejanía y Ramiro comenzó a sentir miedo. Pero no el miedo al fracaso, a la soledad o a que el médico te de una mala noticia al mirar esa analítica; era un miedo primitivo, brutal; un miedo que emergía directamente del cerebelo para recorrer su médula espinal; se sentía indefenso, vulnerable, como la presa potencial de toda una amalgama de depredadores que ahora podían estar acechándole desde las sombras.

Raimundo comenzó a caminar más deprisa para luego trotar y finalmente correr, y aunque sin rumbo alguno, notó que su cuerpo respondía como nunca. No sentía cansancio, ni tenía flato, ni ese uñero parecía molestarle mientras avanzaba enloquecido entre árboles y rocas. Hasta que escuchó ese sonido y se detuvo como si de repente se hubiese petrificado.

Algo se movía hacia él. Raimundo dejó de respirar, rezando porque lo que fuese que estaba allí no le detectase. Pero no tendría tanta suerte. De pronto los arbustos se abrieron ante él pero en lugar de encontrarse con las fauces babeantes de alguna bestia salvaje, se topó con la mirada incrédula de una chica.

-¿Hola? -le dijo con calma -¿Estás bien?

sábado, 31 de enero de 2026

El refugio de Mary Ann (1)

 Nota del autor: Efectivamente, querida legión de seguidores, se viene un nuevo relato cuyos primeros esbozos se trazaron durante la pandemia, mientras trataba de sobrevivir en mi trabajo de telefonista de centro de salud. Pero tranquilos que esto no va a ir de vivencias personales ni de mensajes ocultos de rebeldía contra el sistema que nos constriñe hasta la muerte. Se trata más bien de un cuento atípico (al menos para mi), breve y ligero con el que espero que podáis pasar un rato entretenido, sin más aspiraciones.

Dejo paso así al primer capítulo y poco a poco iré subiendo los otros. Un saludo de los grandes. 

 

01.


La casa olía a moho, polvo, y a algo agrio que no terminaba de identificar, pero que ahí estaba. La exhumación de cadáveres no era lo suyo, pero Ramiro pensó que abrir una tumba antigua le proporcionaría una sensación olfativa aproximada. Su editor le guiaba a través de las diferentes habitaciones con el entusiasmo de un agente inmobiliario a punto de realizar su primera venta y no dejaba de hablar y gesticular ignorando el visible desánimo de su virtual cliente a medida que avanzaban bajo vigas de madera carcomidas, muebles de madera oscura y tililantes luces amarillas que lo teñían todo de un triste tono anaranjado. La cocina estaba totalmente desprovista de electrodomésticos u otros elementos que pudiesen sugerir un mínimo de modernidad y aunque reprimió el impulso de abrir ningún grifo, imaginó que el agua saldría oscura y en sonoras oleadas intermitentes.

-¿Y bien? -Dijo finalmente el editor con una sonrisa mientras abría los brazos para guardarse inmediatamente las manos en los bolsillos. -¿Qué te parece tu nueva casa?

Ramiro reprimió los deseos de agarrar una de las sartenes ennegrecidas que colgaban de la pared y atizarle con ella en la cara, así que se limitó a mirar a través de la ventana al otro lado de la cual solo había la más impenetrable oscuridad de la noche y suspiró. El editor seguía esperando una respuesta con ilusión.

-Bueno… -empezó a decir Ramiro. - Es… rústica.

Se maldijo por haber sido capaz de sintetizar todo su rechazo hacia esa decrépita construcción abandonada hacía mucho por cualquier intento de integrarla en los tiempos modernos, o al menos de hacerla mínimamente atractiva a la habitabilidad, pero luego supuso que siendo escritor, esa era una de sus habilidades innatas. El editor pareció satisfecho.

-Pues espera a mañana cuando salga el sol. Estás en un paraje natural único. Espectacular. Aquí nadie te va a molestar. Solo vas a tener que disfrutar de la paz y el silencio y…

-¿Morir de tristeza y soledad? -Interrumpió Ramiro sarcástico pero a su vez sincero.

-Escribir -sentenció el editor sin dejar de sonreír.

En cinco minutos el coche se alejaba zigzagueando por el camino de tierra, dejando a Ramiro en la casa que le serviría de hogar hasta que hubiese terminado su segunda novela. La segunda de una supuesta saga que no tenía ni idea de como continuar, ni mucho menos terminar. Un libro que no tenía ningunas ganas de escribir, en realidad. Ramiro se quería morir, pero corrió a cerrar puertas y ventanas cuando oyó aullar a unos lobos en la profundidad de la noche.

martes, 13 de enero de 2026

Picor de ojos

 

Me pican los ojos y no sé porqué, y cuanto más me los froto más me lagrimean y se intensifica el picor; esa sensación de ardor, de resquemor, de incomodidad abrumadora que me obliga a cerrarlos y dejar de ver, sumirme en la confusa oscuridad y perder la noción de mi ser, mi estar y mi parecer.

Y me pregunto el porqué de mi agotamiento ocular si solo son las diez, aunque llevo desde las siete dando tumbos; y me pregunto el porqué no puedo seguir, a pesar de que apenas he parado de hacer cosas en todo el día, con el sano objetivo de mantener la mente ocupada y no pensar…

En quién soy y qué hago aquí.

En el tiempo que llevo aferrado al pasado.

En ese día en el que el fuego de mis ojos se apagó.

En la certeza de que llevo toda una vida caminando en círculos.

En la culpa que vive en algún lugar tras mi esternón y no me deja respirar por las noches.

En la sensación de fracaso que me envuelve y me constriñe como una boa a cada paso errático que doy.

Me pican los ojos y ya sé porqué, por lo que me levanto, me echo colirio y me lavo la cara con agua fresca y me siento mejor; puedo volver a ver y los colores se vuelven a definir ante mi, disfrazando la realidad de algo cómodo y familiar donde me siento bien de nuevo.

Y me doy cuenta de que ya va siendo hora de acostarse, de que no ha estado tan mal el día al final y que es verdad eso que dice aquél refrán sobre acostarse y el aprendizaje, que tampoco hace falta haber sido productivo ni haber invertido en un futuro exitoso sino sencillamente irse tranquilo a dormir.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Talento (paternidad parte 54)

 

Todavía es navidad y las calles bullen con actividades destinadas a los más pequeños de la casa. En cada esquina un puesto de chuches, unos hinchables o esas cosas de los cochecitos que giran. Atracciones por lo general obsoletas, desfasadas, descoloridas y regentadas por feriantes que hace ya mucho que han perdido su sex appeal y su ansia de carretera y viaje. Parece más bien que el ayuntamiento haya dado luz verde a que saquen esas viejas norias de sus polvorientos almacenes y les den un último uso antes de enviarlas con sus dueños al desguace.

Y entre tanto divertimento encontramos una pista de hielo portátil, algo que a mi hija pequeña sí le llama la atención, pues ella sabe patinar, en términos generales y a mi me gusta que se lo pase bien y disfrute de su infancia, así que nos hacemos con unos patines y espera su turno para lanzarse a la pista. Yo observo desde un banco cercano su triunfal entrada con cierto orgullo, ya que en mi caso nunca fui capaz de destacar en nada que pudiese enorgullecer a mis padres. Yo era ese niño desaliñado de mirada perdida que siempre se caía y del que todo el mundo se burlaba sin piedad, como si los traumas no existieran y no fuesen capaces de transformar totalmente a la persona adulta en la que algún día me convertiría, insegura, tímida, vulnerable y con grandes ansias de venganza… Pero no hablemos de mí que esto iba de mi hija.

Observo con cierto orgullo decía, ya que la niña sabe patinar así en términos generales, pero pronto noto que algo no marcha bien; se mueve de forma inestable, sin soltarse de la barandilla, avanzando con dificultad, y eso en cierto modo me indigna. ¿Donde están sus cualidades? ¿Donde han ido a parar todas las clases extraescolares de patinaje? ¿Y el dinero invertido en patines, rodilleras, ese casco y todos los viajes a la pista de hielo de la capital? Por un momento no comprendo su falta de pericia hasta que me fijo en los demás niños. Resbalan, se caen, ruedan por el suelo y lloran en busca de la ayuda de unos padres que impotentes les alargan las manos desde la valla tratando de alcanzar a sus magullados retoños.

Y es que aquello no es una pista de hielo al uso. Es un enorme plástico enjabonado que pretende simular hielo real. Una trampa mortal para los incautos que se atreven a meterse en ella. Un vórtice de dolor para sacar cuatro cuartos al ayuntamiento a costa de la salud de los pobres críos. Y uno a uno van cayendo, no es necesario que el dueño de la atracción toque el silbato del cambio de turno, simplemente espera a que vayan saliendo a rastras para sustituirles por niños en buen estado y seguir con su ciclo de maldad. Pero mi hija no se cae. Avanza con lentitud pero manteniendo su integridad física intacta entre rodillas rotas, tobillos torcidos y cráneos estrellado contra las esquinas protectoras. Y llega a la meta, se desmarca de la fila de críos que van a la enfermería y regresa a mi lado.

-¿Te lo has pasado bien?

-Sí, pero era muy cutre. Tenemos que ir a la pista de hielo de verdad.

-No. Por lo menos hasta el año que viene, no vamos a ir.

Y entonces nos reímos porque faltan cuatro días para el año que viene y los padres siempre hacemos esas bromas repetitivas y hay que reírse porque saben que no estaremos siempre y hay que aprovechar y disfrutar del tiempo junto a nosotros, los viejos.

martes, 23 de diciembre de 2025

De navidades y tortillas de patata

 


Ya está aquí la navidad, con sus calles abarrotadas de gentes, voces, luces y villancicos. Una sobreestimulación sensorial totalmente innecesaria para alguien que ha salido un momento a por huevos. Me sobra todo. La alegría, los buenos deseos, las felicitaciones, el frío y los gorritos rojos terminados en borlas blancas. Camino esquivando a gentes con bolsas de colores y sonrisas fluorescentes bajo los destellos coloridos de cientos de miles de adornos que tratan en vano de ocultar las miserias que todos arrastramos. Pero hoy nadie habla del estrés, de los ataques de ansiedad, de las dismorfias ni esas voces en la cabeza que les instan a arrojar a sus hijos recién nacidos a trituradoras de basura mientras ríen a carcajadas, embriagados por la sensación de ser dios.

Camino entre el tumulto tratando de no tocar a nadie, de no rozar ni un centímetro de esa falsa felicidad cuando noto algo que se acerca a toda velocidad hacia mi nuca. Esquivo un matasuegras que se desenrolla junto a mi mejilla con un irritante pitido de silbato cutre de plástico y mi brazo izquierdo se dispara como un resorte, un movimiento calculado, innato, instintivo, fruto sin duda de todos mis años de entrenamiento ninja y mi codo se estrella en un rostro desconocido, rompiendo sus dientes que salen volando como confeti ensangrentado. Apenas oigo el ruido del cuerpo al caer y los sollozos de un niño que ve a su padre agonizar y sabe que estas navidades no van a ser tan mágicas como le habían asegurado. Quizás en otro momento de mi vida me permitiría sentir algún remordimiento, pero hoy no es ese día. Soy un hombre con una misión y solo quedan veinte minutos para que cierren el súper.

Cuando llego el escenario no es demasiado alentador. Una turba enfervorecida está arrasando las estanterías al grito de “feliz navidad” y me obligan a moverme de forma inestable esquivando escombros llameantes y cadáveres aullantes en su camino directo al infierno. No recuerdo donde tenían la sección avícola pero la idea de encontrar huevos en buen estado cada vez me parece más lejana. Dos abuelas se pelean a bastonazos por la última pata de cordero del refrigerador y dos cowboys se baten en duelo por una caja de gambas. El primero entrecierra los ojos y lleva sus manos a las cartucheras, moviendo los dedos con gracilidad sin llegar a tocar las empuñaduras; el otro le imita, entrecerrando un poco más los ojos y calándose el sombrero hasta las cejas, pero eso no parece impresionar al primero, que cierra los ojos en su totalidad y dispara tan erráticamente que agujerea una tubería de gas silano que estalla con gran estruendo, cocinando las gambas al instante, así como a todos los seres vivos en varios metros a la redonda.

Aprovechando la tesitura, salto sobre un señor que corre gritando envuelto en llamas y le guio hacia la zona de los huevos, cabalgando entre el caos y la destrucción al igual que haría March Malaen en sus mejores tiempos, pero al llegar compruebo horrorizado que solo quedan huevos de codorniz. Saco la calculadora y llego a la conclusión de que necesitaría seis docenas de esos huevos para conseguir la tortilla de patata que quiero hacer y abandono a mi montura, ya convertida en un montón de carbón palpitante para salir a la calle de nuevo.

Afuera la gente mira al cielo “¡Milagro!”, gritan al ver caer del cielo los primeros copos de nieve, aunque no es nieve en realidad sino las cenizas de cientos de cuerpos abrasados en los incendios que después de intentar alcanzar en vano el cielo prometido por sus distintas religiones, regresan a la tierra desesperanzadas, al igual que yo me resigno a pasar esta noche de navidad sin mi anhelada tortilla de patatas por la ausencia de huevos normales. Y entonces la veo.

Avanzando entre la distraída multitud una anciana se mueve furtivamente apoyada en un andador de esos con sillita tan prácticos y modernos, y entre sus ropas veo asomar la esquina inconfundible de un cartón de huevos. Quizás sea un acto deleznable el robarle a una anciana desvalida, pero es navidad y todo vale, así que me acerco por detrás aprovechando el caos creado por la explosión de un vehículo cercano y trato de asaltarla pero ella me ve por el retrovisor de sus gafas de ver de cerca e interpone el andador entre nosotros, como el domador de circo que trata de mantener a raya a la bestia que por lo visto no había domesticado tan bien como creía. Trato de alcanzarla pero es rápida reposicionándose y siempre interpone las mugrientas patas entre nosotros; pierdo la paciencia y le agarro el andador en un intento de arrebatárselo de sus huesudas manos, pero se resiste. Es fuerte. No debería serlo tanto. ¿O soy yo que ya no soy tan joven y me he descuidado? En cualquier caso noto que va cediendo, le gano terreno, se debilita, pierde el andador y lo lanzo a lo lejos. Ya es mía. Pero justo cuando iba a hacerme con los huevos, los aprieta muy fuerte contra su pecho y se deja caer de espaldas a la avenida, como el monstruito ese feo del Señor de los anillos que se tira al volcán para salvar su tesoro, y en apenas tocar el pavimento es atropellada por un camión de reparto del Burguer Queen, quedando tan espachurrada como los huevos que portaba.

Y ahora sí que acaba mi periplo. Contemplando el cuerpo de una señora de las de antes, de las que cocinaban con calma para toda la familia, adalid de las buenas costumbres culinarias tradicionales, atropellada por un camión de comida rápida, menuda ironía, qué paradoja existencial, una muerte convertida en poesía. Y así me marcho de una vez.

Llego a mi casa con el frío y la desazón incrustados en el alma. Abro la nevera y busco algo que llevarme a la boca cuando vislumbro detrás de una lechuga algo desmejorada ya, un cartón de media docena de huevos a estrenar que no recordaba que estaban allí. Al final tanta molestia para nada. Los sostengo triunfante entre mis manos y pienso que menuda pereza ahora ponte a pelar patatas, cortar, freír, batir huevos mezclar, dale la vuelta… Así que al final pido chino y espero al repartidor mirando por la ventana. En la calle brillan lucecitas tililantes y a lo lejos se ven los destellos eléctricos y los fogonazos de los incendios. Y es bonito. Aunque me cueste admitirlo hay que reconocer que estas son fechas especiales. Ojalá fuese navidad todo el año.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Voces

 

-Si algo puede salir mal, saldrá mal -me susurra la voz de mi cabeza.

-Esta vez no -le respondo sin apartar la vista de la pantalla, tratando de darle a entender que no merece ni mi más mínima atención.

-Sabes que sí, que siempre ha sido así -insiste.

-Esta vez no. Ya no soy el mismo. Me he vuelto más duro, más seguro, ahora tengo más claro hacia donde voy -le digo sin mover los labios para que no se sienta tan humana, tan merecedora de palabras pronunciadas.

-Sabes que eso es mentira. Sabes que los golpes no te endurecen sino que te vuelven más quebradizo, al igual que el suelo bajo tus pies, por muy bajo que hayas caído siempre puede derrumbarse para llevarte a otro nivel de desesperación. Sabes tan bien como yo, porque eres yo del mismo modo que yo soy tú, cual es ese lugar hacia el que te diriges…

-¡No lo digas! -le grito, esta vez a viva voz.

-¡Pero lo sabes! -resuena la voz en mi cabeza.

-Aunque salga mal seguiré aquí, siempre lo he hecho.

-Entonces estás aceptando que puede salir mal.

-Solo puede.

-Si algo puede salir mal saldrá mal.

-Eso ya lo habías dicho al principio.

-Solo quería asegurarme de que no lo olvidaras.

-No lo haré.

-Ni olvides tampoco hacia donde vas.

Guardo silencio y sigo con mis cosas, con mi vida y mis mierdas, mi tiempo perdido en aficiones y hobbies vacíos, en trabajos ingratos, relaciones extrañas, buscando el humor en el poso de la desesperanza, para arrancar sonrisas a quienes me escuchan sin saber quien soy en realidad, sin conocer al monstruo que vive en mi y devora mis sueños.

Apago la pantalla y escucho el reloj que jamás se detiene. Envidio su vacía determinación, la frialdad en la ejecución de su cruel cometido, que es el de recordarnos que somos finitos, efímeros, prescindibles y absurdos.

-No pienses más y vete a la cama -dice una voz en mi cabeza, y ya no sé si ha sido la mia o la otra, o quizás ambas en perfecta coordinación.

viernes, 14 de noviembre de 2025

Desazón

 

No sé cuantas veces más tendré que atravesar este mismo camino,

cuantas veces tendré que borrar mis huellas para ocultar mi rastro,

para no tener que comprobar que estoy andando en círculos,

cometiendo una y otra vez los mismos errores.


Me pregunto hasta donde resistirán mis cansadas piernas,

en qué momento decidirán rendirse y dejarme caer,

cuan duro será el suelo en el que golpeen mis huesos,

y desazonador el horizonte que mis ojos contemplen.


No sé cuantas veces más apartaré la vista al ver mi propio reflejo,

incapaz de mantener esa mirada triste que me devuelve el espejo,

como un desafío a todo aquello que con orgullo pretendí,

y en lo que con tranquila calma terminé fracasando.


Me pregunto cuantas lunas más veré,

si me dejaré llevar por sus influjos,

o si seguiré caminando con la cabeza baja,

tratando de adivinar donde me llevan mis pies.


No sé cuantas veces más recordaré tantos rostros que dejé atrás,

tantas voces diciendo en vano que todo irá bien,

mentiras inintencionadas que cubrieron de tierra esta sepultura,

donde mi cuerpo espera con los ojos abiertos que llegue la oscuridad.