10.-
Descendieron por una
desgastada escalinata de piedra hacia la más oscura de las
oscuridades, una a un nivel tan oscuramente oscuro que habría sido
capaz de oscurecer hasta al más oscurecido corazón, pero ambos
parecían ser inmunes a tal sensación. El editor encabezaba la
marcha con su ballesta y su linterna, emocionado por la idea de
enfrentarse por fin al ser de ultratumba que su familia llevaba
persiguiendo desde hacía siglos, mientras que Ramiro simplemente
parecía sentirse cómodo en aquel lugar, como si por fin hubiese
encontrado en aquella tenebrosa tiniebla subterránea un lugar al que
llamar hogar.
Cuando por fin
llegaron a suelo firme se encontraron en una enorme sala de techo
abovedado cuyas dimensiones podrían duplicar sin problema las de la
base de la construcción sobre el suelo. Examinaron el lugar con
detenimiento y encontraron gran cantidad de restos de muebles de
estilo victoriano que ya habían sucumbido al paso del tiempo, así
como un enorme cajón que en su día estaría lleno de tierra y que
ahora se hallaba desparramado contra uno de los muros y restos de
tapices, cortinas y vestimentas antiguas carcomidas por el tiempo. El
conjunto de la sala daba a imaginar que hubiese pasado por allí un
decorador de interiores enloquecido y se hubiese marchado hacía
doscientos años para no volver.
Y al fondo del todo,
como no,un ataúd de madera oscura colocado en vertical y mostrando
complejos grabados dorados que relucían a la luz de la linterna.
-Allí la tenemos
-dijo el editor sin poder disimular la emoción en su voz.
Con la ballesta
apuntando directamente ante él se acercó al ataúd, lo abrió con
un movimiento brusco y comprobó que estaba vacío.
-Enhorabuena querido
Gutierrez -dijo la voz de una chica desde las sombras.
-¡Dejate ver,
maldita Maty Ann! -gritó el editor.
-Un momento…
-interrumpió Ramiro. -¿De verdad te llamas Gutierrez? Pensaba que
te apellidarías Van Helsing o Von Richten o…
-Mi apellido de
cazavampiros lo llevaba mi abuela y se perdió por culpa de la
costumbre de colocar el del padre primero.
-Hoy en día se
podría haber cambiado, pero quizás en la época de tu abuela no
-continuó Ramiro. -Esto es culpa del patriarcado imperante en
nuestra sociedad.
-¡Da igual como me
llame! -gritó por segunda vez el editor, ahora también conocido
como Gutierrez. -Lo importante es que por fin voy a dar caza a esta
maldita…
Y
entonces como salida de las mismas sombras, la delicada figura de
Mary Ann, Míriam para Ramiro se lanzó sobre el distraído
cazador de vampiros y con un movimiento más rápido de lo que un ojo
humano podría percibir, le golpeó en el brazo derecho con tal
fuerza que la ballesta salió despedida de sus manos, cayendo a los
pies de Ramiro. El editor soltó un grito de rabia y frustración
mientras su antigua enemiga le levantaba del suelo con fuerza
sobrehumana.
-¡Coge la ballesta,
Ramiro! -consiguió decir con dificultad. -Acaba con ella antes de
que sea tarde…
Ramiro se agachó y
cogió la ballesta. Le pareció mucho más ligera de lo que parecía
y por un instante sintió una agradable sensación de poder
recorriendo su espina dorsal. Apuntó a la chica y se fijó en que
sus facciones habían cambiado ligeramente; sus ojos parecían más
rasgados y reflejaban la luz de la linterna con un tono amarillento,
mientras que su boca se había agrandado y dejaba ver unos colmillos
exageradamente grandes.
-¿Vas
a matarme, cariño mio? -siseó Mary Ann al ver las malas intenciones
de Ramiro, a quien le empezaron a temblar las manos.
-Es la única forma
de poder ser humano de nuevo -le respondió él.
-¿Y es eso lo que
realmente quieres? -preguntó ella.
Ramiro titubeó.
Realmente nunca se lo había planteado. Llevaba toda una vida
odiándose casi tanto como odiaba a los demás, y ahora esa chica
misteriosa le brindaba la oportunidad de alejarse de todo ello, de
adentrarse en un nuevo mundo desconocido, emocionante, fresco y
nuevo.
-¡No la creas, te
está embaucando! -dijo el editor todavía tratando en vano de
zafarse de la presa de la vampiresa. -Necesitan esclavos, personas
inocentes para que les sirvan por toda la eternidad, o hasta que
encuentren a otro mejor. No vas a ser más que una mascota para ella.
-¿Es eso verdad?
-preguntó Ramiro sujetando la ballesta de nuevo con firmeza.
-Claro que no
-respondió ella. -Te he elegido entre miles para que me acompañes en
la eternidad. Te he hecho un regalo muy valioso en realidad.
-¿Es eso verdad?
-preguntó de nuevo Ramiro, esta vez dirigiéndose a su antiguo
editor.
-¡Claro que no
idiota! ¡Destrúyela!
-¡No! -ordenó
ella. -¡Destrúyele a él y podremos ser libres!
Ramiro no sabía a
quien apuntar, qué pensar y mucho menos se veía capaz de tomar
decisiones tan vitales en tan poco tiempo y bajo tanta presión, así
que bajó la ballesta y por primera vez en su vida, gritó desde el
fondo de su alma.
-¡Aquí
nadie va a destruir a nadie, joder!
Los dos
contendientes, enemigos declarados desde siglos atrás, quedaron en
silencio contemplando la figura de Ramiro que ahora parecía más
grande, más terrible y por algún motivo peligrosa. Mary Ann dejó a
Gutierrez en el suelo de nuevo y ambos esperaron con cierto respeto a
lo que Ramiro tenía que decir.
-No me importan
vuestras rencillas familiares, de donde vienen ni de cuando se
originaron. No me importa este valle, ni esa choza mugrienta ni si
mis libros merecen la pena o son basura. Pero lo que sí me estropea
el humor es que me hayáis utilizado, uno para hacer de cebo y la
otra para esclavizarme para siempre sin tener en cuenta mi opinión
ni mi bienestar físico y mental. Así que ahora saldremos de este
agujero y cada uno se irá a su casita y haremos como que nada de
esto ha pasado. ¿Entendido?
Mary Anne y el
editor Gutierrez se miraron y encogieron los hombros. Quizás Ramiro
tenía razón y se habían sumido en una guerra sin sentido que les
había hecho olvidar su propia individualidad así como la capacidad
para centrarse en las cosas que realmente les hacían felices.
Cazador y presa se dieron la mano con respeto y se marcharon, uno por
las escaleras de vuelta a la civilización y la otra fundiéndose en
las sombras para ya no reaparecer jamás.
Ramiro
esperó un rato y luego salió al exterior, se sentó sobre una roca
y se puso a mirar el cielo color turquesa que precede al amanecer.
Todavía sostenía la ballesta en su mano y se quedó mirando el
único virote que había cargado en ella, preparado para acabar con
quien se cruzara en su trayectoria. Sería muy sencillo terminar con
todo, pensó Ramiro; sería la manera fácil de dejar atrás tanta
miseria y preocupación. Pero en lugar de hacerlo, alzó la ballesta
y disparó ese único virote al tronco de un arbusto cercano, que se
clavó en la madera verde con un sonido seco. Quizás sí que merezca
la pena vivir, siguió pensando; quizás esto sea solo el principio
de una vida mejor. ¿Y si todo lo que
necesitaba era un revulsivo para tener un cambio de actitud? Por
primera vez logró tener un atisbo de pensamiento positivo, sin
futuros inciertos, sin autorreproches, sin sabotajes internos. Había
nacido un nuevo Ramiro y pronto el mundo podría conocerle y aprender
de él.
Pero
sus pensamientos se convirtieron en cenizas cuando el primer rayo de
sol le alcanzó.