Nota: Esta es la segunda parte del relato "El refugio de Mary Ann" Para leer lo desde el principio hay que empezar pinchando AQUÍ
02.
A pesar de que casi no había dormido, esa mañana se levantó nada más salir el sol y salió de la casa para inspeccionar un poco el entorno. Desde fuera no tenía tan mal aspecto; era una cabaña de madera construida sobre un firme suelo junto a un lago rodeado de coníferas emplazado entre altas montañas que abrazaban todo el paisaje, como si una madre protectora quisiera guarecer ese pequeño entorno de los peligros de la civilización que lo devoraba todo. El sol del amanecer se reflejaba en el agua y daba un efecto de paz a todo el valle. El camino de tierra por el que la noche anterior había llegado era el único acceso al mundo exterior, y estaba flanqueado por postes de madera que abastecían de electricidad y una rudimentaria conexión telefónica a la casa. A un par de kilómetros podía distinguirse una colina sobre la que parecían erguirse las ruinas de alguna vieja construcción de piedra, ahora invadida por la maleza.
Ramiro entró de nuevo en la casa, abrió su portátil y se dispuso a escribir como nunca en su vida había escrito. Sin estímulos externos, sin distracciones, sin wifi ni bares cerca, sin tentaciones de procrastinación. Sería un trabajo fácil y rápido; y cuanto antes terminara, antes cobraría y podría volver a su casa para seguir con su vida.
Y es que su suerte había supuesto también su desgracia. Lo que empezó como un hobby y con la ilusión de ver un libro publicado con su nombre estampado en la portada se había convertido en una experiencia estresante y totalmente alienante. Esa novela de aventuras fantásticas con toques eróticos había llegado a manos de una gran editorial que se la había publicado con todo lujo de acabado y promoción, convirtiéndola en el fenómeno de la temporada. Decenas de miles de lectores la habían comprado y supuestamente leído y después reclamado una segunda parte al editor, que ante la poca predisposición de su autor, Ramiro Martínez, ahora rebautizado como R.M.Martin, había decidido exiliarlo a ese recóndito lugar del mundo con la sana idea de que esa novela se escribiera lo antes posible.
Y ahí estaba Ramiro, a sus cuarenta y seis años, sentado frente a un ordenador que mostraba una página en blanco, con la mente también en blanco, rebuscando en vano palabras con las que rellenar el vacío por todos los rincones de su mente. Pero de momento nada.
La noche cayó de nuevo y con ella la moral y la autoconfianza de Ramiro, que se vio invadido una vez más por el síndrome del impostor y por el deseo de atarse una piedra al cuello y arrojarse al lago. Los lobos volvieron a aullar en algún lugar de las montañas y al mirar a través de la ventana, le pareció atisbar un destello de luz donde calculaba que estaría esa colina ruinosa. Pero igual que llegó desapareció, dejándole con la duda y con más ganas de salir a pasear que de seguir escribiendo ese engendro de relato.
03.
Con la despensa llena a rebosar y sin nada más que hacer que de pasear por la orilla del lago y como no, escribir, Ramiro se moría de aburrimiento. En estos momentos le hubiese gustado ser un hombre prehistórico y verse obligado a colocarse el taparrabos, agarrar su lanza de punta de sílex y salir a cazar algún bisonte para ser recibido como un héroe al llegar a su cueva, pero no. La despensa estaba llena a rebosar y solo podía pasear por el lago y como no, escribir.
Había decidido que su rutina sería la de diez minutos de paseo por cada hora de escritura, pero por algún motivo esa tendencia se invirtió y caminaba durante una hora para volver a descansar diez minutos frente a un portátil ante el que pasaba más tiempo inactivo que pulsando sus teclas. Ramiro se dio cuenta de que estaba en baja forma y que quizás esa sería una buena oportunidad para ejercitarse un poco, ya que como afirman los expertos literarios, una mente activa requiere de un cuerpo en forma, así que comenzó a alargar sus paseos.
Recorrió buena parte del lago, las lindes del bosque y hasta se atrevió a avanzar algunos kilómetros por el camino que conducía a la civilización, pero en ningún momento se topó con rastro alguno de vida humana, algo que le gustó, ya que nunca había sido una persona muy sociable, pero también le llenó de desasosiego ante la idea de estar solo en el mundo. ¿Y si había estallado una guerra allá afuera? ¿Y si un virus terrible ha asolado a la humanidad? ¿Y si los zombies, los extraterrestres o una plaga de langostas gigantes habían acabado con la raza humana? Su mente bullía de ideas disparatadas, pero ninguna de ellas le servía como continuación de su novela.
Y así, caminando y pensando le sorprendió la noche y buscando el camino de regreso a su casa se perdió. Los lobos comenzaron a aullar en la lejanía y Ramiro comenzó a sentir miedo. Pero no el miedo al fracaso, a la soledad o a que el médico te de una mala noticia al mirar esa analítica; era un miedo primitivo, brutal; un miedo que emergía directamente del cerebelo para recorrer su médula espinal; se sentía indefenso, vulnerable, como la presa potencial de toda una amalgama de depredadores que ahora podían estar acechándole desde las sombras.Raimundo comenzó a caminar más deprisa para luego trotar y finalmente correr, y aunque sin rumbo alguno, notó que su cuerpo respondía como nunca. No sentía cansancio, ni tenía flato, ni ese uñero parecía molestarle mientras avanzaba enloquecido entre árboles y rocas. Hasta que escuchó ese sonido y se detuvo como si de repente se hubiese petrificado.
Algo se movía hacia él. Raimundo dejó de respirar, rezando porque lo que fuese que estaba allí no le detectase. Pero no tendría tanta suerte. De pronto los arbustos se abrieron ante él pero en lugar de encontrarse con las fauces babeantes de alguna bestia salvaje, se topó con la mirada incrédula de una chica.
-¿Hola? -le dijo con calma -¿Estás bien?



