Llego al lugar a la hora indicada, ni un minuto más ni uno menos. El cartel de la puerta anuncia un negocio de networking, pero eso no es más que una tapadera, por supuesto. Nadie en su sano juicio montaría una secta y lo anunciaría a la vista de todos. Llamo al timbre y espero a que me abran.
Estoy nervioso, lo reconozco. Uno no se apunta a un culto misterioso que ha visto anunciado en instagram todos los días, y mucho menos teniendo la clara sospecha de que aquello acabará en suicidio colectivo o peor aún, orgía unisex. Pero solo se vive una vez y llegados a estas edades no podemos cerrarnos a nuevas experiencias.
Abre la puerta un señor bajito oculto bajo una túnica oscura, pero no negra del todo, por lo que supongo que no será el líder en persona. Demasiado bajito para ser líder de nada. Menudo estigma el de quedarse a menos de metro setenta. Me invita a seguirle y me acompaña a un cambiador donde me espera una túnica de color claro, pero no blanca del todo, debido sin duda a la roña acumulada por múltiples usos. Me visto y salgo al pasillo de nuevo, desde donde accedo a la sala de reuniones del culto. Somos cuatro neófitos, dos iniciados y el líder, esta vez sí con una túnica negra ribeteada en carmesí que sonríe por algún motivo, supongo que por ir mejor vestido que todos los demás.
Lo que sigue es una retahíla de palabrería tan extensa como monótona que hace que mi mente divague hacia un pasado cercano, a menos de un año vista, quizás el peor de mi vida y que me ha llevado hasta este lugar; pero luego retrocedo aún más hasta encontrar algunos recuerdos felices, únicos y dolorosos por la certeza de que ya jamás se repetirán. Y sigo navegando por conciertos, trabajos y viajes, por conversaciones incómodas con alguien a quien prometí acompañar para siempre, por miedos y alegrías, ilusiones y fracasos, toda una vida marcada por la terrible certeza de que otra realidad podría quizás haber sido mejor, alomejor. Latidos innecesarios, alientos prescindibles, una vida tan superflua y monótona que convierte este presente en algo tan irrelevante como una hoja que cae en medio de un bosque cualquier día de otoño.
Cuando vuelvo a la realidad sigo en la sala del culto, con una daga en la mano y todos mirándome impacientes. Creo que de tanto pensar me he perdido algo y ahora me hallo en una situación complicada. El líder ha dejado de sonreír y percibo cierta irritación en su mirada. No sé qué esperan de mi, pero decido no defraudarles.
Agarro el cuchillo firmemente con mi mano derecha y me hago un corte en el antebrazo izquierdo; siento un intenso dolor pero mantengo la calma y dibujo con mi sangre un pentagrama en el suelo mientras canto canciones de los Beatles al revés para que suene más satánico. Pero cuando miro a mis compañeros en busca de su aprobación, uno de ellos está vomitando, el otro se ha desmayado y otro sale por la ventana con escasa gracia natural. Los dos iniciados se echan las manos a la cabeza y el líder corre a por una fregona. Y entonces lo veo.
En una mesita junto a mi hay una cuña de queso y algo de pan y fuet, supongo que para preparar la merienda, la cual me habrán encargado a mi. Me dispongo a pedirles disculpas y explicarles lo sucedido pero la vista se me empieza a nublar y pierdo el conocimiento por la pérdida de sangre.
Despierto en un banco del parque aturdido y sin mi túnica. Tengo la sensación de que al final no me han cogido en el culto ese, pero casi me da igual. Seguro que eran de esos que rallan el tomate en lugar de restregarlo y que no pelan el fuet y luego se pasan el día quitándose pellejitos de entre los dientes.



