viernes, 13 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (5)

Por si no lo sabías, este relato se empieza a leer AQUI

 

07.

A los dos días llegó el editor con el maletero lleno de víveres tal como había prometido. Aparcó su coche a pocos metros de la cabaña, se bajó, estiró las piernas y cogiendo una buena bocanada del aire fresco del valle, contempló la belleza del lago y los bosques que le rodeaban. Después sacó las primeras bolsas del maletero y se dirigió a la puerta de la cabaña. Se fijó en que estaban todas las ventanas cerradas a cal y canto y lamentó que ese escritor de ciudad no fuese capaz de admirar el enclave tan afortunado en el que se hallaba. Llamó a la puerta pero como las bolsas pesaban una barbaridad, la abrió con el codo y se sumió en la oscuridad de la sala principal. Al ver la figura de Ramiro colgando inerte del techo, las bolsas cayeron al suelo con cierto estrépito, como de botes de cristal haciéndose añicos.

Azorado, corrió a abrir las ventanas para sentirse al menos en un ambiente menos hostil, y en cuanto abrió la primera y un chorro de luz del amanecer iluminó directamente el cuerpo, la voz de Ramiro se pudo oír en toda la sala.

-Cierra esa ventana, maldita sea.

El editor se quedó mirando el cuerpo que colgaba del techo y que ahora no solo había hablado sino que se cubría la cara con las manos.

-¿Estás vivo?

-Eso creo -contestó con dificultad Ramiro.

-¿Pero cuanto tiempo llevas ahí colgado?

-Un día o dos, no lo sé. Desde aquí no alcanzo a ver el reloj.

-¿Y porqué no te has muerto ya?

-Yo que sé… ¡Ayúdame a bajar!

Y así el Editor se agarró de las piernas de Ramiro, le levantó a pulso y éste logró desengancharse la soga, momento en el que perdieron el equilibrio y cayeron a plomo sobre el duro suelo, llevándose Ramiro la peor parte.

-Algo habré hecho mal, seguramente el nudo -dijo este último con cierto desánimo. -Ni para morirme sirvo… ¿Sabes una cosa? Me da igual esa novela, si me hago rico y famoso o no, si la editorial se enfada conmigo… A partir de ahora voy a hacer las cosas a mi manera y solo aquello que me apetezca. No más escribir historias románticas solo por que es lo que el público quiere. No más buscar la aceptación de aquellas gentes a quienes yo no…

Entonces Ramiro se dio cuenta de que estaba hablando solo. El editor había salido y ahora entraba de nuevo portando un pequeño maletín oscuro. Lo abrió sobre una mesa cuidadosamente y comenzó a extraer piezas de aspecto extraño que iba ensambalando lentamente con la precisión de un relojero. Ramiro contemplaba su silueta recortada contra la luz que entraba por la ventana con cieta fascinación, hasta que se dio cuenta de que el objeto en cuestión terminaba siendo una ballesta y le pudo la curiosidad.

-¿Qué es eso? ¿Y por qué estás pasando de mi? Llevo horas colgado del cuello y no me he muerto. Soy un milagro médico o algo así. ¿Y para qué quieres una ballesta? ¿Vas a salir a cazar?

Entonces el editor miró a Ramiro y le sonrió. De pronto su cara había cambiado y ese amable y atento hombre que le prometía el éxito literario se había convertido en la de un ser agresivo y decidido.

-Vamos de caza, sí. Hay que cazar a una vampira.


 

miércoles, 11 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (4)

Este relato se debería empezar a leer por AQUÍ

06.

Pasó los siguientes días entre el desconcierto y el nerviosismo que le producía el vívido recuerdo de esa noche. Había sido terriblemente real, al menos hasta el momento en que entre esa chica y él las cosas habían comenzado a ponerse interesantes; pero a partir de ahí todo se convertía en un sueño más y más difuso. Cada vez sus caminatas eran más extensas y comenzó a correr para cubrir la mayor distancia posible en busca de esa construcción, pero fue en vano. Podía reconocer el punto aproximado del bosque donde la encontró, incluso seguir la ruta que habrían hecho hasta la casa, pero todo lo que podía ver en esa zona eran aquellas piedras antiguas y su propia cabaña.

Por las noches le costaba dormir. Recordaba su tacto, su olor, su voz… sentía impulsos de seguir buscándola a pesar de la oscuridad reinante afuera, mientras que por el día le resultaba cada vez más difícil salir; se sentía cansado, agotado, en cierto modo irritado y se refugiaba en el interior de la casa esperando a que cayera la noche de nuevo.

Los días pasaban y casi se había olvidado de que faltaba ya poco para que el editor regresara con las provisiones para la siguiente quincena y querría ver algún avance en la novela que por supuesto no estaba escribiendo, cosa que le angustiaba todavía más y le obligaba a salir a correr cada noche. Era su única forma de desahogo, y lo único que mantenía viva su esperanza de dar de nuevo con esa chica que le obsesionaba, pero por muchos kilómetros que recorriera en ese apartado valle, sus esfuerzos no daban resultado y cada amanecer regresaba agotado a la celda en que se había convertido esa cabaña.

Ese mismo día el estridente timbre del rudimentario teléfono le sacó de sus ensoñaciones como si le hubiesen sacudido con una pala de hierro en la cabeza.

-¿Si? -respondió con pereza.

-Soy yo -dijo la lejana voz del editor desde el otro lado del auricular. -Espero que estés bien. Pasado mañana te traeré los víveres que necesites y de paso me enseñas lo que llevas escrito. No es por meterte prisa, pero los de arriba me están presionando un poco, así que espero que la cosa esté marchando a buen ritmo.

-Sí, va bastante bien -dijo Ramiro mirando su portátil, que llevaba apagado encima de la mesa casi una semana.

-¡Estupendo!

-Oye, una cosa que quería preguntarte sobre este lugar… -dijo Ramiro sin poder evitar cierto titubeo. -¿Sabes si vive alguien más por aquí?

-No que yo sepa, aunque puede que se acerquen pescadores al lago de vez en cuando. Si es eso a lo que te refieres, no debes preocuparte.

-No me refiero a pescadores, es más bien… -dudó de nuevo Ramiro, como si no estuviese del todo seguro de lo que iba a decir.

-¿Más bien qué? -preguntó impaciente el editor.

-Una chica.

-¿Una chica?

-Una chica -repitió Ramiro. -Me pareció verla la otra noche cerca del bosque -mintió para que su historia no fuese tan inverosímil.

-Dudo mucho que viva nadie por esta zona, y mucho menos una chica que se pasee sola por los bosques de noche. A ver si te está afectando demasiado la soledad.

-Podría ser -respondió Ramiro empezando a creer que su cabeza le había jugado una mala pasada.

-Lo dicho, gran escritor -terminó el editor. -Nos vemos em dos días. Intentaré no llegar muy tarde. Y ya me cuentas con más calma lo de esa chica.

El editor colgó el teléfono sin darle oportunidad a despedirse y Ramiro se quedó otra vez en silencio mirando hacia la ventana cerrada.

Esa chica no existía, él no era ningún gran escritor como afirmaba algo socarronamente su editor, ni siquiera un pequeño escritor. Solo era un señor camino a los cincuenta que había fracasado en todos los ámbitos de su vida y por ello había terminado aquí, aislado en una vieja cabaña en medio de un valle perdido soñando despierto con alguien capaz de darle cariño a un despojo como él. Se sentía derrotado, desesperado e incapaz de seguir con esa farsa a la que llamaba vida, así que pasó una cuerda por una de las vigas del cuello, ató un bonito lazo corredero y se ahorcó.


 

jueves, 5 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (3)

 Tercera entrega de este relato que calculo que estará por la mitad, párrafo arriba, párrafo abajo. Para empezarlo desde el principio habría que pinchar AQUI

04.

Era una muchacha joven, seguramente no habría cumplido los treinta, de rostro fino y algo pálido, que no mediría más de un metro sesenta. Iba envuelta con una capa o manta que le cubría los hombros sobre la que caía un cabello negro y liso. Era perturbadoramente bonita, y Ramiro pensó que de no habérsela encontrado en medio de un bosque lleno de alimañas y depredadores, le habría parecido simplemente bonita.

-Ho… Hola, sí. Estoy… -Alcanzó a decir Ramiro con dificultad. -Estoy un poco perdido, simplemente.

-¿Eres de por aquí? -respondió ella con tranquilidad. -No suele pasar mucha gente por esta zona.

-Sí, bueno… En realidad estoy alojado temporalmente en la cabaña junto al lago. Pero no sé exactamente por donde cae ahora mismo.

-Conozco esa cabaña. Te has alejado mucho de ella y es muy tarde. ¿Quieres refugiarte esta noche en mi casa y mañana te guio de vuelta a la tuya?

A Ramiro le pareció una idea algo osada, teniendo en cuenta que no se conocían de nada, pero los aullidos de los lobos que le parecían cada vez más cercanos no le dejaron pensar con claridad.

-Me parece bien, si no es molestia por supuesto.

Y sin mediar palabra la chica alargó su mano, tomó a Ramiro de la muñeca y lo guió a través del bosque en una dirección desconocida.

La chica se movía con facilidad a pesar de la oscuridad, esquivando ramas, saltando raíces y pasando a través de matorrales como si nada, mientras que Ramiro no hacía más que tropezar, darse golpes y engancharse la ropa por todas partes. Se sentía no solo patoso sino también como una res a la que guían directamente al matadero, aunque por algún motivo esa chica la producía cierta confianza.

-Creo que no nos hemos presentado -le dijo para aportar algo de sonido extra a los ruidos de la noche. -Yo me llamo Ramiro. Ramiro Martínez.

-Yo soy Míriam -se limitó a decir ella sin siquiera pararse a mirarle.

Ramiro decidió mantenerse callado hasta que llegaran a su destino, fuera cual fuera que fuese a ser.

05.

Cuando finalmente llegaron, Ramiro apenas podía respirar. Había sido una marcha rápida y sin descanso y él no estaba acostumbrado a eso. Mientras apoyaba las manos en las rodillas e intentaba coger aire de nuevo se dio cuenta de que se hallaba ante una construcción de piedra bastante grande, sin ventanas a la vista pero sí una gran puerta de madera que Míriam se apresuró a abrir para invitarle a entrar. Ramiro dudó un instante pero no se sentía con fuerzas ni para discutir consigo mismo y al entrar se encontró con la enorme satisfacción de dejar atrás la oscuridad de la noche para pasar a un ambiente mucho más cálido.

Se encontraba en una sala amplia que seguramente ocuparía toda la planta de la casa. Un fuego ardía en la chimenea y varias velas estaban desperdigadas por el mobiliario para iluminar el lugar. Un armario de madera oscura, seguramente roble, una mesa baja, un sofá de color marrón o quizás rojo oscuro y una enorme alfombra en el suelo que crujió ligeramente al pisarla. Todo tenía un aire antiguo, como de otros tiempos, pero no del modo en que lo hacía su chabola, ya que aquí nada olía a rancio ni había polvo acumulado. Míriam le pidió que tomara asiento y él obedeció, satisfecho de poder sentarse en un sofá en condiciones después de tan épica caminata, mientras que ella desapareció tras unas cortinas al fondo de la sala para reaparecer al poco con dos copas de vino rojo. Ramiro odiaba el vino pero no dijo nada y sonrió.

-¿Y bien? -comenzó a decir ella sentándose a su lado de forma coqueta.

-¿Y bien qué? -respondió Ramiro dando un sorbo al vino.

-¿Qué hacías solo en el bosque a esas horas?

-Pues… -Ramiro podría haberle preguntado lo mismo, pero consciente de que ella había preguntado primero le explicó su historia, algo que a ella pareció fascinarle.

-Así que eres escritor. Es muy interesante. ¿Sabes qué? -dijo ella acercando los labios a su oído.

-¿Qué? -Respondió él sin tener muy claro qué estaba pasando ni como había llegado hasta allí.

-Que me gustan los escritores como tú y llevo mucho tiempo sola en esta casa tan grande.

Entonces la muchacha acercó sus labios a los de él y le besó, haciendo que su cuerpo se deslizara ligeramente hacia abajo. Ramiro no pudo reaccionar, ni zafarse de ella, de hecho y a pesar de su creciente desconfianza sobre las intenciones de esa chica, se sentía completamente incapaz de resistirse de ninguna manera. Miró la copa de vino en su mano. ¿Y si le había envenenado? No, solo había tomado un pequeño sorbo y eso no bastaría para afectar a alguien de su tamaño. ¿Pero entonces? Cuando se dio cuenta estaba acostado en el sofá con la chica sentada a horcajadas sobre su cintura. Ramiro la miró y le pareció el ser más precioso que jamás hubiese visto y se sintió tan afortunado que se dejó llevar por la sensación de gozo hasta alcanzar un estado de éxtasis absoluto, ingrávido e inconsciente.

Se despertó a la mañana siguiente con la ropa completamente revuelta junto al lago, muy cerca de su cabaña. No había ni rastro de la chica ni de la casa, así que dudando de que hubiese sucedido de verdad o solo hubiese sido una alucinación, entró en la casa, derrotado.

martes, 3 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (2)

 Nota: Esta es la segunda parte del relato "El refugio de Mary Ann" Para leer lo desde el principio hay que empezar pinchando AQUÍ

 02.

A pesar de que casi no había dormido, esa mañana se levantó nada más salir el sol y salió de la casa para inspeccionar un poco el entorno. Desde fuera no tenía tan mal aspecto; era una cabaña de madera construida sobre un firme suelo junto a un lago rodeado de coníferas emplazado entre altas montañas que abrazaban todo el paisaje, como si una madre protectora quisiera guarecer ese pequeño entorno de los peligros de la civilización que lo devoraba todo. El sol del amanecer se reflejaba en el agua y daba un efecto de paz a todo el valle. El camino de tierra por el que la noche anterior había llegado era el único acceso al mundo exterior, y estaba flanqueado por postes de madera que abastecían de electricidad y una rudimentaria conexión telefónica a la casa. A un par de kilómetros podía distinguirse una colina sobre la que parecían erguirse las ruinas de alguna vieja construcción de piedra, ahora invadida por la maleza.

Ramiro entró de nuevo en la casa, abrió su portátil y se dispuso a escribir como nunca en su vida había escrito. Sin estímulos externos, sin distracciones, sin wifi ni bares cerca, sin tentaciones de procrastinación. Sería un trabajo fácil y rápido; y cuanto antes terminara, antes cobraría y podría volver a su casa para seguir con su vida.

Y es que su suerte había supuesto también su desgracia. Lo que empezó como un hobby y con la ilusión de ver un libro publicado con su nombre estampado en la portada se había convertido en una experiencia estresante y totalmente alienante. Esa novela de aventuras fantásticas con toques eróticos había llegado a manos de una gran editorial que se la había publicado con todo lujo de acabado y promoción, convirtiéndola en el fenómeno de la temporada. Decenas de miles de lectores la habían comprado y supuestamente leído y después reclamado una segunda parte al editor, que ante la poca predisposición de su autor, Ramiro Martínez, ahora rebautizado como R.M.Martin, había decidido exiliarlo a ese recóndito lugar del mundo con la sana idea de que esa novela se escribiera lo antes posible.

Y ahí estaba Ramiro, a sus cuarenta y seis años, sentado frente a un ordenador que mostraba una página en blanco, con la mente también en blanco, rebuscando en vano palabras con las que rellenar el vacío por todos los rincones de su mente. Pero de momento nada.

La noche cayó de nuevo y con ella la moral y la autoconfianza de Ramiro, que se vio invadido una vez más por el síndrome del impostor y por el deseo de atarse una piedra al cuello y arrojarse al lago. Los lobos volvieron a aullar en algún lugar de las montañas y al mirar a través de la ventana, le pareció atisbar un destello de luz donde calculaba que estaría esa colina ruinosa. Pero igual que llegó desapareció, dejándole con la duda y con más ganas de salir a pasear que de seguir escribiendo ese engendro de relato.

03. 

Con la despensa llena a rebosar y sin nada más que hacer que de pasear por la orilla del lago y como no, escribir, Ramiro se moría de aburrimiento. En estos momentos le hubiese gustado ser un hombre prehistórico y verse obligado a colocarse el taparrabos, agarrar su lanza de punta de sílex y salir a cazar algún bisonte para ser recibido como un héroe al llegar a su cueva, pero no. La despensa estaba llena a rebosar y solo podía pasear por el lago y como no, escribir.

Había decidido que su rutina sería la de diez minutos de paseo por cada hora de escritura, pero por algún motivo esa tendencia se invirtió y caminaba durante una hora para volver a descansar diez minutos frente a un portátil ante el que pasaba más tiempo inactivo que pulsando sus teclas. Ramiro se dio cuenta de que estaba en baja forma y que quizás esa sería una buena oportunidad para ejercitarse un poco, ya que como afirman los expertos literarios, una mente activa requiere de un cuerpo en forma, así que comenzó a alargar sus paseos.

Recorrió buena parte del lago, las lindes del bosque y hasta se atrevió a avanzar algunos kilómetros por el camino que conducía a la civilización, pero en ningún momento se topó con rastro alguno de vida humana, algo que le gustó, ya que nunca había sido una persona muy sociable, pero también le llenó de desasosiego ante la idea de estar solo en el mundo. ¿Y si había estallado una guerra allá afuera? ¿Y si un virus terrible ha asolado a la humanidad? ¿Y si los zombies, los extraterrestres o una plaga de langostas gigantes habían acabado con la raza humana? Su mente bullía de ideas disparatadas, pero ninguna de ellas le servía como continuación de su novela.

Y así, caminando y pensando le sorprendió la noche y buscando el camino de regreso a su casa se perdió. Los lobos comenzaron a aullar en la lejanía y Ramiro comenzó a sentir miedo. Pero no el miedo al fracaso, a la soledad o a que el médico te de una mala noticia al mirar esa analítica; era un miedo primitivo, brutal; un miedo que emergía directamente del cerebelo para recorrer su médula espinal; se sentía indefenso, vulnerable, como la presa potencial de toda una amalgama de depredadores que ahora podían estar acechándole desde las sombras.

Raimundo comenzó a caminar más deprisa para luego trotar y finalmente correr, y aunque sin rumbo alguno, notó que su cuerpo respondía como nunca. No sentía cansancio, ni tenía flato, ni ese uñero parecía molestarle mientras avanzaba enloquecido entre árboles y rocas. Hasta que escuchó ese sonido y se detuvo como si de repente se hubiese petrificado.

Algo se movía hacia él. Raimundo dejó de respirar, rezando porque lo que fuese que estaba allí no le detectase. Pero no tendría tanta suerte. De pronto los arbustos se abrieron ante él pero en lugar de encontrarse con las fauces babeantes de alguna bestia salvaje, se topó con la mirada incrédula de una chica.

-¿Hola? -le dijo con calma -¿Estás bien?

sábado, 31 de enero de 2026

El refugio de Mary Ann (1)

 Nota del autor: Efectivamente, querida legión de seguidores, se viene un nuevo relato cuyos primeros esbozos se trazaron durante la pandemia, mientras trataba de sobrevivir en mi trabajo de telefonista de centro de salud. Pero tranquilos que esto no va a ir de vivencias personales ni de mensajes ocultos de rebeldía contra el sistema que nos constriñe hasta la muerte. Se trata más bien de un cuento atípico (al menos para mi), breve y ligero con el que espero que podáis pasar un rato entretenido, sin más aspiraciones.

Dejo paso así al primer capítulo y poco a poco iré subiendo los otros. Un saludo de los grandes. 

 

01.

La casa olía a moho, polvo, y a algo agrio que no terminaba de identificar, pero que ahí estaba. La exhumación de cadáveres no era lo suyo, pero Ramiro pensó que abrir una tumba antigua le proporcionaría una sensación olfativa aproximada. Su editor le guiaba a través de las diferentes habitaciones con el entusiasmo de un agente inmobiliario a punto de realizar su primera venta y no dejaba de hablar y gesticular ignorando el visible desánimo de su virtual cliente a medida que avanzaban bajo vigas de madera carcomidas, muebles de madera oscura y tililantes luces amarillas que lo teñían todo de un triste tono anaranjado. La cocina estaba totalmente desprovista de electrodomésticos u otros elementos que pudiesen sugerir un mínimo de modernidad y aunque reprimió el impulso de abrir ningún grifo, imaginó que el agua saldría oscura y en sonoras oleadas intermitentes.

-¿Y bien? -Dijo finalmente el editor con una sonrisa mientras abría los brazos para guardarse inmediatamente las manos en los bolsillos. -¿Qué te parece tu nueva casa?

Ramiro reprimió los deseos de agarrar una de las sartenes ennegrecidas que colgaban de la pared y atizarle con ella en la cara, así que se limitó a mirar a través de la ventana al otro lado de la cual solo había la más impenetrable oscuridad de la noche y suspiró. El editor seguía esperando una respuesta con ilusión.

-Bueno… -empezó a decir Ramiro. - Es… rústica.

Se maldijo por haber sido capaz de sintetizar todo su rechazo hacia esa decrépita construcción abandonada hacía mucho por cualquier intento de integrarla en los tiempos modernos, o al menos de hacerla mínimamente atractiva a la habitabilidad, pero luego supuso que siendo escritor, esa era una de sus habilidades innatas. El editor pareció satisfecho.

-Pues espera a mañana cuando salga el sol. Estás en un paraje natural único. Espectacular. Aquí nadie te va a molestar. Solo vas a tener que disfrutar de la paz y el silencio y…

-¿Morir de tristeza y soledad? -Interrumpió Ramiro sarcástico pero a su vez sincero.

-Escribir -sentenció el editor sin dejar de sonreír.

En cinco minutos el coche se alejaba zigzagueando por el camino de tierra, dejando a Ramiro en la casa que le serviría de hogar hasta que hubiese terminado su segunda novela. La segunda de una supuesta saga que no tenía ni idea de como continuar, ni mucho menos terminar. Un libro que no tenía ningunas ganas de escribir, en realidad. Ramiro se quería morir, pero corrió a cerrar puertas y ventanas cuando oyó aullar a unos lobos en la profundidad de la noche. 

 

Siguiente capítulo pinchando aquí. 

martes, 13 de enero de 2026

Picor de ojos

 

Me pican los ojos y no sé porqué, y cuanto más me los froto más me lagrimean y se intensifica el picor; esa sensación de ardor, de resquemor, de incomodidad abrumadora que me obliga a cerrarlos y dejar de ver, sumirme en la confusa oscuridad y perder la noción de mi ser, mi estar y mi parecer.

Y me pregunto el porqué de mi agotamiento ocular si solo son las diez, aunque llevo desde las siete dando tumbos; y me pregunto el porqué no puedo seguir, a pesar de que apenas he parado de hacer cosas en todo el día, con el sano objetivo de mantener la mente ocupada y no pensar…

En quién soy y qué hago aquí.

En el tiempo que llevo aferrado al pasado.

En ese día en el que el fuego de mis ojos se apagó.

En la certeza de que llevo toda una vida caminando en círculos.

En la culpa que vive en algún lugar tras mi esternón y no me deja respirar por las noches.

En la sensación de fracaso que me envuelve y me constriñe como una boa a cada paso errático que doy.

Me pican los ojos y ya sé porqué, por lo que me levanto, me echo colirio y me lavo la cara con agua fresca y me siento mejor; puedo volver a ver y los colores se vuelven a definir ante mi, disfrazando la realidad de algo cómodo y familiar donde me siento bien de nuevo.

Y me doy cuenta de que ya va siendo hora de acostarse, de que no ha estado tan mal el día al final y que es verdad eso que dice aquél refrán sobre acostarse y el aprendizaje, que tampoco hace falta haber sido productivo ni haber invertido en un futuro exitoso sino sencillamente irse tranquilo a dormir.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Talento (paternidad parte 54)

 

Todavía es navidad y las calles bullen con actividades destinadas a los más pequeños de la casa. En cada esquina un puesto de chuches, unos hinchables o esas cosas de los cochecitos que giran. Atracciones por lo general obsoletas, desfasadas, descoloridas y regentadas por feriantes que hace ya mucho que han perdido su sex appeal y su ansia de carretera y viaje. Parece más bien que el ayuntamiento haya dado luz verde a que saquen esas viejas norias de sus polvorientos almacenes y les den un último uso antes de enviarlas con sus dueños al desguace.

Y entre tanto divertimento encontramos una pista de hielo portátil, algo que a mi hija pequeña sí le llama la atención, pues ella sabe patinar, en términos generales y a mi me gusta que se lo pase bien y disfrute de su infancia, así que nos hacemos con unos patines y espera su turno para lanzarse a la pista. Yo observo desde un banco cercano su triunfal entrada con cierto orgullo, ya que en mi caso nunca fui capaz de destacar en nada que pudiese enorgullecer a mis padres. Yo era ese niño desaliñado de mirada perdida que siempre se caía y del que todo el mundo se burlaba sin piedad, como si los traumas no existieran y no fuesen capaces de transformar totalmente a la persona adulta en la que algún día me convertiría, insegura, tímida, vulnerable y con grandes ansias de venganza… Pero no hablemos de mí que esto iba de mi hija.

Observo con cierto orgullo decía, ya que la niña sabe patinar así en términos generales, pero pronto noto que algo no marcha bien; se mueve de forma inestable, sin soltarse de la barandilla, avanzando con dificultad, y eso en cierto modo me indigna. ¿Donde están sus cualidades? ¿Donde han ido a parar todas las clases extraescolares de patinaje? ¿Y el dinero invertido en patines, rodilleras, ese casco y todos los viajes a la pista de hielo de la capital? Por un momento no comprendo su falta de pericia hasta que me fijo en los demás niños. Resbalan, se caen, ruedan por el suelo y lloran en busca de la ayuda de unos padres que impotentes les alargan las manos desde la valla tratando de alcanzar a sus magullados retoños.

Y es que aquello no es una pista de hielo al uso. Es un enorme plástico enjabonado que pretende simular hielo real. Una trampa mortal para los incautos que se atreven a meterse en ella. Un vórtice de dolor para sacar cuatro cuartos al ayuntamiento a costa de la salud de los pobres críos. Y uno a uno van cayendo, no es necesario que el dueño de la atracción toque el silbato del cambio de turno, simplemente espera a que vayan saliendo a rastras para sustituirles por niños en buen estado y seguir con su ciclo de maldad. Pero mi hija no se cae. Avanza con lentitud pero manteniendo su integridad física intacta entre rodillas rotas, tobillos torcidos y cráneos estrellado contra las esquinas protectoras. Y llega a la meta, se desmarca de la fila de críos que van a la enfermería y regresa a mi lado.

-¿Te lo has pasado bien?

-Sí, pero era muy cutre. Tenemos que ir a la pista de hielo de verdad.

-No. Por lo menos hasta el año que viene, no vamos a ir.

Y entonces nos reímos porque faltan cuatro días para el año que viene y los padres siempre hacemos esas bromas repetitivas y hay que reírse porque saben que no estaremos siempre y hay que aprovechar y disfrutar del tiempo junto a nosotros, los viejos.