martes, 1 de diciembre de 2015

De puertas y testículos (y hemisferios y academias)



Saber inglés es importante. Es nuestra segunda lengua (tercera para los que tenemos dos de base, cuarta para los de tres, y así) y hoy en día, era de las comunicaciones instantáneas y de palabros como “handycap” (tara), “mainstream” (a la moda) o, mi favorita “unboxing” (abrir una puta caja), es más necesario que nunca conocerlo. Pero no eso de los currículums de “inglés nivel medio” y que luego solo saben decir hola y adiós, no… Hay que saber inglés bien. Por lo menos, mejor que el presidente del gobierno (Rajoy en el momento de escribir esto y Rajoy también si lo leéis dentro de un mes o más).
¿Y a qué viene toda esta insistencia? Pues viene a ilustrar una pequeña cosa que me pasó el otro día y que a su vez servirá de excusa para meter uno de esos recuerdos de la infancia que tanta gracia me hace contar.
 
Pues resulta que iba yo paseando por el campo junto con un nutrido grupo de amigos (nutrido es que habían muchos, no que mis amigos sean nutrias) riendo y gozando de una alegre caminata, cuando un coche bastante elegante se paró a nuestro lado y en su interior dos jubilados sonrosados a más no poder empezaron a preguntarnos algo en inglés. Mis amigos dejaron de lado las risas y comenzaron a mirarse con cierto temor, aturdidos, sin saber qué les estaban diciendo ni qué responderles. Entonces yo, di un paso adelante, apoyé el codo en la ventanilla así en plan chulito y les dije con un correcto acento de Cornwall (el Albacete de Inglaterra): -Ifiuwantogoutodecastle… Iumustgoustraitajetillteendofderoad… Andenturnraituptodejill… Andiuillfainditcuic. Dicho esto los dos jubilados me dieron las gracias y partieron siguiendo mis indicaciones a lo que probablemente era una muerte segura. Y mientras tanto mis nútridos me felicitaban y admiraban por mi dominio del inglés. Y cuando me preguntaron que donde lo había aprendido, que si había vivido en Gran Bretaña y eso que se pregunta, y les conté mi terrible historia. 

Mi terrible historia
Cuando era niño yo vivía en un barrio bastante despoblado de niños de mi edad y ello, unido a mi natural falta de hacer amigos, hacían de mí un niño bastante solitario; cosa la cual me convertía a su vez en un crío imaginativo y capaz de crear sus propios juegos y divertimentos. Y uno de esos divertimentos era el “hacer la nave espacial” o, como lo llamaban los mayores “hacer el tonto con la puerta”, y os explico:
El juego consistía en abrir una puerta (preferiblemente la de la calle, para que todo el mundo pudiera ver cómo me divertía), agarrarme con una mano en cada pomo y con las piernas abiertas, balancearme de lado a lado imaginando cualquier chorrada fantástica y maravillosa.
Era algo así pero cambiando la barra por una puerta y a la rubia por un niño. Por lo demás, igual.

Total, que tanto hacer el tonto, una de esas veces se me resbalaron los pies y me di con el canto de la puerta en los testículos, quedando tendido en el suelo hecho una bola incapaz de articular palabra, hasta que mis padres me recogieron y me llevaron al médico. 

Una vez en la consulta, el doctor me examinó sin tocarme como solo saben hacer los doctores de pueblo y les explicó a mis padres que el golpe no era más que la típica contusión huevera de la que me recuperaría en unos minutos, pero que al mismo tiempo, me había golpeado un nervio que llegaba hasta la cabeza y que había estimulado el hemisferio izquierdo de mi cerebro de modo que a partir de ese momento iba a tener más facilidad para aprender idiomas, por lo que acabó recomendando a mis padres que me apuntaran a alguna academia de inglés.

Al cabo de una semana ya estaba yo dando clases extra de inglés con un profesor del que solo recuerdo su extraño bigote y su voz grave junto a unos compañeros con los que no me acababa de integrar. Pero el roce hace el cariño y al cabo de mucho tiempo me hice amigo suyo, haciendo un descubrimiento muy extraño.

El descubrimiento extraño.
En cuanto lo supe, corrí a decírselo a mis padres y se mostraron muy sorprendidos al saber que todos mis compañeros de academia, en algún momento de sus vidas, se habían dado un golpe o sufrido algún accidente que les había estimulado el hemisferio izquierdo. Una breve investigación hablando con los padres de algunos de ellos les llevó al punto en común de que todos habían acudido al mismo doctor que yo, el cual resultó ser… ¡El cuñado del tipo del bigote!
Y así se destapó uno de los casos de corrupción, tráfico de influencias y estupidez pueblerina más sonados de la región. Y yo, como no, me largué de la academia, pero me llevé conmigo todos los conocimientos adquiridos. Porque señores y señora, el tipo del bigote sería un jeta, pero inglés, sabía lo suyo.

Y hasta aquí otra de esas historias sin moraleja ni sentido. Una de esas que escribo por escribir y que si han logrado entretener a alguien ya me doy por satisfecho. Y ahora… Ya sabéis qué blog no debéis seguir leyendo.

martes, 24 de noviembre de 2015

Regalos de mierda (parte 8 de 284)



-Mamá. Estoy muy preocupado porque mañana tengo un examen DECISIVO para mi futuro y mi vida y no confío en mi viejo despertador. Si me falla y me duermo… Todo estará perdido para mí.
-Tranquilo, hijo mío. Sé que te he fallado muchas veces en el pasado, pero te aseguro que voy a salir ahí afuera y a traerte el mejor despertador de la ciudad.
-Gracias mamá. Confío en ti.
Y así, tras una dura búsqueda de casi cinco minutos, la madre vuelve a casa, con el cabello cubierto de nieve y un paquetito entre las manos.
-Mamá… ¿Por qué esa nieve si estamos en julio? ¿Y como has tardado tan poco? ¿No habrás ido al chino de abajo y..?
-Sssht, silencio hijo. Confía en mí. ¿A qué hora tienes que despertarte?
-A las dos de la tarde.
-¿?
-En punto.
De acuerdo, hijo. A las 14:00 sonará. Te lo prometo.
 
Chan-chan-chan-chaaaan!
Quince años después:
La Tierra se ha convertido en un erial insalubre después de la última guerra. Los supervivientes ahora trabajan como esclavos para el señor del mal que domina el mundo. En algún lugar indeterminado, una hilera de estos esclavos trabajan a  pico y pala en una excavación. El niño, que ahora ya es un hombre, trabaja con las manos despellejadas y la espalda surcada de marcas de latigazos. Frente a él, un guardia vestido de negro y con el emblema del “Señor del mal”, vigila que no descienda el ritmo disparándole pequeñas sacudidas eléctricas. El niño, que ahora ya es un hombre, se encara a su torturador.
-¿Por qué? ¿Por qué me ha tocado un destino tan cruel?
Entonces su vigilante levanta la visera de su casco, revelando el rostro de uno de sus amigos de la infancia y le responde encogiéndose de hombros:
-Ah. Haberte presentado a ese examen de Esbirro del mal.

viernes, 20 de noviembre de 2015

De acampadas y divergencias espaciotemporales.



Cuando teníamos veinte añitos de nada (sí, ahí va otra batallita), algunos colegas del pueblo organizamos nuestra primera peregrinación a un festival de música, de esos de acampar y de pasar los días y luego volver a casa tan sucios y malnutridos como si lleváramos tres meses vagando por el desierto. La cosa es que a nuestro reducido grupo de amigos se unieron alguno que no lo eran tanto, pero a los que les atraía la idea de acampar, conocer gente (¿¡!?) y pasar unos días cambiando de rutinas. Y entre esos añadidos de última hora estaba un tal… No recuerdo su nombre; le llamaremos Palíndromo.

Palíndromo no era como nosotros; no llevaba melena, no vestía de negro, siempre llevaba gorra (incluso de noche) y no sabía quién era Bruce Dickinson; para colmo era bastante guapo, tenía labia e incluso algunos afirmaban haberlo visto con chicas alguna vez. Era como viajar con un alienígena sentado al lado. Pero nosotros éramos seres tan tolerantes como… como… dinosaurios. Y no era cuestión de rechazarle.

Una vez allí montamos las tiendas, reconocimos el entorno y, por algún motivo, se nos juntó otro grupo de seres humanos, de Barcelona creo recordar que eran, entre los cuales había una chica (¿¡!?), signo inequívoco de que ser de capital era mejor que de pueblo. La cuestión es que la chica y Palíndromo hicieron buenas migas, hablaron, se rieron, y cuando llegó la hora de irse a dormir, ella se quedó en su tienda (la de Palíndromo) y para nosotros fue como ver estallar una supernova, convertirse en agujero negro y ser absorbidos a una dimensión distante y más fea aún que ésta.

¿Qué estaba sucediendo en esa tienda? Nadie lo sabía. Y no fue por falta de poner la oreja y colocar focos detrás para ver al trasluz. Cualquiera diría que estaban durmiendo y ya está. Todo muy desconcertante. Tan desconcertante que a la mañana siguiente nadie se atrevió a preguntarle qué había pasado cuando vieron a la chica salir de la tienda y alejarse. Pero yo no podía vivir con esa incertidumbre en mi interior. En serio. Me habría salido una úlcera. Así que me acerqué a él y se lo pregunté.
-Oye. Palíndromo. –le dije.
-¿Qué? Yo no me llamo así. –Me contestó.
-Ya. Pero es que no me acuerdo.
-Pues… Empieza por C, creo.
-Es igual. Dime… ¿Qué ha pasado ahí dentro esta noche?
-Nada. –Me respondió tajante.
-¿Nada? Venga ya. Has pasado la noche con una tía en tu tienda.
-¿Pero tú la has visto? Era una cría.
-¿Una cría? ¿Y tú qué? Tienes veinte años.
-¿Cómo? –Me preguntó confuso. –Y tú también.
-Sí. Pero yo te hablo desde la perspectiva del momento de escribir esto.
-¿De escribir qué? –Seguía confuso.
-Todo esto. En el blog.
-¿Qué es un blog?
-Una cosa de internet. Tú no lo entiendes porque aún no está inventado.
-¡Déjame, por favor! –Me dijo sollozando. –Estás mal de la perola.

Entonces le agarré por la camiseta, que era roja y blanca, horrible, y comencé a zarandearle mientras gritaba eso de “Dime que pasó, dime qué pasó” Y él lloraba como un crío y yo le pegaba, por calzonazos y ridículo, hasta que un halo de energía azulada y crepitante me envolvió y me devolvió a mi realidad temporal, sentado frente al ordenador y preguntándome si realmente es sano esto de escribir sobre mis cosas.
Foto al azar dell típico público de un concierto cualquiera.


sábado, 14 de noviembre de 2015

El consultorio testicular. Consulta 12



Ha pasado tiempo desde la última consulta a este consultorio, pero como el mal jamás descansa, era cuestión de tener paciencia hasta que algún necesitado viniera a mí. Os dejo con la carta que acabo de recibir de un tal J. y que curiosamente, no desentonará mucho con las entradas anteriores del blog.

Saludos Dr. Testículo. Tengo un problema muy duro.
Resulta que durante toda mi vida he estado acomplejado por el tamaño de mi pene hasta el punto de que ello frustraba todos mis planes de relacionarme con personas del sexo contrario (mujeres se sobreentiende) debido a la inseguridad que me causa el miedo al ridículo.
Pero hace poco todo cambió cuando comencé a mantener relaciones esporádicas con una chica a la que conocí en un concurso de baile (quedé segundo, por cierto) y a partir de ese momento mi pene pareció crecer significativamente. No sé si será a causa de la sobre-estimulación que le ha hecho ganar volumen y se ha expandido o qué, pero cada vez es más enorme. Y he ahí mi problema:
Ahora mi pene aprovecha los momentos en los que estoy despistado o dormido para hacerse pasar por mí y suplantarme; Sale a tomar algo con mi chica, se pasa las pantallas de los videojuegos que yo no puedo, o monta en bici con mis colegas. Por una parte estoy contento por haberme deshecho de mis complejos, pero por otro pienso que esto de ahora tampoco es normal.
Ayúdeme Doctor. ¿Qué debo hacer?
Firmado J.

No, no es normal. Ve al urólogo.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Tamaños (Paternidad 41)




Tarde de parque. Columpios, pajaritos, nubes, niños buscando la forma de hacerse el máximo daño posible en el menor tiempo apreciable… Lo de siempre. Bueno no, lo de siempre no porque en el banco de mi lado (pongámosle 10 metros de distancia) se sienta una madre con un niño, de unos tres años, totalmente irrelevante para esta historia, al contrario que ella; largas piernas, falda corta, una blusa holgada y melena con el nivel justo de volumen. Es joven pero parece salida de una cafetería norteamericana de los años cincuenta, la mejor década de la historia. Como hacen los buenos padres y madres de hoy en día, deja a su pequeño a merced de los peligros del parque mientras observa su móvil y yo, finjo hacer lo mismo pero sin quitarle ojo a ella a la espera de un revelador intercambio de miradas. Y abro paréntesis.
Una imagen aproximada de la madre del banco.
 
Recuerdo un libro que empecé a leer hace unos años que hablaba sobre el poder de la mirada y que enseñaba al lector a expresar una miríada de emociones e intenciones con los ojos, pudiendo llegar, incluso, a sustituir el lenguaje hablado. No entendí nada. Para mí que el tipo que lo escribió estaba zumbado. No entiendo como las editoriales publican esas mierdas. Cierro paréntesis.

 Espero el momento adecuado y cruzo mirada con ella. Le sonrío, sin enseñar los dientes, que se me pone cara de psicópata, y ella me mira, con cierto desprecio, sin sonrisa, y vuelve a mirar su teléfono. Fracaso absoluto. Debería haberme leído bien ese libro. Ahora ya todo está perdido.  Y como un hombre sabe cuándo hay que retirarse, hundo mi cara en mi móvil y me pongo a leer absurdos blogs de juegos de rol. Hasta que algo altera la armonía del momento.
 
El niño le pide pipi a la madre y ésta le lleva a un rincón arbolado para salvaguardar su intimidad, pero mi hija, que no se pierde detalle de nada de lo que sucede en varios cientos de metros de radio, se acerca disimuladamente al lugar. Suena mi alarma personal, esa que me avisa cuando algo raro puede suceder, pero prefiero no actuar y dejar que el mundo siga su curso. El niño termina, la madre regresa a su banco, pero mi hija se acerca a ella, con esa mirada pícara que solo los niños saben hacer, y le dice sin ningún tipo de manía:
-Le he visto el pito.
Mi alarma salta de nuevo, esa vez con sirenas y luces rojas giratorias.
-¿Ah sí? –Le responde la madre. – ¿Es que tú no tienes hermanitos? ¿Nunca habías visto uno?
-Tengo una hermana pequeña. Pero una vez se la vi a mi papá…

Me levanto del banco como si tuviese un muelle en mi culo. En mi cabeza suena una alarma de amenaza nuclear, de esas en las que el suelo tiembla y las tuberías sueltan chorros de vapor de forma intermitente. Defcon 1. La madre me mira de reojo, la niña no parece dispuesta a dejar ahí la explicación. Salgo corriendo hacia ellas pero esos diez metros que nos separan me parecen una distancia inalcanzable. Tempus fugit. Me faltan piernas. No lo lograré. La niña termina su frase cuando apenas he recorrido la mitad de la distancia.
-…y la tiene así. – La niña abre sus manos dejando una distancia de por lo menos treinta centímetros entre ellas.

Me paro en seco. La madre me mira de arriba abajo (más abajo que arriba). Yo le sonrío, enseñando los dientes, y leo en su mirada algo así como “Este tío me parte en dos”, y me doy cuenta de que quizás el zumbado que escribió ese libro no estaba del todo equivocado.