domingo, 14 de marzo de 2021

De batas blancas y polvos negros.

 


Mi nuevo trabajo no está mal, he de reconocerlo. Tengo un buen horario, unos compañeros excelentes y cuando llueve no me mojo. Debo aceptar que necesité un tiempo de adaptación prolongado, que no fue fácil pillarle el truco, pero ahora me siento más cómodo y me puedo tomar la vida con más calma. Y a pesar de eso, algunas veces echo de menos mi antiguo trabajo, especialmente cuando suceden fallos técnicos.

En los tiempos en que yo era camionero, esos fallos técnicos se traducían en pinchazos, manguitos rotos, botellas neumáticas reventadas o motores gripados. Y allí daba igual donde estuvieras o qué hora fuese, si estaba nevando o caía un sol capaz de evaporar las piedras: había que arreglar la avería para seguir adelante sí o sí; volver a casa era la prioridad y por ello había que poner en marcha todos los recursos y conocimientos disponibles. En esos momentos de emergencia sacaba mi caja de herramientas, empuñaba mi fiel “Tatcher” (una llave inglesa de quince kilogramos con la que he vivido aventuras mil) y allí comenzaba un proceso mecánico a base de sudor, músculo y hierro que solía terminar conmigo descamisado y con el cuerpo cubierto de grasa y aceite. Una visión turbadora, sin duda, que solía pasar desapercibida debido a la desolación y soledad que acompaña a todos los camioneros. Pero ahora, ay ahora, amigos y amigas lectores y lectoras, las cosas son muy diferentes.

Cuando algo falla en la oficina yo no tengo que hacer nada. Los errores informáticos, telefónicos etcétera, se reportan al técnico de turno que acude raudo a solucionarlo mientras nosotros wassapeamos con nuestras mascotas (por ejemplo) y esperamos pacientemente a que todo se solucione para volver al tajo. No tenemos que preocuparnos más que de nosotros mismos, de hacer bien el trabajo que tenemos encomendado sin necesidad de complicarnos la vida, y es por todo ello que cuando llamo al técnico superior en informática para decirle que venga a cambiar el tóner de mi impresora, me dice que me apañe yo, que eso no es una incidencia y que me busque la vida. Quedo desconcertado ante el teléfono.

Hasta hace unos minutos ni siquiera sabía qué era un tóner, y ahora sigo sin saberlo pero conozco su existencia, lo cual me angustia en sobremanera. Le doy un par de vueltas a la impresora, toco todos los botones, la enchufo y desenchufo varias veces y finalmente la abro. En la tapa frontal veo un trasto negro encajado en una especie de carcasa metálica que debe ser eso que llaman tóner, sin duda, pero que sigo sin saber como sacarlo de ahí. Meto los dedos y los saco sucios de polvo negro. Me los limpio e intento otra vez empujando unas pestañas azules que hacen que la cosa se mueva un poco pero sin llegar a salir. Sé que voy por el buen camino pero la condenada máquina se resiste. Me mancho otra vez, menudo fastidio con lo blanquito y bonito que voy. Me limpio de nuevo pues hay que dar buena imagen de cara al público. Hago un segundo intento y noto como algo se desengancha por fin, y extraigo el dichoso tóner que supura tinta por su parte frontal. Llevo cuidado de no mancharme de nuevo pero no lo consigo. Miro la caja cerrada con el tóner sustitutorio y me doy cuenta de que debería haberla abierto antes de sacar el viejo, porque ahora con una mano me va a resultar difícil. Rasco con las uñas y nada, sujeto el viejo con los dientes mientras abro la caja con ambas manos y me doy cuenta de que ese polvo negro me empieza a ensuciar la bata. Me la quito y sigo con la caja que se abre pero descubro que el nuevo está sellado con una bolsa de plástico hermética. ¿Quién ha sido el sádico que ha diseñado esta mierda? ¿Por qué no podía hacer las cosas más fáciles? Me enfado pero lo reprimo porque nadie debe conocer mi lado salvaje, aunque de pronto el sonido de los motores y las hidráulicas se instalan en mi mente como si todavía fuesen esos viejos tiempos de carreteras y altos tonelajes. Trato de mantener el control pero la sangre ya corre como acero fundido por mis venas y cuando inunda mi cerebro, todo vuelve a ser como antes.

Me arranco la camiseta frente a los azorados usuarios y compañeros y restriego la parte entintada del tóner viejo por mi pecho, marcándolo con líneas oscuras. Lo tiro al suelo, lo piso y lo reviento antes de abrir el nuevo, con los dientes, por supuesto. Lanzo un grito gutural de victoria cuando el plástico se rompe y meto el nuevo tóner en su sitio de un cabezazo. Cierro la tapa con la po**a y aprieto el botón de imprimir con tanta fuerza que luego tendrán que sacarlo con bisturí. Me aseguro de que las copias salen bien y me golpeo el pecho con ambos puños en señal de victoria. Dos abuelas se desmayan en el mostrador al verme y las enfermeras que van a atenderlas pierden también el conocimiento al toparse con mi figura.

Miro el reloj y solo falta media hora para echar el cierre, lo que me devuelve a la realidad repentinamente. Me lavo las manos, me pongo una bata limpia y me hecho gel hidroalcohólico en las manos antes de sentarme a atender las últimas llamadas. Todo el mundo hace como que no ha visto nada excepto la chica de la limpieza que observa el desastre mirándome con los ojos entrecerrados.


Próxima entrada: La venganza de la limpiadora.

No, pensándolo bien, no creo que escriba eso nunca.




sábado, 6 de marzo de 2021

Kings in time parte 9 (y final): El final (obviamente)

 


En el pristilum de un precioso domus en medio del campo, dos hombres enemistados desde hacía siglos se observaban bajo el sol del atardecer. Era un bonito día pero parecía que entre los blancos muros del patio iba a librarse una batalla de condiciones épicas. Aunque Melchor no estaba tan seguro de ello, ya que no percibía a su rival como un adversario digno. Sultán era un hombre mas bien lánguido, de movimientos torpes y espalda algo encorvada. El hecho de vestir un traje con camisa y corbata no le dotaba de un aire demasiado amenazador, pero la confianza que reflejaban sus ojos era un elemento a tener en cuenta. Melchor se quitó al camiseta. Su fibroso torso mostraba no solo los músculos desarrollados a través de una vida de entrenamiento si no también múltiples cicatrices que atestiguaban sus muchas batallas. Golpes, cortes, arañazos, mordiscos, coletazos de dinosaurio… Cualquier hombre en su sano juicio se habría marchado corriendo de tal adversario, pero Sultán comenzó a reir.

-Jejejeje…

Melchor no dijo nada. De hecho casi no había dicho nada desde que entró por la puerta.

-Jajajaja… -siguió riendo César con mayor intensidad.

-¡Muahahahaha!

César soltó por fin una terrible carcajada que hizo que el cielo se oscureciera repentinamente y un rayo cruzó el aire, de arriba abajo, golpeando directamente a Melchor.

El estallido de energía iluminó el aire con un color rosado y el restallido eléctrico sonó como el látigo de un gigante. Melchor se retorció de dolor y cayó al suelo convulsionándose con el cuerpo humeante.

Sultán observó a su rival caído y se acercó a él, pero se detuvo cuando notó cierto movimiento voluntario en su cuerpo. Melchor se incorporó dificultosamente sin poder evitar cierto temblor en sus miembros.

-¿Qué...? –comenzó a decir-. ¿Qué demonios has hecho?

-Es una habilidad especial que tengo –le explicó Sultán con calma-. –Cada vez que rio a carcajadas cae un rayo por muy despejado que esté el día.

-Tu eres idiota Vibrus. Esto no es ninguna habilidad especial si no un efecto dramático de la narración. Esto es un fallo del autor de esta historia y no te puedes aprovechar de ello.

-No te metas con el autor, que bastante tiene con su trabajo y su familia como para perderse en detalles de esta índole.

-Hacerle la pelota no te servirá de nada –dijo Melchor recuperando dificultosamente su posición vertical. Su ropa estaba chamuscada y su cabello blanco de punta.

-¿Sabias que se levanta una hora antes de la cama para escribir estas cosas? ¿Eres consciente del sacrificio que hace?*

-¡Que dejes en paz al autor! –exclamó Melchor irritado-. Céntrate en el combate porque esta vez te voy a aplastar.

-¿Ah si?

Caius Vibus comenzó a reir, primero de forma suave y después aumentando la intensidad progresivamente hasta convertir su risa en una carcajada demente. El cielo se oscureció y el aire comenzó a crepitar con la energía que empezaba a condensarse. Entonces el rayo apareció pero en la décima de segundo que tardó en llegar desde las nubes al suelo Melchor se impulsó hacia adelante con una velocidad sobrehumana y evitó el impacto, aprovechando la carrera para plantarse ante Caius Vibus y golpearle en el estómago.

Caius Vibus se dobló sobre si mismo, dio cuatro pasos hacia atrás y cayó de rodillas al suelo, sin aliento.

-Co… co… ¿Cómo has podido evitar el rayo? –preguntó con dificultad.

-El salmón que remonta el río –respondió Melchor-. Una técnica ancestral que aprendieron los monjes guerreros durante sus meditaciones junto al río Mǎquán Hé. Consiste en concentrar toda la energía del cuerpo en un único impulso que…

-No me cuentes tu vida, oriental –dijo Caius incorporándose y alejándose trotando de él-. Puede que tengas técnicas para todo, pero yo tengo una última carta en la manga. Quizás un rayo no sea lo suficiente para ti, pero dudo que puedas evitar el infierno que se va a desencadenar sobre ti.

Caius Vibus alzó los brazos, levantó la cabeza y comenzó a reír como un demente. En el cielo, ahora completamente negro sobre la cabeza de Melchor comenzó a formarse una esfera rojiza de energía que absorbía la energía de decenas de pequeños relámpagos, creciendo con cada uno de ellos. Cuando la esfera tuvo el tamaño de un elefante africano adulto, Caius Vibus bajó los brazos.

-¡Ataca rayo globular!

Y efectivamente se desencadenó el infierno cuando la esfera comenzó a arrojar rayos de forma indiscriminada sin dejar lugar donde esconderse ni forma de predecir donde caería el siguiente. Entonces Melchor cerró los ojos, abrió las palmas de sus manos hacia el cielo y aspiró.

El cuerpo de Melchor comenzó a levitar de una forma casi imperceptible y pareció alcanzar la calma en medio de la tormenta. Los rayos parecían evitarle y fue él quien con un suave movimiento agarró uno de los zarcillos eléctricos con cada mano y se asió como si fueran cuerdas. Así suspendido en el aire comenzó a entrelazar los relámpagos que expulsaba el globo sobre él y trenzó algo similar a una sierpe de enorme tamaño que cando estuvo terminada adoptó la forma de un enorme dragón eléctrico. Melchor subió en su lomo y señaló a Caius Vibus.

-Despídete de este mundo Victus Cabrus. No puedes vencer a aquél que aprendió a cabalgar el Dragón de Trueno.

Caius Vibus no daba crédito a lo que veía. Cuanta más energía proporcionaba a su esfera mortal, más poderoso era el dragón que ahora Melchor dominaba, así que no le quedó otra solución que meterse corriendo en la casa y esconderse debajo de una mesa, pero ya era tarde. El dragón le siguió, quemando y destrozando todo a su paso, retorciéndose por las paredes y muebles, desintegrando la madera y la piedra con chasquidos de energía hasta que Caius Vibus, aquél que había viajado dos mil años hacia el futuro, quedó desprotegido ante su furia. El dragón abrió sus fauces eléctricas y le dio un mordisco de varias decenas de giga vatios. Después todo se desvaneció.

Entre las ruinas del lujoso domus solo quedaba la figura chamuscada de Melchor, tembloroso y agotado por el esfuerzo y el cuerpo tendido de Caius Vibus. Le daba un poco de pena el destino de ese pobre hombre, pero su ambición y locura le habían llevado demasiado lejos. Todavía respiraba y el vencedor se planeaba si acabar con él definitivamente o dejarle allí, abandonado a su suerte. Inhalando profundamente se agachó junto a él y levantó una mano, dispuesto a darle el golpe de gracia. Se había vuelto demasiado peligroso. Pero algo le detuvo. Unos pasos tras él le pusieron en alerta y al girarse dispesto a seguir luchando se encontró con sus compañeros, Gaspar y Baltasar que se acercaban caminando entre las ruinas.

-Ha sido espectacular eso del dragón -. le aplaudió Gaspar.

-Si. Es una de esas técnicas que cuando te las enseñan crees que nunca las vas a usar pero cuando surge la ocasión te das cuenta de que era totalmente necesario –respondió animado-. ¿Cómo me habéis encontrado, por cierto?

-En el futuro nos dijiste lo que había pasado y como no nos terminábamos de creer lo de los rayos y el dragón decidimos venir a verlo con nuestros propios ojos –respondió Baltasar.

-¿O sea que habéis estado ahí todo el tiempo? ¿Por qué no me habéis ayudado? ¡Podría haberme matado el psicópata este!

-Sabíamos que sobrevivirias.

-¿Pero tenéis idea de lo que duele que te caga un rayo? Es como meter los dedos en todos los enchufes del edificio a la vez.

Y entonces miraron al cuerpo tendido en el suelo. Caius Vibus estaba inconsciente pero se sacudía de vez en cuando con espasmos eléctricos residuales.

-¿Qué hacemos con él? –preguntó Gaspar.

-Hay que devolverlo a su tiempo –le respondió Baltasar-. Es la única forma de que encuentre la paz.

Y así el rey negro se agachó junto a Caius Vibus, le cogió de la mano y ambos desaparecieron de la vista, el espacio y el tiempo. Baltasar reapareció al cabo de un segundo detrás de ellos.

-Siento haber tardado tanto. Me he parado a ver una cosa –se excusó.

-¿Y ahora que hacemos? –preguntó Gaspar-. ¿Volvemos a casa?

-No –dijo Baltasar con solemnidad-. Tenemos que saltar hacia el futuro. Va a suceder algo terrible en este mundo y debemos encontrar una solución.

-¿Encontrar una solución implica que voy a tener que darme de golpes con alguna cosa enorme y peligrosa, verdad? –protestó Melchor.

Baltasar no respondió. Solo les cogió de las manos y desaparecieron.

FNI **

 

Nota hastiada del autor. Ya sé que esto tiene toda la pita de continuar, que alguna vez he hablado de la intención de crear un crossover reyes magos-Wonderland y que sinceramente, me gustaría tener las fuerzas y las ganas para llevarlo a cabo, pero seamos sinceros;  esto no creo que suceda nunca, a no ser que me toque la lotería a la que no juego o encuentre el editor al que no busco. Así que a partir de ahora vuelve la "normalidad" al blog con entradas irregulares en las que hablaré de cosas mundanas. Como siempre he hecho. Como tiene que ser.


*Era así en el momento de escribir estas líneas.

**Lo he puesto mal adrede ya que no creo que nadie llegue hasta este punto.

 

sábado, 27 de febrero de 2021

Kings in time, parte 8: La cita.


 

Cuando Melchor llegó al lugar que indicaba la carta descubrió que se trataba de una lujosa villa en medio del campo agreste. Estaba construida a la antigua usanza romana, simulando casi a la perfección el diseño de un domus, con lo que dedujo que quien se hallaba en su interior tendría alguna relación con su pasado lejano. Miró atrás. Todavía tenia tiempo de marcharse y avisar a sus dos compañeros, pero el orgullo el impidió retroceder. Desde que se hubo mezclado en sus vidas no había hecho más que empeorarlas. Gaspar perdió su palacio, sus riquezas y sus sirvientes y ahora tenia que compartir un piso de mala muerte con dos personas más mientras que Baltasar había tenido que abandonar su ascendente carrera en el cine de adultos por protegerles y guiarles en el extraño mundo actual. Les debía una y por ello iba a solucionar eso por su cuenta.

La puerta exterior estaba abierta y entró. En el pristilum, o patio interior podia verse un amplio edificio de una sola planta pero ni rastro de sus habitantes. A pesar de eso, Melchor sabía que no estaba solo. De hecho había mucha gente pero le observaban desde el impluvium interior algo extrañados.

-Ha venido el chino solo –le comentó Matón 6 a Sultán.

-Ya lo veo. Debe ser muy valiente o muy estúpido para presentarse aquí solo y desarmado.

-¿Y si es una trampa? –preguntó Matón 3.

-Lo dudo. No creo que sea tan listo como para preparar nada. En cualquier caso, adelante con el plan.

-¡Vamos allá! –gritó matón 10, que era el último y también el líder de la banda.

De pronto la puerta de la calle se cerró como por arte de magia (aunque en realidad no era más que un mecanismo de cierre a distancia vulgar y corriente) y una de las puertas de la casa se abrió, dejando salir a una decena de tipos fornidos armados con barras de hierro. Éstos rodearon a Melchor, que más o menos se imaginaba que algo así iba a suceder y luego apareció Sultán, con su mejor traje y sus gafas de sol con blueray, las más caras del mercado.

-Vaya vaya vaya… -comenzó a decir. -¿A quién tenemos aquí? Melchor, el Rey Maldito, el viajero en el tiempo.

Melchor no dijo nada.

-Han pasado más de dos mil años, pero estoy seguro de que te sonará mi cara –continuó Sultán y se quitó las gafas.

Melchor no dijo nada.

-Soy yo. Caius Vibus.

Melchor no dijo nada.

-¿Acaso no me recuerdas? –comenzó a irritarse. –Me golpeaste. Dos veces.

-Lo siento pero… He golpeado a mucha gente –se limitó a decir Melchor. -¿Solo era eso? ¿Puedo marcharme ya?

Caius Vibus estaba rojo de furia y los ojos parecían a punto de saltar de sus órbitas.

-¡Matones a por él! –gritó y los diez hombres fornidos con barras de hierro saltaron sobre Melchor.

Dando una voltereta trasera Melchor se apoyó sobre sus manos y extendiendo las piernas de forma perpendicular al cuerpo comenzó a girar como si se tratara de las hélices de un helicóptero. Los primeros matones que llegaron hasta él se llevaron los primeros puntapiés y la siguiente oleada tuvo que lidiar con el oriental recuperando su postura original y dando puñetazos a una velocidad que sus ojos apenas podían seguir. En diez segundos todos los matones habían recibido algún golpe y Melchor seguía fresco como una rosa.

-Diles a tus hombres que se retiren si no quieren salir mal parados. Y tu, Bayus Cyprus deja a mis amigos en paz –le dijo amenazante.

-¡Yo no me llamo así! ¡Machacadle!

Los matones dudaron pero por lo visto la suma de dinero que iba a proporcionarles ese tal Sultán era demasiado suculenta como para dejarse amedrentar por un solo hombre, así que repitieron el ataque.

La primera barra de hierro pasó silbando junto a la cabeza de Melchor, que la esquivó hábilmente y se hizo con ella mientras giraba lateralmente y estrellaba el pie en la boca del primer matón. Con un adversario menos y una barra de hierro en la mano decidió que eso estaba ganado y arrojó el arma al aire. Sacudió tres puñetazos en cadena en las sienes de uno, un rodillazo en el costado del otro y realizó una presa con proyección a un tercero, que se estrelló contra el cuarto y justo cuando la barra de hierro volvía a estar a su altura la agarró al vuelo y la estrelló en la nuca del quinto.

Si no le fallaban los cálculos solo le quedaban cuatro rivales, uno desarmado y todos ellos con la moral bastante baja, por lo que optaron por emprender una desordenada y vergonzosa retirada.

Melchor miró a Caius Vibus que por algún motivo estaba extrañamente tranquilo.

-Malditos matones incompetentes… -rugió entre dientes.

-¿Y qué esperabas de unos secundarios sin nombre propio? –le respondió Melchor.

-Da igual. Ahora estamos tú y yo. Es hora de comprobar qué vales realmente.

Caius Vibus se quitó la chaqueta de traje.

 

En el proximo episodio... La lucha final y también el final en sí.

sábado, 20 de febrero de 2021

Kings in time, escena 7: La carta

 


Alfredo tenía tan solo veintinueve años, aunque ese “solo” es relativo a la edad de quien le mirara; era guapo, alto, tenía mucho pelo y un trabajo que le gustaba. Caminaba por las calles como si fuera el rey del mundo, llamando a los timbres que le placía y entrando en las casas que quería… Y a veces también en las mujeres que le abrían, pero eso sería otra historia. Y es que Alfredo era cartero, o auxiliar técnico de clasificación y reparto, como a él le gustaba llamarlo. Tenía tan solo veintinueve años y era feliz. Hasta que al pasar junto a un callejón alguien le atrapó por la espalda, le colocó una gasa con cloroformo en la cara y todo su mundo de reparto de cartas, bellas damas en albornoz invitándole a entrar por la puerta principal (o la de atrás en ocasiones) y gorras amarillas, se desvaneció.

El Agente Especial Supletorio se vistió con el uniforme de Alfredo, se hizo con su bolsa de correo y dejó a éste tirado en el suelo, envuelto en una manta raída y con una botella de whisky barato en la mano. Después deslizó la carta escrita por Sultán junto al resto de correo y emprendió el paso directamente hacia la vivienda de los tres extranjeros.

La primera parte de la misión que consistía en meter la carta en el buzón sin levantar sospechas se realizó ajena a incidentes. Luego regresó al callejón, volvió a vestir a Alfredo, le despertó de un bofetón y desapareció para no volver a ser visto, al menos en este relato. Saltó de la página con la esperanza de que quizás Carlos Ruiz Zafón* necesitara algún agente especial supletorio en alguna de sus novelas.

Cuando Alfredo volvió en sí, se encontró mal vestido y borracho en el callejón, con el correo sin repartir y casi una hora de retraso. No entendió qué había pasado pero le dio absolutamente igual porque era un funcionario del estado** y no podían echarle a la calle. Por eso reemprendió su camino sin perder un ápice de su felicidad.

Cuando Cheng, a quien ahora ya podemos llamar Melchor de nuevo llegó a casa abrió el buzón y entre publicidades y facturas que iban a ir directas a manos de Hassan, Gaspar a partir de ahora, encontró una curiosa misiva sin sello dirigida a los tres… En sus nombres originales. Lleno de curiosidad la abrió y descubrió que ésta era una citación privada en una dirección desconocida en las afueras de la ciudad. Firmada por “un viejo enemigo”, todo presagiaba que se trataba de una trampa mortal por lo que Melchor se guardó la carta en un bolsillo y se dirigió solo a la extraña cita.

*En el momento de escribir este relato el señor Zafon seguía con vida.

**En el momento de escribir este relato, los carteros eran funcionarios, o quizás ya no, pero yo no lo sabía.

sábado, 13 de febrero de 2021

Kings in time, escena 6: El geranio.

 

A la tarde siguiente Sam paseaba camino de la panadería. No se consideraba una persona especialmente vulnerable en lo que a adicciones se refería, de hecho llevaba una vida muy sana, pero le perdía la repostería tradicional. Nada de bollos embolsados ni pastas saturadas de azúcar. Lo suyo era la artesanía dulce. Por eso acudía a una panadería que estaba en la otra punta de la ciudad ya que allí se cocinaban las delicias más deliciosas en varios cientos de kilómetros a la redonda. Además de que la repostera era una de las mujeres más bellas que Sam hubiera conocido y eso, teniendo en cuenta su dilatada carrera en el cine de adultos, era decir mucho. Pero ese día no iba a ser un paseo normal.

Justo detrás de Sam caminaba un hombre extraño, misterioso, enigmático, espectral, intrigante, tenebroso, inescrutable…

El Agente Especial, que era así como se daba a conocer el perseguidor de Sam, caminaba detrás de él esperando el momento perfecto para atacar. En sus amplios bolsillos llevaba un algodón empapado con cloroformo, una jeringuilla con un suero paralizante, bridas, esposas y otros instrumentos de secuestro express; cerca de él, un vehículo misterioso avanzaba despacio, dispuesto a evacuar a secuestrado y secuestrador en el momento oportuno.

Repentinamente y sin previo aviso Sam se apartó de la calle principal para meterse en un callejón estrecho y poco transitado. El Agente Especial sonrió para sus adentros ya que sonreír para afuera no era algo propio de un profesional como él, y entró en el callejón dispuesto a abalanzarse sobre el desprevenido hombre. Pero cuando giró la esquina Sam no estaba allí. Tras el desconcierto inicial oyó un sonido mas arriba y al levantar la cabeza se encontró con una maceta de descendía en línea recta desde un balcón del cuarto piso en el que asomaba la blanca sonrisa de Sam. En el momento en que la maceta llegó a su cráneo todo se volvió oscuro y doloroso.


 

Sultán caminaba en círculos, nervioso, alterado, enfurecido… De vez en cuando levantaba la vista y miraba a sus tres mejores hombres, los cuales estaban sentados en sus respectivas sillas esperando a que el líder dijera algo. Samuel, con la cara hinchada, Ramiro, vendado de arriba abajo y el Agente Especial con un collarín y una maceta con un geranio en las manos, esperaban.

-Así que te tiró una maceta… -dijo Sultán.

-Ésta concretamente –respondió el afectado por su caída.

-Y no había forma física de que ese hombre alcanzara el cuarto piso. ¿No es así?

El Agente Especial asintió mientras acariciaba al maltrecho geranio.

-Está claro que no nos enfrentamos a personas normales –continuó Sultán. –Son profesionales. Quizás agentes de élite en sus respectivos países que han acabado juntos y ahora son intocables… Está claro que no podemos vencerles en su propio terreno pero… -hizo una pausa dramática y luego prosiguió -…puede que no sean tan valientes si juegan en nuestro campo.

-¿Vamos a retarles a un partido de fútbol? –Preguntó Ramiro.

-No. Vamos a invitarles a venir aquí y cuando crucen estas puertas… -una risa maliciosa se dibujó en el rostro de Sultán y otro rayo inesperado iluminó el cielo -… como me llamo Caius Vibus que no saldrán con vida.

Nota aclaratoria: El viajero en el tiempo casual

Aunuqe no aparecía en la versión bloguera de "El incidente de Belén", cuando llegó el momento de publicar el relato en papel decidí introducir a un nuevo personaje. Quería dar un toque de humor presentando a un pobre granjero maltratado por la vida y que no dejaba de ser humillado (aunque de forma involuntaria) por Melchor. Si habéis leído esta segunda versión,  recordaréis que Caius Vibus se quedó en el pasado cuando iba tras los tres reyes de oriente, ahora renombrados Hassan, Sam y Cheng, justo en el momento en que éstos desaparecieron en el tiempo y el espacio, viajando hasta la actualidad.

¿Y porqué ahora aparece en el presente Caius Vibus en el papel de Sultán? Muy sencillo. Porque en realidad estaba prevista una tercera edición del relato original en el que el pobre granjero viajaba por accidente al presente en el último momento y ahora, al descubrir la identidad real de los tres inmigrantes, clamaría venganza.

Tras aparecer en la época actual, tan solo unos años antes del momento en el que ha comenzado este capítulo, Caius Vibus necesitó de toda su templanza y concentración mental para adaptarse a los nuevos tiempos, en los cuales se negó a seguir siendo el anodino siervo de nadie y aprovechando su experiencia en el abuso a los débiles y el modus operandi de los grandes líderes que siempre le habían subyugado, se hizo malo, creó una poderosa organización criminal tal como se ha podido leer mas arriba y se cambió el nombre.

El encuentro de sus hombres con los tres extranjeros fue casual, es cierto, pero las habilidades sobrehumanas de éstos le llevaron a la cierta conclusión de que por fin se había encontrado con sus antiguos rivales, Melchor, Gaspar y Baltasar.

Había llegado el esperado momento de la venganza y ésta no se haría esperar. Se sentó frente a su máquina de escribir Olivetti y comenzó a teclear con furia mientras una maliciosa sonrisa asomaba en su rostro. Otro relámpago iluminó el cielo. Parecía que iba a haber una tormenta eléctrica.

domingo, 7 de febrero de 2021

Kings in time escena 5: Ramiro

De nuevo en el apartamento, Cheng y Hasan miraban la tele mientras Sam se paseaba, esta vez con ropa, por la habitación contigua.

-¿Cómo has hecho para destrozar completamente un coche en apenas cinco segundos? –preguntó Hassan con curiosidad.

-La patada de la tortuga –respondió Cheng con solemnidad. –Una técnica tan antigua como el mismo mundo que…

-Las tortugas no pueden dar patadas. Tienen aletas –le interrumpió.

-No todas. Algunas tienen patas.

-Pero muy cortas. No se pueden dar patadas con esas patitas.

-Técnicamente si –defendió Cheng su técnica ancestral.

-Esto es absurdo… ¡Oye Sam! –Gritó a su otro compañero de piso. -¿Tu crees que una tortuga podría dar una patada?

Sam se tomó unos instantes para meditar la respuesta.

-Quizás si caminara y se tropezara con algún animal pequeñito, éste podría considerar que le han pateado –argumentó, y los otros dos se quedaron pensativos.

Tan pensativos estaban que ninguno de los tres logró fijarse en una figura vestida de negro que colgaba cabeza abajo de algún punto de la fachada del edificio y les espiaba. No era otro que Ramiro el espía. 

 


Ramiro, voyeur de naturaleza, había probado suerte como detective privado hacía algunos años, fracasando estrepitosamente cuando trataba de descubrir las infidelidades de un marido que se ausentaba demasiado de casa, según su esposa. Ramiro le siguió incansablemente durante semanas hasta que descubrió que lo que en realidad hacía el marido era dar clases de boxeo; desgraciadamente, el marido también descubrió a Ramiro y tuvieron una interesante discusión a base de puños en la que el marido esgrimió en todo momento mejores argumentos. Sin cobrar el trabajo y con una cara que no coincidía para nada con la que aparecía en su perfil de Facebook, Ramiro decidió cambiar de trabajo, momento en el cual se topó con un anuncio de Sultán buscando gente capaz para su organización. Una vez dentro, Ramiro no solo logró un trabajo bien remunerado como espía, sino que pudo aprovechar todos los cachivaches que había ido adquiriendo durante esos años.

Cuatro fotos y un video de dos minutos después, Ramiro comenzó a izar el cable que le mantenía unido a la terraza del edificio. Subía lentamente mientras ya saboreaba el dulce néctar del trabajo bien hecho cuando su ascenso se detuvo en seco. Parecía que algo había atascado la bobina de cable de la parte superior. Ramiro se incorporó, se agarró al cable y comenzó a subir de forma manual. Cuando llegó arriba se encontró con la figura de Cheng, sin camiseta, practicando tai-chi. Había colgado la prenda de ropa que le faltaba en el cable de ascenso, y eso lo había atascado. Trató de subir a la terraza de forma sibilina pero no le resultó fácil. Una rodilla le crujió y ello llamó la atención de Cheng, el cual adivinó que algo extraño estaba pasando y con un golpe seco con el dorso de la mano, cortó el cable de acero como si fuera un hilo de seda. Ramiro se precipitó al vacío en una caída de varios pisos.

En el hospital, Sultán trataba de comunicarse con Ramiro, el cual iba vendado de arriba abajo y apenas podía mover los labios.

-¿Me estás diciendo que te tiraron de la azotea de un quinto piso?

- Ssss… Ssss… Sssexto –Acertó a decir Ramiro.

-¿Y que esos dos no viven solos si no que tienen un tercer compañero?

-Un nnn… nnnee… negro.

-Entiendo… -comenzó a cavilar Sultán maliciosamente. –El chino es un tipo peligroso, sin duda, y ese árabe no se separa de él ni un segundo… Pero el tercer miembro, ese africano parece mucho más vulnerable. Si logramos secuestrarle y mantenerle como rehén, seguro que esos dos se dejan manipular a nuestro antojo y entonces…

Un relámpago iluminó el cielo a pesar de que la información meteorológica no anunciaba tormenta y dotó a la escena de un dramatismo inusitado.

-Llamad a mi agente especial. Él sabrá como encargarse de este asunto.

 

Y en el proximo capítulo... ¿Quien es en realidad Sultán?

lunes, 1 de febrero de 2021

Kings in time, escena 4: Sultán.

Sultán no se llamaba así en realidad, pero quiso un nombre impresionante para dirigirse a sus súbditos, como él llamaba a los que estaban por debajo de él en la escala jerárquica de su imperio. Imperio. Así era como le gustaba llamar a esa pequeña sociedad mafiosa que tanto le había costado levantar.

Comenzó siendo un vulgar raterillo de barrio al que la vida convencional le vino demasiado grande. Empezó a meterse en asuntos cada vez más turbios y a relacionarse con personas cada vez más peligrosas hasta tejer una intrincada red de contactos y actividades que le mantenían en una posición relativamente elevada y con un nivel de ingresos más que aceptable. Hacía poco que se había permitido un capricho en forma de Jaguar modelo XS con techo descapotable el cual era su orgullo y mayor signo de distinción hasta el momento.

Lo que Sultán no sabía era que su trono estaba asentado sobre un frágil castillo de naipes que amenazaba con derrumbarse de forma catastrófica en caso de que alguna de las cartas que le sostenían desapareciera. Si estaba allí arriba había sido por puro azar, y porque al fin y al cabo era un tipo tan mediocre que no había logrado crearse ningún rival que pensara que merecía la pena tomarse la molestia de apuñalarle por la espalda.

Sultán era un desgraciado que solo tenía un flamante coche y un amigo, el cual extorsionaba para él y a quien apreciaba de verdad. Por eso mismo enfureció cuando Samuel, ese amigo, entraba en su despacho hecho unos zorros.

No necesitó demasiada explicación. Alguien se había metido con uno de los suyos; uno importante además; y debía pagar por ello. Sin titubear, subió en su coche a tres de sus más duros matones y se dirigió en persona a esa tienducha de compraventa de oro.


 

Cuatro de los tipos más duros que hubiera conocido la ciudad entraron en tropel en la tienda y se encararon al dueño de la misma.

-¿Donde está ese chino?

-¿Qué chino?

-El chino que ha machacado a Samuel.

-¿Qué Samuel?

-El extorsionador que ha venido hace un rato.

-Ah, ese Chino –dijo Hassan finalmente. –Estaba allí fuera hace un instante.

Cuatro de los tipos más duros que hubiera conocido la ciudad salieron en tropel de la tienda y miraron el montón de chatarra que hacía un instante era un precioso y bien encerado Jaguar XS de esos de techo descapotable.

Cuando Sultán se giró para entrar de nuevo en la tienda, ésta estaba cerrada, con la verja pasada y el interior a oscuras. Sultán cerró un puño y se lo mordió con rabia.