miércoles, 6 de enero de 2016

El incidente de Belén 2 (Melchor pt3) y final.



En un oscuro cuartucho iluminado por una miserable bombilla, Gaspar estaba agotado, confuso y desmoralizado. Había perdido la noción del tiempo y solo recordaba grandes comilonas y una decena de hombres armados hablando en italiano y obligándole a hacer sus necesidades continuamente. Sin él saberlo había sido capturado por una mafia que estaba aprovechándose de su don para convertirse en la familia más poderosa de Sicilia. 

Afortunadamente, Baltasar podía localizar el lugar exacto donde había perdido a su compañero en el túnel del tiempo y logró localizarle con facilidad. Melchor, aunque magullado y al borde del agotamiento, quiso seguirle al interior del edificio donde se suponía que encontrarían a su amigo. Lo que vieron en el interior no les gustó demasiado.

Melchor entró en cólera. El descubrir como unos desaprensivos del siglo veinte estaban abusando de quien solo unos días (o miles de años, según se mire) le había salvado la vida, era demasiado como para mantener la calma. Con un grito de rabia hizo acopio de fuerzas y se lanzó en un salto espectacular hacia el más cercano de los sorprendidos mafiosos. De haber tenido la más remota idea de que esos cachivaches que llevaban en las manos eran armas capaces de escupir plomo a una velocidad mortal quizás se lo habría pensado antes, pero no fue así. Baltasar se tiró al suelo justo en el momento en el que Melchor golpeaba con la cabeza accidentalmente la única bombilla del techo, haciéndola estallar y dejando la sala completamente a oscuras. Los disparos comenzaron a sonar en cortas ráfagas erráticas mientras Melchor giraba y giraba sobre si mismo, golpeando en la oscuridad a cuantos cuerpos sólidos encontraba. En menos de un minuto los disparos habían cesado. Cuando Baltasar abrió la puerta y dejó entrar algo de luz, en la sala solo quedaban los cuerpos de los mafiosos, algunos inconscientes y otros abatidos por los disparos de sus propios compañeros. Una vez liberado Gaspar, continuaron su viaje hacia el futuro.

Epilogo
¿Y qué viene ahora? ¿Qué les puede suceder a tres señores con poderes, venidos de dos mil años en el pasado en la actualidad? Probablemente Gaspar venderá su oro ilimitado y blanqueará dinero para recuperar su estatus; Melchor seguirá metiéndose en líos y zurrando a cuanto se le acerque y Baltasar, como no, seguirá con su oficio de actor porno y sacará de más de un embrollo a sus compañeros. Y así vivirán decenas de aventuras repletas de acción, sexo, saltos en el tiempo, alteraciones de la realidad y demás posibilidades. Pero ya no seré yo quien os las cuente. La tercera parte del Incidente de Belén queda a disposición de vuestra imaginación.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Feliz navidad



Ya estamos aquí; ya hemos llegado. 24 de diciembre, víspera de navidad, el nacimiento del señor, el día más esperado del año por pequeños y adultos. Hoy es cuando muchos se levantan con ilusión, pues empiezan vacaciones, reuniones con familiares y amigos a los que no se veía desde… Y cuando se olvidan viejas rencillas, disputas, odios…Hoy es el día mágico en el que los verdaderos sentimientos, esos fraguados a lo largo de todo un año de lucha cuerpo a cuerpo contra la vida, se dejan a un lado y se sustituyen por amplias sonrisas que cortan los labios, apretones de mano a ritmo de gatling y buenos deseos que se desvanecerán al sonar las doce como en el cuento ese de la chavala que se tomó algo y alucinó en una fiesta.

Hoy es ese maravilloso día en el que pasear por la calle es como asistir a una mala obra de teatro amateur en cuya sala no hay puerta de salida y te la tienes que tragar toda enterita, cual actriz porno. 

Hoy es cuando nadie te regala nada y tienes que pensar “mi regalo es la vida” para no meterte en el horno y acostarte a dormir junto al pobre pavo.

Hoy es el día del testículo.

Feliz navidad.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Regalos de mierda (parte 9 de 284)



El niño se despierta con un grito. Aparta a un lado las sábanas empapadas en sudor y llama asustado a su madre.
-¡Mamá, mamá!
-¿Qué te pasa, hijito? ¿Has tenido otra pesadilla? –Le dice con voz amorosa.
-Sí. He soñado que mi futuro era una mierda por culpa de un despertador chungo que me regalabas y que me hacían esclavo y… (Ver capítulo anterior de “Regalos de mierda”)
-Oh, pobrecito. Pero no te preocupes que mamá nunca te haría algo así. Es más… Acabo de comprarte un reloj que iba a reglarte por tu santo pero te lo doy ya.
Y entonces la madre toma a su hijo por la muñeca con dulzura y le coloca un bonito reloj.
-Aquí tienes. Para que nunca, nunca, nunca jamás vuelvas a preocuparte por la hora que es.
La madre le da un beso en la frente y se marcha, dejando a su hijo todavía en la cama y mirando su reloj con atención.


Al cabo de tres horas y viendo que no podía salir de su ensimismamiento le llevaron al hospital donde le recetaron antidepresivos. Y a correr.

miércoles, 16 de diciembre de 2015



Ella abrió el horno y se dejó embriagar por el aroma de la carne en su punto. Retiró la bandeja con cuidado, usando unas bonitas manoplas para no quemarse y se sirvió un buen pedazo. No había más comensales en la mesa, así que comenzó a comer con calma, deleitándose con cada textura y sabor que le ofrecía el cuerpo de su amante. Era su último acto de amor; salvaje, desesperado y tierno, como había sido su relación.

Él, en algún lugar del cosmos, era una mota de polvo que flotaba en medio de la inmensidad de corrientes energéticas; y se sentía feliz por haber vivido algo que otros no podrían ni soñar.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Porno, embustes y VHSs


Aqui vemos la época dorada de los videoclubes

Una de las cosas que más pena me está dando últimamente, es sin duda, la lenta pero imparable desaparición de los videoclubes. Al igual que pasó en su día con las salas de recreativas (y de las cuales se podrían hacer cienes de entradas), estos establecimientos de alquiler de pelis, se han visto superados por la tecnología y languidecen lentamente mientras esperan su inevitable final. Pero no quiero ponerme tristón, que al final me da el bajón, lloro y me pongo a destrozar todo lo que encuentro a mi alcance, y no es plan.

Los videoclubes, decía, formaban un ecosistema social que abarcaba desde niños obligando a sus padres a alquilarles la última de Disney, pasando por frikis de los ninjas y los robotes japoneses y hasta llegar a los expertos en cine de terror que se sabían al dedillo todos los títulos y nombres de directores y actores. Pero sin duda, si había una sección digna de mención, esa era la de cine adulto, o “porno” como se le suele llamar.

Al principio el mundo no era tal y como ahora lo conocemos. En esos tiempos no había internet con su porno a la carta y la única forma de ver a otras personas practicando sexo era meterse tras las cortinitas de los videoclubes a alquilar “una de esas” y salir de allí esperando no encontrarte con ningún vecino/amigo/familiar con la película en las manos. Hay que decir que normalmente ese vecino/amigo/familiar estaba ahí, y además era mujer, que da como más apuro, pero eso ya es otro tema.
Esto era lo que todos soñabamos con encontrar tras las cortinitas
Y ésto lo que había en realidad

Al principio, como decía, cuando todavía éramos menores de edad, teníamos que ingeniárnoslas para alquilar películas de ese tipo sin que nos llamaran la atención. Todo valía. Pintarse bigotillo con un rotulador, poner voz grave, alquilar veinte películas normales para que el tipo no se diese cuenta de que entre ellas había una “prohibida”… Incluso una vez alguien propuso robar el coche de su padre porque “si nos ven llegar en coche van a suponer que tenemos los 18”. Pero no hizo falta llegar a tal extremo, ya que todos y cada uno de nuestros planes anteriores funcionaba a la perfección, con lo que nos dimos cuenta de que simplemente al tipo del videoclub se la soplaba nuestra edad con tal de que su negocio funcionara. Y ahí comenzó una época dorada para nosotros.

En poco tiempo nos convertimos en unos sibaritas del porno. “Ésta tiene buena pinta, en ésta hay muchos brillos, en esta todas están operadas y eso no mola, es que este director ni fu ni fa…” Pero como pasa siempre, la emoción del principio se convirtió en rutina y lentamente fuimos perdiendo la ilusión por ese género cinematográfico.

Pero a pesar de eso yo seguía pasándome por el videoclub regularmente para ver las novedades, las nuevas tendencias, y esas cosillas. Y fue así como un día me topé con un título que me cautivó: “Follemon, las aventuras de Pollachu”. No me lo podía ni creer. Alguna poderosa productora de cine para adultos había decidido aprovechar el tirón de los Pokemones (los Digimon todavía no habían llegado) para expresar sus inquietudes sexuales, y eso había que verlo. Como no, alquilé la película, me la llevé a casa, la metí en el video y… Empezó una porno normal. Ni tipos disfrazados, ni poderes especiales, ni transformaciones espectaculares… Me habían timado. Y en algún lugar de Silicon Valley alguien se estaba tomando una cerveza a mi costa.

Devolví la película con rabia y regresé a mi vida normal (si a eso se le podía llamar normalidad), hasta que tuve una revelación divina. ¿Era posible que el tipo del videoclub se hubiera equivocado al elegir la cinta? Sin duda era una posibilidad, y más teniendo en cuenta la cantidad de referencias y códigos y polleces que les ponen. Y de ser así… ¿Iba a perderme Follemon por eso? Así que a la semana siguiente volví y la realquilé. “Ésta ya la has visto” Me dijo el videoclubero, a lo que yo le respondí con un “Qué más da si en todas pasa lo mismo” Y él se quitó el sombrero ante esa muestra de sabiduría. Llegué a mi casa, encendí el video y… Nada. Era la de la otra vez. Comprobé el título de la cinta y era. ¡Era! Me habían timado dos veces con la misma película. En algún lugar de Silicon Valley se estaban comiendo una paella a mi costa.

Devolví la película otra vez y me dispuse a pasar página en mi vida, hasta que una idea descabellada pero con cierta lógica me asaltó. ¿Y si las referencias a Pokemon no estuviesen en las escenas de sexo sino en los diálogos de en medio que todos pasamos a cámara rápida? ¿Y si con mi actitud poco respetuosa hacia los guionistas del porno me estaba perdiendo una pequeña obra maestra? Y fue así como la alquilé por tercera vez. “Esta ya la has visto dos veces” me dijo el tipo, a lo que yo le respondí que “Es que no me acuerdo mucho del final”, a lo que el señor volvió a ponerse el sombrero que se había quitado la semana anterior.

Fiestuki a mi costa.
Llegué a mi casa, puse la cinta en el video, agarré el mando a distancia e hice lo que jamás había hecho en mi vida: Pasar rápido las escenas de sexo (que por cierto ya me las sabía de memoria) y tragarme los trozos de hablar. Y no. Definitivamente no. En algún lugar de Silicon Valley alguien estaba comiendo gambas en un yacusi a mi costa. Y volví al videoclub. Derrotado. Desmoralizado. Frustrado. Me sentía impotente ante una industria pornográfica que podía pasarme por encima sin problemas. Pero juré que algún día me vengaría, y ese día ha llegado.

Amigos/as lectores/as de este blog… ¡No alquiléis Follemon, que es una estafa!
Y ya me he quedado más tranquilo.