jueves, 3 de junio de 2021

De malas rachas y giros del destino.

 


He llegado a una edad en la que de tanto vivir, algunas casualidades se han convertido en leyes universales, el ensayo y error en una certeza científica y cosas como la mala suerte o las energías cósmicas en algo tan real y tangible como el bocadillo de mortadela que me estoy comiendo ahora mismo. Llamadme loco, soñador o simplemente viejo excéntrico, pero tengo pruebas de ello y ahora os las voy a relatar.

Resulta que desde hace un tiempo no era capaz de levantar cabeza. Por algún motivo indeterminado, cada vez que me proponía hacer las cosas de otra manera, tomarme mi trabajo como algo menos humillante o simplemente sacar buenas tiradas en el warhammer, me estrellaba contra un muro virtual de hormigón galáctico y al caerme al suelo sentía como el pie de dios me mantenía la cabeza aplastada contra el barro. Esto último es una metáfora, por supuesto, así que solo haceos una idea. Una mala racha decía, que me tenía hundido anímicamente, hastiado y cansado de este potaje grumoso que algunos llaman vida.

Entonces fue cuando por motivos intrínsecos a mi trabajo de telefonista tuve que subir a consultas a trasmitir un mensaje a una de las doctoras del centro y ésta, al verme entrar en su consulta arrastrando los pies, con la frente pegada al pecho y los brazos colgando inertes a mis costados, llegó a la conclusión de que algo raro me pasaba. Conozco bien las jerarquías del gremio de sanidad, y por lo general me cuido de hablar a título personal con alguien de rango superior a un auxiliar de enfermería, pero la chica me pilló en un mal momento y le expliqué eso del muro cósmico pero de otra manera. Le dije que no podía más, que estaba harto de usuarios exaltados y agresivos, de compañeros exigentes, de doctores soberbios y de no ganar nunca la iniciativa al enfrentarme a marines espaciales; le pregunté si al eutanasia era legal en España, si me la podía poner allí mismo y que arrojasen mi cuerpo a las gaviotas del puerto. La chica, entiendo que por buena praxis profesional y por simple y llana experiencia tratando con otros seres humanos, entendió mi estado y se apiadó de mi alma, encontrando la forma de romper mi mala suerte, quizás involuntariamente, pero vaya si lo hizo.

A la mañana siguiente entré en el centro arrastrándome por el suelo como un gusano, repté a mi silla y cuando fui a encender el ordenador descubrí que alguien me había dejado un pequeño regalo en mi parte de mostrador. Una planta de esas colganderas envuelta en papel de colores y una nota de ánimo firmada por la doctora y su residente, testigo involuntaria de la escena del día anterior. Y ahora es cuando reconozco que yo, antiguamente un camionero tan duro como el mármol que transportaba, me emocioné. Esa pequeña muestra de buena voluntad y empatía hacia alguien que hasta ese momento era el último monicaco allí, me dio fuerzas, me hizo sentir bien, vivo de nuevo, y un rayo de luz iluminó mi arrugada frente, convirtiéndome por unos instantes en un ser de luz inmaculado. Y a partir de ahí todo fue bien.

Ese día despaché a los usuarios con eficiencia y elegancia, volví a ser una persona alegre que hace chistes de la nada y siempre tiene una ironía afilada en la manga. Alguien trajo galletas de pistacho y las muestras de cariño y cordialidad surgieron espontáneamente durante toda la jornada. Al terminar, agradecí a todo el mundo su colaboración involuntaria en el buen resultado del día y me dirigí a mi coche para ir a pasar la ITV, que justo tocaba ese día, pero al subirme en él descubrí que unas gaviotas habían defecado en el cristal parabrisas. Maldije a esos bichos voladores que suponía enfadados por haber perdido el bocado que les había prometido el día anterior, y cuando fui a limpiar el cristal descubrí que no me quedaba líquido limpiaparabrisas. Y entonces lo comprendí todo.

Las gaviotas habían hecho caca en mi cristal no por rabia hacia mi, si no para avisarme de que no podía ir a la ITV sin líquido. Esas gaviotas eran instrumentos vivos de un universo que había decidido, debido al giro inesperado del destino que había propiciado el regalo de la doctora, que era hora de compensar mi larga racha de mala suerte y ahora todo debía ir como la seda. Y vaya si lo fue. Vaya. Si. Lo. Puto fue.

Llegué a la ITV derrapando y tocando el claxon como un energúmeno, me colé en la fila para pagar y cuando iba a meterme en el túnel de revisiones ese, el chico encargado de tal tarea se acercó a mi algo asustado, cosa que me sorprendió ya que él y yo tenemos cierta amistad desde hace unos años.

-¡Vete ahora que puedes y pásate otro día! -me dijo con un susurro exaltado.

-¿Por qué? -le respondí yo muy tranquilo.

-Porque hoy está aquí el inspector jefe, encargado de supervisar a los iteuveros y eso significa que hoy las revisiones van a ser mucho más exhaustivas y metódicas que de costumbre.

Entonces le expliqué al chaval lo de la planta, las gaviotas y que su inspector jefe podía venir a comerme los huevos, y aunque él no pareció muy convencido, me hizo pasar.

Decir exhaustiva era quedarse corto. Miraron cada rayita de los neumáticos, las homologaciones de los retrovisores (incluido el interior), la temperatura de los manguitos, la inclinación de los asientos y la vibración de la antena de la radio, pero nada, ni un fallo, todo perfecto.

El inspector jefe no podía dar crédito a que un coche tan sucio y conducido por un tipo tan desharrapado como yo estuviera prefecto y no dejaba de revisar papeles y papeles en busca del error, pero no. El cosmos estaba de mi lado. El universo me debía una y en esos momentos nadie podía hacerme sombra ni medirse el pito conmigo.

Cuando se convenció de que no había nada que hacer me dejaron marchar, no sin antes equivocarse dándome una pegatina del año siguiente al que correspondía y dejando caer su cartera llena de billetes en mi asiento. Para despedirme de él le escupí en los zapatos y me metí en la autovía para regresar a casa, aunque algo desvió mi rumbo. A lo lejos nubes negras anunciaban tormenta y múltiples rayos parecían querer indicar que era una de las gordas. La más gorda quizás. Y mientras que otros conductores cambiaban su dirección para huir del maelstrom, yo bajé las ventanillas, subí el volumen del radiocasete y me lancé al interior del tornado para desafiar, quizás por última vez, a mi destino.

sábado, 15 de mayo de 2021

De autónomos y funcionarios.

 


Acurrucados alrededor de una estufa de butano, una decena de sanitarios de variopintas categorías, algunos de ellos al servicio del estado desde hace varias décadas me miran con los ojos muy abiertos sin dar crédito a mis palabras.

-Cuéntanos más cosas de cuando eras camionero -dice uno sin salir de su asombro. -Háblanos de eso que llaman “ser trabajador autónomo”.

-¿Estáis seguros de querer oír esas historias? -respondo yo poniendo una voz tétrica y profunda, como de presentador de telenoticias.

-¡Aquí hemos visto de todo! -exclama otro, impaciente. -Operaciones a corazón abierto, partos a puntapala, accidentes, quemaduras de cuarto grado, ataques de animales salvajes… ¡Hemos mirado a los ojos a la muerte más veces de las que cualquier otra persona podría soportar!

-Muy bien, si así lo queréis… Os contaré que cuando era autónomo trabajaba muchas horas sin cobrarlas -y dicho esto, un murmullo de sorpresa se extiende entre los oyentes.

-¿Horas no remuneradas, dices? -dice uno. -¿Y no lo denunciaste nunca?

-No, porque yo ya sabía de antemano que las horas perdidas entre portes no me las iban a pagar desde el primer día.

-¿Y no hablaste con el sindicato? -dice otro.

-¿Sindicatos? Para los autónomos eso no existe, al igual que las vacaciones.

-¡Pero si sois vuestros propios jefes podéis hacer vacaciones cuando os de la gana! -chilla otro, entre la indignación y el miedo por oír la respuesta.

-Claro está -le respondo señalándole con mi mejor dedo. -Pero esas vacaciones no solo no están remuneradas si no que nos cuestan dinero porque no dejamos de pagar tasas e impuestos.

Al decir esto, uno de los auxiliares administrativos se levanta con el rostro totalmente azulado y se va corriendo al aseo, a vomitar.

-¿Pero es cierto eso de que los autónomos no os ponéis enfermos? -pregunta otro, tratando de encontrarle algo positivo al asunto.

-Claro que enfermamos… ¡Pero no podemos dejar de trabajar!

-¿Y alguna vez tú has trabajado enfermo? -pregunta una chica que creo que es de la limpieza por la forma elegante en la que se apoya en la escoba.

-¿Enfermo? Una vez conduje casi doscientos kilómetros sangrando por el culo. Tuve que parar en una gasolinera a comprar una caja de compresas para no ponerlo todo perdido.

-¡Pero eso es horroroso! -grita otro al borde del colapso. -¿Qué era lo que te pasaba?

-Nunca lo supe. No tuve tiempo de ir al médico.

Dos más se levantan, aunque uno no llega a la puerta y cae desplomado. Al sentirse todos un poco mareados se levantan y corren a cogerse la baja hasta haber superado el trauma, pero no estoy dispuesto a dejarles escapar tan rápido y salgo detrás de ellos mostrándoles las palmas de mis manos.

-¡Mirad estas manos! ¡Aquí antes habían callos de manipular la piedra con guantes de piel de vaca!

Todos gritan y huyen dejando un rastro de feromonas, típico de las polillas cuando huyen de sus depredadores naturales, los sapos. Y me quedo solo. Reconozco que así no haré muchos amigos, pero hay que ver lo que me divierto.

lunes, 12 de abril de 2021

Me cago en... El café.

Ya que el blog está medio muerto, no creo que a nadie le importe que resucite una de las secciones menos aclamadas de su época dorada. 

 


El café es una bebida ponzoñosa de fuerte olor nauseabundo derivada del alquitrán. Su consumo por los seres humanos comenzó en los albores de la historia cuando lo utilizaban para embalsamar dinosaurios antes de enterrarlos, y cuando éstos se extinguieron, cayó en desuso durante más de mil años. Posteriormente fue utilizado como material de construcción para unir tablones de madera en la etapa previa a la invención del clavo, que a su vez no se utilizó debidamente hasta que no inventaron el martillo. No comenzó a utilizarse de forma regular hasta principios del siglo doce, cuando se administraba a los presos condenados por las mayores fechorías a modo de tortura, y posteriormente tal práctica se reintrodujo a principios de siglo, durante la primera guerra mundial, aprovechando que eso de los derechos humanos estaba muy infravalorado. Hay documentos que datan de esa época en los que se asegura que los primeros intentos de fusión del átomo se hicieron con granos de café, siendo así el primer borrador de la bomba atómica una “bomba de café”, cuyo diseño se conservó para diseñar las primeras cafeteras, aunque se discute si ya poseían asa o no.

A mediados de siglo, durante la segunda guerra mundial y viendo que todo se iba al carajo, algunas personas especialmente sensibles comenzaron a consumirlo en pequeñas dosis, acompañado de leche o azúcar para hacerlo más soportable, con la sana intención de acortar sus vidas de forma significativa, costumbre que fue adoptada por el grueso de la población, dando así origen a las primeras cafeterías, que sustituirían a los fumadores de opio al igual que hoy sucede con las casas de apuestas respecto a las librerías. La comunidad científica, médicos y biólogos en su vanguardia, tratan de entender el fenómeno y de advertir a la población en vano, que parece más preocupada en disfrutar de pequeños momentos de tortura onanística a preservar sus cuerpos y mentes intactos, ya que el café provoca un falso estado de lucidez en su consumo debido a la exaltación de las papilas gustativas a causa de su sabor y a la forzosa digestión expeditiva tras su consumo.

Hay personas que aseguran que hasta que no se toman un café, no son personas, lo que significa que probablemente nunca lo hayan sido.

 

 

A la memoria del gran Ambrose Bierce.

domingo, 28 de marzo de 2021

De vacunas y rugby amateur.

 


Una mañana cualquiera en mi cubículo. El teléfono no deja de sonar ni un segundo, los usuarios de amontonan en la sala de espera como si los viruses mortales no existieran y aunque debo reconocer que estoy bien a nivel físico al no sentir frío ni calor o verme afectado por las inclemencias climáticas desde que trabajo aquí, no puedo reprimir cierta envidia cuando un pequeño camión aparca frente a la puerta del centro y de él desciende un bien uniformado repartidor. El buen hombre mira la etiqueta del paquete, comprueba que está en la dirección correcta y entra. Y mientras le veo caminar con paso decidido hacia el mostrador, no puedo evitar preguntarme cuantas asombrosas aventuras habrá vivido en sus quehaceres cotidianos.

Cuando llega a mi ventanilla salgo de mis ensoñaciones, recojo el paquete, le pongo el sello oficial y me despido del apuesto jovenzuelo. Acto seguido me hago con el paquete para dejarlo en el montón de bultos no reclamados y percibo algo extraño en él. Está frío. Muy frío. ¿Y qué podría llevar a un paquete hasta el mostrador de un centro de salud con esa infratemperatura? Al revisar la etiqueta me doy cuenta de la terrible realidad. “Vacunas del covid”.

Generalmente cuando llegan dosis de vacuna lo hacen rodeadas del más estricto protocolo, escoltadas por policías y deben ser recepcionadas por los responsables del centro para comprobar que la temperatura es la adecuada y que ninguna de esas dosis “desaparece misteriosamente” para terminar inyectada en brazos de políticos indignos. Pero hoy, por algún motivo que solo ese repartidor sabría, las vacunas están en mis manos y mi misión es la de hacerlas llegar a mi jefa para olvidarme para siempre del asunto y de paso, evitarme problemas.

La llamo por teléfono y después de unos instantes de desconcierto, me da instrucciones para quitarme semejante problema de encima: Primero debo llegar al edificio de enfermería, que está en el otro extremo de la calle, conseguir la llave de su despacho y meterlas en la nevera, en la segunda estantería concretamente; después, claro está, de abrir la caja, contar las dosis, hacer fotos de éstas y del termómetro que encontraré en el interior para comprobar que no se ha roto la cadena del frío. Cuelga el teléfono y me siento apabullado. Solo recuerdo las palabras “nevera” y “fotos”, pero no puedo volver a llamarla bajo pena de humillante castigo, así que me coloco la caja bajo el brazo, que es la parte más fría de mi cuerpo y me abro paso entre la gente para alcanzar la puerta. Pero entonces sucede.

Sucede que alguien lee la etiqueta y descubre que lo que llevo son las preciadas vacunas, con lo que empieza a extenderse un rumor que hace que todos me miren con ojos sedientos de arn vírico. Sintiéndome acosado empiezo a caminar más deprisa y noto que algunos, los más desesperados, me siguen como si nada y cuando llego a la puerta tengo a media docena de ancianos que corren hacia mi remangándose el brazo para recibir su primera dosis.

El edificio de enfermería está a menos de cincuenta metros pero cuanto más avanzo más lejos parece que me encuentre. Trato de esconderme en los arbustos pero están llenos de viejos que se han traído las jeringuillas de casa y no están dispuestos a dejarme escapar. Ha llegado al hora de jugármelo todo a una última carrera. Cojo aire y me lanzo en un esprint zigzagueante con la caja entre mis manos como un jugador de rugby al que solo le quedan cinco segundos de partido y necesita marcar el último touchdown mientras el árbitro se ata los zapatos de espaldas a él. Esquivo al primer viejo y salto sobre el segundo para impulsarme sobre su cabeza y alcanzar a un tercero con mis piernas alrededor de su cuello y desnucarlo, pero no coordino bien y caigo al suelo. Trato de levantarme de un salto con voltereta pero me duele la espalda. Me levanto lastimeramente renegando de este trabajo que me ha hecho perder la envidiable forma física que tenía y noto como alguien me sujeta por un pie. Si no hago algo, en menos de cinco segundos tendré a una decena de personas encima de mí y eso no lo puedo permitir. Me deshago de mi zapato, me levanto como puedo y corro cojeando para encontrarme rodeado por más gente que acuden zombificados para unirse a la turba. Ahora sí que ya no tengo escape posible. Encontrarán mi cuerpo aplastado junto a una treintena de viales vacíos y nadie reconocerá mi titánico esfuerzo por salvar el mundo, o al menos una pequeñísima parte de él. Y así me preparo para morir hasta que se me ocurre algo que podría salvarme. Levanto la caja en alto y grito a pleno pulmón: “¡Son vacunas Astra Zeneca, las de la fiebre, los trombos, y la muerte!” y de pronto todos se detienen, se miran horrorizados y huyen del lugar como vampiros en campo de ajos.

Aliviado entro en el edificio, dejo la caja en la nevera y doy las gracias a los medios de comunicación por la mala prensa que me ha salvado esta vez.

domingo, 14 de marzo de 2021

De batas blancas y polvos negros.

 


Mi nuevo trabajo no está mal, he de reconocerlo. Tengo un buen horario, unos compañeros excelentes y cuando llueve no me mojo. Debo aceptar que necesité un tiempo de adaptación prolongado, que no fue fácil pillarle el truco, pero ahora me siento más cómodo y me puedo tomar la vida con más calma. Y a pesar de eso, algunas veces echo de menos mi antiguo trabajo, especialmente cuando suceden fallos técnicos.

En los tiempos en que yo era camionero, esos fallos técnicos se traducían en pinchazos, manguitos rotos, botellas neumáticas reventadas o motores gripados. Y allí daba igual donde estuvieras o qué hora fuese, si estaba nevando o caía un sol capaz de evaporar las piedras: había que arreglar la avería para seguir adelante sí o sí; volver a casa era la prioridad y por ello había que poner en marcha todos los recursos y conocimientos disponibles. En esos momentos de emergencia sacaba mi caja de herramientas, empuñaba mi fiel “Tatcher” (una llave inglesa de quince kilogramos con la que he vivido aventuras mil) y allí comenzaba un proceso mecánico a base de sudor, músculo y hierro que solía terminar conmigo descamisado y con el cuerpo cubierto de grasa y aceite. Una visión turbadora, sin duda, que solía pasar desapercibida debido a la desolación y soledad que acompaña a todos los camioneros. Pero ahora, ay ahora, amigos y amigas lectores y lectoras, las cosas son muy diferentes.

Cuando algo falla en la oficina yo no tengo que hacer nada. Los errores informáticos, telefónicos etcétera, se reportan al técnico de turno que acude raudo a solucionarlo mientras nosotros wassapeamos con nuestras mascotas (por ejemplo) y esperamos pacientemente a que todo se solucione para volver al tajo. No tenemos que preocuparnos más que de nosotros mismos, de hacer bien el trabajo que tenemos encomendado sin necesidad de complicarnos la vida, y es por todo ello que cuando llamo al técnico superior en informática para decirle que venga a cambiar el tóner de mi impresora, me dice que me apañe yo, que eso no es una incidencia y que me busque la vida. Quedo desconcertado ante el teléfono.

Hasta hace unos minutos ni siquiera sabía qué era un tóner, y ahora sigo sin saberlo pero conozco su existencia, lo cual me angustia en sobremanera. Le doy un par de vueltas a la impresora, toco todos los botones, la enchufo y desenchufo varias veces y finalmente la abro. En la tapa frontal veo un trasto negro encajado en una especie de carcasa metálica que debe ser eso que llaman tóner, sin duda, pero que sigo sin saber como sacarlo de ahí. Meto los dedos y los saco sucios de polvo negro. Me los limpio e intento otra vez empujando unas pestañas azules que hacen que la cosa se mueva un poco pero sin llegar a salir. Sé que voy por el buen camino pero la condenada máquina se resiste. Me mancho otra vez, menudo fastidio con lo blanquito y bonito que voy. Me limpio de nuevo pues hay que dar buena imagen de cara al público. Hago un segundo intento y noto como algo se desengancha por fin, y extraigo el dichoso tóner que supura tinta por su parte frontal. Llevo cuidado de no mancharme de nuevo pero no lo consigo. Miro la caja cerrada con el tóner sustitutorio y me doy cuenta de que debería haberla abierto antes de sacar el viejo, porque ahora con una mano me va a resultar difícil. Rasco con las uñas y nada, sujeto el viejo con los dientes mientras abro la caja con ambas manos y me doy cuenta de que ese polvo negro me empieza a ensuciar la bata. Me la quito y sigo con la caja que se abre pero descubro que el nuevo está sellado con una bolsa de plástico hermética. ¿Quién ha sido el sádico que ha diseñado esta mierda? ¿Por qué no podía hacer las cosas más fáciles? Me enfado pero lo reprimo porque nadie debe conocer mi lado salvaje, aunque de pronto el sonido de los motores y las hidráulicas se instalan en mi mente como si todavía fuesen esos viejos tiempos de carreteras y altos tonelajes. Trato de mantener el control pero la sangre ya corre como acero fundido por mis venas y cuando inunda mi cerebro, todo vuelve a ser como antes.

Me arranco la camiseta frente a los azorados usuarios y compañeros y restriego la parte entintada del tóner viejo por mi pecho, marcándolo con líneas oscuras. Lo tiro al suelo, lo piso y lo reviento antes de abrir el nuevo, con los dientes, por supuesto. Lanzo un grito gutural de victoria cuando el plástico se rompe y meto el nuevo tóner en su sitio de un cabezazo. Cierro la tapa con la po**a y aprieto el botón de imprimir con tanta fuerza que luego tendrán que sacarlo con bisturí. Me aseguro de que las copias salen bien y me golpeo el pecho con ambos puños en señal de victoria. Dos abuelas se desmayan en el mostrador al verme y las enfermeras que van a atenderlas pierden también el conocimiento al toparse con mi figura.

Miro el reloj y solo falta media hora para echar el cierre, lo que me devuelve a la realidad repentinamente. Me lavo las manos, me pongo una bata limpia y me hecho gel hidroalcohólico en las manos antes de sentarme a atender las últimas llamadas. Todo el mundo hace como que no ha visto nada excepto la chica de la limpieza que observa el desastre mirándome con los ojos entrecerrados.


Próxima entrada: La venganza de la limpiadora.

No, pensándolo bien, no creo que escriba eso nunca.




sábado, 6 de marzo de 2021

Kings in time parte 9 (y final): El final (obviamente)

 


En el pristilum de un precioso domus en medio del campo, dos hombres enemistados desde hacía siglos se observaban bajo el sol del atardecer. Era un bonito día pero parecía que entre los blancos muros del patio iba a librarse una batalla de condiciones épicas. Aunque Melchor no estaba tan seguro de ello, ya que no percibía a su rival como un adversario digno. Sultán era un hombre mas bien lánguido, de movimientos torpes y espalda algo encorvada. El hecho de vestir un traje con camisa y corbata no le dotaba de un aire demasiado amenazador, pero la confianza que reflejaban sus ojos era un elemento a tener en cuenta. Melchor se quitó al camiseta. Su fibroso torso mostraba no solo los músculos desarrollados a través de una vida de entrenamiento si no también múltiples cicatrices que atestiguaban sus muchas batallas. Golpes, cortes, arañazos, mordiscos, coletazos de dinosaurio… Cualquier hombre en su sano juicio se habría marchado corriendo de tal adversario, pero Sultán comenzó a reir.

-Jejejeje…

Melchor no dijo nada. De hecho casi no había dicho nada desde que entró por la puerta.

-Jajajaja… -siguió riendo César con mayor intensidad.

-¡Muahahahaha!

César soltó por fin una terrible carcajada que hizo que el cielo se oscureciera repentinamente y un rayo cruzó el aire, de arriba abajo, golpeando directamente a Melchor.

El estallido de energía iluminó el aire con un color rosado y el restallido eléctrico sonó como el látigo de un gigante. Melchor se retorció de dolor y cayó al suelo convulsionándose con el cuerpo humeante.

Sultán observó a su rival caído y se acercó a él, pero se detuvo cuando notó cierto movimiento voluntario en su cuerpo. Melchor se incorporó dificultosamente sin poder evitar cierto temblor en sus miembros.

-¿Qué...? –comenzó a decir-. ¿Qué demonios has hecho?

-Es una habilidad especial que tengo –le explicó Sultán con calma-. –Cada vez que rio a carcajadas cae un rayo por muy despejado que esté el día.

-Tu eres idiota Vibrus. Esto no es ninguna habilidad especial si no un efecto dramático de la narración. Esto es un fallo del autor de esta historia y no te puedes aprovechar de ello.

-No te metas con el autor, que bastante tiene con su trabajo y su familia como para perderse en detalles de esta índole.

-Hacerle la pelota no te servirá de nada –dijo Melchor recuperando dificultosamente su posición vertical. Su ropa estaba chamuscada y su cabello blanco de punta.

-¿Sabias que se levanta una hora antes de la cama para escribir estas cosas? ¿Eres consciente del sacrificio que hace?*

-¡Que dejes en paz al autor! –exclamó Melchor irritado-. Céntrate en el combate porque esta vez te voy a aplastar.

-¿Ah si?

Caius Vibus comenzó a reir, primero de forma suave y después aumentando la intensidad progresivamente hasta convertir su risa en una carcajada demente. El cielo se oscureció y el aire comenzó a crepitar con la energía que empezaba a condensarse. Entonces el rayo apareció pero en la décima de segundo que tardó en llegar desde las nubes al suelo Melchor se impulsó hacia adelante con una velocidad sobrehumana y evitó el impacto, aprovechando la carrera para plantarse ante Caius Vibus y golpearle en el estómago.

Caius Vibus se dobló sobre si mismo, dio cuatro pasos hacia atrás y cayó de rodillas al suelo, sin aliento.

-Co… co… ¿Cómo has podido evitar el rayo? –preguntó con dificultad.

-El salmón que remonta el río –respondió Melchor-. Una técnica ancestral que aprendieron los monjes guerreros durante sus meditaciones junto al río Mǎquán Hé. Consiste en concentrar toda la energía del cuerpo en un único impulso que…

-No me cuentes tu vida, oriental –dijo Caius incorporándose y alejándose trotando de él-. Puede que tengas técnicas para todo, pero yo tengo una última carta en la manga. Quizás un rayo no sea lo suficiente para ti, pero dudo que puedas evitar el infierno que se va a desencadenar sobre ti.

Caius Vibus alzó los brazos, levantó la cabeza y comenzó a reír como un demente. En el cielo, ahora completamente negro sobre la cabeza de Melchor comenzó a formarse una esfera rojiza de energía que absorbía la energía de decenas de pequeños relámpagos, creciendo con cada uno de ellos. Cuando la esfera tuvo el tamaño de un elefante africano adulto, Caius Vibus bajó los brazos.

-¡Ataca rayo globular!

Y efectivamente se desencadenó el infierno cuando la esfera comenzó a arrojar rayos de forma indiscriminada sin dejar lugar donde esconderse ni forma de predecir donde caería el siguiente. Entonces Melchor cerró los ojos, abrió las palmas de sus manos hacia el cielo y aspiró.

El cuerpo de Melchor comenzó a levitar de una forma casi imperceptible y pareció alcanzar la calma en medio de la tormenta. Los rayos parecían evitarle y fue él quien con un suave movimiento agarró uno de los zarcillos eléctricos con cada mano y se asió como si fueran cuerdas. Así suspendido en el aire comenzó a entrelazar los relámpagos que expulsaba el globo sobre él y trenzó algo similar a una sierpe de enorme tamaño que cando estuvo terminada adoptó la forma de un enorme dragón eléctrico. Melchor subió en su lomo y señaló a Caius Vibus.

-Despídete de este mundo Victus Cabrus. No puedes vencer a aquél que aprendió a cabalgar el Dragón de Trueno.

Caius Vibus no daba crédito a lo que veía. Cuanta más energía proporcionaba a su esfera mortal, más poderoso era el dragón que ahora Melchor dominaba, así que no le quedó otra solución que meterse corriendo en la casa y esconderse debajo de una mesa, pero ya era tarde. El dragón le siguió, quemando y destrozando todo a su paso, retorciéndose por las paredes y muebles, desintegrando la madera y la piedra con chasquidos de energía hasta que Caius Vibus, aquél que había viajado dos mil años hacia el futuro, quedó desprotegido ante su furia. El dragón abrió sus fauces eléctricas y le dio un mordisco de varias decenas de giga vatios. Después todo se desvaneció.

Entre las ruinas del lujoso domus solo quedaba la figura chamuscada de Melchor, tembloroso y agotado por el esfuerzo y el cuerpo tendido de Caius Vibus. Le daba un poco de pena el destino de ese pobre hombre, pero su ambición y locura le habían llevado demasiado lejos. Todavía respiraba y el vencedor se planeaba si acabar con él definitivamente o dejarle allí, abandonado a su suerte. Inhalando profundamente se agachó junto a él y levantó una mano, dispuesto a darle el golpe de gracia. Se había vuelto demasiado peligroso. Pero algo le detuvo. Unos pasos tras él le pusieron en alerta y al girarse dispesto a seguir luchando se encontró con sus compañeros, Gaspar y Baltasar que se acercaban caminando entre las ruinas.

-Ha sido espectacular eso del dragón -. le aplaudió Gaspar.

-Si. Es una de esas técnicas que cuando te las enseñan crees que nunca las vas a usar pero cuando surge la ocasión te das cuenta de que era totalmente necesario –respondió animado-. ¿Cómo me habéis encontrado, por cierto?

-En el futuro nos dijiste lo que había pasado y como no nos terminábamos de creer lo de los rayos y el dragón decidimos venir a verlo con nuestros propios ojos –respondió Baltasar.

-¿O sea que habéis estado ahí todo el tiempo? ¿Por qué no me habéis ayudado? ¡Podría haberme matado el psicópata este!

-Sabíamos que sobrevivirias.

-¿Pero tenéis idea de lo que duele que te caga un rayo? Es como meter los dedos en todos los enchufes del edificio a la vez.

Y entonces miraron al cuerpo tendido en el suelo. Caius Vibus estaba inconsciente pero se sacudía de vez en cuando con espasmos eléctricos residuales.

-¿Qué hacemos con él? –preguntó Gaspar.

-Hay que devolverlo a su tiempo –le respondió Baltasar-. Es la única forma de que encuentre la paz.

Y así el rey negro se agachó junto a Caius Vibus, le cogió de la mano y ambos desaparecieron de la vista, el espacio y el tiempo. Baltasar reapareció al cabo de un segundo detrás de ellos.

-Siento haber tardado tanto. Me he parado a ver una cosa –se excusó.

-¿Y ahora que hacemos? –preguntó Gaspar-. ¿Volvemos a casa?

-No –dijo Baltasar con solemnidad-. Tenemos que saltar hacia el futuro. Va a suceder algo terrible en este mundo y debemos encontrar una solución.

-¿Encontrar una solución implica que voy a tener que darme de golpes con alguna cosa enorme y peligrosa, verdad? –protestó Melchor.

Baltasar no respondió. Solo les cogió de las manos y desaparecieron.

FNI **

 

Nota hastiada del autor. Ya sé que esto tiene toda la pita de continuar, que alguna vez he hablado de la intención de crear un crossover reyes magos-Wonderland y que sinceramente, me gustaría tener las fuerzas y las ganas para llevarlo a cabo, pero seamos sinceros;  esto no creo que suceda nunca, a no ser que me toque la lotería a la que no juego o encuentre el editor al que no busco. Así que a partir de ahora vuelve la "normalidad" al blog con entradas irregulares en las que hablaré de cosas mundanas. Como siempre he hecho. Como tiene que ser.


*Era así en el momento de escribir estas líneas.

**Lo he puesto mal adrede ya que no creo que nadie llegue hasta este punto.

 

sábado, 27 de febrero de 2021

Kings in time, parte 8: La cita.


 

Cuando Melchor llegó al lugar que indicaba la carta descubrió que se trataba de una lujosa villa en medio del campo agreste. Estaba construida a la antigua usanza romana, simulando casi a la perfección el diseño de un domus, con lo que dedujo que quien se hallaba en su interior tendría alguna relación con su pasado lejano. Miró atrás. Todavía tenia tiempo de marcharse y avisar a sus dos compañeros, pero el orgullo el impidió retroceder. Desde que se hubo mezclado en sus vidas no había hecho más que empeorarlas. Gaspar perdió su palacio, sus riquezas y sus sirvientes y ahora tenia que compartir un piso de mala muerte con dos personas más mientras que Baltasar había tenido que abandonar su ascendente carrera en el cine de adultos por protegerles y guiarles en el extraño mundo actual. Les debía una y por ello iba a solucionar eso por su cuenta.

La puerta exterior estaba abierta y entró. En el pristilum, o patio interior podia verse un amplio edificio de una sola planta pero ni rastro de sus habitantes. A pesar de eso, Melchor sabía que no estaba solo. De hecho había mucha gente pero le observaban desde el impluvium interior algo extrañados.

-Ha venido el chino solo –le comentó Matón 6 a Sultán.

-Ya lo veo. Debe ser muy valiente o muy estúpido para presentarse aquí solo y desarmado.

-¿Y si es una trampa? –preguntó Matón 3.

-Lo dudo. No creo que sea tan listo como para preparar nada. En cualquier caso, adelante con el plan.

-¡Vamos allá! –gritó matón 10, que era el último y también el líder de la banda.

De pronto la puerta de la calle se cerró como por arte de magia (aunque en realidad no era más que un mecanismo de cierre a distancia vulgar y corriente) y una de las puertas de la casa se abrió, dejando salir a una decena de tipos fornidos armados con barras de hierro. Éstos rodearon a Melchor, que más o menos se imaginaba que algo así iba a suceder y luego apareció Sultán, con su mejor traje y sus gafas de sol con blueray, las más caras del mercado.

-Vaya vaya vaya… -comenzó a decir. -¿A quién tenemos aquí? Melchor, el Rey Maldito, el viajero en el tiempo.

Melchor no dijo nada.

-Han pasado más de dos mil años, pero estoy seguro de que te sonará mi cara –continuó Sultán y se quitó las gafas.

Melchor no dijo nada.

-Soy yo. Caius Vibus.

Melchor no dijo nada.

-¿Acaso no me recuerdas? –comenzó a irritarse. –Me golpeaste. Dos veces.

-Lo siento pero… He golpeado a mucha gente –se limitó a decir Melchor. -¿Solo era eso? ¿Puedo marcharme ya?

Caius Vibus estaba rojo de furia y los ojos parecían a punto de saltar de sus órbitas.

-¡Matones a por él! –gritó y los diez hombres fornidos con barras de hierro saltaron sobre Melchor.

Dando una voltereta trasera Melchor se apoyó sobre sus manos y extendiendo las piernas de forma perpendicular al cuerpo comenzó a girar como si se tratara de las hélices de un helicóptero. Los primeros matones que llegaron hasta él se llevaron los primeros puntapiés y la siguiente oleada tuvo que lidiar con el oriental recuperando su postura original y dando puñetazos a una velocidad que sus ojos apenas podían seguir. En diez segundos todos los matones habían recibido algún golpe y Melchor seguía fresco como una rosa.

-Diles a tus hombres que se retiren si no quieren salir mal parados. Y tu, Bayus Cyprus deja a mis amigos en paz –le dijo amenazante.

-¡Yo no me llamo así! ¡Machacadle!

Los matones dudaron pero por lo visto la suma de dinero que iba a proporcionarles ese tal Sultán era demasiado suculenta como para dejarse amedrentar por un solo hombre, así que repitieron el ataque.

La primera barra de hierro pasó silbando junto a la cabeza de Melchor, que la esquivó hábilmente y se hizo con ella mientras giraba lateralmente y estrellaba el pie en la boca del primer matón. Con un adversario menos y una barra de hierro en la mano decidió que eso estaba ganado y arrojó el arma al aire. Sacudió tres puñetazos en cadena en las sienes de uno, un rodillazo en el costado del otro y realizó una presa con proyección a un tercero, que se estrelló contra el cuarto y justo cuando la barra de hierro volvía a estar a su altura la agarró al vuelo y la estrelló en la nuca del quinto.

Si no le fallaban los cálculos solo le quedaban cuatro rivales, uno desarmado y todos ellos con la moral bastante baja, por lo que optaron por emprender una desordenada y vergonzosa retirada.

Melchor miró a Caius Vibus que por algún motivo estaba extrañamente tranquilo.

-Malditos matones incompetentes… -rugió entre dientes.

-¿Y qué esperabas de unos secundarios sin nombre propio? –le respondió Melchor.

-Da igual. Ahora estamos tú y yo. Es hora de comprobar qué vales realmente.

Caius Vibus se quitó la chaqueta de traje.

 

En el proximo episodio... La lucha final y también el final en sí.