Me crié
en un barrio de esos medio antiguos pero que todavía no se caen en pedazos, en
el centro de un pueblo mediano de cuyo nombre ahora mismo no me viene bien
acordarme. Era una zona tranquila que se caracterizaba por la abundancia las
señoras mayores. Los niños podíamos contarnos con los dedos de una mano, pero
las viejecitas estaban por todas partes y a todas horas. Y es ahora cuando
invoco el saber de los más vetustos de mis lectores para recordar los carritos
de la compra de tres ruedas. Supongo que encontraré alguna foto, pero por si
acaso, os lo explico.
Los
carritos de la compra de toda la vida consistían en una cesta larga montada
sobre un armazón metálico con un asa a un lado y dos ruedecitas al otro. Diseño
sencillo y funcional. Pero hubo un momento en la historia en el que a alguien
se le ocurrió colocarles tres ruedas en cada lado que además de girar sobre si
mismas lo hacían sobre un eje, de modo que, supuestamente, facilitaban el subir
escaleras. Recordemos que en esos tiempos (finales de los locos ochenta), todo
eso de la movilidad y la accesibilidad no existía, y las rampas en aceras y
comercios eran cosa de fantasía.
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Al final sí he encontrado una foto. No hace falta que leáis el párrafo anterior. |
Como
decía, aparecieron los primeros carritos subidores de escaleras y las viejas
del barrio comenzaron a comprarlos, aparcando sus viejos carros para disfrutar
de las ventajas de estos nuevos prodigios de la ingeniería. Pero lo que las
pobres señoras no sabían era que la fuerza necesaria para subir un escalón con
uno de esos carros era prácticamente la misma que con uno normal, solo que cada
vez lo hacía con una rueda distinta. Y sumidas en ese estasis de novedad e
ignorancia, se podían ver a las pobres abuelas subiendo a terceros pisos
carritos cargados hasta arriba de verduras y carnes de toda índole. Cientos y
cientos de quilos de comida y otras cosas eran movidos a diario por unas
señoras que hasta hace poco solo sabían reunirse para quejarse de lo mucho que
les dolía todo y de lo mal que estaba subiendo la juventud. Y así pasaron unas
semanas, o meses, en los cuales las ancianas se vieron sometidas, de forma
totalmente inconsciente, a un esfuerzo hercúleo a diario.
La
primera vez que noté que algo raro pasaba fue cuando me asomé a la cocina a ver
qué preparaba mi abuela de postre. Cuando vi su brazo manejando la batidora me
recordó a la escena en la que Suarseneger y el negro echan un pulso en
Depredador; su tríceps estaba tenso como un cable de acero y su antebrazo era
tan ancho como un jamón. Eso no era normal, por lo que comencé a observar a las
otras vecinas, las cuales mostraban cambios físicos similares. Recuerdo a
Otilia una tarde de domingo en la que un vulgar ratero le dio un tirón en el
bolso y ésta, al intentar evitarlo, le dislocó en hombro y de un puntapié lo
dejó colgado en lo alto de una morera. Dolores, que lo vio todo desde su portal,
salió en ayuda de Otilia y arrancó de cuajo el árbol con sus poderosos brazos
para dar con el sorprendido ladronzuelo en el suelo. Y a partir de ahí, y de
forma inconsciente, las viejas comenzaron a impartir justicia convertidas en
una mezcla perfecta de Charles Bronson y Hulk Hogan.
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Mi abuela era el negro. |
Dejaron
las reuniones de chismorreos para convertirse en una especie de banda de asalto
troll, azote de delincuentes y personas poco educadas en general. Recuerdo
cuando Asunción volcó una furgoneta que estaba aparcada delante de su casa
porque según ella le quitaba luz; cuando Desideria hizo estallar la rueda
trasera de un camión de un mordisco; cuando doña Dolores salió en persecución
de unos jóvenes que llevaban camisetas de monstruos y ya jamás se les volvió a
ver (a los jóvenes, claro, ella volvió como si nada). Mi barrio en pocas
semanas se vio desprovisto de tráfico o visitas. Yo lo contemplaba todo desde
mi ventana algo asustado porque aunque era
todavía un niño y me querían, la adolescencia llegaría y entonces me podría
convertir en uno de sus ajusticiados.
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Imagen de archivo de un coche que pasaba con la música demasiado alta. |
Por
suerte la situación terminó. Por lo visto los carritos de tres ruedas tenían el
eje central algo frágil y ello, unido a que las señoras los cargaban con
cantidades inhumanas de peso, hizo que comenzaran a romperse. Y así, con el
clásico “es que ya no se hacen carritos como los de antes” las señoras
volvieron a sus viejos carros, con poco peso y evitando las escaleras, con lo
que su tono muscular volvió a descender y se convirtieron en señoras normales.
Pero a
pesar de eso, el barrio tardó en volver a la normalidad. La gente que lo
cruzaba de noche aún daba un respingo al oír una persiana levantarse o una
puerta abrirse. Y los conductores aceleraban al ver alguna silueta en bata
asomándose a un portal. Las viejas eran viejas normales, aunque su leyenda
seguiría viva durante mucho tiempo más. Pero ahora ya no. Ahora están todas
muertas.
¡Jajaja me ha encantado! Es un guión excelente para un cortometraje (por lo visual que es todo)
ResponderEliminarMe has hecho recordar cosas que tenía olvidadas... no puedo decir q te lo agradezca, no... no puedo.
ResponderEliminarMalditas descripciones, son tan buenas.
Fíjate, que se agradece que no haya fotos de escotes o ropa interior.