Hace un
número indeterminado de semanas, acudí con mi hija a un velódromo a ver “una
cosa que hacían”, sin tener muy claro qué era un velódromo. Debo reconocer que
soy algo ignorante en el tema deportes y guiándome por el nombre del lugar,
pensé que se trataría de luchas de gladiadores o algo así. Cuando empezaron a
salir tipos en bicicleta me llevé un chasco, pero como ya había pagado las
entradas, nos quedamos a verlo.
La cosa
es que era una especie de carrera sin obstáculos ni nada que pudiese hacerla
interesante, donde media docena de señores pedaleaban como si eso les fuese a
solucionar la vida (debo decir por la cantidad de asistentes que éramos y la
escasa emoción de los mismos, que no iba a ser así) con la esperanza de ser los
primeros en dar un número determinado de vueltas y así poder sentirse
superiores a los otros. Lo que viene a ser el deporte, vamos.
Y
ahora, a título personal debo decir que siento cierta repulsión por los
movimientos circulares en general. Es decir, cuando algo se va, da la vuelta y
vuelve, me parece que no ha hecho más que perder el tiempo y la energía. No
tengo nada en contra del que va, hace algo y luego vuelve, ya que eso es lo
normal. Pero ir con el pretexto de poder volver, me enerva. Es por ello que no
me gustan los tiovivos ni las atracciones de feria en general y ya que estamos
en el tema, las carreras en circuitos cerrados. Pero esto solo ha sido una
aclaración. Vamos a seguir con el asunto.
En un
momento dado mi hija, que por lo visto no se aburría tantísimo como yo, señaló
a uno de los ciclistas y me dijo “Mira papá, ese les está ganando a todos”, a
lo que yo le respondí “No está ganando. Es que va tan lento que los otros están
a punto de doblarle” Y es que el tipo era malo de cojones. No sé si tendría un
mal día o es que ese deporte tiene tan pocos adeptos que tuvieron que rellenar
con un ciclista mediocre, pero la cuestión es que llevaba casi una vuelta de
desventaja y por ello a mi pequeña le había parecido que era el primero.
Y fue
entonces cuando una luz brillante penetró a través de las nubes y me iluminó
(debo decir que solo podía verla yo porque de lo contrario habría llamado
bastante la atención) y apareció un gigantesco brazo robótico que alargó el
dedo índice y tocó suavemente mi frente, otorgándome un instante de inspiración
divina antes de desaparecer. Y lo comprendí todo. Bueno, todo no, pero
comprendí algo. De repente me di cuenta de que el caso del ciclista podría
aplicarse a muchos otros ámbitos de esta vida. Podría ser que hubiera gente tan
sumamente inepta en este mundo que a nuestros ojos inexpertos pareciera
brillante. Podría ser que estuviéramos a casi una vuelta de ventaja de aquellos
a los que creemos mejores en algo y por ello no reparáramos en su ineptitud.
Quizás Einstein no fuera tan listo al fin y al cabo sino más bien un megaidiota
que hacía garabatos en una pizarra y que personas mucho más inteligente que él,
la gente mediocre, los hubiese interpretado y transformado en algo lógico.
Podría ser que las ovejas del rebaño estuviesen obedeciendo al perro
simplemente por no saber que los perros son animales mucho menos capaces de
cuidar de ellas que ellas mismas.
Entonces
me levanté de mi asiento de plástico y miré a la gente de mi alrededor.
Carraspeé y me preparé para revelarles la verdad con un discurso que me
convertiría en su líder absoluto; en la oveja reina del rebaño. Pero cuando
comencé a hablar, me di cuenta de que llevaba la bragueta abierta y al subírmela
perdí toda mi majestuosidad y supe que no me harían ni caso, así que me senté
otra vez a mirar la carrera. En algún lugar del cosmos, una entidad cibernética
sobrenatural, sacudía la cabeza.
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Para mi, las bicicletas lucen mejor por la calle. |
Hay algunas modalidades más divertidas. Interesante reflexión. Si los mediocres son lo que destacan el resto son los "guays". ¿dónde quedan los que no compiten?
ResponderEliminarBuen material fotográfico.
Los q no compiten son los listos q pueden disfrutar tranquilamente sentados de vistas como la del final.
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