miércoles, 11 de julio de 2012

El camarero de restaurante chino


Después de unas semanas de excesos, voy a bajar el tono del blog rescatando una vieja sección: “Grandes profesiones”. Hablando esta vez de un gran menospreciado: El camarero de restaurante chino. Vamos allá.

Llegar a ser camarero de un restaurante chino no es tan fácil como parece; De hecho, es mucho más sencillo convertirse en un alto mando de la NASA. ¿Qué no os lo creéis? Pues vamos a analizar los requisitos necesarios para lograrlo y después me discutís.

1: Ser chino. Fundamental y muy difícil de conseguir si uno no lo es desde pequeño.
2: Hablar español bastante bien. El camarero es el único nexo de unión entre el cliente y  su comida. Cualquier intento de pedir explicaciones al cocinero fracasará de inmediato si no lidia el camarero. En cualquier caso, si uno se encuentra con un pedazo de carne de procedencia dudosa, es recomendable apartarla a un lado y olvidarla para siempre, por si acaso.
3: Tener temple y paciencia. Para poder resistir los estúpidos comentarios típicos de algunos clientes graciosos del estilo de “Ponme más bambú, que hoy me siento oso panda” o “No me mires con esos ojos que parece que sospeches de mi”. Y así una infinidad de estupideces capaces de destrozar los nervios a cualquiera en cuestión de semanas.
4. Ser un experto en artes marciales (aunque no lo parezca y nadie lo sospeche). Los chinos son de dar patadas y conocer técnicas milenarias heredadas de sus abuelos no todos, pero si los camareros. ¿Porqué?  Muy sencillo: Por si las cosas se ponen feas en el restaurante. Ejemplo:
Yu Mi Tsan, humilde camarero, trabaja en “El Dragón  de la Muralla”, humilde restaurante de las afueras. Una bonita noche descubre a unos hombres fumando en una mesa en la que está prohibido y se acerca a ellos con una sonrisa.
-Aquí no podel fumal, yo sentil.
Los hombres le miran de arriba abajo y se ríen. Son cinco tipos fornidos, con mal aspecto.
-¿Y que vas a hacer, chinito, llamar a la policia?
-No policia. Ustedes malchal. Aquí no podel fumal. Yo sentil.
-¿Y nos vas a echal tu, amarillito?- Bromea uno de los hombres, que se levanta y le tira el humo a la cara. Mide un palmo más que el camarero.
Lo siguiente que el cliente rebelde ve es la palma de la mano del chino estrellándose contra su cara. Pierde el equilibrio y cae sobre la mesa, tirándolo todo al suelo y manchando a sus cuatro compañeros.
Los tipejos se cabrean, se levantan y se lanzan contra el chino, que les espera en posición de ataque, dando pequeños saltitos sobre las puntas de sus pies.
El primer maleante recibe una patada giratoria en una oreja y se aleja gritando de dolor. Una rápida sucesión de movimiento de puños dan con dos más en el suelo en un santiamén. Los dos restantes, algo asustados por la habilidad del camarero, cogen los cuchillos de la mesa y le amenazan con ellos. El chino sonríe al verles (sabe que los cuchillos de los restaurantes chinos no cortan una mierda), agarra ambos cuchillos con las manos y apoyado en ellos da un salto con doble patada y estrella sus pies en las narices de los clientes, que caen derrotados al suelo.
En menos de un minuto nadie fuma en el restaurante, pero la amenaza no ha terminado. Por la puerta aparece el jefe de la banda, un tipo bajito, casi enano, con un bigote de esos finos, traje blanco con sombrero y acompañado por un gigantón con cara de no haberle querido nunca su abuela.
-Muy bien chinito…-Dice el jefe.- Vamos a ver si tumbas a este con la misma facilidad.
El chino coge carrerilla y lanza una patada voladora directa al pecho del gigante; Un golpe que habría dejado sin respiración a cualquiera apenas mueve un centímetro al hombretón y el chino rebota cayendo de espaldas al suelo. Se levanta con una rápida flexión de espalda y lanza media docena de puñetazos en un segundo dirigidos a todos los puntos vitales de su rival pero ni así. El grandote agarra al chino por la pechera y lo lanza a más de cinco metros de distancia, arrollando sillas, mesas y clientes, que ya comienzan a huir asustados del lugar.
El chino se levanta muy serio. Su rival no es un hombre normal, pero él tampoco. Cierra los ojos y se abstrae, recordando las lecciones de su abuelo. “Vacía la mente, concentra toda tu energía en las puntas de tus dedos y golpea con ella en lugar de tus manos. Solo así atravesarás cualquier armadura. Esta es la senda del Dim Mak, las manos sin sombra.” (eso lo decía en chino pero he creído conveniente traducirlo para que lo entendáis todos). El gigante avanza hacia él, imparable, como un rinoceronte conduciendo un tanque. El chino le mira, adopta una posición compleja y cuando ya lo tiene encima, le golpea sin tocarle; Sus dedos se quedan a dos centímetros de la piel del gigante y éste se detiene de golpe. Se ríe. Ni siquiera le ha tocado. Pero cuando trata de aplastarle con una de sus manazas siente un dolor raro en su interior y algo se le rompe por dentro. El enorme hombre se desploma en el suelo sangrando por la boca y la nariz y su asustado jefe no sabe ni donde meterse.
-Me has vencido esta ves, camarero. Pero volveré. Volveré y nos veremos las caras de nuevo.
-Vuelve cuando quielas. Aquí estalé.
Y esta última frase nos lleva al punto 5 de este tema.
5: Disponibilidad 24 horas. El camarero no tiene vidas privada. Trabaja, come y duerme en el restaurante.
Y 6: Un nivel cultural decente. Y es que vivir en otro país no significa saber menos que los nativos y en algunas ocasiones el camarero deberá aleccionar a algunos clientes incultos, como es el caso de esta señora.
-¡Oiga camarero! Esta salsa al limón sabe a semen. 
-Se dise espelma, señolita. ES-PEL-MA.

Y espero que con esto, seamos capaces de mirar a tan humilde trabajador con otros ojos, y tratarle con el respeto que merece. Adios y gracias.



 -¿Han pedido ustedes plato especial de la casa?
-Mmmmm, noo, nosotros nooo
-Oh si, mesa tles, mesa tles, ustedes comel.
-Esque... hemos cambiado de idea... Mejor arroz tres delicias.
-Ustedes comel o manos sin sombla. Elegil...
-Glubs.




miércoles, 4 de julio de 2012

La crisis de los 14


El otro día llegué a mi casa después de un moderado día de trabajo y mi esposa me anunció con alegría que era nuestro aniversario de pareja. “¿Cuántos años llevamos?” Le pregunté yo con inocencia. “14”. Me dejó caer ella como un martillazo en la sien. Y se quedó tan normal. Yo estaba un poco aturdido, así que cogí la bicicleta y salí a tomar el aire.
Y por el camino estuve pensando. Si, no puedo evitarlo, yo soy así de pensativo. Pensé en que si 14 años son toda una vida, en todo aquello que hemos vivido juntos, en aquello que me he convertido y en qué pensaría mi yo de hace 14 años si me viese. Pensé en todas las cosas que he conseguido y en todas aquellas que anhelé y se quedaron por el camino, abandonadas.
Sumido en la melancolía pedaleaba y me metí en un polígono industrial donde me topé con un coche aparcado donde una parejita joven hacía el amor. Él era un chaval y ella poco más que una niña y allí estaban, a plena luz, sin apenas cobertura, completamente desnudos haciéndolo a un ritmo acelerado. Si preocupaciones, sin problemas, sin compromisos, disfrutando del instante y nada más.
Pasé de largo, algo avergonzado, pero la escena me hizo recordar cuando yo era así. 14 años atrás todo se veía de otro color, todo se vivía de otra forma, con la eternidad por delante, sin nada que planificar, sin vínculos genéticos de por medio, ni hipotecas ni raíces. Y de repente me sentí extrañamente solidarizado con esa pareja. Alguien debía decírselo. Alguien debía ponerles en otra perspectiva para que realmente pudiesen apreciar ese momento durante toda su vida. Alguien debía abrir sus ojos ante la realidad, actual y futura para facilitarles el paso a los 14 años sin traumas, con libertad. Y ese alguien era yo.
Así que di la vuelta, bajé de la bici, me acerqué al coche a pie y abrí la puerta dispuesto a abrazarles en señal de afecto y explicarles los secretos de la vida. Pero al verme, ella se puso a gritar mientras se tapaba con las manos y él me apuntó con su pene brillante y resbaladizo, sin otra arma con la que enfrentarse a ese hombre melenudo que acababa de entrar. Dios sabe que intenté hablar con ellos, pero una vez dentro del coche ellos no dejaban de moverse en un amasijo de carne sudada, rodillas codos, uñas y gritos ahogados. Finalmente lograron coordinar sus movimientos y me empujaron fuera del coche impulsándome con sus piernas, segundos antes de salir pitando con su coche.
Y allí me quedé, en el suelo, aturdido viendo como se alejaban, pero me quedó la certeza de que algún día, dentro de 14 años, me llegarían a comprender y recordarían este momento con cariño.



miércoles, 27 de junio de 2012

La culpa fué del cho-cho-cho.

Una carretera comarcal del sur de la provincia de Alicante. Un hombre a bordo de un camión cumpliendo con su deber con su familia y su sociedad, conduciendo durante horas para ganarse un trozo de pan para su mujer, un poco de leche para su hija y algunas miniaturas de plástico para si mismo. Un hombre honrado, fiel y servicial. Un hombre santo.
De pronto una figura femenina aparece en el horizonte, como un espejismo que le saluda y el hombre aminora la marcha por precaución. La mujer, tan real como el mismo asfalto tiene la piel negra como el carbón y brillante debido al sudor producido por el calor sofocante del verano, viste con un top ajustado y una falda cortísima, lo que delata su profesión, más antigua aún que la del transporte de mercancías.
La mujer negra de la carretera se le insinúa con un movimiento de caderas pero el hombre permanece imperturbable y decide proseguir su marcha, saludándola con un leve movimiento de cabeza a lo que ella, puede que un poco herida en su orgullo, decide exhibirse sin ningún decoro para mostrar aquello que está siendo rechazado.
Podría haberse subido el top. A nadie le molesta ver unos senos femeninos, por muy puritano que diga ser, pero no; La mujer decidió arremangarse la falda, bajo la cual no llevaba nada y mostrar su sexo desnudo al desprevenido camionero.
La visión es turbadora. Negro sobre negro. Más oscuro que la oscuridad, como un pozo que se abre al mismo corazón de la noche. Mil gatos negros nadando en alquitrán… Que más da. Nadie está preparado para eso.
La mente del hombre se nubla, se desvanece la realidad y por un momento desaparece la línea entre la carretera y el cielo. Un vehículo de 25 toneladas a la deriva, con su conductor boquiabierto y con las pupilas tan dilatadas que ante él sólo se extiende un mar de luz.
Invade el sentido contrario y el claxon de un coche le devuelve a su mundo, recupera el control y regresa a su carril mientras el conductor del turismo le insulta con sus dedos a través de la ventanilla. Pobre ignorante. Él jamás sabrá qué se siente al asomarse al abismo y regresar.
Señales como estas son las que faltan en nuestras carreteras

miércoles, 20 de junio de 2012

La dentista del pijama

La última vez que acudí a la consulta del dentista, me atendió una chica jovencita en pijama. Al principio pensé que era una loca que me iba a dejar la boca como el plato de restos de una mariscada, pero rápidamente mis temores se disiparon ante su evidente profesionalidad.
Y allí, indefenso cual bebé en su camita, pensé en que somos, de donde venimos y lo más importante: Qué parecemos. Y a pesar de que la presencia física nunca ha sido una de mis preocupaciones, quizás a causa de la edad que me va transformando, o de la gente que cada vez me ignora más, comienzo a preguntarme cómo soy.
Y me vi reflejado en los ojos negros de la dentista, con la boca abierta y babeando y quise decirle que yo no soy así normalmente, que no me juzgara por mis muelas, pero la proximidad de sus ojos no me daba posibilidad de mentir. Quise decirle que soy como a nadie le importa y que yo decido el no decidir sobre mi mismo, pero el ruido del aspirador no le habría dejado oírme. Quise demostrarle que lo importante no es el envoltorio sino el contenido, pero ella ya estaba asomada a mi más profundo interior. Y quise pasarle una mano por la espalda, bajo el pijama y acariciar su piel para demostrarle que todo podría haber sido distinto entre nosotros en otras circunstancias y otra coyuntura temporal, pero me dio miedo asustarla y que me clavara el taladro en el paladar.
Así que lo dejé correr, esperé hasta que terminó conmigo, nos dijimos adiós y me marché. Y cuando salí por la puerta me di cuenta de que ya jamás sabría lo que la dentista del pijama pensaría de mi.
Al final he cedido a las exigencias tecnológicas y me he comprado una de esas pantallas táctiles con las que puedes llamar por teléfono, escribir tonterías o navegar por Internet.
No está mal el invento, pero le veo un defecto.
Y es que a veces, viendo porno, me pasa que en el momento culminante de la visualización, toco con la punta la pantalla y me mete en la sección gay, terminando en la cara de algún imberbe hipermusculado y me siento raro.
Pero por lo demás bastante bien.

miércoles, 13 de junio de 2012

Una vez tuve una profesora que, con todos los respetos, era algo inútil y estaba claro que lo de la docencia no le venía de vocación y que en clase nos soltaba perlas como que la misión de los glóbulos rojos (que es la de transportar el oxigeno, creo) era la de dar color rojo a la sangre “Porque si no, nos haríamos un corte y al ser transparente no nos daríamos cuenta”. Yo era jovenzuelo y solía creerme a pies juntillas cualquier cosa salida de la boca de un mayor y más siendo profesor, pero eso no me cuadraba; Pensar que tenía la sangre llena de algo cuya única misión fuera algo tan ridículo, me hacía sentir como un error de la naturaleza. Pero la tía decía que si, que era eso porque era lo que venía en el libro de texto. Y lo más triste es que así era. Pero a lo que iba.
Esa misma profesora, como buena tutora de EGB nos impartía varias asignaturas, entre las cuales estaba la de ciencias naturales y la de religión. Por ello, la pobre mujer, se veía obligada a explicarnos la teoría de la evolución por las mañanas y la creación divina por las tardes, creando en nosotros, pobres niños crédulos, una fuerte sensación de mediomierdez ¿Quiénes somos? ¿De donde venimos? ¿Por qué es todo tan contradictorio?. Pero nadie se atrevía a replicarle por ser mayor, profesora, y en mi caso, por que todavía no había superado lo de mi relación con los glóbulos rojos.
Pero un buen día, un compañero valiente levantó la mano y se lo preguntó: “¿Pero entonces venimos del mono o de Adán y Eva?”. La profesora palideció, como si llevara cursos y cursos enteros temiendo que alguien le hiciera esa pregunta. Tragó saliva y recordó que era una profesional. Y sin perder un ápice de honor pronunció una frase que recordaré para siempre: “Es que Adán y Eva… eran monos”. Chupaos esta, niñatos.
Y luego dicen de mi pragmatismo.

jueves, 7 de junio de 2012

Un misterio bíblico

Esta semana vuelvo con otro fenomeno paraAnormal que lleva siglos fascinando a estudiosos y curiosos de todo el mundo. Como yo soy gente de bien, os lo expongo aquí para compartir inquietudes con vosotros, queridos lectores.

Según cuenta la biblia (Libro del Génesis capítulo 19 aproximadamente), hace un buen chorrón de años, en la ciudad de Gomorra aparecieron dos “ángeles”, muy altos y blanquitos de piel (recordemos que donde transcurre la Biblia la gente tiende a ser bajita, morena y barbuda), y que éstos acudieron a la puerta de Lot para comunicarle que la ciudad estaba llena de gentes corruptas y depravadas y que iba a ser destruida en breve, a excepción de él y su familia, que podrían marcharse a la próxima Soar. Pero sus vecinos se dieron cuenta de que algo raro pasaba y se presentaron ante la puerta de Lot con palos, cuchillos y hoces para acabar con los “ángeles” y así evitar la destrucción de su ciudad. Lot, desesperado, ofreció a sus dos hijas vírgenes a la muchedumbre, para que hicieran con ellas lo que quisieran pero dejaran en paz a los “angeles” (eso es un padre y lo demás tonterías); Pero éstos aparecieron de repente, cegaron a los enfurecidos ciudadanos y lograron que Lot, su mujer y sus hijas huyeran hacia el monte.
Cuando ya estaban a salvo, una lluvia de azufre, fuego y mal rollo destruyó Sodoma y Gomorra y la esposa de Lot, al ver tal espectáculo quedó convertida en una estatua de sal. Se dice que Lot quedó tan traumatizado que cuando vio la ciudad de Soar, no se atrevió a entrar en ella por miedo a que reventara como las otras y decidió quedarse a vivir en el monte con sus hijas, en plan ermitaños.
Los años pasaban comiendo raíces y cazando conejos y a medida que Lot envejecía sus hijas, que deseaban ser madres veían como se les pasaba el arroz y por ello se les ocurrió la brillantez de emborrachar a su padre y fecundarse con él. Creo que esta parte no aparece en la versión infantil e incluso en la de adultos no especifica cómo se dejó emborrachar o cuantos intentos hicieron falta para lograr los dos embarazos. En cualquier caso, Lot no se dio cuenta de nada (al fin y al cabo llevaba ya muchos años a base de conejos) y no le extrañó ver a sus dos hijas vírgenes embarazadas de repente. Y así, con esa alegría, pasó sus días.


-Seguid vosotros, seguid, que nunca he visto explotar una ciuda... agh!

Esta historia, aparte de parecer una película rara de Jesús Franco, ha creado un gran debate entre los “expertos” en el tema. Unos dicen que si, que todo lo que dice la Biblia es cierto y que los tios blanquitos eran ángeles. Otros apuntan a que fueron extraterrestres haciendo experimentos, como siempre, en nuestro planeta. Y otros incluso afirman que se trataba de rusos llegados del futuro con una máquina del tiempo para probar su armamento nuclear sin que se enteraran los americanos. Pero la verdad verdadera quedará oculta para siempre tras la cortina inamovible del tiempo. Pero que mas da. Estoy seguro que tras leer lo de las hijas violando a su propio padre ya ni os acordabais de los ángeles ni sus explosiones.