lunes, 25 de abril de 2016

Me cago en... los deportistas pasivos.



Normalmente intento escribir desde el sentido del humor y tratando de no alterarme demasiado por los temas que trato en el blog; pero es que con esto no puedo, no puedo, NO PUEDO; y con “esto” me refiero a la gente que dice gustarle el deporte pero luego solo lo ve por la tele.

Vamos a ver: Entiendo (que no comparto) que a la peña le guste el deporte. Hay quien debido a sus incapacidades intelectuales debe compensar esas carencias realizando ejercicio físico, y eso es respetable en cierto modo. Pero cuando alguien afirma que le apasiona un deporte pero no lo practica porque lo que le gusta es ver como lo practican los demás… ¿Eso cómo se come? Ver el fútbol por la tele es como alquilarse una porno y no masturbarse; es como ir al circo y marcharse antes de que salgan los leones; es como apuntarse a un salto de puenting y hacerse caca durante la bajada; es como… Como ser tonto.

Dicen los antropólogos que la afición por el deporte viene de la época en la que los hombres (y digo hombres) tenían que salir a cazar para sobrevivir. Teniendo en cuenta esto podemos deducir que: 1; yo me habría quedado en la cueva planchando los taparrabos a los cazadores y 2; todos los que ahora ven deporte en la tele se habrían dejado morir de hambre. No tiene sentido.

Y que conste que no tengo nada en contra de nadie, pero es que a veces pienso que todo el mundo es idiota menos yo. Cada vez que veo salir a un gordo del Decathlon; cada vez que veo una bicicleta estática llena de polvo en casa de un conocido; cada vez que veo a alguien con zapatillas deportivas en un restaurante… El amor por el deporte está en el aire, pero nadie parece tener huevos para practicarlo y tal conducta oligofrénica ha terminado por normalizarse y no solo eso, convertirse en lo “normal”. Creedme. Cada vez que alguien dice “no me gusta el fútbol”, en algún lugar del mundo un deportista se lesiona.

Nota: Aunque el tono de la entrada generaliza a todos los deportes, existen algunas excepciones que SI merece la pena verlos por la tele como por ejemplo, el vóley playa femenino.



lunes, 18 de abril de 2016

Gusanos (Paternidad 42)



En la vida algunas cosas pasan porque las elegimos, mientras que otras vienen porque sí, porque toca; etapas lo llaman; y todos debemos atravesarlas con mayor o menor éxito para seguir adelante. Lo malo es que cuando tienes hijos algunas toca repetirlas, y algunas veces no lo hacemos con el éxito que deberíamos. Pero voy al grano.

Hay una franja de edad, a principios de primaria, en la que llega a clase un niño con una caja de zapatos llena de agujeros y muestra con orgullo a sus compañeros, un montón de gusanos de seda ocultos entre hojas de morera. Y por algún motivo que en su día no alcancé a comprender (y ahora tampoco), todos los críos se muestran fascinados por ellos y quieren tener su propia caja. Llamadme maniático, pero siempre he pensado que los gusanos, aun siendo seres necesarios para el equilibrio biológico del mundo, no deberían tener demasiado contacto con los seres humanos, o si no… ¿Por qué nos habría hecho dios tan distintos? Por no hablar de la necesidad de ir trepando moreras por ahí en busca de hojas o ese olor raro cuando alguien te abría la caja en la cara para que admiraras a sus gusanos. Y es por todo ello que en su día, supe decir que no a los gusanos, a pesar de eso que decían que el primero era gratis y tal.

Pero el otro día estando yo sentado cómodamente en la seguridad económico-social de mi sofá, vi aparecer a mi hija (la mayor) con una caja de zapatos de Dora la Exploradora llena de agujeros. Y pensé “Ups”. Y me levanté de un salto dispuesto a decir algo que alejara a esa caja de mí, cuando ella se adelantó con algo que seguramente llevaría ensayado de antes: “Papá, traigo una mascota de la que no te tienes que encargar de ponerle comida ni limpiarle las cacas”. Y lo cierto es que no me convenció, pero tampoco pude decirle nada. Y ahí la tengo, al lado de la tele. Una caja llena de gusanos. Qué asco, por favor.


martes, 12 de abril de 2016

La saga de El Padre (Introducción)




El taxista se revolvió sobre sí mismo y escupió sangre sobre el sucio suelo del callejón. Después miró hacia arriba, donde la silueta de El Padre estaba recortada contra las luces del taxi que bloqueaba la entrada.
- Dime quien fue. –Le preguntó al taxista.
-Nunca vas a saberlo, idiota. –Respondió con cierta bravuconería el taxista, a pesar de su situación.
-¿Vas a obligarme a sacarte las palabras a la fuerza? –Dijo El Padre dando un paso al frente.
El taxista trató de retroceder, pero su cuerpo magullado le impidió alejarse más allá de un par de pasos. Pero su cerebro, alterado por el estrés, funcionaba a toda velocidad, recordando cómo había llegado allí.

Había subido a ese hombre extraño en una céntrica avenida. Parecía un padre de familia normal, alto, fuerte, pero de mirada triste. Trató de entablar conversación con él pero de nada sirvió; estaba obnubilado y solo sabía darle indicaciones que le fueron alejando del centro y meterse en uno de esos barrios por los que le gustaba tan poco conducir. Finalmente se detuvieron y cuando fue a pedirle el importe de la carrera, con una sola mano le agarró del pecho y le sacó fuera del taxi, arrojándolo en el callejón. Al principio trató de pelear, pero fue en vano; era un tipo duro de verdad. El Padre se presentó y le explicó su historia: Por lo visto acababa de descubrir que su hijo no era suyo sino de un taxista, y estaba bastante cabreado por haber tenido que mantenerle todos esos años y haber tenido que aguantar innecesariamente a su mujer, que por lo visto estaba algo trastornada. Ese sería el resumen.

-Ya te he dicho que yo no sé nada, gilipollas. ¿Cómo voy a saber quién se tiró a tu mujer? Los taxistas no nos contamos estas cosas.
-Debe de haber un registro en algún lugar. Dime dónde puedo encontrar esa información y te dejaré en paz.
-¿Registro? Debes ser imbécil. Nadie nunca te dirá como llegar hasta él. Da igual qué… -Pero un puntapié en las costillas cortó la frase del taxista.
-Me lo vas a decir. –Dijo El Padre con calma. –Por las malas o por las peores me lo vas a decir.
La mirada fría de El Padre congeló el corazón del taxista, que se estremeció y se derrumbó, obligándole a confesar.
-De acuerdo… -Titubeó. –Hay alguien… Alguien que controla todos los taxis de la ciudad. Él sabrá…
-¡Habla de una vez!
-Su nombre es… es…
El rostro del taxista se convulsionó en una mueca extraña, lanzó un grito ahogado y su cabeza estalló como si alguien le hubiese metido una pequeña bomba en el cráneo. El padre observó la escena sin alterarse. Sabía qué había pasado. Podía reconocer el dim mak, el golpe de la palma temblorosa; una técnica ancestral que permite “marcar” a alguien y matarle cuando éste va a realizar algo prohibido por el ejecutor. Algo como revelar su nombre. Pero la misma técnica había revelado a El Padre quién estaba detrás de todo eso. Solo un hombre en toda la ciudad era capaz de dominar el dim mak, y sabía dónde encontrarle. Solo era cuestión de tiempo.

Continuará…

martes, 5 de abril de 2016

Consultorio del Dr. Testículo (y van 13)



Otro lector con problemas ha acudido a este blog con la intención de ser ayudado y como no, el Equipo Testicular nos hemos puesto a trabajar para encontrar una solución a su inusual problema. Ahí va su mensaje:

Hola Dr. Testículo, soy una mierda.
Tengo un problema bastante grave y no sé cómo salir de él, por eso acudo a su sabiduría para ponerle fin. Le cuento:
Estas navidades asistí a la cena de empresa de mi nuevo trabajo; no suelo asistir a esos eventos, pues me parecen hipócritas y falsos, pero como apenas llevaba unos días trabajando allí, hice una excepción. A la hora de la cena nos dieron a elegir carne o pescado y yo me decanté por la carne, lo que fue mi gran error y la base de mi problema. Cuando llevaba medio plato comido me metí en la boca un trozo excesivamente grande y bastante correoso y se me hizo bola, viéndome incapaz de tragármelo. Me pareció de muy mala educación escupirlo delante de mis nuevos compañeros, así como irme al baño recién empezada la cena, por lo que opté por seguir masticando de forma indefinida hasta acabar con él. Pero no resultaba fácil. Pasé los postres, el baile y la barra libre masticando la bola y cada vez me parecía más inadecuado escupirla, ya que por otro lado, la velada estaba saliendo muy bien. Cuando llegué a mi casa vi el momento oportuno, pero al día siguiente había quedado con ellos para una minireunión y me di cuenta de que si acudía sin la bola se percatarían de que la noche antes había pasado un apuro, así que me presenté masticando y no llamé la atención.
El caso es que acabamos de pasar semana santa y sigo masticando la misma bola de carne y ya no sé qué hacer. Dar marcha atrás me parece una locura ya que tanto yo como mi entorno nos hemos acostumbrado a ella. Y esta es mi duda: ¿Debería escupirla o quedarme con ella?
Gracias. Gervasio.

Amigo Gervasio:
El tuyo es un problema relativamente común, y puedo asegurarte que has tomado la decisión adecuada hasta el momento. Cuando uno renuncia a algo, hace evidente que ese algo existe, y ello puede traer funestas consecuencias. Ahora tus compañeros de trabajo te ven como a uno más mientras masticas la bola, pero si apareces sin ella se darán cuenta de que llevas más de tres meses masticando el mismo trozo de carne y te verán como alguien indeciso y sin fuerza de voluntad. Y no queremos que pase eso. Por eso te aconsejo que te la quedes, que la mastiques con orgullo y demuestres así al mundo que eres el dueño de tus propios actos. Créeme Gervasio, que esta bola te convierte en mejor persona. No renuncies a ella jamás.

Y así, con la satisfacción del deber cumplido, despedimos la sección hasta nuevo aviso. Recordad enviar vuestros problemas a capdemut@gmail.com con el encabezado “Dr. Testículo, soy una mierda” y lo valoraremos. Gracias por pasaros por aquí.

miércoles, 30 de marzo de 2016

De VHSs y golpes en la cabeza





Mi abuelo era un hombre de campo: Práctico, simplón y sabio dentro de su radio de acción. No le gustaban los rodeos ni las tonterías; él quería las cosas claras y medio vasito de vino para comer y cualquier otra cosa le enfurecía y no dudaba en utilizar la violencia física. Por eso a nuestra casa ni se acercaban los testigos de jehová ni los vendedores de enciclopedias. Y como no podía ser de otra forma, la tecnología (estamos hablando de los años 80) le parecía, cuanto menos, brujería. ¿Cómo iba a entender el hombre cosas sobre tubos de rayos catódicos, pudiendo creer que la tele era magia? Y entonces llegó a nuestra casa el video. “Vidrio” como lo llamaba él.

El “vidrio”, y lo voy a explicar para los más jóvenes por si acaso, era un aparatejo que funcionaba con unas cintas de casete grandotas y que servía tanto para ver pelis cual DVD o bluray moderno como para grabar programas de la tele y verlos después. Además, incluía una opción de programado que solía ser tan compleja, que aquellos que lo lograban se convertían en leyendas vivientes de la electrónica. Pero no sigo por ahí, que de esto va a ir la entrada.

Situémonos: Una casa en los ochenta, un abuelo capaz de arrancar un árbol de cuajo con sus manos desnudas y un aparato de incomprensible funcionamiento para él al lado de una tele que funciona con magia. ¿Si? Voy a seguir.

En esa época el manual de instrucciones del video estaba siempre encima de la mesa, y mi abuelo pasaba las horas muertas leyéndolo. No entendía nada. Cero. Pero él lo leía con interés, como si en lo más hondo de su ser, pensara que todo eso tenía cierta utilidad. Yo, por mi parte, con gran habilidad y conocimiento, había grabado una peli de Bud Spencer y Terence Hill en una cinta y encima de las escenas en las que no se daban de tortas, había regrabado escenas de tetas de pelis de Esteso y Pajares. Sí, señoras y señores; yo creé la cinta perfecta. Es por ello que cuando yo estaba por casa, mi abuelo sonreía, dejaba las instrucciones encima de la mesa y me decía eso de “Ponme la del vidrio”. Y pasábamos un rato juntos frente a la tele.

Pero un día pasó algo raro. Mi abuelo, que ya estaba algo mayor, resbaló en el escalón que entraba al almacén y se golpeó la cabeza contra el canto del congelador, quedando en estado de shock en el suelo. Corrimos a socorrerle y cuando recuperó la consciencia me miró y me dijo: “¿Sabías que VHS significa Video Home System?” Y a partir de ese momento todo se volvió raro. Limpió los cabezales, ya que según él eso mejoraría el visionado de las cintas, hablaba sobre bobinas, sistemas extractores y lo más sorprendente de todo: Aprendió a programar el Video Home System ese. “Es muy fácil –Me decía –Solo tienes que ponerlo en hora, dejar apretado el botón REC cinco segundos y cuando el panel parpadee, programar la hora de grabación mientras das tres volteretas laterales. Luego le das al botón PAUSE y se oirá un zumbido y…” Yo no entendía nada y la única explicación plausible para mí era que debido al golpe en la cabeza, toda la información leída del manual de instrucciones había cobrado significado para él y ahora era una especie de maestro del VHS.

Reconozco que fueron tiempos felices. Desconcertantes pero felices. Hasta que un día… Un resbalón tonto en la escalera del almacén, un cabezazo en el depósito del calentador y cuando el buen hombre volvió en si me dijo: “Ponme la del vidrio” y todo volvió a la normalidad.