He llegado a una edad en la que de tanto vivir, algunas casualidades
se han convertido en leyes universales, el ensayo y error en una
certeza científica y cosas como la mala suerte o las energías
cósmicas en algo tan real y tangible como el bocadillo de mortadela
que me estoy comiendo ahora mismo. Llamadme loco, soñador o
simplemente viejo excéntrico, pero tengo pruebas de ello y ahora os
las voy a relatar.
Resulta
que desde hace un tiempo no era capaz de levantar cabeza. Por algún
motivo indeterminado, cada vez que me proponía hacer las cosas de
otra manera, tomarme mi trabajo como algo menos humillante o
simplemente sacar buenas tiradas en el warhammer, me estrellaba
contra un muro virtual de hormigón galáctico y al caerme al suelo
sentía como el pie de dios me mantenía la cabeza aplastada contra
el barro. Esto último es una metáfora, por supuesto, así que solo
haceos una idea. Una mala racha decía, que
me tenía hundido anímicamente, hastiado y cansado de este potaje
grumoso que algunos llaman vida.
Entonces fue cuando
por motivos intrínsecos a mi trabajo de telefonista tuve que subir a
consultas a trasmitir un mensaje a una de las doctoras del centro y
ésta, al verme entrar en su consulta arrastrando los pies, con la
frente pegada al pecho y los brazos colgando inertes a mis costados,
llegó a la conclusión de que algo raro me pasaba. Conozco bien las
jerarquías del gremio de sanidad, y por lo general me cuido de
hablar a título personal con alguien de rango superior a un auxiliar
de enfermería, pero la chica me pilló en un mal momento y le
expliqué eso del muro cósmico pero de otra manera. Le dije que no
podía más, que estaba harto de usuarios exaltados y agresivos, de
compañeros exigentes, de doctores soberbios y de no ganar nunca la
iniciativa al enfrentarme a marines espaciales; le pregunté si al
eutanasia era legal en España, si me la podía poner allí mismo y
que arrojasen mi cuerpo a las gaviotas del puerto. La chica, entiendo
que por buena praxis profesional y por simple y llana experiencia
tratando con otros seres humanos, entendió mi estado y se apiadó de
mi alma, encontrando la forma de romper mi mala suerte, quizás
involuntariamente, pero vaya si lo hizo.
A
la mañana siguiente entré en el centro arrastrándome por el suelo
como un gusano, repté a mi silla y cuando fui a encender el
ordenador descubrí que alguien me había dejado un pequeño regalo
en mi parte de mostrador. Una planta de esas colganderas envuelta en
papel de colores y una nota de ánimo firmada por la doctora y su
residente, testigo involuntaria de la escena del día anterior. Y
ahora es cuando reconozco que yo, antiguamente un camionero tan duro
como el mármol que transportaba, me emocioné. Esa pequeña muestra
de buena voluntad y
empatía hacia alguien que hasta ese
momento era el último monicaco allí, me dio fuerzas, me hizo sentir
bien, vivo de nuevo, y un rayo de luz iluminó mi arrugada frente,
convirtiéndome por unos instantes en un ser de luz inmaculado. Y a
partir de ahí todo fue bien.
Ese
día despaché a los usuarios con eficiencia y elegancia, volví a
ser una persona alegre que hace chistes de la nada y siempre tiene
una ironía afilada en la manga. Alguien trajo galletas de pistacho y
las muestras de cariño y cordialidad
surgieron espontáneamente durante toda la jornada. Al terminar,
agradecí a todo el mundo su colaboración involuntaria en el buen
resultado del día y me dirigí a mi coche para ir a pasar la ITV,
que justo tocaba ese día, pero al subirme en él descubrí que unas
gaviotas habían defecado en el cristal parabrisas. Maldije a esos
bichos voladores que suponía enfadados por haber perdido el bocado
que les había prometido el día anterior, y cuando fui a limpiar el
cristal descubrí que no me quedaba líquido limpiaparabrisas. Y
entonces lo comprendí todo.
Las gaviotas habían
hecho caca en mi cristal no por rabia hacia mi, si no para avisarme
de que no podía ir a la ITV sin líquido. Esas gaviotas eran
instrumentos vivos de un universo que había decidido, debido al giro
inesperado del destino que había propiciado el regalo de la doctora,
que era hora de compensar mi larga racha de mala suerte y ahora todo
debía ir como la seda. Y vaya si lo fue. Vaya. Si. Lo. Puto fue.
Llegué a la ITV
derrapando y tocando el claxon como un energúmeno, me colé en la
fila para pagar y cuando iba a meterme en el túnel de revisiones
ese, el chico encargado de tal tarea se acercó a mi algo asustado,
cosa que me sorprendió ya que él y yo tenemos cierta amistad desde
hace unos años.
-¡Vete ahora que
puedes y pásate otro día! -me dijo con un susurro exaltado.
-¿Por qué? -le
respondí yo muy tranquilo.
-Porque hoy está
aquí el inspector jefe, encargado de supervisar a los iteuveros y
eso significa que hoy las revisiones van a ser mucho más exhaustivas
y metódicas que de costumbre.
Entonces le expliqué
al chaval lo de la planta, las gaviotas y que su inspector jefe podía
venir a comerme los huevos, y aunque él no pareció muy convencido,
me hizo pasar.
Decir exhaustiva era
quedarse corto. Miraron cada rayita de los neumáticos, las
homologaciones de los retrovisores (incluido el interior), la
temperatura de los manguitos, la inclinación de los asientos y la
vibración de la antena de la radio, pero nada, ni un fallo, todo
perfecto.
El inspector jefe no
podía dar crédito a que un coche tan sucio y conducido por un tipo
tan desharrapado como yo estuviera prefecto y no dejaba de revisar
papeles y papeles en busca del error, pero no. El cosmos estaba de mi
lado. El universo me debía una y en esos momentos nadie podía
hacerme sombra ni medirse el pito conmigo.
Cuando se convenció
de que no había nada que hacer me dejaron marchar, no sin antes
equivocarse dándome una pegatina del año siguiente al que
correspondía y dejando caer su cartera llena de billetes en mi
asiento. Para despedirme de él le escupí en los zapatos y me metí
en la autovía para regresar a casa, aunque algo desvió mi rumbo. A
lo lejos nubes negras anunciaban tormenta y múltiples rayos parecían
querer indicar que era una de las gordas. La más gorda quizás. Y
mientras que otros conductores cambiaban su dirección para huir del
maelstrom, yo bajé las ventanillas, subí el volumen del radiocasete
y me lancé al interior del tornado para desafiar, quizás por última
vez, a mi destino.