No me
gusta el café. Lo confieso sin reparos ni manías. No me gusta nada pero nada el
café. Me parece un líquido amargo y nauseabundo que hay que acompañar de azúcar
que es malo para la salud y leche, que también, para ocultar su verdadero
sabor, que aun y así se delata al primer sorbo y te acompaña ya durante todo el
(puto) día. Y aclarado este matiz de mi persona, paso al relatar lo acaecido
hoy.
Acababa
de cargar mi camión y me hallaba sentado en una sillita de plástico en una
especie de sala de espera de unas oficinas de esas modernas con secretarias
sexys e hilo musical. Como parecía que la cosa iba para largo, decidí mirar a
mi alrededor (normalmente tengo la mirada fija hacia adelante y el semblante
alegre de una estatua de la Isla de Pascua), fijándome en que en una mesita
había una especie de cafetera; y digo “una especie” porque a pesar de que no
estoy familiarizado con esos cacharros, parecía una de esas de diseño a las que
hay que meterles cápsulas y con las que incluso un tipo cansado de vivir como
Jorge Clúni puede ligar con chavalitas jóvenes y lozanas; pero vamos que me
pierdo. Estaba mirando la cafetera extraña, sus cápsulas y lo que parecían ser
unos altavoces (o espiquers, como los llaman los modernillos) cuando decidí
volver a mi silla, momento en el cual una especie de lucecita roja se encendió
en el aparato, el cual comenzó a elevarse con un misteriosos zumbido como del
futuro y se dirigió hacia la ventana abierta mientras una vocecilla
robótica repetía algo así como “No le
gusta el café. No le gusta el café. Hay que informar a la Cabeza Gigante.”
Cuando
me llamaron para firmar los papeles noté algo raro en la secretaria; sus ojos
parecían vacíos, su sonrisa demasiado rígida y me hablaba de una forma que
nunca me había hablado una mujer: Educadamente. Así que me hice con los papeles
y salí de allí pitando, en parte por lo inquietante de la escena vivida pero
sobre todo por el hecho de no saber cómo explicar que su cafetera había salido
volando si me lo preguntaba alguien.
El
camión arrancó a la primera, al contrario de lo que sucede en las pelis de
miedo, cosa que me tranquilizó bastante. Por un momento pensé que podría seguir
con mi vida como si nada, hasta que me topé con el viejo extraño.
El
viejo extraño.
El
viejo extraño (¿A que nunca habíais leído esta frase tres veces seguidas? Pues
cuidado porque ahora igual se os aparece) se plantó de repente ante mí,
cubierto con una gabardina oscura como esas que llevan los exhibicionistas y me
hizo parar. Abrí mi caja de seguridad donde guardo la llave inglesa con pinchos
por si me topo con algún loco y bajé. El viejo parecía nervioso y me habló sin
perder el tiempo.
-Lo
sabes… ¿Verdad? –Me dijo sin dejar de mirar a los lados continuamente.
-¿Si sé
qué? –Le respondí, dejando claro que no sabía si lo sabía o no.
-Lo de
los extraterrestres. –Me explicó. –Dominan a la raza humana a través del café.
Controlan nuestras mentes, nos vuelven adictos a esa sustancia y anulan
nuestras voluntades.
-Ah.
–Le dije yo tratando de aparentar sorpresa. -¿Por eso volaba esa cafetera?
-Escúchame
bien, joven… Tu eres de los pocos que pueden ver. Tu eres el elegido que hemos
estado esperando. De ti hablan las profecías. Tu eres “El que nunca beberá café
y nos salvará de la amenaza”… Tu eres el…
-Un
momento. –Le interrumpí. -¿Por qué yo? Voy camino de los cuarenta, tengo dos
hijas, trabajo muchas horas… ¿No había un elegido más joven?
Noooo…
-Me dijo con un susurro. –Los jóvenes son tontos y no se enteran. Escriben
“haber” en lugar de “a ver” y solo piensan en fiestas y en mojar el churro. Tú
debes ser el elegido.
-Muy
bien. Vale. ¿Y qué tengo que hacer?
-Ooohhh…
-Dijo así como con solemnidad. –Tienes una dura tarea frente a ti; un duro
camino; deberás sacrificar muchas cosas para conseguir la meta y liberar a la
humanidad de la esclavitud de la Gran Cabeza y sus secuaces. Deberás conocer el
sufrimiento, el dolor, las carencias y ponerte a prueba tu mismo para…
Y allí
se quedó el viejo extraño, gesticulando como un loco y con la palabra en la
boca mientras yo conducía hasta la cafetería más cercana y pedía un café doble
bien cargadito. Menuda trabajina me estaba buscando el viejo, como si yo no
tuviera suficiente con mi vida como para ir salvando mundos y meterme en más
problemas.
Y ahora
que estamos en confianza os digo una cosa: Ser un esclavo de la Gran cabeza no
es muy diferente a ser autónomo en España.
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Solución: El ovni-cafetera de ahí atrás, por supuesto. |
Amo el café.
ResponderEliminarYa somos dos; yo soy de los que lo muelo (casi)todos los días para que esté aún más bueno y me lo tomo sin azúcar.
Eliminar¡Mierda! Contesté a tu mensaje antes de saber que eras mi némesis. Mi nueva respuesta es; ¡bah, el café es de perdedores! Yo solo tomo te japonés y siempre siguiendo fielmente la ceremonia...
EliminarPD: Si me perdonas y ya no eres mi némesis retiro mi comentario.
Por lo del café recién molido puedes llegar a ser el amor de mi vida...
EliminarMola la historia J. Hay que ver lo que hay que hacer para que te tomes un café de vez en cuando. Eso sí, el minijuego ha sido demasiado fácil.
ResponderEliminarPD: ¿Se parecía la cafetera aquella al casco de Kylo Ren? Por que yo he visto algunas en tiendas clavaditas... ¿Será La Nueva Orden el Gran Cerebro del que te hablaba el viejo? ¿Se parecía a Alex Guinnes?
Lo siento pero no sé quien es Kylo Ren, ni el Gran cerebro ni Alex Guiness...
ResponderEliminarJoder, todo lo demás lo puedo entender, pero lo de Alec Guinness me parece increíble...
EliminarOdio el café, no así su olor que es muy sugestivo, pero lo tomo para intentar mantener algo de lucidez en mi confuso cerebro adormilado. Pero como podéis ver, no lo consigo
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