Cuatro de la madrugada en la guardia de urgencias del hospital. La noche está siendo tranquila, así que nos permitimos turnarnos para descansar, pero yo aprovecho ese tiempo para escabullirme entre las sombras y cambiar mi blanco uniforme de sanitario por el negro traje de ninja. Y es que esta noche tengo una misión, y mi tiempo para cumplirla es limitado.
Amparado por las sombras de los pasillos secundarios avanzo a hurtadillas en busca de la puerta que conecta con el edificio principal. Es fácil evitar a los celadores pues la mayoría son medio idiotas, pero el personal de seguridad suele estar alerta. Pero como era de prever, llevo semanas estudiando sus rutinas, sus guardias, la posición de las cámaras y sus películas favoritas, este último dato irrelevante para mi misión pero muy útil para sacarles conversación en situaciones más cotidianas. Llego sin problemas a la puerta, pulso el código de acceso y me dirijo raudo hacia las escaleras.
Una persona normal apenas podría controlar su respiración tras subir ocho pisos del tirón, pero mi entrenamiento especial me permite hacerlo sin alterar mi frecuencia cardíaca ni aumentar mi temperatura corporal, lo que no hace saltar los detectores térmicos. Una vez en la planta de pediatría, entro en el pasillo y me dirijo hacia mi objetivo.
El lugar está casi a oscuras y solo se oyen los ronquidos de algún padre que duerme en uno de esos horribles sillones para los acompañantes y el televisor del control de enfermería, donde un par de trabajadoras de guardia ven la teletienda. Paso bajo el mostrador dando una voltereta y me planto ante aquello que me ha traído aquí: La estantería de libros donados por la beneficencia.
Y es que en casi todos los hospitales hay bancos de libros que van rotando y pasando de mano en mano hasta que terminan desintegrándose. Pero en la planta infantil se reúnen cuentos, coloreables y de vez en cuando aparece alguna joya como la que vislumbré de reojo el otro día y supe que debía estar en mi colección y no en ese lugar donde no solo no van a apreciar du valor sino que puede que termine maltratado: Un ejemplar del librojuego Multiaventura ilustrado por el maestro Alfonso Azpiri.
No tardo en encontrarlo y lo extraigo con suavidad. “Se acabaron los tiempos de ser manoseado por niños con las manos sucias de galleta, precioso. Es hora de que permanezcas resguardado en una estantería hasta el fin de los tiempos” le susurro, pero justo en ese momento una luz se enciende y veo la figura de un celador en el extremo del pasillo por donde debía marcharme. Le conozco perfectamente y sé que podría tumbarle sin problema con una patada voladora en el cuello, pero no deja de ser un compañero que si se va de baja seguro que no lo van a sustituir adoleciendo causas económicas y lego tenemos que trabajar más los demás, así que decido huir en dirección contraria en busca de la escalera de mantenimiento.
Suenan las alarmas y todo el hospital parece agitarse como una bestia a la que le han perturbado el sueño. Llego a la escalera secundaria justo cuando las enfermeras salen de su cubículo y me señalan con sus dedos. “¡Ahí está, el ladrón de libros!”. Y es que no es la primera vez que me veo obligado a realizar esta arriesgada operación, debo confesarlo.
Pero para mi desgracia y horror, al llegar a la segunda escalera me topo de frente con un guardia de seguridad que ya subía girando su porra a toda velocidad con la esperanza de darme, supongo, y me veo obligado a girar sobre mi mismo y buscar el único lugar por el que escapar: La ventana.
Salto al vacío rodeado de cristalitos que reflejan la luz de la luna y me acompañan en mi caída de ocho pisos hacia lo que sería una muerte segura para cualquiera sin mi entrenamiento, pero al verme obligado a proteger el libro de los cristales, no soy capaz de maniobrar en el aire de la forma adecuada y lo que debería haber sido un suave descenso aferrándome a cables y tuberías se convierte en una atropellada caída rebotando entre salientes y aires acondicionados, hasta que me estrello de espaldas sobre unos arbustos que quedan reducidos a paja.
Me permito descansar un par de segundos para recuperar la visión y me levanto tratando de ignorar el dolor que recorre todo mi sistema nervioso. Los guardias de seguridad tardarán un poco en llegar, así que vuelvo a ponerme mi impoluto uniforme blanco y entro como si nada por la puerta de urgencias, donde mi compañera me mira extrañada.
-Tienes mala cara -me dice. -¿De donde vienes?
-He salido a fumar.
-Pero si tú no fumas...
-Ya. Por eso lo de la mala cara.
Me quedan diez minutos de descanso, así que entro en mi cuarto, escondo el libro en mi mochila y me siento un momento. Noto que mi fémur asoma por entre las costillas, de ahí el dolor en el costado y la ligera cojera. Pero me da igual. Un pequeño precio a pagar por una gran recompensa.

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