sábado, 20 de febrero de 2021

Kings in time, escena 7: La carta

 


Alfredo tenía tan solo veintinueve años, aunque ese “solo” es relativo a la edad de quien le mirara; era guapo, alto, tenía mucho pelo y un trabajo que le gustaba. Caminaba por las calles como si fuera el rey del mundo, llamando a los timbres que le placía y entrando en las casas que quería… Y a veces también en las mujeres que le abrían, pero eso sería otra historia. Y es que Alfredo era cartero, o auxiliar técnico de clasificación y reparto, como a él le gustaba llamarlo. Tenía tan solo veintinueve años y era feliz. Hasta que al pasar junto a un callejón alguien le atrapó por la espalda, le colocó una gasa con cloroformo en la cara y todo su mundo de reparto de cartas, bellas damas en albornoz invitándole a entrar por la puerta principal (o la de atrás en ocasiones) y gorras amarillas, se desvaneció.

El Agente Especial Supletorio se vistió con el uniforme de Alfredo, se hizo con su bolsa de correo y dejó a éste tirado en el suelo, envuelto en una manta raída y con una botella de whisky barato en la mano. Después deslizó la carta escrita por Sultán junto al resto de correo y emprendió el paso directamente hacia la vivienda de los tres extranjeros.

La primera parte de la misión que consistía en meter la carta en el buzón sin levantar sospechas se realizó ajena a incidentes. Luego regresó al callejón, volvió a vestir a Alfredo, le despertó de un bofetón y desapareció para no volver a ser visto, al menos en este relato. Saltó de la página con la esperanza de que quizás Carlos Ruiz Zafón* necesitara algún agente especial supletorio en alguna de sus novelas.

Cuando Alfredo volvió en sí, se encontró mal vestido y borracho en el callejón, con el correo sin repartir y casi una hora de retraso. No entendió qué había pasado pero le dio absolutamente igual porque era un funcionario del estado** y no podían echarle a la calle. Por eso reemprendió su camino sin perder un ápice de su felicidad.

Cuando Cheng, a quien ahora ya podemos llamar Melchor de nuevo llegó a casa abrió el buzón y entre publicidades y facturas que iban a ir directas a manos de Hassan, Gaspar a partir de ahora, encontró una curiosa misiva sin sello dirigida a los tres… En sus nombres originales. Lleno de curiosidad la abrió y descubrió que ésta era una citación privada en una dirección desconocida en las afueras de la ciudad. Firmada por “un viejo enemigo”, todo presagiaba que se trataba de una trampa mortal por lo que Melchor se guardó la carta en un bolsillo y se dirigió solo a la extraña cita.

*En el momento de escribir este relato el señor Zafon seguía con vida.

**En el momento de escribir este relato, los carteros eran funcionarios, o quizás ya no, pero yo no lo sabía.

sábado, 13 de febrero de 2021

Kings in time, escena 6: El geranio.

 

A la tarde siguiente Sam paseaba camino de la panadería. No se consideraba una persona especialmente vulnerable en lo que a adicciones se refería, de hecho llevaba una vida muy sana, pero le perdía la repostería tradicional. Nada de bollos embolsados ni pastas saturadas de azúcar. Lo suyo era la artesanía dulce. Por eso acudía a una panadería que estaba en la otra punta de la ciudad ya que allí se cocinaban las delicias más deliciosas en varios cientos de kilómetros a la redonda. Además de que la repostera era una de las mujeres más bellas que Sam hubiera conocido y eso, teniendo en cuenta su dilatada carrera en el cine de adultos, era decir mucho. Pero ese día no iba a ser un paseo normal.

Justo detrás de Sam caminaba un hombre extraño, misterioso, enigmático, espectral, intrigante, tenebroso, inescrutable…

El Agente Especial, que era así como se daba a conocer el perseguidor de Sam, caminaba detrás de él esperando el momento perfecto para atacar. En sus amplios bolsillos llevaba un algodón empapado con cloroformo, una jeringuilla con un suero paralizante, bridas, esposas y otros instrumentos de secuestro express; cerca de él, un vehículo misterioso avanzaba despacio, dispuesto a evacuar a secuestrado y secuestrador en el momento oportuno.

Repentinamente y sin previo aviso Sam se apartó de la calle principal para meterse en un callejón estrecho y poco transitado. El Agente Especial sonrió para sus adentros ya que sonreír para afuera no era algo propio de un profesional como él, y entró en el callejón dispuesto a abalanzarse sobre el desprevenido hombre. Pero cuando giró la esquina Sam no estaba allí. Tras el desconcierto inicial oyó un sonido mas arriba y al levantar la cabeza se encontró con una maceta de descendía en línea recta desde un balcón del cuarto piso en el que asomaba la blanca sonrisa de Sam. En el momento en que la maceta llegó a su cráneo todo se volvió oscuro y doloroso.


 

Sultán caminaba en círculos, nervioso, alterado, enfurecido… De vez en cuando levantaba la vista y miraba a sus tres mejores hombres, los cuales estaban sentados en sus respectivas sillas esperando a que el líder dijera algo. Samuel, con la cara hinchada, Ramiro, vendado de arriba abajo y el Agente Especial con un collarín y una maceta con un geranio en las manos, esperaban.

-Así que te tiró una maceta… -dijo Sultán.

-Ésta concretamente –respondió el afectado por su caída.

-Y no había forma física de que ese hombre alcanzara el cuarto piso. ¿No es así?

El Agente Especial asintió mientras acariciaba al maltrecho geranio.

-Está claro que no nos enfrentamos a personas normales –continuó Sultán. –Son profesionales. Quizás agentes de élite en sus respectivos países que han acabado juntos y ahora son intocables… Está claro que no podemos vencerles en su propio terreno pero… -hizo una pausa dramática y luego prosiguió -…puede que no sean tan valientes si juegan en nuestro campo.

-¿Vamos a retarles a un partido de fútbol? –Preguntó Ramiro.

-No. Vamos a invitarles a venir aquí y cuando crucen estas puertas… -una risa maliciosa se dibujó en el rostro de Sultán y otro rayo inesperado iluminó el cielo -… como me llamo Caius Vibus que no saldrán con vida.

Nota aclaratoria: El viajero en el tiempo casual

Aunuqe no aparecía en la versión bloguera de "El incidente de Belén", cuando llegó el momento de publicar el relato en papel decidí introducir a un nuevo personaje. Quería dar un toque de humor presentando a un pobre granjero maltratado por la vida y que no dejaba de ser humillado (aunque de forma involuntaria) por Melchor. Si habéis leído esta segunda versión,  recordaréis que Caius Vibus se quedó en el pasado cuando iba tras los tres reyes de oriente, ahora renombrados Hassan, Sam y Cheng, justo en el momento en que éstos desaparecieron en el tiempo y el espacio, viajando hasta la actualidad.

¿Y porqué ahora aparece en el presente Caius Vibus en el papel de Sultán? Muy sencillo. Porque en realidad estaba prevista una tercera edición del relato original en el que el pobre granjero viajaba por accidente al presente en el último momento y ahora, al descubrir la identidad real de los tres inmigrantes, clamaría venganza.

Tras aparecer en la época actual, tan solo unos años antes del momento en el que ha comenzado este capítulo, Caius Vibus necesitó de toda su templanza y concentración mental para adaptarse a los nuevos tiempos, en los cuales se negó a seguir siendo el anodino siervo de nadie y aprovechando su experiencia en el abuso a los débiles y el modus operandi de los grandes líderes que siempre le habían subyugado, se hizo malo, creó una poderosa organización criminal tal como se ha podido leer mas arriba y se cambió el nombre.

El encuentro de sus hombres con los tres extranjeros fue casual, es cierto, pero las habilidades sobrehumanas de éstos le llevaron a la cierta conclusión de que por fin se había encontrado con sus antiguos rivales, Melchor, Gaspar y Baltasar.

Había llegado el esperado momento de la venganza y ésta no se haría esperar. Se sentó frente a su máquina de escribir Olivetti y comenzó a teclear con furia mientras una maliciosa sonrisa asomaba en su rostro. Otro relámpago iluminó el cielo. Parecía que iba a haber una tormenta eléctrica.

domingo, 7 de febrero de 2021

Kings in time escena 5: Ramiro

De nuevo en el apartamento, Cheng y Hasan miraban la tele mientras Sam se paseaba, esta vez con ropa, por la habitación contigua.

-¿Cómo has hecho para destrozar completamente un coche en apenas cinco segundos? –preguntó Hassan con curiosidad.

-La patada de la tortuga –respondió Cheng con solemnidad. –Una técnica tan antigua como el mismo mundo que…

-Las tortugas no pueden dar patadas. Tienen aletas –le interrumpió.

-No todas. Algunas tienen patas.

-Pero muy cortas. No se pueden dar patadas con esas patitas.

-Técnicamente si –defendió Cheng su técnica ancestral.

-Esto es absurdo… ¡Oye Sam! –Gritó a su otro compañero de piso. -¿Tu crees que una tortuga podría dar una patada?

Sam se tomó unos instantes para meditar la respuesta.

-Quizás si caminara y se tropezara con algún animal pequeñito, éste podría considerar que le han pateado –argumentó, y los otros dos se quedaron pensativos.

Tan pensativos estaban que ninguno de los tres logró fijarse en una figura vestida de negro que colgaba cabeza abajo de algún punto de la fachada del edificio y les espiaba. No era otro que Ramiro el espía. 

 


Ramiro, voyeur de naturaleza, había probado suerte como detective privado hacía algunos años, fracasando estrepitosamente cuando trataba de descubrir las infidelidades de un marido que se ausentaba demasiado de casa, según su esposa. Ramiro le siguió incansablemente durante semanas hasta que descubrió que lo que en realidad hacía el marido era dar clases de boxeo; desgraciadamente, el marido también descubrió a Ramiro y tuvieron una interesante discusión a base de puños en la que el marido esgrimió en todo momento mejores argumentos. Sin cobrar el trabajo y con una cara que no coincidía para nada con la que aparecía en su perfil de Facebook, Ramiro decidió cambiar de trabajo, momento en el cual se topó con un anuncio de Sultán buscando gente capaz para su organización. Una vez dentro, Ramiro no solo logró un trabajo bien remunerado como espía, sino que pudo aprovechar todos los cachivaches que había ido adquiriendo durante esos años.

Cuatro fotos y un video de dos minutos después, Ramiro comenzó a izar el cable que le mantenía unido a la terraza del edificio. Subía lentamente mientras ya saboreaba el dulce néctar del trabajo bien hecho cuando su ascenso se detuvo en seco. Parecía que algo había atascado la bobina de cable de la parte superior. Ramiro se incorporó, se agarró al cable y comenzó a subir de forma manual. Cuando llegó arriba se encontró con la figura de Cheng, sin camiseta, practicando tai-chi. Había colgado la prenda de ropa que le faltaba en el cable de ascenso, y eso lo había atascado. Trató de subir a la terraza de forma sibilina pero no le resultó fácil. Una rodilla le crujió y ello llamó la atención de Cheng, el cual adivinó que algo extraño estaba pasando y con un golpe seco con el dorso de la mano, cortó el cable de acero como si fuera un hilo de seda. Ramiro se precipitó al vacío en una caída de varios pisos.

En el hospital, Sultán trataba de comunicarse con Ramiro, el cual iba vendado de arriba abajo y apenas podía mover los labios.

-¿Me estás diciendo que te tiraron de la azotea de un quinto piso?

- Ssss… Ssss… Sssexto –Acertó a decir Ramiro.

-¿Y que esos dos no viven solos si no que tienen un tercer compañero?

-Un nnn… nnnee… negro.

-Entiendo… -comenzó a cavilar Sultán maliciosamente. –El chino es un tipo peligroso, sin duda, y ese árabe no se separa de él ni un segundo… Pero el tercer miembro, ese africano parece mucho más vulnerable. Si logramos secuestrarle y mantenerle como rehén, seguro que esos dos se dejan manipular a nuestro antojo y entonces…

Un relámpago iluminó el cielo a pesar de que la información meteorológica no anunciaba tormenta y dotó a la escena de un dramatismo inusitado.

-Llamad a mi agente especial. Él sabrá como encargarse de este asunto.

 

Y en el proximo capítulo... ¿Quien es en realidad Sultán?

lunes, 1 de febrero de 2021

Kings in time, escena 4: Sultán.

Sultán no se llamaba así en realidad, pero quiso un nombre impresionante para dirigirse a sus súbditos, como él llamaba a los que estaban por debajo de él en la escala jerárquica de su imperio. Imperio. Así era como le gustaba llamar a esa pequeña sociedad mafiosa que tanto le había costado levantar.

Comenzó siendo un vulgar raterillo de barrio al que la vida convencional le vino demasiado grande. Empezó a meterse en asuntos cada vez más turbios y a relacionarse con personas cada vez más peligrosas hasta tejer una intrincada red de contactos y actividades que le mantenían en una posición relativamente elevada y con un nivel de ingresos más que aceptable. Hacía poco que se había permitido un capricho en forma de Jaguar modelo XS con techo descapotable el cual era su orgullo y mayor signo de distinción hasta el momento.

Lo que Sultán no sabía era que su trono estaba asentado sobre un frágil castillo de naipes que amenazaba con derrumbarse de forma catastrófica en caso de que alguna de las cartas que le sostenían desapareciera. Si estaba allí arriba había sido por puro azar, y porque al fin y al cabo era un tipo tan mediocre que no había logrado crearse ningún rival que pensara que merecía la pena tomarse la molestia de apuñalarle por la espalda.

Sultán era un desgraciado que solo tenía un flamante coche y un amigo, el cual extorsionaba para él y a quien apreciaba de verdad. Por eso mismo enfureció cuando Samuel, ese amigo, entraba en su despacho hecho unos zorros.

No necesitó demasiada explicación. Alguien se había metido con uno de los suyos; uno importante además; y debía pagar por ello. Sin titubear, subió en su coche a tres de sus más duros matones y se dirigió en persona a esa tienducha de compraventa de oro.


 

Cuatro de los tipos más duros que hubiera conocido la ciudad entraron en tropel en la tienda y se encararon al dueño de la misma.

-¿Donde está ese chino?

-¿Qué chino?

-El chino que ha machacado a Samuel.

-¿Qué Samuel?

-El extorsionador que ha venido hace un rato.

-Ah, ese Chino –dijo Hassan finalmente. –Estaba allí fuera hace un instante.

Cuatro de los tipos más duros que hubiera conocido la ciudad salieron en tropel de la tienda y miraron el montón de chatarra que hacía un instante era un precioso y bien encerado Jaguar XS de esos de techo descapotable.

Cuando Sultán se giró para entrar de nuevo en la tienda, ésta estaba cerrada, con la verja pasada y el interior a oscuras. Sultán cerró un puño y se lo mordió con rabia.

martes, 26 de enero de 2021

Kings in time, escena 3: Samuel

 

Samuel era un tipo grande. No grande en ese sentido del que uno se siente orgulloso sino grande de volumen. Tenía las piernas gruesas, los brazos como jamones y un torso como un depósito de agua; a pesar de su espalda encorvada, era significativamente más alto que la mayoría de personas y su cabeza, también grande, pelada y tan esférica como un balón de playa, mostraba un rostro no especialmente feo, pero que no guardaba demasiada armonía con el cuerpo que le acompañaba. Lo normal, al mirar encima de ese cuerpo sería encontrarse con un rostro de un solo ojo, colmillos, cuernos o cualquier otra manifestación de inhumanidad, pero no era así. Samuel tenía una carita pequeña enmarcada en esa gran cabeza de la que solo sobresalían dos pequeñas orejitas completamente perpendiculares a sus costados. Tales orejas le habían costado más de una burla en el colegio, donde lo pasó realmente mal los primeros años y un poco peor los siguientes; para cuando entró en el instituto decidió dar un cambio a su vida aprovechando su gran envergadura y se hizo malvado.

Convertido en un matón de tres al cuarto, repartía estopa entre los que osaban burlarse de él, pasando de ser un marginado con pocos amigos a un violento sin ninguno. Afortunadamente esos años pasaron y Samuel encontró algo a lo que dedicarse de forma bien remunerada y que podía hacer con estilo: Extorsionar.

A las órdenes de un viejo conocido apodado Sultán, se dedicaba a ser el rostro visible de un pequeño imperio criminal que crecía a pasos agigantados gracias en buena parte a los negocios a los que Samuel acudía a extorsionar, los cuales subvencionaban de buena gana a la organización que él representaba. Se sentía en cierto modo como el comercial de una empresa muy selecta en la que era muy complicado entrar, lo cual le hacía sentir especial de un modo positivo.

Samuel aparcó su coche frente al local con el cartel de “Compro oro”, se ajustó la corbata, pues las malas prácticas no deben de estar reñidas con la elegancia, y se dispuso a extorsionar de aquél modo que solo él sabía.

Hassan observó al recién llegado. Parecía un gorila escaldado embutido dentro de un traje de Armani; caminaba con un ligero tambaleo y observaba el lugar con escaso interés. “Un cliente de esos que solo entran a mirar”, pensó Hassan. No presagiaba nada bueno.

-¿En qué puedo ayudarle, caballero? –Preguntó Hassan.

-¿Es usted el dueño de este negocio? –Contrapreguntó Samuel.

-¿Por qué quiere saberlo? –Recontrapreguntó Hassan.

-Vengo de parte de… Sultán.

-No conozco a ningún Sultán, aunque no siempre ha sido así. En mis tiempos… -comenzó a explicar Hassan animado.

-No me cuentes historias –interrumpió Samuel. –Sabes muy bien a quién me refiero. Sultán cobra a cambio de su protección. Todos los negocios de este barrio pagan tributo a Sultán y tú no vas a ser menos.

-Yo no necesito protección. Estoy bien como estoy. Pero gracias por la oferta –se disculpó Hassán, poniéndose a hacer otras cosas para dar a entender que la conversación había terminado allí.

Pero Samuel era un profesional de la extorsión y no se podía permitir fallos en su trabajo. Sultán era su amigo, ciertamente, pero también su jefe y no podía regresar con las manos vacías, así que optó por la vía rápida de la extorsión.

Aprovechando que sus brazos eran tan largos como mangueras, agarró a Hassán desde el otro lado del mostrador y lo levantó un par de palmos sobre el nivel del suelo. Iba a decirle algo sumamente extorsionante cuando entre sus brazos e interponiéndose entre extorsionador y extorsionado, apareció un pequeño rostro de ojos rasgados y sonrisa picarona. Fue lo último que Samuel vio antes de despertarse completamente magullado en la acera.


miércoles, 20 de enero de 2021

Kings in time, escena 2: El apartamento

Vivían en un piso discreto en el centro. Era una vivienda humilde pero suficiente como para albergar a tres personas con comodidad. Hassan era el dueño, ya que era el único con ingresos. Tenía uno de esos locales de “Compro oro” y no le iba del todo mal. De hecho, un observador mínimamente constante descubriría que vendía mucho más oro del que compraba, como si debajo de esa tienda de apenas treinta metros cuadrados hubiera una verdadera mina. Pero nadie se metía con sus negocios ya que Hassan tampoco parecía preocupado por los de los demás, ni por aparentar, ni por destacar. Era solo un inmigrante del sur que subsistía con el negocio del oro y que compartía su humilde piso con dos amigos.

Cheng apenas salía. Tenía ese nosequé que hacía que le cayera mal a todo el mundo. No era nada alarmante, pero sí un problema a la hora de encontrar trabajo. Pasaba casi todo su tiempo meditando y practicando artes marciales, su pasión. Se sentía orgulloso de ser el único experto en un arte según él milenario y del que ya nadie conocía sus secretos.

El tercero era Sam, el africano. No era su nombre real, ya que éste lo adoptó durante la etapa en la que estuvo en Estados Unidos trabajando en el cine para adultos. Tuvo una época buena en la que protagonizó algunas películas que se convirtieron en clásicos y le dieron unos cuantiosos ingresos, pero al final las cosas terminaron y decidió mudarse con Hassan y Cheng, a quienes conocía desde hacía mucho, mucho tiempo. Seguía rodando ocasionalmente, pero no era una fuente de ingresos fija, por lo que no podría decirse que trabajara.

En estos momentos Hassan y Cheng estaban viendo la tele en el salón mientras Sam se duchaba. El sonido del agua cesó y tras unos segundos se comenzó a oír repiquetear húmedo, como si alguien golpeara a otro alguien con un pez recién sacado del río. Ambos supieron qué era ese sonido. Era el descomunal pene de Sam rebotando en sus piernas al caminar; una visión perturbadora a la que sus dos compañeros no lograban acostumbrarse. La naturalidad con la que Sam lo exhibía, como una tercera pierna en su cuerpo alto, fibrado y de piel tan negra como la noche, creaba una extraña sensación de inferioridad, como si Sam fuera el cénit de la evolución y todos los demás, intentos fallidos de seres humanos. Cheng y Hassan miraron la televisión con mucha más intensidad mientras Sam caminaba desde el baño hasta su habitación, tal como dios le trajo al mundo. No se dijeron nada pero Hassan miró su reloj y se levantó; era hora de abrir la tienda. Cheng le siguió.

jueves, 14 de enero de 2021

Kings in time, escena 1: La Cafetería

Queridos lectores y lectora, como ya anuncié en la entrada anterior, voy a publicar en primicia mundial un relato que lleva escrito (y en espera de publicación "oficial") algunos años ya. Se trata de la continuación (aunque puede leerse de forma independiente) de "El incidente de Belén", un cuento publicado en el libro "La onomatopeya del ladrido, y otros relatos pulp, que también podréis leer en este blog si buscáis el tag "El incidente de belén". Os animo a leerlo, a intentar entenderlo y si no es demasiado pedir, a comentar y exponer vuestras impresiones.

 



1

La cafetería estaba casi desierta a esas horas pero a pesar de eso estaban tardando mucho en servirles. El camarero apareció por fin con cara de pocos amigos; dos o tres a lo sumo, ya que la gente, a partir de cuatro ya no muestra esa expresión de amargura. Dejó un café acompañado de un croasán delante de Hassan y un zumo de naranja frente a Cheng con un movimiento tan brusco, que parte del contenido del vaso se derramó y salpicó la camisa del oriental. El camarero le miró de reojo y se marchó sin disculparse por su falta de profesionalidad.

-Parece que le caes mal –dijo Hassan mientras partía el croasán.

-No debería sorprenderme, supongo –respondió Cheng mientras trataba de limpiar su camisa con una de las hidrófobas servilletas de la cafetería.

Cheng era oriental, aunque ni siquiera un experto en el tema sabría determinar de qué parte de oriente. Podría ser chino con ascendencia india o viceversa, posiblemente ni siquiera eso. Vestía completamente de blanco, con una camisa y pantalones anchos y unas sandalias del mismo color sin calcetines. No era demasiado alto ni ancho, y sus cabellos eran completamente blancos a pesar de que no habría cumplido los treinta, por lo que tenía el aspecto de un hombre frágil, aunque había algo extraño en sus ojos. Su mirada no era la de alguien delicado, sino que parecía ocultar algo antiguo y extraño, como un pozo en cuyo fondo se agita algo imposible de discernir.

El comportamiento del camarero no era extraño para él ni para Hassan. Cheng caía mal a la gente. Sin motivo aparente. Simplemente por estar allí, como si no fuera su tiempo ni su lugar. Como si su mera presencia removiera algo primario, latente en los corazones de quienes se cruzaban con él y despertara antipatías de miles de años de antigüedad. Pero por supuesto nadie llegaba a preguntarse el porqué; simplemente le ignoraban o le trataban con la mayor celeridad posible antes de alejarse.

Hassan en cambio, era un hombre bonachón que despertaba las simpatías de quienes se molestaran en conocerle un poco. Era de origen árabe, aunque cada vez que le preguntaban decía venir de un país distinto, como si no tuviese del todo claro su verdadero origen. Estaba visiblemente gordo, a pesar de que llevaba tiempo haciendo un gran esfuerzo por perder peso, y los resultados estaban notándose. Vestía con la típica chilaba y aunque era muy aficionado a los turbantes, se cuidaba de no llevarlos más que en ocasiones especiales, ya que no le gustaba llamar demasiado la atención. Para eso ya tenía a Cheng, de quien nunca se separaba. Hassan era un hombre culto, quizás demasiado ya que poseía conocimientos sobre la antigüedad que harían caer en coma a cualquier historiador interesado en la historia de oriente medio.

Cuando estaban a medio desayuno, un grupo de jóvenes pasaron por su lado. Eran altos, corpulentos, con el cabello muy corto y un porte de seguridad y superioridad que no pasó desapercibido para los dos hombres de la cafetería. Caminaban ocupando toda la acera, como si la calle les perteneciera, y cuando se vieron obligados a ponerse en fila para pasar junto a la mesa, parecieron molestos. Uno de ellos miró a Cheng y éste le devolvió la mirada. Fue solo un segundo. Un instante suficiente para crear un contacto, una chispa que prendió un fuego que se liberó al instante. El joven se detuvo y los otros hicieron lo mismo.

-¿Qué miras, chino? –le dijo a Cheng, el cual llevaba una mancha de zumo de considerable tamaño en su camisa blanca.

-Nada –respondió Cheng tratando de evitar otro contacto visual.

-Mírame cuando te hablo, chino –volvió a decir el joven, enfatizando la palabra “chino” para dar a entender que se trataba de un insulto y no de una simple observación.

Cheng le miró y el efecto de odio pareció extenderse a los cuatro jóvenes, los cuales se mostraron de pronto muy alterados y poco predispuestos al diálogo. Hassan se pasó la mano por la cara, prediciendo de algún modo lo que iba a suceder a continuación.

Cheng se levantó y miró al primero de los chavales. Tendrían poco más de veinte años y eran más altos y corpulentos que él. El primero le miraba desafiante y los otros tres esperaban detrás, tensos, como oliendo la agresividad en el aire. Y ésta no tardó en desatarse. Sin mediar aviso, el joven lanzó un puñetazo dirigido a la cara de Cheng, pero éste lo esquivó con un simple movimiento de cintura para responder al instante con un golpe con la mano plana directamente a la nariz. Se oyó un crujido y acto seguido el chaval se desplomaba en el suelo, conmocionado. “El golpe que quiebra montañas” dijo Cheng con solemnidad. Una silla dirigida con fuerza y precisión por el segundo de los jóvenes, cruzó el aire en dirección al oriental, pero cuando llegó al punto de colisión, allí no había nadie; Cheng apareció detrás del agresor como por arte de magia y le golpeó las orejas con las palmas con un golpe seco. “El ataque del vacío silencioso” dijo esta vez. El segundo joven pareció haber perdido el sentido del oído y con él el equilibrio, y cayó sentado en el suelo, incapaz de levantarse. Los dos que quedaban en pie se miraron sin saber si lanzarse al ataque o huir, pero su naturaleza beligerante les impedía retirarse de una lucha en la que tenían la superioridad numérica. Se lanzaron a la carga con cierta coordinación, pero ésta se rompió cuando Cheng, utilizando tan solo dos dedos de cada mano, les detuvo golpeándoles entre los ojos. “El toque de la estrella fugaz” dijo, y ambos se quedaron ciegos al instante. Salieron huyendo de una forma muy poco digna, tropezándose con todo y estrellándose contra farolas y coches aparcados. Hassan observó la escena sin apenas inmutarse.

-¿El vacío silencioso? –le dijo a su amigo. –Te inventas esos nombres sobre la marcha, verdad?

-Si. Queda mucho más cinematográfico –respondió Cheng ajustándose la camisa y redescubriendo con cierta decepción su mancha anaranjada.

-¿Qué te parece “el dragón serpenteante sobre la montaña de fuego”?

-No. Muy largo.

Y volvieron a casa.

 

Continuará...