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06.
Pasó los siguientes días entre el desconcierto y el nerviosismo que le producía el vívido recuerdo de esa noche. Había sido terriblemente real, al menos hasta el momento en que entre esa chica y él las cosas habían comenzado a ponerse interesantes; pero a partir de ahí todo se convertía en un sueño más y más difuso. Cada vez sus caminatas eran más extensas y comenzó a correr para cubrir la mayor distancia posible en busca de esa construcción, pero fue en vano. Podía reconocer el punto aproximado del bosque donde la encontró, incluso seguir la ruta que habrían hecho hasta la casa, pero todo lo que podía ver en esa zona eran aquellas piedras antiguas y su propia cabaña.
Por las noches le costaba dormir. Recordaba su tacto, su olor, su voz… sentía impulsos de seguir buscándola a pesar de la oscuridad reinante afuera, mientras que por el día le resultaba cada vez más difícil salir; se sentía cansado, agotado, en cierto modo irritado y se refugiaba en el interior de la casa esperando a que cayera la noche de nuevo.
Los días pasaban y casi se había olvidado de que faltaba ya poco para que el editor regresara con las provisiones para la siguiente quincena y querría ver algún avance en la novela que por supuesto no estaba escribiendo, cosa que le angustiaba todavía más y le obligaba a salir a correr cada noche. Era su única forma de desahogo, y lo único que mantenía viva su esperanza de dar de nuevo con esa chica que le obsesionaba, pero por muchos kilómetros que recorriera en ese apartado valle, sus esfuerzos no daban resultado y cada amanecer regresaba agotado a la celda en que se había convertido esa cabaña.
Ese mismo día el estridente timbre del rudimentario teléfono le sacó de sus ensoñaciones como si le hubiesen sacudido con una pala de hierro en la cabeza.
-¿Si? -respondió con pereza.
-Soy yo -dijo la lejana voz del editor desde el otro lado del auricular. -Espero que estés bien. Pasado mañana te traeré los víveres que necesites y de paso me enseñas lo que llevas escrito. No es por meterte prisa, pero los de arriba me están presionando un poco, así que espero que la cosa esté marchando a buen ritmo.
-Sí, va bastante bien -dijo Ramiro mirando su portátil, que llevaba apagado encima de la mesa casi una semana.
-¡Estupendo!
-Oye, una cosa que quería preguntarte sobre este lugar… -dijo Ramiro sin poder evitar cierto titubeo. -¿Sabes si vive alguien más por aquí?
-No que yo sepa, aunque puede que se acerquen pescadores al lago de vez en cuando. Si es eso a lo que te refieres, no debes preocuparte.
-No me refiero a pescadores, es más bien… -dudó de nuevo Ramiro, como si no estuviese del todo seguro de lo que iba a decir.
-¿Más bien qué? -preguntó impaciente el editor.
-Una chica.
-¿Una chica?
-Una chica -repitió Ramiro. -Me pareció verla la otra noche cerca del bosque -mintió para que su historia no fuese tan inverosímil.
-Dudo mucho que viva nadie por esta zona, y mucho menos una chica que se pasee sola por los bosques de noche. A ver si te está afectando demasiado la soledad.
-Podría ser -respondió Ramiro empezando a creer que su cabeza le había jugado una mala pasada.
-Lo dicho, gran escritor -terminó el editor. -Nos vemos em dos días. Intentaré no llegar muy tarde. Y ya me cuentas con más calma lo de esa chica.
El editor colgó el teléfono sin darle oportunidad a despedirse y Ramiro se quedó otra vez en silencio mirando hacia la ventana cerrada.
Esa chica no existía, él no era ningún gran escritor como afirmaba algo socarronamente su editor, ni siquiera un pequeño escritor. Solo era un señor camino a los cincuenta que había fracasado en todos los ámbitos de su vida y por ello había terminado aquí, aislado en una vieja cabaña en medio de un valle perdido soñando despierto con alguien capaz de darle cariño a un despojo como él. Se sentía derrotado, desesperado e incapaz de seguir con esa farsa a la que llamaba vida, así que pasó una cuerda por una de las vigas del cuello, ató un bonito lazo corredero y se ahorcó.

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