viernes, 13 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (5)

Por si no lo sabías, este relato se empieza a leer AQUI

 

07.

A los dos días llegó el editor con el maletero lleno de víveres tal como había prometido. Aparcó su coche a pocos metros de la cabaña, se bajó, estiró las piernas y cogiendo una buena bocanada del aire fresco del valle, contempló la belleza del lago y los bosques que le rodeaban. Después sacó las primeras bolsas del maletero y se dirigió a la puerta de la cabaña. Se fijó en que estaban todas las ventanas cerradas a cal y canto y lamentó que ese escritor de ciudad no fuese capaz de admirar el enclave tan afortunado en el que se hallaba. Llamó a la puerta pero como las bolsas pesaban una barbaridad, la abrió con el codo y se sumió en la oscuridad de la sala principal. Al ver la figura de Ramiro colgando inerte del techo, las bolsas cayeron al suelo con cierto estrépito, como de botes de cristal haciéndose añicos.

Azorado, corrió a abrir las ventanas para sentirse al menos en un ambiente menos hostil, y en cuanto abrió la primera y un chorro de luz del amanecer iluminó directamente el cuerpo, la voz de Ramiro se pudo oír en toda la sala.

-Cierra esa ventana, maldita sea.

El editor se quedó mirando el cuerpo que colgaba del techo y que ahora no solo había hablado sino que se cubría la cara con las manos.

-¿Estás vivo?

-Eso creo -contestó con dificultad Ramiro.

-¿Pero cuanto tiempo llevas ahí colgado?

-Un día o dos, no lo sé. Desde aquí no alcanzo a ver el reloj.

-¿Y porqué no te has muerto ya?

-Yo que sé… ¡Ayúdame a bajar!

Y así el Editor se agarró de las piernas de Ramiro, le levantó a pulso y éste logró desengancharse la soga, momento en el que perdieron el equilibrio y cayeron a plomo sobre el duro suelo, llevándose Ramiro la peor parte.

-Algo habré hecho mal, seguramente el nudo -dijo este último con cierto desánimo. -Ni para morirme sirvo… ¿Sabes una cosa? Me da igual esa novela, si me hago rico y famoso o no, si la editorial se enfada conmigo… A partir de ahora voy a hacer las cosas a mi manera y solo aquello que me apetezca. No más escribir historias románticas solo por que es lo que el público quiere. No más buscar la aceptación de aquellas gentes a quienes yo no…

Entonces Ramiro se dio cuenta de que estaba hablando solo. El editor había salido y ahora entraba de nuevo portando un pequeño maletín oscuro. Lo abrió sobre una mesa cuidadosamente y comenzó a extraer piezas de aspecto extraño que iba ensambalando lentamente con la precisión de un relojero. Ramiro contemplaba su silueta recortada contra la luz que entraba por la ventana con cieta fascinación, hasta que se dio cuenta de que el objeto en cuestión terminaba siendo una ballesta y le pudo la curiosidad.

-¿Qué es eso? ¿Y por qué estás pasando de mi? Llevo horas colgado del cuello y no me he muerto. Soy un milagro médico o algo así. ¿Y para qué quieres una ballesta? ¿Vas a salir a cazar?

Entonces el editor miró a Ramiro y le sonrió. De pronto su cara había cambiado y ese amable y atento hombre que le prometía el éxito literario se había convertido en la de un ser agresivo y decidido.

-Vamos de caza, sí. Hay que cazar a una vampira.


 

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