Tercera entrega de este relato que calculo que estará por la mitad, párrafo arriba, párrafo abajo. Para empezarlo desde el principio habría que pinchar AQUI
04.
Era una muchacha joven, seguramente no habría cumplido los treinta, de rostro fino y algo pálido, que no mediría más de un metro sesenta. Iba envuelta con una capa o manta que le cubría los hombros sobre la que caía un cabello negro y liso. Era perturbadoramente bonita, y Ramiro pensó que de no habérsela encontrado en medio de un bosque lleno de alimañas y depredadores, le habría parecido simplemente bonita.
-Ho… Hola, sí. Estoy… -Alcanzó a decir Ramiro con dificultad. -Estoy un poco perdido, simplemente.
-¿Eres de por aquí? -respondió ella con tranquilidad. -No suele pasar mucha gente por esta zona.
-Sí, bueno… En realidad estoy alojado temporalmente en la cabaña junto al lago. Pero no sé exactamente por donde cae ahora mismo.
-Conozco esa cabaña. Te has alejado mucho de ella y es muy tarde. ¿Quieres refugiarte esta noche en mi casa y mañana te guio de vuelta a la tuya?
A Ramiro le pareció una idea algo osada, teniendo en cuenta que no se conocían de nada, pero los aullidos de los lobos que le parecían cada vez más cercanos no le dejaron pensar con claridad.
-Me parece bien, si no es molestia por supuesto.
Y sin mediar palabra la chica alargó su mano, tomó a Ramiro de la muñeca y lo guió a través del bosque en una dirección desconocida.
La chica se movía con facilidad a pesar de la oscuridad, esquivando ramas, saltando raíces y pasando a través de matorrales como si nada, mientras que Ramiro no hacía más que tropezar, darse golpes y engancharse la ropa por todas partes. Se sentía no solo patoso sino también como una res a la que guían directamente al matadero, aunque por algún motivo esa chica la producía cierta confianza.
-Creo que no nos hemos presentado -le dijo para aportar algo de sonido extra a los ruidos de la noche. -Yo me llamo Ramiro. Ramiro Martínez.
-Yo soy Míriam -se limitó a decir ella sin siquiera pararse a mirarle.
Ramiro decidió mantenerse callado hasta que llegaran a su destino, fuera cual fuera que fuese a ser.
05.
Se encontraba en una sala amplia que seguramente ocuparía toda la planta de la casa. Un fuego ardía en la chimenea y varias velas estaban desperdigadas por el mobiliario para iluminar el lugar. Un armario de madera oscura, seguramente roble, una mesa baja, un sofá de color marrón o quizás rojo oscuro y una enorme alfombra en el suelo que crujió ligeramente al pisarla. Todo tenía un aire antiguo, como de otros tiempos, pero no del modo en que lo hacía su chabola, ya que aquí nada olía a rancio ni había polvo acumulado. Míriam le pidió que tomara asiento y él obedeció, satisfecho de poder sentarse en un sofá en condiciones después de tan épica caminata, mientras que ella desapareció tras unas cortinas al fondo de la sala para reaparecer al poco con dos copas de vino rojo. Ramiro odiaba el vino pero no dijo nada y sonrió.
-¿Y bien? -comenzó a decir ella sentándose a su lado de forma coqueta.
-¿Y bien qué? -respondió Ramiro dando un sorbo al vino.
-¿Qué hacías solo en el bosque a esas horas?
-Pues… -Ramiro podría haberle preguntado lo mismo, pero consciente de que ella había preguntado primero le explicó su historia, algo que a ella pareció fascinarle.
-Así que eres escritor. Es muy interesante. ¿Sabes qué? -dijo ella acercando los labios a su oído.
-¿Qué? -Respondió él sin tener muy claro qué estaba pasando ni como había llegado hasta allí.
-Que me gustan los escritores como tú y llevo mucho tiempo sola en esta casa tan grande.
Entonces la muchacha acercó sus labios a los de él y le besó, haciendo que su cuerpo se deslizara ligeramente hacia abajo. Ramiro no pudo reaccionar, ni zafarse de ella, de hecho y a pesar de su creciente desconfianza sobre las intenciones de esa chica, se sentía completamente incapaz de resistirse de ninguna manera. Miró la copa de vino en su mano. ¿Y si le había envenenado? No, solo había tomado un pequeño sorbo y eso no bastaría para afectar a alguien de su tamaño. ¿Pero entonces? Cuando se dio cuenta estaba acostado en el sofá con la chica sentada a horcajadas sobre su cintura. Ramiro la miró y le pareció el ser más precioso que jamás hubiese visto y se sintió tan afortunado que se dejó llevar por la sensación de gozo hasta alcanzar un estado de éxtasis absoluto, ingrávido e inconsciente.
Se despertó a la mañana siguiente con la ropa completamente revuelta junto al lago, muy cerca de su cabaña. No había ni rastro de la chica ni de la casa, así que dudando de que hubiese sucedido de verdad o solo hubiese sido una alucinación, entró en la casa, derrotado.

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