jueves, 9 de julio de 2026

 

Demasiados años dando tumbos, caminando a ciegas, mordiendo el polvo y masticando arena; escuchando el silencio atronador, agudo, estridente; una vibración que me hace estallar la cabeza en mil pedazos que se esparcen, se atraen y orbitan; pensamientos e ideas inconexos pero que forman parte de un ordenado caos que me atrapa, me impide pensar y me satura de conceptos incalculables, inabarcables, cuasi infinitos, prácticamente imperfectos…


Como esa canción que escuchábamos en silencio mientras tú conducías hacia un atardecer teñido de rojo y yo te miraba como si fuese la primera vez que lo hacía, aunque quizás era la última, y me permití sonreír por un instante.


Se cierra el telón y los actores huyen, tropiezan entre ellos, se pierden en la oscuridad y gritan de terror al caer por escaleras, quedar empalados en piezas de atrezzo barato y se cortan las venas arrepentidos por haber elegido ese camino tan ingrato y vergonzoso; yo les miro inmóvil consciente que de todos ellos he tenido que interpretar el peor papel, con la diferencia de que yo ya tenía asumido el fracaso, el rechazo de un público sin expectativas ni criterio, igualmente enfadado, decepcionado, ansioso por desatar su furia sobre quienes trataron de entretenerles, y el teatro arde…

Como esa hoguera que encendimos una noche de invierno solo por el placer de mirar el fuego acurrucados, rodeados de puntitos de luz minúsculos que ascendían a un cielo tan oscuro como el abismo que se abría bajo mis pies.


Caída libre, vértigo, un grito ahogado, sin oxígeno, sin sentido; brazos agitándose buscando un asidero en la oscuridad, una mano salvadora que no llegará porque nunca estuvo ahí; un instante para reflexionar, para alegrarse de haber nacido, para lamentarse de no haber vivido, para odiar con el corazón abierto, palpitando con fuerza, ensordecedor, el último acto de rebeldía antes del golpe final…


Como esa puerta que dejé entreabierta por si algún día quería regresar, y que oí cerrarse con tres cerraduras y un candado cuando me alejé, dejando atrás rostros y paisajes quemados por las llamas de mi propia autocompasión, como si para definir aquello que soy hubiese sido necesario borrar todo lo demás.


Silencio, inmovilismo, ni una constante vital en el monitor, un electrocardiograma plano, gasto inútil de tinta para apuntar mi nombre en una etiqueta de papel; ojos abiertos, cristalizados, miradas tristes y suspiros por vocación, sangre estancada en la espalda y lividez, sueños de milagros y reinos en las nubes, de trampillas en el suelo y lagos de fuego, de agonía y de paz…


Como esa noche que desperté asustado por un sueño sin sentido, y te encontré respirando suavemente a mi lado y me acurruqué, para volver a dormirme sin ser del todo consciente de que el sueño era en realidad premonición.

6 comentarios:

  1. Perdone, autor: la persona a quien se dirige, ¿existe, es una persona real? ¿nos puede decir algo acerca de su identidad? Gracias.,

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    1. ¡Por supuesto!
      En la proxima entrada hablaré de su identidad y adjuntaré una copia de su DNI para más violación de su privacidad.
      Lo que haga falta por mis lectores.

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  2. Al comentarista de arriba le diría (si va en serio), que se lea este blog y podrá hacer alguna teoría propia sobre lo que pregunta. De todos modos, se trata de poesía, con lo cual no tiene por qué estar refiriéndose a una persona concreta. Mi comentario: Cuando ayer hablaba de poemas o composiciones desgarradoras, este tiene momentos que me dejan sin aire. Lo digo como un elogio pero sin quitar que me pasa realmente. Un saludo.

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    1. Quiero pensar que ese comentario era fruto de algún bot. Aunque conociendo la estupidez humana, quizás no.

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    2. Tu comentario me ha recordado una cita que conocí gracias a Asimov y que hoy he aprendido, al buscarla para escribirla bien, que es de un alemán, Friedrich Schiller: "Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano". Una gran novela de ciencia ficción, por cierto.

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  3. Y lo de los bots, podría ser, están llenando la sección de comentarios de blogs. Se me ocurre que quizá algún día terminemos escribiendo para ellos, como los ancianos que echan migas a las palomas.

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