El otro día le oí decir a alguien que las cosas hay que hacerlas para obtener satisfacción con el camino a andar y no por el objetivo a alcanzar. No sé si en otros tiempos me habría tomado muy en serio esa frase a priori tan carente de ambición, pero por algún motivo, seguramente la edad que he alcanzado casi sin darme cuenta, me hizo reflexionar y aunque no lo creáis, me tranquilizó.
Llevo muchos años corriendo, es la verdad; este blog es el ejemplo. Desde que comencé a escribir me marqué el objetivo de llegar a algún lugar y cuando abrí mi primer blog (hace ya la friolera de diez años) escribí con la idea de abrirme un hueco en la comunidad primero rolera, luego lectora en general y finalmente ahora con mis libros, en el mundo editorial. Supongo que me equivoqué desde el principio.
Cuando cerró Google+, la que para mi ha sido la red social por exceléncia, quedé huérfano de lectores. Aunque algunos seguís aquí, pasando de vez en cuando e incluso comentando algunas entradas (y por ello tenéis mi agradecimiento y respeto absolutos), el grueso de visitas se redujo hasta la mínima expresión. En ese momento me di cuenta de la importancia de formar parte de una comunidad virtual (las de verdad no suelen abarcar a tanta gente) y reconozco que el desánimo se apoderó de mi. Sigo escribiendo, es cierto, pero ya no camino por la calle buscando situaciones que poder tergiversar y transformar en divertidas entradas anecdóticas. Ahora simplemente camino, observo y pienso en mis cosas. Sin más.
Lo mismo pasa con los libros. Me di un batacazo con "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp" al tratar de meterme en círculos profesionales de literatura; me cerraron muchas puertas en la cara negándose a depositar mis libros en librerías, a realizar presentaciones en bibliotecas y lugares privados donde habitualmente las hacen. Solían ponerme como excusa que no aceptaban libros autoeditados, aunque no tenían problema en aceptar obras selladas por Círculo Rojo o Létrame entre otras empresas de servicios edtoriales, es decir autoedición. Me llevé un chasco, las ventas no alcanzaron los mínimos esperados y tuve que cambiar mi forma de hacer las cosas para siguientes publicaciones, pero ahora estoy en paz. Disfruto del camino sin preocuparme por saber donde me lleva.
¿Y a qué viene todo este rollo? Pues a que escribo menos, al menos de forma pública aquí en el blog. A que me he dado cuenta de que para que te lean no importa tanto qué escribes si no como te promocionas. Y que si no tienes diez mil seguidores en alguna red social (algo a lo que no le quito mérito, cuidado), resulta muy difícil existir a nivel artístico. Pero me resisto a venderme en ese sentido ni en cualquier otro.
Quizás me veáis menos por aquí. Quizás se actualice el blog tan poco que al final ni os molestéis en pasaros a leer, como hago yo con tantos otros, no os culpo, pero aquí o allí, en algún sitio estaré y cuando penséis en mi recordad, estaré disfrutando del camino.
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jueves, 29 de agosto de 2019
miércoles, 14 de agosto de 2019
De músculos poderosos y chancletas mojadas
El verano oculta horrores, como las playas, las piscinas comunitarias, las ensaladillas amarillentas o los magnums a cuatro euros. Algunos de ellos llegan a ser demasiado terribles para ser nombrados por las personas normales, que muchas veces regresan de sus vacaciones forzando una sonrisa y ocultando con un “pues no te creas, ya tenía hasta ganas de volver a las rutinas” experiencias más allá de cualquier comprensión. Y yo, a pesar de no ser una persona normal también me veo obligado a luchar contra bestias recurrentes que acechan durante todo el año para dejarse ver en estos meses estivales y llenar de pavor mi alma. ¿Qué de qué voy a hablar hoy con tanta introducción? Pues de un tema recurrente en este blog como son los parques acuáticos.
Toca todos los años. El mismo día exactamente para hacerlo más tenso si cabe. Subir en el coche a familia, toallas, manguitos y una neverita con agua fresca, hielo y bocadillos para no morir de inanición para pasar un agradable día a remojo y bajando por toboganes que dan vértigo y causan heridas de forma aleatoria. Pero eso no es lo peor. Lo peor es verse rodeado de gente semidesnuda que a veces te tocan en las colas. Lo peor es nadar en aguas repletas de pelos ajenos que se te meten en la boca. Lo peor es encontrarse con otros padres cachas y darse cuenta de que a su lado eres un despojo humano y que el dinero gastado en el gimnasio a veces resulta una buena inversión. Por suerte, a veces a esos padres cachas les pasan cosas malas y ello nos puede llenar de regocijo y aliviar nuestro dolor. Y justo a esta anécdota es donde quería llegar desde el principio.
Un padre cachas junto a mi, de esos con músculos tatuados, piel uniformemente morena (no sólo de brazos y cabeza como yo, que me quito la camiseta y parece que lleve otra de color blanco debajo) y unos movimientos seguros, de tipo que va sobrado en la vida. No le sobra un gramo de grasa ni le falta uno de fibra. Sonrisa blanca, pelazo tieso para arriba… Un imán de miradas femeninas, de mujeres que sueñan con ver salirse a sus maridos del tobogán en una curva, enviudar y rehacer sus vidas junto a ese protomacho. Reconozco que me siento inferior. En los parques acuáticos no sirve de nada el intelecto ni el conocimiento; da igual ser poeta, actor o el mejor pintor de la histórica contemporánea del arte. Allí nadie supera al cachitas de turno y ese lo está petando… Hasta que comete un error.
El cachas decide pasar de la cola donde yo me hallo para incorporarse a la de otra atracción que al parecer es más rápida. El camino para la otra cola implica caminar un ratito, salvar un desnivel y luego seguir adelante, pero él. Oh él. Él decide atajar el camino saltando directamente una altura de un metro y ahorrarse el caminar. Y he ahí su error. No dudo que para ese tipo, un salto descendente de un metro no supondría ningún problema en condiciones normales, pero esas no lo eran. Por lo visto no había contado con que las chanclas mojadas no iban a suponer un buen punto de apoyo y al saltar el pie derecho le resbala nada más tocar el suelo haciendo que se le escurra por dentro de la chancla, hasta tal punto que al pie le sigue la pierna entera y a ésta, la totalidad del cuerpo. Imaginad a un tipo de noventa quilos pasando por el aro de plástico de una chancleta ante la mirada horrorizada de decenas de bañistas que seguramente ya estarían horrorizados de antes. Horror sobre horror.
El pobre tipo salió completamente desollado por el otro lado, como uno de esos conejos que se exhiben en los escaparates de las carnicerías y supongo que sería por una cuestión de honor que siguió caminando como si nada mientras decía “estoy bien, estoy bien, no me he hecho daño” a pesar de estar dejándolo todo perdido de sangre y vísceras. Y luego se meterá en el agua… Si es que es lo que yo digo siempre.
martes, 23 de julio de 2019
De ferias y alimentos en mal estado
Pues ya ha llegado el veranito, con sus calores, sus insectos, su tiempo de ocio y como no, sus ferias itinerantes que van salpicando pueblo a pueblo y barrio a barrio. Y como imaginareis, yo no soy muy amigo de las atracciones de feria ya que me parece absurdo pagar para que te mareen dando vueltas en una cesta para al final dejarte en el mismo punto de partida, pero mis hijas, las pobres, no son conscientes de lo absurdo y parecen incluso divertirse con las vueltas. Y me piden que las lleve. Y yo como buen padre que soy, lo hago.
Y allí entre luces de colores músicas innombrables, olores de fritanga y azúcar y puestos de baratijas de toda índole me topo con algo que no puede faltar nunca y representa quizás mi único punto de atracción a las ferias: los puestos de comida rápida. “Ya está aquí el cerdo este pensando en comer cosas aceitosas” pensaréis, pero no. No se trata de gula si no de una tradición que cada año coge más fuerza. Os lo explico.
Los años pasan incesantes. Ya no soy ese niño de diez que se montaba en los cochecitos de la mano de sus abuelos, ni el chaval de 15 que buscaba camisetas de sus grupos favoritos en los puestos de ropa, ni siquiera el padre primerizo que llevaba de la manita a su pequeña y era capaz de disfrutar del paseo. Ahora soy un señor mayor a quien la vida ha tirado al suelo y le mantiene la mejilla pegada al asfalto con un pie presionándole la cara; soy ese que tras años avanzando por un oscuro túnel ha descubierto que la luz que se ve al fondo es un tren que se acerca a toda velocidad; soy quien ha olvidado lo que palabras como “esperanza” o “ilusión” significan. Por eso cada vez me apetece más comerme un perrito caliente de esos que tienen metidos en botes y empiezan a perder el color marrón que les inyectan para que creamos que estamos comiendo carne.
Así que aprovecho un momento en el que me quedo solo y me acerco al puesto más cochambroso y miserable de la feria. El tendero es un señor bajito que fuma y al que le asoman varios mechones de pelo graso bajo una gorra en la que pone “Orgulloso de ser español” bajo la bandera. Me dan ganas de decirle que nadie puede sentirse orgulloso de algo que no tiene nada que ver con su decisión o trabajo, pero decido dejar mi lado intelectual y pedante a un lado y centrarme en lo mío. Miro por el escaparate y veo lo que busco: unos “frankfurts” de tamaño considerable sumergidas en un líquido aceitoso incoloro y que han perdido su tono rosado para sustituirlo por grises y verdes. Ahí está. Mi puenting particular. Mi salto en paracaídas sobre una geografía desconocida.
-Póngame un perrito caliente y unas patatuelas -le digo.
-¡Marchando! -responde él como si fuese cocinero de verdad o algo.
El señor pone a freir las patatas y cuando va a abrir un paquete de frankfurts plastificadas, protesto.
-No. Yo quiero esa de ahí, la de la bandeja.
-Pero esa… Es que es la de muestra.
-Me da igual. Yo quiero esa.
El señor me mira extrañado y se acerca a la bandeja, sumerge las pinzas y algo en el fondo parece removerse inquieto. Algo antiguo e innombrable que quizás lleva eones descansando en el limo esperando a que las estrellas se alinee para…
-¿Seguro que no quieres una del paquete recién abierto? Yo creo que…
Pero entonces le agarro del cuello de la camisa, pego su sucia cara a mi sucia cara y le digo muy serio.
-Quiero esa. La más verde.
El hombre obedece asustado, mete el perrito en el aceite de la freidora y empieza a soltar un humo fluorescente y a despedir un extraño olor. La mete en el pan y me pregunta qué salsa quiero de entre las presentes. Elijo salsa de ajo, le pago y me marcho. Me siento en un banco cerca de allí, uno de madera quiero decir, no uno de los que roban a la gente, y doy el primer mordisco.
Y de pronto la realidad ante mis ojos comienza a desvanecerse. Como una figurita de boda metida en un microondas o un soldadito de plástico bajo la lupa de un niño sádico. Miro las luces que se mezclan en combinaciones de colores únicas y la música se ralentiza hasta convertirse en una letanía, un canto triste y melancólico. Las gentes a mi alrededor están desnudas de pronto, libres de ropa, carne y hueso. Y es entonces cuando puedo ver la verdad.
Entonces me doy cuenta de que todo es mentira, que todo lo que nos cuentan, lo que aprendemos y creemos comprender no es más que una ficción creada para utilizarnos como marionetas de un sistema que al igual que una obra de teatro necesita que cumplamos con nuestros papeles para poder llegar a su trágico final.
Me doy cuenta de que lo único que importa es lo que hemos dejado a un lado, como los árboles que languidecen en lejanos valles amenazados por las llamas, los animales que viven con temor a encontrarse con uno de nuestra especie, los mares y los ríos que envenenamos con total tranquilidad.
Me doy cuenta de que el progreso fue un fracaso, la mayor estupidez jamás cometida pues nos ha llevado a este sistema capitalista que fagocita nuestras necesidades reales para alimentar a las adquiridas, volviéndonos dependientes de objetos que a su vez nos incitan a desear comprar y ello a la ansiedad del fracaso perpetuo.
Y me doy cuenta al mirar arriba de que ya no observo las estrellas como antes, que he olvidado sus nombres, sus localizaciones y ya no veo las formas que trazan pues mis ojos ya no distinguen esas líneas imaginarias que las unen en los sueños.
Porque no somos mas que motas de polvo venidas a más. Pequeños nódulos de ego que arrasan con todo a su paso para sentirse importantes. Seres gregarios que han perdido la capacidad de empatizar y por lo tanto de recibir el mínimo respeto por parte de sus semejantes. Y es por eso que estamos solos en el universo, en nuestro planeta y en nuestras propias mentes.
Y veo nubes brillantes cabalgadas por seres celestiales que me sonríen al pasar, con dientes tan brillantes como los soles que transportan aurigas tiradas por caballos alados. Veo aves de fuego renaciendo de sus cenizas una y otra vez implorando a los cielos el descanso que merecen, cayendo en picado ante damas de belleza tal que convierten a quienes las miran en estatuas de piedra con corazones de miel. Veo santas compañas desfilando ante mí, portando las almas de aquellos cuya suerte terminó, llamándome con cantos de sirena para que cruce el umbral que separa la vida de la muerte y la sinrazón.
Hasta que finalmente despierto para regresar al sueño de la realidad. Miro el papel manchado de verde donde antes había estado ese perrito caliente visionario y me levanto para volver a mi casa. Y al pasar frente al puesto de comida veo un cartel que se me pasó leer antes. “Frankfurt vegano” dice. Y así me doy cuenta de que quizás mis visiones no fueran fruto de la química de un alimento en mal estado sino de la necesidad de romper vínculos con un estilo de vida alienante. Y ya no sé si el problema es el mundo o soy yo, que debo escribir menos y leer más.
miércoles, 3 de julio de 2019
De dojos y charcuterías
¿Cuántas veces habré dicho ya en este blog que el deporte no es lo mio? ¿Cien? ¿Mil? ¿Veinte? Pues es posible que ahora, tras años de renegar de él, deba tragarme mis palabras pues. Y es que los años no pasan en balde. Incluso aquellos que tenemos la suerte de contar con una generosa genética que nos mantiene tersos y estilizado cuando otros de nuestros semejantes languidecen en la decrepitud de las marcas de la edad, llega un momento en el que tenemos que plantarnos, tragarnos nuestros principios y aceptar que esto ya no es lo que era, que todo cruje, tira y duele y quizás la única forma de preservar algo de movilidad y garantizar calidad de vida para el futuro sea arrojarse en los fuertes y sudorosos brazos del deporte. Tomad frase larga.
Y sumido en esas ideas de preservación física me hallaba yo cuando por casualidad, entre anuncios de batidos hiperprotéicos, máquinas de abdominales milagrosas y nuevos gimnasios con relucientes aparatos que harían las delícias de cualquier inquisidor, me topé con algo que llamó mi atención. Al girar una calle cualquiera de un barrio cualquiera vi lo que parecía ser un dojo de entrenamiento japonés al antiguo estilo, con sus letritas chinas, sus dibujitos de samuráis y otras cosas que evocaban tradiciones ancestrales de oriente donde como todo el mundo sabe, los ancianos de noventa años son capaces de dar volteretas prodigiosas, subirse corriendo a los árboles y lanzar ataques tan veloces com precisos. ¿Sería eso lo que estaba buscando y que alguna fuerza cósmica, llamada azar, providencia o complot judeo-masónico, había colocado ante mi?
Dudé un rato. Adentro no se oía nada pero al final entré, ya que no había timbre y esperar fuera de forma indefinida me pareció absurdo. Entré, decía, y me encontré en un pequeño vestíbulo que olía a infusiones de esas fuertes, sudor humano y algún tipo de incienso. Tras un mostrador bastante alto había una chica que me miraba sin decir nada y como supuse que sería alguien del lugar, me acerqué a preguntar. Me dijo que allí se daban clases de kenjutsu, el arte milenario de la esgrima japonesa y que si me esperaba unos minutos podría hablar con el Maestro para informarme de todo. Como no, el Maestro resultó ser un señor bajito, oriental a más no poder, con sus bigotes blancos y su trencita. Hablamos de horarios, precios y cosas así y quedamos para empezar las clases cuanto antes. Salí a la calle con cierta ilusión. ¿Habría encontrado por fin un deporte que me gustara? Seguid leyendo y lo que sucedió os va a sorprender. Clickbait al canto.
Llegó el día y regresé al dojo con mi chándal recién comprado (nunca había tenido uno) y una mochilita con calcetines limpios y algo de ropa de recambio por si sudaba mucho, me hacía caca encima o algo. Me metí en la sala de entrenamiento que era un tatami simple decorado al estilo japonés del período edo y con una sorprendente variedad de armas, especialmente “daishos” (la combinación de katana, wakisashi y tanto) junto con el maestro y dos señores más, uno jovencito y otro algo más mayor que yo y muy corpulento. Nos hicimos el saludo de rigor y rápidamente comenzamos el entrenamiento, que debo decir que fue bastante duro para mi cuerpo.
Estiramientos imposibles, volteretas, esquivas y ejercicios de fortalecimiento sosteniendo armas en las manos para “hacernos uno con la espada” tal y como repetía el Maestro. No hubo conversaciones ni bromas, eso sí, todos muy serios entrenando, mostrando gran respeto por nuestro sensei y aplicando sus enseñanzas en la medida de lo posible.
Cuando terminó la clase yo estaba molido y en los vestuarios traté de hacer gala de mi humor para ganarme algo de confianza con mis dos compañeros pero no lo logré. El jóven se marchó con la cabeza baja sin decir ni mú y el grandullón se limitó a mirarme con la misma severidad inexpresiva que durante el entrenamiento. Menuda gente rara. Y como al final me quedé el último por mi falta de habilidad al atarme los cordones, aproveché para hablar un poco con el Maestro.
-Pues… Ha estado bien la clase. Me ha parecido muy interesante y tanto estiramiento es justo lo que necesito para desentumecer mi espada y extremidades.
-Kenjutsu sel el alte malcial definitivo. Tu loglal un cuelpaso si sel tenaz y voluntalioso -me respondió él con ese carácterístico accento.
-No lo dudo. Además conozco un poco el folklore japonés relacionado con la espada. Hace unos años me leí “El libro de los cinco anillos” de Myamoto Musahi y he visto casi todas las de Kurosawa, además de muchos episodios de “Humor amarillo”, que salía Takeshi Miike.
-Glades dilectoles Kulosawa y Miike.
-Si. Y bueno… No dejamos claro el tema del pago. ¿Efectivo, tarjeta, paypal?
-Como tu quelel. Lo único es que pagal antes de día tleinta polque sel tolneo mensual y tu sabel…
-¿Torneo mensual? No me habló de eso cuando me apunté.
-Tu no pleguntal.
-Es que es complicado preguntar por algo de lo que no se es consciente que existe.
-Cada mes celeblal tolneo. Pol eso llamalse “tolneo mensual”.
-Ya. Hasta ahí había llegado.
-En tolneo mensual alumnos coompetil pol sel ganadoles y seguí en dojo.
-¿Entonces a los que pierden se les expulsa?
El Maestro me miró entonces con esos ojitos de rata que se le abrieron de par en par en la medida de lo posible, claro.
-Peldedoles deja de existil. Sel duelos a muelte.
-¿Me estás diciendo que todos los meses tus alumnos se matan entre ellos?
-Colecto. Hacelse salami entle ellos. Chopped. Moltadela. Esto sel chalcutelía todos los meses.
-Pero… Yo he venido aquí a paliar mis problemas de espalda no a convertirme en un guerrero que se juega la vida…
-¿Tu cleel que Musashi luchal pol quítale dololes de espalda? ¿Tu cleel que los siete samulais luchal pol mantenelse en folma? ¿Tu pensal que los cincuentamil samulais caídos en la batalla de Sekigahala entlenaban pala esta guapetes y cachitas pala las tias? ¡Tu espada sel tu alma y una vez la tocas ya no podel vivil más que pala matal o… ¡Molil!
Y así. Con esa idea en la cabeza me marché del lugar, volví a mi casa a arropar a mis hijas, cenar algo y acostarme prontito que mañana hay trabajo y seguro que tendré agujetas y al acostarme el sueño rehuyéndome y esos dos ojitos megros mirándome sin dejar de repetir en mi cabeza eso de “¡Molil, molil, molil!”.
Y ahora ya no sé si darme de baja o seguir un tiempecito más. Si es que al final la vida se reduce a estar tomando decisiones todo el rato. Ya os contaré… o no.
Y sumido en esas ideas de preservación física me hallaba yo cuando por casualidad, entre anuncios de batidos hiperprotéicos, máquinas de abdominales milagrosas y nuevos gimnasios con relucientes aparatos que harían las delícias de cualquier inquisidor, me topé con algo que llamó mi atención. Al girar una calle cualquiera de un barrio cualquiera vi lo que parecía ser un dojo de entrenamiento japonés al antiguo estilo, con sus letritas chinas, sus dibujitos de samuráis y otras cosas que evocaban tradiciones ancestrales de oriente donde como todo el mundo sabe, los ancianos de noventa años son capaces de dar volteretas prodigiosas, subirse corriendo a los árboles y lanzar ataques tan veloces com precisos. ¿Sería eso lo que estaba buscando y que alguna fuerza cósmica, llamada azar, providencia o complot judeo-masónico, había colocado ante mi?
Dudé un rato. Adentro no se oía nada pero al final entré, ya que no había timbre y esperar fuera de forma indefinida me pareció absurdo. Entré, decía, y me encontré en un pequeño vestíbulo que olía a infusiones de esas fuertes, sudor humano y algún tipo de incienso. Tras un mostrador bastante alto había una chica que me miraba sin decir nada y como supuse que sería alguien del lugar, me acerqué a preguntar. Me dijo que allí se daban clases de kenjutsu, el arte milenario de la esgrima japonesa y que si me esperaba unos minutos podría hablar con el Maestro para informarme de todo. Como no, el Maestro resultó ser un señor bajito, oriental a más no poder, con sus bigotes blancos y su trencita. Hablamos de horarios, precios y cosas así y quedamos para empezar las clases cuanto antes. Salí a la calle con cierta ilusión. ¿Habría encontrado por fin un deporte que me gustara? Seguid leyendo y lo que sucedió os va a sorprender. Clickbait al canto.
Llegó el día y regresé al dojo con mi chándal recién comprado (nunca había tenido uno) y una mochilita con calcetines limpios y algo de ropa de recambio por si sudaba mucho, me hacía caca encima o algo. Me metí en la sala de entrenamiento que era un tatami simple decorado al estilo japonés del período edo y con una sorprendente variedad de armas, especialmente “daishos” (la combinación de katana, wakisashi y tanto) junto con el maestro y dos señores más, uno jovencito y otro algo más mayor que yo y muy corpulento. Nos hicimos el saludo de rigor y rápidamente comenzamos el entrenamiento, que debo decir que fue bastante duro para mi cuerpo.
Estiramientos imposibles, volteretas, esquivas y ejercicios de fortalecimiento sosteniendo armas en las manos para “hacernos uno con la espada” tal y como repetía el Maestro. No hubo conversaciones ni bromas, eso sí, todos muy serios entrenando, mostrando gran respeto por nuestro sensei y aplicando sus enseñanzas en la medida de lo posible.
Cuando terminó la clase yo estaba molido y en los vestuarios traté de hacer gala de mi humor para ganarme algo de confianza con mis dos compañeros pero no lo logré. El jóven se marchó con la cabeza baja sin decir ni mú y el grandullón se limitó a mirarme con la misma severidad inexpresiva que durante el entrenamiento. Menuda gente rara. Y como al final me quedé el último por mi falta de habilidad al atarme los cordones, aproveché para hablar un poco con el Maestro.
-Pues… Ha estado bien la clase. Me ha parecido muy interesante y tanto estiramiento es justo lo que necesito para desentumecer mi espada y extremidades.
-Kenjutsu sel el alte malcial definitivo. Tu loglal un cuelpaso si sel tenaz y voluntalioso -me respondió él con ese carácterístico accento.
-No lo dudo. Además conozco un poco el folklore japonés relacionado con la espada. Hace unos años me leí “El libro de los cinco anillos” de Myamoto Musahi y he visto casi todas las de Kurosawa, además de muchos episodios de “Humor amarillo”, que salía Takeshi Miike.
-Glades dilectoles Kulosawa y Miike.
-Si. Y bueno… No dejamos claro el tema del pago. ¿Efectivo, tarjeta, paypal?
-Como tu quelel. Lo único es que pagal antes de día tleinta polque sel tolneo mensual y tu sabel…
-¿Torneo mensual? No me habló de eso cuando me apunté.
-Tu no pleguntal.
-Es que es complicado preguntar por algo de lo que no se es consciente que existe.
-Cada mes celeblal tolneo. Pol eso llamalse “tolneo mensual”.
-Ya. Hasta ahí había llegado.
-En tolneo mensual alumnos coompetil pol sel ganadoles y seguí en dojo.
-¿Entonces a los que pierden se les expulsa?
El Maestro me miró entonces con esos ojitos de rata que se le abrieron de par en par en la medida de lo posible, claro.
-Peldedoles deja de existil. Sel duelos a muelte.
-¿Me estás diciendo que todos los meses tus alumnos se matan entre ellos?
-Colecto. Hacelse salami entle ellos. Chopped. Moltadela. Esto sel chalcutelía todos los meses.
-Pero… Yo he venido aquí a paliar mis problemas de espalda no a convertirme en un guerrero que se juega la vida…
-¿Tu cleel que Musashi luchal pol quítale dololes de espalda? ¿Tu cleel que los siete samulais luchal pol mantenelse en folma? ¿Tu pensal que los cincuentamil samulais caídos en la batalla de Sekigahala entlenaban pala esta guapetes y cachitas pala las tias? ¡Tu espada sel tu alma y una vez la tocas ya no podel vivil más que pala matal o… ¡Molil!
Y así. Con esa idea en la cabeza me marché del lugar, volví a mi casa a arropar a mis hijas, cenar algo y acostarme prontito que mañana hay trabajo y seguro que tendré agujetas y al acostarme el sueño rehuyéndome y esos dos ojitos megros mirándome sin dejar de repetir en mi cabeza eso de “¡Molil, molil, molil!”.
Y ahora ya no sé si darme de baja o seguir un tiempecito más. Si es que al final la vida se reduce a estar tomando decisiones todo el rato. Ya os contaré… o no.
jueves, 20 de junio de 2019
De precintos y casi veranos.
Sé que viendo mis
últimas entradas muchos de vosotros (y alguna de vosotras) pensará
que estoy forrándome de pasta gracias a mis habilidades literarias y
los numerosos eventos de alto nivel cultural a los que asisto, pero
no. Nada más lejos de la realidad. Soy igual de miserable que
siempre, quizás más, y necesito autoinmolarme día tras día,
madrugón tras madrugón y kilómetro tras kilómetro para poder
mantener a mi familia bien cuidad y alimentada. Es por ello que
aclarado este punto me dispongo a contaros una anécdota camioneril
que como siempre que me pasa algo, estuvo a punto de costarme la
vida... o algo peor.
Resulta que como
todos/as/ es sabréis, los transportistas debemos disponer de
herramientas para cargar cualquier tipo de mercancía y entre los
utensilios para transportar piedra hay caballetes de hierro, tablones
de madera, cadenas, cintas, carruchas y un largo etcétera que
incluye, en caso de cargas delicadas como láminas de piedra caliza o
areniscas, protectores para el hierro de los soportes y cinta de
precinto para mantener esos soportes unidos. ¿Si? ¿Estamos en
situación? Pues empiezo.
Hace relativamente
poco (de una semana a un año) abrieron en mi querido lugar de
residencia un bazar chino nuevecito, con una tele de plasma gigante
en la fachada que anuncia el mismo bazar y pasillos y pasillos de
objetos útiles o no, pero en cualquier caso de bajo precio. Y allá
que fui en busca de un rollo de precinto porque el que tenía se
estaba terminando y sin él no soy nada, como la canción de Amaral.
Me hice con el rollo, pagué, me lo llevé al camión y cuando lo usé
quedé maravillado por sus prestaciones. Era elástico pero
resistente, con un grosor perfecto y un adhesivo increíblemente
fuerte. Todos los que lo veían quedaban asombrados a su vez,
preguntando donde lo había comprado y anunciándolo a los cuatro
vientos. En cuestión de semanas todos los camioneros de la provincia
se habían comprado el mismo y yo, el pionero descubridor del
precinto perfecto me había convertido en un ser adorado e idolatrado
por todos. Que ya era hora, joder.
Y esos fueron los
días de bonanza que precedieron a la tormenta. Me invitaban a cafés
en el bar, me cedían la mesa en los restaurantes y el paso en las
rotondas. Podía conducir dormido que un enjambre de camiones se
encargaban de guiarme y apartar los obstáculos a mi paso para que
llegara sano y salvo a mi destino. Cambios mal devueltos a mi favor,
la mejor fruta del mercado, funcionarios renunciando a su almuerzo
por atenderme, partidas de rol semanales, mosquitos evitando
picarme... Todo era maravilloso hasta que sucedió el terrible
infortunio que da sentido a este texto que ya se está haciendo largo
y pesado.
Un buen día saqué
mi flamante rollo de precinto para asegurar unos tablones sobre el
metal de los caballetes cuando me di cuenta de que a medida que lo
desenrollaba perdía efectividad. Cada vez era más fino y
quebradizo, pegaba menos y al cortarlo quedaba hecho un desastre.
Pensé que se trataba solo de una mala racha pero no; cuanto más
desenrrollaba peor se ponía la cosa y entonces llegué a la
conclusión de que la primera mitad había sido excelente para
ocultar el desastre que seguía. Debí haberme imaginado tal estafa
cuando salí del bazar tras hacerme con la cinta y todos los chinos
reían mientras me señalaban. Que iluso fui... y lo peor de todo era
que ahora una legión de camioneros estaría a punto de descubrir el
engaño y apuntarme a mi como culpable con sus gruesos y poderosos
dedos.
Y estaba yo
conduciendo y pensando en como informarles del infortunio del
precinto cuando vi que en la autovía me seguían varios trailers,
todos de la zona y cuyos conductores sacaban sus gruesos brazos por
las ventanillas, monstrándome sus puños poderosos. Era demasiado
tarde. Habían descubierto el engaño. Y yo era el culpable de todo.
Tomé un desvío tratando de despistarles pero me siguieron y gracias
al milagro de las emisoras cada vez tenía más detrás de mi. La
cosa se ponía fea pero por suerte iba con el depósito lleno y la
caja vacía con lo que no iba a dejarme atrapar tan pronto. Comencé
un ascenso por un camino secundario que bordea una conocida montaña
de la zona y noté los primeros estragos en mis perseguidores; los
que iban cargados con bloques o palés comenzaban a quedarse atrás,
aunque seguía con una docena detrás de mi, de todos los tamaños y
formas.
Mi camión es
rígido, es decir que no es un articulado y eso supone una ventaja
cuesta abajo pues se pueden alcanzar mayores velocidades sin miedo a
las curvas por lo que me lancé por un puerto de montaña
especialmente retorcido y pude ver como algunos tráilers, incapaces
de coger bien las curvas acababan haciendo la tijera, bloqueando el
paso a otros y explotando en bellas bolas de fuego, color e
imaginación. Apenas tenía cinco camiones detrás, cuatro rígidos y
un tráiler superviviente.
Traté de dejarles
atrás en una recta pero no fue posible. Limitadores de velocidad
trucados, supongo. Debía soltar lastre y lo más pesado a mano era
la caja de herramientas. La tiré por la ventana y al chocar contra
el suelo se abrió, llenando el asfalto de destornilladores, llaves
inglesas, tornillitos y otros objetos pnzantes/ resbalantes con lo
que uno de mis perseguidores perdió el control y volcó, derramando
su cargamento de odio. Oro más se quedó atrás al recordar que era
el aniversario de su mujer y que todavía no le había comprado nada,
dejándome solo con tres perseguidores y la esperanza de poder salir
de una pieza de tal situación.
Un camión pequeño,
de tan solo dos ejes (el mio tiene tres) se situó a mi lado y
comenzó a embestirme para sacarme de la carretera, pero el mayor
volúmen y peso de mi vehículo hizo que saliera despedido, cruzara
un campo de alcachofas, atravesara un granero, subiera a una colina,
saliera volando en la parte superior y aterrizara en una charca de
aguas fecales donde se hundió hasta las ventanillas. Solo quedaban
dos. Un tráiler y otro camión como el mio se situaron a ambos
lados, me estrujaron para que no pudiera escapar y comenzaron a
arrojarme objetos por las ventanillas. Uno me lanzaba llaves inglesas
y el otro hacía lo mismo con repuestos, bombillas y bolas de papel
albal de los bocadillos. Yo lo esquivaba todo con gran habilidad y
los objetos iban a parar al otro camión, proveyéndoles de más
munición para un conflicto que parecía que iba a prolongarse hasta
el infinito, hasta que sucedió lo inesperado.
Me pareció ver a
una inocente y desvalida oveja en la carretera y frené en seco (al
final resultó ser una camiseta vieja arrastrada por el viento)
haciendo que los dos camiones que avanzaban en paralelo se
autoagredieran, saliendo uno herido de muerte y estrellándose para
hacer una crisálida en su cabina y esperar renacer, seguramente en
una forma superior, algún día de esos. El otro chófer no pudo
hacer otra cosa que frenar, cruzarse en la carretera y bajar de su
cabina. Me miró. Le miré. El sudor resbalaba por nuestras frentes y
nucas, empapándonos las camisetas. El sol de casi verano era el
único testigo de ese duelo que terminaría con uno de los dos
mordiendo el polvo.
-Hace calor -le
dije.
-Ya lo creo -me
respondió.
-Y eso que todavía
no ha entrado el verano verano.
-Verano verano...
Veranero.
-Verano verano,
veranero veranoide.
-No sabes como
acabar esta entrada... ¿Verdad? -me dijo.
-Es que no tengo ni
ganas de escribir, pero ahora que he llegado hasta aquí siento que
debo terminar lo empezado.
-¿Y si te digo que
hace un calor que tetorr..?
-No por favor. Ya no
pongo ese tipo de fotos en el blog. Habré madurado o habrá madurado
la sociedad o quizás todos hemos cambiado un poco sin darnos ni
cuenta, convirtiéndonos en personas no necesariamente mejores pero
sí más útiles para este sistema que nos empuja a actuar según
designios que ni siquiera controlamos.
-Pues para no tener
ganas de escribir te estás explayando.
-Calla y muere.
Y así le arrojé la
punta seca de un bocadillo olvidado en el bolsillo interior de mi
chaleco de verano terminando con él y con este sindiós.
A tomar por saco.
miércoles, 12 de junio de 2019
De ofertas de trabajo remuneradas y satanismo.
Siete de la tarde,
minuto arriba minuto abajo; me dispongo a comerme mi merienda típica
consistente en melón con queso (el jamón me da flato) cuando suena
el teléfono indicando un extraño y larguísimo número.
-¿Si? -respondo en
un alarde de elocuencia y riqueza verbal, léxica y semántica.
Tardan unos segundos
en responderme mientras se oyen sonidos de flautas de fondo.
-¿Señor Capdemut?
-dice por fin una voz masculina, algo lejana desde el otro lado.
-Si.
-Buenos días señor
Capdemut es un honor poder hablar con usted... -comienza a decir pero
le interrumpo.
-¿Como que buenos
días si es muy por la tarde ya?
-No, ya, es que le
llamo desde Perú y acá es por la mañana todavía, jeje, andale
wey.
-¿Perú este o perú
oeste?
-Perú no tiene este
ni oeste, solo norte y sur, somos un país chiquito, sabeusté.
-No lo sé, pero así
a ojo diría que la superficie de Perú es de más de un millón de
km2, que es el doble que España -le respondo haciéndome el listo.
-Si, eso es cierto
pero sabrá también que en los mapas a los del hemisferio sur nos
dibujan más pequeños siempre.
-Ya, puede ser que
eso cause una falsa sensación de pequeñez, pero como también son
gente más bajita les quedará más espacio para moverse todavía. Si
sacáramos cuentas puede que a nivel de sitio Perú sea el triple que
España. Pero no nos perdamos por esos derroteros espaciales. ¿A qué
debo su llamada señor..?
-Me llamo Nafka
Estalone y soy el responsable de la editorial A*****r y queremos
contar con su talentosa escritura para partisipar en una antología
con varios autores destinada a ser distrinbuida en colegios para que
los chamaquitos puedan inisiarse en la lectura y esas cosas. ¿Orale
vos?
-Ya.
-Los relatos van a
tratar sobre una banda de música en concreto. Cada autor elegirá
una cansión y escribirá un cuento sobre ella.
-Entiendo pero
sinceramente, yo no tengo ni idea de música andina ni estas cosas,
no se si soy la persona adecuada.
-¿Que música
andina ni qué rambutanes en almíbar, wey? La banda a tratar es
Venom.
-¿Venom? -le
respondo algo confuso? -¿La banda de black metal de los ochenta
abiertamente satanista y vetada en muchos países debido a sus letras
violentas y/o escatológicas?
-¡La misma
compadre! Veo que entiende usted de músicas del mundo.
-¿Y eso será
adecuado para que lo lean los niños?
-Por supuesto.
Piense que los niños en perú tienen que ir al colegio escalando
montañas y crusando ríos con cocodrilos que disparan laseres por
los ojos.
-Ya... Vale, pero...
¿Me van a pagar por esto o va a ser como todas las entradas que
escribo últimamente?
-¡Por supuesto wey!
Le vamos a dar mil millones de (viejos) soles.
-¿Mil millones?
-Así es, (viejo)
sol arriba (viejo) sol abajo dependiendo del cambio.
-Vale, acepto.
¿Donde hay que firmar?
-Aquí, debajo de la
linea de puntos.
-¿Donde pone "el
gilipolas"?
-Justito ahí.
-Hecho, tenga el
contrato y me pongo al trabajo ya.
-No me ha devuelto
el boli, chamaco.
-Uy perdón, tenga,
que es que a veces se quedan pegados, jeje.
-Jejeje, no pasa
nada. Total, solo me costó dos mil quinientos millones de (viejos)
soles.
-Anda, que caro el
puto boli, con razón.
-Pues nada, hablamos
entonses para la entrega del relato.
-Claro, déjelo en
mis manos. Ya puede colgar.
-No. Cuelgue usted.
-No tu.
-Usted.
-Tu.
-Tu.
-Cuelga tu.
-Besitos.
La llamada se corta
y me doy cuenta de que mi melón con queso se ha biodegradado y ahora
es un bello jardín colgante. Que bonita la naturaleza cuando no está
saturada de plásticos y colillas.
miércoles, 5 de junio de 2019
De cultura y visibilidad
Observo mi reflejo
en el cristal de la puerta antes de entrar. No me llaman todos los
días desde el ayuntamiento para hablar sobre mi carrera como
escritor (lo normal es que sea por impagos u otras cosas mundanas) y
siento cierta inseguridad por mi aspecto habitualmente desaliñado a
pesar de los esfuerzos por arreglarme.
Entro en la sala
principal, un espacioso vestíbulo de antigua construcción pero con
modernos muebles y me dirijo a la chica de información.
-¿Señor Capdemunt?
-me pregunta al verme.
-Es Capdemut.
-¿Señor Capdemut?
-vuelve a preguntar.
-El mismo que viste
y calza -le respondo educado.
-Le están esperando
en el centro cultural, cruce la puerta secreta y accederá al edifico
contiguo a este.
-¿Qué puerta? Yo
ahí no veo ninguna puerta?
-No la ve porque es
secreta, ya se lo he decido.
-Es "dicho".
"decido" es del verbo decidir.
-Ya lo sé, pero soy
una entidad de secretaría libre y puedo decidir lo que digo.
-De acuerdo, me ha
convencido.
Al otro lado de la
puerta, que se abre colocándose de espaldas a la pared y dando dos
palmadas para que un panel giratorio se active, hay un pequeño patio
cuya única salida lleva hasta una enorme escalera que asciende un
par de pisos. Justo en el hueco de la misma hay una preciosa maqueta
de un castillo con todo lujo de detalles y al verla una idea cruza mi
mente.
Teniendo en cuenta
que últimamente todas mis citas de cariz literario acaban a ostias,
me convenzo de que la localización (y existencia misma) de esa
bonita maqueta no responde a otra necesidad que la de ser aplastada
por alguien arrojado por el hueco de las escaleras debido a alguna
refriega que se producirá, con toda seguridad, cuando yo llegue
arriba.
Subo las escaleras
con cautela, preparado para el combate inminente y en lo alto me
encuentro con un tipo austero, taciturno y altanero. Me mira con
severidad, rigor e intransigencia y rápidamente me doy cuenta de que
me hallo ante mi primer rival. ¿Será él quien espachurre el
castillito de abajo con el lomo? Le miro, me quito la camiseta para
no mancharla en la lucha, porque como he dicho al principio me he
puesto mis mejores galas, y cuando creo que va a empezar una pelea
épica, el tío me sienta en una silla, se pone aceite en las manos y
comienza a darme un agradable masaje en la espalda.
-Uy, que tenso estás
-me dice.
-Ya ves, todo el día
agarrado al volante del camión como un loro a su palo.
-Tranquilo que en un
momento estarás como nuevo y podrás ser recibido por "La
Jefa".
¿La Jefa? ¿Quien
será esa? Un rival complicado, sin duda, teniendo en cuenta como me
preparan para el combate. Y menudo masaje, casi me siento flotar y de
estar acostado me dormiría allí mismo.
-¿Estás mejor? -me
pregunta.
-Estupendo, muchas
gracias. ¿Puedo seguir subiendo ya?
Y así con el
consentimiento del grandote me pongo la camiseta otra vez y subo al
segundo piso. Ante mi, una chica menuda, rubia y de aspecto delicado
me espera con una sonrisa. Debe ser esa tal Jefa, pienso para mi,
pero no me engañará con su apariencia frágil. Me preparo para
coger carrerilla y lanzarle una patada voladora directa al plexo
solar cuando me señala un sillón junto a una mesita equipada con un
refresco y patatuelas. Me siento algo confundido y me deleito con la
exquisita decoración y snacks de trigo mientras sorbo un refresco
sin gas bien fresquito. Y justo cuando ya estaba perdiendo la fe en
la existencia de un futuro combate, una doble puerta de madera de
cedro se abre y al pasar al interior me encuentro con una señora de
más o menos mi edad, algo mayor seguramente pero ya sabéis que en
estas cosas es mejor tirar a la baja para evitar malos rollos,
rodeada de seis tipos vestidos con trajes negros.
La Jefa y sus
mejores esbirros, no hay duda, ahora sí ha llegado la hora de
utilizar mis puños de acero y... Pero en lugar de ponerse la cosa
chunga me invitan a sentarme, los seis funcionarios sacan abanicos
para hacerme aire y la mujer comienza a explicarme cosas en un tono
sumamente amable.
-Señor Capdemunt,
le hemos citado porque desde el ayuntamiento queremos mostrar nuestra
más sincera admiración hacia usted y su magnífico trabajo y
ayudarle en lo que sea menester para facilitar, promover y dar a
conocer públicamente y de la manera más efectiva posible las dotes
creativas de nuestros ciudadanos más ilustres, porque un pueblo que
no apuesta por su cultura es un pueblo encaminado hacia la pobreza
humanista y bla bla bla...
Desconecto del
sermón y comienzo a pensar si sería buena idea sacar de su caja ese
viejo equipo de hombres lagarto del Blood Bowl, repintarlo un poco y
desafiar a algún amigo a un partidete amistoso, mientras oigo
algunas palabras resaltadas en negrita que llegan del torrente
verborreico de esa Jefa.
-Bla bla bla...
ORGULLO... bla bla... CULTURA... bla bla,,, PUEBLO...bla bla...
Yo asiento con la
cabeza y sonrío, miro el reloj despertador que levo en el bolsillo y
se me está haciendo tarde, así que decido hablar para cortar el
flujo de palabras e ir al grano.
-Bueno, entonces,
esto... ¿Por qué estoy aquí?
-Ah, me gusta la
gente que va al grano -me responde satisfecha-. Admiro a la gente
decidida. Creo firmemente y con total convicción en las
posibilidades infinitas de la gente que va...
-¡Al grano!
-contesto ya algo irritado. No solo no van a haber palos si no que me
aburren soberanamente.
-La cuestión es que
desde el ayuntamiento queremos realizar actividades culturales y le
hemos elegido a usted, querido Capdemunt para que sea quien las
organice, dirija y lleve a cabo.
-Ya. Entiendo,
pero... ¿Qué tipo de actividades? Y soy Capdemut, por cierto.
-Capdemut, claro, lo
sabía, es que le admiro tanto... Actividades relacionadas con la
literatura esa que usted hace. Charlas, talleres, monólogos... lo
que quiera. Libertad total. A usted todo se le da bien. Podríamos
empezar poco a poco realizando no sé... Una al mes y luego ir
aumentando la frecuencia dependiendo de la época del año y la
respuesta del público y...
-Vale, vale. Me
parece bien la idea.
-Oh perfecto.
-¿Pero cuanto voy a
cobrar por esto?
Y de pronto el
semblante de la Jefa palidece, los funcionarios bajan sus abanicos y
las nubes ocultan el sol, sumiendo la sala en una penumbra
silenciosa. Puedo oír los latidos de mi corazón, como crecen mis
uñas y el vuelo de una mosca que pasa por el extremo opuesto de la
calle.
-Bueno.. cobrar,
cobrar... ¿Usted no hace esto porque le gusta?
-Claro que me gusta,
pero lo cortés no quita lo regalado y si tengo que realizar un
trabajo extra para terceros lo normal es llevarme algo por las
molestias y el tiempo invertido.
-Ya pero... -los
ojos de la Jefa recorren la sala sin control alguno-. Aquí en el
ayuntamiento no tenemos unas tarifas estipuladas para eso y...
Nuestra forma de pago es dar a los artistas visibilidad y... Piensa
en los libros que podrás vender cuando todos te conozcan y eso y tal
y pascual.
Y entonces yo me
cierro en banda y le digo que no me sale del testículo izquierdo que
por cierto es el único que me queda después de mi breve pero
intenso intento de triunfar en la tauromaquia, de aceptar encargos
gratis, que ser escritor es una mierda y que como mucho estaría
dispuesto a participar en actividades ya organizadas como invitado o
colaborador pero en ningún caso hacer yo el trabajo de los demás a
cambio de "visibilidad". Que yo no como visibilidad, ni
pongo gasolina al camión con visibilidad y que las miniaturas de
Warhammer no se pagan con visibilidad sino con dinero.
Y dicho esto me
acompañan a la puerta, bajo las escaleras y dejo atrás a la Jefa, a
la chica rubia y al señor grandote. Miro con tristeza la maqueta del
castillo que sigue entera y aunque estoy tentado de agarrar una silla
y destrozarla para aliviar un poco mis ansias de violencia, la dejo
como está. No molaría tanto sin duda.
Salgo a la calle
algo triste. Creía que esta iba a ser una entrada con acción y ha
resultado ser un coñazo insoportable. Lo siento por mis lectores
pero sobretodo por mi mismo. Pero de pronto capto un movimiento
furtivo por el rabillo del ojo. Miro y no veo nada, pero entonces
capto algo con mi visión periférica en un tejado. Una figura
completamente vestida de negro salta al interior de un balcón donde
se oye un grito ahogado. Y a esa le sigue otra y otra... ¡La ciudad
está siendo atacada por ninjas! Ahora sí que se pone interesante la
cosa. me meto en la cabina telefónica más cercana y saco de la
riñonera mi traje blanco de ninja del bien. Esos malvados no saben
con quien se la juegan.
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