sábado, 16 de noviembre de 2019

De bocadillos y zapatos


Otra entrada que me da pereza escribir y la hago en vídeo.
Pero os prometo que la proxima será de verdad, de las que podéis leer sin que los de al lado se enteren de las mierdas que veis en internet.







miércoles, 6 de noviembre de 2019

De huesos y asimetrías.


Después de mi experiencia con esa señora de la acupuntura* me prometí no volver a acudir a lugares de masajes o tratamientos varios sin tener buenas referencias, pero mi dolor de espalda no solo no remite sino que parece acrecentarse con los años y desesperado, acepto la recomendación del amigo de un conocido que aseguraba que al primo de su cuñado le había ido muy bien cierto osteopata y allá que voy.
Es de noche ya y busco la dirección ayudado por el google maps en uno de los barrios más laberínticos del pueblo y que como no era de extrañar, nunca había pisado. Es una zona de casas bajas, a la antigua usanza, de esas en las que señoras mayores se asoman a mirar por los visillos en cuanto oyen pisadas y los perros en lugar de tranquilizadores ladridos lanzan inquietantes miradas de reproche. Me siento incómodo y la sensación no se disuelve al encontrar el lugar.
Una casa normal, como no, sin carteles indicadores, sin ningún tipo de referencia y cuando llamo tienen que abrir media docena de pestillos, cerrojos y candados. Me recibe un chaval sonriente con las manos manchadas de aceite y me hace pasar a una sala de espera que no es otra cosa que un saloncito de esos con revistas y una tele sin mando en la que solo se puede ver el programa ese del zumbado de George de la jungla. En el episodio de hoy unos nativos de filipinas le invitan a dormir en su casa y él casi se la desguaza tratando de hacerle una foto a una araña. Por suerte me llaman ya y no tengo que ver como se deja morder por algo venenoso y luego hace como que se medio muere.
Paso a la sala de tratamiento, o como se llame y antes que nada el profesional en la materia me hace varias preguntas. Que cual es mi problema, que quien me ha hablado de él, que desde cuando me duele, que si la tortilla con o sin cebolla… Luego me hace quitar los zapatos y examina las suelas; me indica que tengo una pisada irregular teniendo en cuenta el desgaste y me mira con severidad.
-Esto puede ser por tener una pierna más larga que la otra -me dice.
-Hombre, todos somos asimétricos dicen, y es normal tener unos milímetros de…
-Ni milímetros ni pollas. Fíjate en esto.
Entonces saca un metro, mide desde el hueso occipital hasta el tobillo y no hay duda. La izquierda me mide 102 cm y la derecha 114.
-¿Ves? -me dice tan pancho -. Tienes una diferencia de 12 centímetros. Eso te causa una cojera que deriva en el dolor de espalda.
-¿12 centímetros de diferencia? ¡Eso es una locura! No puede ser, vuelve a medir.
-No es necesario medir. Se ve a simple vista. Lo he notado con tu caminar oscilante, a lo Fraga que en paz descanse.
-Bien muerto que está el hijoput… Pero no me desvíes el tema. ¿Voy a tener que llevar unas de esas botas con plataformas? No voy a ligar en mi vida.
-Sí, sin duda, pero ya que mencionas la desviación… -comienza a explicarme -. Tu columna está algo torcida hacia la izquierda. Así a ojo… Unos 70 grados.
-¿Qué? -respondo azorado, sea lo que sea que signifique eso -. Setenta grados es una barbaridad. Me habría dado cuenta.
Entonces el tío deja caer un pañuelo de seda al suelo y me pide que lo recoja con una mano y con otra. Con la izquierda lo recojo sin problemas pero con la derecha me cuesta horrores.
-¡Esa es la prueba! -exclama emocionado -. Tu brazo izquierdo está como a un palmo del suelo de normal, mientras que el derecho queda bastante más lejos. ¿De verdad nunca lo habías notado?
-Pues ahora que lo dices, igual si que… ¿Pero entonces esto también tendrá que ver con mis mareos y falta de equilibrio? Porque es otro de los problemas que te quería comentar.
-No. No creo -me responde tomando notas en su libreta -.Eso será cosa de la joroba.
-¿¡También soy jorobado¡?
-Sí. Y mucho. A lo Gerard Depardié.
-Pero… Yo me miro en el espejo y me veo bien.
-Porque también tendrás dismorfofobia. Tu cerebro modifica tu aspecto para que no te suicides y al mirarte te ves como un hombre atractivo y con pelazo.
-¿Tampoco tengo pelo?
-No.
-Joder… Con razón no ligo nada. Soy un puto engendro infernal.
-Si.
-¿Y qué puedo hacer? ¿Tendrá arreglo via cirujias, implantes óseos y electroshocks?
-No hombre, no te preocupes. Unas sesiones de masajes y te llevo al sitio.
-Anda pues que bien, ya me quedo más tranquilo.
-Solo serán cien sesiones para empezar.
-Las que hagan falta. Ah. Y cobrame lo que quieras.
-Por supuesto que lo haré. Faltaría más.
-Será un placer.
-Igualmente.
-…
-¡Qué?
-Vamos terminando esto. ¿No?
-Cuando tu quieras, que eres el que escribe.
-Claro, total, seguro que ya nadie está leyendo.
-¿Tu crees?
-Seguro. Luego comentan con un “jajaja” y se quedan tan panchos.
-Pues ale, al lio.
-¿Qué lio?
-Lo de los masajes. A eso has venido.
-Cierto. Me había travisculado.

jueves, 24 de octubre de 2019

De muertes y promociones (ambas cosas inesperadas)



Hace unos meses me pasó una cosa curiosa que me gustaría relataros, ya que algunas veces las cosas parecen negativas pero un pequeño giro del destino puede convertirlas en algo agradable y próspero. Sí amigos y amigas, numerosos lectores de este blog y confusos navegantes que habéis llegado aquí por error mientras buscabais porno, hoy voy a romper mi silencio y también mi habitual pesimismo para explicaros una historia bonita con final feliz. Para que luego no se diga que soy un monstruo sin alma. Allá voy.

Todo comenzó con una llamada de teléfono. Lo tenía justo al lado pero esperé que sonara cuatro veces antes de cogerlo, para que quien estuviera al otro lado pensara que estaba haciendo algo interesante y no muriéndome de aburrimiento esperando a que alguien me llamara. Al otro lado del auricular estaba F, un amigo de la infancia cuya voz sonaba preocupada.
-Tengo un problema -me dijo así, de forma escueta, esperando seguramente despertar mi curiosidad.
-¿Qué te ha pasado? -dije yo con mi curiosidad ojiplática.
-Mi abuela ha muerto.
-Ostras, cuanto lo siento. Te acompaño en el sentimiento y eso, pero bueno… ¿Qué edad tenía ya? ¿Más de cien puede ser?
-Casi doscientos, pero ese no es el caso. Lo que pasa es que ha muerto leyendo uno de tus libros.
-Ostras, que incidencia tan inesperada… ¿Cual de todos ellos?
-El primero. Ese rojito. En realidad es el único que te compré porque no me gusta leer y solo quería quedar bien contigo.
-Bueno… Entiendo -le respondí yo buscando la forma de que la conversación avanzara un poco. -¿Crees que ha muerto por culpa del libro?
-No lo sé, pero eso es algo irrelevante ahora mismo. Ha muerto y ya está. La causa no altera el resultado en ningún caso.
-Entonces… ¿Por qué me lamas?
-Porque tiene el libro tan bien agarrado que no podemos quitárselo de las manos y nos está resultando imposible cerrar el ataúd.
-Entiendo… ¿Pero qué quieres que haga yo?
-No lo sé, es tu libro.
-Pero es tu abuela la que se ha muerto. El libro es un objeto inerte desde siempre, es ella la que ha cambiado de estado. -traté de explicarle así de forma suave ya que era obvio que mi amigo estaba pasando por un mal momento. -¿Por qué no le cortáis los brazos a la altura de los codos y se los ponéis al ladito? Total, croquetas ya te iba a hacer pocas…
-¿Pero como quieres que le corte los brazos a mi abuelita? ¡No tienes alma!
-No. Pero no te alteres hombre… Ahora vengo y seguro que lo arreglamos.

Y vaya si lo arreglamos.

Con una sierra de marquetería logramos abrir una sección de la tapa del ataúd, haciéndolo descapotable de modo que al cerrar, las manos y el libro quedaban a la vista. Eso hizo que la posterior marcha fúnebre me sirviera de promoción del libro y aproveché, hábilmente situado al fondo del cortejo, donde la gente ya no tiene caras tan tristes, pera ir repartiendo tarjetas de visita. Nunca había vendido tantos libros como ese día. Ni ferias, ni presentaciones, ni leches en vinagre. Al final yo contento, mi amigo F contento, las gentes del pueblo contentas… Que bonito todo, joder.

domingo, 22 de septiembre de 2019

De llamas y mirar a otro lado


Recuerdo un tiempo en el que no percibía el mundo como lo hago hoy. Recuerdo que me sentía parte de un todo, alguien con una misión, con un propósito, con un alma que ya no siento en mi interior.

En esa época, que me llevó quizás hasta los veintipocos, me sentía muy unido a la naturaleza, pasaba mis horas conociendo y estudiando mi entorno, sintiéndome parte de una armonía olvidada por muchos pero que para mi era sumamente importante.

Los que me conocéis sabéis que no me van mucho los temas esotéricos o metafísicos, pero por aquél entonces me sentía tan unido al ecosistema del que formaba parte que casi era capaz de “escuchar” a los árboles y “sentir” las mismas piedras bajo los pies. He pensado mucho en ello durante estos últimos años y no sé hasta qué punto eran sensaciones reales o simples fantasías de mi juventud. En cualquier caso ya no es así.

También recuerdo que cuando llegaba el verano y las televisiones mostraban imágenes de incendios forestales varios, lo pasaba realmente mal. Los paisajes carbonizados, las llamas consumiendo la vegetación y la inevitable acción del ser humano cubriendo de cemento el terreno, hacía que lo pasara realmente mal. Era como arder yo mismo. Como ver abrirse en mi una herida que quizás ya no sanaría jamás. ¿He dicho antes que ya no es así?

Esta última semana a raíz de la alarma generada por los incendios incontrolados de la Amazonia, las redes sociales, televisiones y noticiarios varios se han hecho eco (tímidamente, por supuesto ya que ahora lo que vende es camuflar el racismo y la insolidaridad de patriotismo y ciudadanía) y a pesar de que es un tema que sigue preocupándome, me ha resultado tremendamente difícil empatizar con ese yo del pasado que seguro se habría revuelto de dolor. Y me pregunto qué me ha pasado ya que no comprendo si al madurar me he endurecido frente a las tormentas emocionales de la existencia o simplemente he priorizado mis problemas y preocupaciones personales ante aquello que queda más lejos de mi persona y mi círculo familiar. ¿Acaso no afecta la desaparición de la Amazonia a mis hijas? Por supuesto. Pero ni así consigo encontrar al yo de antes.

Supongo que el inmovilismo de los demás, ese que tanto me enervaba hace veinte años es ahora el mio. Supongo que el integrarse en esta sociedad económica en la que vivimos implica salir de esa otra sociedad natural de la que formábamos parte hace muy pocas generaciones. Supongo que aunque lo intenté en su momento, ahora no soy mejor que cualquier otro. Y a pesar de ello no puedo dejar de pensar.

No puedo dejar de pensar en lo complicado que debe ser el tener consciencia del paso de los años y la proximidad de la muerte, de saber que nacemos para morir, inevitablemente, y que da igual lo que hagamos porque terminaremos bajo tierra de un modo u otro. No puedo dejar de pensar en el dolor que causa el empatizar, la frustración del altruismo, la amargura de la solidaridad… Cualquier esfuerzo para cambiar la corriente del río de un sistema que premia a los cobardes y castiga a los osados. Y no puedo dejar de pensar en qué tipo de persona me he convertido y en que pensaría mi yo del pasado, ahora convertido en un simple recuerdo, si me viese aquí, escribiendo mientras el mundo agoniza en silencio.

Y es que a veces las cosas pierden el sentido. Nos consolamos realizando pequeños actos insignifcantes de bondad que ocultan nuestros infames egoísmos para mantenernos al margen de lo verdaderamente importante, para cubrirnos con un manto que nos proteja del dolor de ver, oír y sentir. Nos creemos buenos ciudadanos, buenos seres humanos y creemos que dar ejemplo con pequeñas acciones nos salvará de la quema, figurada y literal, que nos espera. Nos convencemos de que somos los salvadores del mundo al tirar una botella de plástico en el contenedor amarillo o al plantar un geranio en una maceta del balcón mientras ignoramos la huella irreparable que casamos con otros cientos de acciones automáticas que forman parte de nuestras rutinas. Como si todavía pudiésemos salvarnos. Como si este abismo al que nos hemos arrojado tuviese un fondo cubierto de plumas y algodones cuando sólo nos esperan las duras rocas, las llamas y las cuchillas afiladas. Y sólo nos queda el consuelo de que al caer, caeremos todos juntos, como si el infierno fuese mejor así.

domingo, 8 de septiembre de 2019

De dípteros y vueltas de vacaciones



Septiembre otra vez. Toca volver a las rutinas, a las rutas camioniles, a encontrarme con las mismas caras de siempre pero más viejas y gorditas y toca, en definitiva, volver a estar en el lugar que a uno le ha sido asignado por el cruelmente imparcial destino. Y no es una sensación desagradable, lo reconozco.  En cierto modo me reconforta tener las cosas bajo control, apuntar los días en la agenda, escribir los discos del tacógrafo y el ronronear del motor… Supongo que muy a mi pesar y después de tantos años, este ha terminado siendo mi lugar.

Saludo a la capa de polvo sobre el salpicadero (todos los años en vacaciones me propongo hacer limpieza pero al final me da pereza), a las botellas de agua que quedan ahí detrás y ya nunca me atrevo a beber, a esa manzana que olvidé y que ahora presenta un aspecto raro y empiezo mi marcha. Es una mañana nublada, algo lluviosa pero como en esta zona las nubes son algo puramente efímero y decorativo, pronto brilla el sol con fuerza, con la rábia del fin de verano. Me deslumbra y mientras conduzco busco con la mano el estuche donde guardo mis gafas de sol.
Para mi vida normal de persona mundana utilizo unas gafas de las baratas, para proteger mis dañados ojos de la radiación solar; pero para el camión tengo otras, más baratas aún, ya que siempre acabo aplastándolas , rayándolas, destruyéndolas o desintegrándolas. Y es al abrir el estuche hermético cuando sucede el suceso propiamente redundante que voy a relatar en esta entrada.

Abro el estuche decía, uno de esos herméticos y duros como caparazón de archelón y del interior, además de las propias gafas aparece una mosca que sale volando como una flecha negra y zumbante. Pasa junto a mi cara, hace algunas giragonzas en el aire y empieza un frenético vuelo alrededor de mi cabeza. Una mosca que llevaba quince días encerrada en esa funda que yo mismo cerré sin darme cuenta de la presencia del díptero y que ahora, como no, buscaría venganza.

Y es que las moscas viven un promedio de un mes, por lo que mi periodo vacacional había supuesto la mitad de su vida útil y que había tenido que pasar en completa oscuridad, sin sonido alguno ni sitio en el que volar, sobreviviendo seguramente succionando la mierdecilla de las patillas de las gafas y ahora que por fin era libre podía ver en sus ojos compuestos el fuego de la ira.

Yo sigo conduciendo porque no puedo hacer otra cosa y el insecto aprovecha para tratar de hacerme perder el control del camión. Se posa en mis codos, mi cuello, junto a los ojos y en la comisura de los labios; todo zonas altamente sensibles y molestas. Yo trato en vano de golpearla con una mano mientras con la otra controlo el volante, pero no logro darle. Me siento como King Kong subido en la torre esa dando manotazos a los aviones, solo que con más pelo y sin la chica esa pequeñita.
Se acerca una zona de curvas y sé que no podré mantenerme en la carretera con la misma facilidad, así que opto por abrir las ventanillas, acelerar y esperar a que la misma corriente de aire le dificulte el vuelo o incluso la expulse de la cabina, pero la mosca es lista y se agarra a mi oreja izquierda con fuerzas. Debo ahuyentarla con la otra mano pero conducir con la derecha me cuesta, no por zurdo si no por un tema de coordinación psicomotriz y las cosas se ponen difíciles. Oigo el zumbido de la mosca en mi oído y me parece entender un “Bzzzz a moriiirzzz”. Las curvas se acercan y no tengo otro remedio que apostar lo todo a una última carta. Y entra retrospectiva.

Siempre he sido una persona con pocos talentos. Esto es así. En el cole habían niños buenos con matemáticas, otros con educación física y otros con aptitudes artísticas, pero yo no. Yo era un mierder en todo y así de mal me iba, hasta que descubrí mi talento innato: yo podía mover las orejas a voluntad. Era capaz, por algún motivo que solo dios sabe, de controlar mis músculos auriculares, por lo general atrofiados e inútiles, y mover con cierta notoriedad las orejas. Puede sonar triste pero esa era mi única baza para llegar a ser alguien en la vida y comencé a explotar ese superpoder en cualquier ámbito posible. Movía las orejas para escuchar mejor, para divertir a mis amigos, para ligar (nunca lo conseguí, pero lo intentaba), para comunicarme en silencio e incluso traté de volar como Dumbo, aunque nunca fui capaz de elevarme más de un par de palmos del suelo. Por supuesto con el uso mis músculos se desarrollaron bastante y el movimiento orejero se convirtió en algo tan natural para mi como respirar o hacer caca. Y volvamos al relato de la mosca.

La tenía en la oreja, decía. Se acercaban curvas, decía. Y no me veía capaz de mantener el control del camión por mucho más, decía también. Así que a la desesperada y viendo que mi tiempo está llegando a su fin, urdo un plan maestro. Acelero en lugar de frenar, me lanzó hacia la curva sin ningún tipo de control y justo antes de llegar al punto crítico sacudo mis orejas con fuerza, haciendo que la desprevenida insecta se suelte y doy un volantazo a la vez que con un golpe de hombro la arrojó por la ventanilla. La mosca trata de alcanzarme pero no lo logra y veo por el retrovisor como se queda atrás, volando furiosamente y apuntándome amenazadoramente con sus patas. Parece que me he librado y sigo conduciendo hacia mi destino. Y como no, hago una reflexión final.

¿Qué pasará ahora? ¿Habré dejado atrás para siempre al díptero vengativo o volveremos a encontrarnos? Las moscas viven poco pero suelen tener muchos hijos, que antes de que termine el verano y se mueran todos podrían llegar a cientos. ¿Les inculcará el odio hacia mi persona? ¿Tendré que lidiar desde este momento con hordas de moscas hambrientas de venganza? Seguramente no, pero… ¿Y si sí? Os diría que lo pensarais, pero sinceramente, creo que este blog ya no lo lee nadie y si sigo escribiendo, es solo por rutina y aburrimiento. Buenas noches testiculines.

jueves, 29 de agosto de 2019

Disfrutar del camino.

El otro día le oí decir a alguien que las cosas hay que hacerlas para obtener satisfacción con el camino a andar y no por el objetivo a alcanzar. No sé si en otros tiempos me habría tomado muy en serio esa frase a priori tan carente de ambición, pero por algún motivo, seguramente la edad que he alcanzado casi sin darme cuenta, me hizo reflexionar y aunque no lo creáis, me tranquilizó.

Llevo muchos años corriendo, es la verdad; este blog es el ejemplo. Desde que comencé a escribir me marqué el objetivo de llegar a algún lugar y cuando abrí mi primer blog (hace ya la friolera de diez años) escribí con la idea de abrirme un hueco en la comunidad primero rolera, luego lectora en general y finalmente ahora con mis libros, en el mundo editorial. Supongo que me equivoqué desde el principio.

Cuando cerró Google+, la que para mi ha sido la red social por exceléncia, quedé huérfano de lectores. Aunque algunos seguís aquí, pasando de vez en cuando e incluso comentando algunas entradas (y por ello tenéis mi agradecimiento y respeto absolutos), el grueso de visitas se redujo hasta la mínima expresión. En ese momento me di cuenta de la importancia de formar parte de una comunidad virtual (las de verdad no suelen abarcar a tanta gente) y reconozco que el desánimo se apoderó de mi. Sigo escribiendo, es cierto, pero ya no camino por la calle buscando situaciones que poder tergiversar y transformar en divertidas entradas anecdóticas. Ahora simplemente camino, observo y pienso en mis cosas. Sin más.

Lo mismo pasa con los libros. Me di un batacazo con "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp" al tratar de meterme en círculos profesionales de literatura; me cerraron muchas puertas en la cara negándose a depositar mis libros en librerías, a realizar presentaciones en bibliotecas y lugares privados donde habitualmente las hacen. Solían ponerme como excusa que no aceptaban libros autoeditados, aunque no tenían problema en aceptar obras selladas por Círculo Rojo o Létrame entre otras empresas de servicios edtoriales, es decir autoedición. Me llevé un chasco, las ventas no alcanzaron los mínimos esperados y tuve que cambiar mi forma de hacer las cosas para siguientes publicaciones, pero ahora estoy en paz. Disfruto del camino sin preocuparme por saber donde me lleva.

¿Y a qué viene todo este rollo? Pues a que escribo menos, al menos de forma pública aquí en el blog. A que me he dado cuenta de que para que te lean no importa tanto qué escribes si no como te promocionas. Y que si no tienes diez mil seguidores en alguna red social (algo a lo que no le quito mérito, cuidado), resulta muy difícil existir a nivel artístico. Pero me resisto a venderme en ese sentido ni en cualquier otro.

Quizás me veáis menos por aquí. Quizás se actualice el blog tan poco que al final ni os molestéis en pasaros a leer, como hago yo con tantos otros, no os culpo, pero aquí o allí, en algún sitio estaré y cuando penséis en mi recordad, estaré disfrutando del camino.

miércoles, 14 de agosto de 2019

De músculos poderosos y chancletas mojadas


El verano oculta horrores, como las playas, las piscinas comunitarias, las ensaladillas amarillentas o los magnums a cuatro euros. Algunos de ellos llegan a ser demasiado terribles para ser nombrados por las personas normales, que muchas veces regresan de sus vacaciones forzando una sonrisa y ocultando con un “pues no te creas, ya tenía hasta ganas de volver a las rutinas” experiencias más allá de cualquier comprensión. Y yo, a pesar de no ser una persona normal también me veo obligado a luchar contra bestias recurrentes que acechan durante todo el año para dejarse ver en estos meses estivales y llenar de pavor mi alma. ¿Qué de qué voy a hablar hoy con tanta introducción? Pues de un tema recurrente en este blog como son los parques acuáticos.
Toca todos los años. El mismo día exactamente para hacerlo más tenso si cabe. Subir en el coche a familia, toallas, manguitos y una neverita con agua fresca, hielo y bocadillos para no morir de inanición para pasar un agradable día a remojo y bajando por toboganes que dan vértigo y causan heridas de forma aleatoria. Pero eso no es lo peor. Lo peor es verse rodeado de gente semidesnuda que a veces te tocan en las colas. Lo peor es nadar en aguas repletas de pelos ajenos que se te meten en la boca. Lo peor es encontrarse con otros padres cachas y darse cuenta de que a su lado eres un despojo humano y que el dinero gastado en el gimnasio a veces resulta una buena inversión. Por suerte, a veces a esos padres cachas les pasan cosas malas y ello nos puede llenar de regocijo y aliviar nuestro dolor. Y justo a esta anécdota es donde quería llegar desde el principio.
Un padre cachas junto a mi, de esos con músculos tatuados, piel uniformemente morena (no sólo de brazos y cabeza como yo, que me quito la camiseta y parece que lleve otra de color blanco debajo) y unos movimientos seguros, de tipo que va sobrado en la vida. No le sobra un gramo de grasa ni le falta uno de fibra. Sonrisa blanca, pelazo tieso para arriba… Un imán de miradas femeninas, de mujeres que sueñan con ver salirse a sus maridos del tobogán en una curva, enviudar y rehacer sus vidas junto a ese protomacho. Reconozco que me siento inferior. En los parques acuáticos no sirve de nada el intelecto ni el conocimiento; da igual ser poeta, actor o el mejor pintor de la histórica contemporánea del arte. Allí nadie supera al cachitas de turno y ese lo está petando… Hasta que comete un error.
El cachas decide pasar de la cola donde yo me hallo para incorporarse a la de otra atracción que al parecer es más rápida. El camino para la otra cola implica caminar un ratito, salvar un desnivel y luego seguir adelante, pero él. Oh él. Él decide atajar el camino saltando directamente una altura de un metro y ahorrarse el caminar. Y he ahí su error. No dudo que para ese tipo, un salto descendente de un metro no supondría ningún problema en condiciones normales, pero esas no lo eran. Por lo visto no había contado con que las chanclas mojadas no iban a suponer un buen punto de apoyo y al saltar el pie derecho le resbala nada más tocar el suelo haciendo que se le escurra por dentro de la chancla, hasta tal punto que al pie le sigue la pierna entera y a ésta, la totalidad del cuerpo. Imaginad a un tipo de noventa quilos pasando por el aro de plástico de una chancleta ante la mirada horrorizada de decenas de bañistas que seguramente ya estarían horrorizados de antes. Horror sobre horror.
El pobre tipo salió completamente desollado por el otro lado, como uno de esos conejos que se exhiben en los escaparates de las carnicerías y supongo que sería por una cuestión de honor que siguió caminando como si nada mientras decía “estoy bien, estoy bien, no me he hecho daño” a pesar de estar dejándolo todo perdido de sangre y vísceras. Y luego se meterá en el agua… Si es que es lo que yo digo siempre.