Queridos lectores y lectora, como ya anuncié en la entrada anterior, voy a publicar en primicia mundial un relato que lleva escrito (y en espera de publicación "oficial") algunos años ya. Se trata de la continuación (aunque puede leerse de forma independiente) de "El incidente de Belén", un cuento publicado en el libro "La onomatopeya del ladrido, y otros relatos pulp, que también podréis leer en este blog si buscáis el tag "El incidente de belén". Os animo a leerlo, a intentar entenderlo y si no es demasiado pedir, a comentar y exponer vuestras impresiones.
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La
cafetería estaba casi desierta a esas horas pero a pesar de eso
estaban tardando mucho en servirles. El camarero apareció por fin
con cara de pocos amigos; dos o tres a lo sumo, ya que la gente, a
partir de cuatro ya no muestra esa expresión de amargura. Dejó un
café acompañado de un croasán delante de Hassan y un zumo de
naranja frente a Cheng con un movimiento tan brusco, que parte del
contenido del vaso se derramó y salpicó la camisa del oriental. El
camarero le miró de reojo y se marchó sin disculparse por su falta
de profesionalidad.
-Parece que le caes mal –dijo Hassan mientras partía el croasán.
-No debería sorprenderme, supongo –respondió Cheng mientras
trataba de limpiar su camisa con una de las hidrófobas servilletas
de la cafetería.
Cheng
era oriental, aunque ni siquiera un experto en el tema sabría
determinar de qué parte de oriente. Podría ser chino con
ascendencia india o viceversa, posiblemente ni siquiera eso. Vestía
completamente de blanco, con una camisa y pantalones anchos y unas
sandalias del mismo color sin calcetines. No era demasiado alto ni
ancho, y sus cabellos eran completamente blancos a pesar de que no
habría cumplido los treinta, por lo que tenía el aspecto de un
hombre frágil, aunque
había algo extraño en sus ojos. Su mirada no era la de alguien
delicado, sino que parecía ocultar algo antiguo y extraño, como un
pozo en cuyo fondo se agita algo imposible de discernir.
El comportamiento del camarero no era extraño para él ni para
Hassan. Cheng caía mal a la gente. Sin motivo aparente. Simplemente
por estar allí, como si no fuera su tiempo ni su lugar. Como si su
mera presencia removiera algo primario, latente en los corazones de
quienes se cruzaban con él y despertara antipatías de miles de años
de antigüedad. Pero por supuesto nadie llegaba a preguntarse el
porqué; simplemente le ignoraban o le trataban con la mayor
celeridad posible antes de alejarse.
Hassan
en cambio, era un hombre bonachón que despertaba las simpatías de
quienes se molestaran en conocerle un poco. Era de origen árabe,
aunque cada vez que le preguntaban decía venir de un país distinto,
como si no tuviese del todo claro su verdadero origen. Estaba
visiblemente gordo, a pesar de que llevaba tiempo haciendo un gran
esfuerzo por perder peso, y los resultados estaban notándose. Vestía
con la típica chilaba y aunque era muy aficionado a los turbantes,
se cuidaba de no llevarlos más que en ocasiones especiales, ya que
no le gustaba llamar demasiado la atención. Para eso ya tenía a
Cheng, de quien nunca se separaba. Hassan era un hombre culto, quizás
demasiado ya que poseía conocimientos sobre la antigüedad que
harían caer en coma a cualquier historiador interesado en la
historia de oriente medio.
Cuando estaban a medio desayuno, un grupo de jóvenes pasaron por su
lado. Eran altos, corpulentos, con el cabello muy corto y un porte de
seguridad y superioridad que no pasó desapercibido para los dos
hombres de la cafetería. Caminaban ocupando toda la acera, como si
la calle les perteneciera, y cuando se vieron obligados a ponerse en
fila para pasar junto a la mesa, parecieron molestos. Uno de ellos
miró a Cheng y éste le devolvió la mirada. Fue solo un segundo. Un
instante suficiente para crear un contacto, una chispa que prendió
un fuego que se liberó al instante. El joven se detuvo y los otros
hicieron lo mismo.
-¿Qué miras, chino? –le dijo a Cheng, el cual llevaba una mancha
de zumo de considerable tamaño en su camisa blanca.
-Nada –respondió Cheng tratando de evitar otro contacto visual.
-Mírame cuando te hablo, chino –volvió a decir el joven,
enfatizando la palabra “chino” para dar a entender que se trataba
de un insulto y no de una simple observación.
Cheng le miró y el efecto de odio pareció extenderse a los cuatro
jóvenes, los cuales se mostraron de pronto muy alterados y poco
predispuestos al diálogo. Hassan se pasó la mano por la cara,
prediciendo de algún modo lo que iba a suceder a continuación.
Cheng se levantó y miró al primero de los chavales. Tendrían poco
más de veinte años y eran más altos y corpulentos que él. El
primero le miraba desafiante y los otros tres esperaban detrás,
tensos, como oliendo la agresividad en el aire. Y ésta no tardó en
desatarse. Sin mediar aviso, el joven lanzó un puñetazo dirigido a
la cara de Cheng, pero éste lo esquivó con un simple movimiento de
cintura para responder al instante con un golpe con la mano plana
directamente a la nariz. Se oyó un crujido y acto seguido el chaval
se desplomaba en el suelo, conmocionado. “El golpe que quiebra
montañas” dijo Cheng con solemnidad. Una silla dirigida con fuerza
y precisión por el segundo de los jóvenes, cruzó el aire en
dirección al oriental, pero cuando llegó al punto de colisión,
allí no había nadie; Cheng apareció detrás del agresor como por
arte de magia y le golpeó las orejas con las palmas con un golpe
seco. “El ataque del vacío silencioso” dijo esta vez. El segundo
joven pareció haber perdido el sentido del oído y con él el
equilibrio, y cayó sentado en el suelo, incapaz de levantarse. Los
dos que quedaban en pie se miraron sin saber si lanzarse al ataque o
huir, pero su naturaleza beligerante les impedía retirarse de una
lucha en la que tenían la superioridad numérica. Se lanzaron a la
carga con cierta coordinación, pero ésta se rompió cuando Cheng,
utilizando tan solo dos dedos de cada mano, les detuvo golpeándoles
entre los ojos. “El toque de la estrella fugaz” dijo, y ambos se
quedaron ciegos al instante. Salieron huyendo de una forma muy poco
digna, tropezándose con todo y estrellándose contra farolas y
coches aparcados. Hassan observó la escena sin apenas inmutarse.
-¿El vacío silencioso? –le dijo a su amigo. –Te inventas esos
nombres sobre la marcha, verdad?
-Si. Queda mucho más cinematográfico –respondió Cheng
ajustándose la camisa y redescubriendo con cierta decepción su
mancha anaranjada.
-¿Qué te parece “el dragón serpenteante sobre la montaña de
fuego”?
-No. Muy largo.
Y volvieron a casa.
Continuará...