Una de
las cosas más sorprendentes que le pueden suceder a un ser humano cuando ve el
rostro de su hijo/a al nacer, es darse cuenta de que el niño/a de los
compañeros de habitación es feísimo. Siempre pasa. A mí me ha pasado dos veces,
además. Una por hija.
Lo
primero que se le viene a uno a la cabeza es que efectivamente, la pareja de al
lado han tenido un retoño feo y que estarán babeando de envidia al ver a la
preciosidad que descansa en la cuna de nuestro lado. “Os jodéis” es lo que se
suele pensar en estos casos y uno continúa con su vida.
Pero es
entonces cuando, paseando por el pasillo (¿Qué fue primero, el paseo o el
pasillo?) vemos que todos los otros bebés con los que nos cruzamos, son feos;
algunos mucho y otros más, y empezamos a pensar que ese hospital no es normal,
que seguro que ha comenzado una invasión extraterrestre, complot intraterrestre
o que por fin los reptilianos se han decidido a dar la cara; pero es entonces
cuando, si somos listos (a mí me lo tuvieron que explicar) nos daremos cuenta
de que este curiosos fenómeno se debe a que el hecho de compartir genes con
nuestro hijo/a, altera de algún modo nuestra percepción para verlo más guapo. Y
esta idea no es nada tranquilizadora.
Que
nuestra percepción esté alterada implica dos cosas: Primero, que nuestro hijo/a
también es feo/a, aunque no podamos distinguirlo. Y segundo que los otros
padres con los que nos cruzamos ven guapos a los suyos y feos al nuestro/a. Tal
revelación suele provocar cierta paranoia, lo cual hace que muchos padres
acaben corriendo por los pasillos tapándose los ojos con ambas manos y
precipitándose al vacío a través de grandes cristaleras. Pero que no cunda el
pánico. En estos casos lo mejor es meterse en la habitación, correr las
cortinas (¿Qué fue primero la cortina o la corrida?) y tratar de no fijarse en
la expresión del otro padre cuando mire con cierta sorna a nuestro/ a pequeño/a
mientras mece en sus brazos a una extraña lagartija azul.
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Y encima hay que decirle que qué preciosidad, que es igualito a su padre. |
¡Me encanta la foto! Me pregunto en qué contexto se publicaría originalmente...
ResponderEliminarIgualito, igualito.
ResponderEliminarYo también he tenido dos experiencias, pero la primera, mi criatura, no era preciosa, se parecía MUCHO a mí, su supuesto padre. Ahora esa criatura si que es preciosa, ya que se parece más a su madre.
En la segunda experiencia si me pasó algo similar a lo narrado, otra vez, de forma magistral.
Suerte que no nos acordamos del nacer.