El niño
(el de siempre) se despierta de un salto en medio de la noche. Su cama está
empapada en sudor y todo su cuerpo tirita a causa de los nervios que le
dominan. La madre al notar la vibración de la cama de su pequeño (las madres
notan cosas que los no-madres no podríamos ni imaginar) sube a ver que le
sucede.
-¿Qué
te sucede? –Es la pregunta obvia.
-¡Mamá,
mamá! Que mañana hay una fiesta de disfraces importantísima y ni me acordaba y
si no voy disfrazado de algo molón voy a hacer el ridículo y sabes que soy muy
sensible a esas cosas.
-Tranquilo
hijo mío, que yo bajo al chino 24h de la esquina y…
-No
mamá. No más regalos del chino que luego ya se sabe lo que pasa. La cagas, hago
el ridículo y mi autoestima ya no puede con más humillaciones.
-Pues
nada, hijo mío. Tu apúntame en un papel como es exactamente el disfraz que
quieres y yo sigo al pie de la letra tus indicaciones y te traigo justico
justico eso.
El niño
se pone a pensar un disfraz molón para impresionar a las chavalas y rápidamente
viene una imagen a su mente.
-Ya lo
tengo mamá. Dame papel y boli que te lo apunto.
-¿Te
vale un lápiz?
-¡No!
Y así
el niño agarra el boli y escribe exactamente en una hoja de papel (sobra decir
que con letras bien claras en mayúscula: “Dragon Ball Movie Goku Cosplay
Costume” y le indica a su madre que para que no haya errores debe contener
exactamente todas esas palabras. La madre se guarda el papel, sonríe y arropa
al crío.
Al día
siguiente no suena el despertador a tiempo (ver anteriores entregas para
comprender los problemas del chaval con el tema horario) y el niño se levanta de
un salto. Llega tarde a la fiesta de disfraces, por lo que no tiene tiempo ni
de abrir el paquete que su madre ha dejado preparado, aunque al ver el tique de
compra, corrobora que por una vez, su progenitora lo ha hecho bien, y sale
pitando a la fiesta.
A las pocas
horas regresa. Le han escupido tanto y lan tirado tantas piedras, que es apenas
irreconocible incluso por su propia madre.
-¿Pero
qué te ha pasado? –Pregunta ella sin entender nada.
Como
respuesta el niño deja caer en el suelo el disfraz, ahora inservible, y sube
las escaleras en dirección a su cama, con la esperanza de acostarse y no
despertar jamás.
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He aquí el regalo de mierda. |
De tal palo, tal astilla.
ResponderEliminarPobre madre, para una vez que lo hace bien...
ResponderEliminarCiertamente, en esta entrega he querido dar un pequeño giro argumental. Me alegra que lo hayáis notado.
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