sábado, 31 de enero de 2026

El refugio de Mary Ann (1)

 Nota del autor: Efectivamente, querida legión de seguidores, se viene un nuevo relato cuyos primeros esbozos se trazaron durante la pandemia, mientras trataba de sobrevivir en mi trabajo de telefonista de centro de salud. Pero tranquilos que esto no va a ir de vivencias personales ni de mensajes ocultos de rebeldía contra el sistema que nos constriñe hasta la muerte. Se trata más bien de un cuento atípico (al menos para mi), breve y ligero con el que espero que podáis pasar un rato entretenido, sin más aspiraciones.

Dejo paso así al primer capítulo y poco a poco iré subiendo los otros. Un saludo de los grandes. 

 

01.

La casa olía a moho, polvo, y a algo agrio que no terminaba de identificar, pero que ahí estaba. La exhumación de cadáveres no era lo suyo, pero Ramiro pensó que abrir una tumba antigua le proporcionaría una sensación olfativa aproximada. Su editor le guiaba a través de las diferentes habitaciones con el entusiasmo de un agente inmobiliario a punto de realizar su primera venta y no dejaba de hablar y gesticular ignorando el visible desánimo de su virtual cliente a medida que avanzaban bajo vigas de madera carcomidas, muebles de madera oscura y tililantes luces amarillas que lo teñían todo de un triste tono anaranjado. La cocina estaba totalmente desprovista de electrodomésticos u otros elementos que pudiesen sugerir un mínimo de modernidad y aunque reprimió el impulso de abrir ningún grifo, imaginó que el agua saldría oscura y en sonoras oleadas intermitentes.

-¿Y bien? -Dijo finalmente el editor con una sonrisa mientras abría los brazos para guardarse inmediatamente las manos en los bolsillos. -¿Qué te parece tu nueva casa?

Ramiro reprimió los deseos de agarrar una de las sartenes ennegrecidas que colgaban de la pared y atizarle con ella en la cara, así que se limitó a mirar a través de la ventana al otro lado de la cual solo había la más impenetrable oscuridad de la noche y suspiró. El editor seguía esperando una respuesta con ilusión.

-Bueno… -empezó a decir Ramiro. - Es… rústica.

Se maldijo por haber sido capaz de sintetizar todo su rechazo hacia esa decrépita construcción abandonada hacía mucho por cualquier intento de integrarla en los tiempos modernos, o al menos de hacerla mínimamente atractiva a la habitabilidad, pero luego supuso que siendo escritor, esa era una de sus habilidades innatas. El editor pareció satisfecho.

-Pues espera a mañana cuando salga el sol. Estás en un paraje natural único. Espectacular. Aquí nadie te va a molestar. Solo vas a tener que disfrutar de la paz y el silencio y…

-¿Morir de tristeza y soledad? -Interrumpió Ramiro sarcástico pero a su vez sincero.

-Escribir -sentenció el editor sin dejar de sonreír.

En cinco minutos el coche se alejaba zigzagueando por el camino de tierra, dejando a Ramiro en la casa que le serviría de hogar hasta que hubiese terminado su segunda novela. La segunda de una supuesta saga que no tenía ni idea de como continuar, ni mucho menos terminar. Un libro que no tenía ningunas ganas de escribir, en realidad. Ramiro se quería morir, pero corrió a cerrar puertas y ventanas cuando oyó aullar a unos lobos en la profundidad de la noche. 

 

Siguiente capítulo pinchando aquí. 

martes, 13 de enero de 2026

Picor de ojos

 

Me pican los ojos y no sé porqué, y cuanto más me los froto más me lagrimean y se intensifica el picor; esa sensación de ardor, de resquemor, de incomodidad abrumadora que me obliga a cerrarlos y dejar de ver, sumirme en la confusa oscuridad y perder la noción de mi ser, mi estar y mi parecer.

Y me pregunto el porqué de mi agotamiento ocular si solo son las diez, aunque llevo desde las siete dando tumbos; y me pregunto el porqué no puedo seguir, a pesar de que apenas he parado de hacer cosas en todo el día, con el sano objetivo de mantener la mente ocupada y no pensar…

En quién soy y qué hago aquí.

En el tiempo que llevo aferrado al pasado.

En ese día en el que el fuego de mis ojos se apagó.

En la certeza de que llevo toda una vida caminando en círculos.

En la culpa que vive en algún lugar tras mi esternón y no me deja respirar por las noches.

En la sensación de fracaso que me envuelve y me constriñe como una boa a cada paso errático que doy.

Me pican los ojos y ya sé porqué, por lo que me levanto, me echo colirio y me lavo la cara con agua fresca y me siento mejor; puedo volver a ver y los colores se vuelven a definir ante mi, disfrazando la realidad de algo cómodo y familiar donde me siento bien de nuevo.

Y me doy cuenta de que ya va siendo hora de acostarse, de que no ha estado tan mal el día al final y que es verdad eso que dice aquél refrán sobre acostarse y el aprendizaje, que tampoco hace falta haber sido productivo ni haber invertido en un futuro exitoso sino sencillamente irse tranquilo a dormir.