domingo, 9 de septiembre de 2018

Regalos de mierda 23 (la epopeya de los mapaches parte 4)


Nota del autor: Una de las cosas que más me sorprenden del hecho de escribir de forma pública, ya sea en libros o en los blogs, es el ver como algunas historias a las que no les he dedicado un gran esfuerzo gustan al público incluso por encima de otras que he pensado y trabajado más. Parece que esta “Saga de los mapaches” de esta sección que tenía casi olvidada que es “Regalos de mierda” está siendo uno de esos pequeños éxitos ya que veo la normalmente escasa audiencia de este blog notablemente incrementada. ¿Qué debería hacer? Normalmente sigo escribiendo hasta que la cago, pierdo calidad y la termino, y esta vez no veo por qué debería ser distinto, así que disfrutad de las andanzas del niño y su extraña familia mientras dure.


Diario de El Niño, entrada decimocuarta.
Llevamos casi un mes en esta choza maldita y las cosas no parece que vayan a cambiar. Todo en este lugar me da escalofríos, desde los sonidos de extraños animales que trae el viento hasta los ruidos retumbantes que se escuchan por las noches provenientes de los oscuros túneles excavados en el sótano. A veces parecen los pasos de alguna enorme criatura y la única noche que me atreví a acercarme a escuchar me dio la sensación de que se podía oír el mar más allá de la impenetrable oscuridad... aunque estamos a varias millas del océano. Otra cosa que me inquieta son los extraños rituales que se celebran periódicamente en el monolito que hay en la colina; y no es que los haya presenciado, pero una tarde que salí a buscar espárragos encontré un postit pegado en la oscura roca en el que ponía “Extraños rituales todos los miércoles de luna nueva. Se pasará lista”. Pero si hay un lugar que realmente me da escalofríos es ese viejo cobertizo de madera negra tras la casa, siempre cerrado a cal y canto y al que tengo expresamente prohibido por mi padre acercarme. Mi padre...
Mamá está normal, si este calificativo fuera aplicable a ella. Parece ignorar en qué lugar estamos y actúa igual que cuando vivíamos en la ciudad; sale a comprar con su carrito y vuelve a casa cargada de bayas y raíces, a veces algún conejo muerto y habla de cosas triviales como si nada hubiera pasado. Además sigue con sus regalos; esos regalos de mierda de los que parece tener un arsenal infinito y que utiliza cada vez que se da cuenta de que mi ánimo está bajo, que es casi siempre, aunque yo lo disimulo siempre que puedo. Lleva ya cinco años con la tontería y ya no creo que cambie.... Pero es mi padre el que me preocupa. Siempre ha sido un hombre callado e impasible, pero el vivir aquí parece haber acentuado esa característica. Está en paz, como si ese fuera su lugar y nada pudiera alterarle. Solamente cuando se nombra el trastero parece mostrar algo parecido al nerviosismo y se asegura de cambiar el tema a otros más amables como el buen tiempo que hizo ayer que casi no llovió, o lo bonitas que son las setas rojizas que crecen bajo el árbol retorcido.
No sé cuanto tiempo más aguantaré esta tensa e incómoda situación, pero estoy seguro de que si no sucede algo pronto, esto va a acabar mal.

Exctracto de diario recuperado de los restos calcinados de la antigua cabaña de Mierdaville en el interior de una mochila que quedó intacta. Se desconoce la fecha exacta de su redacción.



En la proxima entrada... ¿Qué sucedió en Mierdaville para que terminara convertida en una ruina humeante? ¿Que fue del niño y sus padres? La respuesta a estas preguntas y mucho más en”Regalos de mierda, la epopeya de los mapaches parte 5”

sábado, 1 de septiembre de 2018

Regalos de mierda 22 (la epopeya de los mapaches parte 3)

La estrecha carretera de tierra serpenteaba entre altos árboles y curiosas formaciones rocosas, ascendiendo en ocasiones y bajando en otras hasta desembocar, ya de noche, en una pequeña llanura bañada por la luz de la luna y que parecía estar situada en otro mundo. En el centro había una desvencijada casa de masera oscura. Un cartel colgaba de dos postes carcomidos cuando terminaba el camino. “Mierdaville” rezaba.
-Mamá, papá... ¿En serio? -protestó el niño al bajar del coche y ver el lugar al que se acababan de mudar.
-Es una casa robusta, a la antigua, y en un enclave natural precioso -dijo el padre quitándose las gafas de sol después de haber conducido casi una hora con ellas puestas, de noche y por un camino desconocido.
-¡Es una ruina horripilante! -siguió protestando el chaval señalando cada elemento del lugar como la casa, el cobertizo torcido, el árbol del ahorcado, el estanque pútrido, la colina del antiguo monolito repleto de símbolos indescifrables más antiguos que el mismo universo... -Todo en este lugar presagia cosas malas. Y seguro que habrá un montón de bichos.
-No te preocupes -dijo la madre rompiendo su silencio.-He traído flus flus.
-Se llama flit -le corrigió el padre.
-¡Se llama mierda! -gritó histérico el niño subiendo de nuevo al coche, esta vez en el asiento del conductor. -¡Yo me largo de aquí ahora mismo!
Pero al accionar la llave de contacto el coche arrancó, dio cuatro sacudidas y se paró de nuevo para no volver a arrancar jamás.
-No tiene gasolina -explicó el padre con tranquilidad-. Lo he apurado al máximo para llegar aquí.  Da igual. Queda bonito aqui.
En ese momento el niño salió del coche echando espuma por la boca de pura desesperación, hasta que la madre le detuvo con un gesto amoroso y le entregó un paquetito.
-Toma. Esto te lo he comprado para que tu estancia aquí sea más entretenida. Es una figura oficial de tu serie favorita
Disfrútala.

viernes, 24 de agosto de 2018

Regalos de mierda 21 (la epopeya de los mapaches parte 2)

El niño se levanta de la cama y se arrastra hasta su armario donde abre un doble fondo secreto y se hace con un martillo y un cincel que guardaba allí para emergencias. Con la habilidad de un picapedrero manco comienza a golpear la escayola que recubre su pierna y le mantenía postrado en su cama desde hacía semanas, hasta que ésta se parte y cae al suelo. Una vez liberado comprueba como su supuesta lesión ha desaparecido y se pone de pie sin demasiado problema. Abre la puerta de su cuarto y baja las escaleras que conducen al salón.
El lugar parece haber sido azotado por una catástrofe natural o una guerra; los muebles están destrozados, las paredes agujereadas y el sofá despide algo de humo. Su padre está fregando unas abundantes manchas rojas del suelo mientras la madre entra y sale con bolsas de basura que parecen pesar bastante.
-Papá... ¿Qué ha pasado aquí? ¿Todo esto lo han hecho los mapaches?
-¿Qué dices de mapaches? -pregunta el padre extrañado hasta que su esposa salta hacia él dando volteretas en el aire y le propina un fuerte pisotón. -Ah si... los mapaches. Ya ves la que han montado esos marsupiales... -la madre le pisa el otro pie -¡..procionidos quería decir!
-Así es hijo mio. Esos simpáticos animalitos la han tomado con nosotros y no van a parar hasta que nos vean muertos, así que vamos a tener que mudarnos a otra ciudad, lejos de aquí, quizás más agreste y pastoril.
-¿Me estáis diciendo que nos vamos a vivir al campo? -responde el niño indignado-. ¿Pero y el curso que tengo a medias? ¿Y mis amigos? ¿Y mi vida, mamá, qué va a ser de mi vida?
-No te preocupes por eso, pequeño. Lo estabas suspendiendo todo, tus amigos solo vienen contigo para burlarse de ti y tu vida no puede ya empeorar mucho más. Tomate este cambio como una nueva oportunidad de empezar de cero.
-No estoy seguro. Tengo mis dudas... ¿Y si descubro que todavía no había tocado fondo?
-Tu no te preocupes por nada. Toma esto que seguramente te será muy útil.
El niño abre el paquete que su madre le ofrece y suspira tan intensamente que las paredes de sus pulmones se pegan y tienen que hacerle la respiración asistida para que vuelva a aceptar aire.

Cuando despierta está dentro de su coche. Mira por la ventana y ve alejarse su casa, rodeada de coches negros aparcados sin ton ni son, con las puertas abiertas y con todos sus ocupantes metidos en bolsas de basura que rebosan los contenedores del barrio. Un hilillo de humo empieza a aparecer por una de las ventanas. Todo su pasado se aleja de él, ardiendo como una hoguera gigantesca. Su padre conduce en silencio y su madre se gira para sonreírle mientras se dirigen a un futuro incierto.

jueves, 9 de agosto de 2018

De flotadores y suspiros (un relato de superación, ilusión, amistad y muerte en alta mar)


Sé que muchos/as de los lectores/as de este blog os habréis creado una imagen de este autor (yo) basada en anteriores entradas en las que reniego del deporte, del culto al cuerpo y en general de toda actividad física destinada a competir con otros seres humanos por lo general superiores y por lo tanto capaces de humillarme en cualquier disciplina. Pero precisamente por esto hoy he decidido romper una lanza en mi favor y explicar la verdad sobre mi pasado que no es otra que si no la de que en su día (mejor dicho en mi día) pude destacar en un deporte, ser el mejor, e incluso liderar un equipo olímpico que viajó hasta los confines de la tierra para defender la bandera de nuestro amado país. Así que vamos allá con el relato.

Corrían los años ochenta, a finales. Yo era un niño tan patoso que mis padres temiendo que cualquier día me cayera al río y me ahogara me apuntaron a clases de natación. Y allí, el primer día nos hicieron hinchar un flotador a cada uno y ante la sorpresa del monitor, resultó que yo era capaz de hincharlo con un solo soplido; mientras los otros niños necesitaban casi cinco minutos de jadeos y ponerse azules, yo llenaba mis pulmones y los ponía a reventar en cuestión de segundos y de una sola inhalación. Tal proeza pulmonar llamó la atención de las altas instancias de las piscinas municipales que hablaron con mis padres y les comentaron que con un poco de voluntad podría meterme en un grupo de apnea y desde allí ir escalando puestos hasta llegar a lo más alto (o lo más bajo, según como se mire en este deporte) y poder vivir de mis habilidades. Mis padres vieron la oportunidad de salir de la miseria y me vendieron a los señores de las piscinas que rápidamente formaron un equipo y comenzaron con mi instrucción.

Desgraciadamente para el mundo de la apnea, mi instrucción fue cuanto menos frustrante para mis profesores. Era capaz de hinchar tan rápido los flotadores que en cuanto se despistaban cinco segundos yo ya estaba chapoteando en la piscina metido en un patito de goma amarillo. Así no había manera de enseñarme a nadar y mientras que mis compañeros eran unos apneistas mediocres, yo no era capaz de meterme en el agua sin entrar en pánico. La situación era desesperada ya que por lo visto habían pedido una beca a la federación mundial de deportes de agua y en cuatro días se la habían fundido en bañadores de diseño y cenas de empresa. Sin poder devolver la beca ni entrenar adecuadamente al equipo de apnea no les quedó otro remedio que inventar una nueva disciplina olímpica: La apnea en seco.

La apnea en seco consistía en poner a media docena de tipos a aguantar la respiración y el que más tardara en coger aire ganaba, pero a la federación de deportes acuáticos mundiales no les interesó por la falta de líquido y en cuanto a deportes en seco dijeron que o se ponía algo de escenografía o aquello quedaba muy aburrido, así que se inventaron una especie de trajes de pez y un baile en el que nos agarrábamos de las colas y fingíamos nadar. La idea pareció gustar a ambas federaciones y otorgaron una cuantiosa suma de dinero para el vestuario, dietas y transporte. Desgraciadamente las olimipiadas de Barcelona estaban demasiado cerca y nos dieron cita para las de Atlanta, que es una ciudad que ya suena así como a peces y cosas sumergidas y pensaron que encajaríamos bastante bien.

Llegó el año 96 y debido al entrenamiento extremo al que me había sometido, era capaz de hacer la cola del cine, la de las palomitas, ver la película y subirme en el coche sin respirar. Ya sentía el peso de las medallas de oro en mi cuello. Llegamos a Atlanta entre ovaciones y aplausos, eramos jóvenes, atléticos (aunque yo lo único que tenía era un pecho como un tonel de vino) y nos llovían las mujeres y las mascotas por todas partes. Aquello fue una bacanal algorítmica que a medida que se acercaba el día de la competición aumentaba exponencialmente hasta crear un maelstrom de emociones y confusión de orientación sexual. Cuando salimos a la palestra el estadio entero enmudeció, expectante por presenciar ese nuevo deporte que prometía derrocar al fútbol como deporte rey y al voley femenino con elegancia.

Pero no. Cuando empezamos con el baile todo el mundo pareció extrañarse, como si no lo apreciaran del todo y para colmo los jueces que no dejaban de mirarnos por si respirábamos nos ponían muy nerviosos. Uno de mis compañeros perdió pie, soltó la cola de otro y ése pareció enloquecer, saltando entre el público dando coletazos como un pez fuera del agua; los cuatro que quedábamos intentamos seguir el ritmo, pero la visión de nuestros dos compañeros fracasados era perturbadora. El público nos odiaba, los jueces nos odiaban, nuestros compañeros estaban a punto de morir de pura vergüenza y nuestros entrenadores, sentados en las gradas junto a los jefazos de las confederaciones de agua y tierra huían en helicóptero no sin antes llenarse los bolsillos de canapés y champañ a granel. Nuestro mundo se desmoronaba y nosotros no podíamos hacer otra cosa que bailar esa danza ridícula sin respirar. Los cámaras de las televisiones enviadas a retransmitir las olimpiadas se retiraban y tiraban los carretes a la basura mientras que los espectadores quemaban las papeleras; en pocos segundos el estadio olímpico de Atlanta se había convertido en un escenario de violencia, fuego y excrementos voladores. Cuando una butaca ardiendo y con un señor de Wisconsin sentado encima golpeó al cuarto de mis compañeros, decidimos dejarnos el baile y huir de allí. Solo dos lo logramos. El tercero cayó asfixiado por exceso de apnea cuando recorríamos el túnel del honor que llevaba a los vestuarios. Una vez allí nos quitamos los disfraces de pez, nos vestimos de mujer para no ser reconocidos y salimos a la calle, donde parecía haber empezado el puto fin del puto mundo. La policía lanzaba gases lacrimógenos sobre los espectadores rabiosos que se estaban volviendo caníbales pero como nosotros todavía no respirábamos no nos afectaron y pudimos cruzar el cordón policial alegando estar embarazados, para llegar al puerto donde robamos un humilde esquife y empezamos a remar hacia casa.

Pasamos tres semanas en el mar, remando en una dirección aleatoria, comiendo gaviotas y bebiendo zumo de gaviota. La humareda de Atlanta había desaparecido en el horizonte y todo apuntaba a que moriríamos en el mar, como vulgares pescadores indonesios. Y fue en ese momento cuando tuve una revelación. Una de esas profundas. Me di cuenta de que debíamos vivir, llegar a nuestras casas donde nos estarían esperando nuestras familias con indiferencia y seguir adelante con nuestras vidas sin más pretensiones que ser felices, sin necesidad alguna de aplausos ni reconocimientos, sin luchar por algo que no somos, porque el tiempo en el que estamos en este mundo es efímero y no debemos malgastarlo compitiendo con nuestros compañeros de camino. Bajé la vista, miré a mi hermano de equipo y suspiré. Entonces él me miró, me señaló con el dedo y me dijo “¡Has respirado! ¡Soy el campeón del mundo de apnea en seco!” Le sacudí con el remo y alimenté con su cuerpo a las gaviotas de las que más tarde me alimentaría yo.

Y ya. Y fin. Que ya ha estado bien por hoy.



jueves, 2 de agosto de 2018

De estamínicos y antiestamínicos



Alicante, mes de agosto a las tres de la tarde. Bajo del coche y me dirijo al centro de salud a ponerme mi vacuna mensual contra la alergia. Las calles están vacías, normal con la que está cayendo y mis pasos son pesados y lentos debido al alquitrán derretido que se me queda pegado en las suelas. Cuando entro en el edificio noto que el aire acondicionado no funciona y  todo está en penumbra. Aquí no hay ni dios, normal otra vez ya que la gente está de vacaciones y con tanto recorte hay que ahorrar electricidad. Me dirijo a la zona de enfermería atravesando pasillos vacíos repletos de consultas cerradas y llamo a la puerta correspondiente. “Adelante” grita una voz femenina algo rasgada, estridente y desafinada.

En el interior descubro que mi emfermero de siempre, un hombre afable y dicharachero no está y en su lugar hay una señora extraña con bata y el cabello largo y rizado hecho una maraña sobre sus hombros.  Ya me han cambiado al enfermero, normal en estas fechas vacacionales, pero lo cierto es que las cosas normales terminan ya en este punto.
Entro a la consulta y le doy la cajita con la vacuna. La enfermera se hace con ella, la abre, echa un vistazo a los papeles y saca una jeringuilla de un cubo; no lleva el plastiquito protector pero yo en mi ignorancia pienso que eso que aparentemente parece un cubo de basura será en realidad un recipiente de esterilización. Después llena la jeringuilla hasta los topes y se acerca a mi.

-Bájese los pantalones, por favor -me dice.
-¿Los pantalones? Normalmente me la ponen en el hombro y…
-¡¿Quien es aquí la profesional!? -me grita, claramente ofendida.

Ya la he ofendido. Mal. Nunca hay que poner en duda la profesionalidad de una profesional, especialmente si ésta tiene en las manos un objeto punzante. Me desabrocho los pantalones y los dejo caer hasta los tobillos. Ella se acerca. Noto que tiene un tic raro. Y entonces me doy cuenta de que la jeringuilla está mucho más llena de lo habitual. Debería callarme pero el miedo me vence.

-Perdone mi osadía, pero… -comienzo a decirle -¿Está usted segura de que esto son 5 ml? Yo veo mucha mas cantidad y no quisiera poner en duda su profesionalidad pero…
-¿Qué? – Me responde claramente irritada -¿Estás poniendo en duda mi profesionalidad?
-No no, precisamente le estoy diciendo que no quiero…
-¡Entonces silencio!

Me callo y la dejo hacer. Noto un pinchazo prolongado en mi nalga derecha, escuece un poco, supongo que debido a que la aguja estaba algo oxidada y luego me limpia el pinchazo con un escupitajo. Cualquiera le protesta. Me subo los pantalones, recojo mis cosas y me marcho, dejándola allí plantada, jeringuilla en mano y sacudiéndose con pequeños espasmos irregulares. Menuda enfermera extraña. Yo no me vacuno más en agosto.

Finalmente salgo a la calle, la luz del sol me ciega momentáneamente y aspiro el aire recalentado por los tubos de escape y los aires acondicionados. Y de pronto algo hace reacción en mi. Apenas he dado quince pasos cuando noto como si todas las gramíneas, gatos y ácaros del polvo hubiesen lanzado sus partículas contra mi. Los bronquios se me cierran, los ojos se me hinchan y pican, la garganta me arde… Estoy teniendo un shock analfilácteo de esos… Doy la vuelta y me dirijo de nuevo al centro de salud pero la pierna derecha no me responde; está hinchada e inerte así que no me queda otra que arrastrarme lastimeramente, sin apenas ver ni respirar hasta la puerta del edificio, pero la encuentro cerrada a cal y canto.

-¡Socorro, necesito el antídoto! -grito asmáticamente, pero nadie abre la puerta y falto de oxígeno caigo medio desmayado. Entre brumas veo aparecer la figura de un anciano que porta un bastón y una bolsa de caracoles asados recién recogidos de la zona pastoril de la ciudad.

-¿Qué está haciendo aquí con esa pierna tan hinchada, joven? Debería ir al hospital. Al nuevo. Éste lleva más de diez años cerrado. -me dice.
Entonces miro a la acera de enfrente y veo un hospital nuevecito y brillante con sus puertas abiertas y una plétora de gentes entrando y saliendo con sus vacunas bien administradas en el hombro.

-Gracias caballero -le respondo al de los caracoles -. ¿Pero entonces quién...?
Y al volver la vista atrás vislumbro en una de las oscuras ventanas del insalubre antiguo hospital un rostro desencajado y sonriente que me mira con desprecio.
No pienso volver más a ese hospital.

jueves, 5 de julio de 2018

Regalos de mierda 20 (la epopeya de los mapaches parte 1)

El niño está en la cama con la pierna escayolada hasta la rodilla y unas ojeras importantes. Durante toda la noche se han estado oyendo ruidos extraños en el piso de abajo, como si se estuviera librando una batalla, pero sin poder asomarse a ver qué pasaba debido a su aparatoso vendaje. En esos momentos se abre la puerta y entra la madre con un tazón de leche con nescuic y una madalena.
-Aquí tienes tu almuerzo, pequeñín.
-No me llames así, mamá, ya tengo la edad de… ¿Pero qué te ha pasado? ¿Por qué vas tan despeinada y con la ropa hecha un desastre?
-No es nada pequeñín. Es que anoche se metió un mapache en casa y…
-¿Eso son manchas de sangre?
-Bueno. Es que eran varios mapaches.
-¿Me estás diciendo que se colaron muchos mapaches en casa y tuvisteis que matarlos mientras yo intentaba dormir aquí arriba?
-Así es pequeñín.
-...
-Anda, tomate la leche y descansa.
-Pero mamá… Me hice un esguince en el tobillo jugando al ajedrez. ¿Crees que es necesario tenerme aquí postrado por eso?
-Claro que si pequeñín. El reposo es lo más importante.
Entonces se oye en la calle el sonido de varios coches derrapando, como si de pronto hubiesen aparecido desde todas direcciones y se hubiesen detenido en la puerta de la casa.
-¡Aquí tenemos la segunda oleada! -grita el padre desde abajo.
-Ui, han venido más mapaches -dice la madre mientras remueve la leche con prisas.
-¿Han venido en coche? -pregunta el niño.
-Si. Ya sabes que son animales inteligentes.
-Pues yo oigo el sonido de pisadas y esto… ¿Son disparos?
-Anda, déjate de fantasías. Por cierto. ¿Recuerdas que me pediste un convertidor de video para poder enchufar tu vieja videoconsola a la tele nueva?
-¡Si! ¿Me lo has conseguido?
-Por supuesto pequeñín
Aquí lo tienes.


La madre se marcha y el jaleo abajo se intensifica. El niño suspira resignado.

lunes, 25 de junio de 2018

De fiestas infantiles y divergencias emocionales


Se acaba el curso escolar y para celebrarlo se celebra una fiesta por todo lo grande. Hinchables, juegos de agua, merendolas y fiesta de la espuma.
No me apetece nada ir; de hecho al saberlo me entran unas ganas locas de ir al dentista, pero estas cosas hay que hacerlas, no por nosotros si no por ellos: los pequeños. Los que algún día nos agradecerán estos sacrificios poniendo flores bonitas en nuestras tumbas.
Así que acudo al lugar donde cientos de niños y niñas de toda índole ríen, lloran y se divierten de forma espontánea y aleatoria. Un bello caos infantil que servirá de aprendizaje para el caos que supondrá ser adultos.
Dejo a mi mayor en medio del bullicio, libre, para que la naturaleza siga su curso y como siempre, busco el rincón más frío, oscuro y aislado del lugar para ocultarme y dejar pasar el tiempo.
Pero no pasa.
Miro el reloj varias veces y siempre marca la misma hora.
El tiempo se ha detenido en mi rincón y si no salgo pronto de ahí me convertiré en un inmortal: los seres más aburridos del universo.
Entonces me acuerdo de que llevo una mala racha con el blog y pienso que podría salir a buscar ideas, aunque para ello deba hacer una de las cosas que peor se me dan en el mundo: relacionarme con otros seres humanos.
El grupo más cercano a mi es el de los padres y madres sobreprotectores, aquellos que se mantienen a primera línea de hinchables atentos a cualquier percance que pueda sucederles a sus pequeños. Hablar con ellos resulta imposible pues son incapaces de desviar la atención de sus protegidos y no articulan ni una frase coherente. Me alejo de ellos.
El segundo grupo con el que me encuentro es el de los voluntariosos; los que se encargan de organizar las mesas, repartir la comida y montar la iluminación. En cuanto me ven me dicen algo asi como “oye tu que eres alto podrías ayudarnos a…” pero antes de que termine su frase he desaparecido. Les observo desde la copa de un árbol a la que he accedido con una técnica ninja secreta.
Al bajar (casi me mato porque la técnica solo es útil en modo ascendente) me acerco a un grupo de padres aparentemente normales. Están hablando de fútbol. Me alejo de ellos a toda velocidad.
Entonces veo a otro grupo que llama mi atención. Son media docena de padres que picotean en los restos de la merienda de los niños. Llevan tatuajes, gafas de sol que ocultan sus ojeras, peinados imposibles para ocultar las entradas y algunos hasta músculos en proceso de flaccidez.
Estoy seguro de que hace quince años se comían el mundo por una pata y ahora estarian añorando esa época, lo cual me podría nutrir de anécdotas, historias subidas de tono y aventuras cochambrosas de machito ibérico.
Me acerco a ellos y me examinan. Parece que no me identifican como uno de ellos. Si no logro ganarme su confianza me excluirán.
-Que… -les digo-. Aquí comiéndoos las sobras de los críos. ¿No?
-¿Sobras? -dice uno de los padres mientras se mete en la boca un puñado de garbanzos secos-. ¡Se han dejado lo mejor!
Esquivo dos dientes que salen disparados de su boca y me doy la vuelta. Están acabados.
Finalmente me doy cuenta de que si no encajo en ningún grupo quizàs no sea su culpa si no la mía. Puede que sea un divergente, como la chica esa con cara de pasmada en aquella peli tan mala.
Puede que con tanto observar, buscar y escribir, no esté logrando nada más que aislarme y desaparecer de un mundo que cada vez me resulta más insípido y predecible.
Y así, con esta idea, decido largarme de allí para estar solo y lamentarme de mis errores. Pero entonces sucede algo inesperado.
Una madre llama mi atención y me da la enhorabuena. “¿Que ha pasado?” le pregunto yo sin entender. “Por tus libros” me dice “Me he leído los tres y también sigo tu blog” y sonrío, le doy las gracias y de repente mi horizonte parece un poco màs brillante, como si el atardecer se hubiese convertido en amanecer y esas nubes negras que amenazaban lluvia, se alejan a llover sobre los demás.
Quizás sí que tenga algún sentido todo esto al fin y al cabo.