Camino erráticamente por los anchos pasillos del centro comercial.
Mi hija me acompaña y no deja de decirme cosas que ni siquiera oigo
porque mi cerebro está funcionando a otro nivel, uno inferior
posiblemente, sin dejar de dar vueltas al mismo tema: Mañana cumplo
cuarenta y uno y eso me sitúa un paso más cerca de todas las cosas
malas que todavía me tienen que suceder.
Porque seamos
sinceros, la decrepitud física comienza poco antes de los treinta y
a partir de ahí ya nada bueno puede esperarse; todo se arruga, se
destiñe, se vuelve fláccido o directamente se cae como esas hojas
otoñales que el barrendero mete a presión en la papelera de la
esquina. ¿Por qué no dejarán en el suelo las hojas si son uno de
los escasos vestigios de naturaleza que nos quedan? Pero no nos
desviemos del tema que he venido aquí a hablar de mí. Como siempre.
Caminaba distraído
estaba diciendo, hasta que la voz de mi mayor, imbuida por alguna
emoción desorbitada me devuelve a la realidad. Ante nosotros hay
montadas dos capsulas de esas de realidad virtual que prometen viajes
alucinantes en un entorno… 9D.
¿Nueve dimensiones?
Eso no existe, le digo a mi hija extrañado, tratando de disuadirla
de la idea de meterse en uno de esos trastos. Pues claro que existe,
lo tienes delante , me responde ella esgrimiendo una lógica de la
que no puedo rebatir ni una palabra. Así que cumpliendo con mi deber
de buen padre decido desembolsar los cuatro euros que permitirán a
mi descendiente número uno disfrutar de esa experiencia futurista. Y
es entonces, allí plantado en la cola, cuando tomo una decisión de
la que como no, me arrepentiré más tarde, ya lo veréis.
Cuarenta y un años
casi, lo he dicho antes, emprendiendo la recta final de mi vida con
el acelerador apretado a tope y el motor echando un humillo feo
camino a ese murete blanco medio oculto entre los cipreses, larga y
enrevesada metáfora de morirse. Y es por ello que con un recién
descubierto espíritu rebelde, decido darle al muchacho otros cuatro
euros (lo que viene a ser pagar con un billete de veinte y que te
devuelvan doce) y embarcarme yo también en la aventura. Qué
cojones, hostia ya.
Las
experiencias a vivir en el mundo 9D son las siguientes: Infantil,
Vértigo (con tres niveles de intensidad
que son suave, intermedio y extremo) y finalmente Interactivo, que va
de matar naves extraterrestres a lo space invaders pero rollo
siglo veintiuno. Yo me decanto por esta última, pero mi hija quiere
el vértigo extremo, así que la acompaño para no dejarla sola si
algo malo sucede en ese mundo virtual. Y vaya si sucede, pero no a
ella. Me siento, me abrocho el cinturón y me coloco las gafas. Todo
va bien hasta que se enciende la pantallita y empiezan a pasar cosas.
Estoy en un avion
que sobrevuela una ciudad, mirando a través de una abertura en el
suelo; de pronto alguien me empuja y caigo al vacío; me da el aire
en la cara, me siento caer, me agobio un poco pero entonces aparece
mi mano virtual y tira de la anilla de un paracaídas. Menos mal.
Pero no, porque la anilla se rompe y tardo unos agonizantes segundos
en accionar el secundario y por fin deslizarme suavemente por el
aire. Menuda mala ostia de juego. Si esto fuera la vida real, nunca
me habría tirado en paracaídas, ni siquiera habría montado en
avión, pero bueno, supongo que ahí está la gracia del asunto.
El descenso se ha
vuelto lento y agradable, aunque cuando miro abajo veo que la ciudad
está como en ruinas y todo tiene una pinta oxidada muy fea, como de
poco mantenimiento, y la mala suerte más extrema hace que en lugar
de aterrizar en el suelo lo haga sobre la vagoneta de una especie de
montaña rusa. Vaya por dios, con lo grande que es esa ciudad.
Y
allí empieza la risa. La vagoneta coge una velocidad imposible, se
suceden los giros, las vueltas de campana e incluso los saltos. Todo
tiembla y se sacude, el vértigo deja paso al mareo y el mareo a la
náusea. Cierro los ojos para no ver el aluvión de imágenes
tridimensionales pero no me sirve de nada; las sacudidas del aparato
y los chorros de aire no me permiten evadirme del mundo virtual.
“Estás sentado en una cápsula de plástico en un centro comercial
levantino” me repito “Esto no es real, el
mareo y el vértigo no son reales”, pero mi cerebro va por su lado
y sintiendo peligrar los nachos con guacamole y el burrito de la
comida que llevo en el estómago, decido quitarme las gafas y volver
al mundo real así, de golpe, y que le den por el saco a la
experiencia.
Me
levanto y camino tambaleándome hacia el responsable de la atracción
para devolverle las gafas. En la cápsula mi hija se lo pasa pipa.
¿Te has mareado, no? Dice él, y yo no me atrevo a contradecirle
porque seguramente tendré la cara más blanca que la leche
semidesnatada. Un poco, le respondo tratando de hacerme el duro. Es
normal, me dice él. Los jóvenes lo disfrutan mucho pero la gente
mayor… Porque mañana cumplo cuarenta y uno, y
ya soy oficialmente gente mayor.