miércoles, 20 de enero de 2021

Kings in time, escena 2: El apartamento

Vivían en un piso discreto en el centro. Era una vivienda humilde pero suficiente como para albergar a tres personas con comodidad. Hassan era el dueño, ya que era el único con ingresos. Tenía uno de esos locales de “Compro oro” y no le iba del todo mal. De hecho, un observador mínimamente constante descubriría que vendía mucho más oro del que compraba, como si debajo de esa tienda de apenas treinta metros cuadrados hubiera una verdadera mina. Pero nadie se metía con sus negocios ya que Hassan tampoco parecía preocupado por los de los demás, ni por aparentar, ni por destacar. Era solo un inmigrante del sur que subsistía con el negocio del oro y que compartía su humilde piso con dos amigos.

Cheng apenas salía. Tenía ese nosequé que hacía que le cayera mal a todo el mundo. No era nada alarmante, pero sí un problema a la hora de encontrar trabajo. Pasaba casi todo su tiempo meditando y practicando artes marciales, su pasión. Se sentía orgulloso de ser el único experto en un arte según él milenario y del que ya nadie conocía sus secretos.

El tercero era Sam, el africano. No era su nombre real, ya que éste lo adoptó durante la etapa en la que estuvo en Estados Unidos trabajando en el cine para adultos. Tuvo una época buena en la que protagonizó algunas películas que se convirtieron en clásicos y le dieron unos cuantiosos ingresos, pero al final las cosas terminaron y decidió mudarse con Hassan y Cheng, a quienes conocía desde hacía mucho, mucho tiempo. Seguía rodando ocasionalmente, pero no era una fuente de ingresos fija, por lo que no podría decirse que trabajara.

En estos momentos Hassan y Cheng estaban viendo la tele en el salón mientras Sam se duchaba. El sonido del agua cesó y tras unos segundos se comenzó a oír repiquetear húmedo, como si alguien golpeara a otro alguien con un pez recién sacado del río. Ambos supieron qué era ese sonido. Era el descomunal pene de Sam rebotando en sus piernas al caminar; una visión perturbadora a la que sus dos compañeros no lograban acostumbrarse. La naturalidad con la que Sam lo exhibía, como una tercera pierna en su cuerpo alto, fibrado y de piel tan negra como la noche, creaba una extraña sensación de inferioridad, como si Sam fuera el cénit de la evolución y todos los demás, intentos fallidos de seres humanos. Cheng y Hassan miraron la televisión con mucha más intensidad mientras Sam caminaba desde el baño hasta su habitación, tal como dios le trajo al mundo. No se dijeron nada pero Hassan miró su reloj y se levantó; era hora de abrir la tienda. Cheng le siguió.

jueves, 14 de enero de 2021

Kings in time, escena 1: La Cafetería

Queridos lectores y lectora, como ya anuncié en la entrada anterior, voy a publicar en primicia mundial un relato que lleva escrito (y en espera de publicación "oficial") algunos años ya. Se trata de la continuación (aunque puede leerse de forma independiente) de "El incidente de Belén", un cuento publicado en el libro "La onomatopeya del ladrido, y otros relatos pulp, que también podréis leer en este blog si buscáis el tag "El incidente de belén". Os animo a leerlo, a intentar entenderlo y si no es demasiado pedir, a comentar y exponer vuestras impresiones.

 



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La cafetería estaba casi desierta a esas horas pero a pesar de eso estaban tardando mucho en servirles. El camarero apareció por fin con cara de pocos amigos; dos o tres a lo sumo, ya que la gente, a partir de cuatro ya no muestra esa expresión de amargura. Dejó un café acompañado de un croasán delante de Hassan y un zumo de naranja frente a Cheng con un movimiento tan brusco, que parte del contenido del vaso se derramó y salpicó la camisa del oriental. El camarero le miró de reojo y se marchó sin disculparse por su falta de profesionalidad.

-Parece que le caes mal –dijo Hassan mientras partía el croasán.

-No debería sorprenderme, supongo –respondió Cheng mientras trataba de limpiar su camisa con una de las hidrófobas servilletas de la cafetería.

Cheng era oriental, aunque ni siquiera un experto en el tema sabría determinar de qué parte de oriente. Podría ser chino con ascendencia india o viceversa, posiblemente ni siquiera eso. Vestía completamente de blanco, con una camisa y pantalones anchos y unas sandalias del mismo color sin calcetines. No era demasiado alto ni ancho, y sus cabellos eran completamente blancos a pesar de que no habría cumplido los treinta, por lo que tenía el aspecto de un hombre frágil, aunque había algo extraño en sus ojos. Su mirada no era la de alguien delicado, sino que parecía ocultar algo antiguo y extraño, como un pozo en cuyo fondo se agita algo imposible de discernir.

El comportamiento del camarero no era extraño para él ni para Hassan. Cheng caía mal a la gente. Sin motivo aparente. Simplemente por estar allí, como si no fuera su tiempo ni su lugar. Como si su mera presencia removiera algo primario, latente en los corazones de quienes se cruzaban con él y despertara antipatías de miles de años de antigüedad. Pero por supuesto nadie llegaba a preguntarse el porqué; simplemente le ignoraban o le trataban con la mayor celeridad posible antes de alejarse.

Hassan en cambio, era un hombre bonachón que despertaba las simpatías de quienes se molestaran en conocerle un poco. Era de origen árabe, aunque cada vez que le preguntaban decía venir de un país distinto, como si no tuviese del todo claro su verdadero origen. Estaba visiblemente gordo, a pesar de que llevaba tiempo haciendo un gran esfuerzo por perder peso, y los resultados estaban notándose. Vestía con la típica chilaba y aunque era muy aficionado a los turbantes, se cuidaba de no llevarlos más que en ocasiones especiales, ya que no le gustaba llamar demasiado la atención. Para eso ya tenía a Cheng, de quien nunca se separaba. Hassan era un hombre culto, quizás demasiado ya que poseía conocimientos sobre la antigüedad que harían caer en coma a cualquier historiador interesado en la historia de oriente medio.

Cuando estaban a medio desayuno, un grupo de jóvenes pasaron por su lado. Eran altos, corpulentos, con el cabello muy corto y un porte de seguridad y superioridad que no pasó desapercibido para los dos hombres de la cafetería. Caminaban ocupando toda la acera, como si la calle les perteneciera, y cuando se vieron obligados a ponerse en fila para pasar junto a la mesa, parecieron molestos. Uno de ellos miró a Cheng y éste le devolvió la mirada. Fue solo un segundo. Un instante suficiente para crear un contacto, una chispa que prendió un fuego que se liberó al instante. El joven se detuvo y los otros hicieron lo mismo.

-¿Qué miras, chino? –le dijo a Cheng, el cual llevaba una mancha de zumo de considerable tamaño en su camisa blanca.

-Nada –respondió Cheng tratando de evitar otro contacto visual.

-Mírame cuando te hablo, chino –volvió a decir el joven, enfatizando la palabra “chino” para dar a entender que se trataba de un insulto y no de una simple observación.

Cheng le miró y el efecto de odio pareció extenderse a los cuatro jóvenes, los cuales se mostraron de pronto muy alterados y poco predispuestos al diálogo. Hassan se pasó la mano por la cara, prediciendo de algún modo lo que iba a suceder a continuación.

Cheng se levantó y miró al primero de los chavales. Tendrían poco más de veinte años y eran más altos y corpulentos que él. El primero le miraba desafiante y los otros tres esperaban detrás, tensos, como oliendo la agresividad en el aire. Y ésta no tardó en desatarse. Sin mediar aviso, el joven lanzó un puñetazo dirigido a la cara de Cheng, pero éste lo esquivó con un simple movimiento de cintura para responder al instante con un golpe con la mano plana directamente a la nariz. Se oyó un crujido y acto seguido el chaval se desplomaba en el suelo, conmocionado. “El golpe que quiebra montañas” dijo Cheng con solemnidad. Una silla dirigida con fuerza y precisión por el segundo de los jóvenes, cruzó el aire en dirección al oriental, pero cuando llegó al punto de colisión, allí no había nadie; Cheng apareció detrás del agresor como por arte de magia y le golpeó las orejas con las palmas con un golpe seco. “El ataque del vacío silencioso” dijo esta vez. El segundo joven pareció haber perdido el sentido del oído y con él el equilibrio, y cayó sentado en el suelo, incapaz de levantarse. Los dos que quedaban en pie se miraron sin saber si lanzarse al ataque o huir, pero su naturaleza beligerante les impedía retirarse de una lucha en la que tenían la superioridad numérica. Se lanzaron a la carga con cierta coordinación, pero ésta se rompió cuando Cheng, utilizando tan solo dos dedos de cada mano, les detuvo golpeándoles entre los ojos. “El toque de la estrella fugaz” dijo, y ambos se quedaron ciegos al instante. Salieron huyendo de una forma muy poco digna, tropezándose con todo y estrellándose contra farolas y coches aparcados. Hassan observó la escena sin apenas inmutarse.

-¿El vacío silencioso? –le dijo a su amigo. –Te inventas esos nombres sobre la marcha, verdad?

-Si. Queda mucho más cinematográfico –respondió Cheng ajustándose la camisa y redescubriendo con cierta decepción su mancha anaranjada.

-¿Qué te parece “el dragón serpenteante sobre la montaña de fuego”?

-No. Muy largo.

Y volvieron a casa.

 

Continuará...

viernes, 8 de enero de 2021

Vuelven los reyes magos.

 


Si mirásemos atrás, muy muy atrás, justo en la zona perineal de este mismo blog, encontraríamos el que fue el primer relato que publiqué y que años después incluí en mi exitoso libro “La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp”, llamado “El incidente de belén”.

Lo escribí al recordar una anécdota sobre los reyes magos que nos contó una profesora del cole, y que seguramente se lo inventara en el momento, sobre el motivo por el que Melchor tenía el cabello completamente blanco a pesar de ser el más joven de los tres. Esa inocente anécdota incluía, además del “lore” propio relacionado con el nacimiento del niño Jesús, un elemento bastante atractivo como era una maldición divina, algo muy común en las escrituras antiguas y todavía aprovechable hoy en día. Así nació “El incidente de Belén” hace ya casi diez años.

El relato gustó en su momento y por ello llegué a publicar una segunda parte en este mismo blog que ya no gustó tanto y cuando lo rescaté para que tuviera forma física en un libro, me picó el gusanillo de seguir con esa historia, que se había quedado con tres reyes magos renegados viajando en el tiempo hasta el presente. Y así escribí esa tercera parte y la dejé guardada en un cajón. Allí permaneció mientras pensaba en si debía publicarla en una segunda parte de “La onomatopeya…”, como un relato independiente, e incluso contemplé la idea de convertirlo en un comic, pero al final todo se reducía a lo mismo: invertir esfuerzo y dinero en un producto que solo iban a leer cuatro frikis, como pasa con los “Wonderland”, que cuanto más gratis son, menos se leen.


Como ya sabréis, queridos lectores, he empezado el año sin demasiadas ganas de seguir contando mis anécdotas laborales o reflexiones personales. La vida pasa, las cosas cambian y ahora disfruto pintando miniaturas, jugando, escuchando música a oscuras y escribiendo para mí y solo para mí.

Y en ese cajón se habría quedado esta tercera parte del “Incidente de Belén” de no ser por la terrible pesad… por la justa insistencia de nuestro querido Victor Sesmero por leer esa continuación (que ni siquiera sabía que existía) y mi hastiada resignac… mi abnegada voluntad de agradar a mis lectores.

Así que id preparándoos, repasad los anteriores capítulos de esta serie (aunque este último se puede leer con independencia de lo acaecido anteriormente) y no despeguéis los ojos de este blog porque en breve dará comienzo “El incidente de Belén Parte 3: Han llegado los reyes”.

martes, 29 de diciembre de 2020

Pues a mi el 2020 me ha gustado

 

El año en una imágen

Soy consciente de que no será una reflexión muy popular, pero es lo que hay. Este año ha sido algo distinto a lo habitual, trágico en parte y revelador por otro lado. Hemos tenido un poco de todo en realidad. Comenzamos con energía, llenos de buenos propósitos y planes de grandeza para ir desinflándonos poco a poco hasta caer en la más profunda desolación y luego hemos tenido la oportunidad de arrastrarnos fuera del pozo, lentamente y recibiendo bofetadas de vez en cuando para que no se nos ocurriera sonreír demasiado.

Alguien dijo allá por abril que éste era el año de los introvertidos, de los aficionados a la lectura y los videojuegos, de los amantes de las series, las mantitas y los panchitos. Y realmente aquellos más duramente golpeados por las circunstancias fueron los abiertos de mente, los que anhelaban viajar, las grandes reuniones sociales, los parques de atracciones y los festivales. Pero lo cierto es que todos nos vimos en algún momento arrastrados al pesimismo, atrapados por el miedo y la incertidumbre al pensar en el futuro y por qué no decirlo, arrepentidos por no haber aprendido a tocar la guitarra en su momento.

Pero por otro lado también hay que valorar las cosas positivas. Descubrimos que podíamos leer por fin esos libros que estaban cogiendo polvo, que las fiestas de cumpleaños podían ser en el patio con cuatro niños en lugar de las megacelebraciones con toboganes, piscinas de bolas y meriendacenas para niños, padres, madres y abuelos. Que a veces se puede trabajar desde casa, que se puede pasar más tiempo con los nuestros y menos con los de los demás y que al final eso de la guitarra puede esperar veinte años más.

Por eso para mi este 2020 ha sido un año positivo, un año que nos ha invitado a reflexiones que la vida mundana nos tenía vetadas, un año de cambios, de pausas, respiraciones profundas y pensamientos calmados.

Y digo eso por no hablar de los memes de internet, los que se han convertido en poetas y escritores de la noche a la mañana, los nuevos mesías del nuevo orden mundial de pirados, esos de la plandemia y la farmafia, de Kill Gates y el coronatimo, terraplanistas y antivacunas que de pronto se han visto convertidos en el centro de atención y han crecido como la espuma, vacíos e insípidos pero divertidos al final, porque si algo he descubierto ya por mi mismo es que o nos reímos de todo o la mierda nos come.

En cuanto a este 2021 auguro que será un año “mejor” desde el punto de vista de los claustrófobos. Pronto nos pondrán la vacuna que nos instalará el chip cinco ge y alterará nuestro ADN para que podamos salir a la calle otra vez sin mascarillas y nos demos cuenta de lo feo que era todo el mundo en realidad. Tendremos otra crisis económica y de valores, política y de valores, ecológica y de valores, e incluso crisis de valores a secas, que son las peores.

Para mi este 2020 no ha sido malo porque auguro que el año que entra va a ser “mejor” todavía y esta vez sí que sí, voy a aprender a tocar la guitarra.

 

Aquí una foto para nada editada

 

martes, 1 de diciembre de 2020

Una necesaria (aunque posiblemente vacía) meditación.

 


Nunca he pretendido tener éxito en la vida. Nunca he querido ser “rico y famoso”, ni siquiera “adinerado y popular”, pero es cierto que de vez en cuando a uno le gusta sentirse arropado por personas que apoyen su causa, que empujen de su destartalado carro o que simplemente remen en su misma dirección. Pero voy a dejarme de símiles, que si no no termino.


Empecé con este blog hace ocho años, con la sana idea de separar de mi otro blog los contenidos no dedicados a aficiones lúdicas y acumular mis tonterías, mis relatos, mis tonterías y en definitiva, todo aquello que jamás debería ver la luz. Pero curiosamente, me sentí muy satisfecho cuando este blog comenzó a tener seguidores, comentarios y lectores que aunque desde las sombras la gran mayoría, estaban ahí, con la forma espectral e indefinida de las estadísticas. Tenía lectores y por ello me sentí en la obligación de esforzarme, de escribir de forma regular, de crearme rutinas, obligaciones, como uno quiera llamarlo… Pero esa época ya terminó.


Echadle la culpa al cierre de Google+ (con la consiguiente incapacidad por mi parte de existir en otras redes sociales), a la pandemia que nos está dejando a todos hastiados y apáticos o a mi propia incapacidad para seguir adelante, pero en cualquier caso y sea como sea, esto no termina de funcionar. Los lectores han caído en picado, el “feedback” que recibo es ínfimo y por lo tanto mis ganas de seguir aquí se reducen a la mínima expresión, por lo que debo replantearme si cerrar esto o darle un giro en cuanto a planteamiento.

 


Ya dejé en “standby(me)” el otro blog, ese tan mediocre de juegos de rol y muñequitos, y ahora me planteo hacer lo mismo con este, pero no creáis que se debe a mi inactividad, a que me ha absorbido el trabajo y la familia y que ya no puedo con todo, sino por todo lo contrario.

Estoy jugando más que en toda mi vida, al Warhammer concretamente, con un ritmo vertiginoso de una partida a la semana de una campaña narrativa que ni en mis mejores sueños podría haber imaginado hace un año; también estoy escribiendo más que nunca, tanto que no doy abasto para pasarlo a ordenador y se me acumulan los cuentos y novelitas por encima del escritorio. Y a pesar de eso paso más tiempo con mi familia, con amigos nuevos y viejos, he aumentado mis horas de sueño, y me puedo permitir incluso hacer deporte en forma de escapadas montañiles, por no hablar de que ahora tengo mi propio programa de televisión.



Resumiendo: Creo que este blog no funciona porque me está yendo demasiado bien en la vida como para dedicarle toda la rabia y amargura que él demanda. Creo que no funciona porque las redes sociales ya no me molan tanto como para dedicarles más tiempo del estrictamente necesario. Y creo que no funciona porque todo en la vida tiene un momento y el momento de todo esto ya pasó.


Pensaré durante unos días en como reenfocar esto. Si seguir con este ritmo pausado, echar el cierre temporal o simplemente volcar aquí mis relatos, por entregas, e ir viendo que pasa.

Haría una encuesta, pero me temo que ahora mismo sois demasiado escasos como para que tuviera sentido, así que igual tiro un dado para decidir. Como en los viejos tiempos.

Un saludo.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Ruinas (Paternidad 51)

 


Desde hace unas semanas, mi mayor y yo empleamos los hasta el momento lentos y azarosos domingos por la mañana en caminar por el monte, descubrir rutas y disfrutar de entornos naturales que aunque escasos en estas tierras, siempre ocultan cierta belleza y encanto.

Y hoy, como viene siendo habitual, partimos en dirección a uno de esos senderos tan cercanos como desconocidos para nosotros y nos adentramos en un sinuoso camino que desciende entre valles y barrancos rodeados de montañas de roca viva, hasta el lecho de un río ya agotado donde todavía se yerguen los restos de edificios, puentes y otras obras humanas erigidas por nuestros antepasados.

Caminamos y caminamos y la verdad es que la cosa se empieza a hacer cuesta arriba, en todos los sentidos. Mis huesos empiezan a aquejarse y la niña a arrepentirse de haber tomado ese camino, por lo que buscamos una sombra y nos sentamos a beber agua y coger un poco de aire. Y entonces aparece.

Un viejo andrajoso con toda la pinta de haberse perdido por esos montes hace décadas aparece de pronto de entre unos matojos y nos asusta a los dos. Instintivamente me coloco delante de mi hija y agarro un palo del suelo dispuesto a aplastarle la cabeza a la mínima sospecha de hostilidad por su parte, pero el señor parece ser pacífico y simplemente pasea ajeno a nuestra presencia. Y quizás sea por haberme visto arrastrado por mis prejuicios y haber apelado a mi instinto de supervivencia más primitivo y agresivo que me siento impelido por la necesidad de mostrarme amable con él y trato de entablar conversación.

-Disculpe señor. No he podido evitar fijarme en que parece usted un hombre ducho en estos caminos, un veterano de las sendas y seguramente conocedor de todos los atajos que preexisten en estos andurriales -le pregunto.

-¿Que qué? -me responde él encogiendo la cara como si se hubiese tragado un pomelo de los amarillos.

-Que si podría indicarnos el camino más corto para volver al pueblo, que estamos ya un poco cansados.

-Ah, sí, claro… Mirad, tenéis que seguir este camino que sube por el lado del cerro ese. ¿Veis? Luego se divide en dos, pero no vayáis por la derecha ya que ese os llevará a unas antiguas ruinas moriscas que se dice que están encantadas ya que según la leyenda, un rey dejó allí escondido su tesoro y ahora lo protege de incautos intrusos que pudieran encontrarlo.

Y dicho esto el hombre se marcha a paso lento, pisa una trampa de osos, cae a una fosa oculta con ramas, se clava varios pinchos envenenados y hace estallar una bomba de la guerra civil que le manda directo al cielo donde se mete en el reactor de un avión y se desintegra ya del todo. Como para preguntarle más acerca del tesoro del morisco ese.

-Ha dicho que a la izquierda -me dice mi hija con tranquilidad.

-¿Como que a a izquierda? -le respondo azorado. -¿No has oído la historia esa del tesoro? Podría ser la aventura de nuestras vidas, o por lo menos de la mía, que ya me queda menos.

-Papá, eso es una leyenda que nos ha contado un viejo loco. Vámonos a casa que ya tengo hambre.

-Pero… ¿Es que no te das cuenta? Podríamos ser famosos, o ricos… O las dos cosas. Imagina todo lo que nos podríamos comprar. Juguetes, ropa, warhamm…

-A veces me parece que tú eres el niño y yo el adulto.

Y así, con esa frase devastadora mi pequeña emprende la marcha hacia el camino de la izquierda y yo la sigo cabizbajo, dejando atrás todo lo que alguna vez fui, o pensé en ser, o pensé en pensar ser.

martes, 27 de octubre de 2020

De experiencias virtuales y nachos con guacamole.

 


Camino erráticamente por los anchos pasillos del centro comercial. Mi hija me acompaña y no deja de decirme cosas que ni siquiera oigo porque mi cerebro está funcionando a otro nivel, uno inferior posiblemente, sin dejar de dar vueltas al mismo tema: Mañana cumplo cuarenta y uno y eso me sitúa un paso más cerca de todas las cosas malas que todavía me tienen que suceder.

Porque seamos sinceros, la decrepitud física comienza poco antes de los treinta y a partir de ahí ya nada bueno puede esperarse; todo se arruga, se destiñe, se vuelve fláccido o directamente se cae como esas hojas otoñales que el barrendero mete a presión en la papelera de la esquina. ¿Por qué no dejarán en el suelo las hojas si son uno de los escasos vestigios de naturaleza que nos quedan? Pero no nos desviemos del tema que he venido aquí a hablar de mí. Como siempre.

Caminaba distraído estaba diciendo, hasta que la voz de mi mayor, imbuida por alguna emoción desorbitada me devuelve a la realidad. Ante nosotros hay montadas dos capsulas de esas de realidad virtual que prometen viajes alucinantes en un entorno… 9D.

¿Nueve dimensiones? Eso no existe, le digo a mi hija extrañado, tratando de disuadirla de la idea de meterse en uno de esos trastos. Pues claro que existe, lo tienes delante , me responde ella esgrimiendo una lógica de la que no puedo rebatir ni una palabra. Así que cumpliendo con mi deber de buen padre decido desembolsar los cuatro euros que permitirán a mi descendiente número uno disfrutar de esa experiencia futurista. Y es entonces, allí plantado en la cola, cuando tomo una decisión de la que como no, me arrepentiré más tarde, ya lo veréis.

Cuarenta y un años casi, lo he dicho antes, emprendiendo la recta final de mi vida con el acelerador apretado a tope y el motor echando un humillo feo camino a ese murete blanco medio oculto entre los cipreses, larga y enrevesada metáfora de morirse. Y es por ello que con un recién descubierto espíritu rebelde, decido darle al muchacho otros cuatro euros (lo que viene a ser pagar con un billete de veinte y que te devuelvan doce) y embarcarme yo también en la aventura. Qué cojones, hostia ya.

Las experiencias a vivir en el mundo 9D son las siguientes: Infantil, Vértigo (con tres niveles de intensidad que son suave, intermedio y extremo) y finalmente Interactivo, que va de matar naves extraterrestres a lo space invaders pero rollo siglo veintiuno. Yo me decanto por esta última, pero mi hija quiere el vértigo extremo, así que la acompaño para no dejarla sola si algo malo sucede en ese mundo virtual. Y vaya si sucede, pero no a ella. Me siento, me abrocho el cinturón y me coloco las gafas. Todo va bien hasta que se enciende la pantallita y empiezan a pasar cosas.

Estoy en un avion que sobrevuela una ciudad, mirando a través de una abertura en el suelo; de pronto alguien me empuja y caigo al vacío; me da el aire en la cara, me siento caer, me agobio un poco pero entonces aparece mi mano virtual y tira de la anilla de un paracaídas. Menos mal. Pero no, porque la anilla se rompe y tardo unos agonizantes segundos en accionar el secundario y por fin deslizarme suavemente por el aire. Menuda mala ostia de juego. Si esto fuera la vida real, nunca me habría tirado en paracaídas, ni siquiera habría montado en avión, pero bueno, supongo que ahí está la gracia del asunto.

El descenso se ha vuelto lento y agradable, aunque cuando miro abajo veo que la ciudad está como en ruinas y todo tiene una pinta oxidada muy fea, como de poco mantenimiento, y la mala suerte más extrema hace que en lugar de aterrizar en el suelo lo haga sobre la vagoneta de una especie de montaña rusa. Vaya por dios, con lo grande que es esa ciudad.

Y allí empieza la risa. La vagoneta coge una velocidad imposible, se suceden los giros, las vueltas de campana e incluso los saltos. Todo tiembla y se sacude, el vértigo deja paso al mareo y el mareo a la náusea. Cierro los ojos para no ver el aluvión de imágenes tridimensionales pero no me sirve de nada; las sacudidas del aparato y los chorros de aire no me permiten evadirme del mundo virtual. “Estás sentado en una cápsula de plástico en un centro comercial levantino” me repito “Esto no es real, el mareo y el vértigo no son reales”, pero mi cerebro va por su lado y sintiendo peligrar los nachos con guacamole y el burrito de la comida que llevo en el estómago, decido quitarme las gafas y volver al mundo real así, de golpe, y que le den por el saco a la experiencia.

Me levanto y camino tambaleándome hacia el responsable de la atracción para devolverle las gafas. En la cápsula mi hija se lo pasa pipa. ¿Te has mareado, no? Dice él, y yo no me atrevo a contradecirle porque seguramente tendré la cara más blanca que la leche semidesnatada. Un poco, le respondo tratando de hacerme el duro. Es normal, me dice él. Los jóvenes lo disfrutan mucho pero la gente mayor… Porque mañana cumplo cuarenta y uno, y ya soy oficialmente gente mayor.