martes, 27 de octubre de 2020

De experiencias virtuales y nachos con guacamole.

 


Camino erráticamente por los anchos pasillos del centro comercial. Mi hija me acompaña y no deja de decirme cosas que ni siquiera oigo porque mi cerebro está funcionando a otro nivel, uno inferior posiblemente, sin dejar de dar vueltas al mismo tema: Mañana cumplo cuarenta y uno y eso me sitúa un paso más cerca de todas las cosas malas que todavía me tienen que suceder.

Porque seamos sinceros, la decrepitud física comienza poco antes de los treinta y a partir de ahí ya nada bueno puede esperarse; todo se arruga, se destiñe, se vuelve fláccido o directamente se cae como esas hojas otoñales que el barrendero mete a presión en la papelera de la esquina. ¿Por qué no dejarán en el suelo las hojas si son uno de los escasos vestigios de naturaleza que nos quedan? Pero no nos desviemos del tema que he venido aquí a hablar de mí. Como siempre.

Caminaba distraído estaba diciendo, hasta que la voz de mi mayor, imbuida por alguna emoción desorbitada me devuelve a la realidad. Ante nosotros hay montadas dos capsulas de esas de realidad virtual que prometen viajes alucinantes en un entorno… 9D.

¿Nueve dimensiones? Eso no existe, le digo a mi hija extrañado, tratando de disuadirla de la idea de meterse en uno de esos trastos. Pues claro que existe, lo tienes delante , me responde ella esgrimiendo una lógica de la que no puedo rebatir ni una palabra. Así que cumpliendo con mi deber de buen padre decido desembolsar los cuatro euros que permitirán a mi descendiente número uno disfrutar de esa experiencia futurista. Y es entonces, allí plantado en la cola, cuando tomo una decisión de la que como no, me arrepentiré más tarde, ya lo veréis.

Cuarenta y un años casi, lo he dicho antes, emprendiendo la recta final de mi vida con el acelerador apretado a tope y el motor echando un humillo feo camino a ese murete blanco medio oculto entre los cipreses, larga y enrevesada metáfora de morirse. Y es por ello que con un recién descubierto espíritu rebelde, decido darle al muchacho otros cuatro euros (lo que viene a ser pagar con un billete de veinte y que te devuelvan doce) y embarcarme yo también en la aventura. Qué cojones, hostia ya.

Las experiencias a vivir en el mundo 9D son las siguientes: Infantil, Vértigo (con tres niveles de intensidad que son suave, intermedio y extremo) y finalmente Interactivo, que va de matar naves extraterrestres a lo space invaders pero rollo siglo veintiuno. Yo me decanto por esta última, pero mi hija quiere el vértigo extremo, así que la acompaño para no dejarla sola si algo malo sucede en ese mundo virtual. Y vaya si sucede, pero no a ella. Me siento, me abrocho el cinturón y me coloco las gafas. Todo va bien hasta que se enciende la pantallita y empiezan a pasar cosas.

Estoy en un avion que sobrevuela una ciudad, mirando a través de una abertura en el suelo; de pronto alguien me empuja y caigo al vacío; me da el aire en la cara, me siento caer, me agobio un poco pero entonces aparece mi mano virtual y tira de la anilla de un paracaídas. Menos mal. Pero no, porque la anilla se rompe y tardo unos agonizantes segundos en accionar el secundario y por fin deslizarme suavemente por el aire. Menuda mala ostia de juego. Si esto fuera la vida real, nunca me habría tirado en paracaídas, ni siquiera habría montado en avión, pero bueno, supongo que ahí está la gracia del asunto.

El descenso se ha vuelto lento y agradable, aunque cuando miro abajo veo que la ciudad está como en ruinas y todo tiene una pinta oxidada muy fea, como de poco mantenimiento, y la mala suerte más extrema hace que en lugar de aterrizar en el suelo lo haga sobre la vagoneta de una especie de montaña rusa. Vaya por dios, con lo grande que es esa ciudad.

Y allí empieza la risa. La vagoneta coge una velocidad imposible, se suceden los giros, las vueltas de campana e incluso los saltos. Todo tiembla y se sacude, el vértigo deja paso al mareo y el mareo a la náusea. Cierro los ojos para no ver el aluvión de imágenes tridimensionales pero no me sirve de nada; las sacudidas del aparato y los chorros de aire no me permiten evadirme del mundo virtual. “Estás sentado en una cápsula de plástico en un centro comercial levantino” me repito “Esto no es real, el mareo y el vértigo no son reales”, pero mi cerebro va por su lado y sintiendo peligrar los nachos con guacamole y el burrito de la comida que llevo en el estómago, decido quitarme las gafas y volver al mundo real así, de golpe, y que le den por el saco a la experiencia.

Me levanto y camino tambaleándome hacia el responsable de la atracción para devolverle las gafas. En la cápsula mi hija se lo pasa pipa. ¿Te has mareado, no? Dice él, y yo no me atrevo a contradecirle porque seguramente tendré la cara más blanca que la leche semidesnatada. Un poco, le respondo tratando de hacerme el duro. Es normal, me dice él. Los jóvenes lo disfrutan mucho pero la gente mayor… Porque mañana cumplo cuarenta y uno, y ya soy oficialmente gente mayor.

miércoles, 14 de octubre de 2020

De matemáticas y viajes suprarrenales.

 

 


Mi nuevo trabajo es una mierda, vale, creo que lo dejé claro hace un par de entradas, pero si tengo algo positivo que extraer de él es que solo sucede por las mañanas y eso me deja, por primera vez en mi vida desde que tenía veinte añitos, las tardes libres para hacer lo que me de la gana.

Y ya sé qué pensaréis. Que un hombre como yo va a dedicar ese tiempo libre a escribir, hacer deporte y retomar viejas aficiones roleras, pero no. Ya no soy el mismo que era. He cambiado, he abandonado malos hábitos de procastinación y ahora estoy dispuesto a hacer algo de provecho con mi vida: Sacarme el título de graduado en la ESO.

¿Y como es posible que un escritor de relativo éxito, padre de familia maduro y espécimen culto donde los haya no tenga todavía ese papel? Pues muy sencillo. Cuando yo estaba en edad de estudiar, ese título todavía no existía (yo soy de la vieja escuela, de la EGB) y a partir de ese momento dediqué mi vida a trabajar como un rebaño de mulas, con lo que el mundo del estudio quedó totalmente obsoleto para mi.

Pero como dicen que nunca es tarde, que el saber no ocupa lugar y que no sabemos lo que nos puede deparar el futuro (si es que lo hay), he decidido apuntarme para sacarme el dichoso graduado y así subir un nuevo escalón en la provechosa escalera de la fortuna vital y el crecimiento personal e intelectual.

Y aquí estoy ahora, dirigiéndome a mi primer día de clase, carpetita en mano, bolígrafo bic cristal escribe normal en el bolsillo de la camisa y peinado engominado lateral para dar mejor aspecto de empollón. Me siento en mi mesa y cientos de recuerdos de mis días de escuela vienen de pronto a mi mente: Burlas, collejas, humillaciones varias, ninguneos, fracasos, frustración, pantalones bajados en medio del patio, pedradas en los genitales, ser el último de la fila cuando elegían equipos, balonazos en el estómago, gafas rotas, más collejas, el sabor de la tierra en la boca… Qué maravilla todo. Pero entra el profesor y se hace el silencio.

¡Matemáticas! Grita el señor profesor (que seguramente sea más joven que yo) mientras se arranca el jersey a lo Hulk Hogan para mostrarnos una gran barriga tatuada con la fórmula del emc2 al cuadrado ese y la cara de Einstein sacando la lengua. Nos da las hojas de ejercicios y empiezo por lo fácil, que son las sumas y las restas.

No tengo problemas al principio. Me atrevo incluso a multiplicar y cuento con los dedos debajo de la mesa para disimular. Algunos de mis compañeros resoplan por la dificultad de la prueba y yo me siento confiado hasta que llego a las divisiones de dos cifras y comienzo a sudar. ¿Como se hacía eso? Trato de rebuscar entre mis recuerdos más antiguos pero solo rescato escenas en las que me escupían dentro de la libreta o me robaban los bolis. Y eso no es lo peor. Luego llegan las fracciones, los mcms y Mcdses, los menos por menos más y las raíces cuadradas. Todo se vuelve confuso en mi mente y cuanto más trato de concentrarme, más fuera de lugar me siento.

Los números comienzan a danzar ante mis ojos, saltando de sus posiciones y ocupando las de otros, sumándose a su antojo y sin permiso o restándose, incluso multiplicándose por cero en un claro ejemplo de suicidio numeral. Trato de mantener el orden pero mi cabeza empieza a perder información como si se hubiesen roto las tuberías de las ideas y veo pasar varios guerreros de la cata del fuego persiguiendo a un dreadnought humeante, herido de muerte. Los disparos de sus rifles de plasma apenas logran arañar su blindaje pero la bestia de hierro corre en busca de refuerzos. Algo enorme aparece de pronto, un carnosaurio que aplasta al robot y sale detrás de los soldados que arrojan sus armas y corren por el bien supremo a sus casas, a acostarse y dormir como si nada hubiese pasado. Después llegan las tortugas ninja que se enfrentan a la bestia mientras en el cielo Songoku pelea contra su eterno rival en una sucesión de luces y destellos que se asemejan a un pinball enloquecido por la suerte de su jugador.

Trato de recuperar el control pero ya ni siquiera veo la hoja de papel, solo las cifras que siguen bailando y se convierten en un terrible remolino que me absorbe al País de Nunca Jamás, a Wonderland y a Toril, pasando por los ardientes desiertos de Athas y los brumosos bosques de Ravenloft; y me quedo embelesado con la vista de islas tropicales con tesoros enterrados, ciudades dominadas por gatos en las Tierras del Sueño, planetas olvidados por antiguas civilizaciones aunque todavía por explorar para tantas otras, y cuando ya me veo absorbido por un agujero negro supermasivo camino a alguna realidad alternativa, el profesor se asoma a la cúpula galáctica cual quasar y me devuelve a mi pupitre, frente a la prueba de aptitud sin apenas empezar y descubro que igual no va a ser tan fácil esto de sacarse el título ese con una mente tan dañada como la mía.

lunes, 5 de octubre de 2020

Claroscuros (paternidad parte 50)

 


Mediodía, tirando a la tarde. Me siento en mi silla ergonómica favorita mientras saboreo una taza de café con leche aderezada con helado de leche merengada mientras fuera cantan los pájaros, dando la bienvenida al otoño, estación renovadora donde las haya.

Y me tomo ese breve instante de relax para reflexionar y pensar en mi propia vida, en quién soy, donde estoy y qué he obtenido a lo largo de tantos años de esfuerzo. Y me siento en paz.

Me siento en paz por haber logrado la estabilidad emocional y económica, el equilibrio entre lo social y lo arisco, el punto medio entre austeridad y ansiedad por no tenerlo todo. Me doy cuenta de que por fin tengo claro quién soy, de donde vengo y a donde voy. Me siento libre, pleno, completo, como si el tiempo pasado no hubiese sido más que la consecución de una obra que culmina aquí y ahora, en mi.

Soy el ombligo de mi mundo y ya me da igual que la tierra sea redonda o plana, con nubes o con flecos, con dioses o sin ellos. Mi nombre resuena como un trueno en mi cabeza, como la campana gigante de un templo budista donde en el subsuelo se entrena a ninjas que por el día te preparan un té y por la noche te acuchillan mientras duermes.

No lo hago a menudo pero me doy el lujo de sonreír. Qué cojones.

Entonces aparece mi pequeña, que ya es mi mayor y se sitúa detrás de mi, desde donde comienza a acariciarme el cabello.


-Qué largo lo tienes ya -me dice. Casi te puedes coger una coleta.

-Así es. Y más largo que lo llevaré.

-¿Te vas a dejar melena otra vez?

-Seguramente. Me dejaré melena como cuando tenía veinte años porque así será como si tuviera veinte años y todo será como cuando tenía veinte años y por lo tanto… ¡Volveré a tener veinte años!

-Pero ya no tienes tanto pelo como antes.

-¿Comorl?

-Que ya no tienes la misma densidad. Ahora tienes menos, se te marca mucho la raya y se nota que por arriba ya te va faltando.

-¿Pero qué dices? Soy la persona con más pelo del mundo. Soy el Alan Moore del levante, soy…

-No pasa nada, papá. Tranquilo. Ya tienes cuarenta años y es normal quedarse calvo. El padre de X y el padre de Y que van a mi clase son más jóvenes que tú y ya están calvos.

-¡El padre de X y de Y no me llegan ni a las suelas! ¡Se quedaron calvos por no ser tan molones como yo! ¡A mi eso nunca podrá pasarme porque soy súper molongui que lo flipas!


Pero mi hija ya ha desaparecido y me ha dejado de nuevo solo con mis pensamientos. ¿Por donde iba? Ah sí, que menuda mierda todo, que estoy harto del trabajo, del fresco que está haciendo y que así, no hay quien encuentre el sentido a este engrudo que llaman vida.

lunes, 7 de septiembre de 2020

De monotonia laboral y señales de alarma.

 


Están siendo unos meses raros, lo admito y reconozco, aunque supongo que eso no sorprenderá a nadie ya que además de que está siendo un año complicado para todo el mundo, yo soy especialmente sensible a los cambios. Y uno de esos cambios, ya metiéndonos en el siempre aburrido ámbito de lo laboral, me ha dejado sumido en un estado de desconcierto y alienación nunca experimentado en mis carnes hasta este momento.

Y es que si había algún punto en común en el sinfín de oficios que he ejercido, ese era mi derecho a obnubilarme, distraerme y sumergirme en mis propios pensamientos manteniéndome así al margen de las obligaciones y preocupaciones del susodicho. Pero desde hace unas semanas soy el telefonista de un concurrido centro de salud de una famosa localidad costera del levante peninsular y eso es harina de otro costal. La jornada laboral son solo siete horas que además se hacen de una tacada por la mañana y el hecho de tener las tardes libres y no estar tostándome al sol desde que éste sale hasta que se pone, debería ser motivo de alegría y albricia. Pero no.

Atender telefónicamente a más de un centenar de personas al día, todas ellas indignadas por el defectuoso funcionamiento del sistema médico ambulatorio, y muchos ellos sin tener a nadie en el mundo a quien contarles la vida, puede ser agotador. Y si tenemos en cuenta que el sistema de llamadas en espera permite que la siguiente llamada esté lista justo al colgar el teléfono de la anterior, puede llevar a cualquier persona, por muy equilibrada que sea, a la más absoluta locura.

Y ahí estoy yo, sentado frente a una pantalla sin dejar de teclear con una mano mientras sostengo el auricular con la otra, tomando apuntes con la boca y mandando con el pie señales en morse a mis compañeros de celda. Cinco personas metidas en ese habitáculo asediado por ancianos indignados al más puro estilo George Romero.

Cada día lo mismo, cada hora, cada minuto, cada segundo de verme privado de mi capacidad de ser en lo más esencial de mí mismo, una persona pensante, con autonomía mental para lograr la abstracción; alguien capaz de decir aquello de “pueden poseer mi cuerpo pero nunca controlarán mis pensamientos”, alguien a quien su creatividad le resultaba liberadora por encima de cualquier horario o jefe abusivo. Pero ya no soy ese. Ahora no soy nadie más que una voz ronca y cansada tras un teléfono sin ser capaz ni siquiera de desear que todo se vaya a la mierda de una vez.

Pero entonces sucede. Se abre la ventana amarilla de alerta por agresión en la sala de enfermería 1.

No sé si lo sabéis, pero en los centros de salud y otros lugares hospitalarios con atención al público existen unos dispositivos que al ser accionados alertan a todos los compañeros del centro de que se está produciendo una agresión a algún facultativo, así como la sala en la que ello está sucediendo para que los compañeros puedan ir en su ayuda. Y ha pasado. Por fin pasaba algo en ese lugar de hastío y monotonía.

Al ver la señal de alerta mis ojos muertos se abren de par en par. Por fin algo de acción. Me levanto de la silla haciéndola caer sobre su respaldo mientras vuelco la mesa con el ordenador y el telefonito con un rugido de furia liberadora. Me arranco la parte de arriba del uniforme a lo Hulk Hogan y tiro abajo la puerta de la garita de una patada, aplastando a un anciano que hacía cola para rehabilitación. Ya no lo va a necesitar. Salgo a la sala de espera para enfilar el pasillo que lleva a la enfermería atacada, pero la cantidad de gente que hay a esas horas obstaculiza mi camino, así que no tengo más remedio que abrirme paso como sea. Empujo un carrito de bebé al que sigue su madre azorada, agarro dos cabecitas de señoras mayores y las estrello entre sí, lanzo un golpe descendente “martillo pilón” patentado por Bud Spencer a un viejo, y finalmente fulmino a un jovenzuelo con cojera que iba a solicitar una baja laboral con un shoryuken medium punch.

Cuando llego al pasillo las cosas no se ponen más fáciles. La limpiadora, un celador con el carrito de medicinas, un médico cargado de papeles... Nadie puede interponerse entre mi y la señal de alerta amarilla, así que les arrollo utilizando el carro de la ropa sucia y les arrojo a la sala de aislamiento por covid de donde ya no podrán salir sin antes realizarse un test pcr y pasar 14 días de aislamiento aunque sean asintomáticos. Atravieso de un cabezazo la puerta de la sala de enfermería, consulta 2 al final del pasillo a la izquierda, y entro en el lugar destrozándolo todo poseído por una furia justiciera liberadora que hace que en menos de diez segundos todo el mobiliario quede reducido a astillas humeantes. Pero cuando por fin logro calmarme y observo con detenimiento a mi alrededor, allí solo estamos la enfermera y yo. Ella me mira sin poder ocultar cierta sorpresa y me dice que lo de la alerta había sido una falsa alarma, que le había dado al botón sin querer.

Regreso a mi puesto algo decepcionado. Al final este ha resultado ser otro día más.


jueves, 20 de agosto de 2020

De muñecos y recuerdos (amargos)

 

Hace muchos muchos años, antes de la pandemia, de las olimpiadas de Barcelona e incluso antes de

que cancelaran la serie del Halcón Nocturno, yo era un crío bastante tímido, taciturno e inseguro, con una cartera de amigos más bien reducida y una capacidad para conocer gente muy limitada... Más o menos como ahora, pero antes.

La cuestión es que una de mis pasiones eran los juguetes, especialmente los que ahora se llaman

“figuras de acción” y de entre ellas las de los Masters del Universo. No conocía apenas nada del “lore” detrás de esos monigotes, pero sí tenía claro que yo no era de He-Man ni de su tío Skeletor, si no del malo malote Hordak. Hordak era antisocial como yo, le gustaban los bichos raros y además llevaba un ventilador incorporado en una mano, así que lo tenía todo para lograr mi admiración. Curiosamente, nunca tuve el muñeco de Hordak en persona, pero sí conseguí algunos de sus esbirros, como Leech, uno de esos robots desmontables o mi favorito, Mantenna, el espía perfecto. Y ahora vamos a la historia que quería contar desde el principio.

Yo era un niño retraído, como decía, y en esos tiempos llegó a mi clase un nuevo alumno de nombre

Miguel y que acababa de mudarse al pueblo. Miguel tenía todas las papeletas para ser un inadaptado: Era de fuera, no conocía el idioma en el que nos comunicábamos los demás coloquialmente y para colmo sufría la peor maldición que un ser humano podría acarrear: Era pelirrojo. Y seguramente por esa unión de características me resultó fácil acercarme a él y entablar una amistad de esas infantiles tan bonitas y que ahora recordaría para siempre con cariño de no ser que ese Miguel resultó ser un puto psicópata de mierda.

Al principio eran cosas sutiles. Se ponía triste cuando no le hacía caso, me decía que yo era su

principal apoyo en el pueblo y siempre que podía venía a mi casa a jugar. Pero lentamente la cosa sefue poniendo fea y cuanto más me acercaba a él más me aislaba de mis antiguos y escasos amigos.

Miguel se enfadaba cuando me veía jugando con otro, saboteaba mis planes para hacer cosas sin él y casualmente siempre que venía a mi casa, alguno de mis juguetes desaparecía. Yo no era el niño más listo del mundo, pero no tardé en darme cuenta de que había algo siniestro detrás de esa amistad, aunque todos mis intentos de poner distancia entre Miguel y yo terminaban con discusiones, insultos y al final llegamos a las manos. Bueno, para ser sincero, solo él llegó a las manos ya que yo me limité a recibir golpes sin más.

Que me pegara se convirtió en la tónica habitual y de pronto me encontré aislado del resto del

mundo con el zumbado de Miguel como única opción tanto dentro del cole como fuera. Contárselo a mis padres me parecía algo vergonzoso, ya que estaban muy contentos de ver lo “amigos” queéramos y no habría sabido como expresarlo... Hasta que un día llegué marcado a casa y quisieronsaber quién me había zurrado.

Tras la dramática revelación, mis padres corrieron a hablar con los de Miguel y el resultado de esa

charla resultó ser tan sorprendente como reveladora para mí y el universo entero. Resultó que ese Miguel era un pobre niño cuyos padres se habían separado y al desaparecer del mapa su progenitormasculino, la madre se había visto obligada a trabajar en un pueblo a cuatrocientos km de su lugar de origen causando una serie de desequilibrios emocionales al pobre Miguel que le habían obligado a convertirse en un niño malo en contra de su naturaleza benigna. Resumiendo: Miguel era un niño maravilloso que me pegaba porque nadie le entendía en su situación. Y yo allí escuchando la historia del energúmeno ese, flipaba al darme cuenta de que incluso mis padres estaban justificando al agresor y pidiéndome a mi, la víctima, un poco de comprensión.

Por suerte, la charla que le daría su madre, funcionó. Desde ese día Miguel se contuvo, fuimos amigos medio normales y mantuvimos cierta distancia de seguridad entre nosotros... Hasta que terminó el curso. Miguel debía regresar a su plane... ciudad de nacimiento y eso se suponía que debía darme algo de pena. Mis padres decidieron que sería una buena idea celebrar una pequeña fiesta de despedida para el niño con el objetivo de limar asperezas y que nos quedásemos con un recuerdo medianamente agradable el uno del otro, como si eso fuera posible.

Recuerdo que merendamos en mi casa, que todo fueron risas, que nos lo pasamos bien y nos

despedimos cortésmente. Él parecía tener algo de prisa por desaparecer del mapa y yo, aunque me lo pasé bien esa última tarde, deseaba no volver a verle jamás y continuar con mi triste y aburrida vida lo antes posible. Pero en ese momento del adiós no podía sospechar que Miguel no se marchaba solo de mi casa.

Al día siguiente preparé a las fuerzas de asalto de Hordak para una peligrosa misión debajo de mi

cama. Allí estaban todos listos para recibir órdenes excepto Mantenna, pilar indispensable para cualquier tarea de vigilancia y rastreo. Lo busqué por todas partes, por todos los cajones, por todos los rincones polvorientos... ¿Como era posible que ayer hubiésemos estado jugando con él y hoy estuviera en paradero desconocido? Maldije mi despiste y seguí buscando durante días, semanas y meses hasta que me rendí a una verdad a la que me había estado resistiendo durante todo ese tiempo: Mantenna estaba con Miguel, fuese donde fuese donde ahora viviera ese crío, y nunca jamás iba a volver a mi lado, pues ese era el último trofeo que me había arrebatado, la prueba de su no arrepentimiento, de que nunca hay que perdonar sino odiar más si cabe a quienes nos hacen daño de forma gratuita.

Fue el peor verano de mi vida. Mi honor estaba mancillado, mis fuerzas de Hordak mermadas, mi

moral rota. Ya nunca podría confiar en ningún niño y había perdido las ganas de seguir jugando y respirando. Por no poder no podía ni jurar venganza, al encontrarse mi rival en paradero desconocido.

Y así pasaron los años, de diez en diez hasta que... Ahora que tengo cuarenta me he comprado un

Mantenna por Wallapop con la esperanza de cerrar esa antigua cicatriz, pero no. Sigo queriendo sangre. Su sangre.

martes, 14 de julio de 2020

Cine de los 80 (Paternidad 49)


Un domingo de julio; uno de esos de mucho calor en los que no apetece nada más que quedarse en casa hasta que anochezca, viendo una buena peli y sorbiendo algo fresquito. La tarde ideal para tirar de videoteca y ver una de esas clásicas con mis pequeñas. 

Recorro interminables pasillos repletos de estanterías abarrotadas de viejas cintas de VHS que en su día visualicé con esa mezcla de inocencia y fascinación que tanto invita a soñar y que al final me convirtieron en lo que ahora soy mientras repaso mentalmente qué títulos podrían ser los adecuados.
Los Goonies, vista; La historia interminable, vista; El vuelo del navegante, Los bicivoladores, Cristal oscuro, Robocop, las Tortugas ninja… Todas vistas ya por mis pequeñas, pero todavía quedan cientos y cientos por visualizar. 

Finalmente me detengo sobre un cinta que llama poderosamente mi atención: He Man y los masters del universo, una película de culto con un Dolph Lungrunden en el papel de héroe haciendo sombra al mejor Schwarzenegger y unos efectos especiales dignos incluso de mediados de los años noventa. No hay duda de que hoy toca ésta.

Subo las escaleras del subsótano con la película en las manos y una sonrisa de buen padre marcada en mi rostro, entrando en el comedor para anunciar la buena noticia a mi hija mayor (la pequeña no sé donde está) con jolgorio y fanfarria.

-¡Hija mía, hoy es un gran día porque vamos a ver la película de He Man!

-¿Jiman? ¿Eso qué es? Yo no quiero ver eso.

-¿Como que no quieres verla? He Man y los másters del universo… Por el poder de Grayskull y todo eso…

-Papá, esas películas solo te gustan a ti. Son todas iguales y cutres y pasadas de moda.

-¿He Man pasado de moda? ¿Como puedes decir eso? Hay cosas que nunca pasarán de moda porque serán siempre lo top de lo top.

-Que no, papá. Yo me subo a mi cuarto a escuchar música en streaming, tú haz lo que quieras.

-¿Estrimings? Pero… Grayskull…

Y así mi pequeña, que quizás ya no lo sea tanto desaparece de mi lado y reaparece en algún otro lugar lejos de mi generación dejándome allí, solo, mirando al Dolph Lungren de la portada que a su vez me mira como diciendo “a mí que me cuentas, yo también me he quedado hecho mierda” y casi estoy a punto de dejar caer una lágrima cuando una vocecita a mis espaldas, cinco años más joven que mi hija mayor, me pregunta.

-¿Qué película es?

-He Man, una de espadas, monstruos y portales dimensionales.
 
-¡Bien, yo la quiero ver!

Y así es como termina una historia pero empieza otra. El motivo por el que hay que tener a los hijos con algunos años de separación. La certeza de que en cinco años más estaré más solo que la una menos veinte.

sábado, 20 de junio de 2020

De sueños y necesidades primarias


Llego a casa después del trabajo y noto que ésta no es igual que antes. El papel de pared es distinto, el mobiliario no me suena de nada y hasta la distribución de las habitaciones ha cambiado, pero por algún motivo, no me importa demasiado. Es mi casa y punto. Voy directo a la cocina a hacerme algo de comer porque por algún motivo soy soltero y no tengo cargas ni obligaciones familiares de ningún tipo y allí, sobre la mesa de lla cocina me espera esa chica que me gusta tanto del instagram, esa a la que a veces le río las gracias pero nunca se digna a contestarme, esperándome para una sesión de sexo tan inesperado como necesario. Comienzo a quitarme la ropa a toda prisa para no hacerla esperar, a la pobre, y apenas hemos empezado a retozar cuando recuerdo que no he comido y tengo mucha hambre. Le digo que se espere, rebusco por los armarios que están vacíos y salgo a toda prisa hacia el súper. 

Corro cesta en mano entre estanterías repletas de donuts, patatas fritas, bollerías varias y comida rápida de todo tipo hasta que me doy cuenta de que he dejado a esa chavala tiradísima y que ya tendré tiempo de hacer la compra cuando hayamos terminado. 

Salgo corriendo de nuevo hacia mi casa, que por cierto, no sé ni donde está ya que todo el pueblo parece haber cambiado y se me hace de noche. Veo gente haciendo el amor en las calles, en los portales, otros paseando como si nada comiendo patatas al jamón, mis favoritas ya que llevan la mayor cantidad de glutamato del mercado. Huele a comida china, turca, india… Todo muy especiado y sabroso. El estómago me ruge y pienso que porqué no me habría comprado algo en el súper ya que estaba allí. Me detengo en un cruce y caigo de rodillas abrazándome a mí mismo sumido en la duda de si debería regresar a casa y saciar mi hambre de sexo o de comida, si debería primar el racional deseo de alimentarme o el salvaje impulso de reproducirme. No logro decidirme y se hace de noche, cierran los comercios, los restaurantes y cuando llego a casa, frustrado y hambriento, no queda ni rastro de la chica. 

Me despierto empapado en sudor y con la cabeza latiendo al ritmo acelerado de mi corazón, para darme cuenta de que estoy en mi casa normal, con mi vida habitual, y que todo esto no había sido más que un sueño raro de cuarentón inadaptado. Malditos sean los años. Malditos sean los sueños.