domingo, 6 de febrero de 2022

De rencuentros y desencuentros (y furia reprimida)

 

 


Me siento a la mesa y observo a los demás comensales. A algunos les tengo perfectamente identificados pues hemos seguido manteniendo el contacto después de tantos años, pero otros me resultan totalmente irreconocibles. Tenía que ser una cena de reencuentro de viejos alumnos del colegio quince años después, pero finalmente y por problemas de agenda han sido veinticinco y ahora resulta difícil asociar a esa panda de cuarentones a los rostros adolescentes que una vez conocí. Por suerte o por desgracia, a medida que avanza la noche aparecen otros rasgos distintivos que se sobreponen a las alopecias, arrugas y tejidos adiposos, ya que permanecen los tics, las voces, gestos y cadencia al hablar, revelándome a esos pequeños cabroncetes que me estiraban de las orejas, me bajaban los pantalones en el patio, me daban collejas y se burlaban de mí, fuera por el motivo que fuera.

Aquella no fue una época agradable para mí. Podría decir incluso que viví un pequeño infierno cuyas llamas fueron avivadas por muchas de las personas con las que ahora comparto mesa, pero me he convertido en una persona adulta perfectamente capaz de controlar sus malos sentimientos y rencores varios y que entiende que han pasado muchos años, éramos críos y que al igual que yo, ellos también habrán cambiado. Así que sonrío, disfruto de la cena y aún sin querer, participo en algunas de las conversaciones.

Hablamos de triunfos, reales e inventados, de sueños truncados, de planes de futuro, porque los hay a pesar de haber roto la barrera de los cuarenta, de los que no están, de los que han venido nuevos; empiezan a brillar los móviles mostrando fotografías de retoños de todas las edades. “Uy qué guapas, se parecen mucho a ti. Mirad, mirad, es como verle a él de pequeño”. Y veo sus ojos contemplando las fotos, esos mismos ojos burlones que hace veinticinco años me recibían con ansia al entrar en clase, al salir al patio, al tocar el timbre mientras recogía mis cosas para salir pitando de allí sin mirar atrás… Y pienso en si también les harían la vida imposible a mis hijas si estuvieran compartiendo curso y la sangre me hierve en las venas. Pero aspiro profundamente, asiento, sonrío y espero pacientemente a que sacien su curiosidad para guardar de nuevo el dispositivo en mi bolsillo, no sin antes echar un vistazo fugaz a la hora, deseando que aquello acabe cuanto antes.

Cenamos en relativa paz, pagamos la cuenta y cuando ya creo que hemos llegado al final de la velada llegan las bebidas. Yo no pruebo el alcohol pues no bebo, pero parece que soy el único que ha tomado esa decisión en su vida. Los vasos se llenan sin cesar, las botellas se vacían y son reemplazadas por otras y la temperatura parece aumentar en el local. Con los cerebros intoxicados aumentan las risas, los comentarios estúpidos, y poco a poco todo vuelve a ser como antes. De pronto soy ese niño sentado en la mesa de atrás a los que todos miran mientras cuchichean y se ríen; de pronto vuelvo a ser un marginado sin más deseos que huir de allí; de pronto y sin previo aviso me doy cuenta de que nada ha cambiado, que seguimos siendo los mismos solo que ocultos tras un velo de seriedad y madurez, tan fino y liviano que un simple soplo de aire les deja al descubierto en todo su miserable esplendor. Pero algo en mi interior me grita que yo no soy el mismo, que es la hora de la venganza, que ha llegado el momento de demostrar en quién me he convertido, gracias en parte a ellos, y que quienes crían cuervos…

Así que me levanto y pido disculpas por ausentarme un momento al aseo y cuando no me miran salgo por la puerta del restaurante y me dirijo al coche. Respiro el aire fresco de la noche y me siento mejor. El tintineo de las llaves, el sonido de mis pisadas y las voces amortiguadas del interior del local me dan la sensación de haber despertado de algún sueño raro. Arranco y me dirijo a mi casa de nuevo. “Hay que repetirlo” escribirá alguien mañana en el grupo de wassap y todos responderemos con un “claro que sí” aunque yo estaré pensando en el fondo que “y una mierda”.


jueves, 20 de enero de 2022

Altura (paternidad 52)

 

Si me diesen una de las antiguas pesetas por cada cumpleaños infantil al que voy desde que nació mi mayor, ahora conduciría un Ferrari arrastrado por briosos corceles en helicóptero. Y es que esto nunca se acaba, después de uno otro, si no de un amiguito de una, de la otra, propios, ajenos, cercanos y lejanos, cualquier excusa es buena para juntarse, hablar de las penas y desgracias y esperar a que los críos se cansen para comernos sus sobras.

Y como no, si los peques cumplen años significa que los mayores también, y en un abrir y cerrar de ojos he pasado de ser un padre relativamente joven y atractivo a un señor que no se sabe si ha venido a acompañar a su hija o a su nieta. ¡Oh señor porqué nos castigas con vidas tan cómodas y largas! ¿Es que quieres torturarnos haciendo que contemplemos largo y tendido nuestra decrepitud? ¿Acaso disfrutas observando nuestra desesperación, nuestros fallidos intentos por alcanzar la inmortalidad escribiendo en blogs mediocres y publicando libros de mierda que solo nos compran por compromiso y a veces ni eso? ¡Es que no tienes piedad ni consciencia! Y como decía, uno cada vez se siente más avasallado por padres modernillos de esos que visten raro, que se afeitan todos los días y que hacen deporte de forma regular.

Y aquí me hallo ahora, sentado a dos metros de una mesa donde padres y madres hablan de temas variad… hablan de covid, perdón, y sintiéndome mal por dentro y por fuera por mi incapacidad de adaptación. Es entonces cuando debido a un capricho del destino una ráfaga de aire sopla con más fuerza de la esperada y una de las cartas de Pokémon que sostenía uno de los chavales, mostrándola orgulloso a sus coetáneos, se separa de sus manos, sale volando ante la horrorizada mirada de todos y termina enganchada entre las hojas de un algarrobo, ceratonia siliqua para quien no esté puesto en el mundo de la botánica, porque estamos en el campo. ¿No había dicho que estábamos en el campo desde un principio? Pues estábamos en el campo desde el principio.

El niño se lamenta por la pérdida de una de sus mejores cartas y sus quejidos angustiados llegan a oídos de su padre, uno de esos especímenes todavía jóvenes que salta de su silla dando una voltereta trasera triple y aterriza de pie, se arranca la camiseta mostrando su pecho apolíneo y una de las asombradas madres disimula un orgasmo espontáneo. El padre heroico se dirige al algarrobo, estira el brazo y… parece que no llega. No llega de ninguna manera, ni alargando el cuerpo, ni poniéndose de puntillas, ni siquiera sacando un poco la lengua. La audiencia parece desilusionada y el pobre hombre mira al suelo buscando un palo con el que ayudarse. Yo, desde mi silla miro el ganchito de queso que tengo entre las manos y me doy cuenta de que aunque está igual de encorvado que yo, de estar recto sería larguísimo y así me levanto, camino hasta el árbol y alcanzo la carta pokémon, un bulbasur evolucionado a nosequé, y se la devuelvo al niño. El padre me mira abatido. Podrá ser más joven y fuerte, menos perezoso y dolorido, pero nunca, bajo ningún concepto (y eso es algo que no hay gimnasio que arregle), podrá ser alto.

Y así regreso a mi silla, a mis ganchitos y a seguir siendo un despojo, un ser apático y desmembrado anímicamente que contempla la vida con desidia, pero desde una posición ligeramente más elevada que otros.


 

domingo, 9 de enero de 2022

De huertos ecológicos y regresos inesperados.

 

Me siento un momento en la sombra para secarme el sudor de la frente mientras sigo agarrado al mango de la azada con la otra mano. Me tomo un respiro para admirar los productos frescos de mi huerto ecológico y me siento satisfecho. Pimientos, patatas, cebollas y ajos tiernos crecen felices gracias a mis cuidados y dedicación. Es una vida dura la que he elegido pero también tremendamente satisfactoria. Sonrío a la tierra, al sol y a las nubes caprichosas que proporcionan el agua que alimenta toda vida y me siento bien. Estoy en paz conmigo mismo por una vez. Hasta que oigo un coche que se detiene en la parte de atrás.

Suenan pasos que pisan la tierra en mi dirección, produciendo leves crujidos; es alguien de escaso peso, pero no un niño; sus pisadas son irregulares, quizás por no estar acostumbrado a andar por terrenos no asfaltados o puede que por estar nervioso, quizás ambos. Me pego a la pared para poder verle antes de que repare en mi y aparece un señor menudo, de mirada intranquila que sujeta un sobre con ambas manos, como si se tratare de algo de gran importancia. Al no reparar en mí, mira el sobre y pregunta: “¿Señor Capdemut?”.

Me muevo sigilosamente hasta situarme detrás de él y pregunto de forma amenazadora “¿Como me has llamado?”. El recién llegado se asusta ante mi poderosa presencia de señor de campo curtido y deja escapar un sonido lastimero de su garganta. “Yo, eh… me han enviado para darle eso y…” pero antes de que pueda reaccionar le inmovilizo un brazo, se lo retuerzo para atrás y mientras cae de rodillas suplicando, le arrebato el sobre, lo abro con los dientes y leo su contenido con algo de intranquilidad.

-Mis fans quieren que vuelva- digo para mí.

-Eso es, señor… Capdemut. Me han pedido que le entregue este mensaje para que se replantee en volver a escribir.

-¿Mis fans? ¿Esa pandilla de desgaradecidos que apenas comentaban nunca y que cuando tenía que presentar un libro se quedaban en sus casas?

-¡Yo de eso no sé nada! Solo soy un mensajero que… -Su voz se quiebra al retorcerle más el brazo.

-¡Silencio, pequeño bastardo! Nadie controla mi vida, lo que escribo o donde lo hago. Si tengo que volver al blog, volveré, pero no por un mensaje enviado con tan poco estilo.

Pero en seguida me doy cuenta de que le estoy hablando a la pared porque el pobre chaval yace inconsciente a mis pies, abrumado por el dolor y el sufrimiento. Rompo la carta en mil pedazos y los esparzo por la zanja que acababa de cavar para plantar algunas zanahorias, aunque viendo el tamaño de ese repartidor, tendré que hacerla un poco más grande. Y de paso, me replantearé eso de volver a publicar en mi viejo blog.

Quizás no iba tan desencaminado ese muchacho.

jueves, 3 de junio de 2021

De malas rachas y giros del destino.

 


He llegado a una edad en la que de tanto vivir, algunas casualidades se han convertido en leyes universales, el ensayo y error en una certeza científica y cosas como la mala suerte o las energías cósmicas en algo tan real y tangible como el bocadillo de mortadela que me estoy comiendo ahora mismo. Llamadme loco, soñador o simplemente viejo excéntrico, pero tengo pruebas de ello y ahora os las voy a relatar.

Resulta que desde hace un tiempo no era capaz de levantar cabeza. Por algún motivo indeterminado, cada vez que me proponía hacer las cosas de otra manera, tomarme mi trabajo como algo menos humillante o simplemente sacar buenas tiradas en el warhammer, me estrellaba contra un muro virtual de hormigón galáctico y al caerme al suelo sentía como el pie de dios me mantenía la cabeza aplastada contra el barro. Esto último es una metáfora, por supuesto, así que solo haceos una idea. Una mala racha decía, que me tenía hundido anímicamente, hastiado y cansado de este potaje grumoso que algunos llaman vida.

Entonces fue cuando por motivos intrínsecos a mi trabajo de telefonista tuve que subir a consultas a trasmitir un mensaje a una de las doctoras del centro y ésta, al verme entrar en su consulta arrastrando los pies, con la frente pegada al pecho y los brazos colgando inertes a mis costados, llegó a la conclusión de que algo raro me pasaba. Conozco bien las jerarquías del gremio de sanidad, y por lo general me cuido de hablar a título personal con alguien de rango superior a un auxiliar de enfermería, pero la chica me pilló en un mal momento y le expliqué eso del muro cósmico pero de otra manera. Le dije que no podía más, que estaba harto de usuarios exaltados y agresivos, de compañeros exigentes, de doctores soberbios y de no ganar nunca la iniciativa al enfrentarme a marines espaciales; le pregunté si al eutanasia era legal en España, si me la podía poner allí mismo y que arrojasen mi cuerpo a las gaviotas del puerto. La chica, entiendo que por buena praxis profesional y por simple y llana experiencia tratando con otros seres humanos, entendió mi estado y se apiadó de mi alma, encontrando la forma de romper mi mala suerte, quizás involuntariamente, pero vaya si lo hizo.

A la mañana siguiente entré en el centro arrastrándome por el suelo como un gusano, repté a mi silla y cuando fui a encender el ordenador descubrí que alguien me había dejado un pequeño regalo en mi parte de mostrador. Una planta de esas colganderas envuelta en papel de colores y una nota de ánimo firmada por la doctora y su residente, testigo involuntaria de la escena del día anterior. Y ahora es cuando reconozco que yo, antiguamente un camionero tan duro como el mármol que transportaba, me emocioné. Esa pequeña muestra de buena voluntad y empatía hacia alguien que hasta ese momento era el último monicaco allí, me dio fuerzas, me hizo sentir bien, vivo de nuevo, y un rayo de luz iluminó mi arrugada frente, convirtiéndome por unos instantes en un ser de luz inmaculado. Y a partir de ahí todo fue bien.

Ese día despaché a los usuarios con eficiencia y elegancia, volví a ser una persona alegre que hace chistes de la nada y siempre tiene una ironía afilada en la manga. Alguien trajo galletas de pistacho y las muestras de cariño y cordialidad surgieron espontáneamente durante toda la jornada. Al terminar, agradecí a todo el mundo su colaboración involuntaria en el buen resultado del día y me dirigí a mi coche para ir a pasar la ITV, que justo tocaba ese día, pero al subirme en él descubrí que unas gaviotas habían defecado en el cristal parabrisas. Maldije a esos bichos voladores que suponía enfadados por haber perdido el bocado que les había prometido el día anterior, y cuando fui a limpiar el cristal descubrí que no me quedaba líquido limpiaparabrisas. Y entonces lo comprendí todo.

Las gaviotas habían hecho caca en mi cristal no por rabia hacia mi, si no para avisarme de que no podía ir a la ITV sin líquido. Esas gaviotas eran instrumentos vivos de un universo que había decidido, debido al giro inesperado del destino que había propiciado el regalo de la doctora, que era hora de compensar mi larga racha de mala suerte y ahora todo debía ir como la seda. Y vaya si lo fue. Vaya. Si. Lo. Puto fue.

Llegué a la ITV derrapando y tocando el claxon como un energúmeno, me colé en la fila para pagar y cuando iba a meterme en el túnel de revisiones ese, el chico encargado de tal tarea se acercó a mi algo asustado, cosa que me sorprendió ya que él y yo tenemos cierta amistad desde hace unos años.

-¡Vete ahora que puedes y pásate otro día! -me dijo con un susurro exaltado.

-¿Por qué? -le respondí yo muy tranquilo.

-Porque hoy está aquí el inspector jefe, encargado de supervisar a los iteuveros y eso significa que hoy las revisiones van a ser mucho más exhaustivas y metódicas que de costumbre.

Entonces le expliqué al chaval lo de la planta, las gaviotas y que su inspector jefe podía venir a comerme los huevos, y aunque él no pareció muy convencido, me hizo pasar.

Decir exhaustiva era quedarse corto. Miraron cada rayita de los neumáticos, las homologaciones de los retrovisores (incluido el interior), la temperatura de los manguitos, la inclinación de los asientos y la vibración de la antena de la radio, pero nada, ni un fallo, todo perfecto.

El inspector jefe no podía dar crédito a que un coche tan sucio y conducido por un tipo tan desharrapado como yo estuviera prefecto y no dejaba de revisar papeles y papeles en busca del error, pero no. El cosmos estaba de mi lado. El universo me debía una y en esos momentos nadie podía hacerme sombra ni medirse el pito conmigo.

Cuando se convenció de que no había nada que hacer me dejaron marchar, no sin antes equivocarse dándome una pegatina del año siguiente al que correspondía y dejando caer su cartera llena de billetes en mi asiento. Para despedirme de él le escupí en los zapatos y me metí en la autovía para regresar a casa, aunque algo desvió mi rumbo. A lo lejos nubes negras anunciaban tormenta y múltiples rayos parecían querer indicar que era una de las gordas. La más gorda quizás. Y mientras que otros conductores cambiaban su dirección para huir del maelstrom, yo bajé las ventanillas, subí el volumen del radiocasete y me lancé al interior del tornado para desafiar, quizás por última vez, a mi destino.

sábado, 15 de mayo de 2021

De autónomos y funcionarios.

 


Acurrucados alrededor de una estufa de butano, una decena de sanitarios de variopintas categorías, algunos de ellos al servicio del estado desde hace varias décadas me miran con los ojos muy abiertos sin dar crédito a mis palabras.

-Cuéntanos más cosas de cuando eras camionero -dice uno sin salir de su asombro. -Háblanos de eso que llaman “ser trabajador autónomo”.

-¿Estáis seguros de querer oír esas historias? -respondo yo poniendo una voz tétrica y profunda, como de presentador de telenoticias.

-¡Aquí hemos visto de todo! -exclama otro, impaciente. -Operaciones a corazón abierto, partos a puntapala, accidentes, quemaduras de cuarto grado, ataques de animales salvajes… ¡Hemos mirado a los ojos a la muerte más veces de las que cualquier otra persona podría soportar!

-Muy bien, si así lo queréis… Os contaré que cuando era autónomo trabajaba muchas horas sin cobrarlas -y dicho esto, un murmullo de sorpresa se extiende entre los oyentes.

-¿Horas no remuneradas, dices? -dice uno. -¿Y no lo denunciaste nunca?

-No, porque yo ya sabía de antemano que las horas perdidas entre portes no me las iban a pagar desde el primer día.

-¿Y no hablaste con el sindicato? -dice otro.

-¿Sindicatos? Para los autónomos eso no existe, al igual que las vacaciones.

-¡Pero si sois vuestros propios jefes podéis hacer vacaciones cuando os de la gana! -chilla otro, entre la indignación y el miedo por oír la respuesta.

-Claro está -le respondo señalándole con mi mejor dedo. -Pero esas vacaciones no solo no están remuneradas si no que nos cuestan dinero porque no dejamos de pagar tasas e impuestos.

Al decir esto, uno de los auxiliares administrativos se levanta con el rostro totalmente azulado y se va corriendo al aseo, a vomitar.

-¿Pero es cierto eso de que los autónomos no os ponéis enfermos? -pregunta otro, tratando de encontrarle algo positivo al asunto.

-Claro que enfermamos… ¡Pero no podemos dejar de trabajar!

-¿Y alguna vez tú has trabajado enfermo? -pregunta una chica que creo que es de la limpieza por la forma elegante en la que se apoya en la escoba.

-¿Enfermo? Una vez conduje casi doscientos kilómetros sangrando por el culo. Tuve que parar en una gasolinera a comprar una caja de compresas para no ponerlo todo perdido.

-¡Pero eso es horroroso! -grita otro al borde del colapso. -¿Qué era lo que te pasaba?

-Nunca lo supe. No tuve tiempo de ir al médico.

Dos más se levantan, aunque uno no llega a la puerta y cae desplomado. Al sentirse todos un poco mareados se levantan y corren a cogerse la baja hasta haber superado el trauma, pero no estoy dispuesto a dejarles escapar tan rápido y salgo detrás de ellos mostrándoles las palmas de mis manos.

-¡Mirad estas manos! ¡Aquí antes habían callos de manipular la piedra con guantes de piel de vaca!

Todos gritan y huyen dejando un rastro de feromonas, típico de las polillas cuando huyen de sus depredadores naturales, los sapos. Y me quedo solo. Reconozco que así no haré muchos amigos, pero hay que ver lo que me divierto.

lunes, 12 de abril de 2021

Me cago en... El café.

Ya que el blog está medio muerto, no creo que a nadie le importe que resucite una de las secciones menos aclamadas de su época dorada. 

 


El café es una bebida ponzoñosa de fuerte olor nauseabundo derivada del alquitrán. Su consumo por los seres humanos comenzó en los albores de la historia cuando lo utilizaban para embalsamar dinosaurios antes de enterrarlos, y cuando éstos se extinguieron, cayó en desuso durante más de mil años. Posteriormente fue utilizado como material de construcción para unir tablones de madera en la etapa previa a la invención del clavo, que a su vez no se utilizó debidamente hasta que no inventaron el martillo. No comenzó a utilizarse de forma regular hasta principios del siglo doce, cuando se administraba a los presos condenados por las mayores fechorías a modo de tortura, y posteriormente tal práctica se reintrodujo a principios de siglo, durante la primera guerra mundial, aprovechando que eso de los derechos humanos estaba muy infravalorado. Hay documentos que datan de esa época en los que se asegura que los primeros intentos de fusión del átomo se hicieron con granos de café, siendo así el primer borrador de la bomba atómica una “bomba de café”, cuyo diseño se conservó para diseñar las primeras cafeteras, aunque se discute si ya poseían asa o no.

A mediados de siglo, durante la segunda guerra mundial y viendo que todo se iba al carajo, algunas personas especialmente sensibles comenzaron a consumirlo en pequeñas dosis, acompañado de leche o azúcar para hacerlo más soportable, con la sana intención de acortar sus vidas de forma significativa, costumbre que fue adoptada por el grueso de la población, dando así origen a las primeras cafeterías, que sustituirían a los fumadores de opio al igual que hoy sucede con las casas de apuestas respecto a las librerías. La comunidad científica, médicos y biólogos en su vanguardia, tratan de entender el fenómeno y de advertir a la población en vano, que parece más preocupada en disfrutar de pequeños momentos de tortura onanística a preservar sus cuerpos y mentes intactos, ya que el café provoca un falso estado de lucidez en su consumo debido a la exaltación de las papilas gustativas a causa de su sabor y a la forzosa digestión expeditiva tras su consumo.

Hay personas que aseguran que hasta que no se toman un café, no son personas, lo que significa que probablemente nunca lo hayan sido.

 

 

A la memoria del gran Ambrose Bierce.

domingo, 28 de marzo de 2021

De vacunas y rugby amateur.

 


Una mañana cualquiera en mi cubículo. El teléfono no deja de sonar ni un segundo, los usuarios de amontonan en la sala de espera como si los viruses mortales no existieran y aunque debo reconocer que estoy bien a nivel físico al no sentir frío ni calor o verme afectado por las inclemencias climáticas desde que trabajo aquí, no puedo reprimir cierta envidia cuando un pequeño camión aparca frente a la puerta del centro y de él desciende un bien uniformado repartidor. El buen hombre mira la etiqueta del paquete, comprueba que está en la dirección correcta y entra. Y mientras le veo caminar con paso decidido hacia el mostrador, no puedo evitar preguntarme cuantas asombrosas aventuras habrá vivido en sus quehaceres cotidianos.

Cuando llega a mi ventanilla salgo de mis ensoñaciones, recojo el paquete, le pongo el sello oficial y me despido del apuesto jovenzuelo. Acto seguido me hago con el paquete para dejarlo en el montón de bultos no reclamados y percibo algo extraño en él. Está frío. Muy frío. ¿Y qué podría llevar a un paquete hasta el mostrador de un centro de salud con esa infratemperatura? Al revisar la etiqueta me doy cuenta de la terrible realidad. “Vacunas del covid”.

Generalmente cuando llegan dosis de vacuna lo hacen rodeadas del más estricto protocolo, escoltadas por policías y deben ser recepcionadas por los responsables del centro para comprobar que la temperatura es la adecuada y que ninguna de esas dosis “desaparece misteriosamente” para terminar inyectada en brazos de políticos indignos. Pero hoy, por algún motivo que solo ese repartidor sabría, las vacunas están en mis manos y mi misión es la de hacerlas llegar a mi jefa para olvidarme para siempre del asunto y de paso, evitarme problemas.

La llamo por teléfono y después de unos instantes de desconcierto, me da instrucciones para quitarme semejante problema de encima: Primero debo llegar al edificio de enfermería, que está en el otro extremo de la calle, conseguir la llave de su despacho y meterlas en la nevera, en la segunda estantería concretamente; después, claro está, de abrir la caja, contar las dosis, hacer fotos de éstas y del termómetro que encontraré en el interior para comprobar que no se ha roto la cadena del frío. Cuelga el teléfono y me siento apabullado. Solo recuerdo las palabras “nevera” y “fotos”, pero no puedo volver a llamarla bajo pena de humillante castigo, así que me coloco la caja bajo el brazo, que es la parte más fría de mi cuerpo y me abro paso entre la gente para alcanzar la puerta. Pero entonces sucede.

Sucede que alguien lee la etiqueta y descubre que lo que llevo son las preciadas vacunas, con lo que empieza a extenderse un rumor que hace que todos me miren con ojos sedientos de arn vírico. Sintiéndome acosado empiezo a caminar más deprisa y noto que algunos, los más desesperados, me siguen como si nada y cuando llego a la puerta tengo a media docena de ancianos que corren hacia mi remangándose el brazo para recibir su primera dosis.

El edificio de enfermería está a menos de cincuenta metros pero cuanto más avanzo más lejos parece que me encuentre. Trato de esconderme en los arbustos pero están llenos de viejos que se han traído las jeringuillas de casa y no están dispuestos a dejarme escapar. Ha llegado al hora de jugármelo todo a una última carrera. Cojo aire y me lanzo en un esprint zigzagueante con la caja entre mis manos como un jugador de rugby al que solo le quedan cinco segundos de partido y necesita marcar el último touchdown mientras el árbitro se ata los zapatos de espaldas a él. Esquivo al primer viejo y salto sobre el segundo para impulsarme sobre su cabeza y alcanzar a un tercero con mis piernas alrededor de su cuello y desnucarlo, pero no coordino bien y caigo al suelo. Trato de levantarme de un salto con voltereta pero me duele la espalda. Me levanto lastimeramente renegando de este trabajo que me ha hecho perder la envidiable forma física que tenía y noto como alguien me sujeta por un pie. Si no hago algo, en menos de cinco segundos tendré a una decena de personas encima de mí y eso no lo puedo permitir. Me deshago de mi zapato, me levanto como puedo y corro cojeando para encontrarme rodeado por más gente que acuden zombificados para unirse a la turba. Ahora sí que ya no tengo escape posible. Encontrarán mi cuerpo aplastado junto a una treintena de viales vacíos y nadie reconocerá mi titánico esfuerzo por salvar el mundo, o al menos una pequeñísima parte de él. Y así me preparo para morir hasta que se me ocurre algo que podría salvarme. Levanto la caja en alto y grito a pleno pulmón: “¡Son vacunas Astra Zeneca, las de la fiebre, los trombos, y la muerte!” y de pronto todos se detienen, se miran horrorizados y huyen del lugar como vampiros en campo de ajos.

Aliviado entro en el edificio, dejo la caja en la nevera y doy las gracias a los medios de comunicación por la mala prensa que me ha salvado esta vez.