A
mediados de los años noventa la vida no era como ahora. Los jóvenes (y yo por
aquél entonces lo era), no estábamos tan conectados al mundo a causa de la
ausencia de internet, redes sociales y teléfonos móviles, por lo que el gran
entretenimiento del momento era la televisión. Desgraciadamente, yo no era un
joven normal y en lugar de ver la tele, tenía otras aficiones más oscuras como
leer o explorar mi propio cuerpo de forma erótica. Y ahora que sabéis la
diferencia entre el yo y los otros a mediados de los noventa, paso a relatar lo
acaecido.
En esos
años yo iba al instituto más por ir, que pensando en labrarme un futuro. Me
relacionaba poco con otros humanos, pero a pesar de ello pude notar como
repentinamente, no sabría si en un día o una semana, los comportamientos de mis
compañeros comenzaron a verse alterados. Me cruzaba con personas que hasta el
momento eran aparentemente serias caminando con una sola pierna, moviendo los
brazos de forma extraña y pronunciando palabras sin sentido, cuando no simplemente
sonidos guturales.
Al
principio me extrañó, pero al comprobar como ese comportamiento errático se
extendía hasta alcanzar a los escasos amigos que tenía, la cosa se hizo
alarmante. Estaba pasando algo raro y tenía que enterarme de qué era. Por
supuesto, preguntar a los afectados no era una opción; de hecho no estaba
seguro de si serían capaces de responderme o incluso peor, si me rechazarían
por ser diferente. Estuve barajando distintas hipótesis sobre cual podría ser
la causa de esa extraña aflicción, y me quedé, como no, con la más probable y
creíble: La invasión extraterrestre.
Estaba
mas que claro que alguna raza alienígena estaba controlando a los humanos,
cortocircuitándoles los celevros y revirtiéndoles a un estado primitivo e
inofensivo, preparando, sin duda alguna, una invasión a gran escala. Pero fuera
por mi forma de pasar desapercibido o por alguna anomalía genética, sus ondas
disruptores mentales no funcionaban conmigo y eso me convertía en el único
humano capaz de enfrentarse a ellos y de salvar a sus congéneres. Yo. Un héroe
en ciernes, un paladín de la humanidad, un adalid de la salvación.
Pero la
euforia me duró poco más de dos minutos. Al pensarlo fríamente comencé a sentir
una enorme pereza frente a la tarea que se me venía encima. ¿Por donde empezar?
¿Cuánto debería sacrificar para lograr mi objetivo? ¿Hasta que punto pondría en
riesgo mi integridad física? Rápidamente comencé a sentir envidia de todos los
humanos idiotizados de mi alrededor, y pensé en lo fácil que habría sido todo
de no haber sido inmune a las ondas extraterrestres.
A la
mañana siguiente entré en el instituto con la moral por los suelos.
Observándolo objetivamente, todos esos chavales y chavalas que hacían cosas
raras parecían divertirse más que yo, lo cual no difería mucho de lo que había
sido mi vida hasta el momento. Me crucé con Alf, un viejo amigo y que venía
hacia mi deslizándose sobre su pie izquierdo y con las manos colocadas como si
estuviera sujetando las bridas de un caballo. “¡Pecadoooorrrr!” me gritó al
toparse conmigo y yo le miré con tristeza. Había sido un tío listo hasta ese
momento, de los que sacan buenas notas y te dan buena conversación en el tiempo
fuera de clase. Traté de esquivarlo pero me siguió. “¿Donde vas, fistro de la
pradera?” fue su siguiente frase y me dio tanta pena que decidí empujarle por
las escaleras para terminar con su agonía. No soportaba verle así. Pero cuando
me acerqué a él para darle la paz que merecía, pareció volver en si y me dijo:
“¿Es que no ves Genio y figura?”. Yo le respondí poniendo cara de tonto. “Tio,
el programa de la tele donde sale Chiquito de la Calzada”. Y yo respondí
finalmente “¿Chiquito de qué? No. No lo he visto nunca…” Y me miró decepcionado
y se alejó, en busca de otros que como él, reían las gracias de ese humorista
desconocido y que se había convertido sin yo saberlo, en el fenómeno de masas
del momento.
Esa
noche subí a la terraza a mirar el cielo. Imaginé un mundo lejano entre las
estrellas poblado por una raza hostil que querían subyugar a la humanidad con
ondas idiotizadotas, que afectaban a todos menos a mi, y aún sabiendo que no
eran más que una fantasía, me alegré por esos momentos en los que me hicieron
sentir especial.
Has de admitirme que Chiquito era (es) bastante marciano, la verdad. Quizás sí era un plan alienígena después de todo, solo que a largo plazo.
ResponderEliminarGran pena leer que el chiquito de la calzada estaba hospitalizado. Un gran homenaje el tuyo para no conocerle.
ResponderEliminarYo también tardé en conocerlo, pero con mi forma de ser, cuando se acercaba un ser haciendo de chiquito, se llevaba un mamporro y ya se solucionaba el problema, hasta que lo conocí y cuando alguien no se reía cuando hacía del chiquito, se llevaba el mamporro.
Larga vida y sana al Chiquito.