sábado, 19 de octubre de 2013

Niños poderosos

Uno de los más firmes propósitos de los padres para con sus hijos 
Ejémplo de niña prodigio normal
es el conseguir que éstos triunfen donde ellos fracasaron. Para conseguirlo, apuntarán a sus dulces retoños a todo tipo de clases, entrenamientos y demás para convertirlos en futbolistas, tenistas, pilotos, escritores o miembros de la filarmónica de Berlín (no, éstas dos últimas las he puesto de coña; a nadie le gusta el rollazo de la música clásica) ricos y famosos y poder decir orgullosos en el bar eso de “Miradle, ése es mi hijo/a. Yo lo eyaculé.” Pero a veces sucede que el mismo niño, haciendo gala de un total desprecio por los sueños de su progenitor, decide abandonar la senda para él elegida con cualquier excusa del estilo de “Papá, no voy a ir más a fútbol, que estoy harto de que el entrenador me viole.” Pero tranquilos que aún no está todo perdido. Mirad si no al padre de la Kurnikova cuando ésta le decía eso de “Papá, jo, que pierdo siempre, yo no valgo para el tenis” y él insistía con el “Tu ponte la faldita esa y cállate. Ya verás como todo va bien y con un poco de suerte acabarás forrada y casada con un cantante que no tiene ni puta i**a de cantar.” Y si no, siempre nos quedará el recurso por el que lleva el título esta entrada: Convertirlo en un niño con poderes.

Si. Es lo que hay. Los tiempos cambian y desde que se destapó el fraude de la Anne Germain esa (y hasta que aparezca el siguiente candidato/a que ocupe su vacío), los viejos videntes de gafas al revés y peinados estrafalarios, han caído en el olvido y la desconfianza social. Pero claro, si resulta que ese ser poderoso es un chavalín inocente la cosa cambia porque claro, los niños nunca mienten (Ja). Pero crear un niño con poderes no es algo que salga así, sin más; hay que trabajar y dedicarle tiempo, pero gracias a mí y siguiendo al pie de la letra cuatro directrices básicas, va a ser pan comido. Atentos, padres del mundo con hijos incapaces de triunfar por sí mismos, que esto ya va.

Ejemplo de niños sin talento alguno
 



Paso 1: Hacerle creer al niño que realmente tiene poderes. Lo fundamental para que el niño pueda ser presentado al mundo como un ser con poderes es, como no, que él mismo se lo crea y para ello hay que hacerlo sutilmente y durante mucho tiempo. ¿Qué el crio tiene un escalofrío? Eso no es el fresco que entra por la ventana; eso es que un espíritu ha pasado a su través. ¿Qué el niño oye un crujido en la pared? No le diremos que es normal que las vigas crujan con los cambios de temperatura; diremos que es un muerto que llama desde el otro lado. ¿Qué el niño oye voces en su cabeza? No se nos ocurra llevarlo al psiquiatra para evitar que sufra un brote psicótico; es una oportunidad de oro para explicarle cómo las almas de los fallecidos imploran su ayuda.
Si todo ha ido bien, el niño estará completamente asustado y creyéndose un bicho raro que se tira llorando todas las noches preguntándose el por qué no puede ser un niño normal, como los demás. Ha llegado el momento de ir al paso 2.




Paso 2: Convencerle de que todo eso que cree que le pasa, es bueno. Da igual el argumento. Lo más común es decirle que “Oh, igualito que tu bisabuela. Se ve que es una maldi… un don que se salta dos generaciones” Haz que se sienta orgulloso de su bisabuela, que sepa cuán heroica era, que desee ser como ella, menos en lo de ser quemada en la hoguera. Otros argumentos válidos son el de la lluvia de asteroides el día que nació o las misteriosas luces que abdujeron a su madre nueve meses antes de dar a luz. Garantizado; si el niño se siente orgulloso de sus poderes querrá mostrarlos al mundo y eso nos lleva al paso 3.



Paso 3: Llamar a la tele. Puede parecer una chorrada si estamos acostumbrados a ver los documentales de la dos, pero creedme, la masificación de canales que sufren nuestros televisores hacen que la lucha por la audiencia sea feroz y cualquier mierda (y repito y recalco lo de cualquier y lo de mierda) vale. En cuanto se enteren de la existencia de tal fenómeno acudirán como moscas al excremento y encontrarán la forma de hacer verosímiles las habilidades preternaturales del niño frente al mundo. No voy a extenderme. Solo diré que esos programas existen y hay que verlos para creerlos.
Y en este punto puede parecer que la cosa está conseguida, pero no, nos falta el imprescindible paso 4: Creérnoslo nosotros mismos.





Paso 4: Autoconvencimiento. Nos lo hemos inventado, vale. Sólo queríamos sacar unas perras con el crio y de paso salir por la tele, de acuerdo. Pero mientras seamos conscientes de ello, los poderes de nuestro hijo no serán completos. Debemos autocreernos nuestra mentira, y eso es posible, si nos dejamos llevar por los acontecimientos. Que si, que si, nos lo hemos inventado pero… ¿Y si era verdad al fin y al cabo? Las visiones del niño, el éxito del programa de televisión, las pruebas “demostradas científicamente” por los especialistas contratados por la misma cadena… Al final caeréis, ya lo veréis ya, y en ese momento nadie podrá convenceros ya de lo contrario. Habréis tenido éxito, padres y madres frustrados del mundo.

Con un poco de suerte, nuestro retoño tendrá éxito en la vida.


Y eso es todo. No tenéis que darme las gracias (aunque acepto donaciones económicas), solo hago mi trabajo cumpliendo con mis obligaciones morales de ayudar y facilitar la vida de los demás. Especialmente si son estúpidos. Hasta la próxima.





miércoles, 16 de octubre de 2013

La contraeducación



Creo que ya he hablado en anteriores ocasiones de la importancia de la educación para el correcto desarrollo del individuo y de cómo los profesores juegan un papel determinante en ello. Si es así, ya sabréis que muchos de los profesores que participaron en mi formación básica merecerían, por su profesionalidad y saber hacer, que alguien con problemas intestinales defecara sobre sus nombres, pero no caigamos en el desprecio fácil y centrémonos en el tema de hoy: La contraeducación.

¿Y qué es eso, qué es eso? Os preguntaréis, cuales estudiantes rusos viendo aterrizar un ovni. Pues muy fácil: Como su mismo nombre indica, consiste en enseñar algo de una forma tan negligente, que se consigue justo lo contrario. Y para explicarlo bien del todo, nada mejor que un ejemplo, para el cual debemos retrotraernos algunos años atrás… (Fundido en negro y musiquilla de los 90 de fondo).
Estaba yo en EGB, no sabría decir en qué curso, pero no sería muy mayor, cuando un terrible rumor comenzó a extenderse entre las altas esferas del colegio. Se decía que en el centro de al lado los niños se habían aficionado a jugar a “Cavall fort” una forma extraña de decir “a caballeros” pero utilizando curiosamente el nombre de una vieja publicación catalana que viene a significar “Caballo fuerte”. Pero vamos a pasar del nombre y vayamos al tema y es que el peligro del juego residía en que un niño se subía encima del otro (el de arriba hacía de caballero y el de debajo de caballo) y se daban de palos, derivando en caídas y daños varios, lo que provocaba lesiones también en la reputación del colegio. Tal moda no podía extenderse a nuestro honorable colegio, así que los profesores decidieron atajar el problema antes de que apareciera.

Un buen día interrumpieron las clases y aparecieron dos profesores de los de cursos superiores para advertirnos de la prohibición d ejugar a “cavall fort” en el patio. “¿Y qué es eso?”, preguntamos ignorantes de que con esa sencilla pregunta íbamos a destrozar la estrategia profesoril; y ellos, ignorantes también, nos explicaron con pelos y señales cómo se jugaba. Quedamos asombrados. No solo nos habían puesto en bandeja las reglas de un nuevo juego desconocido hasta el momento, sino que además era un juego prohibido… Demasiado tentador para ser verdad.
Así imaginabamos nuestro nuevo juego
Nada más sonar la sirena del patio decidimos (a base de tortas) quién sería el caballo y quién el jinete y comenzamos a organizar batallas en los rincones menos vigilados del patio. Y la cosa fue tal que así: A mí me tocó ser el caballo, por cuestiones de tamaño, y con un compañero subido en mi lomo, esprinté hacia los rivales, provocando un choque de dimensiones épicas (por lo menos en una escala infantil); los jinetes se daban manotazos en la cara mientras los caballos nos empujábamos y tratábamos de hacernos la zancadilla para echar por el suelo al equipo contrario. Y al final pasó lo que tenía que pasar: Perdí el equilibrio y nos fuimos al suelo. No recuerdo cuáles fueron las lesiones, pero sí que había un gran abanico donde elegir: Cabeza-suelo, cabeza-cabeza, boca-bordillo. Codo-bordillo, rodilla-boca, cabeza-boca… y un sinfín de combinaciones a cual más divertida que la anterior.

Y así había sido en realidad
Cuando llegamos a la enfermería tuvimos que hacer cola a causa de la enorme cantidad de caballeros y corceles heridos tras perder la batalla y allí estaban también, heridos pero de otra manera, los profesores de nivel superior que habían tratado de disuadirnos, mirándonos con la cara de quien acaba de descubrir su propia idiotez. 



viernes, 11 de octubre de 2013

El incidente de Belén 2 (Melchor2)

Melchor estaba confuso por el viaje en el tiempo y apenas lograba correr en línea recta a través de la llanura que se abrió, casi infinita ante él; además de que las gallinas eran mucho más rápidas que él. Sin otra opción que la de luchar, el rey maldito se paró en seco cuando la primera gallina estaba dándole alcance e impulsó su cuerpo hacia atrás mientras mantenía un codo en alto; la gallina no tuvo tiempo de detenerse y estrelló su cara contra el codo de su presa, rompiéndose varios dientes y cayendo aturdida hacia atrás. Melchor apenas tuvo tiempo de preocuparse por la carne desgarrada de su brazo, pues en un segundo más tendría a tres de esos monstruos encima. Esperó a que llegara el primero y cuando éste iba a morderle directamente en la cara, atrapó su cabeza entre sus dos manos y con un poderoso movimiento circular, rompió el cuello de la bestia, que murió al instante. La tercera gallina saltó sobre él y aprovechó para echarse al suelo e impulsarla sobre su cuerpo pero entonces descubrió dos cosas: Poseían unos enormes espolones en las patas que le abrieron una brecha importante en el pecho y además eran ligeras como plumas, por lo que su intento de herirla provocándole una caída había fallado al aterrizar sobre sus patas sin más problema.

Se levantó y tomó aire. Tenía a dos gallinas con dientes, que casi le igualaban en altura, dando vueltas a su alrededor, esperando el momento en el que atacar. Ellas sabían que era una presa peligrosa y él esperaba ser capaz de deshacerse de ellas antes de que lo devoraran vivo. Una gota de sudor resbaló por su sien, bajó por la mejilla y se detuvo en su mentón. Un segundo, dos, tres, y cayó al suelo. Justo en ese momento, como si fuese algún tipo de señal, los dos depredadores se lanzaron sobre su presa. Melchor saltó a un lado, evitando dientes y espolones y se agarró a la cola de uno de ellos; la bestia chilló de rabia mientras Melchor hacía acopio de todas sus reservas de fuerza y, haciendo girar su cuerpo, logró elevar al monstruo y hacerlo girar por el aire. Atrapado por la cola no podía morderle y el otro no osaba acercarse. Melchor le dio varias vueltas y esperó el momento oportuno, el de mayor velocidad, para soltarlo. La gallina gigante voló en dirección a su compañera y se estrelló contra ella, quedando ambas tendidas en el suelo.

Sangrando y completamente agotado, Melchor legó hasta un pequeño lago de aguas cristalinas y aprovechó para lavar sus heridas. Se desnudó y se miró en el reflejo del agua. Su cuerpo era musculoso y varias cicatrices se dibujaban en él; era el testimonio de la vida que había que tenido que llevar desde que Él lo maldijo. Estuvo a punto incluso de preguntarse dónde estaba, cuando un sonido le distrajo. Sonaba como unas pisadas lentas, pesadas, pero daba la sensación de que estaban aplastando toda la maleza a sus espaldas. Melchor se giró justo a tiempo para ver cómo la cabeza de algo mil veces más terrible que las gallinas que casi le habían matado, asomaba sobre los árboles. “Un dragón” pensó, y casi estuvo a punto de rendirse y dejarse devorar, cuando ésta le vio y soltó un chillido que hizo que todo lo que había oído anteriormente le parecieran susurros. Cualquier habitante del futuro identificaría a tal bestia como un tiranosaurio rex y se prepararía para morir, pero Melchor se puso tenso, dispuesto a luchar.






sábado, 5 de octubre de 2013

Mosquitos y mosquitas



Hallábame yo en un punto indeterminado del espacio y el tiempo cuando, sumido en una conversación casual, apareció el tema de los mosquitos. Lo de siempre. Que no, que solo pican las hembras, que a ver por qué, que por los huevos, que vaya cosa, etc… Y me pasó que yo, siendo un pobre producto de la EGB sin estudios posteriores y viéndome habitualmente rodeado de personas salidas de la universidad, que me siento estúpido e ignorante por lo general, me encontré ante un tema que domino, debido a una turbia experiencia laboral en una brigada especializada en la exterminación de plagas en general y mosquitos en particular, y decidí lucir conocimientos, soltando un rollo que repetiré aquí, para disfrute de todos mis lectores.

El rollo: La cosa es que los mosquitos pasan por varias etapas, o “mudas” en su estado larvario (generalmente en el agua) hasta que eclosionan y se convierten en el mosquito que todos conocemos, con alas y el pincho. Pero la clave de la reproducción de esta especie reside en el hecho de que la eclosión de los machos se produce algo antes que la de las hembras, cuyo ciclo evolutivo es un poco más lento; eso hace que los machos salgan volando y se queden a la espera de las hembras, que nada más salir ya se topan ellos y quedan “embarazadas”, lo que las impulsa a volar en busca de mamíferos a los que chuparles la sangre regularmente y así gestar sus huevos.

Así se imagina la hembra el encuentro con el macho.

Y así se lo imagina él.














Y fue en este punto cuando una de mis oyentes abrió los ojos de par en par, miró al cielo juntando las manos y pronunció unas palabras fruto, sin duda alguna, de algún tipo de revelación divina.

La revelación divina: Como os decía, estaba yo dándolo todo en mi explicación mosquitil cuando esa chica dijo aquello de: “Es curioso… ¿Eh? Que las hembras se desarrollen más lento y los machos más rápido… A ver por qué… Estas cosas te hacen pensar que… Tiene que haber alguna INTELIGENCIA SUPERIOR, no sé, llámalo DIOS que está detrás de todas las cosas.”
Y no es que a mí me guste el cuestionar las creencias más profundas y arraigadas de los demás, pero ese era mi momento, mi explicación y mi rollo y no podía dejar que la conversación derivara en algo místico que me eclipsara para siempre. Así que decidí contraatacar.

¡Que estaba explicándolo yo! ¡¡Rrrrahhhghhh!!


El contraataque: Me vi obligado a interrumpir, si, pero ya se sabe que quién interrumpe a un interruptor tiene 100 años de perdón, así que le dije: “No, en realidad todo es muy sencillo. Los mosquitos que se desarrollan antes, tienen más posibilidades de procrear, así como las mosquitas que se desarrollan más lentamente. Ello hace, que se cree un proceso de selección natural que cada vez crea machos más rápidos y hembras más lentas en pocas generaciones. Resumiendo: Los mosquitos de hoy en día son los descendientes de los machos rápidos y las hembras lentas del pasado. Y 2+2=4, 4+4=8. 8+8=16… y así hasta el infinito."

Y así fue cómo la mujer se calló y yo fui encumbrado a las más altas cimas del saber y la sabiduría que solo me duró, todo hay que decirlo, unos escasos segundos que ya, seguro, han sido borrados de las mentes de los allí presentes. Pero como yo tengo un blog, lo escribo y no se me olvida.