domingo, 7 de enero de 2018

Regalos de mierda (19 de 284)



-¿A que viene esa cara hijo mío? Parece como si hoy en clase todos tus compañeros se hubiesen burlado de ti.
-Es que es justo lo que ha pasado mamá. Hoy tocaba revisión médica y cuando nos hemos quitado la camiseta pata el examen de próstata todos me han dicho que para la edad que tengo estoy muy fofo, fláccido, sin tono muscular… ¡Soy una vergüenza de niño!
-¿Pero a dónde vas tan corriendo y llorando? No subas las escaleras así que te la vas a pegar.
Pero el niño no escucha los consejos de su madre y se encierra en su cuarto a expresar su dolor en soledad. La madre, mientras tanto, idea una plan para que su hijo recupere la forma sin tener que apuntarse a uno de esos antros de depravación y consumo de sustancias prohibidas que son los gimnasios.
A la mañana siguiente la madre entra en el cuarto del niño sacudiendo una tapa de olla con un cucharón. El niño se despierta con tal sobresalto que se le agarrota el brazo izquierdo como al padre de superman.
-¡Qué pasa!
-Tengo la solución a tus problemas de flaccidez justo al lado de tu ventana. Asómate y verás que sorpresón te llevas.
El niño, temeroso de qué pueda encontrarse allí, descorre las cortinas y contempla la obra de su progenitora.

 -Gracias mamá. Me habrás comprado también una pelota, por lo menos.
-¿Una qué?
-Déjalo mamá. Déjalo.

lunes, 1 de enero de 2018

Una de terapias alternativas.





Llego a la dirección indicada cuando ya ha caído la noche y me sorprendo al no ver ningún cartel en la entrada. Se trata de la puertecita de una pequeña casa de dos plantas con las persianas completamente bajadas. Miro de nuevo la nota arrugada que acabo de sacar de mi bolsillo y compruebo que efectivamente ese es el lugar. Dudo, pero el aire frío de la noche me impulsa a llamar al timbre. La única farola que ilumina ese sector de la calle parpadea y se apaga, como si fuera una señal de que algo anda mal.

La puerta se abre y entro a una especie de sala de espera poco iluminada. Huele fuertemente a incienso y a aceites, ocultando un ligero olor a sudor y orín. Hay silloncitos alineados contra la pared pero prefiero no sentarme y esperar de pie. Al poco, una mujer oriental embutida en un kimono oscuro aparece por el pasillo; es menuda y se mueve deprisa; me sonríe y sus ojos, apenas visibles, me examinan.

-Buenas taldes, usted sel…

-Capdemut –le respondo.

-Oh pelfecto, tu venil pol…

-Por eso de la acupuntura –le digo. 

-Oh si, pasa pasa a la sala.

Me acompaña hasta una pequeña habitación con una litera y estanterías abarrotadas de objetos en los que no logro fijarme. Reconozco que estoy un poco nervioso. Es la primera vez que utilizo este tipo de terapia, pero mi dolor de espalda es tan persistente que ya necesito probar cosas alternativas a los analgésicos y los masajes.

-¿Sel tu plimela vez? –Me pregunta casi leyendo mi mente.

-Si.
-¿Y que buscal? 

-Pues… He venido por el tema del dolor de espalda que…

-Ah dolol, pelfecto. Yo sel expelta en ello.

Por algún motivo no me siento cómodo con esa mujercita, pero sigo sus instrucciones, me quito la camiseta y me acuesto en la camilla.

-Tu tenel bonitos ojos –me dice mientras trastea con cosas de la estantería. –Y una buena musculatula abdominal.

Miro hacia abajo sorprendido pero me veo la barriga como siempre.

-Si. A ver si se van a doblar las agujas –le respondo tratando de parecer gracioso, pero ella no pilla el chiste.

La mujer comienza a sacar agujas de un blister y a realizarme tocamientos por partes estratégicas y a clavármelas por los brazos, los costados y la barriga. Duele, pero como he sido educado en una sociedad patriarcal en la cual los hombres somos el sexo fuerte y dominante, me reprimo de quejarme.

-¿Dolel?

-No mucho. Siento alguna molestia, pero no llega a ser dolor.

-Oh, tu sel un tipo dulo –me dice casi divertida. –Tu quitalte los pantalones.

La obedezco y comienza a clavarme agujas en los dedos de los pies, tobillos, rodillas y sigue subiendo. Dos lágrimas brotan de mis ojos y debido a la posición, se me meten en las orejas. La cosa se pone fea.

-¿Y ahola, dolel?

-Ahora un poco –le digo mientras pienso que “joder métete las agujitas por donde te quepan”.
Cuando termina de clavármelas pienso que mi tortura se ha acabado pero en lugar de eso, empieza la verdadera fiesta. Me pega una placa de metal en el costillar y con una pequeño taser, comienza a electrificar las agujas. Desconocía este método, pero con cada descarga me sacudo como un muñeco de trapo. No puedo reprimir más los gritos y ella parece satisfecha. No entiendo en qué me puede ayudar esta terapia tan chunga pero no puede durar mucho más.

-Esto ya estal –me tranquiliza ella. –Ya podel quital los calzoncillos.

-¿Quital que? –Le respondo en su lengua nativa.

-Calzoncillos. Yo claval agujas en testículos y glande pala final feliz. Tu espelal. Taldal un minuto.

Cuando la china sale de la habitación me levanto con tal salto que casi me estrello contra el techo y comienzo a arrancarme las agujas y a vestirme a la velocidad del rayo. Me asomo al pasillo y éste está vacío, con lo que salgo a la carrera y compruebo con alivio que la puerta de la calle está abierta. Salgo y dejo que el frío nocturno me abrace, como una madre protectora, como las olas a la arena. 

Miro a la pequeña puerta detrás de mí y me pregunto donde cojones me he metido. Ahora solo me queda darle las gracias al que me recomendó este sitio, a poder ser con los puños cerrados y los dientes muy apretados.

Así me veia yo de quedarme un rato mas en esa sala.

martes, 19 de diciembre de 2017

La típica entrada de fin de año



Se acerca el fin de año y con él, el momento de hacer balance, reflexionar, comentar cuáles han sido las entradas mas visitadas del blog, porqué, cómo, etc… Pero como sabéis que este blog tiene una afluencia de público mas bien escasa (algo totalmente incomprensible)  y que los cuatro que estamos por aquí sabemos lo que nos gusta, prefiero derivar mi reflexión por otros derroteros quizás menos transitados pero no por ello más útiles o interesantes.

Habréis notado que la frecuenciaa de publicación del blog ha descendido notablemente y ello es la causa de varios factores. Sé que me imagináis en una isla desierta donde los habitantes autóctonos del lugar (una tribu famosa por su atractivo físico y voluptuosidad de sus mujeres) sufrieron hace poco la desgracia de perder a todos sus hombres en un horrible accidente de pesca y ahora sus hembras necesitan a un macho para saciar sus necesidades sexuales y qué mejor que un hombre del norte que acaba de instalarse en una lujosa cabaña debido a la fama y la gloria (y el dinero) que ha obtenido gracias a las ventas de su último libro. Pero no. Aunque no vais desencaminados del todo. De hecho mi último libro a pesar de haber tenido un éxito inesperado a nivel de críticas, no se está vendiendo nada bien y ello hace que en lugar de irme a la isla, tenga que pelear por cada venta. ¿Cómo? Preparando presentaciones, diseñando carteles molones, escribiendo relatos promocionales, colaborando en asociaciones de autoedición, páginas web relacionadas… Todo eso es trabajo que me quita tiempo para escribir en el blog. Pero no es todo.

Habréis notado al igual que yo que en este nuestro amado país la tensión se puede cortar con un cuchillo. Tensión política y social causada por una campaña electoral sin corazón que está dividiendo a una sociedad que debería estar unida por un bien común, independientemente de los colores del trapo que ondee sobre sus cabezas. He escrito varias entradas acerca del tema, así que no os sonará a novedad mi preocupación, algunas en plan serio y otras más de broma, pero lo cierto es que es un tema que no me hace ninguna gracia. Creo que mientras peleamos por asuntos banales estamos perdiendo la verdadera lucha contra la pérdida de derechos sociales y la desigualdad, y eso es realmente grave. Por no hablar de la hecatombe medioambiental a la que nos dirigimos a toda velocidad sin preocuparnos por pisar el freno en ningún momento. Pero como me resisto a convertir este blog en algo serio y reivindicativo, prefiero guardarme ciertas cosas y dejar que el tiempo corra. Y mientras corre, no escribo con la misma fluidez.

Y por supuesto, como no, proyectos. Estoy trabajando en una serie de relatos que serán la segunda parte de “La onomatopeya del ladrido” y que publicaré a lo largo de 2018 en formato digital únicamente, terminando el diseño de mi primer juego de rol “oficial” el cual verá la luz en breve e informaré de ello en “El blog mediocre”, y también estoy trabajando en lo que podría ser mi tercer libro impreso aunque todavía es pronto para adelantar nada.
A todo esto habrá que sumarle mi vida “normal” que consiste en infinitas horas de trabajo, obligaciones familiares, tareas domesticas, problemillas de salud, cosas que surgen así sin esperarlas… Lo típico vamos.

En definitiva y resumiendo mucho: El blog se está resintiendo de tanta actividad y no descarto ponerlo en pausa indefinida si no logro sacar adelante otros trabajos de forma sencilla. Pero eso ya se verá. De momento me queda daros las gracias a los fieles lectores, también a los ocasionales (pero no tanto) y desearos a todos/as un feliz, próspero, largo, tedioso y rutinario 2018. Que lo disfrutéis.


Y feliz saturnalia, como no.

viernes, 1 de diciembre de 2017

De deporte y exhibicionismo



Hace unos días (o semanas, que el tiempo se escurren entre los dedos como arena mojada) me crucé por la calle con un chaval que iba corriendo como tantos otros en busca de la perfección física, en clara alusión al rechazo que sentía por su propio cuerpo tal y como era en ese momento. No me sorprendió. Hay mucha gente que se odia a si misma y tratan por todos los medios de parecer otras personas, o a sus “yos” del pasado. Lo que si me sorprendió, en cambio, fue el verlo a la vuelta, acostado encima de un banco haciendo abdominales. Y antes de continuar quiero dejar clara mi postura ante el deporte: No me gusta el deporte. Me parece una manera tonta de destrozarse el cuerpo en un intento fútil de plantarle cara al tiempo, rival indestructible donde los haya. ¿Por qué pienso eso? Porque un primo mio que jugaba al fútbol se cascó una rodilla con apenas 15 años y a día de hoy es un cuarentón cojo; a un colega del colegio se le agarrotó hace poco un tendón (o algo) de la pierna haciendo running y se ha quedado torcido y un conocido, haciendo algo llamado “la rana” en el gimnasio ahora camina como un abuelo de 150 años. ¿Conclusión? La que os he comentado antes.
Pero el motivo de esta entrada no es la de criticar algo tan aberrante como el deporte; aquí cada uno es libre de machacarse como guste y plazca; el motivo de escribir esto  es el de la sorpresa de ver a alguien haciendo abdominales en un banco de la calle. ¿Qué no digo que esté mal! Pero al contrario que correr, que normalmente nadie tiene un pasillo tan largo, los abdominales se pueden hacer en casa tranquilamente. ¿Por qué no esperar a llegar? No se lo pregunté, que debería haberlo hecho, pero supongo que me habría respondido que en ese momento estaba “en caliente” o que por qué esperar si no estaba molestando a nadie… Los argumentos podrían ser numerosos y lógicos pero cuidado, porque eso podría abrir la puerta a muchas otras actividades que hasta el momento hacemos en casa pero por qué no trasladarlas a la calle si tenemos la excusa adecuada.

Ahora imagino a gente haciendo caca en los parques (y recogiéndola con bolsitas, por supuesto) con la excusa de “es que me ha dado el apretón”, gente masturbándose porque “es una necesidad fisiológica y además así me desestreso” o incluso poniéndonos en un caso extremo, gente leyendo en los bancos de los parques en lugar de esperar a sentarse en sus sofases y silloneses porque “está muy interesante este capítulo”. Aberrante. ¿Lo había dicho ya? Es que me gusta esta palabra, aunque nunca la diría en la calle, por supuesto.
Pues si, hay que hacer estiramientos y a poder ser, llamando la atención.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

De policías y sentimientos



Un día cualquiera. Legañas, dolor de espalda, aliento ácido… Salgo a la calle y brilla el sol a través de la polución y el polvo en suspensión del aire. “Hoy va a ser un gran día” pienso “o al menos no necesariamente uno malo” remarco y arranco mi camión. Dos calles, una rotonda y medio polígono industrial más tarde me lo encuentro. Capa color verde alcachofa, tricornio y bigote, no hay duda. Me levanta la mano (la derecha, por supuesto) y me obliga a detenerme. Bajo la ventanilla y me temo lo peor.
-Buenos días.
-Buenos días.
-Enséñeme su documentación por favor.
-¿La documentación de quién?
-¡La suya de usted!
-Ah, perdone, es que no estoy acostumbrado a que me hablen de usted. Aquí tiene.
El policía revisa mi dni mientras yo solo espero que no se de cuenta del desgaste de los neumáticos, ese piloto roto, la ballesta agrietada ni los cables que asoman de cuando truqué el tacógrafo, pero él solo se fija en algún punto disonante de mi carnet.
-Aquí tiene, señor Cabezademudo.
-Ehh.. Es Capdemut.
-Es Cabezademudo porque estamos en España y aquí se habla español.
-De acuerdo, como usted diga agente, es solo que me extraña encontrar a un guardia civil independentista.
-¿Qué soy qué? –exclama llevándose la mano a la carabina. Instintivamente, supongo.
-Independentista –le repito ante su asombro y estupor.
-¿Pero como se atreve? Yo soy Español de España Española y Unida y…
-Vamos a ver… -intento explicarle. -¿Cataluña es España?
-¡Por supuesto! –exclama.
-Por lo tanto los catalanes son…
-¡Españoles! –finaliza.
-Entonces el catalán es una lengua de…
-¡España! –grita mientras un soplo de aire le levanta la capa y la hace ondear con orgullo.
-Por lo tanto…
-…
-Por lo tanto…
-…
-Por lo tanto si usted traduce mi nombre porque afirma que no es español, significa que no cree que Cataluña sea España y por  lo tanto…
-¡Soy independentista! –dice con las lágrimas asomando tímidamente por sus enrojecidos lagrimales.
-Exacto. ¿Puedo marcharme ya?
-Claro caballero –me dice mucho más taimado. -¿Pero ahora que hago yo? ¿Cómo lo explico en mi casa? ¿Y a mis compañeros? Voy a tener que quitar la rojigualda del balcón y poner una señera.
-Siento no poder ayudarle, buen hombre, pero yo tengo que seguir trabajando.
-Espere un momento, por favor. ¿Hacemos un castell?
-¿Un…? No, no, lo siento, tengo que irme.
-O quedamos para una calçotada si quiere. Yo traigo la salsa romescu.
-Que no, que no, que me deje, que tengo lío.
-De acuerdo, company –me dice al final con un acento raro. -¡Visca Catalunya!
Y así me voy, dejándole solo en ese polígono, tarareando “Boig per tu” y con una sombra gris bajo sus ojos. Y pienso mientras me alejo que quizás todos los hombres seamos hermanos al fin y al cabo, si nos dejamos de colores, de consignas y de dibujos en un pedazo de tela. Quizás debería haber aceptado esa calçotada. Pena que me repitan tanto.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Hoy toca un chiste.



Como no tengo entrada para esta semana, os voy a contar un chiste, que siempre es gracioso y queda bien.

Dice que va un negro y entra en una…

Perdón. Quizás es un chiste algo antiguo y no quisiera parecer racista  aún contándolo con ánimo de simplemente normalizar algo que debería sernos habitual. Vuelvo a comenzar.

Esto es un mariquita que va y…

No. Por ahí tampoco voy a seguir. Lo de los chistes de mariquitas… Como que murió con Arevalo. Pido disculpas de nuevo. Tengo muchos amigos homosexuales (2) y no quisiera que pensarais que no es así.

Resulta que un hombre cuya etnia nos es indiferente y sexualidad irrelevante, se mete en…

¿Tampoco? ¿Qué he dicho ahora? Ah, que todos mis personajes son hombres… Que a ver cuando escribo algo protagonizado por una mujer… De acuerdo.

Una mujer va y entra en una iglesia y le dice al cura…

¿Nada de religión? ¡Pero si dios ni siquiera existe! No, claro, no quiero ofender a las creencias de nadie, independientemente de si tienen fundamento o no…

Una mujer entra en una oficina de hacienda y…

¿Ahora que he dicho? ¡A tomar por culo!

Un hombre afroamericano y homosexual, después de quemar una iglesia entra en una oficina de hacienda y le dice al funcionario “Que suerte que por la tarde no trabajáis” y él le responde “No, si cuando no trabajamos es por la mañana… Por la tarde ni venimos”.
Y además era gangoso y con un tic.

Ahora haces esto y vas a la cárcel de cabeza. Vamos si no...

miércoles, 1 de noviembre de 2017

De ascensores y actualidad.



Entro en el ascensor y antes de que se cierre la puerta una mano la detiene y un hombre se coloca a mi lado. Me sonríe, mirada cómplice de “casi me quedo en tierra y pierdo dos minutos irrecuperables de mi vida” y se arregla la corbata. Yo voy vestido con ropa de trabajo y aún sabiendo que no puedo compararme al recién llegado en elegancia, me miro en el espejo. Compruebo que estoy como siempre y no sé si alegrarme o no, pero en cualquier caso es tranquilizador.

El ascensor se sacude ligeramente y comienza el ascenso. Nuestras miradas se cruzan, resulta algo incómodo pero no lo suficiente como para apretar el botón de alarma y ponerse a chillar por el telefonillo ese. El hombre parece incómodo también, carraspea, yo pienso “oh mierda, va a hablarme” y me pongo a buscar el móvil para fingir que miro algo importante y que por eso no puedo atenderle. Pero el teléfono se me escurre entre los dedos y no me da tiempo.

-¿Que clima mas raro no? –me dice.
-Si –le respondo.
-Igual llueve que no.
-Ya. Es lo que tiene el mundo.
Parece que la conversación va a terminar aquí pero el ascensor sube tan lentamente que la cosa no tiene pinta de quedar así.

-Claro, con tanto aire acondicionado y tubos de escape… -sigue con el tema.
-Ya ves –le respondo interesado.
-Lo raro es que no nos hayamos muerto ya.
-Pues si. Es raro.
-Pero bueno. Es lo que toca –dice finalmente como sentenciando la conversación.
-Lo que toca –repite. -Toca… toca… oca… oca… ca… ca… -balbucea, y yo comienzo a temerme lo peor… -¡Cataluña! –grita por fin, liberado.

Ya ha salido el temita de los cojones, mucho estaba tardando. Salto hacia atrás en un impulso instintivo pero mi espalda choca contra la pared del ascensor. Estoy en un espacio demasiado reducido como para huir de la conversación. Trato de evitarlo dando volteretas por el suelo pero él ya me cuenta que solo hay un 38% de independentistas y no me da tiempo a preguntarle de dónde ha sacado esa cifra cuando contraataca con eso de que las familias catalanas ya no se hablan, continúa con lo de que allí te matan si exhibes una rojigualda y antes de que pueda incorporarme en la pared opuesta a él, se gira y me grita que Cataluña nunca ha sido un país. Trato de hacerle entender que los países no existen, que son inventos de iluminados que solo quieren tener al pueblo sometido pero ya está con eso de que si no querían que les diesen porrazos que no hubiesen hecho nada ilegal. Llego hasta el botón de la alarma y lo pulso con fuerza mientras él me habla de la importancia de cumplir la constitución, aunque solos ean algunas partes concretas. Pero al pulsar el botóno pasa nada. No funciona. Atrezzo ascensoril. Me dice algo de la familia Pujol, del Barça fuera de la liga, de la soberanía española y me empiezo a marear. Trato de explicarle que España ya no tiene soberanía propia desde que firmó el CETA, pero no me quedan fuerzas. Pierdo la consciencia y lo único que noto es como las puertas se abren detrás de mi y caigo de espaldas sobre el suelo del pasillo. El tipo parece calmarse y las puertas se cierran de nuevo, separándonos irremediablemente. 

Mientras yo me recupero en el suelo del pasillo de la cuarta planta, él sigue ascendiendo. Sube al cielo de los justos. Al olimpo de los sabios. A ese campo grande donde todos los ignorantes pueden correr y jugar libremente sin miedo a tropezarse con ningún libro abierto.