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martes, 14 de mayo de 2019
De animales y sombras
Como mi pereza es legendaria, he decidido pasar de escribir la siguiente entrada del blog y en lugar de ello grabarme en video. Si llego a saber que me iba a costar el triple de tiempo y cien veces más esfuerzo, lo hago como siempre. Pero ahora ya está.
lunes, 29 de abril de 2019
De tertulias literarias e infusiones orientales
Últimamente me
llaman para muchas cosas raras. Esta vez se trata de una "Tertulia
literaria" que se celebra periódicamente y que reúne a varios
escritores de la zona para charlar sobre literatura, como no. La
verdad es que no suena especialmente emocionante, pero he aceptado
asistir por eso de no verme excluido de futuros eventos, hacer
contactos y por qué no decirlo, que me inviten a una infusión.
Llego al edificio
que está situado en el centro del pueblo; un antiguo casino
reconvertido en espacio multiusos que incluye un bar, un pequeño
cine y múltiples salas misceláneas, todo ello rodeado por una zona
arbolada que le da al lugar un ambiente de aislamiento y
atemporalidad. Me dirijo a la sala indicada, una habitación
rectangular repleta de tapices y descubro que a pesar de mi
puntualidad, soy el último en llegar. Hay media docena de señores,
todos hombres y también mayores que yo, sentados alrededor de una
mesa antigua y tomando pequeños sorbos de cafés y manzanillas.
Todo tiene un aire
rancio. El olor de madera vieja de las sillas, los tapices, las
ventanas estrechas y alargadas que llegan casi a los techos
altísimos... Y mis compañeros de tertulia también parecen haber
salido de otras épocas. Ttrajes de color marrón, zapatos de charol,
relojes de bolsillo... El más modernillo lleva un jersey de cuello
vuelto y unas gafas con montura metálica. Cuidado. Me miro y no sé
si encajo con mis deportivas Paredes, mi camiseta blanca y unos
tejanos algo gastados pero que me gustan por como me marcan el
paquete. Siempre me he considerado un poco retro, pero estos tipos
hacen que parezca que acabo de llegar del futuro en un delorean. Por
suerte parece no importarles mi atuendo y comenzamos la tertúlia a
la hora en punto que marca el reloj de la pared.
Comienzan hablando
de la importancia de las humanidades frente a las ciencias políticas
para lentamente ir hilvanando el tema con una comparativa entre las
matemáticas y las letras. Me parece que la cosa toma una dirección
interesante y la verdad es que me gusta tanto escucharles que decido
no intervenir de momento y doy pequeños sorbos de mi té pakistaní
con leche mientras miro de reojo la galletita que me han puesto y me
pregunto si será de buena educación mojarla en la taza.
Mientras bebo y
escucho me dejo llevar por la imaginación y cuando comienzan a
tratar a los autores del romanticismo como Shelley, Scott o Poe yo me
siento transportado a otra época en la que el talento y la miseria
se daban la mano para crear obras inmortales que elevarían a autores
ya fallecidos hasta el podio de los mitos. Después llega Lovercraft,
Orwell y Kafka, los años avanzan a través del siglo veinte en busca
de clásicos modernos y yo empiezo a intervenir tímidamente al
sentirme más cerca de la literatura que conozco, pero algo cambia
repentinamente el curso de la conversación.
Uno de los
asistentes, un señor alto, con barba cana y el cabello corto de un
negro azabache deja la taza de café en la mesa de forma
deliberadamente brusca y dice:
-Milan Kundera es un
autor sobrevalorado.
Su afirmación deja
en silencio al resto de la sala. No estoy de acuerdo con eso pero
cuando reúno los argumentos para explicarle que Kundera supo
entender las relaciones humanas y amorosas como nadie hasta el
momento, otro tertuliano, un hombre bajito y robusto, de unos
cincuenta, le señala con el dedo y le responde:
-Tu puta madre está
sobrevalorado, submnormal.
-¡Para
sobrevalorado Calvino! -grita un tercero, ese del jersey.
-¡No te metas con
Calvino que te reviento! -responde un cuarto
-Calvino siempre
escribía el mismo libro pero cambiando los protagonistas -dice un
quinto desde el rincón.
-¡Eso es porque no
has leído "El castillo de los senderos que se bifurcan"!
-¡Calvino era un
puto friki!
-¡Vas a morir por
eso que has dicho!
Y de pronto el
ambiente cambia totalmente. El defensor de Kundera se lanza encima
del de la barba blanca pero éste, sin levantarse de la silla golpea
con la punta del pie el canto de la mesa, volcándola y dándole en
los dientes a su enemigo. El de Calvino aprovecha la confusión para
arrojarle el té a la cara al del jersey, que grita mientras el té
caliente le abrasa los ojos. Los gritos y las malas palabras van en
aumento, el mobiliario comienza a hacerse pedazos y uno de los
tertulianos arranca un tapiz, enrolla a otro con el y le sacude como
si no hubiera un mañana. El de Kundera logra convencer finalmente a
su contrario esgrimiendo un argumento tan sólido como una silla de
roble que se rompe en su espalda y el del rincón al final se anima y
lanza una patada voladora directa al cuello del que había criticado
a Calvino. Cuando cae al suelo convulsionándose pienso que se lo
merecía, por no saber apreciar a uno de los mayores autores del
siglo pasado.
Cuando termina la
batalla el salón está completamente destrozado. El mobiliario ha
quedado reducido a astillas, excepto la silla en la que yo sigo
sentado. La lámpara del techo ha caído al columpiarse uno para
sacudir una doble patada en la cabeza de otro y uno de los ventanales
ha desaparecido cuando el tipo que estaba en la esquina ha salido
despedido por él. Ahora solo quedamos el de Kundera y yo, que
todavía no me he terminado mi pakistaní.
-¿Y tu qué? -me
dice sin poder ocultar la furia de su voz.
-Yo qué de qué -le
respondo.
-¿Acaso no tienes
nada que aportar a la charla?
-La verdad es que
como es mi primer día no he querido participar tan activamente como
vosotros.
-Ya veo...
-responde. -¿No será que eres uno de esos escritores neutrales que
leen al imbécil de Boris Vian?
Entonces apuro mi
infusión, dejo la taza encima de donde debería estar la mesa,
cayendo al suelo y haciéndose pedazos y me levanto lentamente. Le
miro a los ojos, que los tiene inyectados en sangre y le digo:
-Boris Vian... es...
DIOS!
Salgo del edificio
con un sabor extraño en la boca. No sé si será la situación
extraña de pasar la tarde con unos desconocidos, el té pakistaní
que no estaba del todo bueno o la sangre del imbécil ese que no
sabía apreciar la buena literatura del gran maestro Vian. En
cualquier caso estoy contento. Es bueno pasar tiempo rodeado de
cultura y conversaciones literarias en lugar de quedarse en casa
viendo la tele, que solo ponen películas de tiros y violencia y
luego pasa lo que pasa, que creamos generaciones de personas
irascibles, impetuosas y agresivas. La importancia de las
humanidades... ya lo han dicho ellos al principio.
lunes, 15 de abril de 2019
De paraguas y mechones.
Ah, abril. Mes
lluvioso e inestable, puerta de la primavera con sus alergias, sus
insectos asomando las antenitas y sus momentos de calma. Abril es ese
mes en el que uno pasea al sol bajo un manto de nubes y siente la
lluvia que trae el viento desde otros lugares. Que bonito abril, me
cago en la ostia ya.
Abril, decía.
Necesito salir a comprar mi fasciculo de Warhammer Conquest pero al
abrir la puerta me doy cuenta de que llueve, bastante, y aunque mi
primer instinto es el de coger el coche (mi quiosco está en el otro
extremo de la ciudad), me dejo llevar por mi romanticismo, imbuido
por la primavera sin duda, y me hago con un paraguas. Es una
herramienta casi en desuso, por lo que opto por un modelo clásico,
color marrón, varillas puntiagudas y mango curvo de cuero de cabra
lanuda de Madagascar.
Salgo a la calle y
al principio todo va bien. Sopla un aire fresco que me obliga a
cubrirme la cara con el paraguas para no mojarmela y avanzo con
decisión y arrojo. Pero apenas he andado dos calles cuando noto un
dolor punzante en un lado de mi cabeza. Un mechón de pelo (sí, me
lo estoy dejando largo otra vez, qué pasa) se me ha enredado en el
mecanismo del paraguas y me estira. Trato de desenredarlo sin dejar
de andar y protegerme de la lluvia pero solo hago que empeorar la
situación. Cada vez lo tengo más enredado y eso me obliga a llevar
el paraguas más cerca de la cabeza. Finalmente desisto y decido que
ya lo arreglaré con calma cuando llegue a casa.
Y al principio todo
va bien. Camino sin llamar la atención y llego hasta el quiosco (en
realidad un estanco, pero me gusta más la palabra quiosco) y al
entrar comienzo a tener problemas. El lugar está abarrotado y los
allí presentes comienzan a quejarse con pi aparición. "Cierra
esto, trae mala suerte tener un paraguas abierto en un interior,
donde vamos a parar, criminal me has sacado un ojo..." son
algunas de las frases que oigo mientras pienso que qué tiquismiquis
es la gente, como les gusta meterse en las cosas de los demás y
hablar sin saber. Finalmente me hago con mi blister de primaris
agressors flamethrowers y salgo de nuevo a la calle. Pero ya no
llueve.
Camino bajo el sol
ante la sorprendida mirada de transeúntes que van de manga corta,
chaquetas en mano y me observan entre curiosos y divertidos. "Que
ya no llueve" me dice tímidamente un joven al que le respondo
con un "no me cuentes tu vida" que siempre funciona. Camino
hasta casa y entro. Misión cumplida.
Me meto en la ducha
y es un fracaso, pienso que debería haberme llenado la bañera a
pesar de que se gasta un 40% de agua mas. Me lavo los dientes, ceno y
me acuesto. reconozco que me cuesta conciliar el sueño con semejante
armatoste en la cama. Mi mujer protesta pero por suerte soy de sueño
rápido.
Mañana siguiente,
bostezo, estiro mis miembros y me lavo la cara. Me miro al espejo y
compruebo que me falta algo. ¿Y mi paraguas? Corro a la habitación
pensando que la noche habrá obrado un milagro desenredante pero no.
El paraguas yace en una esquina del cuarto con mi mechón todavía
atado a él. En la mesita de mi mujer unas tijeras y en su rostro
dormido una sonrisa.
Miro por un momento
ese objeto que por un día fue parte de mi y me siento un poco solo.
Me han arrancado una parte que no estaba listo para despedir. Y ese
mechón brillando con los primeros rayos de sol, languideciendo en
una esquina. Que romance tan breve. Habrá que esperar a que el cielo
llore de nuevo.
domingo, 14 de abril de 2019
...
Mira,
me vas dir, no hi han estrelles al cel,
només
una capa de foscor on brillaven mils d'estels.
No
hi ha senyal que guie lo nostre camí ara,
astirem
perduts per a sempre si les llums no tornen.
No
hi han estrelles al cel, te vaig respondre,
mes
la llum mai t'abandonara mentre io estigue aquí.
Perduts
vam estar des de que vam començar este camí.
sense
rutes ni destins ni cap banda que anomenar llar.
¿On
anirem sense res que mos fase de guia?, me vas dir.
On
los teus peus mos porten, amor meu, simplement.
lunes, 1 de abril de 2019
De citas a ciegas y trampas de fuego.
Llego al lugar
indicado a la hora en punto. Una antigua casa de campo reformada
recientemente que se levanta en lo alto de una colina a poca
distancia del pueblo. Las vistas son espectaculares pero no me puedo
parar a contemplarlas pues está lloviendo y no quiero que se mojen
los libros que llevo bajo el abrigo. Entro sin llamar como estaba
indicado y espero en el vestíbulo.
Todavía no sé
quién me ha citado aquí ni con qué intención. Un wassap recibido
el día antes con un remitente oculto me animaba a estar aquí con el
pretexto de una “reunión relacionada con la literatura”,
acompañado de una ubicación gps y diciendo que levara alguna de mis
obras. Por un momento me arrepiento de haber acudido con tan pocos
datos y a un lugar tan remoto, pero aparece una chica y me saca de
mis ensoñaciones de huidas misteriosas.
-No lo sé. ¿Qué revista?
La chica sonríe aún más y me indica que la siga. Parece como si mi
ignorancia sobre el tema fuera la clave para identificarme.
Caminamos
a través de salas y pasillos de la antigua casa cuando me doy cuenta
de que no me había fijado desde fuera en lo enorme que es. Llegamos
finalmente a una sala presidida por una mesa y me invita a sentarme.
Hay tres personas más y conozco a dos de ellas. El primero es TA,
un joven escritor de novela negra con quien no había tenido todavía
el placer de coincidir; la segunda PC, una autora de novela romántica
tirando a pornográfica con
quien tengo cierta amistad.
La tercera es una muchacha joven, muy elegante, que me indica que ha
sido ella quien nos ha citado allí. ¿Para qué? En seguida lo
sabremos.
Tras los saludos de rigor y las caras de desconcierto la puerta se
abre y aparece una mujer de edad indeterminada, pero sin duda la
mayor del grupo y se sienta en la silla que encabeza la mesa. Parece
ser que el misterio se va a resolver en breve.
La mujer mayor, que no vieja, se presenta como la directora de
redacción de B, una importante y afamada revista local que se
publica de forma semestral con grandes celebraciones y fanfarrias,
paradigma de todo lo rancio y anticuado del lugar, fotografías y
reportajes de semana santa, fiestas de moros y cristianos, artículos
escritos por curas y olor a naftalina y barón dandi. La he ojeado (y
hojeado) en varias ocasiones pero en definitiva, nunca la he leído
ni he creído conveniente acercarme a ella. ¿Y qué tenemos que ver
nosotros con esa publicación? Muy sencillo. Nos explica que la
revista agoniza ya que la media de edad de sus lectores es tan
elevada que amenaza con convertirse en papel destinado a cementerios.
Ha llegado el momento de darle un cambio, un revulsivo, una vuelta de
tuerca inesperada que atraiga a la gente joven y para ello necesitan
de escritores como nosotros tres, para llenar las páginas de B de
acción, sexo, tiros y monstruos devoradores de carne.
Se hace el silencio. Mis compañeros de letras asienten convencidos y
yo les imito, pero hay algo que no me cuadra. ¿Alguien realmente
cree que cuando la gente mayor que compre la revista al salir de misa
y vean todo eso van a reaccionar de forma positiva y se la van a
pasar a sus nietos? ¿Soy el único que piensa que se va a armar una
escandalera y que nosotros tres estaremos precisamente en el punto de
mira? ¿Acaso nadie más piensa que todo esto huele a “para lo que
me queda en el convento me cago dentro” y la directora de la
revista quiere hacerlo saltar todo por los aires sin mancharse las
manos de pólvora?
Pero
no queda tiempo para protestas, dudas o sospechas. Apretones de
manos, sesión de fotos, palabras de ánimo e ilusión, todos
contentos hacia los coches, menuda tarde divertida
hemos pasado, esto da
para una entrada de blog.
Habrá que cenar algo
ahora al llegar a casa, que es tarde y mañana hay trabajo. Al final
una última mirada atrás, hacia esa casa en lo alto de la colina y
que por algún juego de las luces del atardecer parece mirarme y
sonreír malévolamente.
Esto no puede acabar bien.
¿Continuará?
sábado, 23 de marzo de 2019
De monos y medio personas
Creo
que no revelo ningún secreto si digo que no me gusta la gente.
Compartir espacio vital (el planeta) con otras personas me parece
incómodo, así como escuchar otras opiniones y puntos de vista sobre
cosas que ya tengo bien definidas, aunque me equivoque. Pienso que
nuestro paso por esta vida ya es lo suficientemente breve como para
malgastar el tiempo con nuestros semejantes y que el individualismo
es la mejor opción de vida visto que cosas como la empatía o la
solidaridad acaban siendo eclipsadas por la codicia y la arrogancia.
¿Por qué resistirnos entonces y seguir fingiendo que somos parte de
un todo, de una especie de proyecto común? ¿Por qué no quitarnos
las máscaras y mostrarnos como pequeños nódulos de ego que buscan
la manera de extenderse e infectar todo a su paso?
Y es
precisamente por esto por lo que yo trato de ir con la cara por
delante y afirmo eso (que ya he dicho que no es ningún secreto) de
que no me gusta la gente.
Lo he
intentado, también es cierto. He intentado muchas veces unirme a la
fiesta de disfraces, al baile de multitudes sonrientes. Hace poco
incluso traté de ser uno más en una conocida red social pensando
que la distancia física con las personas que interactuaba me
serviría de colchón de aire para poder resistir a tanta estupidez y
fusionarme con esa comunidad. Pero no. Siempre fracaso. No me gusta
la gente, y punto.
Afortunadamente
a veces me encuentro con personas que son capaces, con una sola
frase, de demostrarme que todavía queda esperanza. En conversaciones
casuales que capto en lugares públicos, televisión o radios oigo
cosas que me animan a seguir ahí y no largarme a una cueva oscura y
húmeda donde languidecer feliz hasta el día de mi muerte.
Efectivamente cuando oigo cosas como “Ni machismo ni feminismo,
igualdad”, “Si no los torearan se extinguirían” o “Voy a
votar a la ultraderecha porque peor no nos puede ir”, me doy cuenta
de que queda mucho ahí afuera por ver, por descubrir… Y me dan
ganas de sondear ciertas mentes para quizás comprobar asombrado que
si ellos son gente, yo no lo soy. Y eso sería una gran noticia. ¿Y
a qué viene todo este rollo os preguntaréis? Pues a que hace muy
poco oí una frase que hizo que todas mis neuronas trabajaran al
unísono y me estalló (figuradamente) la cabeza.
Hallábame
yo en un bar cutre esperando a que me prepararan un bocadillo de
berenjena (lo digo en serio) cuando el aire me trajo una frase suelta
de una conversación de la mesa de atrás. “Yo no creo en la
evolución porque si es verdad que venimos del mono… ¿Por qué no
hay monos medio personas?”
Os dejo
un rato para pensarlo.
Y es
que es verdad, joder. ¿Por qué no hay monos medio personas, jirafas
medio cebras, ovejas medio cabras, pulpos medio cangrejos o lagartos
medio pájaro todos aquí y ahora en este preciso momento del
espaciotiempo? ¿Donde están los dinosaurios, los dodos y los
mamúts? ¿Por qué si todo evoluciona no tenemos continuamente todas
las fases de esas evoluciones coexistiendo como si nada? ¿Por qué
no podemos cruzarnos un día por la calle con un neanderthal de esos,
un cromañon o un homo erctus? ¿Por qué si nuestra sociedad ha
evolucionado desde las cavernas no hay nadie viviendo en la edad del
bronce, el medievo o cazando ovejas con piedras y lanzas? Me parece
tan injusto y poco creíble todo…
Pero
voy a ir más allá. ¿Por qué no podemos ser nosotros, los hombres
y mujeres de principios del siglo veintiuno solo una fase de nuestra
evolución y coexistir con seres humanos mucho más avanzados?
Imagindad que estáis en el cine y de repente entra un señor alto y
calvo, de complexión estilizada y dedos largos que flota a cinco
centímetros del suelo gracias a los poderes superdesarrollados de su
cerebro superior y se acerca a nuestro asiento y nos dice “Aparta
monito, que este asiento es el mío” y no podéis rechistarle
porque su energía mental os obliga a obedecer. Y cuando le tenéis
al lado comiéndose vuestras palomitas y magreando a vuestra novia os
mira y sonríe para decir eso de “Te faltan cien mil años para
llegarme a las suelas de los zapatos, pringadillo”. Y entonces ríe
y la película te parece una mierda porque probablemente lo fuera de
todos modos.
Es que
no se puede ir al cine entre los precios y los películos que hacen
que solo vale la pena el trailer y todo lo demás es paja.
lunes, 11 de marzo de 2019
De biblias y longanizas
Es domingo por la
mañana y me aburro. Llevo tantos años sumido en las rutinas
familiares que cuando me encuentro, por una de esas raras carambolas
de la vida, solo y sin ninguna tarea que hacer, no sé donde meterme.
No tengo ningún libro a medias, ningún videojuego instalado ni
nadie a quien buscar para echar una partida rápida de algo. Solo me
queda dar vueltas por mi cuarto, echar miradas fugaces a las
estanterías y finalmente encender el ordenador para procrastinar
viendo porn… Pero de pronto suena el timbre y todo cambia.
Voy a ver quien es
ilusionado, abro la puerta y me encuentro con una pareja de señores
vestidos de traje y que llevan sórdidos maletines de cuero marrón y
varias revistillas y panfletos en las manos, Testigos de Jehová, sin
duda, y pienso que a falta de pan buenas son tortas.
-Buenos días don
caballero -me dicen. -¿Le gustaría escuchar acerca del gran y
poderoso..?
-Claro que sí, será
un placer, pasen, pasen -les interrumpo abriendo la puerta de par en
par.
Los dos hombres se
miran extrañados pero parecen contentos y entran en casa. Les guio
hasta el sótano donde tengo mi zona personal y les muestro un par de
sillas. Se sientan con algo de inseguridad mientras observan las
miniaturas de monstruos a medio pintar y los libros de vampiros y
licántropos.
-¿Me vais a leer la
biblia? -Les digo contento.
-Si, bueno, claro.
Es lo que solemos hacer cuando no… ya sabes.
-¿Cuando no qué?
-Cuando no nos
cierran la puerta en las narices, que es… Siempre.
-La gente es que es
muy poco considerada -les comento. -¿Pero sabéis qué?
-Qué.
-Hoy habéis tenido
suerte. ¿Os parece bien Corintios? Siempre me ha gustado esa parte,
pero tengo algunas dudas que seguro que os gustará aclararme.
Los dos hombres se
miran extrañados. Uno saca su biblia y comienza a buscar la parte
señalada, pero noto cierto temblor en sus manos. No se sienten
cómodos, miran alrededor sin parar y empiezan a sudar. Por algún
motivo (quizás sea la primera vez que alguien les abre la puerta)
desconfían de mi y su incomodidad es perfectamente visible. Debo
hacer que se sientan cómodos como sea.
-Mientras buscáis
el capítulo voy a subir a prepararos algo. ¿Qué queréis tomar?
-No gracias, es
usted muy amable pero no quere…
Pero cuando termina
la frase yo ya estoy arriba buscando por los armarios.
-¿¡Agua o
refresco!? -Les grito desde la cocina.
-...agua, gracias…
-¿¡Algo para
picar!? ¿¡Frutos secos, frutos mojados, preparo unas longanicillas
de esas sin sangre para que no os traguéis el alma de un cerdo y
dios no os rechace cuando os muráis!?
-Ehhh… No se
moleste. Si nosotros ya nos íbamos.
Busco un cuchillo
para cortar el cordelito de las longanizas pero no hay ninguno
limpio, así que cojo el jamonero que me regalaron por mi cumpleaños.
Una afilada hoja de casi medio metro con el filo curvo y un mango de
plástico imitando cuero del serengueti. Bajo un momento a
preguntarles si quieren una o dos cada uno y al verme aparecer por la
puerta dan un salto y uno se monta en brazos del otro como Escubi Dú.
-No os marchéis
-les digo apuntándoles con el cuchillo. -Si ahora viene lo mejor.
Dadme un minuto y estoy con vosotros… para siempre.
Ambos asienten
mientras subo otra vez.
Preparo la sartén,
chorrito de aceite y un par de ajos cortados. Cebolleta pochada con
un toque de azúcar y las longanizas en rodajas para que no se queden
crudas por dentro. Dos vueltas a fuego rápido, toque de pimienta y
listo. Las pongo en platitos, los decoro con una brizna de césped
(no me queda perejil, pero total nadie se lo come) y contemplo mi
pequeña obra de arte. Menudo lujo de almuerzo nos vamos a pegar
mientra me leen cosas de Judea. Pero al llegar abajo ya no están.
Dejo los platos en la mesa y veo por el desorden de las sillas que se
han marchado apresuradamente y de forma sibilina. Y para colmo se han
dejado la biblia abierta encima de la mesa. Su herramienta de
trabajo. Debo devolvérsela.
Salgo a la calle y
olfateo el aire. Detecto un leve rastro de miedo que se dirige hacia
la esquina más próxima. La giro y ahí están, caminando a paso
rápido. Les llamo la atención.
-¡Eh, vosotros!
¡Volved! ¡Os habéis dejado..!
Pero no parecen
oírme porque aceleran el paso y voy tras ellos. Cuanto más corro
más corren y al final la cosa termina en un sprint desenfrenado. No
comprendo como pueden alcanzar tanta velocidad vestidos así,
cargando sus maletas y con zapatos rígidos. Doy lo mejor de mi mismo
pero parecen imbuidos por algún tipo de fuerza y resistencia
sobrenatural. Adelantan a unos corredores profesionales que acaban
picándose y protagonizan una carrera de fondo espectacular, cruzan
un puesto de frutas tirando todo el género por los suelos ante la
furiosa mirada del tendero chino, se deslizan sobre el capó de un
coche que está a punto de atropellarles, saltan entre tejados,
rebotan en toldos de bares, se balancean en lianas y cruzan ríos
saltando sobre cocodrilos que protestan. Finalmente me doy cuenta de
que no voy a poder atraparles, así que cojo impulso y les lanzo la
biblia con todas mis fuerzas.
El libro describe un
arco en el aire y se dirige justo a uno de ellos, que no se lo espera
y recibe el impacto de los textos sagrados en la sien; pierde el
conocimiento y cae a los pies del segundo que tropieza, da una
voltereta en el aire y cae de espaldas en el suelo quedando
inconsciente también. La biblia acaba en el regazo del segundo y al
ver la escena doy mi buena obra del día terminada.
Además, lo bueno de
la gente tan religiosa es que si les hieres de gravedad y se mueren,
les haces un favor al permitirles reunirse con su dios antes de
tiempo.
Al volver a casa
pongo un lavavajillas. Esto de ir por ahí con cuchillos jamoneros no
da buenos resultados. ¿Veis? Ya tengo algo que hacer.
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