martes, 17 de marzo de 2020

De reclusión y vuelta a la realidad (otra vez)


Parece ser que lo he vuelto a hacer. Una vez más se me ha ido el santo al cielo y me he pasado semanas enteras encerrado en mi búnker de la cultura, mi laboratorio de ideas, mi sumidero de imaginación, sin dejar de escribir para poder ofrecer al mundo más historias para su disfrute y deleite. Aunque no sé porqué, tengo la sensación de que mi próxima novela, una historia de amor entre una bella dama cabezona y un marinero bizco adicto a las espinacas en lata, no va a ser todo lo original que me parecía en un principio. Pero da igual.

Me levanto de mi silla, subo al aseo a vaciar el orinal y al mirarme en el espejo me horrorizo con mi imagen. Pelo alborotado y enmarañado, barba larga y llena de mollas de galleta, ropa empapada en sudor viejo… Doy muchísima pena. Y asco. Es por ello que decido cambiarme y salir a la calle otra vez.

Reconozco que al principio lo hago con cierta aprensión. Mi última salida del anterior encierro no resultó todo lo tranquila que esperaba (ver esta entrada para más datos) pero de momento todo va bien. Hace un día estupendo, el sol brilla y me da calor, los pajaritos entonan bellas melodías que parecen dedicadas solo para mí, y de hecho lo parece porque estoy solo en la calle. No es que viva en la zona más transitada del pueblo, pero me parece raro no ver un alma. Los coches están perfectamente aparcados pero con una fina capa de polvo y excrementos pajariles sobre ellos, los comercios cerrados, los parques infantiles vacíos y no se oyen las voces de ciclistas borrachos en los bares. A ver si ha pasado algo raro y otra vez no me he enterado… En cualquier caso sigo caminando pues necesito estirar las piernas y llegar cuanto antes a mi destino, que como ya habréis deducido a lo largo de la lectura no es otro que… ¡Ostras qué susto, un coche de la policía viene directo hacia mí con las sirenas puestas y las luces de tener prisa!

Los agentes bajan del coche y me apuntan con unas porras de casi dos metros.
-¡Quieto ahí, infractor! ¡Ponga las manos en un lugar en el que podamos verlas y no se mueva a no ser que tenga que toser, en cuyo caso lo hará en el codo.
-¿Toserme en el codo? ¿Qué guarrada es esa? ¡Pero si ni siquiera me llego! -les respondo alarmado.
-Siga las normas, jodido delincuente, o tendremos que aplicarle el protocolo antiplaga y le aseguro que no será agradable para ninguno de nosotros.

No tengo ni idea de qué están hablando pero no me atrevo a preguntar en qué consiste ese protocolo por miedo a que incluya la palabra “rectal” en alguna de sus maniobras.
Los dos policías, protegidos con guantes, mascarillas y coquillas me registran y comprueban mi identidad mientras hablan por radio con otros agentes, informándoles de mi presencia en la calle. Cuando terminan, vuelven a dirigirse a mí.

-¿Se puede saber qué es tan importante como para romper el toque de queda?
-Pues yo iba a…
-Debe usted saber que salir a la calle sin que suponga un caso de extrema necesidad es sancionable con multas de un pastizal inasumible para un escritor, incluso penas de cárcel que van desde una semana a mil años, según esté de ánimo ese día el juez.
-Yo, es que la verdad, iba a…
-Estar a la intemperie en tiempos de plaga supone un delito contra la salud púbica, digo pública, que pone el peligro el delicado entramado social que hace que esta sociedad capitalista y enferma se mantenga en pie, a pesar de que esté fagocitando los recursos naturales de nuestro planeta.
-Oigan que es que yo solo quería ir a…
-¡Silencio, maldito hereje! Ahora dígame a donde se dirigía o caerá sobre usted todo el peso de la ley.
-¡Pero si llevo media hora intentando decírselo!
-¿Entonces iba usted a..?
-¡A la peluquería! ¡Iba a la peluquería! Mire qué pelos. Parezco el primo cavernícola de Alan moore, el hermano peludo de Slash, el…
-A… a… ¿A la peluquería? -dice el agente palideciendo de repente.
-Sí, lo siento mucho. No sabía nada de este toque de queda ni de ninguna plaga ni nada. Lamento haber salido de casa por una causa tan absurda y superficial como recortarme un poco las puntas. ¡Merezco cualquier castigo aplicable sobre mi persona! -exclamo cayendo de rodillas y arrancándome la camiseta del Primark a lo Camarón.
-Usted perdone ciudadano. Ir a la peluquería se considera una necesidad de primer grado junto con comer y hacer caca posteriormente. Todo habitante libre de este país tiene el derecho a cortarse las puntas, hacerse mechas o ir simplemente a leer las revistas del corazón atrasadas de las peluquerías cuando lo desee.
-¿Comorl?
-No se hable más. Disculpe nuestra confusión y siga su camino. Nosotros le escoltaremos para asegurarnos que llega a su destino sin problema alguno. ¡Por dios, el hijo del rey y España!

Los dos policías hacen el saludo de rigor, se meten en el coche y me siguen a una distancia prudencial con las luces puestas y la sirena a tope mientras yo camino hacia la pelu. Cuando estoy a dos calles reviso mi cartera y me doy cuenta de que me he dejado el dinero en casa, así que tendré que dar la vuelta, regresar atravesando el antiguo cementerio abandonado donde el virus habrá causado una curiosa y terrible reacción en los cuerpos de los fallecidos y más tarde pasar por esa vieja colina donde el arcano monolito repleto de signos blasfemos habrá empezado a vibrar después de eones de tranquilidad cósmica… pero eso ya será otra historia.

jueves, 5 de marzo de 2020

De gente mayor y ganchos de izquierda


En un momento toda la gente allí presente habían formado un corrillo a nuestro alrededor, dejándonos un espacio circular de unos cuatro metros de diámetro para la pelea. Mi primera pelea, por cierto.
Yo soy una persona pacífica, quizás demasiado. Ya en el cole me llevé más de un golpe por mi actitud pasiva ante cualquier atisbo de problemas y eso con los años degeneró en una cobardía congénita que me hizo eludir los problemas de formas en algunas ocasiones, vergonzosas. Por supuesto nunca me han faltado excusas y siempre he adornado mis rastreras huidas con frases como “dos no se pelean si uno no quiere” o “la violencia engendra violencia”, sacadas de pelis de chinos cobardes la mayoría. Pero en esos momentos no tenía otra opción que luchar. Me habían presionado y acorralado y no tenía escapatoria, por no hablar del público que observaba en silencio como en las pelis americanas de pandilleros. Menudo papelón. Pero volvamos al principio.

Un corrillo de gente, decía, en silencio, expectantes, y en medio del corrillo yo, con la guardia baja y mi rival, puño en ristre gritándome “¡Que te doy con la izquierda! ¡Que te doy con la izquierda!”. Y es que su amenaza tenía un sentido porque se trataba de un señor de noventa y dos años con la mitad derecha de su cuerpo paralizada por un ictus.

Os voy a ahorrar explicaciones de como llegué a esa situación. La vida a veces da muchas vueltas y terminas en el lugar equivocado con las personas equivocadas. Lo que sí tenía claro era el dilema con el que me enfrentaba. Ese señor además de frágil estaba muy enfermo. Mantenía un puño en alto pero su otro brazo colgaba sin vida en su costado, al igual que la pierna derecha que apenas le sostenía y utilizaba para pivotar como un compás. Pero lo más terrible era su rostro, con ese ojo de mirada perdida, ese labio caído… Y esa voz rota y profunda que gritaba “¡Que te doy con la izquierda!” con un tono que hacía presagiar que cumpliría su amenaza. Y mi dilema, que casi me olvido. ¿Qué debía hacer yo en ese momento? Tomar la iniciativa y zurrar a ese pobre anciano aprovechando mi superioridad física sería un abuso que seguro me dejaría en un mal lugar en la sociedad… Pero dejarme pegar por un viejo paralizado supondría una vergüenza que debería llevar sobre mis hombros durante el resto de mi vida. Por suerte soy una persona con una inteligencia superior y una velocidad de análisis envidiable por lo que pensé un plan maestro en cuestión de segundos. Ahí va.

El plan maestro en cuestión de segundos.
No podía empezar la pelea, eso estaba claro. Darle un puñetazo, ponerle la zancadilla o simplemente darle un empujón para que perdiera el equilibrio y luego pisarle la cabeza habría sido un exceso de fuerzas, una injusticia y por ende, una mancha en mi reputación de tipo pacífico y diplomático para siempre. Dejarme zurrar tampoco me parecía bien, así que busqué un punto medio. Fingiría un ataque, lo que viene a llamarse una finta de toda la vida, resistiría ese izquierdazo que llevaba rato anunciando el viejo y luego devolvería el golpe con elegancia. Un único golpe en el mentón, directo, limpio, definitivo. Defensa propia, te he pegado porque me has pegado, tú te lo has buscado, es que no has aprendido nada con noventa años por estos mundos… La gente lo entendería, seguramente no me alabarían ni me sacarían del ring a hombros, pero sin duda no condenarían mi acción y eso era suficiente. Volvamos a la pelea.

Subí la guardia, juego de piernas y moví ligeramente un hombro, algo que el anciando percibió como el inicio de un ataque y me golpeó. Su puño arrugado y descolorido cruzó el aire a una velocidad nada desdeñable y se estrelló contra mi pómulo, emitiendo un “crack” que os aseguro que no fue de mi cara. La mano se le dobló de una forma rara y seguramente se le rompería algún dedo, pero lo importante es que yo no noté nada. Sus viejos huesos o cartílagos habían absorbido toda la inercia por mi. La gente allí presente emitió un leve “Oooohhh” al ver la pasividad con la que había recibido ese golpe directo a la cara y supongo que durante años hablarían de la gesta de ese tipo que tenía la cara tan dura como el acero, aunque no fuera así. Pero no nos perdamos con fantasías que llega mi turno.

Mi turno.
La cosa ya estaba decidida. Había recibido un golpe y eso me autorizaba a contraatacar si cargas morales posibles. Preparé un puñetazo ante la sorprendida mirada del viejo y se lo estrellé en la cara. Esta vez sonó una especie de “chaf” ya que le di en el lado derecho, el malo, y su rostro blando e insensible recibió el golpe con total indiferencia. El viejo apenas se inmutó y la gente allí reunida soltaron un sonoro “Ooohhh” al ver como ese anciano había resistido el golpe de un joven vigoroso como yo.

No si al final el héroe de acero acabaría siendo él y yo me quedaría en el cutre ese que no podía ganar a un viejo que le triplicaba en edad. Esperé un segundo golpe que tampoco me dolió y le solté otro… En el mismo lado y con idénticos resultados. A esos golpes les siguieron otros. Yo era inmune a los suyos y él se cuidaba de dejarme a la vista su lado invencible, pivotando hábilmente con su pierna mala. Los golpes se sucedían sin cesar, el público nos observaba expectante, la pelea parecía que iba a seguir hasta el fin de los tiempos… pero entonces llegó el enfermero jefe de planta y se puso en medio. “¿Qué está pasando aquí?” dijo claramente enfadado. Entonces todos los demás enfermos deshicieron el corrillo y se marcharon como si nada, el anciano fue llevado de nuevo a su habitación y yo me quedé solo, sin saber si mi orgullo estaba herido o solo magullado, sin saber si había actuado bien o si me había equivocado, sin saber si eso realmente había sido mi primera pelea o solo un entretenimiento común en ese hospital de locos en el que estaba confinado.

lunes, 17 de febrero de 2020

Una alegre reflexión


Aunque os cueste creerlo, yo no he sido siempre la persona risueña y optimista que ahora conocéis. Hace ya algún tiempo en mi adolescencia tardía era un chaval bastante introvertido, sombrío y con cierta apatía hacia lo que viene a ser la vida misma. Recuerdo que en esos tiempos miraba mucho las estrellas, me hacía preguntas trascendentales y así entre tanto cosmos y metafísica comencé a perder el contacto con la realidad terrenal y acabé pensando que la vida en este mundo no tenía sentido alguno.
Fue entonces cuando tomé la decisión de morir.
Pero no me malinterpretéis pues yo no era el típico suicida en potencia que quiere hincharse a pastillas o tirarse por un puente. Yo no buscaba el suicidio ya que ninguna opción me parecía lo suficientemente limpia. No quería que me encontraran en una bañera llena de sangre, despanzurrado contra el suelo, hecho pedazos en las vías del tren o azul e hinchado enganchada en el cañizo de la orilla del río. Yo quería morirme de forma natural, por orden directa de mi consciencia soberana.

Lo que hacía era acostarme en mi cama todas las noches, relajarme, tomar consciencia de mi propio cuerpo y dar la orden desde el cerebro para que todo se detuviera. Nada violento ni forzado, simplemente buscaba la obediencia total de mi sistema orgánico y que parara su marcha absurda de una vez. Pero como ya habréis deducido, no lo logré.
Reconozco que con el tiempo y la práctica logré cosas asombrosas como reducir el ritmo cardíaco, la frecuencia de mi respiración y que quizás llegué a alcanzar un estado casi místico entre el sueño y la consciencia. Puede que no fuera el primero del mundo en descubrir esa fase, pero sí que lo logré solo y puede que en otro momento de mi vida hubiese explotado esa actividad para usarla a mi favor y yo que sé, eliminar mi estrés, lograr concentrarme para actividades futuras o convertirme en una especie de líder de secta iluminado, pero no; yo quería morirme y no lo conseguí. Y eso me hizo pensar.

Me di cuenta de que todo esto es una mentira. Nuestra consciencia no tiene ningún control sobre el cuerpo más allá que la función superficial de mover algunos músculos y tomar decisiones habitualmente irrelevantes. Me di cuenta de que los seres humanos no somos más que un puñado de células que se han agrupado para sobrevivir y no les importa el dictado de la voluntad de ese ser que conforman. “¿Morirme yo? Porque tú lo digas, colega”. Me di cuenta, por tercera vez ya, de que estamos atrapados en esta cárcel de carne, que se va estropeando lentamente (es lo que le pasa a la carne fuera de la nevera) y que a su vez estamos cautivos en este punto insignificante del universo y del tiempo, con una capacidad de maniobra mínima y por lo tanto ninguna posibilidad de llegar a ninguna parte. Somos zulos de nuestras consciencias, seres obligados a repetir una y otra vez actividades como comer, dormir o hacer caca para seguir vivos, por mucho que nos pese no ser capaces de llegar a otra parte.

Y no os creáis… Así nos va y no me extraña.

lunes, 10 de febrero de 2020

De reclusión y vuelta a la realidad (y reclusión otra vez)


Salgo a la calle después de dos meses metido en mi sótano escribiendo de forma frenética. El sol me deslumbra, los sonidos de la calle me aturden y el aire fresco sobrecargado de oxígeno me marea, pero por fin he terminado. Huelo mal, tengo la ropa interior pegada al cuerpo y sobretodo tengo muchísima hambre, así que emprendo mi tambaleante camino hacia la tiendecita del barrio donde tienen los mejores cruasáns rellenos de chocolate líquido de toda la zona. Pero no necesito caminar mucho para darme cuenta de que algo ha cambiado desde la última vez que pisé la calle.

Apenas hay nadie a pesar de las horas que son, hay coches volcados, suenan sirenas de policía, ambulancia y bomberos a lo lejos y columnas de humo se alzan desde distintos puntos de la hasta hace poco tranquila localidad. Es como si hubiera empezado una invasión zombi y yo sin duchar. Pero el hambre no me deja pensar demasiado, así que aprovecho que me cruzo con un conciudadano que pasaba corriendo y le agarro por el cuello de la camisa.
-¿Qué está pasando aquí, vecino?
-¿Es que no lo sabes? -me responde con cara de susto-. ¡Los comunistas han llegado!
-¿Los comunistas? ¿Qué comunistas? ¿Los que les patearon el culo a Hitler o los que torturaron a Rambo en ese colchón electrificado?
-¡Todos, todos los comunistas! Han pactado en el gobierno con etarras, venezolanos, independentistas y reptilianos para…
De pronto interrumpe su calmada explicación al ver algo detrás de mi, lanza un grito de terror y se escabulle de mi agarre, dejándome con su camiseta en la mano. No es de mi talla, así que descarto utilizarla y la deposito en el contenedor más cercano a la vez que me fijo en aquello que asustó al hombre y veo pasar a lo lejos a un chaval con rastas.

Sigo mi camino hacia la tienda y me veo obligado a dar un pequeño rodeo para esquivar un todoterreno que está cruzado en la acera empotrado a un árbol; dentro el conductor juega al Tetris 3D en el móvil.
-¿Necesita ayuda buen hombre? -le pregunto tratando de ser cortés, aunque dudo que pueda prestarle cualquier tipo de socorro.
-No, tranquilo, llevo quince días aquí y ya me he acostumbrado.
-Ah, me alegro. ¿Y a qué se debe este raro accidente?
-Ha sido Gloria -me responde tranquilo.
-¿Gloria? ¿Quien es Gloria? ¿Una especie de Hulka cabreada?
-No, Gloria, el temporal. Pasó por España y destruyó todo a su paso, Delta del Ebro incluido.
Vaya, la tierra que me vio nacer y crecer ha desaparecido… No me extraña teniendo en cuenta la pésima gestión hídrica que se ha hecho desde los distintos gobiernos con competencias en esa materia.
Dejo atrás al conductor y sigo mi camino.

Cuando llego a la tienda encuentro la entrada protegida con una barricada de sacos de arena y detrás de ella la dependienta, mujer amable hasta el día de hoy, me amenaza con un cuchillo de pan.
-¡Que no me quedan mascarillas hostia!
-¿Comor? -le pregunto imitando a Chiquito para parecer gracioso y que no me asesine.
-¡Que no hay, se agotaron hace días y no sé cuando me van a reponer!
-¿Y por qué iba yo a querer una mascarilla?
-Para el coronavirus, por supuesto.
-¿El coronavir… qué?
-El coronavirus es la epidemia de este milenio que diezmará la población hasta un 1% y volveremos a un estado tribal donde imperará la ley del más fuerte y desaparecerá todo rastro de civilización y tecnología.
-Pues al señor ese del Tetris 3D no le va a hacer ninguna gracia… En cualquier caso yo solo quería un cruasán relleno de chocolate líquido.
-No me quedan. Solo me quedan de chocolate solido, que no le gustan a nadie y todo el mundo se lleva los otros.
-¿Y si nadie quiere los sólidos porqué traes? ¿No sería mejor comprar solo líquidos para contentar a todo el mundo?
Entonces la dependienta me mira con severidad.
-¿Es que no piensas en los fabricantes de chocolate solido? ¿Que será de ellos si rechazamos sus productos? ¿Cuantas familias morirán de hambre por culpa de gente tan intransigente como tu?
La mujer me hace reflexionar, así que compro un cruasán de chocolate solido, lo vacío tirando su contenido a la basura, que por cierto ya se me acumula de mala manera, y lo relleno de nocilla que tenía en casa.
Como está el patio. Tendré que encerrarme otra vez a ver si las cosas se arreglan solas.

lunes, 3 de febrero de 2020

Un relato sin nombre, parte 10 y final.

Pues ya está, ahora sí. Este bello relato de ninjas y frágiles amistades ha llegado a su fin y con él quizás también mi carrera como escritor.
¿Qué será lo próximo?
No os lo podría decir.
Solo quiero que sepáis que os quiero a todos y cada uno de vosotros, queridos lectores.

Ah, y si quieres empezar a leer esto desde el principio, haz clic aquí.
10

Por un momento se hizo el silencio. Allí, en medio de la gran sala decorada al estilo oriental donde solo unos instantes antes la última ninja de un clan ya casi olvidado decidido a salvar el mundo y Onikage, el malvado líder de los ascendidos, animales iluminados con ínfulas de superioridad, se batían en duelo para hacerse con Kusaragi, un arma mítica capaz de decantar la balanza de uno u otro bando; se hallaba Roberto, un joven hastiado que ahora ostentaba todo el poder de un arma legendaria en su brazo izquierdo, convertido en una pinza gigante de cangrejo de rio.

El malvado hombre serpiente Onikage y la bella ninja, ahora envenenada e incapaz de seguir luchando Sandra, observaban al resucitado Roberto mientras éste contemplaba asombrado lo que hacía tan solo unos segundos era su brazo gangrenado y que le estaba matando. Ahora parecía en perfecto estado de salud, más fuerte y alto incluso, rodeado por un aura de energía mística celestial proporcionada por Kusanagi.

-¿Pero qué has hecho idiota? -Dijo Sandra desde el suelo-. Debías restablecer a Kusanagi a su forma de espada original u otra arma igualmente eficaz, pero… ¿Una pinza de cangrejo? ¿En qué estabas pensando?

-En una vez cuando era pequeño -comenzó a relatar Roberto-. Mi padre me llevó de paseo junto al río. Atravesamos un bosque de ribera precioso con el suelo acolchado de hojas húmedas de los árboles. Después llegamos a un rincón donde el río giraba en un meandro y dejaba una zona cubierta de arena blanca y fina donde nos sentamos a descansar. Mi padre me hablaba de plantas y peces y me explicaba historias de su niñez, cuando paseaba por esos mismos parajes con mi abuelo. Me sentía el niño más feliz y afortunado del mundo cuando vi algo acercándose a mi desde el agua. Era un pequeño cangrejito de color rojo que avanzaba con las pinzas en alto, como saludándome. Yo, en ese momento de bucólica inocencia pensé que nada de lo que habitara en ese lugar podría hacerme ningún daño así que acerqué mi tierna manita al animalillo y éste me respondió clavándome su pinza en el pellejito entre dos dedos. Creo que esa zona tiene un nombre, pero no me acuerdo. Es igual. La cuestión es que me dolió muchísimo, no solo por el dolor físico sino por como se destruyó mi idílico momento de paz junto a mi papá. Es por eso que ahora, el arma más terrible que ha venido a mi mente ha sido una pinza de cangrejo.

-¡Pero no nos cuentes tu vida, miserable humano subdesarrollado! -Rugió Onikage apretando sus cuchillos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos-. Has transformado un arma legendaria forjada sobre las nubes en el mismo palacio de jade en una miserable pinza de un cangrejo que te hizo daño cuando eras un crio idiota. Ahora voy a tener que arrancarte este nuevo brazo para recuperar la espada. ¡Prepárate a morir!

Y dicho esto el malvado Onikage se lanzó contra Roberto con sus cuchillos envenenados como si fueran los colmillos afilados de una serpiente de cascabel. Pero Roberto, que por mucha Kusaragi que tuviera, seguía siendo un cobarde incapaz de luchar, se hizo un ovillo en el suelo cubriéndose la cara con la pinza y los cuchillos se estrellaron contra el caparazón. El primero se rompió y el segundo saltó de la mano de Onikage al topar con la dura coraza de quitina. Roberto se levantó al comprobar que estaba ileso para ver como Onikage, más enfurecido todavía que antes comenzaba a transformarse en un ser de aspecto híbrido entre el humano y una serpiente. Su cabeza, hombros y brazos seguían siendo los de un robusto humanoide, pero de cintura para abajo su anatomía cambiaba para ser la de una enorme y gruesa serpiente sobre la que reptaba en movimientos rápidos y precisos.

La visión del monstruo era sin duda desmoralizante, pero por algún motivo Roberto no se amilanó. Miró su nueva pinza, le dio unos golpecitos como para comprobar su dureza y sonrió al monstruo.

-Ahora me toca a mi atacar. Vas a comprobar como puede arruinarte la vida un cangrejo de rio.

Onikage mostró su lengua bífida y se lanzó al ataque con un siseo terrible mientras Roberto corría hacia él con la pinza abierta por delante, casi dejándose llevar por ella. Chocaron como dos trenes circulando por la misma vía, de forma sonora y espectacular. Los dientes envenenados de Onikage buscaron el cuello de Roberto para inocularle una dosis mortal de veneno, pero la pinza se cerró alrededor de su hombro y le impidió llegar al contacto físico. Gritó de dolor mientras la tenaza se cerraba más y más crujiendo huesos y cortando músculos y tendones hasta que finalmente Roberto retorció su cuerpo y terminó seccionando el brazo del ascendido.

Un brazo derecho, el de escribir, señalar y tocar las notas agudas en el piano yacía en el suelo junto a un charco de sangre mientras que su sorprendido dueño Onikage se sujetaba el muñón de su hombro con la otra mano.

-¡Humano, como te atreves a herir a Onikage, el primero de los ascendidos, el destinado a liberar este mundo de humanos para instaurar un nuevo orden natural de…

-Cállate ya, hombre serpiente -le respondió Roberto con calma-. Yo no elegí nada de esto. Yo quería estar en mi casa con mi brazo normal de persona normal y ver la tele comiendo patatas fritas con sabor a jamón y lamentándome por la dulce rutina a mi alrededor, pero en cambio me he visto obligado a venir hasta aquí cruzando un desierto con un brazo agusanado para enfrentarme a un montón de gentes-cosa que me quieren matar, acompañado por una ninja que me quiere matar también porque pertenece a un clan que quiere matar a todo dios vete tú a saber porqué. ¿Pero sabes qué es lo que más me molesta de todo esto? -Onikage no respondió-. Lo que más me molesta, querido señor de los ascendidos destinado a instaurar un nuevo orden mundial… Es que en todo este tiempo no he oído las palabras “gracias” ni “por favor” ni un “bien hecho colega, no era fácil hacerse con esa pinza de cangrejo tan chula, te felicito”. Porque aquí sois todos unos desagradecidos y ya se me están hinchado las gónadas. ¡Y tu vas a pagar toda mi frustración social!

Un aura de crepitante energía mística rodeó a Roberto, haciendo que todos los muebles de la sala salieran despedidos y la pinza de pronto parecía más afilada, gruesa y cubierta de pinchos de aspecto peligroso. Sandra se arrastró hasta ponerse a cubierto y Onikage retrocedió hasta una de las paredes del fondo. Roberto gritó de rabia y se lanzó a la carga contra su rival. Tomó impulso y lanzó la pinza contra Onikage que de pronto desapareció y la tenaza golpeó el muro, abriendo un agujero que daba a la calle. A los pies de Roberto, una serpiente de tamaño normal estaba enroscada tratando de pasar desapercibida y al ver la vía de escape abierta saltó al exterior, huyendo en la oscuridad de la noche.

-¡Onikage, cobarde! -Gritó Sandra-. No le dejes escapar.

-¿Qué mas da? -Le respondió Roberto-. Ese tipo está acabado.

-Eres un idiota por partida doble, Roberto. Has mancillado la Kusanagi y encima has dejado escapar al líder de los ascendidos. Podríamos haber terminado esto aquí y ahora y en cambio…

-Cállate. Estamos vivos, que no es poco. Y tenemos la gusanagi, aunque la tenga yo y no tu. Podrías sonreír por una vez, digo yo.

Sandra no sonrió, pero sí se ruborizó ligeramente mientras se levantaba agarrada a la pinza que Roberto le ofrecía. Con dificultad volvieron a salir a la calle y se fundieron entre las sombras de la vegetación del parque aledaño. Una vez allí se sentaron en un banco y se relajaron mientras veían como el edificio ardía hasta los cimientos.

-¿Y ahora qué? -Preguntó Roberto.
-Supongo que volveremos a hablar con mi maestro. Él sabrá qué hacer a partir de este momento.
-Ya… Yo me refería a como recuperar mi brazo normal. O sea… No es que no me guste esta pinza, pero queda un poco raro ir paseándome por la calle con esto.
-Mmm… Creo que no se puede quitar.
-Menudo contratiempo entonces. Quizás sí que debería haber pensado en una espada. Al final con todo esto del cangrejo… Se me ha ido la pinza. ¿Eh? ¿Lo pillas? -Pero Sandra ya no estaba a su lado. Quizás nunca lo había estado, en realidad.

FIN

martes, 28 de enero de 2020

Un relato sin nombre, parte 9

Como aquél que no quiere la cosa llegamos a la penúltima entrega de este relato que deseo que os esté gustando más (incluso) que a mi.
Y por si sois nuevos y no sabéis de qué va esto, podéis leerlo desde el principio en ESTE ENLACE.

09

De repente para Roberto hacía mucho frio. Todo el cuerpo le tiritaba de forma descontrolada y si lograba mantenerse en pie y seguir consciente era quizás por algún tipo de casualidad técnica de su sistema nervioso. Se encontraba en una sala grande, decorada al estilo oriental al igual que el vestíbulo inferior pero quizás de un modo más solemne. Olía a incienso y daba la sensación de que el lugar estaba listo para algún tipo de celebración. En el centro de la sala había una mesa baja cubierta por una tela roja sobre la cual reposaba un objeto metálico. Sandra se acercó a la mesa con su caminar grácil y silencioso. Roberto se fijó en su figura, como si quisiera retenerla como la última visión de su vida, consciente de que ya todo terminaba para él. Ese brazo que colgaba inerte de su hombro había infectado el resto de su cuerpo y ahora la podredumbre corría por sus venas. Pero no había estado mal al fin y al cabo. Había tenido una vida de lo más cutre, siempre esperando que su suerte cambiara para mejor pero sin esforzarse por que nada sucediera. Y ahora, justo en el final se veía metido en una guerra ancestral que incluía a un clan ninja luchando contra tipos metamórficos por conseguir una espada cortadora de hierba legendaria con la que salvar el mundo… o no. La verdad es que le daba igual; casi agradecía el morir para no saber qué pasaría a partir de ese momento y así poder montarse la película a su gusto. Sandra se haría con la espada, la devolvería a su clan y con ella derrotarían a esos ascendidos, Onikage incluido y el mundo florecería de nuevo mientras él se terminaba de pudrir en una tumba improvisada en algún lugar del desierto. Todos contentos.

Y fue entonces cuando sus agotados ojos percibieron algo en la periferia. Al principio pensó que se trataría de la parca que iba a por él pero luego se dio cuenta de que era una serpiente. Una de esas grandes que salen en los documentales que se enroscan alrededor de una cabra y la estrujan antes de comérsela. Y esa serpiente se movía entre las sombras en absoluto silencio en dirección a Sandra sin que ésta se diese cuenta.

-¡Sss erp -acertó a decir-. ¡Ssserpientee!

Sandra reaccionó justo a tiempo. Saltó hacia un lado con sorprendente agilidad al tiempo que la enorme constrictora se lanzaba sobre ella. La chica preparó su arma mientras la serpiente se transformaba en un hombre alto, delgado, de facciones afiladas y ojos rasgados.

-¡Onikage! -Exclamó Sandra adoptando su postura de combate característica.
-Y tu debes ser… -comenzó a decir con voz calmada y claramente malvada.
-Mi nombre es muerte -respondió ella.
-Vosotros siempre tan melodramáticos. Pero ya que nombras a la muerte, eso será lo que tengas.

Entonces Onikage sacó dos cuchillos de sus ropas y lanzó un ataque doble contra Sandra, que desapareció con un prodigioso salto vertical para situarse a sus espaldas, pero el malo de la historia predijo el movimiento y girando como una peonza invadió el espacio en el que ella debía aterrizar. Sandra rodó por el suelo para alejarse de él pero al incorporarse notó que uno de los cuchillos le había provocado un pequeño corte en un hombro.

-La serpiente te ha mordido, pequeña. Tu viaje termina aquí.
-¿Veneno? -preguntó ella aún sabiendo la respuesta.
-Sí, pero en una dosis muy pequeña como para matarte. Solo sentirás como tu cuerpo se entumece lentamente hasta que quedes totalmente a mi merced.

Sandra lanzó un ataque furioso contra Onikage pero sus movimientos ya no fueron tan certeros como antes. Éste esquivó el golpe con facilidad y lanzó una patada al plexo solar de la chica que cayó de espaldas tratando de recuperar el aliento.
-Es una pena que solo quedes tu de los tuyos -comenzó a explicar Onikage-. Aunque no dudo de que tus intenciones fueran las mejores, no creo que te hubiese servido de nada la Kusanagi. Es un arma muy especial que requiere un trato muy especial. No puede sintonizarse con ella cualquiera. Solo aquellos que cumplan ciertos requisitos pueden hacerla suya. Eso son seres místicos como yo, o mortales que hayan alcanzado la iluminación pueden usarla. En tus manos sería solo un pedazo de hierro viejo.

-¿La iluminación dices? ¿No es un principio del budismo el que relaciona el tránsito a la muerte con el instante de iluminación kármico previo al renacer?
-Así es, pero me voy a encargar de que tu muerte se alargue lo suficiente en el tiempo como para cumplir antes con mis planes.
-No lo decía por tí, estúpido…

En ese momento Roberto había logrado arrastrarse hasta la zona central de la sala, y agarrar el mantel de la mesa. Con un dificultoso y doloroso esfuerzo lo estiró y la hoja de la Kusanagi, que no era más que una espada mellada y oxidada de más de cinco mil años de antigüedad, cayó a su lado.

-¡Usa la espada, Roberto! -Gritó Sandra mientras se arrodillaba en el suelo, incapaz de sostener su propio peso.
-Pero si no puedo ni levantarla… -se lamentó Roberto.
-Concentrate. Piensa en el arma definitiva. Piensa en aquello que sea capaz de derrotar a cualquier enemigo y Kusanagi te lo dará. Eres la última esperanza del mundo.

Onikage observaba la escena consternado. Había visto al moribundo al entrar en la sala sin considerarlo una amenaza, pero ahora tenía la Kusanagi y eso podía ser peligroso. Preparó sus cuchillos y lanzó otro ataque doble. Roberto se defendió cubriéndose con su brazo malo que absorbió las dos cuchillas haciendo caso omiso del veneno que contenían. Y entonces todo estalló.

Como una explosión de energía que se liberara de golpe tras milenios de encierro Kusanagi brilló y su luz envolvió a Roberto, que ya no era más que un cadáver exhalando su último aliento. Onikage salió despedido hasta estrellarse contra la pared opuesta y Sandra rodó por el suelo hasta situarse a una distancia prudencial donde observar el milagro. Y allí, entre la luz dorada estaba Roberto, de pie de nuevo, más vivo y sano que nunca, aunque con un cambio significativo en su anatomía. Ahora su brazo izquierdo era una enorme pinza de cangrejo.

martes, 21 de enero de 2020

Un relato sin nombre, parte 8

Llegamos ya a la octava entrega de este relato por fascículos y como podréis comprobar, las cosas empiezan a animarse (que ya era hora) para Roberto y Sandra.
La semana que viene más y seguramente mejor.
Abrazos calentitos para todos y toda.

¿Como? ¿Que no sabes de qué va esto todavía? No pasa nada, haz click AQUÍ y podrás comenzar a leerlo desde el principio.

08



Roberto tropezó y cayó de bruces cuando sus dos adversarios se lanzaron contra él. Uno era un señor normal, de unos cuarenta años, bien vestido y armado con una espada corta y fina, ligeramente curvada y con una empuñadura marrón oscura a juego con sus ojos. El otro era una mezcla entre un ser humano y un perro de presa, con un hocico ancho y babeante repleto de dientes afilados que gruñía de forma aparentemente descontrolada y que fue el primero en atacar. Lanzó una dentellada directa al cuello de Roberto que éste esquivó milagrosamente rodando por el suelo, pero el tipo de la espada aprovechó la situación para dar una estocada que habría sido mortal de no haberse encontrado con el brazo izquierdo en su trayectoria. La espada se clavó en la carne necrosada con facilidad, pero por algún motivo no parecía dispuesta a salir de allí con tanta facilidad. Roberto no sintió ningún dolor, así que aprovechó para retorcerse un poco más y arrebatarle el arma de las manos; se levantó con facilidad y arrancó el filo de su brazo, que supuró un líquido blancuzco y maloliente.


Los dos ascendidos parecían confundidos por el cambio de situación. Su objetivo, hace unos instantes desarmado, herido y tumbado en el suelo, ahora estaba de pie, con un arma en la mano y con ese brazo tullido convertido en un eficaz escudo aparentemente invulnerable. Lo que no sabían era que no tenía ni idea de manejar ese arma y que si seguía en pie era por los efectos de una droga que estaban a punto de remitir. Una vez más fue el cabeza de perro el que atacó. 
 

Roberto saltó a un lado de forma instintiva y en el proceso su brazo inerte golpeó en el morro del ascendido. El hedor de los humores que cubrían las vendas era terriblemente desagradable en distancias cortas y al parecer el olfato desarrollado del hombre perro lo convertían en algo insoportable. Comenzó a toser de forma descontrolada y Roberto aprovechó el momento para clavarle la espada en el cuello. La bestia aulló mientras trataba de detener la hemorragia y se retiraba del combate.


A Sandra las cosas le iban bien. Rodaba por el suelo evitando ataques, usaba su arma con pericia y cuando encontraba el momento lanzaba golpes que solían ser certeros y mortales. Roberto solo tenía un rival y además desarmado; por un momento pensó que lo tenía ganado pero de pronto la vista se le comenzó a nublar, las piernas le fallaron y las fuerzas le abandonaron. Acertó a ver como el señor elegante frente a él perdía la compostura y su silueta comenzaba a deformarse en lo que era claramente la transformación en algo grande terrible y mortal de necesidad. Afortunadamente la negra figura estilizada de Sandra se situó justo detrás de él y con la precisión de un carnicero, le rebanó el cuello a media transformación.


Roberto cogió aire tratando de calmarse e hizo un esfuerzo para aclarar la vista, con lo que se vio de pronto rodeado de cadáveres de animales de toda índole, algunos de ellos en peligro de extinción seguramente. Suspiró apenado y pensó en abandonarse ya, pero la voz de Sandra le devolvió a la realidad.


-¡Sígueme! -le dijo ella mientras se dirigía a las escaleras-. El Kusanagi nos espera arriba, lo presiento.


La negra silueta subió las escaleras en completo silencio y a una velocidad casi sobrehumana. Roberto la siguió gateando a paso lento y resoplando con cada escalón que superaba.

Continuará...Aquí.