sábado, 20 de junio de 2020

De sueños y necesidades primarias


Llego a casa después del trabajo y noto que ésta no es igual que antes. El papel de pared es distinto, el mobiliario no me suena de nada y hasta la distribución de las habitaciones ha cambiado, pero por algún motivo, no me importa demasiado. Es mi casa y punto. Voy directo a la cocina a hacerme algo de comer porque por algún motivo soy soltero y no tengo cargas ni obligaciones familiares de ningún tipo y allí, sobre la mesa de lla cocina me espera esa chica que me gusta tanto del instagram, esa a la que a veces le río las gracias pero nunca se digna a contestarme, esperándome para una sesión de sexo tan inesperado como necesario. Comienzo a quitarme la ropa a toda prisa para no hacerla esperar, a la pobre, y apenas hemos empezado a retozar cuando recuerdo que no he comido y tengo mucha hambre. Le digo que se espere, rebusco por los armarios que están vacíos y salgo a toda prisa hacia el súper. 

Corro cesta en mano entre estanterías repletas de donuts, patatas fritas, bollerías varias y comida rápida de todo tipo hasta que me doy cuenta de que he dejado a esa chavala tiradísima y que ya tendré tiempo de hacer la compra cuando hayamos terminado. 

Salgo corriendo de nuevo hacia mi casa, que por cierto, no sé ni donde está ya que todo el pueblo parece haber cambiado y se me hace de noche. Veo gente haciendo el amor en las calles, en los portales, otros paseando como si nada comiendo patatas al jamón, mis favoritas ya que llevan la mayor cantidad de glutamato del mercado. Huele a comida china, turca, india… Todo muy especiado y sabroso. El estómago me ruge y pienso que porqué no me habría comprado algo en el súper ya que estaba allí. Me detengo en un cruce y caigo de rodillas abrazándome a mí mismo sumido en la duda de si debería regresar a casa y saciar mi hambre de sexo o de comida, si debería primar el racional deseo de alimentarme o el salvaje impulso de reproducirme. No logro decidirme y se hace de noche, cierran los comercios, los restaurantes y cuando llego a casa, frustrado y hambriento, no queda ni rastro de la chica. 

Me despierto empapado en sudor y con la cabeza latiendo al ritmo acelerado de mi corazón, para darme cuenta de que estoy en mi casa normal, con mi vida habitual, y que todo esto no había sido más que un sueño raro de cuarentón inadaptado. Malditos sean los años. Malditos sean los sueños.

domingo, 7 de junio de 2020

De gallinas y hombres parte 3: APOCALIPSIS

 


Poco duró la paz en el mundo. A duras penas la humanidad se había recuperado del susto de la última pandemia, y las cosas volvieron a empeorar. Esta vez de verdad. Y no es que yo sea una persona especialmente sociable como para ponerme a empatizar y a preocuparme por gentes que no me atañen, pero cuando las patatas al jamón comenzaron a escasear en mi despensa y me vi forzado a salir a comprar más, me di cuenta de que la cosa estaba fea. Fea de cojones. Fea, fea, de cojones cojones.

En los apenas cincuenta metros que separan mi casa de la tiendecita de comestibles variopintos me topé con al menos media docena de cuerpos inertes, muertos a picotazos y algunos de ellos aferrando todavía entre sus dedos restos de plumas blancas, testigos de la fútil lucha que habían librado contra sus terribles atacantes. Las gallinas. Pero no penséis en gallinas de esas simples, de las que miran sin emoción alguna y salen medio volando cuando te ven aparecer. No, que va. Estas nuevas gallinas tenían los ojos inyectados en maldad y odio hacia la raza humana. Habían salido de sus nidos y corrales para acabar con la especie que las había subyugado durante milenios dispuestas a cobrarse venganza a base de pico y espolón para dejarlo todo repleto de cadáveres y caca. Mucha caca. Porque el odio y la venganza no va para nada relacionado con el control de esfínteres.

Llegué a la tienda y llamé a la barricada tras la cual estaba la tendera armada con una escopeta de perdigones y varias granadas de granos de maíz envenenados. No era la primera vez que la veía así de pertrechada si recordáis otras entradas de este blog, como cuando el ataque de los gusanos gigantes zombificadores o las hordas de buscadores de mascarillas quirúrgicas, solo que esta vez el portal estaba lleno de plumas y dentro olía a caldo.
-Buenos días cliente irregular. ¿Qué desea? -Me dijo ella con amabilidad.
-Pues un par de bolsas de patatas al jamón, agua y papel de vater, por favor.
-Uy, uy uy… -respondió ella enigmáticamente. -No va a haber problema con el agua y el papel, pero las patatas…
-¿Qué pasa con las patatas?
-¿No has visto las noticias? Un comando secreto de gallinas se colaron en las instalaciones de Matutano tras enterarse que tenían acuerdos comerciales con la recién destruida Campofrío y arrasaron con todo. Nadie sobrevivió al ataque.
-¿Todos muertos?
-Sí.
-¿Me estás diciendo que mis papilas gustativas ya no volverán a deleitarse jamás con el sabor del glutamato modificado para parecerse muy ligeramente al jamón?
-Así es. Lo siento.
Y entonces adopté la dramática pose de caer al suelo de rodillas y gritar “no” muy fuerte y durante mucho rato con ambos brazos extendidos y la cabeza mirando al cielo.

No quería llegar a este punto, la verdad, pero esas gallinas habían llegado demasiado lejos. Podía soportar los cadáveres en las calles, el olor a caca y la falta de carteros, pero dejarme sin glutamato ya era demasiado. Además, yo sabía quién estaba detrás de todo aquello. Había llegado la hora de contraatacar.

Me dirigí raudo a la calle donde mi tía había tenido un corral treinta años atrás (podéis saber más acerca de los hechos que allí acontecieron leyendo esta entrada) y comprobé que el corral ya no existía y en su lugar habían construido un edificio de siete plantas en cuyo ático podía verse una cálida y agradable luz. Llamé al telefonillo y me abrieron cuando dije que era el pizzero y que llevaba una de maíz con piña. El ascensor no funcionaba, así que subí por la escaleras, completamente a oscuras, hasta llegar al rellano del último piso que sí estaba iluminado y en cuya puerta habían dos gallinas armadas con tenedores jugando al parchís. Mal juego para solo dos jugadores. Mal juego para cualquier número de jugadores, la verdad, porque es una mierda. Me acerqué a ellas sibilinamente, agarré a la primera por el pescuezo y le estampé la frente contra el tablero. Todas las fichitas y dados saltaron por los aires como a cámara lenta y aproveché el efecto para lanzarme contra la segunda y empujarla hasta el hueco de la escalera por donde cayó. Observé su caída pero cuando estaba a pocos metros del suelo comenzó a agitar las alas y logró sobrevivir, aunque estaría lo bastante desmoralizada como para no volver a subir. La puerta estaba bloqueada con una palabra clave aparentemente indescifrable, así que pensé durante unos segundos y tecleé “caponata” y se abrió con un pitido.

Llegué a la sala principal donde había una alfombra grande y bastante fea pues estaba hecha con piel humana, tapices que representaban escenas heroicas de gallinas derrotando a seres mitológicos y carteles de películas a cuyos protagonistas les habían cambiado la cara por la de una gallina o gallo, según procediera. Al fondo un sillón de esos giratorios cuyo ocupante contemplaba una chimenea encendida. Debo decir que hacía un calor considerable, pero supongo que el efecto dramático lo merecía.

-He venido a por ti, gallina primordial. -dije.

El sillón giró, que por algo era giratorio, y me encontré ante una gallina repanchigada con las patas cruzadas que me aplaudía muy lentamente con sus alas.
-Nos volvemos a ver, humano -dijo ella con algo de acento, la verdad.
-Me diste pena en su día y traté de ayudarte. Si llego a saber que te convertirías en una psicópata, quizás me lo hubiera pensado dos veces.
-¿Solo quizás?
-Bueno, casi seguro. Ya sabes que me gustan estas cosas de caos y destrucción. Pero en cualquier caso, yo te creé y es mi deber destruirte.
-Ya no soy la misma gallina a la que le ponías pienso cuando eras niño.
-Ni yo soy ese niño. Ahora peso el doble, me duele un montón la espalda y no veo un pijo.
-Entonces está claro que debemos enfrentarnos en un largo y dramático combate final.
-Que así sea -le dije quitándome la camiseta y poniéndome otra de esas de dormir para no estropear la de calle.

Y así comenzó un combate de épicas proporciones en las que patadas y puñetazos se alternaban con picotazos y golpes de ala. Por cada bofetada que se llevaba la gallina yo recibía otro golpe de similar valor y lentamente ambos nos íbamos quedando agotados y sin recursos bélicos. Pero al final pareció que el delicado equilibrio comenzaba a romperse a favor de la gallina que seguramente habría llevado una vida menos sedentaria que yo y estaba en buena forma a pesar de haber superado ya de mucho su esperanza de vida. Cansado y magullado, mi vista comenzó a nublarse y me di cuenta de que había llegado la hora de usar mi último recurso, ese que quería guardar para el final (de ahí el nombre de último recurso) y que ahora me veía obligado a gastar. Tirado en el suelo metí una mano en mi bolsillo mientras la gallina avanzaba confiada para darme el golpe final. En el último instante saqué un pequeño objeto cúbico y lo arrojé a sus pies.
La gallina se quedó en silencio observando la pastilla de avecrem y se puso completamente pálida.
-Ma… ¿Mamá? -dijo dando un paso atrás.
-Gallina vieja da buen caldo -le respondí yo colocándome estratégicamente frente a la ventana.
-¡Morirás por esto humano! -me gritó como si no tuviera intenciones de matarme ya de antes y saltó hacia mi como un proyectil emplumado. Solo tuve que echarme a un lado en el momento justo y el ave atravesó el cristal y cayó ocho pisos sin fuerzas para volar, quedando aplastada en la acera.

Cuando salí había varios coches de policía acordonando la zona mientras el forense certificaba la muerte del pájaro. Arrestaron a las gallinas que quedaban y a mi me dieron un café y me pusieron una manta encima de los hombros mientras esperaba a que me tomaran declaración. Después me dieron las gracias y me dejaron marchar sin más. No esperaba grandes reconocimientos la verdad, pero en cualquier caso eso era mejor que ser negro, en cuyo caso quizás me habrían matado sin preguntarme nada.

lunes, 18 de mayo de 2020

De gallinas y hombres, parte 2

 
Vivimos en un sistema capitalista que nos impulsa a comprar de forma compulsiva, donde la inmediatez es la norma y ello muchas veces ni siquiera nos deja opción a plantearnos de donde vienen esos productos que creemos necesitar. No dejamos de ver señales que abogan por el comercio justo, la ecología, sostenibilidad y respeto por la vida y la dignidad de humanos y animales, pero nosotros, al final, terminamos comprando sin control ni criterio, como borregos a los que dejan salir un momentito de su corral para que crean que eso es libertad. Y no me gusta, por supuesto, aunque reconozco que incluso teniendo esta idea en mente, a veces es difícil escapar de lo establecido. Incluso sabiendo que el cobalto que va a llevar nuestro nuevo móvil es fruto de la esclavitud, que ese aguacate de la ensalada es el final de una cadena anti-ecológica o que esa figura tan bonita de Songoku ha sido pintada por un niño chino privado de su infancia, no somos capaces de decir que no. ¿Significa eso que somos malas personas? Quizás sí, pero a mi me gusta más pensar que la culpa es de los demás, del sistema y de esta sociedad. Y por si os queda alguna duda, permitidme que os ilumine con un ejemplo.

Hace no demasiados meses acudí a un conocido supermercado del que no voy a decir el nombre, aunque empieza por Merca- y termina por -dona para abastecerme de huevos. Desde que mi tía falleció (ver entrada anterior) me vi obligado a echar mano del comercio tradicional, por supuesto con la inocente idea de que todos los huevos proceden de corrales tradicionales, hasta que me di un golpe con la realidad. Acudí, como decía, al supermercado y me planté delante de la chica que se encarga de vender los huevos y en cuya tarjeta decía “Trina, encargada de la sección de derivados avícolas”.
-Hola Trina, me llamo… -comencé a decirle cortésmente.
-No me importa como te llames -me respondió ella más seca que un bistec demasiado hecho. -Que yo lleve mi nombre apuntado no significa que puedas usarlo a tu antojo ni mucho menos, que yo deba hacer lo mismo con el tuyo. Estamos aquí por una transacción comercial y nada más.
-Ah, de acuerdo no pasa nada.

-¿Qué desea caballero?
-Media docena de huevos, por favor.
-¿Camperos o normales?
Ahí me sentí algo confuso porque nunca había oído hablar de huevos camperos y al dudar, me sentí obligado a preguntarle.
-Perdone que me salga un poco de nuestra transacción comercial, pero no sé qué son los huevos camperos.
-Pues los huevos camperos son aquellos que dan las gallinas que viven en corrales. Éstas gallinas pueden caminar, entrar y salir, estirar las alas e interactuar con otras gallinas, si es que esos bichos son capaces de tener algo parecido a conversaciones. Los huevos normales, en cambio, son los que producen gallinas que viven encerradas en jaulas diminutas desde el día que nacen, obligadas a comer y poner sin contacto alguno con el exterior u otras compañeras, muriendo prematuramente debido al estrés y la ansiedad que son sometidas.
-Ostras… No sabía yo que a las gallinas las trataban de esta forma. ¿Y no sería mejor llamar a los huevos camperos huevos normales y a los normales llamarlos algo así como huevos de agonía?
-No estoy aquí para discutir ni entrar en debates -me respondió con brusquedad. -Vamos a ceñirnos a nuestro cometido.
-Claro, claro, lo lamento.

-¿Qué desea caballero?
-Media docena de huevos camperos, por favor.
-¿De gallinas felices?
Otra vez la duda. ¿Como se podía saber si una gallina era feliz o no? ¿Como medir un factor tan abstracto viniendo además de un animal tan inexpresivo como es la gallina? Los seres humanos somos capaces de adivinar las emociones de nuestros semejantes fijándonos en la posición de las cejas, labios y arrugas de expresión. Pero las gallinas no poseen ninguna de esas cosas. No tuve más remedio que volver a preguntar.
-¿Gallinas felices? ¿Como se sabe si una gallina es feliz?
-Si tenemos en cuenta las gallinas que viven en corrales… -comenzó a explicarme la chica con desgana. -...la mayoría de ellas los tienen situados en el interior de grandes naves industriales. Temperatura y luminosidad controladas artificialmente, alimentación basada en piensos compuestos y esas cosas. Pero algunas gallinas viven en corrales tradicionales, situados en el exterior, con lo que tienen contacto con los elementos, consciencia de las fases del día, y además se alimentan de grano natural y algún bichejo que se encuentren por ahí. Es por eso que consideramos que esas gallinas, las del corral en exterior, son más felices que las otras.
-Entiendo perfectamente. En ese caso las gallinas que criaba mi tía se considerarían gallinas felices a estos efectos de clasificación.
-Ni conozco a tu tía ni me interesa lo más mínimo. Una vez más me estás sacando de mi tarea esencial y obligándome a derivar por derroteros no deseados.
-Usted perdone. Podemos volver a empezar si lo desea.

-¿Qué desea caballero?
-Media docena de huevos camperos de gallinas felices, por favor.
-¿Y qué tipo de felicidad desea?
-¿Comorl?
-Que si está pensando usted en la felicidad que proporciona la ignorancia de no saber que fuera de ese corral hay todo un mundo que explorar y conocer, o la felicidad de esa gallina que aún a sabiendas que vive encerrada, se siente segura y protegida y por lo tanto no anhela escapar?
-¿Me estás dando a elegir entre gallinas que viven en la inopia y gallinas que viven en una distopía?
-Algo así, sí, supongo.
-¿Ha leído usted A George Orwell? Me recuerda mucho al argumento de una de sus novelas en las que…
-No me importa tampoco ese George Orwell o como se llame.
-Lo ha escrito bien.
-…

-¿Qué desea, caballero?
-Póngame media docena de huevos camperos de gallinas felices viviendo en una distopía de corral, por favor.
-¿Pero qué tipo de distopía? ¿Una en la que las gallinas veneran a un líder supremo que…
-¡Huevos normales! -la interrumpí mientras me estiraba del cabello con las dos manos y golpeaba el suelo con mis zapatos de tacón. -Huevos normales y póngame dos docenas, que así tardaré más en volver.

Y fue así, queridos amigos y lectores, como incluso teniendo una idea clara en mi mente como era la de preservar el estilo de nuestros ancestros y dotar a los animales de los que nos alimentamos de la mejor vida posible, al final el sistema capitalista venció y se salió con la suya.
Espero que mi ejemplo os sirva para algo en el futuro, aunque seguramente no os servirá para nada, nunca.



No os perdáis la próxima entrega a la que llamaré: De gallinas y hombres 3: Apocalipsis.

viernes, 24 de abril de 2020

De gallinas y hombres, parte 1

   En los años cuarenta el ejército Español decidió llevar a cabo uno de los más ambiciosos proyectos de toda su historia: fabricar un avión de guerra con componentes exclusivamente nacionales para demostrar así al mundo su autosuficiencia en cuanto a recursos militares para mayor gloria del imperio íbero. Un bonito día de 1953 se reunieron en una base aérea madrileña para presenciar el primer vuelo del Alcotán C-201 varios altos cargos del ejército, ingenieros que habían trabajado en el diseño del aparato, personal del aeropuerto y el mismísimo Francisco Franco jefe de estado por la gracia de dios. La tensión se palpaba en el ambiente. Era un gran día para España y su poder militar. El Alcotán encendió motores y comenzó a rodar por la pista con gran estruendo. Cuando llegó el momento del despegue dio un par de saltitos y zarandeó las alas pero nada más. Se detuvo. Los ingenieros y demás personal responsable miraron nerviosos al dictador que parecía no inmutarse. “Quizás necesite más pista para despegar” dijo uno y el Alcotán repitió la operación cogiendo más carrerilla. Mismo resultado. La cosa ya se ponía tensa del todo a pesar de que Franco parecía no preocuparse. Hubo un tercer intento y el trasto no voló. Llegaron a la conclusión de que los motores no eran lo suficientemente potentes para elevar un fuselaje tan pesado. Que el Alcotán C-201 no iba a volar. Ya se veían todos fusilados. Entonces el caudillo les miró con tranquilidad y pronunció una frase que haría historia: “Puede que el Alcotán no vuele… ¿Pero acaso vuela la gallina y no por ello es nuestra más apreciada ave de corral?”. Y así, de una tacada Franco creó el primer avión de corral al mismo tiempo que hacía justicia por fin ensalzando la figura de la gallina, siempre menospreciada y ninguneada desde los albores de la humanidad. 


De gallinas y hombres (parte 1 de 1 o igual incluso 2, quién sabe)

   Hace tanto desde que fui niño que el mundo ha cambiado de forma considerable. Lo que ahora es una pequeña ciudad, completamente urbanizada y tecnificada, antaño era un pueblo grande, salpicado de almacenes para guardar las cosechas, corrales y jardines. En esos tiempos mi tia tenía un solar grande cerca de mi casa en el que había una caseta, un pequeño huerto y algunas gallinas metidas en un corral. Solía llevarme a por huevos u hortalizas varias que luego me regalaba para mi horror y desesperación pues yo, como niño, lo único que quería era dinero para ir a jugar a los recreativos. Pero bueno, me lo tomaba como una obligación rural-familiar y allá que iba siempre que me lo pedían.

   Un bonito día de abril me fijé en que una de las gallinas del corral tenía mal aspecto. No solo parecía más pequeña que las otras si no que estaba bastante desplumada y ponía unos huevos pequeños y frágiles. Le pregunté a mi tía que qué le pasaba, si estaba enferma, que a mi no me diese esos huevos que seguro que estaban chungos y me dijo que no, que era que las otras gallinas le tenían manía y le zurraban. Le picoteaban cuando iba a por grano, cuando se salía de su lugar de puesta y claro, el pobre animal estaba mal a nivel físico y también psicológico. A mi tía parecía no importarle la suerte que corriera el pobre bicho, pero a mi me afectó bastante y pasé los siguientes días rogándole que la ayudara, que eso no podía ser, que no era justo… básicamente porque yo tenía los mismos problemas en el cole y no quería terminar con los huevos tan pequeños.

   El siguiente día de ir a por huevos mi tía me tenía preparada una sorpresa y es que había decidido soltar por el huerto a la gallina afectada mientras que las otras seguían encerradas en el corral. De este modo podría comer, moverse y poner huevos sin que las otras la agredieran. Me alegré mucho por ella al verla corretear entre las alcachofas, los tomates y las matas de habas. Al verla saltar sobre el borde del pozo y beber agua limpia, al comprobar como acumulaba ramitas secas para hacerse un nido. Parecía que con su recién descubierta libertad hubiese aflorado en ella algún instinto primordial de gallina prehistórica. Y era algo bello de contemplar.

   Pero en siguientes visitas noté que el comportamiento de esa gallina era cada vez más extraño. Sus conocimientos del huerto eran tales que resultaba casi imposible verla más que como furtivos movimientos por el rabillo del ojo. Construía nidos señuelo para que no pudiésemos coger sus huevos y cuando regábamos el huerto mojaba las puntas de las alas en el barro y se pintaba la cara como John Rambo en la peli de Stallone2. Esa gallina se estaba volviendo peligrosa.

   Una mañana aparecimos en el huerto y descubrimos que la puerta del corral estaba abierta. Mi tía no recordaba haberse dejado el cerrojo descorrido y a pesar de echarme las culpas a mi, yo tampoco había sido. Un examen más detallado reveló huellas de gallina que entraban, pero ninguna que salía. Entramos en el oscuro y apestoso corral para encontrarnos a las otras gallinas desplumadas y colgadas del techo como jamones puestos a secar. Mi tía se desmayó de la impresión ante el horror de la escena y yo aproveché que vi algo salir furtivamente del corral para dejarla allí tirada en las cacas para enfrentarme con esa gallina.
La habían dejado libre por mi culpa y ahora que se había convertido en un monstruo debía ser yo quien acabara con ella.

   En medio del huerto nos miramos. Ella cerró sus ojitos negros e inexpresivos y yo me agaché para coger una piedra, pero era un terrón de tierra y se me deshizo en las manos. Sé que de haber tenido labios se habría reído. Me coloqué en posición de combate, que consistía en doblar ligeramente las rodillas y poner los brazos en jarras a la vez que emitía un agudo gorgoteo ancestral y la gallina hizo lo propio abriendo sus alas y rascando la tierra bajo sus patas. Me lancé al ataque y entonces sucedió. La gallina agitó sus alas repetidas veces, se elevó en el aire y voló sobre el muro del huerto para desaparecer en el firmamento cual gavilán. Yo volví a casa con una mezcla de sentimientos que recorrían todo el espectro entre la satisfacción y el desamparo.

   Al cabo de tres semanas de búsqueda infructuosa por parte de la familia, policía y bomberos, recordé que mi tía se había quedado en el corral desmayada bajo los excrementos y la paja pero cuando fuimos ya estaba muerta.

martes, 7 de abril de 2020

Algo tenía que escribir

 
Había empezado a escribir una entrada graciosa. Una de esas que comienzan normal pero después se van complicando. Una de esas con persecuciones campo a través, diálogos absurdos y un final divertido. Pero al final no. No me apetece, de verdad.

Los últimos meses han sido un poco estresantes para mí. Tomé la decisión de dejar mi trabajo con el camión en busca de una nueva dedicación menos absorbente y que me dejara tiempo libre para vivir, para escribir y poder promocionar mis libros como es debido, a pesar de tener una familia que mantener con ese trabajo. Por eso han sido varios meses de pensar, sopesar todas las opciones y salidas, con el consecuente estrés, noches durmiendo regulín y pocas ganas de ser creativo, jugar, o simplemente enfocar mi energía en algo que no fuera dar tumbos en mi propia cabeza.

Después ya lo sabéis. Que si un virus mortal que llega de oriente, nos invade y nos obliga a encerrarnos en nuestras casas. Incertidumbre y dudas. Miedo. Podemos perder la salud, podemos perder nuestra estabilidad económica, nuestra forma de vida, la forma de existir en definitiva. Y yo mientras tanto meditando qué hacer, si tenía algún sentido pensar en cambios personales en medio de una metamorfosis global, y entonces suena el teléfono y todo cambia de una vez y sin poder reaccionar.

En los hospitales falta personal y yo estoy inscrito en la bolsa de trabajo, así que me ofrecen comenzar a trabajar YA. Antes de todo esto era improbable que llamaran a alguien que llevaba años en el culo de esa lista, pero es un momento excepcional y entre bajas, deserciones y negativas ha llegado mi momento. Acepto. Mando mi pasado (y quizás mi futuro) a tomar por saco y me enfundo en el uniforme blanco.

No entraré en detalles sobre lo que ahora hago. Realmente no es demasiado agradable de explicar y este blog no es el lugar para hacerlo. Además, yo había empezado a escribir una entrada graciosa.

martes, 17 de marzo de 2020

De reclusión y vuelta a la realidad (otra vez)


Parece ser que lo he vuelto a hacer. Una vez más se me ha ido el santo al cielo y me he pasado semanas enteras encerrado en mi búnker de la cultura, mi laboratorio de ideas, mi sumidero de imaginación, sin dejar de escribir para poder ofrecer al mundo más historias para su disfrute y deleite. Aunque no sé porqué, tengo la sensación de que mi próxima novela, una historia de amor entre una bella dama cabezona y un marinero bizco adicto a las espinacas en lata, no va a ser todo lo original que me parecía en un principio. Pero da igual.

Me levanto de mi silla, subo al aseo a vaciar el orinal y al mirarme en el espejo me horrorizo con mi imagen. Pelo alborotado y enmarañado, barba larga y llena de mollas de galleta, ropa empapada en sudor viejo… Doy muchísima pena. Y asco. Es por ello que decido cambiarme y salir a la calle otra vez.

Reconozco que al principio lo hago con cierta aprensión. Mi última salida del anterior encierro no resultó todo lo tranquila que esperaba (ver esta entrada para más datos) pero de momento todo va bien. Hace un día estupendo, el sol brilla y me da calor, los pajaritos entonan bellas melodías que parecen dedicadas solo para mí, y de hecho lo parece porque estoy solo en la calle. No es que viva en la zona más transitada del pueblo, pero me parece raro no ver un alma. Los coches están perfectamente aparcados pero con una fina capa de polvo y excrementos pajariles sobre ellos, los comercios cerrados, los parques infantiles vacíos y no se oyen las voces de ciclistas borrachos en los bares. A ver si ha pasado algo raro y otra vez no me he enterado… En cualquier caso sigo caminando pues necesito estirar las piernas y llegar cuanto antes a mi destino, que como ya habréis deducido a lo largo de la lectura no es otro que… ¡Ostras qué susto, un coche de la policía viene directo hacia mí con las sirenas puestas y las luces de tener prisa!

Los agentes bajan del coche y me apuntan con unas porras de casi dos metros.
-¡Quieto ahí, infractor! ¡Ponga las manos en un lugar en el que podamos verlas y no se mueva a no ser que tenga que toser, en cuyo caso lo hará en el codo.
-¿Toserme en el codo? ¿Qué guarrada es esa? ¡Pero si ni siquiera me llego! -les respondo alarmado.
-Siga las normas, jodido delincuente, o tendremos que aplicarle el protocolo antiplaga y le aseguro que no será agradable para ninguno de nosotros.

No tengo ni idea de qué están hablando pero no me atrevo a preguntar en qué consiste ese protocolo por miedo a que incluya la palabra “rectal” en alguna de sus maniobras.
Los dos policías, protegidos con guantes, mascarillas y coquillas me registran y comprueban mi identidad mientras hablan por radio con otros agentes, informándoles de mi presencia en la calle. Cuando terminan, vuelven a dirigirse a mí.

-¿Se puede saber qué es tan importante como para romper el toque de queda?
-Pues yo iba a…
-Debe usted saber que salir a la calle sin que suponga un caso de extrema necesidad es sancionable con multas de un pastizal inasumible para un escritor, incluso penas de cárcel que van desde una semana a mil años, según esté de ánimo ese día el juez.
-Yo, es que la verdad, iba a…
-Estar a la intemperie en tiempos de plaga supone un delito contra la salud púbica, digo pública, que pone el peligro el delicado entramado social que hace que esta sociedad capitalista y enferma se mantenga en pie, a pesar de que esté fagocitando los recursos naturales de nuestro planeta.
-Oigan que es que yo solo quería ir a…
-¡Silencio, maldito hereje! Ahora dígame a donde se dirigía o caerá sobre usted todo el peso de la ley.
-¡Pero si llevo media hora intentando decírselo!
-¿Entonces iba usted a..?
-¡A la peluquería! ¡Iba a la peluquería! Mire qué pelos. Parezco el primo cavernícola de Alan moore, el hermano peludo de Slash, el…
-A… a… ¿A la peluquería? -dice el agente palideciendo de repente.
-Sí, lo siento mucho. No sabía nada de este toque de queda ni de ninguna plaga ni nada. Lamento haber salido de casa por una causa tan absurda y superficial como recortarme un poco las puntas. ¡Merezco cualquier castigo aplicable sobre mi persona! -exclamo cayendo de rodillas y arrancándome la camiseta del Primark a lo Camarón.
-Usted perdone ciudadano. Ir a la peluquería se considera una necesidad de primer grado junto con comer y hacer caca posteriormente. Todo habitante libre de este país tiene el derecho a cortarse las puntas, hacerse mechas o ir simplemente a leer las revistas del corazón atrasadas de las peluquerías cuando lo desee.
-¿Comorl?
-No se hable más. Disculpe nuestra confusión y siga su camino. Nosotros le escoltaremos para asegurarnos que llega a su destino sin problema alguno. ¡Por dios, el hijo del rey y España!

Los dos policías hacen el saludo de rigor, se meten en el coche y me siguen a una distancia prudencial con las luces puestas y la sirena a tope mientras yo camino hacia la pelu. Cuando estoy a dos calles reviso mi cartera y me doy cuenta de que me he dejado el dinero en casa, así que tendré que dar la vuelta, regresar atravesando el antiguo cementerio abandonado donde el virus habrá causado una curiosa y terrible reacción en los cuerpos de los fallecidos y más tarde pasar por esa vieja colina donde el arcano monolito repleto de signos blasfemos habrá empezado a vibrar después de eones de tranquilidad cósmica… pero eso ya será otra historia.

jueves, 5 de marzo de 2020

De gente mayor y ganchos de izquierda


En un momento toda la gente allí presente habían formado un corrillo a nuestro alrededor, dejándonos un espacio circular de unos cuatro metros de diámetro para la pelea. Mi primera pelea, por cierto.
Yo soy una persona pacífica, quizás demasiado. Ya en el cole me llevé más de un golpe por mi actitud pasiva ante cualquier atisbo de problemas y eso con los años degeneró en una cobardía congénita que me hizo eludir los problemas de formas en algunas ocasiones, vergonzosas. Por supuesto nunca me han faltado excusas y siempre he adornado mis rastreras huidas con frases como “dos no se pelean si uno no quiere” o “la violencia engendra violencia”, sacadas de pelis de chinos cobardes la mayoría. Pero en esos momentos no tenía otra opción que luchar. Me habían presionado y acorralado y no tenía escapatoria, por no hablar del público que observaba en silencio como en las pelis americanas de pandilleros. Menudo papelón. Pero volvamos al principio.

Un corrillo de gente, decía, en silencio, expectantes, y en medio del corrillo yo, con la guardia baja y mi rival, puño en ristre gritándome “¡Que te doy con la izquierda! ¡Que te doy con la izquierda!”. Y es que su amenaza tenía un sentido porque se trataba de un señor de noventa y dos años con la mitad derecha de su cuerpo paralizada por un ictus.

Os voy a ahorrar explicaciones de como llegué a esa situación. La vida a veces da muchas vueltas y terminas en el lugar equivocado con las personas equivocadas. Lo que sí tenía claro era el dilema con el que me enfrentaba. Ese señor además de frágil estaba muy enfermo. Mantenía un puño en alto pero su otro brazo colgaba sin vida en su costado, al igual que la pierna derecha que apenas le sostenía y utilizaba para pivotar como un compás. Pero lo más terrible era su rostro, con ese ojo de mirada perdida, ese labio caído… Y esa voz rota y profunda que gritaba “¡Que te doy con la izquierda!” con un tono que hacía presagiar que cumpliría su amenaza. Y mi dilema, que casi me olvido. ¿Qué debía hacer yo en ese momento? Tomar la iniciativa y zurrar a ese pobre anciano aprovechando mi superioridad física sería un abuso que seguro me dejaría en un mal lugar en la sociedad… Pero dejarme pegar por un viejo paralizado supondría una vergüenza que debería llevar sobre mis hombros durante el resto de mi vida. Por suerte soy una persona con una inteligencia superior y una velocidad de análisis envidiable por lo que pensé un plan maestro en cuestión de segundos. Ahí va.

El plan maestro en cuestión de segundos.
No podía empezar la pelea, eso estaba claro. Darle un puñetazo, ponerle la zancadilla o simplemente darle un empujón para que perdiera el equilibrio y luego pisarle la cabeza habría sido un exceso de fuerzas, una injusticia y por ende, una mancha en mi reputación de tipo pacífico y diplomático para siempre. Dejarme zurrar tampoco me parecía bien, así que busqué un punto medio. Fingiría un ataque, lo que viene a llamarse una finta de toda la vida, resistiría ese izquierdazo que llevaba rato anunciando el viejo y luego devolvería el golpe con elegancia. Un único golpe en el mentón, directo, limpio, definitivo. Defensa propia, te he pegado porque me has pegado, tú te lo has buscado, es que no has aprendido nada con noventa años por estos mundos… La gente lo entendería, seguramente no me alabarían ni me sacarían del ring a hombros, pero sin duda no condenarían mi acción y eso era suficiente. Volvamos a la pelea.

Subí la guardia, juego de piernas y moví ligeramente un hombro, algo que el anciando percibió como el inicio de un ataque y me golpeó. Su puño arrugado y descolorido cruzó el aire a una velocidad nada desdeñable y se estrelló contra mi pómulo, emitiendo un “crack” que os aseguro que no fue de mi cara. La mano se le dobló de una forma rara y seguramente se le rompería algún dedo, pero lo importante es que yo no noté nada. Sus viejos huesos o cartílagos habían absorbido toda la inercia por mi. La gente allí presente emitió un leve “Oooohhh” al ver la pasividad con la que había recibido ese golpe directo a la cara y supongo que durante años hablarían de la gesta de ese tipo que tenía la cara tan dura como el acero, aunque no fuera así. Pero no nos perdamos con fantasías que llega mi turno.

Mi turno.
La cosa ya estaba decidida. Había recibido un golpe y eso me autorizaba a contraatacar si cargas morales posibles. Preparé un puñetazo ante la sorprendida mirada del viejo y se lo estrellé en la cara. Esta vez sonó una especie de “chaf” ya que le di en el lado derecho, el malo, y su rostro blando e insensible recibió el golpe con total indiferencia. El viejo apenas se inmutó y la gente allí reunida soltaron un sonoro “Ooohhh” al ver como ese anciano había resistido el golpe de un joven vigoroso como yo.

No si al final el héroe de acero acabaría siendo él y yo me quedaría en el cutre ese que no podía ganar a un viejo que le triplicaba en edad. Esperé un segundo golpe que tampoco me dolió y le solté otro… En el mismo lado y con idénticos resultados. A esos golpes les siguieron otros. Yo era inmune a los suyos y él se cuidaba de dejarme a la vista su lado invencible, pivotando hábilmente con su pierna mala. Los golpes se sucedían sin cesar, el público nos observaba expectante, la pelea parecía que iba a seguir hasta el fin de los tiempos… pero entonces llegó el enfermero jefe de planta y se puso en medio. “¿Qué está pasando aquí?” dijo claramente enfadado. Entonces todos los demás enfermos deshicieron el corrillo y se marcharon como si nada, el anciano fue llevado de nuevo a su habitación y yo me quedé solo, sin saber si mi orgullo estaba herido o solo magullado, sin saber si había actuado bien o si me había equivocado, sin saber si eso realmente había sido mi primera pelea o solo un entretenimiento común en ese hospital de locos en el que estaba confinado.