martes, 23 de julio de 2019

De ferias y alimentos en mal estado


Pues ya ha llegado el veranito, con sus calores, sus insectos, su tiempo de ocio y como no, sus ferias itinerantes que van salpicando pueblo a pueblo y barrio a barrio. Y como imaginareis, yo no soy muy amigo de las atracciones de feria ya que me parece absurdo pagar para que te mareen dando vueltas en una cesta para al final dejarte en el mismo punto de partida, pero mis hijas, las pobres, no son conscientes de lo absurdo y parecen incluso divertirse con las vueltas. Y me piden que las lleve. Y yo como buen padre que soy, lo hago.
Y allí entre luces de colores músicas innombrables, olores de fritanga y azúcar y puestos de baratijas de toda índole me topo con algo que no puede faltar nunca y representa quizás mi único punto de atracción a las ferias: los puestos de comida rápida. “Ya está aquí el cerdo este pensando en comer cosas aceitosas” pensaréis, pero no. No se trata de gula si no de una tradición que cada año coge más fuerza. Os lo explico.

Los años pasan incesantes. Ya no soy ese niño de diez que se montaba en los cochecitos de la mano de sus abuelos, ni el chaval de 15 que buscaba camisetas de sus grupos favoritos en los puestos de ropa, ni siquiera el padre primerizo que llevaba de la manita a su pequeña y era capaz de disfrutar del paseo. Ahora soy un señor mayor a quien la vida ha tirado al suelo y le mantiene la mejilla pegada al asfalto con un pie presionándole la cara; soy ese que tras años avanzando por un oscuro túnel ha descubierto que la luz que se ve al fondo es un tren que se acerca a toda velocidad; soy quien ha olvidado lo que palabras como “esperanza” o “ilusión” significan. Por eso cada vez me apetece más comerme un perrito caliente de esos que tienen metidos en botes y empiezan a perder el color marrón que les inyectan para que creamos que estamos comiendo carne.

Así que aprovecho un momento en el que me quedo solo y me acerco al puesto más cochambroso y miserable de la feria. El tendero es un señor bajito que fuma y al que le asoman varios mechones de pelo graso bajo una gorra en la que pone “Orgulloso de ser español” bajo la bandera. Me dan ganas de decirle que nadie puede sentirse orgulloso de algo que no tiene nada que ver con su decisión o trabajo, pero decido dejar mi lado intelectual y pedante a un lado y centrarme en lo mío. Miro por el escaparate y veo lo que busco: unos “frankfurts” de tamaño considerable sumergidas en un líquido aceitoso incoloro y que han perdido su tono rosado para sustituirlo por grises y verdes. Ahí está. Mi puenting particular. Mi salto en paracaídas sobre una geografía desconocida.
-Póngame un perrito caliente y unas patatuelas -le digo.
-¡Marchando! -responde él como si fuese cocinero de verdad o algo.
El señor pone a freir las patatas y cuando va a abrir un paquete de frankfurts plastificadas, protesto.
-No. Yo quiero esa de ahí, la de la bandeja.
-Pero esa… Es que es la de muestra.
-Me da igual. Yo quiero esa.
El señor me mira extrañado y se acerca a la bandeja, sumerge las pinzas y algo en el fondo parece removerse inquieto. Algo antiguo e innombrable que quizás lleva eones descansando en el limo esperando a que las estrellas se alinee para…
-¿Seguro que no quieres una del paquete recién abierto? Yo creo que…
Pero entonces le agarro del cuello de la camisa, pego su sucia cara a mi sucia cara y le digo muy serio.
-Quiero esa. La más verde.
El hombre obedece asustado, mete el perrito en el aceite de la freidora y empieza a soltar un humo fluorescente y a despedir un extraño olor. La mete en el pan y me pregunta qué salsa quiero de entre las presentes. Elijo salsa de ajo, le pago y me marcho. Me siento en un banco cerca de allí, uno de madera quiero decir, no uno de los que roban a la gente, y doy el primer mordisco.

Y de pronto la realidad ante mis ojos comienza a desvanecerse. Como una figurita de boda metida en un microondas o un soldadito de plástico bajo la lupa de un niño sádico. Miro las luces que se mezclan en combinaciones de colores únicas y la música se ralentiza hasta convertirse en una letanía, un canto triste y melancólico. Las gentes a mi alrededor están desnudas de pronto, libres de ropa, carne y hueso. Y es entonces cuando puedo ver la verdad.

Entonces me doy cuenta de que todo es mentira, que todo lo que nos cuentan, lo que aprendemos y creemos comprender no es más que una ficción creada para utilizarnos como marionetas de un sistema que al igual que una obra de teatro necesita que cumplamos con nuestros papeles para poder llegar a su trágico final.
Me doy cuenta de que lo único que importa es lo que hemos dejado a un lado, como los árboles que languidecen en lejanos valles amenazados por las llamas, los animales que viven con temor a encontrarse con uno de nuestra especie, los mares y los ríos que envenenamos con total tranquilidad.

Me doy cuenta de que el progreso fue un fracaso, la mayor estupidez jamás cometida pues nos ha llevado a este sistema capitalista que fagocita nuestras necesidades reales para alimentar a las adquiridas, volviéndonos dependientes de objetos que a su vez nos incitan a desear comprar y ello a la ansiedad del fracaso perpetuo.
Y me doy cuenta al mirar arriba de que ya no observo las estrellas como antes, que he olvidado sus nombres, sus localizaciones y ya no veo las formas que trazan pues mis ojos ya no distinguen esas líneas imaginarias que las unen en los sueños.

Porque no somos mas que motas de polvo venidas a más. Pequeños nódulos de ego que arrasan con todo a su paso para sentirse importantes. Seres gregarios que han perdido la capacidad de empatizar y por lo tanto de recibir el mínimo respeto por parte de sus semejantes. Y es por eso que estamos solos en el universo, en nuestro planeta y en nuestras propias mentes.

Y veo nubes brillantes cabalgadas por seres celestiales que me sonríen al pasar, con dientes tan brillantes como los soles que transportan aurigas tiradas por caballos alados. Veo aves de fuego renaciendo de sus cenizas una y otra vez implorando a los cielos el descanso que merecen, cayendo en picado ante damas de belleza tal que convierten a quienes las miran en estatuas de piedra con corazones de miel. Veo santas compañas desfilando ante mí, portando las almas de aquellos cuya suerte terminó, llamándome con cantos de sirena para que cruce el umbral que separa la vida de la muerte y la sinrazón.

Hasta que finalmente despierto para regresar al sueño de la realidad. Miro el papel manchado de verde donde antes había estado ese perrito caliente visionario y me levanto para volver a mi casa. Y al pasar frente al puesto de comida veo un cartel que se me pasó leer antes. “Frankfurt vegano” dice. Y así me doy cuenta de que quizás mis visiones no fueran fruto de la química de un alimento en mal estado sino de la necesidad de romper vínculos con un estilo de vida alienante. Y ya no sé si el problema es el mundo o soy yo, que debo escribir menos y leer más.

miércoles, 3 de julio de 2019

De dojos y charcuterías

¿Cuántas veces habré dicho ya en este blog que el deporte no es lo mio? ¿Cien? ¿Mil? ¿Veinte? Pues es posible que ahora, tras años de renegar de él, deba tragarme mis palabras pues. Y es que los años no pasan en balde. Incluso aquellos que tenemos la suerte de contar con una generosa genética que nos mantiene tersos y estilizado cuando otros de nuestros semejantes languidecen en la decrepitud de las marcas de la edad, llega un momento en el que tenemos que plantarnos, tragarnos nuestros principios y aceptar que esto ya no es lo que era, que todo cruje, tira y duele y quizás la única forma de preservar algo de movilidad y garantizar calidad de vida para el futuro sea arrojarse en los fuertes y sudorosos brazos del deporte. Tomad frase larga.

Y sumido en esas ideas de preservación física me hallaba yo cuando por casualidad, entre anuncios de batidos hiperprotéicos, máquinas de abdominales milagrosas y nuevos gimnasios con relucientes aparatos que harían las delícias de cualquier inquisidor, me topé con algo que llamó mi atención. Al girar una calle cualquiera de un barrio cualquiera vi lo que parecía ser un dojo de entrenamiento japonés al antiguo estilo, con sus letritas chinas, sus dibujitos de samuráis y otras cosas que evocaban tradiciones ancestrales de oriente donde como todo el mundo sabe, los ancianos de noventa años son capaces de dar volteretas prodigiosas, subirse corriendo a los árboles y lanzar ataques tan veloces com precisos. ¿Sería eso lo que estaba buscando y que alguna fuerza cósmica, llamada azar, providencia o complot judeo-masónico, había colocado ante mi?

Dudé un rato. Adentro no se oía nada pero al final entré, ya que no había timbre y esperar fuera de forma indefinida me pareció absurdo. Entré, decía, y me encontré en un pequeño vestíbulo que olía a infusiones de esas fuertes, sudor humano y algún tipo de incienso. Tras un mostrador bastante alto había una chica que me miraba sin decir nada y como supuse que sería alguien del lugar, me acerqué a preguntar. Me dijo que allí se daban clases de kenjutsu, el arte milenario de la esgrima japonesa y que si me esperaba unos minutos podría hablar con el Maestro para informarme de todo. Como no, el Maestro resultó ser un señor bajito, oriental a más no poder, con sus bigotes blancos y su trencita. Hablamos de horarios, precios y cosas así y quedamos para empezar las clases cuanto antes. Salí a la calle con cierta ilusión. ¿Habría encontrado por fin un deporte que me gustara? Seguid leyendo y lo que sucedió os va a sorprender. Clickbait al canto.

Llegó el día y regresé al dojo con mi chándal recién comprado (nunca había tenido uno) y una mochilita con calcetines limpios y algo de ropa de recambio por si sudaba mucho, me hacía caca encima o algo. Me metí en la sala de entrenamiento que era un tatami simple decorado al estilo japonés del período edo y con una sorprendente variedad de armas, especialmente “daishos” (la combinación de katana, wakisashi y tanto) junto con el maestro y dos señores más, uno jovencito y otro algo más mayor que yo y muy corpulento. Nos hicimos el saludo de rigor y rápidamente comenzamos el entrenamiento, que debo decir que fue bastante duro para mi cuerpo.

Estiramientos imposibles, volteretas, esquivas y ejercicios de fortalecimiento sosteniendo armas en las manos para “hacernos uno con la espada” tal y como repetía el Maestro. No hubo conversaciones ni bromas, eso sí, todos muy serios entrenando, mostrando gran respeto por nuestro sensei y aplicando sus enseñanzas en la medida de lo posible.

Cuando terminó la clase yo estaba molido y en los vestuarios traté de hacer gala de mi humor para ganarme algo de confianza con mis dos compañeros pero no lo logré. El jóven se marchó con la cabeza baja sin decir ni mú y el grandullón se limitó a mirarme con la misma severidad inexpresiva que durante el entrenamiento. Menuda gente rara. Y como al final me quedé el último por mi falta de habilidad al atarme los cordones, aproveché para hablar un poco con el Maestro.

-Pues… Ha estado bien la clase. Me ha parecido muy interesante y tanto estiramiento es justo lo que necesito para desentumecer mi espada y extremidades.
-Kenjutsu sel el alte malcial definitivo. Tu loglal un cuelpaso si sel tenaz y voluntalioso -me respondió él con ese carácterístico accento.
-No lo dudo. Además conozco un poco el folklore japonés relacionado con la espada. Hace unos años me leí “El libro de los cinco anillos” de Myamoto Musahi y he visto casi todas las de Kurosawa, además de muchos episodios de “Humor amarillo”, que salía Takeshi Miike.
-Glades dilectoles Kulosawa y Miike.
-Si. Y bueno… No dejamos claro el tema del pago. ¿Efectivo, tarjeta, paypal?
-Como tu quelel. Lo único es que pagal antes de día tleinta polque sel tolneo mensual y tu sabel…
-¿Torneo mensual? No me habló de eso cuando me apunté.
-Tu no pleguntal.
-Es que es complicado preguntar por algo de lo que no se es consciente que existe.
-Cada mes celeblal tolneo. Pol eso llamalse “tolneo mensual”.
-Ya. Hasta ahí había llegado.
-En tolneo mensual alumnos coompetil pol sel ganadoles y seguí en dojo.
-¿Entonces a los que pierden se les expulsa?
El Maestro me miró entonces con esos ojitos de rata que se le abrieron de par en par en la medida de lo posible, claro.
-Peldedoles deja de existil. Sel duelos a muelte.
-¿Me estás diciendo que todos los meses tus alumnos se matan entre ellos?
-Colecto. Hacelse salami entle ellos. Chopped. Moltadela. Esto sel chalcutelía todos los meses.
-Pero… Yo he venido aquí a paliar mis problemas de espalda no a convertirme en un guerrero que se juega la vida…
-¿Tu cleel que Musashi luchal pol quítale dololes de espalda? ¿Tu cleel que los siete samulais luchal pol mantenelse en folma? ¿Tu pensal que los cincuentamil samulais caídos en la batalla de Sekigahala entlenaban pala esta guapetes y cachitas pala las tias? ¡Tu espada sel tu alma y una vez la tocas ya no podel vivil más que pala matal o… ¡Molil!

Y así. Con esa idea en la cabeza me marché del lugar, volví a mi casa a arropar a mis hijas, cenar algo y acostarme prontito que mañana hay trabajo y seguro que tendré agujetas y al acostarme el sueño rehuyéndome y esos dos ojitos megros mirándome sin dejar de repetir en mi cabeza eso de “¡Molil, molil, molil!”.

Y ahora ya no sé si darme de baja o seguir un tiempecito más. Si es que al final la vida se reduce a estar tomando decisiones todo el rato. Ya os contaré… o no.

jueves, 20 de junio de 2019

De precintos y casi veranos.


Sé que viendo mis últimas entradas muchos de vosotros (y alguna de vosotras) pensará que estoy forrándome de pasta gracias a mis habilidades literarias y los numerosos eventos de alto nivel cultural a los que asisto, pero no. Nada más lejos de la realidad. Soy igual de miserable que siempre, quizás más, y necesito autoinmolarme día tras día, madrugón tras madrugón y kilómetro tras kilómetro para poder mantener a mi familia bien cuidad y alimentada. Es por ello que aclarado este punto me dispongo a contaros una anécdota camioneril que como siempre que me pasa algo, estuvo a punto de costarme la vida... o algo peor.

Resulta que como todos/as/ es sabréis, los transportistas debemos disponer de herramientas para cargar cualquier tipo de mercancía y entre los utensilios para transportar piedra hay caballetes de hierro, tablones de madera, cadenas, cintas, carruchas y un largo etcétera que incluye, en caso de cargas delicadas como láminas de piedra caliza o areniscas, protectores para el hierro de los soportes y cinta de precinto para mantener esos soportes unidos. ¿Si? ¿Estamos en situación? Pues empiezo.

Hace relativamente poco (de una semana a un año) abrieron en mi querido lugar de residencia un bazar chino nuevecito, con una tele de plasma gigante en la fachada que anuncia el mismo bazar y pasillos y pasillos de objetos útiles o no, pero en cualquier caso de bajo precio. Y allá que fui en busca de un rollo de precinto porque el que tenía se estaba terminando y sin él no soy nada, como la canción de Amaral. Me hice con el rollo, pagué, me lo llevé al camión y cuando lo usé quedé maravillado por sus prestaciones. Era elástico pero resistente, con un grosor perfecto y un adhesivo increíblemente fuerte. Todos los que lo veían quedaban asombrados a su vez, preguntando donde lo había comprado y anunciándolo a los cuatro vientos. En cuestión de semanas todos los camioneros de la provincia se habían comprado el mismo y yo, el pionero descubridor del precinto perfecto me había convertido en un ser adorado e idolatrado por todos. Que ya era hora, joder.

Y esos fueron los días de bonanza que precedieron a la tormenta. Me invitaban a cafés en el bar, me cedían la mesa en los restaurantes y el paso en las rotondas. Podía conducir dormido que un enjambre de camiones se encargaban de guiarme y apartar los obstáculos a mi paso para que llegara sano y salvo a mi destino. Cambios mal devueltos a mi favor, la mejor fruta del mercado, funcionarios renunciando a su almuerzo por atenderme, partidas de rol semanales, mosquitos evitando picarme... Todo era maravilloso hasta que sucedió el terrible infortunio que da sentido a este texto que ya se está haciendo largo y pesado.

Un buen día saqué mi flamante rollo de precinto para asegurar unos tablones sobre el metal de los caballetes cuando me di cuenta de que a medida que lo desenrollaba perdía efectividad. Cada vez era más fino y quebradizo, pegaba menos y al cortarlo quedaba hecho un desastre. Pensé que se trataba solo de una mala racha pero no; cuanto más desenrrollaba peor se ponía la cosa y entonces llegué a la conclusión de que la primera mitad había sido excelente para ocultar el desastre que seguía. Debí haberme imaginado tal estafa cuando salí del bazar tras hacerme con la cinta y todos los chinos reían mientras me señalaban. Que iluso fui... y lo peor de todo era que ahora una legión de camioneros estaría a punto de descubrir el engaño y apuntarme a mi como culpable con sus gruesos y poderosos dedos.

Y estaba yo conduciendo y pensando en como informarles del infortunio del precinto cuando vi que en la autovía me seguían varios trailers, todos de la zona y cuyos conductores sacaban sus gruesos brazos por las ventanillas, monstrándome sus puños poderosos. Era demasiado tarde. Habían descubierto el engaño. Y yo era el culpable de todo. Tomé un desvío tratando de despistarles pero me siguieron y gracias al milagro de las emisoras cada vez tenía más detrás de mi. La cosa se ponía fea pero por suerte iba con el depósito lleno y la caja vacía con lo que no iba a dejarme atrapar tan pronto. Comencé un ascenso por un camino secundario que bordea una conocida montaña de la zona y noté los primeros estragos en mis perseguidores; los que iban cargados con bloques o palés comenzaban a quedarse atrás, aunque seguía con una docena detrás de mi, de todos los tamaños y formas.

Mi camión es rígido, es decir que no es un articulado y eso supone una ventaja cuesta abajo pues se pueden alcanzar mayores velocidades sin miedo a las curvas por lo que me lancé por un puerto de montaña especialmente retorcido y pude ver como algunos tráilers, incapaces de coger bien las curvas acababan haciendo la tijera, bloqueando el paso a otros y explotando en bellas bolas de fuego, color e imaginación. Apenas tenía cinco camiones detrás, cuatro rígidos y un tráiler superviviente.

Traté de dejarles atrás en una recta pero no fue posible. Limitadores de velocidad trucados, supongo. Debía soltar lastre y lo más pesado a mano era la caja de herramientas. La tiré por la ventana y al chocar contra el suelo se abrió, llenando el asfalto de destornilladores, llaves inglesas, tornillitos y otros objetos pnzantes/ resbalantes con lo que uno de mis perseguidores perdió el control y volcó, derramando su cargamento de odio. Oro más se quedó atrás al recordar que era el aniversario de su mujer y que todavía no le había comprado nada, dejándome solo con tres perseguidores y la esperanza de poder salir de una pieza de tal situación.

Un camión pequeño, de tan solo dos ejes (el mio tiene tres) se situó a mi lado y comenzó a embestirme para sacarme de la carretera, pero el mayor volúmen y peso de mi vehículo hizo que saliera despedido, cruzara un campo de alcachofas, atravesara un granero, subiera a una colina, saliera volando en la parte superior y aterrizara en una charca de aguas fecales donde se hundió hasta las ventanillas. Solo quedaban dos. Un tráiler y otro camión como el mio se situaron a ambos lados, me estrujaron para que no pudiera escapar y comenzaron a arrojarme objetos por las ventanillas. Uno me lanzaba llaves inglesas y el otro hacía lo mismo con repuestos, bombillas y bolas de papel albal de los bocadillos. Yo lo esquivaba todo con gran habilidad y los objetos iban a parar al otro camión, proveyéndoles de más munición para un conflicto que parecía que iba a prolongarse hasta el infinito, hasta que sucedió lo inesperado.

Me pareció ver a una inocente y desvalida oveja en la carretera y frené en seco (al final resultó ser una camiseta vieja arrastrada por el viento) haciendo que los dos camiones que avanzaban en paralelo se autoagredieran, saliendo uno herido de muerte y estrellándose para hacer una crisálida en su cabina y esperar renacer, seguramente en una forma superior, algún día de esos. El otro chófer no pudo hacer otra cosa que frenar, cruzarse en la carretera y bajar de su cabina. Me miró. Le miré. El sudor resbalaba por nuestras frentes y nucas, empapándonos las camisetas. El sol de casi verano era el único testigo de ese duelo que terminaría con uno de los dos mordiendo el polvo.
-Hace calor -le dije.
-Ya lo creo -me respondió.
-Y eso que todavía no ha entrado el verano verano.
-Verano verano... Veranero.
-Verano verano, veranero veranoide.
-No sabes como acabar esta entrada... ¿Verdad? -me dijo.
-Es que no tengo ni ganas de escribir, pero ahora que he llegado hasta aquí siento que debo terminar lo empezado.
-¿Y si te digo que hace un calor que tetorr..?
-No por favor. Ya no pongo ese tipo de fotos en el blog. Habré madurado o habrá madurado la sociedad o quizás todos hemos cambiado un poco sin darnos ni cuenta, convirtiéndonos en personas no necesariamente mejores pero sí más útiles para este sistema que nos empuja a actuar según designios que ni siquiera controlamos.
-Pues para no tener ganas de escribir te estás explayando.
-Calla y muere.
Y así le arrojé la punta seca de un bocadillo olvidado en el bolsillo interior de mi chaleco de verano terminando con él y con este sindiós.
A tomar por saco.

miércoles, 12 de junio de 2019

De ofertas de trabajo remuneradas y satanismo.






Siete de la tarde, minuto arriba minuto abajo; me dispongo a comerme mi merienda típica consistente en melón con queso (el jamón me da flato) cuando suena el teléfono indicando un extraño y larguísimo número.

-¿Si? -respondo en un alarde de elocuencia y riqueza verbal, léxica y semántica.
Tardan unos segundos en responderme mientras se oyen sonidos de flautas de fondo.
-¿Señor Capdemut? -dice por fin una voz masculina, algo lejana desde el otro lado.
-Si.
-Buenos días señor Capdemut es un honor poder hablar con usted... -comienza a decir pero le interrumpo.
-¿Como que buenos días si es muy por la tarde ya?
-No, ya, es que le llamo desde Perú y acá es por la mañana todavía, jeje, andale wey.
-¿Perú este o perú oeste?
-Perú no tiene este ni oeste, solo norte y sur, somos un país chiquito, sabeusté.
-No lo sé, pero así a ojo diría que la superficie de Perú es de más de un millón de km2, que es el doble que España -le respondo haciéndome el listo.
-Si, eso es cierto pero sabrá también que en los mapas a los del hemisferio sur nos dibujan más pequeños siempre.
-Ya, puede ser que eso cause una falsa sensación de pequeñez, pero como también son gente más bajita les quedará más espacio para moverse todavía. Si sacáramos cuentas puede que a nivel de sitio Perú sea el triple que España. Pero no nos perdamos por esos derroteros espaciales. ¿A qué debo su llamada señor..?
-Me llamo Nafka Estalone y soy el responsable de la editorial A*****r y queremos contar con su talentosa escritura para partisipar en una antología con varios autores destinada a ser distrinbuida en colegios para que los chamaquitos puedan inisiarse en la lectura y esas cosas. ¿Orale vos?
-Ya.
-Los relatos van a tratar sobre una banda de música en concreto. Cada autor elegirá una cansión y escribirá un cuento sobre ella.
-Entiendo pero sinceramente, yo no tengo ni idea de música andina ni estas cosas, no se si soy la persona adecuada.
-¿Que música andina ni qué rambutanes en almíbar, wey? La banda a tratar es Venom.
-¿Venom? -le respondo algo confuso? -¿La banda de black metal de los ochenta abiertamente satanista y vetada en muchos países debido a sus letras violentas y/o escatológicas?
-¡La misma compadre! Veo que entiende usted de músicas del mundo.
-¿Y eso será adecuado para que lo lean los niños?
-Por supuesto. Piense que los niños en perú tienen que ir al colegio escalando montañas y crusando ríos con cocodrilos que disparan laseres por los ojos.
-Ya... Vale, pero... ¿Me van a pagar por esto o va a ser como todas las entradas que escribo últimamente?
-¡Por supuesto wey! Le vamos a dar mil millones de (viejos) soles.
-¿Mil millones?
-Así es, (viejo) sol arriba (viejo) sol abajo dependiendo del cambio.
-Vale, acepto. ¿Donde hay que firmar?
-Aquí, debajo de la linea de puntos.
-¿Donde pone "el gilipolas"?
-Justito ahí.
-Hecho, tenga el contrato y me pongo al trabajo ya.
-No me ha devuelto el boli, chamaco.
-Uy perdón, tenga, que es que a veces se quedan pegados, jeje.
-Jejeje, no pasa nada. Total, solo me costó dos mil quinientos millones de (viejos) soles.
-Anda, que caro el puto boli, con razón.
-Pues nada, hablamos entonses para la entrega del relato.
-Claro, déjelo en mis manos. Ya puede colgar.
-No. Cuelgue usted.
-No tu.
-Usted.
-Tu.
-Tu.
-Cuelga tu.
-Besitos.
La llamada se corta y me doy cuenta de que mi melón con queso se ha biodegradado y ahora es un bello jardín colgante. Que bonita la naturaleza cuando no está saturada de plásticos y colillas.

miércoles, 5 de junio de 2019

De cultura y visibilidad


Observo mi reflejo en el cristal de la puerta antes de entrar. No me llaman todos los días desde el ayuntamiento para hablar sobre mi carrera como escritor (lo normal es que sea por impagos u otras cosas mundanas) y siento cierta inseguridad por mi aspecto habitualmente desaliñado a pesar de los esfuerzos por arreglarme.
Entro en la sala principal, un espacioso vestíbulo de antigua construcción pero con modernos muebles y me dirijo a la chica de información.
-¿Señor Capdemunt? -me pregunta al verme.
-Es Capdemut.
-¿Señor Capdemut? -vuelve a preguntar.
-El mismo que viste y calza -le respondo educado.
-Le están esperando en el centro cultural, cruce la puerta secreta y accederá al edifico contiguo a este.
-¿Qué puerta? Yo ahí no veo ninguna puerta?
-No la ve porque es secreta, ya se lo he decido.
-Es "dicho". "decido" es del verbo decidir.
-Ya lo sé, pero soy una entidad de secretaría libre y puedo decidir lo que digo.
-De acuerdo, me ha convencido.
Al otro lado de la puerta, que se abre colocándose de espaldas a la pared y dando dos palmadas para que un panel giratorio se active, hay un pequeño patio cuya única salida lleva hasta una enorme escalera que asciende un par de pisos. Justo en el hueco de la misma hay una preciosa maqueta de un castillo con todo lujo de detalles y al verla una idea cruza mi mente.
Teniendo en cuenta que últimamente todas mis citas de cariz literario acaban a ostias, me convenzo de que la localización (y existencia misma) de esa bonita maqueta no responde a otra necesidad que la de ser aplastada por alguien arrojado por el hueco de las escaleras debido a alguna refriega que se producirá, con toda seguridad, cuando yo llegue arriba.
Subo las escaleras con cautela, preparado para el combate inminente y en lo alto me encuentro con un tipo austero, taciturno y altanero. Me mira con severidad, rigor e intransigencia y rápidamente me doy cuenta de que me hallo ante mi primer rival. ¿Será él quien espachurre el castillito de abajo con el lomo? Le miro, me quito la camiseta para no mancharla en la lucha, porque como he dicho al principio me he puesto mis mejores galas, y cuando creo que va a empezar una pelea épica, el tío me sienta en una silla, se pone aceite en las manos y comienza a darme un agradable masaje en la espalda.
-Uy, que tenso estás -me dice.
-Ya ves, todo el día agarrado al volante del camión como un loro a su palo.
-Tranquilo que en un momento estarás como nuevo y podrás ser recibido por "La Jefa".
¿La Jefa? ¿Quien será esa? Un rival complicado, sin duda, teniendo en cuenta como me preparan para el combate. Y menudo masaje, casi me siento flotar y de estar acostado me dormiría allí mismo.
-¿Estás mejor? -me pregunta.
-Estupendo, muchas gracias. ¿Puedo seguir subiendo ya?
Y así con el consentimiento del grandote me pongo la camiseta otra vez y subo al segundo piso. Ante mi, una chica menuda, rubia y de aspecto delicado me espera con una sonrisa. Debe ser esa tal Jefa, pienso para mi, pero no me engañará con su apariencia frágil. Me preparo para coger carrerilla y lanzarle una patada voladora directa al plexo solar cuando me señala un sillón junto a una mesita equipada con un refresco y patatuelas. Me siento algo confundido y me deleito con la exquisita decoración y snacks de trigo mientras sorbo un refresco sin gas bien fresquito. Y justo cuando ya estaba perdiendo la fe en la existencia de un futuro combate, una doble puerta de madera de cedro se abre y al pasar al interior me encuentro con una señora de más o menos mi edad, algo mayor seguramente pero ya sabéis que en estas cosas es mejor tirar a la baja para evitar malos rollos, rodeada de seis tipos vestidos con trajes negros.
La Jefa y sus mejores esbirros, no hay duda, ahora sí ha llegado la hora de utilizar mis puños de acero y... Pero en lugar de ponerse la cosa chunga me invitan a sentarme, los seis funcionarios sacan abanicos para hacerme aire y la mujer comienza a explicarme cosas en un tono sumamente amable.
-Señor Capdemunt, le hemos citado porque desde el ayuntamiento queremos mostrar nuestra más sincera admiración hacia usted y su magnífico trabajo y ayudarle en lo que sea menester para facilitar, promover y dar a conocer públicamente y de la manera más efectiva posible las dotes creativas de nuestros ciudadanos más ilustres, porque un pueblo que no apuesta por su cultura es un pueblo encaminado hacia la pobreza humanista y bla bla bla...
Desconecto del sermón y comienzo a pensar si sería buena idea sacar de su caja ese viejo equipo de hombres lagarto del Blood Bowl, repintarlo un poco y desafiar a algún amigo a un partidete amistoso, mientras oigo algunas palabras resaltadas en negrita que llegan del torrente verborreico de esa Jefa.
-Bla bla bla... ORGULLO... bla bla... CULTURA... bla bla,,, PUEBLO...bla bla...
Yo asiento con la cabeza y sonrío, miro el reloj despertador que levo en el bolsillo y se me está haciendo tarde, así que decido hablar para cortar el flujo de palabras e ir al grano.
-Bueno, entonces, esto... ¿Por qué estoy aquí?
-Ah, me gusta la gente que va al grano -me responde satisfecha-. Admiro a la gente decidida. Creo firmemente y con total convicción en las posibilidades infinitas de la gente que va...
-¡Al grano! -contesto ya algo irritado. No solo no van a haber palos si no que me aburren soberanamente.
-La cuestión es que desde el ayuntamiento queremos realizar actividades culturales y le hemos elegido a usted, querido Capdemunt para que sea quien las organice, dirija y lleve a cabo.
-Ya. Entiendo, pero... ¿Qué tipo de actividades? Y soy Capdemut, por cierto.
-Capdemut, claro, lo sabía, es que le admiro tanto... Actividades relacionadas con la literatura esa que usted hace. Charlas, talleres, monólogos... lo que quiera. Libertad total. A usted todo se le da bien. Podríamos empezar poco a poco realizando no sé... Una al mes y luego ir aumentando la frecuencia dependiendo de la época del año y la respuesta del público y...
-Vale, vale. Me parece bien la idea.
-Oh perfecto.
-¿Pero cuanto voy a cobrar por esto?
Y de pronto el semblante de la Jefa palidece, los funcionarios bajan sus abanicos y las nubes ocultan el sol, sumiendo la sala en una penumbra silenciosa. Puedo oír los latidos de mi corazón, como crecen mis uñas y el vuelo de una mosca que pasa por el extremo opuesto de la calle.
-Bueno.. cobrar, cobrar... ¿Usted no hace esto porque le gusta?
-Claro que me gusta, pero lo cortés no quita lo regalado y si tengo que realizar un trabajo extra para terceros lo normal es llevarme algo por las molestias y el tiempo invertido.
-Ya pero... -los ojos de la Jefa recorren la sala sin control alguno-. Aquí en el ayuntamiento no tenemos unas tarifas estipuladas para eso y... Nuestra forma de pago es dar a los artistas visibilidad y... Piensa en los libros que podrás vender cuando todos te conozcan y eso y tal y pascual.
Y entonces yo me cierro en banda y le digo que no me sale del testículo izquierdo que por cierto es el único que me queda después de mi breve pero intenso intento de triunfar en la tauromaquia, de aceptar encargos gratis, que ser escritor es una mierda y que como mucho estaría dispuesto a participar en actividades ya organizadas como invitado o colaborador pero en ningún caso hacer yo el trabajo de los demás a cambio de "visibilidad". Que yo no como visibilidad, ni pongo gasolina al camión con visibilidad y que las miniaturas de Warhammer no se pagan con visibilidad sino con dinero.
Y dicho esto me acompañan a la puerta, bajo las escaleras y dejo atrás a la Jefa, a la chica rubia y al señor grandote. Miro con tristeza la maqueta del castillo que sigue entera y aunque estoy tentado de agarrar una silla y destrozarla para aliviar un poco mis ansias de violencia, la dejo como está. No molaría tanto sin duda.
Salgo a la calle algo triste. Creía que esta iba a ser una entrada con acción y ha resultado ser un coñazo insoportable. Lo siento por mis lectores pero sobretodo por mi mismo. Pero de pronto capto un movimiento furtivo por el rabillo del ojo. Miro y no veo nada, pero entonces capto algo con mi visión periférica en un tejado. Una figura completamente vestida de negro salta al interior de un balcón donde se oye un grito ahogado. Y a esa le sigue otra y otra... ¡La ciudad está siendo atacada por ninjas! Ahora sí que se pone interesante la cosa. me meto en la cabina telefónica más cercana y saco de la riñonera mi traje blanco de ninja del bien. Esos malvados no saben con quien se la juegan.

miércoles, 22 de mayo de 2019

El consultorio del Dr. Testículo: Consulta 16






Después de varios meses de sequía consultorial, una persona con problemas ha decidido acudir a mi para que se los solucione. ¿Acierto o error? Comprobadlo vosotros mismos.


Parece ser que este servicio del blog que solo pretende ayudar de forma totalmente desinteresada a los lectores, está siendo ignorada desde hace mucho. ¿La gente ha arreglado sus vidas? ¿No valoran lo suficiente la ayuda que aquí se aporta? En cualquier caso un habitual del lugar ha acudido a mi aquejado de problemas y es mi deber arrojar algo de luz sobre ellos.
Ahí va su consulta:

Hola señor Testículo, soy una mierda.
Me llamo Viaducto de Segovia y no es mi primera vez aquí. Hace poco acudí por un problema con mis cejas y el de ahora es más grave. Le cuento. Hace tres meses llegó un compañero nuevo a la oficina con un contrato temporal. Era un tipo simpático que se llevaba bien con todo el mundo y a pesar de lo breve de su estancia en el trabajo se convirtió en el alma matter del lugar. En llegar las fiestas navideñas dejó el trabajo y ahora al regresar y ver su silla vacía lo he comentado con los compañeros y resulta que nadie le recuerda. Ni su nombre, ni sus frases ingeniosas, incluso afirman que no ha habido ningún compañero eventual desde hace años. ¿Por qué solo le recuerdo yo? Esa es mi duda.

Amigo Viaducto, me complace tenerte otra vez aquí y voy a intentar ayudarte con este problema que tanto (deduzco) te angustia. En primer lugar decirte que hay dos posibles respuestas para este fenómeno las cuales deberás meditar de forma individual para alcanzar una conclusión satisfactoria.

Opción 1: Tu compañero de trabajo, o el que tu creías que era tu compañero de trabajo era en realidad un extraterrestre que vino a mimetizarse entre vosotros para aprender vuestros procesos de trabajo, rutinas y comportamientos para volver a su planeta con esos datos y planear la invasión definitiva a la Tierra. Por algún motivo (puede que seas bizco, utilices gafas de espejo o simplemente estabas en el baño) el rayo amnesificador con el que disparó a todo el mundo antes de largarse no te afectó y ahora eres el único que guarda su recuerdo.

Opción 2: Eres esquizofrenico.

Y eso es todo. Espero haberte sido de ayuda.

martes, 14 de mayo de 2019

De animales y sombras



Como mi pereza es legendaria, he decidido pasar de escribir la siguiente entrada del blog y en lugar de ello grabarme en video. Si llego a saber que me iba a costar el triple de tiempo y cien veces más esfuerzo, lo hago como siempre. Pero ahora ya está.