martes, 29 de diciembre de 2020

Pues a mi el 2020 me ha gustado

 

El año en una imágen

Soy consciente de que no será una reflexión muy popular, pero es lo que hay. Este año ha sido algo distinto a lo habitual, trágico en parte y revelador por otro lado. Hemos tenido un poco de todo en realidad. Comenzamos con energía, llenos de buenos propósitos y planes de grandeza para ir desinflándonos poco a poco hasta caer en la más profunda desolación y luego hemos tenido la oportunidad de arrastrarnos fuera del pozo, lentamente y recibiendo bofetadas de vez en cuando para que no se nos ocurriera sonreír demasiado.

Alguien dijo allá por abril que éste era el año de los introvertidos, de los aficionados a la lectura y los videojuegos, de los amantes de las series, las mantitas y los panchitos. Y realmente aquellos más duramente golpeados por las circunstancias fueron los abiertos de mente, los que anhelaban viajar, las grandes reuniones sociales, los parques de atracciones y los festivales. Pero lo cierto es que todos nos vimos en algún momento arrastrados al pesimismo, atrapados por el miedo y la incertidumbre al pensar en el futuro y por qué no decirlo, arrepentidos por no haber aprendido a tocar la guitarra en su momento.

Pero por otro lado también hay que valorar las cosas positivas. Descubrimos que podíamos leer por fin esos libros que estaban cogiendo polvo, que las fiestas de cumpleaños podían ser en el patio con cuatro niños en lugar de las megacelebraciones con toboganes, piscinas de bolas y meriendacenas para niños, padres, madres y abuelos. Que a veces se puede trabajar desde casa, que se puede pasar más tiempo con los nuestros y menos con los de los demás y que al final eso de la guitarra puede esperar veinte años más.

Por eso para mi este 2020 ha sido un año positivo, un año que nos ha invitado a reflexiones que la vida mundana nos tenía vetadas, un año de cambios, de pausas, respiraciones profundas y pensamientos calmados.

Y digo eso por no hablar de los memes de internet, los que se han convertido en poetas y escritores de la noche a la mañana, los nuevos mesías del nuevo orden mundial de pirados, esos de la plandemia y la farmafia, de Kill Gates y el coronatimo, terraplanistas y antivacunas que de pronto se han visto convertidos en el centro de atención y han crecido como la espuma, vacíos e insípidos pero divertidos al final, porque si algo he descubierto ya por mi mismo es que o nos reímos de todo o la mierda nos come.

En cuanto a este 2021 auguro que será un año “mejor” desde el punto de vista de los claustrófobos. Pronto nos pondrán la vacuna que nos instalará el chip cinco ge y alterará nuestro ADN para que podamos salir a la calle otra vez sin mascarillas y nos demos cuenta de lo feo que era todo el mundo en realidad. Tendremos otra crisis económica y de valores, política y de valores, ecológica y de valores, e incluso crisis de valores a secas, que son las peores.

Para mi este 2020 no ha sido malo porque auguro que el año que entra va a ser “mejor” todavía y esta vez sí que sí, voy a aprender a tocar la guitarra.

 

Aquí una foto para nada editada

 

martes, 1 de diciembre de 2020

Una necesaria (aunque posiblemente vacía) meditación.

 


Nunca he pretendido tener éxito en la vida. Nunca he querido ser “rico y famoso”, ni siquiera “adinerado y popular”, pero es cierto que de vez en cuando a uno le gusta sentirse arropado por personas que apoyen su causa, que empujen de su destartalado carro o que simplemente remen en su misma dirección. Pero voy a dejarme de símiles, que si no no termino.


Empecé con este blog hace ocho años, con la sana idea de separar de mi otro blog los contenidos no dedicados a aficiones lúdicas y acumular mis tonterías, mis relatos, mis tonterías y en definitiva, todo aquello que jamás debería ver la luz. Pero curiosamente, me sentí muy satisfecho cuando este blog comenzó a tener seguidores, comentarios y lectores que aunque desde las sombras la gran mayoría, estaban ahí, con la forma espectral e indefinida de las estadísticas. Tenía lectores y por ello me sentí en la obligación de esforzarme, de escribir de forma regular, de crearme rutinas, obligaciones, como uno quiera llamarlo… Pero esa época ya terminó.


Echadle la culpa al cierre de Google+ (con la consiguiente incapacidad por mi parte de existir en otras redes sociales), a la pandemia que nos está dejando a todos hastiados y apáticos o a mi propia incapacidad para seguir adelante, pero en cualquier caso y sea como sea, esto no termina de funcionar. Los lectores han caído en picado, el “feedback” que recibo es ínfimo y por lo tanto mis ganas de seguir aquí se reducen a la mínima expresión, por lo que debo replantearme si cerrar esto o darle un giro en cuanto a planteamiento.

 


Ya dejé en “standby(me)” el otro blog, ese tan mediocre de juegos de rol y muñequitos, y ahora me planteo hacer lo mismo con este, pero no creáis que se debe a mi inactividad, a que me ha absorbido el trabajo y la familia y que ya no puedo con todo, sino por todo lo contrario.

Estoy jugando más que en toda mi vida, al Warhammer concretamente, con un ritmo vertiginoso de una partida a la semana de una campaña narrativa que ni en mis mejores sueños podría haber imaginado hace un año; también estoy escribiendo más que nunca, tanto que no doy abasto para pasarlo a ordenador y se me acumulan los cuentos y novelitas por encima del escritorio. Y a pesar de eso paso más tiempo con mi familia, con amigos nuevos y viejos, he aumentado mis horas de sueño, y me puedo permitir incluso hacer deporte en forma de escapadas montañiles, por no hablar de que ahora tengo mi propio programa de televisión.



Resumiendo: Creo que este blog no funciona porque me está yendo demasiado bien en la vida como para dedicarle toda la rabia y amargura que él demanda. Creo que no funciona porque las redes sociales ya no me molan tanto como para dedicarles más tiempo del estrictamente necesario. Y creo que no funciona porque todo en la vida tiene un momento y el momento de todo esto ya pasó.


Pensaré durante unos días en como reenfocar esto. Si seguir con este ritmo pausado, echar el cierre temporal o simplemente volcar aquí mis relatos, por entregas, e ir viendo que pasa.

Haría una encuesta, pero me temo que ahora mismo sois demasiado escasos como para que tuviera sentido, así que igual tiro un dado para decidir. Como en los viejos tiempos.

Un saludo.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Ruinas (Paternidad 51)

 


Desde hace unas semanas, mi mayor y yo empleamos los hasta el momento lentos y azarosos domingos por la mañana en caminar por el monte, descubrir rutas y disfrutar de entornos naturales que aunque escasos en estas tierras, siempre ocultan cierta belleza y encanto.

Y hoy, como viene siendo habitual, partimos en dirección a uno de esos senderos tan cercanos como desconocidos para nosotros y nos adentramos en un sinuoso camino que desciende entre valles y barrancos rodeados de montañas de roca viva, hasta el lecho de un río ya agotado donde todavía se yerguen los restos de edificios, puentes y otras obras humanas erigidas por nuestros antepasados.

Caminamos y caminamos y la verdad es que la cosa se empieza a hacer cuesta arriba, en todos los sentidos. Mis huesos empiezan a aquejarse y la niña a arrepentirse de haber tomado ese camino, por lo que buscamos una sombra y nos sentamos a beber agua y coger un poco de aire. Y entonces aparece.

Un viejo andrajoso con toda la pinta de haberse perdido por esos montes hace décadas aparece de pronto de entre unos matojos y nos asusta a los dos. Instintivamente me coloco delante de mi hija y agarro un palo del suelo dispuesto a aplastarle la cabeza a la mínima sospecha de hostilidad por su parte, pero el señor parece ser pacífico y simplemente pasea ajeno a nuestra presencia. Y quizás sea por haberme visto arrastrado por mis prejuicios y haber apelado a mi instinto de supervivencia más primitivo y agresivo que me siento impelido por la necesidad de mostrarme amable con él y trato de entablar conversación.

-Disculpe señor. No he podido evitar fijarme en que parece usted un hombre ducho en estos caminos, un veterano de las sendas y seguramente conocedor de todos los atajos que preexisten en estos andurriales -le pregunto.

-¿Que qué? -me responde él encogiendo la cara como si se hubiese tragado un pomelo de los amarillos.

-Que si podría indicarnos el camino más corto para volver al pueblo, que estamos ya un poco cansados.

-Ah, sí, claro… Mirad, tenéis que seguir este camino que sube por el lado del cerro ese. ¿Veis? Luego se divide en dos, pero no vayáis por la derecha ya que ese os llevará a unas antiguas ruinas moriscas que se dice que están encantadas ya que según la leyenda, un rey dejó allí escondido su tesoro y ahora lo protege de incautos intrusos que pudieran encontrarlo.

Y dicho esto el hombre se marcha a paso lento, pisa una trampa de osos, cae a una fosa oculta con ramas, se clava varios pinchos envenenados y hace estallar una bomba de la guerra civil que le manda directo al cielo donde se mete en el reactor de un avión y se desintegra ya del todo. Como para preguntarle más acerca del tesoro del morisco ese.

-Ha dicho que a la izquierda -me dice mi hija con tranquilidad.

-¿Como que a a izquierda? -le respondo azorado. -¿No has oído la historia esa del tesoro? Podría ser la aventura de nuestras vidas, o por lo menos de la mía, que ya me queda menos.

-Papá, eso es una leyenda que nos ha contado un viejo loco. Vámonos a casa que ya tengo hambre.

-Pero… ¿Es que no te das cuenta? Podríamos ser famosos, o ricos… O las dos cosas. Imagina todo lo que nos podríamos comprar. Juguetes, ropa, warhamm…

-A veces me parece que tú eres el niño y yo el adulto.

Y así, con esa frase devastadora mi pequeña emprende la marcha hacia el camino de la izquierda y yo la sigo cabizbajo, dejando atrás todo lo que alguna vez fui, o pensé en ser, o pensé en pensar ser.

martes, 27 de octubre de 2020

De experiencias virtuales y nachos con guacamole.

 


Camino erráticamente por los anchos pasillos del centro comercial. Mi hija me acompaña y no deja de decirme cosas que ni siquiera oigo porque mi cerebro está funcionando a otro nivel, uno inferior posiblemente, sin dejar de dar vueltas al mismo tema: Mañana cumplo cuarenta y uno y eso me sitúa un paso más cerca de todas las cosas malas que todavía me tienen que suceder.

Porque seamos sinceros, la decrepitud física comienza poco antes de los treinta y a partir de ahí ya nada bueno puede esperarse; todo se arruga, se destiñe, se vuelve fláccido o directamente se cae como esas hojas otoñales que el barrendero mete a presión en la papelera de la esquina. ¿Por qué no dejarán en el suelo las hojas si son uno de los escasos vestigios de naturaleza que nos quedan? Pero no nos desviemos del tema que he venido aquí a hablar de mí. Como siempre.

Caminaba distraído estaba diciendo, hasta que la voz de mi mayor, imbuida por alguna emoción desorbitada me devuelve a la realidad. Ante nosotros hay montadas dos capsulas de esas de realidad virtual que prometen viajes alucinantes en un entorno… 9D.

¿Nueve dimensiones? Eso no existe, le digo a mi hija extrañado, tratando de disuadirla de la idea de meterse en uno de esos trastos. Pues claro que existe, lo tienes delante , me responde ella esgrimiendo una lógica de la que no puedo rebatir ni una palabra. Así que cumpliendo con mi deber de buen padre decido desembolsar los cuatro euros que permitirán a mi descendiente número uno disfrutar de esa experiencia futurista. Y es entonces, allí plantado en la cola, cuando tomo una decisión de la que como no, me arrepentiré más tarde, ya lo veréis.

Cuarenta y un años casi, lo he dicho antes, emprendiendo la recta final de mi vida con el acelerador apretado a tope y el motor echando un humillo feo camino a ese murete blanco medio oculto entre los cipreses, larga y enrevesada metáfora de morirse. Y es por ello que con un recién descubierto espíritu rebelde, decido darle al muchacho otros cuatro euros (lo que viene a ser pagar con un billete de veinte y que te devuelvan doce) y embarcarme yo también en la aventura. Qué cojones, hostia ya.

Las experiencias a vivir en el mundo 9D son las siguientes: Infantil, Vértigo (con tres niveles de intensidad que son suave, intermedio y extremo) y finalmente Interactivo, que va de matar naves extraterrestres a lo space invaders pero rollo siglo veintiuno. Yo me decanto por esta última, pero mi hija quiere el vértigo extremo, así que la acompaño para no dejarla sola si algo malo sucede en ese mundo virtual. Y vaya si sucede, pero no a ella. Me siento, me abrocho el cinturón y me coloco las gafas. Todo va bien hasta que se enciende la pantallita y empiezan a pasar cosas.

Estoy en un avion que sobrevuela una ciudad, mirando a través de una abertura en el suelo; de pronto alguien me empuja y caigo al vacío; me da el aire en la cara, me siento caer, me agobio un poco pero entonces aparece mi mano virtual y tira de la anilla de un paracaídas. Menos mal. Pero no, porque la anilla se rompe y tardo unos agonizantes segundos en accionar el secundario y por fin deslizarme suavemente por el aire. Menuda mala ostia de juego. Si esto fuera la vida real, nunca me habría tirado en paracaídas, ni siquiera habría montado en avión, pero bueno, supongo que ahí está la gracia del asunto.

El descenso se ha vuelto lento y agradable, aunque cuando miro abajo veo que la ciudad está como en ruinas y todo tiene una pinta oxidada muy fea, como de poco mantenimiento, y la mala suerte más extrema hace que en lugar de aterrizar en el suelo lo haga sobre la vagoneta de una especie de montaña rusa. Vaya por dios, con lo grande que es esa ciudad.

Y allí empieza la risa. La vagoneta coge una velocidad imposible, se suceden los giros, las vueltas de campana e incluso los saltos. Todo tiembla y se sacude, el vértigo deja paso al mareo y el mareo a la náusea. Cierro los ojos para no ver el aluvión de imágenes tridimensionales pero no me sirve de nada; las sacudidas del aparato y los chorros de aire no me permiten evadirme del mundo virtual. “Estás sentado en una cápsula de plástico en un centro comercial levantino” me repito “Esto no es real, el mareo y el vértigo no son reales”, pero mi cerebro va por su lado y sintiendo peligrar los nachos con guacamole y el burrito de la comida que llevo en el estómago, decido quitarme las gafas y volver al mundo real así, de golpe, y que le den por el saco a la experiencia.

Me levanto y camino tambaleándome hacia el responsable de la atracción para devolverle las gafas. En la cápsula mi hija se lo pasa pipa. ¿Te has mareado, no? Dice él, y yo no me atrevo a contradecirle porque seguramente tendré la cara más blanca que la leche semidesnatada. Un poco, le respondo tratando de hacerme el duro. Es normal, me dice él. Los jóvenes lo disfrutan mucho pero la gente mayor… Porque mañana cumplo cuarenta y uno, y ya soy oficialmente gente mayor.

miércoles, 14 de octubre de 2020

De matemáticas y viajes suprarrenales.

 

 


Mi nuevo trabajo es una mierda, vale, creo que lo dejé claro hace un par de entradas, pero si tengo algo positivo que extraer de él es que solo sucede por las mañanas y eso me deja, por primera vez en mi vida desde que tenía veinte añitos, las tardes libres para hacer lo que me de la gana.

Y ya sé qué pensaréis. Que un hombre como yo va a dedicar ese tiempo libre a escribir, hacer deporte y retomar viejas aficiones roleras, pero no. Ya no soy el mismo que era. He cambiado, he abandonado malos hábitos de procastinación y ahora estoy dispuesto a hacer algo de provecho con mi vida: Sacarme el título de graduado en la ESO.

¿Y como es posible que un escritor de relativo éxito, padre de familia maduro y espécimen culto donde los haya no tenga todavía ese papel? Pues muy sencillo. Cuando yo estaba en edad de estudiar, ese título todavía no existía (yo soy de la vieja escuela, de la EGB) y a partir de ese momento dediqué mi vida a trabajar como un rebaño de mulas, con lo que el mundo del estudio quedó totalmente obsoleto para mi.

Pero como dicen que nunca es tarde, que el saber no ocupa lugar y que no sabemos lo que nos puede deparar el futuro (si es que lo hay), he decidido apuntarme para sacarme el dichoso graduado y así subir un nuevo escalón en la provechosa escalera de la fortuna vital y el crecimiento personal e intelectual.

Y aquí estoy ahora, dirigiéndome a mi primer día de clase, carpetita en mano, bolígrafo bic cristal escribe normal en el bolsillo de la camisa y peinado engominado lateral para dar mejor aspecto de empollón. Me siento en mi mesa y cientos de recuerdos de mis días de escuela vienen de pronto a mi mente: Burlas, collejas, humillaciones varias, ninguneos, fracasos, frustración, pantalones bajados en medio del patio, pedradas en los genitales, ser el último de la fila cuando elegían equipos, balonazos en el estómago, gafas rotas, más collejas, el sabor de la tierra en la boca… Qué maravilla todo. Pero entra el profesor y se hace el silencio.

¡Matemáticas! Grita el señor profesor (que seguramente sea más joven que yo) mientras se arranca el jersey a lo Hulk Hogan para mostrarnos una gran barriga tatuada con la fórmula del emc2 al cuadrado ese y la cara de Einstein sacando la lengua. Nos da las hojas de ejercicios y empiezo por lo fácil, que son las sumas y las restas.

No tengo problemas al principio. Me atrevo incluso a multiplicar y cuento con los dedos debajo de la mesa para disimular. Algunos de mis compañeros resoplan por la dificultad de la prueba y yo me siento confiado hasta que llego a las divisiones de dos cifras y comienzo a sudar. ¿Como se hacía eso? Trato de rebuscar entre mis recuerdos más antiguos pero solo rescato escenas en las que me escupían dentro de la libreta o me robaban los bolis. Y eso no es lo peor. Luego llegan las fracciones, los mcms y Mcdses, los menos por menos más y las raíces cuadradas. Todo se vuelve confuso en mi mente y cuanto más trato de concentrarme, más fuera de lugar me siento.

Los números comienzan a danzar ante mis ojos, saltando de sus posiciones y ocupando las de otros, sumándose a su antojo y sin permiso o restándose, incluso multiplicándose por cero en un claro ejemplo de suicidio numeral. Trato de mantener el orden pero mi cabeza empieza a perder información como si se hubiesen roto las tuberías de las ideas y veo pasar varios guerreros de la cata del fuego persiguiendo a un dreadnought humeante, herido de muerte. Los disparos de sus rifles de plasma apenas logran arañar su blindaje pero la bestia de hierro corre en busca de refuerzos. Algo enorme aparece de pronto, un carnosaurio que aplasta al robot y sale detrás de los soldados que arrojan sus armas y corren por el bien supremo a sus casas, a acostarse y dormir como si nada hubiese pasado. Después llegan las tortugas ninja que se enfrentan a la bestia mientras en el cielo Songoku pelea contra su eterno rival en una sucesión de luces y destellos que se asemejan a un pinball enloquecido por la suerte de su jugador.

Trato de recuperar el control pero ya ni siquiera veo la hoja de papel, solo las cifras que siguen bailando y se convierten en un terrible remolino que me absorbe al País de Nunca Jamás, a Wonderland y a Toril, pasando por los ardientes desiertos de Athas y los brumosos bosques de Ravenloft; y me quedo embelesado con la vista de islas tropicales con tesoros enterrados, ciudades dominadas por gatos en las Tierras del Sueño, planetas olvidados por antiguas civilizaciones aunque todavía por explorar para tantas otras, y cuando ya me veo absorbido por un agujero negro supermasivo camino a alguna realidad alternativa, el profesor se asoma a la cúpula galáctica cual quasar y me devuelve a mi pupitre, frente a la prueba de aptitud sin apenas empezar y descubro que igual no va a ser tan fácil esto de sacarse el título ese con una mente tan dañada como la mía.

lunes, 5 de octubre de 2020

Claroscuros (paternidad parte 50)

 


Mediodía, tirando a la tarde. Me siento en mi silla ergonómica favorita mientras saboreo una taza de café con leche aderezada con helado de leche merengada mientras fuera cantan los pájaros, dando la bienvenida al otoño, estación renovadora donde las haya.

Y me tomo ese breve instante de relax para reflexionar y pensar en mi propia vida, en quién soy, donde estoy y qué he obtenido a lo largo de tantos años de esfuerzo. Y me siento en paz.

Me siento en paz por haber logrado la estabilidad emocional y económica, el equilibrio entre lo social y lo arisco, el punto medio entre austeridad y ansiedad por no tenerlo todo. Me doy cuenta de que por fin tengo claro quién soy, de donde vengo y a donde voy. Me siento libre, pleno, completo, como si el tiempo pasado no hubiese sido más que la consecución de una obra que culmina aquí y ahora, en mi.

Soy el ombligo de mi mundo y ya me da igual que la tierra sea redonda o plana, con nubes o con flecos, con dioses o sin ellos. Mi nombre resuena como un trueno en mi cabeza, como la campana gigante de un templo budista donde en el subsuelo se entrena a ninjas que por el día te preparan un té y por la noche te acuchillan mientras duermes.

No lo hago a menudo pero me doy el lujo de sonreír. Qué cojones.

Entonces aparece mi pequeña, que ya es mi mayor y se sitúa detrás de mi, desde donde comienza a acariciarme el cabello.


-Qué largo lo tienes ya -me dice. Casi te puedes coger una coleta.

-Así es. Y más largo que lo llevaré.

-¿Te vas a dejar melena otra vez?

-Seguramente. Me dejaré melena como cuando tenía veinte años porque así será como si tuviera veinte años y todo será como cuando tenía veinte años y por lo tanto… ¡Volveré a tener veinte años!

-Pero ya no tienes tanto pelo como antes.

-¿Comorl?

-Que ya no tienes la misma densidad. Ahora tienes menos, se te marca mucho la raya y se nota que por arriba ya te va faltando.

-¿Pero qué dices? Soy la persona con más pelo del mundo. Soy el Alan Moore del levante, soy…

-No pasa nada, papá. Tranquilo. Ya tienes cuarenta años y es normal quedarse calvo. El padre de X y el padre de Y que van a mi clase son más jóvenes que tú y ya están calvos.

-¡El padre de X y de Y no me llegan ni a las suelas! ¡Se quedaron calvos por no ser tan molones como yo! ¡A mi eso nunca podrá pasarme porque soy súper molongui que lo flipas!


Pero mi hija ya ha desaparecido y me ha dejado de nuevo solo con mis pensamientos. ¿Por donde iba? Ah sí, que menuda mierda todo, que estoy harto del trabajo, del fresco que está haciendo y que así, no hay quien encuentre el sentido a este engrudo que llaman vida.

lunes, 7 de septiembre de 2020

De monotonia laboral y señales de alarma.

 


Están siendo unos meses raros, lo admito y reconozco, aunque supongo que eso no sorprenderá a nadie ya que además de que está siendo un año complicado para todo el mundo, yo soy especialmente sensible a los cambios. Y uno de esos cambios, ya metiéndonos en el siempre aburrido ámbito de lo laboral, me ha dejado sumido en un estado de desconcierto y alienación nunca experimentado en mis carnes hasta este momento.

Y es que si había algún punto en común en el sinfín de oficios que he ejercido, ese era mi derecho a obnubilarme, distraerme y sumergirme en mis propios pensamientos manteniéndome así al margen de las obligaciones y preocupaciones del susodicho. Pero desde hace unas semanas soy el telefonista de un concurrido centro de salud de una famosa localidad costera del levante peninsular y eso es harina de otro costal. La jornada laboral son solo siete horas que además se hacen de una tacada por la mañana y el hecho de tener las tardes libres y no estar tostándome al sol desde que éste sale hasta que se pone, debería ser motivo de alegría y albricia. Pero no.

Atender telefónicamente a más de un centenar de personas al día, todas ellas indignadas por el defectuoso funcionamiento del sistema médico ambulatorio, y muchos ellos sin tener a nadie en el mundo a quien contarles la vida, puede ser agotador. Y si tenemos en cuenta que el sistema de llamadas en espera permite que la siguiente llamada esté lista justo al colgar el teléfono de la anterior, puede llevar a cualquier persona, por muy equilibrada que sea, a la más absoluta locura.

Y ahí estoy yo, sentado frente a una pantalla sin dejar de teclear con una mano mientras sostengo el auricular con la otra, tomando apuntes con la boca y mandando con el pie señales en morse a mis compañeros de celda. Cinco personas metidas en ese habitáculo asediado por ancianos indignados al más puro estilo George Romero.

Cada día lo mismo, cada hora, cada minuto, cada segundo de verme privado de mi capacidad de ser en lo más esencial de mí mismo, una persona pensante, con autonomía mental para lograr la abstracción; alguien capaz de decir aquello de “pueden poseer mi cuerpo pero nunca controlarán mis pensamientos”, alguien a quien su creatividad le resultaba liberadora por encima de cualquier horario o jefe abusivo. Pero ya no soy ese. Ahora no soy nadie más que una voz ronca y cansada tras un teléfono sin ser capaz ni siquiera de desear que todo se vaya a la mierda de una vez.

Pero entonces sucede. Se abre la ventana amarilla de alerta por agresión en la sala de enfermería 1.

No sé si lo sabéis, pero en los centros de salud y otros lugares hospitalarios con atención al público existen unos dispositivos que al ser accionados alertan a todos los compañeros del centro de que se está produciendo una agresión a algún facultativo, así como la sala en la que ello está sucediendo para que los compañeros puedan ir en su ayuda. Y ha pasado. Por fin pasaba algo en ese lugar de hastío y monotonía.

Al ver la señal de alerta mis ojos muertos se abren de par en par. Por fin algo de acción. Me levanto de la silla haciéndola caer sobre su respaldo mientras vuelco la mesa con el ordenador y el telefonito con un rugido de furia liberadora. Me arranco la parte de arriba del uniforme a lo Hulk Hogan y tiro abajo la puerta de la garita de una patada, aplastando a un anciano que hacía cola para rehabilitación. Ya no lo va a necesitar. Salgo a la sala de espera para enfilar el pasillo que lleva a la enfermería atacada, pero la cantidad de gente que hay a esas horas obstaculiza mi camino, así que no tengo más remedio que abrirme paso como sea. Empujo un carrito de bebé al que sigue su madre azorada, agarro dos cabecitas de señoras mayores y las estrello entre sí, lanzo un golpe descendente “martillo pilón” patentado por Bud Spencer a un viejo, y finalmente fulmino a un jovenzuelo con cojera que iba a solicitar una baja laboral con un shoryuken medium punch.

Cuando llego al pasillo las cosas no se ponen más fáciles. La limpiadora, un celador con el carrito de medicinas, un médico cargado de papeles... Nadie puede interponerse entre mi y la señal de alerta amarilla, así que les arrollo utilizando el carro de la ropa sucia y les arrojo a la sala de aislamiento por covid de donde ya no podrán salir sin antes realizarse un test pcr y pasar 14 días de aislamiento aunque sean asintomáticos. Atravieso de un cabezazo la puerta de la sala de enfermería, consulta 2 al final del pasillo a la izquierda, y entro en el lugar destrozándolo todo poseído por una furia justiciera liberadora que hace que en menos de diez segundos todo el mobiliario quede reducido a astillas humeantes. Pero cuando por fin logro calmarme y observo con detenimiento a mi alrededor, allí solo estamos la enfermera y yo. Ella me mira sin poder ocultar cierta sorpresa y me dice que lo de la alerta había sido una falsa alarma, que le había dado al botón sin querer.

Regreso a mi puesto algo decepcionado. Al final este ha resultado ser otro día más.