domingo, 20 de enero de 2019

El efímero yo (de futuros y piedras)



Las variedades de piedra natural destinadas a la construcción y decoración son tantas como rincones hay en el mundo; desde los blancos níveos de Thasos (Grecia) hasta los negros impolutos de Markina (Euskadi), las tonalidades, texturas, densidades, antigüedad y orígenes de cada tipo de piedra son tantos, que después de más de diez años dedicándome a su transporte exclusivo, sigo encontrando variedades que me sorprenden. Y no lo digo por decir. Yo he llevado encima de mi camión material procedente de todas partes del mundo (Brasil, Estados unidos, Oriente medio, China, Rusia, Turquía, Macedonia…) y cuyos destinos eran tan opulentos como el edificio Burj Khalifa en Dubai (el de Misión Imposible 4), los parkings de los vehículos de McLaren y hasta el material con el que se construyó el trono de no sé qué rey del norte de África. Sus orígenes geológicos son, en cambio, lo que más me apasiona. La gran mayoría de piedras y mármoles se formaron hace millones de años cuando se sometieron a presiones elevadísimas que comprimieron su materia hasta convertirla en dura piedra: Barros, materia orgánica, calcio proveniente de moluscos y crustáceos… Todo un mundo que explorar y conocer, sin duda alguna.

¿Y a qué viene todo este rollo? Pues a que hoy me he topado con un material hecho de caracoles. Cientos de decenas de miles de pequeños caracoles fusionados entre sí formando bancadas de cocina, aseos y marcos de puertas, convertidos en puros objetos de adorno, exóticas piezas de ornamentación de casas y balcones, plazas y lugares públicos para deleite de cuantos se detengan a observar tal curiosidad. Y que en un movimiento furtivo de una grúa, una de esas piezas (todavía en fase de producción), se ha roto y un caracolillo ha caído rodando hasta mis pies. Me he agachado, lo he recogido con cuidado y he examinado esa pequeña pieza con detenimiento. Y me he venido abajo. Lo reconozco. Será porque estoy sensible, porque las navidades me resultaron especialmente desapacibles o porque miro hacia mi futuro y no veo más que incertidumbre y pesar, pero me vine abajo.

Pensé en que ese caracol estuvo vivo, tanto como yo ahora, pero con varios millones de años de diferencia. Pensé en como sería el mundo que él (o ella o ello porque seguramente sería hermafrodita, no como nosotros que tenemos que buscar pareja y es un sufrimiento) conoció. ¿Qué verían sus ojitos? ¿Qué aire respirarían sus pulmoncitos (si es que tenía, que habría que verlo)? ¿Y qué pensaría, si pudiese pensar, acerca de nuestro encuentro? Yo, una forma de vida que ni siquiera estaba en proyecto cuando él vivió, sosteniéndole con una mano enguantada y mirándole con asombro. ¿Y qué será de mi? Cuando yo muera y mueran todos aquellos que me recuerdan y a su vez mueran todos y cada uno de los seres que descienden de nosotros y el mar nos engulla, la tierra nos sepulte y mil millones de años más adelante alguien rescate mis restos, a saber por qué inescrutable motivo… ¿Qué pensará? ¿Me dedicará el tiempo que he dedicado al caracol? ¿Tratará de imaginar mi vida, mi mundo que es el mismo pero tan distinto al suyo? ¿Sentirá curiosidad por quien fui y qué hice tanto tiempo antes que él (o ella o ello porque como no sean hermafroditas lo tienen crudo)?

Finalmente suelto al caracol, lo dejo que siga rodando para continuar con su viaje eterno. Lo observo desaparecer bajo los palés de la fábrica y pienso “sigue rodando pequeño (o pequeña o pequeñe, porque vete tú a saber) y no te detengas nunca pues quizás algún día compartiremos lugar en una repisa, un banco de cocina o una escalera de los seres que sean ricos en el futuro”, hasta que una voz estridente me saca de mis ensoñaciones.

-¡Pero quieres sacar el camión de aquí que molesta, atontao, que a la mínima te quedas embobado mirando al suelo!

Y al levantar la cabeza veo al del torito sin poder entrar en la nave, al de la grua esperando, las pulidoras paradas, los discopuentes girando sin nada que llevarse a sus diamantados dientes y toda la plantilla mirándome con cara de odio. Todos detenidos, sin poder hacer nada, ni un movimiento productivo, ni un gesto de ánimo trabajador que pueda hacer que esta sociedad consumista siga adelante.

Y así pongo en marcha mi vehículo y me marcho, no sin dejar escapar una lágrima por ese caracol, y también por mi. Por mi yo fosilizado del futuro. 

El efímero yo.

lunes, 7 de enero de 2019

De lugares y momentos


Hace muchos años, más de veinte, existió un chaval que por aquél entonces tendría mi edad (y actualmente supongo que también) al que llamaremos “S”, y que era un chico bastante majo, serio, con unos gustos musicales que se movían por el rap y el hip hop y una estética de pantalones anchos y camisetas holgadas muy acorde con ello. Quizás por este motivo nunca fue totalmente aceptado en nuestro grupo de amigos que eramos más de colores oscuros, pantalones ceñidos y músicas estridentes. Resumiendo: S era un buen chaval con quien no tenía yo demasiada relación.

El caso que vengo a contar hoy es que un buen día llegó a mis oídos la terrible noticia de que un buen amigo mio, C, había fallecido esa misma noche en un accidente de circulación. No era una noticia confirmada, ni siquiera contenía datos o nombres concretos, pero me llenó de temor e inseguridad por lo que decidí ir a casa de ese amigo a confirmar que todo había sido una terrible y desafortunada confusión. Recuerdo que mientras caminaba hacia su casa mi mente divagaba y creó una escena curiosa en la que yo llamaba a la puerta, él me abría con su eterna sonrisa y tras contarle qué me había llevado allí, ambos nos reíamos de la muerte. Por lo visto a ciertas edades tempranas uno llega a pensar que la muerte es algo que solo les pasa a otros, generalmente viejos y temerarios. Pero no. Cuando llegué a su casa, mejor dicho una calle antes de llegar, me encontré con un desolador escaparate de gente abatida, llantos y dolor. Me quedé petrificado al darme cuenta de que el rumor era cierto y que ya nunca volvería a ver a mi amigo. Íbamos a reírnos de la muerte pero en ese momento era la muerte quien se reía de mi ingenuidad. Di la vuelta y volví a mi casa.
Al día siguiente era el entierro. No solo había muerto él en ese accidente sino también otra chica, al parecer la novia del que conducía, con lo que la escena en la iglesia donde se celebraba el sepelio era doblemente terrible. Dos familias destrozadas y un pueblo consternado por la muerte de dos personas que apenas habían empezado a vivir. Llegué allí y me resultó imposible entrar en el lugar, pero fuera me encontré a todos mis amigos, mejor dicho a casi todos los jóvenes del pueblo, juntos, sin distinciones de vestimenta, música o forma de ser; todos ellos figuras sombrías con los ojos hinchados, semblantes tristes y actitud de desánimo y frustración. Era como salir una noche al local de moda pero de día y con un mal rollo difícil de describir. Hablamos un rato, intercambiamos frases de esas que se dicen en esos casos que si la vida es una mierda, que si ahora qué vamos a hacer, que si acabamos de darnos cuenta de nuestra mortalidad de la forma más ingrata… Al final la cosa terminó y volví a mi casa. Y entonces le vi.

S (el del principio de la entrada) caminaba por la acera opuesta en la misma dirección que yo, con sus pantalones anchos su media melena lisa cubriéndole la cara y su lento caminar. Recuerdo que iba llorando; no necesitaba mirarle porque se le oía desde todas partes. Era como un delfín abandonado en medio de un mar de plástico. Lloraba a chorro, sin consuelo, sin vergüenza ni temor al qué dirán. Y entonces me dio por pensar. ¿Por qué yo no estaba llorando también? Yo era mucho más amigo de C que él; habíamos pasado horas compartiendo mesa en múltiples partidas de rol, salido juntos los fines de semana, habíamos ido juntos a clases de música y guitarra, hasta llegamos a montar un grupo y compusimos una canción. C y yo habíamos compartido sueños juntos… Pero yo era incapaz de dejar escapar ese torrente de emociones al igual que hacía S. Reconozco que siempre he tenido dificultades para identificar y gestionar mis sentimientos, y quizás 24 horas era muy poco tiempo como para hacerme una idea de lo que había sucedido, pero la misma pregunta venía a mi mente una y otra vez con cada sollozo de S, que ya había quedado algo rezagado. ¿Por qué yo no lloro a mi amigo?

Y entonces me sentí desplazado hasta un nivel nunca antes imaginado. Era como si estuviera subido a una nube observando un mundo de hormiguitas metido en una vitrina de cristal, sin importarme demasiado lo que les pudiera suceder. Traté de buscar el motivo pero no lo encontré, porque mi nube me proporcionaba protección precisamente contra eso. Me podría haber sentido culpable por mi pasividad pero ni eso. Llegué a casa cogí la guitarra y toqué unas notas en su honor. O quizás toqué sus notas tratando de evocar a mi honor.

Han pasado muchos años desde entonces, más de veinte he dicho al principio y sigo pensando en todo eso. Nunca he querido encontrar una explicación a nada de lo sucedido pero si algo me ha enseñado la edad es que aquello que no se olvida, aquello que regresa de vez en cuando en el momento menos esperado y deja un sabor amargo en la memoria quizás deba ser resuelto de algún modo. Ahora ya no recuerdo esas notas pero sí todo lo demás. Ahora ya no toco pero sí escribo. Así que esto va por él.


Quedamos mirándonos en silencio, sin poder articular una palabra, sin poder decirte que te echaría de menos cuando te desvanecieras.
Mientras tu te limitabas a sonreír y a desaparecer lentamente.

Quedó la sala vacía, como si una corriente de aire hubiese barrido todo lo que teníamos y se hubiese llevado aquellas notas por la ventana.
Me dejaste solo sentado en mi silla, muerto de frio, de hambre y de sed.

Olvidé tu voz, como si un trueno distante se hubiese apropiado de ella y la hubiese llevado a algún lugar al que nadie puede llegar.
Pero no puedo olvidar tus palabras, grabadas a fuego en mi memoria.

“Algún día, cuando quiera mandarlo todo a la mierda vendré a buscarte” me dijiste, pero finalmente te fuiste a la mierda sin mi.
Y con tu sonrisa también te llevaste la mía.
Porque sabías que ya no iba a necesitarla.
Al igual que esas notas que no logro recordar.


jueves, 27 de diciembre de 2018

De libros y viajes


Abro los ojos algo incómodo. Noto la cama fría y rígida y una extraña sensación de agobio. Cuando trato de ajustar la vista una fuerte luz me ciega y aunque no puedo ver, sí me doy cuenta de que no es mi cama ni mi habitación y tengo la certeza de estar inmovilizado. Cuando se aclara la escena me encuentro en una sala de formas confusas, muy bien iluminada (auqnue no hay fuente de luz alguna a la vista) y atado a una especie de camilla junto a una plataforma llena de instrumental quirúrgico. Cuando ya empezaba a preocuparme aparecen dos figuras vestidas con monos color albal, cabezas grandes, ojos enormes y rasgados y manos finas. Extraterrestres de toda la vida, vamos.

Los visitantes de otros mundos me miran e intercambian ideas telepáticamente o algo así mientras yo intento hablar pero algo me lo impide. Entonces un de ellos dice algo en un idioma extraño, aunque por algún motivo logro entenderlo.
-El espécimen quiere hablar. Quitémosle el bloqueo de voz.
Entonces con un chasquido recupero mi capacidad de hablar y los dos aliens se inclinan sobre mi, a la espera.
-¿Es que tengo monos en la cara o qué? -les digo.
-¿Qué ha querido decir con eso? -pregunta el primer alien.
-Creo que es una expresión humorística -responde el segundo. -Este individuo debe ser aquello a lo que los terrícolas llaman “un graciosillo”, será interesante examinar su cerebro.
Entonces se hacen con el instrumental adecuado y preparan una pequeña sierra de trepanación supuestamente. Me queda poco tiempo para salvar la situación, así que intento ganar tiempo sacándoles conversación.
-Ya que me vais a sacar el celevro, podríais explicarme como me habéis capturado. No recuerdo nada de lo que ha pasado.
-Oh, fue muy fácil. Dejamos un polvorón con un potente narcótico en el suelo y mientras paseabas a tu perro lo encontraste y te lo comiste. No entendemos muy bien porqué en estas fechas resulta un truco tan fácil y efectivo.
-Eso es porque desde octubre no quedan polvorones en las tiendas y eso los convierte en un bien muy preciado. Lo expliqué en la anterior entrada de mi blog.
-¿Tienes un blog? Interesante. Los cerebros de los blogueros siempre son curiosos.
-Y también tengo un libro. Son doce euros si lo queréis.
-¿Nos vas a cobrar por un libro aún estando a punto de morir?
-Lo siento pero no puedo hacer ningún trato de favor. Ni a vosotros. ¿Qué pensaría la gente que sí ha pagado por él?
-El humano tiene razón -le dice un alien al otro. -¿Pagas con tu paypal o hacemos transferencia?
-Vamos a ver que no nos cobren comisión. ¿Oye, podemos hacerlo como amigo o familiar?
-No.
-Es un tipo duro. Debe ser de esos del norte.

Entonces los dos alienes se sientan ante su ordenador en busca de la cuenta de paypal momento que aprovecho para hacerme con un bisturí, cortar mis ataduras y al levantarme sigilosamente me acerco por detrás y les golpeo las cabezas entre ellas a lo Bud Spencer. Con ambos extraterrestres durmiendo el sueño de los justos la nave espacial comienza a zozobrar, describiendo giros inesperados, por lo que deduzco que su manejo estaría asociado de algún modo a sus psiques. Avanzo tambaleándome hasta la sala de mandos donde me siento en el asiento (vágame la redundancia) del piloto y me coloco un casco lleno de cables. Al hacerlo oigo una voz en mi cabeza que dice “piense en su destino” y no entiendo si con destino se refiere a un lugar físico o a mi sino, pero suponiendo lo primero y viendo que si no hago algo pronto voy a acabar estrellado en algún asteroide perdido, cierro los ojos y me concentro.

Pienso en playas paradisíacas de arena blanca, en llanuras heladas de la Patagonia, en cabañas de madera junto a un lago… y le digo “Llévame a Namek, que quiero que el Venerable Anciano despierte mi poder oculto”.

martes, 4 de diciembre de 2018

De prisas y polvorones


Me acerco discretamente a la cajera después de vagabundear por el supermercado durante un rato vergonzosamente largo.
-Disculpe caballera… -le digo.
-¿Si? -responde ella mirándose las uñas, decoradas con un bonito aunque inservible color rojo.
-Perdone que le moleste pero llevo varias decenas de minutos buscando los polvorones y no los encuentro por ninguna parte.
-¿Polvorones? -repite sonriendo.
-SI. Polvorones. Eso que va envuelto en un papelito y que se deshace…
-A buenas horas -dice fijándose en algo que está sucediendo en la punta de su zapato izquierdo.
-¿No quedan?
-No.
-¿Y cuando van a reponer?
-Ya el año que viene, si eso.
-¿Me está diciendo que a día cuatro de noviembre con dos semanas de margen hasta navidades no quedan polvorones..?
-Ni turrón -me interrumpe con placer.
-¿Ni polvornoes ni turrón y que ya no se van a reponer?
-Exacto -dice ella mirándome por primera vez a los ojos. -¿En que puto mundo vives tu? ¿O qué?
-¿Como? -pregunto dando un paso atrás azorado por la frialdad de sus ojos.
-Mira chaval, vivimos en una sociedad globalizada de consumo globalizado. Aquí el que más corre vuela y la producción de dulces navideños comienza en septiembre y en octubre ya está todo servido y el que como tu haya sido lento, se queda sin. Y ya está. Y punto.
-Ya, pero faltan dos semanas para navidad y…
-¡Ni navidad ni pollas secas! La navidad ya es agua pasada, ahora hay que pensar en semana santa que es la proxima fecha señalada. ¿Quieres torrijas? Acaban de traernos doscientos palés.
-¿Torrijas en diciembre? Eso es antinatural.
-Tu gilipolez si que es antinatural. Luego no me vengas en marzo buscando torrijas porque no van a haber.
-Bueno, vale, venga, ponme unas torrijas y me voy.
-No quedan.
-¿Como?
-¡Que no quedan, puto pánfilo, que pareces Jon Nieve con esta cara de atontao!
-Señorita, no sé quien es ese señor pero me parece que las confianzas aquí se están excediendo. ¿No le acababan de llegar doscientos palés de torrijas? ¿Qué ha pasado con ellos?
-Que la gente compra más y habla menos que tu.
-¿Y entonces qué hago yo si me apetece algo dulce y no hay ni polvorones ni tirrón ni torrijas? ¿Como sacio yo mi necesidad de azúcares?
La cajera me mira otra vez y una sonrisa maligna se dibuja en sus labios.

Cuando salgo a la calle todo el mundo me mira. Les debe parecer raro ver a alguien caminando en medio del frio, con los mocos como estalactitas y comiéndose un polo. Pero me da igual. Me he lllevado cuatro cajas de calipos no sea cosa que llegue el verano y me pille desprevenido.

lunes, 19 de noviembre de 2018

El pastorcito y la ovejita (un futuro clasico de los cuentos infantiles)


Dicen que había una vez un pastorcillo que cuidaba del rebaño que sus padres le dejaron en herencia después de partir a costas lejanas, claro eufemismo a la muerte prematura. Ese pastorcillo a pesar de su juventud era trabajador y voluntarioso y todos los días conducía a su rebaño largas distancias en busca de pastos verdes con que alimentarlo. Y entre todo su rebaño estaba Bolita, una oveja joven y cariñosa con la que le gustaba pasar el tiempo mientras las otras hacían cosas de oveja.

Pero el verano fue seco y los pastos no abundaban así que el pastorcillo se veía obligado a mover su rebaño cada vez más lejos hasta que llegó al Cerro de los Arroyos, una pequeña montaña cubierta de hierba gracias a la abundante humedad de la zona. Allí las ovejas podrían comer cuanto quisieran y garantizar así la supervivencia del rebaño, pero el pastorcillo no había calculado (o quizás ni lo sabía) que en ese cerro se escondía un cazador furtivo que no vio con buenos ojos que de pronto un rebaño de ovejas penetrara en su santuario de la caza ilegal. 
Su procedimiento era sencillo: Se ocultaba en la alta hierba y esperaba a que los animales acudieran al cerro a beber, momento en el que les disparaba, se hacía con las piezas interesantes y las vendía a obesos coleccionistas de trofeos ajenos. Era un negocio lucrativo y sencillo, pero que no admitía intrusiones de rebaños.

“Pastorcillo deberás marcharte de mi cerro, pues aquí no se aceptan intrusiones de rebaños, como habrás podido leer hace un momento” dijo el cazador, escopeta en mano.
“Este no es tu cerro cazador” respondió el pastorcillo envalentonado “y además necesitamos el pasto para garantizar la supervivencia del rebaño, como también habrás leído un poco más arriba”.
“Marchate o serás tu quien no sobrevivirá, pequeño insolente” respondió el cazador apuntando al pastorcillo “tengo algunos clientes que me darían una buena suma por una cabeza de pastor en su museo”.

Pero el pastorcillo no se amilanó, siguió terco como solo los pastores saben hacer y el cazador perdió la paciencia, apretando el gatillo. Una bala fue expulsada por el cañón de su rifle y surcó el aire con precisión hacia el pecho del muchacho. Pero en el último instante Bolita, que había estado presenciando la escena de muy cerca saltó e interceptó la bala que iba dirigida a su cuidador.
El estruendo del disparo asustó al resto del rebaño que regresó al redil echando chispas y en el lugar del crimen solo quedó el cazador y el pastor que se agachaba con lágrimas en los ojos sobre su querida ovejita, que le miraba con ojos cristalinos por la pronta muerte mientras su lana se teñía de rojo.
“Espero que esto te haya servido de lección, muchacho” dijo el cazador alejándose.

No había tiempo para acudir al veterinario, ni siquiera de regresar a su casa para intentar extraer la bala con las pinzas del baño, así que el pastorcillo agarró a su ovejita agonizante y comenzó a correr hacia el único lugar cercano donde podía encontrar algo de ayuda: La cabaña del Viejo Doc.
Muchos años atrás se instaló en un valle cercano un señor que vivía aislado en una cabaña de madera. No se relacionaba con nadie y de su casa de madera a veces surgían sonidos extraños, chispazos y fogonazos que iluminaban la noche. Nadie se acercaba a él y él no se acercaba a nadie, con lo que todas las partes parecían satisfechas, pero ese día el pastorcillo iba a romper esa armoniosa regla no escrita. Llamó a la puerta y apareció un señor alto, de ojos hundidos y cabellera blanca, ataviado con un mono blanco y unas gruesas gafas de cristal oscuro en la frente. “Necesito ayuda, mi ovejita está muy malherida por un disparo del cazador furtivo” le dijo el pastorcillo a lo que el hombre respondió “qué te hace pensar que yo puedo ayudarte” y el jovencito terminó la conversación con un “la gente le llama Viejo Doc y siempre había pensado que era usted médico”. Viejo Doc se lo pensó un instante e hizo pasar al pastorcillo y a su maltrecha oveja al interior de la casa, dejando al primero en el salón y encerrándose en el sotano con el animal. Al cabo de varias largas horas en las que no dejaban de oírse zumbidos, blips y cracks, la puerta se abrió de nuevo y la ovejita estaba totalmente recuperada. El pastorcillo se deshizo en agradecimientos y Viejo Doc se limitó a sonreirle mientras le soltaba una retahíla de frases científicas que el joven pastor apenas logró retener en su cabeza.

Los meses pasaron y las lluvias no llegaban. Sin poder llevar a su rebaño al Cerro de los Arroyos pronto todas las ovejas morirían de hambre y sed, así que el pastorcillo decidió conducir allí su rebaño pensando que con un poco de suerte el furtivo no seguiría allí. Se equivocaba. Una vez más el cazador salió a su encuentro diciendo eso de “te advertí que no volvieras por aquí” y una vez más le apuntó con su arma, disparó y Bolita, fiel a sus instintos de protección, se interpuso en el camino de la bala. Pero algo cambió respecto a la escena anteriormente descrita. En este caso la bala rebotó en la oveja y cayó al suelo convertida en un inofensivo fragmento de plomo caliente. “Lana de kevlar 29” fue una de las frases que había pronunciado Doc. La oveja aterrizó incólume ante la mirada asombrada del cazador, pero éste apuntó de nuevo y disparó otra bala, con iguales resultados. Entonces las patas de Bolita se introdujeron en su cuerpo y en las oquedades aparecieron cuatro reactores que la elevaron en el aire y la lanzaron contra el furtivo a una velocidad supersonica. “Retropropulsores positrónicos” sonó la voz de Doc en la cabeza del pastorcillo. El furtivo abandonó su arma y corrió cerro arriba en busca de refugio pero Bolita ya le había alcanzado y de su boca surgió un cañon que arrojó una llamarada de plasma ardiente sobre el infortunado cazador, que no pudo hacer otra cosa que arrojarse al agua y quitarse la ropa en llamas. “Blaster de fusión”. Finalmente la ovejita se elevó ante la asombrada mirada del pastorcillo (y también del cazador aunque este estaba más ocupado en apagar las partes incendiadas de su cuerpo) y se elevó en vertical unos cien metros, momento en el cual de su culito de oveja surgieron tres bolitas “plup, plup, plup” que parecían olivas negras pero no lo eran. Eran… ¡El arma de destrucción DE-FI-NI-TI-VA! Y cuando alcanzaron el suelo detonaron en tres explosiones casi simultáneas que volaron por los aires el cerro, vaporizaron al cazador y convirtieron toda el área en un crater humeante que se iba rellenando lentamente de agua para dar lugar al posteriormente conocido como Lago de los Arroyos, zona protegida y refugio animal en los veranos más áridos. En algún lugar no muy lejos de allí el Viejo Doc oyó las explosiones y repitió “microbombas de neutrinos” con una sonrisa en su boca.

Desde ese momento el pastorcillo y Bolita estuvieron más unidos que nunca y en su tiempo libre recorrían las colinas y valles en busca de malvados a los que aleccionar con fuego y muerte.
Y colorín colorado… este cuento quizás no haya acabado.

sábado, 3 de noviembre de 2018

De cambios de hora e invasiones.




Llego a casa después de un largo y agotador día. Me consuelo pensando que a pesar de todo he terminado pronto y voy a tener tiempo de hacer cosas de provecho no remuneradas como escribir, leer o entretenerme con algún tipo de divertimento lúdico alternativo. Mientras busco la llave de la puerta entre el manojo que contiene mi nuevo llavero de las tortugas ninja, aparece mi vecino con su extraña sonrisa. Parece que va a decirme algo. Me pongo nervioso y trato de hacerme con la llave correcta para entrar y evitar el contacto verbal pero no lo logro y me saluda. Estoy perdido. Lo último que deseo para rematar el día es una conversación insulsa con un señor insulso. Pero ya es inevitable.

-Buenas tardes –me dice.
-Buenas.
-Que –pronuncia con un tono que está entre la pregunta y la indiferencia.
-Brpsss –le respondo a ver si se larga.
-Hay que ver… ¿Eh? –Continúa hablando como si nada-. Las seis de la tarde y ya es casi de noche.

Miro al cielo fingiendo estar sorprendido pero no tengo ganas de teatros y me sale mal la actuación. Ya tengo la llave en la mano y podría abrir y dejarle con la palabra en la boca, pero lo absurdo de su comentario me obliga a responderle.

-Sí. Ya de noche casi. A las seis. Como pasa todos los años cuando cambian la hora. ¿No?
-Todos los años… -parece dudar un momento. –Ya, claro. Pero nos pilla así por sorpresa y claro… Es un fenómeno curioso.

Y entonces le miro con detenimiento. Tendrá cincuenta años, si no más, lo cual significa que teniendo en cuenta que cambian la hora dos veces al año, habrá vivido ese “fenómeno” por lo menos cien veces. ¿Cómo es posible que siga llamándole la atención y lo utilice para una conversación? Mi primer pensamiento es que el pobre hombre es idiota, pero luego lo analizo bien y tal vez no sea eso. ¿Y si tiene algún tipo de amnesia y no recuerda los cambios horarios? ¿Y si ha estado viviendo en una cueva hasta hace unos meses? ¿Y si su familia le oculta el tema del cambio horario para que no se agobie y el pobre señor no sabe nada? ¿Pero y si…? ¿Y si resulta que es un extraterrestre que ha suplantado una identidad humana hace poco y por eso desconoce el “fenómeno”?
Y es precisamente esta última teoría la que echa raíces en mi celevro, expulsa a todas las demás y me obliga a buscar una explicación. Aunque no tengo ya dudas. Los de History Channel tenían razón; están entre nosotros y quieren estudiarnos, violarnos analmente y luego sustituirnos por autómatas sin voluntad que trabajen para ellos sin rechistar. Como hacen los políticos.
Así que cojo aire, me agarro a la idea de que (una vez más) he sido elegido para salvar a la Tierra y urdo un plan maestro para desenmascararle y advertir a la humanidad antes de que sea demasiado tarde.

-¿Quieres pasar y nos tomamos unas cervezas mientras vemos el fútbol? Hoy es el clásico –le digo sonriendo y consciente de que ni tengo cervezas, ni en mi tele se ve el fútbol ni tengo demasiado claro de qué es eso del clásico. 

El alien  me sigue con su expresión alegre pero inalterable, yo le abro la puerta invitándole a pasar y cuando entra en el comedor le arreo un sillazo en el cogote. El extraterrestre cae desplomado. Mucha tecnología y mucha polla pero físicamente son unos flojos. Entonces me agacho a su lado y busco las costuras de su máscara pero no las encuentro. Le doy la vuelta, le examino bien y no hay manera. Empiezo a agobiarme. Un hilillo de sangre brota de su oreja. Roja. Los extraterrestres la tienen verde, eso  lo sabe todo el mundo. ¿Y si no lo fuera en realidad? ¿Y si solo era idiota como pensé al principio?
Lo arrastro hasta la puerta de su casa, toco el timbre y salgo corriendo. Desde la ventana veo como su mujer baja a abrir y al encontrarle en el suelo le grita “Mira que eres tonto ya te has vuelto a tropezar abriendo la puerta” y le mete en casa barriéndolo con la escoba. Parece que me he salvado por esta vez. Pero definitivamente debería ver menos el Canal Historia; porque eso ni es educativo, ni es historia ni es nada.

sábado, 20 de octubre de 2018

De filosofías y destinos

Once y media de la noche. Debería estar ya acostado pero me he entretenido viendo Gran hermano Vip y… estooo… leyendo a Nietsche quería decir, cuando alguien llama a la puerta. Me extraño. Llaman de la forma tradicional a pesar de que mi casa es una de esas modernas que incorporan un pulsador sonoro, también llamado timbre, pero al mismo tiempo me parece romántico que alguien quiera mantener esa antigua tradición de usar sus nudillos. Me levanto, me pongo los pantalones (porque aunque es mi casa y puedo ir como me de la gana, hay que mantener cierto decoro con los que vienen de fuera) y voy a abrir.
En el otro lado de la puerta me encuentro con una figura alta, cubierta con una capa negra con capucha que le llega hasta los pies y que en sus manos esqueléticas sostiene una guadaña y un reloj de arena. Entonces me mira con sus ojos vacíos y profundos como pozos y de su boca descarnada surge una voz cavernosa y antigua como el mismo tiempo.

-BUENAS NOCHES CAPDEMUT. TE TRAIGO UNA NOTICIA BUENA Y OTRA MALA. LA MALA ES QUE ESTÁS EN MI LISTA Y ESTA NOCHE DEBERÁS ACOMPAÑARME EN TU ÚTIMO VIAJE. LA BUENA ES QUE ESTO DE MORIR ESTÁ MUY SOBREVALORADO. YA VERÁS COMO NO ES PARA TANTO.
Me dispongo a abrir la boca para decir algo pero ella se adelanta.
-PERO TEN MUCHO CUIDADO CON LO QUE DIGAS YA QUE DEBES TENER EN CUENTA QUE YO SOY ETERNA E IMPLACABLE. CONMIGO DE NADA SIRVEN LAS SÚPLICAS NI LOS SOBORNOS NI EL ENGAÑO. YO SOY Y SERÉ TAL COMO HE SIDO Y AQUÍ ESTARÉ HASTA EL FIN DE LOS TIEMPOS EN EL QUE ENVUELVA AL MUNDO ENTERO BAJO MI MANTO.
Levanto un dedo indicándole que quiero decir algo pero ella sigue con su discurso.
-Y NO CREAS QUE ESTO LO HAGO POR PLACER NI DIVERSIÓN, NI SIQUIERA POR DEVOCIÓN, SIMPLEMENTE ES MI TRABAJO Y NO EXISTE OTRA OPCIÓN.
-Muy bien rimado esto último -logro decir por fin.
-OH, GRACIAS. LO LLEVO MUY ENSAYADO -me dice con modestia -AHORA DAME LA MANO Y PARTAMOS HACIA EL REINO DE…
-No, es que creo que ha habido una confusión. Yo no soy Capdemut. Capdemut es el de la casa de al lado.
La muerte estira el cuello y mira hacia su izquierda.
-¿QUIEN? ¿ESE DE LA BANDERITA EN EL BALCÓN?
-Si.
-PUES… ¿QUE RARO NO? SI YO SOY IMPLACABLE Y ETERNA Y…
-Ya lo has dicho, pero no es culpa tuya. Paa mucho aquí en este barrio que todo son casas adosadas idénticas. El cartero siempre se confunde y acaba metido en la casa de la rubia esa de la esquina.
-ES QUE YA NO SE HACEN LAS CASAS COMO ANTES. AQUELLO SÍ QUE ERAN CASAs, CADA UNA CON SUS PARTICULARIDADES… ¿SABES QUÉ ME PASÓ EL OTRO DÍA?
-No pero me encantaría saberlo.
-ME QUEDÉ ENCERRADA EN UN ASCENSOR... EN EL QUINTO PISO.
-Uf… eso sí que da miedo.
-TOTAL. Y LO PEOR FUE QUE CUANDO VINO EL TÉCNICO A SACARME, YA A LAS TANTAS DE LA NOCHE, AL SALIR LE DI LA MANO EN AGRADECIMIENTO Y SE MURIÓ.
-No somos nadie.
-DESDE LUEGO.
-En fin… Si no necesita nada más yo vuelvo para adentro.
-AH NO, CLARO. DISCULPE LA CONFUSIÓN, SEÑOR…
-Filibustrausen Mackintosh Xopenhauer. Pero puede llamarme Filmax.
Entonces la muerte saca una lista escrita a mano sobre papiro y comprueba los nombres.
-ESTÁ DE SUERTE SEÑOR FILIBUSTRAUSEN, DE MOMENTO NO ESTÁ EN MI LISTA.
-Es bueno saber eso. Buenas noches.
-BUENAS NOCHES.

Y así vuelvo a mis quehaceres cotidianos. Abro el libro, oigo como alguien llama a la casa de al lado y acto seguido el sonido de alguien desplomandose en el suelo. Qué cosas pasan. Esto al final será como decía mi abuelo: Cada uno tiene su destino y le toca cuando le toca.