domingo, 8 de mayo de 2016

De agricultura ecológica y amenazas extraterrestres.



Breve introducción para ponernos en contexto
Pues resulta que yo, cuando tengo que hacer la compra, intento hacerlo en el mercado de toda la vida. Será porque soy de pueblo y me gusta lo antiguo y tradicional, pero me siento más cómodo que moviéndome por grandes superficies y además, me parece de mejor calidad todo. Pero incluso dentro del mercado tengo mis preferencias, especialmente en lo que fruta y verdura se trata, ya que me gusta ir a un puesto donde se nota que también son de pueblo. ¿Y cómo lo sé? Pues por ciertas características sutiles que pasarían desapercibidas para los de ciudad, tales como una mirada singular, un brillo especial en el cabello o una mandíbula inferior ligeramente prominente. Pero voy al grano que me lío.

Así me venden la fruta a mi
Compro la verdura en un puesto en el que aseguran que el cultivo es ecológico y sus precios no abusivos ya que la mayor parte del género es auto producido. Y además, debo reconocer, la hija del dueño tiene las mejores peras que haya visto jamás (no penséis mal, también tiene buenos melones) y eso es algo que no se puede tomar a la ligera. Pero ahora sí, paso a contar a lo que iba desde el principio.

No está muerto aquello que yace eternamente.
Llegué a mi casa con la compra y la metí en la nevera. Todo normal. Pero con el ajetreo del día a día no me di cuenta hasta el jueves (estamos teniendo en cuenta que la compra la hago el sábado por la mañana) de que me había dejado un brócoli olvidado en el fondo de una estantería. Dispuesto a enmendar mi error lo saqué  de su bolsa, lo preparé y entonces me di cuenta de que había una babosa, tiesa como un palo, enganchada en el tronco. Un pobre bicho que había pasado una semana casi a temperaturas incompatibles con la vida y cuyo cadáver atestiguaba que estaba comprando verdura más o menos ecológica.

Dejé el tronco del brócoli en la encimera y me puse a preparar la cena. Y cuando ya llevaba un buen rato allí, detecté un movimiento extraño con el rabillo del ojo y al mirar, me di cuenta de que la babosa estaba moviendo sus antenitas. ¡Milagro! Exclamé. Y me apresuré a colocar el tronco cerca de una fuente de calor, confirmando que efectivamente, el bicho había sobrevivido a casi una semana de frío intenso. Así que, aprovechando que vivo en el campo, la saqué fuera y la coloqué junto a unas hierbas al pie de un árbol para que pudiese comenzar una nueva vida lejos de frigoríficos. Y así quedó la cosa. Yo cenando y la babosa correteando por ahí.

Pero cuando me acosté, una serie de ideas extrañas comenzaron a acudir a mi somnolienta mente. ¿Y si ese brócoli venía de algún país lejano y el bicho ese iba a crear un desajuste en el ecosistema? Peor aún… ¿Y si la babosa era hembra y estaba repleta de huevos y su numerosa progenie iban a representar una plaga catastrófica? Peor aún… ¿Y si la exposición prolongada al frío extremos había provocado una alteración genética en el bicho y sus futuros hijos y más allá de ser una plaga veraniega iban a ser capaces de sobrevivir a los duros inviernos alicantinos? Peor aún… ¿Y si la babosa provenía en realidad del espacio exterior y…? Y ya no pude más. Así no había forma de pegar ojo, por lo que me levanté, salí a la calle otra vez y busqué a la babosa para colocarla en algún lugar controlado, como una maceta en mi patio. Pero no estaba allí. Ni la babosa ni el tronquito de brócoli. Ni siquiera el árbol. En su lugar había un sendero de destrucción, árboles caídos y coches volcados algo más adelante. Miré hacia el pueblo donde se oían sirenas de policía y bomberos y las llamas iluminaban el cielo nocturno. Y volví a la cama con la extraña sensación de que había empezado una nueva era para la humanidad.


El innecesario epílogo.
Oculto detrás de unos contenedores recupero mi ritmo normal de respiración. Parece que no me siguen. Me asomo a la calle perpendicular a ésta y compruebo que no hay ninguno a la vista, así que aferro mi hacha y salgo a la carrera. Pero un sonido gorgoteante me hace frenar en seco. No sé de dónde han salido estos dos, pero no me queda otra que luchar.
Acabo con ellos con bastante facilidad; por suerte eran de los lentos, y abro la puerta de la panadería. Detrás del mostrador el panadero me sonríe.
-¿Lo de siempre?
-Sí. –Le digo jadeante. –Una barra y dos croasanes. O como se escriba eso.
Y mientras me prepara la bolsa me comenta.
-Más mutantes de esos. ¿No?
-Sí. Alguno de ellos.
-Como pille yo al que dejó suelta a la babosa esa, le…
- Ya, ya. –Le interrumpo. –Hay cada inconsciente por ahí… En fin. Hasta mañana.
-Eso si hay mañana, jeje.
-Jejeje.
Reímos los dos y fundido en negro.

7 comentarios:

  1. Muy bueno. Pero lo más curioso es que el otro día yo me encontré una especie de oruga marronosa entre las ramitas del brócoli mientras lo cortaba con un cuchillo para cocinarlo. Era asquerosa tirando a cthuloidea, no había visto nunca nada así. Así que del susto (soy de ciudad), pegué un grito que puso en duda mi masculinidad. La tiré a la bolsa de la basura y luego bajé a la calle a tirar la bolsa de basura en el contenedor. Si tenía regeneración caótica estará rondando por allí...
    Pero... ¿qué pasa hoy en día con el brócoli? ¿Sería del mismo campo que el que compraste tú? Deberíamos comprarnos una escopeta (y un símbolo arcano) e ir a investigar.

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    1. Yo investigaría, pero más bien a los que no tienen bichos. El campo está infestado de ellos. ¿De donde sale la verdura que no los tiene?

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  2. Las historias que te inventas para poder poner la foto de una tia comiendo un platano xD

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    1. La foto la pedía el relato, no al revés.

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  3. yo creo que no atacarían a quien salvó a la baboasa madre...
    Por lo demás... como pillemos al desgraciado que dejó viva la babosa que se comió a los gusanos de seda, ¡¡¡a la hoguera!!

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    1. Igual me convierten en su rey.
      Mientras no me obliguen a yacer con el bicho...

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  4. Buena entrada.
    Runeblogger, era como ésta o más bien como ésta ?

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