lunes, 29 de junio de 2015

Regalos de mierda (parte 6 de 284)



El niño está sentado  en un muelle de madera con las piernas colgando y los pies a escasos centímetros del agua. El Sol empieza a ocultarse tras el horizonte y las aves vuelan hacia sus nidos donde pasar la noche. Hay un halo de melancolía alrededor del niño y su madre, que puede percibirlo con uno de esos sentidos excepcionales que solo las madres poseen, se acerca a él y se sienta a su lado. Ni siquiera se miran.

-Hijo mío… ¿Te preocupa algo?
-No mamá. Solo que… Mañana es lunes y vuelvo al cole y… Hay niños que me pegan mucho.
-Si te pegan es porque te tienen envidia. Porque eres más listo y más guapo y más…
-Me pegan porque soy un inadaptado y no rio sus chistes ni sigo sus juegos ni participo en sus conversaciones. Pero no pasa nada. Algún día me presionarán tanto que transformarán mi sociopatía y en una psicopatía y entonces… Entonces conocerán a mi verdadero yo cuando les arranque sus…
-No te pongas nervioso y sobretodo no te preocupes. Mira, tengo algo que te va a solucionar todos los problemas. Dime hijo mío… ¿Tu ya fumas?
-Pero mamá, como voy a fumar, si tengo solo XX años.
-Pues ahí tienes tu problema. Si no fumas nunca serás popular y te seguirán pegando. Toma.

Entonces la madre le da un paquete de ducados y una pequeña cajita envuelta en papel de regalo. El niño se pone el paquete en el bolsillo delantero de su camisa y abre con cuidado su regalo.


Mira un rato el mechero y suspira. Sabe que mañana puede ser el último día de su vida. Seguramente le lincharán y acabará encerrado en el cuarto de la limpieza donde se auto inmolará y se llevará consigo al edificio entero y a todos aquellos que haya en su interior.

-Gracias mamá. Eres la mejor.

jueves, 25 de junio de 2015

De mamás sexys y tormentas de verano.




Estoy seguro de que muchos de vosotros, especialmente los que seáis hombres y padres, habréis oído hablar de ese ser mitológico llamado “mamá sexy”. Y seguro estoy también de que aunque hayáis oído historias sobre esa figura, tales como avistamientos e incluso contactos visuales directos, ninguno habrá visto en persona a una de ellas. Pues bien queridos lectores, hoy, desde aquí, voy a aventurarme a contar mi experiencia aún a riesgo de ser ignorado, vilipendiado y ridiculizado por todos aquellos escépticos que lean esto. Pero primero, un apunte importante.

Nunca, nunca, nunca jamás hay que confundir a la mamá sexy con una MILF. Las Milfs (mamás a las que me gustaría empotrar cual armario) son mujeres ya algo entradas en años que resultan atractivas a la vista de ciertos hombres; hombres también entrados en años y desesperados que saben que las jovencitas solteras están más allá de su alcance. Las mamás sexys no son el caso. Las mamás sexys son aquellas chicas que mantienen la frescura de la juventud a pesar de que ya empujan carritos de bebé, con las que te pararías a charlar y con un poco de suerte, te fugarías para comenzar una vida nueva. Son por lo tanto, mucho más peligrosas que las Milfs. Aclarado esto, prosigo con el relato.
Hallábame en un parque de columpios poco habitual con mi Nº1 disfrutando de una soleada tarde de junio, cuando la vi. Una mamá sexy apareció ante mis asombrados ojos y por mucho que me los frotara, la visión no desaparecía. No voy a entrar en descripciones físicas porque esos ería caer en lo soez (y además seguro que después encuentro alguna fotilla por ahí para ilustrar y así me ahorro escribir), pero no cabía duda de que me hallaba ante una de ellas, quizás la única de su especie. Y aunque soy un hombre de aplomo y templanza, su visión perturbadora iba haciendo mella en mí y cada vez más, sentía la necesidad de acercarme a su banco y entablar una conversación con ella. Porque sí; aunque hablar no sea mi fuerte, con una madre siempre se puede recurrir al tema “hijos” para romper el hielo, y eso es toda una ventaja.

Aquí un ejemplo
Debo reconocer que al principio traté de resistirme a su encanto. Me vendé los ojos pero seguía oyendo su voz; me senté en la otra punta del parque pero desde ahí no veía a mi hija; me agarré la cabeza con ambos brazos y rodé por el césped, pero había muchas cacas de perro (los perros no tienen la culpa, pero algunos dueños merecen ser sumergidos en un depósito de purines) y finalmente, desesperado ya, me até a una farola con una cuerda que había por allí pero ésta acabó rompiéndose bajo la presión de mi poderosa musculatura y solo conseguí impresionar a todo el mundo. Así que acepté mi destino. Iría  a hablar con la mamá sexy, nos caeríamos bien, luego querríamos vernos de nuevo e ir a tomar algo… Y al final abandonaría a mi familia para marcharme con ella a algún lugar donde arrepentirme de lo que había hecho. Y ahora juro que lo del siguiente párrafo es totalmente cierto.

Me levanté de mi banco y comencé a caminar hacia ella. La mamá sexy me miró y sonrió; seguramente yo no era el primero en ser atraído hacia ella. La miré a los ojos (llevaba gafas de sol, así que puedo decir que la miraba a los ojos cuando no era del todo cierto) y le devolví la sonrisa. Apenas me separaban tres metros de ella y ya podía oler su perfume sexy. Estiré la mano y ella estiró la suya. Faltaban apenas unos centímetros para tocarnos, tipo la peli de ET, cuando de repente sopló un viento repentino y unas nubes negras aparecieron sobre los bungalós cercanos. Miré al cielo y vi relámpagos que serpenteaban sobre nuestras cabezas segundos antes de que una cacofonía de truenos diera lugar a una granizada feroz. Se creó el caos en el parque; madres, padres y abuelos recogían a sus pequeños y sus enseres para huir de la catástrofe; por todos lados se oían gritos y carreras; algunos caían sobre sus pequeños y se quedaban inmóviles para protegerles con sus cuerpos sacrificando sus vidas; es el instinto de supervivencia. Yo agarré de la mano a Nº1 y la arrastré bajo un balcón cercano y entonces busqué a la mamá sexy con la mirada pero fue en vano. Había desaparecido.

La tormenta cesó a los pocos minutos dejando un panorama desolador. El parque estaba lleno de pedruscos helados, los árboles habían perdido la mitad de las hojas (que no pasa nada porque por un proceso natural de los mismos, la vibración creada por una granizada o, por ejemplo, el paso de una manada de herbívoros, estimula su meristemo y acelera su crecimiento) y el padre que dio su vida por su pequeño seguía allí, inerte. Enterré al hombre bajo el césped e inscribí a su pequeño a un orfanato ruso y me marché sin estar seguro de si esa mamá sexy había salido corriendo para no volver jamás, o si había regresado a su mundo cabalgando sobre los relámpagos.

NOTA: Entrada dedicada a Victor Sesmero. Fiel seguidor y hombre de bien.

viernes, 19 de junio de 2015

Ocio (Paternidad 36)





Los centros comerciales son el infierno. No hay más que decir. Bueno sí; que si vas con niños, el horror indescriptible se multiplica por mil y llega un momento en el que desearías haber nacido muerto a haber vivido una vida plena con un final en un lugar como ése. Es por ello que los dueños de esos centros se han puesto de acuerdo y han decidido habilitar zonas de ocio, generalmente a precios prohibitivos, para evitar que padres y madres (pero sobretodo padres) acaben enloqueciendo y destrozando todo a su paso en un arrebato de furia irracional autodestructiva. 

Y allí estaba yo el sábado por la tarde. Mi mujer comprando ropa y yo vagando junto a mi Nº1 por interminables galerías salpicadas de cochecitos que valen 1€ si quieres que se muevan, peluches-moto de 5€ el minuto y como no, la zona de ocio llena de lucecitas y sonidos que atraían a los niños como cantos de sirena dispuestas a vaciar los bolsillos de los padres que ya no podían más. Pero yo no soy un padre normal; yo soy más alto que la media, tengo más pelo que la mayoría y mi celevro es capaz de procesar la información 0.75 veces más rápido que la mayoría de roedores que habitan la tierra. Es por ello que llevé a mi hija a la única zona de diversión gratuita de los centros comerciales: Las escaleras mecánicas.
Por si no sabíais cómo son unas escaleras de esas

La cosa funciona del siguiente modo: Unas escaleras que suben, otras que bajan y el padre, en ese caso yo, sentado en un banco cercano con la cara hundida entre las manos mientras la niña, en este caso mi Nº1 se divertía a sus anchas subiendo y bajando. Parecía un plan perfecto pero no. Y es que mi pequeña parece haber heredado la agilidad felina de su padre y no tardó en tropezar con sus propios pies y caer rodando por la escalera que ascendía, de modo que su caída se convirtió en algo interminable mientras las escaleras la empujaban hacia arriba y ella rodaba hacia abajo. El resultado: Larguísimos minutos de caída descontrolada rematada por   llantos, rodillas y codos pelados, mocos, babas… Y al final tuve que acceder a sus deseos y llevarla a la todavía desconocida para mí, y por lo tanto temida, Zona de Ocio.

Allí dentro había de todo: Videojuegos, karts (unos cochecitos ridículamente pequeños y lentos), piscinas de bolas con sus toboganes y sus cuerdas para que los críos pudieran sentirse como los simios de los que nunca debimos haber degenerado (evolución me parece una palabra muy poco adecuada para esto que nos ha pasado) y otras cosas que no alcanzo a describir. La zona de los simios le pareció lo más adecuado a Nº1 y fui a preguntar el precio a una de las monitoras. “3€ media hora, 5€ una hora” me dijo y yo pensé “Solo se vive una vez” y le di 3€; ella me preguntó si le daba el teléfono por si se terminaba el tiempo poder avisarme pero preferí esperar allí mismo, ya que no me gusta dar el teléfono a muchachas jóvenes que luego me acosan sexualmente por wasap. Y fui hacia las sillas de esperar.

Había dos sillas. La primera, y más cercana a la jaula de los simios, estaba normal, pero la de al lado tenía como un aura gris sobre ella; no estaba sucia ni parecía distinta a la otra, pero era como si una neblina densa reposara sobre ella, así que me senté en la normal. Los minutos pasaban lentamente. Miraba el móvil, miraba a los simios, miraba el suelo y el móvil otra vez… Hasta que reparé en algo: El culo de las monitoras. Tres de las cuatro chicas estaban apoyadas en el mostrador, de espaldas a mí, con sus traseros moviéndose de un lado a otro, rítmicamente mientras hablaban de sus cosas de chicas jóvenes y felices. Era hipnótico. “Tres euros por tres culos”, pensé, “¿Casualidad?”. Y así, con esas ideas, reparé en que de vez en cuando alguna de ellas se giraba hacia donde estaba yo pero parecía no verme. La cosa me parecía rara. Tenían a un tío a escasos cuatro metros de sus culos y no parecía importarles en absoluto. ¿Por qué? La respuesta llegó a mí como un piano cayendo desde un séptimo. Yo era un padre y ellas las monitoras de mi hija; pertenecíamos a mundos distintos en dimensiones paralelas en universos regidos por distintas leyes físicas. No me veían porque aunque mi cometido como padre era relevante para ellas, mi masculinidad estaba anulada completamente. La idea me trastornó. Miré mis manos y me di cuenta de que estaban ligeramente borrosas y cada vez que una de ellas se giraba y miraba hacia atrás sin verme, me volvía más y más transparente y gris. Y entonces caí en la cuenta. Miré a la silla de al lado y descubrí que esa neblina extraña era otro padre, casi desvanecido por el tiempo de espera y la ignorancia de las chicas. Intenté hablar con él, pero se limitó a mirarme y enseñarme su casi imperceptible mano izquierda con los dedos estirados, indicándome que había pagado los cinco euros de la hora completa. Me estremecí. Pero por suerte todo terminó.
Por si no sabíais cómo lucen tres culos juntos.

La chica del mostrador pronunció mi nombre y eso causó que mi cuerpo volviese a ser sólido. Me levanté y fui a por la niña que protestaba al ponerse los zapatos diciendo que quería “otra vez” mientras yo solo pensaba en subir al coche y poner tierra de por medio hasta la próxima vez. Pasamos por el lado del otro padre, ya apenas jirones de niebla imperceptibles y salimos de allí. Buscando la luz del Sol. Buscando el aire puro de la ciudad.

jueves, 11 de junio de 2015

De mascarillas y relaciones humanas



Tener problemas de salud es una mierda, pensaréis. Por leves o comunes que sean, nos incomodan, nos condicionan y en definitiva, nos amargan la vida. Pero algunas veces, si somos ingeniosos o simplemente tenemos suerte, podemos encontrarles matices positivos que aprovechar y darle la vuelta a la tortilla. ¿Qué no sabéis de que mierdas estoy hablando? Seguid leyendo y lo entenderéis.

Desde hace algunos años soy víctima de uno de los males de nuestros tiempos: La alergia al polen. Sí. Yo. Dicen que se trata de factores climáticos, de contaminación, emocionales, del estrés y la puta vida moderna, pero yo tengo otra teoría: Venganza. Os explico. Yo, cuando era jovenzuelo, tenía la piel elástica y mis músculos todavía eran firmes y no fláccidos jirones de tejido inútil, era jardinero; jardinero con matices. Trabajaba en jardines, en bosques y parques naturales, en montañas y riberas… Yo tenía un sueño: “Formar parte de la naturaleza, ser uno con ella y acabar con las vidas de cuantos humanos la profanaran”. Pero los sueños no dan dinero y al final llegan las hipotecas, los seguros, la luz y el agua… Y hay que abandonarlos. Y la Gran Madre Gaia no parecía contenta de perder a su joven adalid y me castigó a ser vulnerable a aquello que una vez fue parte de mí. Pero éste no era el motivo de la entrada. 

El caso es que en primavera me pongo fatal y como encima cargo y descargo en lugares en los que hay muchísimo polvo, eso no me ayuda a mejorar mi fatalidad. Es por ello que después de varios años de penar, decidí hacerme con una caja de mascarillas de esas de papel, que son iguales que las que llevan los médicos pero muy diferentes, y ponérmelas al entrar en esas zonas peligrosas. Ahora mismo no podría asegurar que el invento funcionara. Seguí con mi alergia, tragando menos polvo, eso sí, pero pasando noches igualmente jodidas, de ahogos y ronquidos, vueltas en la cama y despertares a las cuatro de la mañana. Pero tampoco era éste el motivo de la entrada. 

El motivo de esta entrada era compartir con vosotros, oh fieles lectores con daños cerebrales, el lado positivo de todo este rollo de arriba. Y ese lado positivo es que descubrí que mientras llevaba la mascarilla puesta, nadie me hablaba. Al parecer, el ocultar mis expresiones (ya de por sí pobres) y solo dejar a la vista mi mirada fría y distante, hacía que la gente no supiera qué decir o cómo decirlo o si yo estaba riendo o a punto de aplastarles la cabeza contra los pilares de las bandas del camión. Y no me decían ni mu. Ni pio. Y esto, para un ser antisocial y renegado de todo rastro de humanidad como yo, es una ventaja. Sin duda.
 
Ésta es la pinta que tengo con la mascarilla puesta.
Es por ello que a día de hoy, bien entrado junio y sin rastro de reacciones alérgicas en mi cuerpo, sigo llevando la mascarilla a todas partes, no solo en las cargas y descargas. Llevo mascarilla en las oficinas, en los bares, en la panadería, cuando voy a llevar a la niña al cole, cuando hay comida familiar, comuniones, bodas, bautizos… La mascarilla me ha dado la libertad. 
Aquí, buscando a la secretaria para que me de los albaranes de carga.


Dios salve a las mascarillas.

Joder. Otra entrada que no sé cómo terminar… Bah, yo la publico igual. Total…

Coñe, como estaba la Jessica Biel en el 2003
 
Madre mia...
       
Ay ay ay...
 
Vale, lo dejo ya!

lunes, 8 de junio de 2015

Días de esos



Hay días en los que me levanto y me siento bien. Días en los que me asomo a la ventana y veo el mundo con una relatividad extraña en la que estoy al margen de todo. En los que puedo ver volar a los pájaros ni sentir envidia; en los que puedo mirar al horizonte sin anhelar lo que haya más allá; en los que me da igual que haga frío o calor, si amanece o anochece, si el viento mece mis cabellos o si la humedad me hace sudar demasiado.

Hay días en los que el edificio podría derrumbarse sobre mí y no importarme, pues sé que saldría indemne de cualquier catástrofe; especialmente de aquellas que suceden en mi cabeza. En los que podría adaptarme a cualquier circunstancia, estar en cualquier lugar y hacer cualquier cosa que se me antojara.

Hay días en los que me siento tan alejado de todo que tengo incluso la sensación de poder manejar el mundo a mi antojo; de tomar el control de personas y situaciones cual titiritero con sus marionetas.

Hay días en los que soy tan incapaz de sentir, que llego a creer que realmente soy poderoso.

Otras veces no. Hay días en los que no soy más que un pelele que se mueve impulsado por los golpes que recibe desde todas partes y no piensa más que en quedarse inmóvil por fin… y que le olviden en algún rincón.