domingo, 28 de mayo de 2017

Choque de coches (paternidad 46)


La feria. ¿Qué se podría decir y cuánto escribir sobre ese antiguo divertimento ambulante que alegra las vidas de los rústicos pueblerinos con música, luces de colores y puestos de venta de artilugios nunca vistos hasta el momento? Se podría decir que están desfasadas, que son agobiantes, que huelen raro y que hacer que un niño de dos vueltas sobre un mismo eje montado en un cochecito de plático cuesta un ojo de la cara, pero no, no voy a ponerme crítico esta vez, porque llevo una semanita de autocríticas que me tiene agotado y aunque vosotros no sepáis nada porque aunque yo hago mi vida un poco pública aquí, tengo un límite en cuanto al exhibicionismo emocional, voy a dejar ese tema aparcado a un lado.

La feria, decía. Ese lugar que atrae a niños y a mayores que tienen niños, como la miel al oso, la caca a la mosca y el amor al corazón solitario. Y como no, allí estaba yo, no con una si no con dos pequeñas que me decían cosas tan bonitas como "tero eso", "quiero subir a todo", "papá no te pares a hablar con nadie" y "que tero eso he dicho" y como a uno no le da el alma ni la moral para resistir tanta presión, cuando quise darme cuenta estaba montado en un coche de choque esperando a que sonara la bocina para disfrutar de los tres euros mejor invertidos desde que me saqué esa muela del juicio en la barbería.

Lo primero que me llamó la atención de mi vehículo elécrico, aparte de que era la niña quien iba a conducir y yo solo "acompañarla para que no se haga daño", fue su minúsculo tamaño. Quizás se debiera a que la última vez que monté era solo un crio, pero no encontraba un lugar para meter las piernas donde no quedaran peligrosamente expuestas a rozaduras, golpes o electrocuciones. La niña estaba bien sentada y protegida, eso sí, por lo que dejé mi seguridad en un segundo plano. Cuando el trasto se puso en marcha, me arrepentí.

De pronto lo que parecía una apacible pista lisa y sin obstáculos se convirtió en un infierno de cochecitos conducidos por adolescentes y adolescentas ávidos de morir matando. Los golpes laterales me daban con la rodilla contra el volante, los traseros con los riñones contra el asiento y los delanteros eran un cocktail de dolor. Además, había ciertos peligros adicionales, como mi cabeza a un palmo de la red elecrtificada de la parte superior, de la que salían chispas que me caían detrás de la oreja y otro que no percibí hasta que no llevaba un rato dando vueltas por ahí: Tetas.

A mi alrededor se movían decenas de cuerpos jóvenes de pieles tersas y dientes blancos que reían y disfrutaban con el juego y ellas, ataviadas con tops y camisetas ligeras debido al calor asfixiante, rebotaban con cada golpe en ondulaciones hipnóticas de senos recién estrenados. Y así al dolor físico se sumó otro mucho más desgarrador como es el de la desubicación espaciotemporal causada por sus miradas que decían "¿Qué hace aquí este señor con barba?" y yo pensando "Seguro que se creen que me he dejado patillas para parecerme a Lobezno y molar cuando lo que quiero es ser como Isaac Aasimov y molar menos todavía". Y así veía como las risas se desvanecían cuando era yo quien producía el choque y lentamente el ambiente festivo se convertía en un oscuro y lúgubre funeral. El mio.

Hasta que la bocina sonó, los coches se pararon y todos los ocupantes regresamos a nuestros repectivos puestos en la sociedad: Los jóvenes a sus vidas despreocupadas llenas de risas, sentimientos recién descubiertos y tensiones sexuales y yo, cojeando y lleno de moratones junto a los mios para seguir con esta vida tan plena y productiva.
"¿Subimos otra vez?" me dice la niña emocionada. "Otro día, pequeña. Creo que no he sobrevivido a este viaje".

lunes, 22 de mayo de 2017

Los santos fojones (el esperado final)

La harley negra como la noche del Motorista Ninja aterrizó suavemente sobre el ombligo de uno de los monjes malvados, el cual se sintió repentinamente incómodo y dejó escapar un quejido de indignación. La Madre miró al recién llegado con sorpresa y se sorprendió aún más al comprobar que el individuo, además de ser capaz de conducir su moto con la mente para así poder esgrimir un arma en cada mano, esgrimía un arma en cada mano. En la derecha llevaba el ninja-to, una espada similar a una katana pero mas corta y de filo recto; en la izquierda manejaba con destreza una kusarigama, que vendría a ser como una pequeña hacha unida a una cadena con un contrapeso en el otro extremo. Con un derrapaje se situó junto a ella y le dijo algo así como “¿Tienes problemas, muñeca?” frase que a pesar de lo cutre, causó un efecto desbraguerizador en La Madre, la cual, por supuesto, no sabía que debajo de la máscara de ese motorista misterioso se escondía su marido, y compartía tal ignorancia con él, el cual pensaba que su mujer estaba de viaje de negocios y por ello había aprovechado para dejar a su hijo solo en casa y salir a patrullar la ciudad para acabar con el mal*. Pero los monjes no estaban dispuestos a dejar que esos dos fantoches les arruinaran el negocio y, gritando al unísono, se lanzaron al ataque.
Tres monjes emplearon el ataque aéreo, enganchando sus bufandas en numerosos apéndices de estatuas que adornaban el lugar, mientras que tres más atacaron desde el suelo, lo que viene siendo normal. Los tres restantes optaron por una táctica de desaparición para posterior ataque por sorpresa por la espalda, cosa harto habitual en este tipo de contiendas.
La Madre aprovechó el balanceo del primer monje para esquivarlo con un salto y aferrarse a su bufanda, posición clave para patearle la cabeza antes de soltarse y evitar el ataque de los otros dos. El Motorista Ninja, también conocido como El Padre, optó por la escasamente sutil técnica de enganchar a un monje por el cuello con su arma de cadena y estrellarlo contra otro mientras despachaba al tercero con la espada. Los tres monjes que se mantenían ocultos saltaron sobre él propinándole toda clase de golpes y otros gestos de enemistad mientras la madre pelaba en ligera desventaja contra sus otros dos rivales en los aires, en lo que parecía una actuación del Circo del Sol.
Viéndose superado, El Padre utilizó sus poderes ninja para dirigir su moto hacia la mesa donde estaban tejiendo los monjes antes del ataque, haciéndola volcar y desparramando el aceite de los candiles por las telas todavía sin hilar. En cuestión de segundos, un terrible incendio comenzó a devorar el lugar, lo cual hizo que los monjes dejaran a sus enemigos para correr a sofocar las llamas.
-Ésta es nuestra oportunidad de escapar -dijo el Motorista a la Madre.
-No puedo irme de aquí sin los cuadros -respondió ella.
-Olvidate de esos cuadros. ¿Qué cuadros?
-He venido aquí buscando unos cuadros que…
Pero la frase quedó interrumpida cuando el techo de la catedral se hundió repentinamente debido a que toda la estructura era de madera y toda la iluminación a base de aceite y además todo estaba lleno de bufandas colgadas por todos los sitios y no había un miserable extintor que pudiera evitar que aquello se convirtiera en un polvorín. Y así, en cuestión de segundos todos e vino abajo y se hizo el silencio.
Silencio que fue roto por el rugido característico del motor de una harley abriéndose paso con un ninja sobre ella el cual llevaba en brazos a una dama semiinconsciente. ¿Más épico? Pues también volaban palomas y la nube de humo formaba el símbolo de la hoz y el martillo y… y ya está bien de epicidad.
Los dos héroes, únicos supervivientes de la catástrofe se miraron a los ojos y sin decirse nada se besaron apasionadamente, sin saber que en realidad estaban besando a su respectiva pareja de veinte años de matrimonio. Porque ya se sabe que no hay nada como una misión suicida con final apoteósico para reavivar la llama de la pasión. Y así se despidieron, sin un adiós ni un hasta luego, pues ambos sabían que ese momento iba a durar para siempre.
Epílogo:
El niño volvió a casa después de unos días raros y se encontró a sus padres tirados en el sofá llenos de moratones y quemaduras. Por supuesto ambos intentaban disimular ya que no querían que el otro les hiciera preguntas incómodas y cada vez que algo les dolía fingían cantar o llamar a gritos al perro, que por cierto, no tenían.
-Hola papá, hola mamá, me voy a mi cuarto -fue todo lo que les dijo.
-Luego te llamo para la cena -dijo su madre-. Te he traído un regalito.
El niño suspiró y subió arrastrando los pies.

* si

sábado, 13 de mayo de 2017

De camioneros y alineamientos


Amigos, sé que lo que voy a escribir hoy me va a traer problemas en un futuro cercano (y también a medio y largo plazo), pero tengo que contarlo. Tengo que contarlo porque mi consciencia ya no puede más, mi moral se resquebraja y, porque no decirlo, soy un bocachancla y un chivato y si veo la oportunidad de hacerle daño a algien revelando un secreto de esos bien guardados por muchos, lo hago. Y ahí va mi historia.

Cuando era un chaval post adolescente de tan solo 28 años, "decidí" por "voluntad propia" y "sin ningún tipo de presión", sacarme el carné de camión. Como digo, fue una decisión personal de esas que se toman para intentar mejorar, llegar mas alto, ganar más dinero y poder hacer cosas que otras personas solo sueñan, como mirar el escote de las chicas desde otra perspectiva. Pero cual fue mi sorpresa al comprobar que además de los tres examenes de los que consta el susodicho carné (teórico, circuito cerrado y practico), había un cuarto examen secreto; un psicotécnico destinado a calcular el nivel de maldad del examinado. Tal psicotecnico dividía alos caminoeros en "del bien" o "del mal". A partir de ese momento los futuros camioneros fuimos separados en dos grupos e instruidos con las normas de circulación secretas. De este modo, los camioneros del mal deben cruzarse en las rotondas, no ceder el paso a nadie, tocar las bocinas delante de hospitales y silbar a las chcas por la calle. Los camioneros del bien, en contrapartida, deben ser cívivos (siempre dentro de las posibilidades) y, como no, combatir a los camioneros del mal.

A mi me tocó seguir el camino del bien, por lo que tengo la acreditación que me permite utilizar los lavabos mas limpios de las gasolineras, que los refritos de los bares de carretera no estén tan aceitosos y que las prostitutas se molesten en fingir orgasmos, entre otras ventajas menores. Los camioneros del mal, en cambio, aunue viven una vida mucho más dura en cuanto a servicios recibidos, tienen la satisfacción de poder hacer lo que les venga en gana y sentirse los reyes de la carretera.

Así que ya lo sabéis, queridos lectores. No sé si haber desvelado esto me va a dejar fuera de circulación (chiste malote), pero tenía que contarlo. Para advertiros a vosotros, oh abnegados seguidores de este blog que me habéis acompañado durante tantos años, de que tengáis cuidado con los camioneros malvados y que si alguna vez tenéis problemas en carretera, busquéis a uno de los buenos, el cual os ayudará sin dudarlo, aunque ello le cueste la ruta.

Y ahora viene lo decisivo: ¿Como diferenciarles? Muy fácil, ya que en las autoescuelas donde hacen los exámenes se preocupan de colocar pequeños tatuajes con el símbolo del bien (o del mal) en la base de los testículos de cada futuro chofer. Así que cuando os encontréis con un camionero, por rudo y malaspulgas que parezca, sólo tenéis que pedirle que os enseñe los huevos. Ya veréis qué bien. De nada.
El típico vehículo de camionero malvado.


martes, 2 de mayo de 2017

Los santos fojones (parte 3 de 4)


La madre, también conocida como Nº3, descendía colgada cabeza abajo de un fino cable desde la bóveda superior de la Catedral con la intención de tocar suelo y evitando a los peligrosos monjes tejedores de bufandas, abrir la puerta a sus tres compañeros para infiltrarse en el lugar y conseguir las obras de arte de valor incalculable que allí se guardan. Un plan perfecto y sin fisuras, ejecutado por cuatro miembros de la élite del subterfugio. Nada podía fallar. ¿Nada? En el momento más crucial del descenso, justo cuando La Madre (único mimbro femenino del equipo, hay que recalcarlo) debía aferrarse a una de las columnas para salir del ángulo de visión de los monjes, se oyó un estornudo.
El sonido del aire al ser expulsado de los pulmones de Nº2 a sesenta kilómetros por hora, resonó como una explosión en el silencioso recinto. Por un segundo los monjes, conocidos como Los Santos Fojones a causa de la hermandad en la que militan, miraron desconcertados a su alrededor hasta que uno de ellos vio la esbelta figura de La Madre colgada cual arácnido del techo y dio la voz de alarma.
Uno de los monjes, el que tenía la bufanda más larga, la enroscó en el brazo de una estatua de San pancracio y se lanzó cual Tarzán en liana contra ella en una patada que teniendo en cuenta la velocidad alcanzada por el monje, podría ser mortal o, como mínimo, bastante dolorosa. Al verse descubierta y sin demasiada movilidad, La Madre optó por soltar el cable y dejarse caer. El monje volador atravesó el aire donde hacía solo unos segundos estaba ella y maldijo en silencio.
Cuando La Madre tocó el suelo, comprobó que estaba rodeada por diez tipos expertos en artes marciales, armados con bufandas y con cara de pocos amigos; de hecho daba la sensación de que no tenían ningún amigo fuera de su circulo. Enzarzarse en combate era una idea absurda salvo para un masoquista en busca de emociones fuertes, así que rodó por el suelo y se dirigió a la puerta. Tras ella los monjes avanzaban balanceándose de estatua en columna y viceversa con la ayuda de las bufandas. Le pisaban los talones. Los tenía justo detrás. Entonces La Madre se detuvo en seco y se hizo un ovillo en el suelo, cosa que hizo que los monjes, dominados por el frenesí de la inercia, pasaran de largo y se estrellaran chocando torpemente contra una de las estatuas que representaba a Cristo jugando una partida de parchís con un tullido. “Si me ganas, te sano” rezaba la inscripción.
Tal estrategia le proporcionó unos segundos de ventaja, los justos para alcanzar la puerta y abrirla. Fuera deberían estar sus tres compañeros esperándola para luchar juntos contra los monjes, pero en lugar de ello, estaba solo Nº2, que para postre era el más bajito, el calvo, el de la voz de pito… En resumidas cuentas, el menos amenazador.
-¿Y los otros dos? -Preguntó azorada La Madre.
-Nos han tendido una emboscada -dijo Nº2 apesadumbrado. -Solo quedo yo.
La madre quedó aturdida por la noticia, pero tenían una misión que cumplir y no había tiempo de lamentaciones. Entraron de nuevo en la catedral y se encontraron con diez monjes listos para el combate. Adoptaron sus posiciones de ataque con la ínfima esperanza de intimidar a sus rivales pero de nada sirvió. La pelea comenzó y en pocos segundos, La Madre supo que estaban en desventaja. Puñetazos, patadas, proyecciones que daban con sus huesos en el duro suelo de piedra… No le estaba yendo demasiado bien. Pero cuando miró a su compañero Nº2, descubrió que no le estaban pegando con tanta fuerza como a ella; de hecho, ni siquiera le estaban pegando; casi podría asegurar con absoluta certeza que Nº2 y los monjes eran amigos de toda la vida, de esos que se van al cine juntos y luego un ratito de copas.
-Tu… Traidor -dijo La Madre.
-Así es -respondió Nº2 con una sonrisa en el rostro. -¿Acaso pensabas que seguiría trabajando junto a vosotros con lo calvo que estoy?
-¿Qué tendrá eso que ver con la lealtad?
-No es cuestión de lealtad sino de algo mucho más importante… Estética. -Entonces los monjes se quitaron los gorritos y La Madre pudo comprobar que todos estaban calvos como bolas de billar.
-Debí haberlo deducido antes -se lamentó La Madre. -Merezco morir aquí por mi falta de capacidad de deducción.
Pero entonces, justo cuando uno de llos monjes envolvía su cuello con una de las bufandas con la sana intención de asfixiarla de la forma más cruel y suave posible, se oyó el retumbar de un motor en el exterior y antes de que nadie pudiese decir eso de “se oye como una moto allí fuera”, una de las cristaleras se hizo añicos y entre virutas de cristales de colores que una vez habían representado una bucólica escena de un campesino sacrificando a su propio hijo, apareció el Motorista Ninja sobre su Harley Davidson customizada.

En el próximo capítulo: El Motorista Ninja ataca de nuevo. ¡No os perdáis el apasionante final!

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Anoche soñé que aparecías, como una visión borrosa que se vuelve sólida con la distáncia. 

Pude reconocer tus ojos, mirándome con cariño, tus manos suaves acariciando mi cabello y tu olor suave y afrutado.

Te acercaste a mi sin decirme nada, como una bocanada de aire fresco en una asfixiante tarde de verano y te abracé.

Sentí tu calor, la suavidad de tu piel, tus brazos alrededor de mi cuerpo y esa fragancia que te envuelve como un halo. 

Pero de pronto sentí como te desvanecías de nuevo y a pesar de que apreté con más fuerza, fue en vano.

Tu cuerpo se volvía etéreo, dejando libres mis brazos como si estuviesen tratando de aferrarse a arena del mar o volutas de humo.

Corrí a cerrar las ventanas para que no pudieses escapar pero ya no estabas conmigo.

Ahora volabas libre en busca del firmamento, mientras yo me asfixiaba lentamente en el interior de mi angosta existencia.