viernes, 21 de julio de 2017

Me cago en... los metereológolos (o como se escriba eso)


Una de las seudociencias que más rabia me dan es la meteorología. No es que tenga nada en contra de las creencias ajenas, por muy absurdas que éstas me parezcan, pero es que lo de esos señores que se creen capaces de predecir el tiempo se pasa de castaño oscuro.

La mal llamada ciencia de la meteorología consiste, por si alguien no lo sabe aún, en predecir el clima futuro basándose en absurdas evidencias presentes, como la humedad del aire, las corrientes térmicas o los hectopascales, que son cosas que ni siquiera existen pero que hemos oído tantas veces que las hemos normalizado. Seguro que a nadie le extrañan palabras como isovaras, anticiclones o heliopondios ya que a fuerza de oírlas por la tele se nos han quedado, igual que eso de los derechos humanos. 

¿Y qué debemos hacer con esto? ¿Hay que derrocar este falso mito a base de educación? ¿Hay que sacrificar a todo el que salga a la calle diciendo eso de “Uy, pero si dijeron que llovería y hace un sol que derrite las piedras”? Si, por supuesto, pero antes de dejarnos la piel en esta justa cruzada, hay que pararse a analizar el porqué hemos llegado a este punto. 

En primer lugar, el ansia por controlar el clima ha estado presente desde los albores de la humanidad. Las hormigas corren más cuando va a llover, las ovejas dan saltos y los pájaros vuelan bajo. ¿Por qué nosotros no hacemos nada raro? Pues porque somos una especie de mierda y no nos enteramos. Es por ello que ante una carencia tan acomplejante, aparecen los listos de siempre asegurando ser la solución a nuestros problemas y como no, los creemos a pies juntillas y los convertimos en nuestros mesías, olvidando sus numerosos errores y alabando sus escasisimos aciertos.

Y así pasan los años, una cosa lleva a la otra y cuando queremos darnos cuenta esos chamanes de la predicción climática salen después del telediario vestidos de traje y corbata, anunciando con total seguridad que los vientos del norte azotarán las costas de levante y patatín patatán…
Repito que no me parece mal; pero que lo hagan en sus casas y no con el dinero de todos. Que los pongan por la noche después de la teletienda, vestidos con hojas y rafia y con sombreros graciosos pero no así. No así, por favor.

Lo que pasa, o al menos lo que creo yo que pasa, es que todo esto forma parte de un complot del gobierno. Los señores que nos dirigen utilizan a los meteorólogos como muro de contención, como prueba de nuestro aguante… Como esos pajaritos que metían en las minas para avisar con su muerte de la presencia de radón, los meteorólogos son el indicador de la gnorancia y la estupidez de esta sociedad; y hasta que no nos vean aparecer, antorchas en mano a acabar con tal lacra, tendrán la seguridad de que pueden seguirnos robando, hipotecando la educación de nuestros hijos, la sanidad y que si se quema un bosque para ser recalificado, aún anunciándolo con luces de neón, aquí nadie va a mover un dedo.

Aunque hay algunas excepciones...


jueves, 13 de julio de 2017

De conejos y lenguas (pero en latín)




El otro día llegué con el camión a una fábrica y me encontré con que el muelle de carga ya estaba ocupado por otro, con lo cual tuve que esperar a que terminara, tiempo que aprovecho para jugar a videojuegos y ver porn... esto... tiempo que aprovecho para limpiar y escribir. Cuando el camión salió por fin, pude fijarme en que el nombre de su empresa era "Transportes Cuni". Os lo juro. Y como soy un hombre de cultura más alllá de lo ordinario, supe al instante que la palabra "cuni" viene del latín, que significa "conejo" y entonces por una de esas cosas de la vida que vienen sin que uno se lo espere, me di cuenta de que ya no lamemos las cosas como antes. Y creo que va a ser una reflexión importante e interesante, así que leed con atención.

Recuerdo perfectamente los años ochenta. En esos tiempos los niños jugábamos en la calle, especialmente en verano, cuando el sol no daba cancer, no había coches que te atropellaran cada medio minuto y los repartidores de caramelos envenenados eran solo leyendas. En esos tiempos a veces aparecía el familiar de turno que te había comprado una chocolatina (léase huesito o similar) y al abrirlo con alegría comprobabas que éste se había derretido por el calor hasta el punto en el que todo el recubrimiento de chocolate estaba pegado en el envoltorio. ¡Y no pasaba nada! Nos comiamos el esqueleto de galleta y después lamíamos durante horas el papel, después los dedos manchados y finalmente el suelo en caso de que se nos hubiera caido alguna gota. Pero hoy en día ya no.

Hoy en dia todo se guarda en cámaras refrigeradas, se expone en estanterías con aires acondicionados y seguramente, lleven ingredientes antiderretidores, de modo que aunque hayan 45º de temperatura, la chocolatina que ahora compramos para nuestros hijos/ sobrinos está dura y lista para ser comida sin ni siquiera manchar las yemas de los dedos. Y esto, aunque quede muy limpio e ideal, tiene sus terribles consecuencias.

El atrofie de lengua está entre una de las nuevas dolencias de nuestra sociedad moderna junto con la desaparición de los dedos de los pies y la alopecia. Los niños no la utilizan y eso deriva en adultos que no la utilizan y al final, por cuestiones evolutivas, acabaremos naciendo con la lengua débil y pequeña, lo cual me parece terrible. Una humanidad futura de lengüitas débiles y fofas es vulnerable a plagas, enfermedades, invasiones extraterrestes y como bien dice la estadística, los planetas dominados por especies con lenguas fofas, tienen un 25% más de posibilidades de ser alcanzados por meteoritos gigantes. Además claro está del tema amoroso en el que no voy a entrar en esta reflexión porque luego me pongo a hablar de labios y fluidos, la gente me malinterpreta y no puedo decir nada que rime con ocho.

Así que ya lo sabéis. Por vuestro bien y el de vuestros hijos. Por el bien de la humanidad y el planeta: Ejercitad vuestras lenguas. Lamed cosas. Lo que sea. Sin parar. Hasta el final. Hasta que os digan basta. Algún día me lo agradeceréis.

sábado, 1 de julio de 2017

Rutina de un día cualquiera


Seis de la mañana. En ese microsegundo entre activarse el despertador y sonar la primera nota de la alarma, lo paro con el dedo meñique de la mano izquierda, con la precisión de un bisturí laser suizo. Me levanto de un salto y me enfundo en mis pantalones y zapatillas para bajar las escaleras de seis en seis y entrar en la cocina. Me preparo un zumo de pomelo al que añado medio limón para darle algo de cuerpo y me lo bebo de un trago. Dejo caer una lágrima que cuando toca el suelo lo perfora como haría un alien herido. Después bajo al sótano, a mi pequeño santuario lúdico y me siento frente al teclado; me concentro y dejo fluir mi imaginación que me envuelve de formas y colores abstracotos a los que voy dando forma a base de palabras y frases que forman historias apasionantes. Mis dedos recorren el teclado con tal rapidez que el procesador intel pentium de 450 megapondios apenas es capaz de seguirme el ritmo. Cuando termino me dirijo a mi pequeño gimnasio particular y hago abdominales y levanto pesas hasta que éstas dicen basta y subo a asearme. Me miro en el espejo del baño y veo un cuerpo que envidiarían muchos hombres con veinte años menos. La imagen del espejo me mira con ojos de fuego y me dice "sal ahí fuera y cómete el mundo".

Ocho de la tarde. Llego a mi casa arrastrando los pies y subo las escaleras a cuatro patas. Saludo a la familia y bebo agua, la cual se derrama inmediatamente por todos los poros abiertos de mi piel. Nadie osa acercarse a mi de puro asco. Me encierro en el lavabo y pongo en marcha la ducha. Antes de entrar me miro en el espejo. El señor mayor y fofo que veo reflejado me mira con una sonrisa extraña y sus ojos de hielo se clavan en mi. "¿Quien se ha comido a quén, finalmente?", me dice.

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No hay más luz que tu luz,
cuando el cielo está gris y la lluvia no deja ver.
No hay más olor que tu olor,
cuando el viento trae retazos de aromas lejanos.
No hay más voz que tu voz,
cuando sueño despierto y no quiero dormir.

Y me aferro a la idea de que algún día todo será distinto,
sin presión ni miedo ni nada que ocultar.
Y lucho continuamente por permanecer,
por seguir siendo al menos, un recuerdo en tu piel.
Una sombra en las noches oscuras.

Porque no hay más luz que tu luz,
ni más olor que tu olor,
ni mas voz que tu voz,
cuando cierro los ojos y trato de respirar.

martes, 20 de junio de 2017

Consultorio del Dr. Testículo: Consulta 14



 Hacía tiempo que nadie se acercaba al consultorio, así que he recibido con alegría esta carta, a pesar de que algunos problemas escapan a mi capacidad ayudativa. Vamos a leerlo.

Hola Dr. Testículo, soy una mierda.
Saludos amigo. Tengo un problema que no me deja dormir por las noches y que además, estoy seguro de que afecta a más personas, por lo que creo conveniente exponerlo en público para así poder exponerlo a la mayor cantidad de personas.
El caso es que yo era una persona normal, con una vida feliz y tranquila hasta que un buen día buscando videos de gatitos en Internet me topé con uno de esos videos para adultos en el que aparecían dos señoritas que muy amablemente y al unísono, felaban a un afortunado caballero.
Tal visión, aunque fugaz, me turbó en sobremanera pues no pude dejar de preguntarme cómo una persona, nacida en condiciones similares a las mías y viviendo en una estructura social parecida, podía llegar a tal posición privilegiada.
¿Se trata de pura suerte o de una estrategia bien diseñada?
En caso de ser lo segundo y admitiendo que me costaría creer lo primero…
¿Cómo podría hacer para verme en esa misma tesitura?
¿Cuál es el secreto, Dr.?

Querido amigo anónimo. Ante todo le agradezco que haya aprendido a escribir en su momento, ya que normalmente la gente que se dirige a mi lo hace con una gramática que hace que me sangren los ojos.
En cuanto a la respuesta a su pregunta… Lamento decirle que por primera vez desde que tengo abierto este consultorio, no voy a ser capaz de solucionarle esta duda.
¿O acaso cree que si yo supiera como lograr eso estaría aquí en este consultorio de pacotilla? Por favor…

Quizás la clave esté en los abdominales...

lunes, 12 de junio de 2017

Regalos de mierda (17 de 284)



Encerrado en su habitación, el niño estaba absorto en una serie de operaciones matemáticas con tal de averiguar qué juguete podría contener el menor número de errores a la hora de ser adquirido para así comprobar si su madre era víctima de una serie de malas casualidades o si, tal como él sospechaba, era una persona genéticamente diseñada para equivocarse. Las paredes del cuarto estaban empapeladas con bocetos y operaciones matemáticas tales como ecuaciones, raíces cuadradas y restas con coma; los regalos con facilidad de confusión eran desechados y cambiados por otros con un índice mayor de acierto. Finalmente, a altas horas de la madrugada se oyó un grito de “eureka” en el vecindario. Por fin lo había conseguido.
Según los cálculos, el regalo más seguro era el de “coche de policía” con un 99,89% de probabilidades de éxito. Le había costado semanas de trabajo, búsquedas en Internet y encuestas a pie de calle, pero por fin lo había logrado. Cansado pero feliz, bajó las escaleras y se encontró a su madre preparándose un bocadillo de callos.
-Mamá, ya se que quiero para mi cumpleaños –le dijo con alegría.
-Oh, que bien. En cuanto me coma la tortilla de caracoles salgo a comprártelo.
-Gracias mamá, eres la mejor –dijo él tratando de aparentar normalidad para la mejor consecución del experimento.
Y así la madre salió y regresó al día siguiente con un paquetito entre las manos. El niño lo abrió fingiendo felicidad y su semblante se oscureció al ver el contenido.
Nubes negras se acercaban a la ciudad. Sería la peor tormenta que jamás azotara esa región.


sábado, 3 de junio de 2017

Microfelicidad efimeropasiva





No sé si hoy en día queda alguien que viva ajeno al fenómeno del “coaching”, pero por si acaso y en mi afán divulgativo y culturizante con el que escribo en este blog, voy a permitirme el ofrecer una pequeña explicación para aclarar posibles dudas sobre este nuevo fenómeno cultural y social.
La palabra “coach” es un anglicismo de ésos que tanto nos gusta utilizar para sentirnos modernos y cosmopolitas y que significa “preparar” de modo que un coacher vendría a ser un preparador. ¿Y prepararnos para qué? Pues para que va a ser: Para la vida. Y es que dama y caballeros, aunque seamos gente adulta, madura y con toda una vida repleta de experiencias más o menos constructivas… No tenemos ni puta idea de qué estamos haciendo.

El coacher generalmente es un señor (o señora) que es guapo, viste bien y se nota que tiene pasta porque va al gimnasio y lleva el pelo muy arreglado, al que a todos nos gustaría parecernos, el (o la) cual nos cobra por hacernos creer cosas como que somos mejores de lo que en realidad somos, que podemos alcanzar todas nuestras metas y cumplir con nuestros sueños, obviando que podríamos vivir tan tranquilos sin metas ni sueños llegando a viejos y muriéndonos apaciblemente como se ha hecho siempre. El coacher nos miente y nos engaña poniéndonos ejemplos de personas mejores que nosotros (aunque ficticias en muchos casos) y utilizando la clásica treta de la comparación para hacernos sentir desgraciados y por lo tanto con el absurdo deseo de mejorar. Tal artimaña, por supuesto, tiene sus inconvenientes, ya que cuanto más altas estén nuestras aspiraciones, más gorda será la ostia que nos demos al aceptar finalmente que nosotros no podemos alcanzarlas; pero para entonces, el coacher ya se habrá ido muy lejos con su cochazo y no podremos reclamarle que nos devuelva nuestro dinero ni nuestra dignidad.

Porque no debemos olvidar NUNCA que no somos más que basura. Pequeñas bolsitas de basura malolientes y rezumantes que se juntan para darse calor y crear este enorme vertedero llamado sociedad, el cual es tan repugnante que nos da asco a nosotros mismos pero que al mismo tiempo no nos permite escapar, obligándonos a acomodarnos como buenamente podamos para resistir el mayor tiempo posible este incómodo tormento que es la vida. Porque si en sociedad somos insoportables, en soledad ni siquiera valemos nuestro peso en excrementos de rata. Y da igual lo que hagamos. Da igual escribir un libro que ganar mucho dinero prostituyéndonos en una gran empresa multinacional como irnos de vacaciones a un lugar exótico y recoger envidias y “me gusta” en redes sociales a capazos. Pero eso el coacher no lo dice, aunque lo sabe, porque es mucho más rentable animar a quien está hundido que hundir a quien cree tener posibilidades de escape dejándole vivir un tiempo en la extraña felicidad de la inopia, que no viene a ser otra cosa que una pequeña Corea del Norte particular.

Pero yo, oh fieles lectores, siendo demasiado pesimista para verme afectado por el influjo de cualquier preparador, he ideado mi propio método para subsistir en este mundo alienante y opresivo de decepciones apilables. Y lo he llamado: Microfelicidades efimeropasivas. Y encima, os voy a explicar en qué consiste.

Una microfelicidad efimeropasiva es, tal como habréis deducido por su nombre, un pequeño momento de satisfacción que obtenemos sin habernos esforzado lo más mínimo. Por ejemplo, cuando vemos como ese compañero de oficina (o de camión, o de lo que sea) que tan mal nos cae se cae (ahora literalmente) rodando por las escaleras y se hace daño. ¿Ha molado? Si ¿Hemos tenido algo que ver en ello? No. Por eso hay que nutrirse del momento y disfrutar. Otro ejemplo, esta vez más personal y menos genérico:
Yo a veces voy a la playa, no porque me guste sino por obligación familiar. Y una vez allí, veo tipos con músculos; porque los hay. Hombres altos, guapos, bronceados, con sus pectorales, sus bíceps con venas y sus abdominales marcados; y siento envidia, porque están buenos y todas las mujeres les miran y les desean dentro de ellas. Pero luego pienso en las horas de gimnasio, los batidos de huevo crudo con polvos de proteínas, los remordimientos después de comerse una palmera de chocolate… y se me pasa un poco. ¿Es esto una microfelicidad efimeropasiva? No. Pero si lo es cuando veo a otro tipo, más bajito y gordo que yo y me doy cuenta de que estoy mejor que él y sin haber hecho nada por conseguirlo. Ahí si. Ahí puedo regodearme, hinchar pecho y sentirme bien.
 
Cuando te caigas por unas escaleras, estaré observandote
Y aunque penséis que alegrarse de las desgracias ajenas es de ser malas personas, quitáoslo de la cabeza ya que como he comentado antes… Nosotros en ningún momento hacemos nada por forzar ninguna situación. Simplemente contemplamos el mundo a nuestro alrededor y somos felices comparándonos con aquellos que están peor. Y si eso es malo… Que baje dios y me juzgue.


Próxima entrada: Juicio en el purgatorio.

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No pude tomarte en serio cuando entre risas, me dijiste que no me libraría de ti tan fácilmente.
Lo que tomé como una frase que hacía referencia a tu perseverancia, era en realidad una advertencia sobre mi vulnerabilidad.
Porque te clavaste en mí como una espina emponzoñada cuyo veneno recorre ahora mis venas, recordándome quién eres y dónde has estado, con cada latido de mi corazón. Una toxina de dulce néctar incapaz de ser eliminada, que incita a soñar despierto y vivir dormido.
Como el caballo de Atila que quema para siempre la tierra por la que pisa, grabaste a fuego tu paso en mi consciencia, mi memoria y mi cordura.
Una frase entre risas en una tarde de verano, en un espacio vacío donde ya no brilla el sol.
Una frase que recuerdo, y sonrío feliz de comprenderla al fin.

domingo, 28 de mayo de 2017

Choque de coches (paternidad 46)


La feria. ¿Qué se podría decir y cuánto escribir sobre ese antiguo divertimento ambulante que alegra las vidas de los rústicos pueblerinos con música, luces de colores y puestos de venta de artilugios nunca vistos hasta el momento? Se podría decir que están desfasadas, que son agobiantes, que huelen raro y que hacer que un niño de dos vueltas sobre un mismo eje montado en un cochecito de plático cuesta un ojo de la cara, pero no, no voy a ponerme crítico esta vez, porque llevo una semanita de autocríticas que me tiene agotado y aunque vosotros no sepáis nada porque aunque yo hago mi vida un poco pública aquí, tengo un límite en cuanto al exhibicionismo emocional, voy a dejar ese tema aparcado a un lado.

La feria, decía. Ese lugar que atrae a niños y a mayores que tienen niños, como la miel al oso, la caca a la mosca y el amor al corazón solitario. Y como no, allí estaba yo, no con una si no con dos pequeñas que me decían cosas tan bonitas como "tero eso", "quiero subir a todo", "papá no te pares a hablar con nadie" y "que tero eso he dicho" y como a uno no le da el alma ni la moral para resistir tanta presión, cuando quise darme cuenta estaba montado en un coche de choque esperando a que sonara la bocina para disfrutar de los tres euros mejor invertidos desde que me saqué esa muela del juicio en la barbería.

Lo primero que me llamó la atención de mi vehículo elécrico, aparte de que era la niña quien iba a conducir y yo solo "acompañarla para que no se haga daño", fue su minúsculo tamaño. Quizás se debiera a que la última vez que monté era solo un crio, pero no encontraba un lugar para meter las piernas donde no quedaran peligrosamente expuestas a rozaduras, golpes o electrocuciones. La niña estaba bien sentada y protegida, eso sí, por lo que dejé mi seguridad en un segundo plano. Cuando el trasto se puso en marcha, me arrepentí.

De pronto lo que parecía una apacible pista lisa y sin obstáculos se convirtió en un infierno de cochecitos conducidos por adolescentes y adolescentas ávidos de morir matando. Los golpes laterales me daban con la rodilla contra el volante, los traseros con los riñones contra el asiento y los delanteros eran un cocktail de dolor. Además, había ciertos peligros adicionales, como mi cabeza a un palmo de la red elecrtificada de la parte superior, de la que salían chispas que me caían detrás de la oreja y otro que no percibí hasta que no llevaba un rato dando vueltas por ahí: Tetas.

A mi alrededor se movían decenas de cuerpos jóvenes de pieles tersas y dientes blancos que reían y disfrutaban con el juego y ellas, ataviadas con tops y camisetas ligeras debido al calor asfixiante, rebotaban con cada golpe en ondulaciones hipnóticas de senos recién estrenados. Y así al dolor físico se sumó otro mucho más desgarrador como es el de la desubicación espaciotemporal causada por sus miradas que decían "¿Qué hace aquí este señor con barba?" y yo pensando "Seguro que se creen que me he dejado patillas para parecerme a Lobezno y molar cuando lo que quiero es ser como Isaac Aasimov y molar menos todavía". Y así veía como las risas se desvanecían cuando era yo quien producía el choque y lentamente el ambiente festivo se convertía en un oscuro y lúgubre funeral. El mio.

Hasta que la bocina sonó, los coches se pararon y todos los ocupantes regresamos a nuestros repectivos puestos en la sociedad: Los jóvenes a sus vidas despreocupadas llenas de risas, sentimientos recién descubiertos y tensiones sexuales y yo, cojeando y lleno de moratones junto a los mios para seguir con esta vida tan plena y productiva.
"¿Subimos otra vez?" me dice la niña emocionada. "Otro día, pequeña. Creo que no he sobrevivido a este viaje".

lunes, 22 de mayo de 2017

Los santos fojones (el esperado final)

La harley negra como la noche del Motorista Ninja aterrizó suavemente sobre el ombligo de uno de los monjes malvados, el cual se sintió repentinamente incómodo y dejó escapar un quejido de indignación. La Madre miró al recién llegado con sorpresa y se sorprendió aún más al comprobar que el individuo, además de ser capaz de conducir su moto con la mente para así poder esgrimir un arma en cada mano, esgrimía un arma en cada mano. En la derecha llevaba el ninja-to, una espada similar a una katana pero mas corta y de filo recto; en la izquierda manejaba con destreza una kusarigama, que vendría a ser como una pequeña hacha unida a una cadena con un contrapeso en el otro extremo. Con un derrapaje se situó junto a ella y le dijo algo así como “¿Tienes problemas, muñeca?” frase que a pesar de lo cutre, causó un efecto desbraguerizador en La Madre, la cual, por supuesto, no sabía que debajo de la máscara de ese motorista misterioso se escondía su marido, y compartía tal ignorancia con él, el cual pensaba que su mujer estaba de viaje de negocios y por ello había aprovechado para dejar a su hijo solo en casa y salir a patrullar la ciudad para acabar con el mal*. Pero los monjes no estaban dispuestos a dejar que esos dos fantoches les arruinaran el negocio y, gritando al unísono, se lanzaron al ataque.
Tres monjes emplearon el ataque aéreo, enganchando sus bufandas en numerosos apéndices de estatuas que adornaban el lugar, mientras que tres más atacaron desde el suelo, lo que viene siendo normal. Los tres restantes optaron por una táctica de desaparición para posterior ataque por sorpresa por la espalda, cosa harto habitual en este tipo de contiendas.
La Madre aprovechó el balanceo del primer monje para esquivarlo con un salto y aferrarse a su bufanda, posición clave para patearle la cabeza antes de soltarse y evitar el ataque de los otros dos. El Motorista Ninja, también conocido como El Padre, optó por la escasamente sutil técnica de enganchar a un monje por el cuello con su arma de cadena y estrellarlo contra otro mientras despachaba al tercero con la espada. Los tres monjes que se mantenían ocultos saltaron sobre él propinándole toda clase de golpes y otros gestos de enemistad mientras la madre pelaba en ligera desventaja contra sus otros dos rivales en los aires, en lo que parecía una actuación del Circo del Sol.
Viéndose superado, El Padre utilizó sus poderes ninja para dirigir su moto hacia la mesa donde estaban tejiendo los monjes antes del ataque, haciéndola volcar y desparramando el aceite de los candiles por las telas todavía sin hilar. En cuestión de segundos, un terrible incendio comenzó a devorar el lugar, lo cual hizo que los monjes dejaran a sus enemigos para correr a sofocar las llamas.
-Ésta es nuestra oportunidad de escapar -dijo el Motorista a la Madre.
-No puedo irme de aquí sin los cuadros -respondió ella.
-Olvidate de esos cuadros. ¿Qué cuadros?
-He venido aquí buscando unos cuadros que…
Pero la frase quedó interrumpida cuando el techo de la catedral se hundió repentinamente debido a que toda la estructura era de madera y toda la iluminación a base de aceite y además todo estaba lleno de bufandas colgadas por todos los sitios y no había un miserable extintor que pudiera evitar que aquello se convirtiera en un polvorín. Y así, en cuestión de segundos todos e vino abajo y se hizo el silencio.
Silencio que fue roto por el rugido característico del motor de una harley abriéndose paso con un ninja sobre ella el cual llevaba en brazos a una dama semiinconsciente. ¿Más épico? Pues también volaban palomas y la nube de humo formaba el símbolo de la hoz y el martillo y… y ya está bien de epicidad.
Los dos héroes, únicos supervivientes de la catástrofe se miraron a los ojos y sin decirse nada se besaron apasionadamente, sin saber que en realidad estaban besando a su respectiva pareja de veinte años de matrimonio. Porque ya se sabe que no hay nada como una misión suicida con final apoteósico para reavivar la llama de la pasión. Y así se despidieron, sin un adiós ni un hasta luego, pues ambos sabían que ese momento iba a durar para siempre.
Epílogo:
El niño volvió a casa después de unos días raros y se encontró a sus padres tirados en el sofá llenos de moratones y quemaduras. Por supuesto ambos intentaban disimular ya que no querían que el otro les hiciera preguntas incómodas y cada vez que algo les dolía fingían cantar o llamar a gritos al perro, que por cierto, no tenían.
-Hola papá, hola mamá, me voy a mi cuarto -fue todo lo que les dijo.
-Luego te llamo para la cena -dijo su madre-. Te he traído un regalito.
El niño suspiró y subió arrastrando los pies.

* si

sábado, 13 de mayo de 2017

De camioneros y alineamientos


Amigos, sé que lo que voy a escribir hoy me va a traer problemas en un futuro cercano (y también a medio y largo plazo), pero tengo que contarlo. Tengo que contarlo porque mi consciencia ya no puede más, mi moral se resquebraja y, porque no decirlo, soy un bocachancla y un chivato y si veo la oportunidad de hacerle daño a algien revelando un secreto de esos bien guardados por muchos, lo hago. Y ahí va mi historia.

Cuando era un chaval post adolescente de tan solo 28 años, "decidí" por "voluntad propia" y "sin ningún tipo de presión", sacarme el carné de camión. Como digo, fue una decisión personal de esas que se toman para intentar mejorar, llegar mas alto, ganar más dinero y poder hacer cosas que otras personas solo sueñan, como mirar el escote de las chicas desde otra perspectiva. Pero cual fue mi sorpresa al comprobar que además de los tres examenes de los que consta el susodicho carné (teórico, circuito cerrado y practico), había un cuarto examen secreto; un psicotécnico destinado a calcular el nivel de maldad del examinado. Tal psicotecnico dividía alos caminoeros en "del bien" o "del mal". A partir de ese momento los futuros camioneros fuimos separados en dos grupos e instruidos con las normas de circulación secretas. De este modo, los camioneros del mal deben cruzarse en las rotondas, no ceder el paso a nadie, tocar las bocinas delante de hospitales y silbar a las chcas por la calle. Los camioneros del bien, en contrapartida, deben ser cívivos (siempre dentro de las posibilidades) y, como no, combatir a los camioneros del mal.

A mi me tocó seguir el camino del bien, por lo que tengo la acreditación que me permite utilizar los lavabos mas limpios de las gasolineras, que los refritos de los bares de carretera no estén tan aceitosos y que las prostitutas se molesten en fingir orgasmos, entre otras ventajas menores. Los camioneros del mal, en cambio, aunue viven una vida mucho más dura en cuanto a servicios recibidos, tienen la satisfacción de poder hacer lo que les venga en gana y sentirse los reyes de la carretera.

Así que ya lo sabéis, queridos lectores. No sé si haber desvelado esto me va a dejar fuera de circulación (chiste malote), pero tenía que contarlo. Para advertiros a vosotros, oh abnegados seguidores de este blog que me habéis acompañado durante tantos años, de que tengáis cuidado con los camioneros malvados y que si alguna vez tenéis problemas en carretera, busquéis a uno de los buenos, el cual os ayudará sin dudarlo, aunque ello le cueste la ruta.

Y ahora viene lo decisivo: ¿Como diferenciarles? Muy fácil, ya que en las autoescuelas donde hacen los exámenes se preocupan de colocar pequeños tatuajes con el símbolo del bien (o del mal) en la base de los testículos de cada futuro chofer. Así que cuando os encontréis con un camionero, por rudo y malaspulgas que parezca, sólo tenéis que pedirle que os enseñe los huevos. Ya veréis qué bien. De nada.
El típico vehículo de camionero malvado.


martes, 2 de mayo de 2017

Los santos fojones (parte 3 de 4)


La madre, también conocida como Nº3, descendía colgada cabeza abajo de un fino cable desde la bóveda superior de la Catedral con la intención de tocar suelo y evitando a los peligrosos monjes tejedores de bufandas, abrir la puerta a sus tres compañeros para infiltrarse en el lugar y conseguir las obras de arte de valor incalculable que allí se guardan. Un plan perfecto y sin fisuras, ejecutado por cuatro miembros de la élite del subterfugio. Nada podía fallar. ¿Nada? En el momento más crucial del descenso, justo cuando La Madre (único mimbro femenino del equipo, hay que recalcarlo) debía aferrarse a una de las columnas para salir del ángulo de visión de los monjes, se oyó un estornudo.
El sonido del aire al ser expulsado de los pulmones de Nº2 a sesenta kilómetros por hora, resonó como una explosión en el silencioso recinto. Por un segundo los monjes, conocidos como Los Santos Fojones a causa de la hermandad en la que militan, miraron desconcertados a su alrededor hasta que uno de ellos vio la esbelta figura de La Madre colgada cual arácnido del techo y dio la voz de alarma.
Uno de los monjes, el que tenía la bufanda más larga, la enroscó en el brazo de una estatua de San pancracio y se lanzó cual Tarzán en liana contra ella en una patada que teniendo en cuenta la velocidad alcanzada por el monje, podría ser mortal o, como mínimo, bastante dolorosa. Al verse descubierta y sin demasiada movilidad, La Madre optó por soltar el cable y dejarse caer. El monje volador atravesó el aire donde hacía solo unos segundos estaba ella y maldijo en silencio.
Cuando La Madre tocó el suelo, comprobó que estaba rodeada por diez tipos expertos en artes marciales, armados con bufandas y con cara de pocos amigos; de hecho daba la sensación de que no tenían ningún amigo fuera de su circulo. Enzarzarse en combate era una idea absurda salvo para un masoquista en busca de emociones fuertes, así que rodó por el suelo y se dirigió a la puerta. Tras ella los monjes avanzaban balanceándose de estatua en columna y viceversa con la ayuda de las bufandas. Le pisaban los talones. Los tenía justo detrás. Entonces La Madre se detuvo en seco y se hizo un ovillo en el suelo, cosa que hizo que los monjes, dominados por el frenesí de la inercia, pasaran de largo y se estrellaran chocando torpemente contra una de las estatuas que representaba a Cristo jugando una partida de parchís con un tullido. “Si me ganas, te sano” rezaba la inscripción.
Tal estrategia le proporcionó unos segundos de ventaja, los justos para alcanzar la puerta y abrirla. Fuera deberían estar sus tres compañeros esperándola para luchar juntos contra los monjes, pero en lugar de ello, estaba solo Nº2, que para postre era el más bajito, el calvo, el de la voz de pito… En resumidas cuentas, el menos amenazador.
-¿Y los otros dos? -Preguntó azorada La Madre.
-Nos han tendido una emboscada -dijo Nº2 apesadumbrado. -Solo quedo yo.
La madre quedó aturdida por la noticia, pero tenían una misión que cumplir y no había tiempo de lamentaciones. Entraron de nuevo en la catedral y se encontraron con diez monjes listos para el combate. Adoptaron sus posiciones de ataque con la ínfima esperanza de intimidar a sus rivales pero de nada sirvió. La pelea comenzó y en pocos segundos, La Madre supo que estaban en desventaja. Puñetazos, patadas, proyecciones que daban con sus huesos en el duro suelo de piedra… No le estaba yendo demasiado bien. Pero cuando miró a su compañero Nº2, descubrió que no le estaban pegando con tanta fuerza como a ella; de hecho, ni siquiera le estaban pegando; casi podría asegurar con absoluta certeza que Nº2 y los monjes eran amigos de toda la vida, de esos que se van al cine juntos y luego un ratito de copas.
-Tu… Traidor -dijo La Madre.
-Así es -respondió Nº2 con una sonrisa en el rostro. -¿Acaso pensabas que seguiría trabajando junto a vosotros con lo calvo que estoy?
-¿Qué tendrá eso que ver con la lealtad?
-No es cuestión de lealtad sino de algo mucho más importante… Estética. -Entonces los monjes se quitaron los gorritos y La Madre pudo comprobar que todos estaban calvos como bolas de billar.
-Debí haberlo deducido antes -se lamentó La Madre. -Merezco morir aquí por mi falta de capacidad de deducción.
Pero entonces, justo cuando uno de llos monjes envolvía su cuello con una de las bufandas con la sana intención de asfixiarla de la forma más cruel y suave posible, se oyó el retumbar de un motor en el exterior y antes de que nadie pudiese decir eso de “se oye como una moto allí fuera”, una de las cristaleras se hizo añicos y entre virutas de cristales de colores que una vez habían representado una bucólica escena de un campesino sacrificando a su propio hijo, apareció el Motorista Ninja sobre su Harley Davidson customizada.

En el próximo capítulo: El Motorista Ninja ataca de nuevo. ¡No os perdáis el apasionante final!

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Anoche soñé que aparecías, como una visión borrosa que se vuelve sólida con la distáncia. 

Pude reconocer tus ojos, mirándome con cariño, tus manos suaves acariciando mi cabello y tu olor suave y afrutado.

Te acercaste a mi sin decirme nada, como una bocanada de aire fresco en una asfixiante tarde de verano y te abracé.

Sentí tu calor, la suavidad de tu piel, tus brazos alrededor de mi cuerpo y esa fragancia que te envuelve como un halo. 

Pero de pronto sentí como te desvanecías de nuevo y a pesar de que apreté con más fuerza, fue en vano.

Tu cuerpo se volvía etéreo, dejando libres mis brazos como si estuviesen tratando de aferrarse a arena del mar o volutas de humo.

Corrí a cerrar las ventanas para que no pudieses escapar pero ya no estabas conmigo.

Ahora volabas libre en busca del firmamento, mientras yo me asfixiaba lentamente en el interior de mi angosta existencia.

miércoles, 26 de abril de 2017

Inocencia (paternidad 45)


Llego a casa después de un agotador día de trabajo y encuentro a mi pequeña, mejor dicho a mi mayor a pesar de que sigue siendo pequeña para mí, pintando y recortando en la mesa. Verla trabajando su creatividad me emociona, pues eso demuestra ciertas afinidades hacia el arte e inquietudes acerca de lo ya existente. Y eso es algo bonito ya que en esta sociedad actual regida por el “quiero esto pues me lo compro”, el ver a un niño trabajando para conseguir algo resulta esperanzador. Me acerco a ella y le hablo suavemente, para no molestarla demasiado.
-¿Qué es esto tan bonito que estás haciendo?
-Una casita para cuando venga el ratoncito Pérez. –Me dice sin distraerse a mirarme
-Oooh que bonita. ¿Es para que descanse después de llevarse tu diente y dejarte el regalito?
-No. Voy a poner el diente dentro y a hacer un mecanismo para que cuando entre a por él se quede encerado dentro.
-Glups… ¿Y para qué quieres encerrar al ratoncito Pérez? Quizás tenga que irse a entregar más regalos a otros niños.
-Sí. Por eso. Si lo capturo podré quedármelos para mí.
-…
Y así regreso a mis quehaceres habituales y dejo a mi pequeña planeando cómo secuestrar y robar a un ser mitológico. Qué ganas de jugar al Dragones y Mazmorras con ella.

viernes, 14 de abril de 2017

De penes y manifiestos humanistas


Ayer al ir a subirme a mi camión para ejercer mi justa obligación de trabajar para mantener en pie a este país a base de pagar impuestos que los del gobierno van a gastar en putas y cocaína, me di cuenta de que algún desaprensivo se había entretenido dibujando un pene en la puerta del copiloto. Mi primera reacción fue la de indignación, clamando al cielo por una justa venganza contra tal ofensa que atentaba contra la propiedad privada y la dignidad, seguida por el asombro al comprobar lo mal dibujado que estaba ese pene. No era más que dos esferas coronadas por un apéndice triangular; algo muy lejos de mi idea de cómo debe ser un pene. ¿Tanto le costaba dibujarlo bien? ¿No había visto nunca un pene de verdad? Y entonces vi la luz.
Quizás no se trataba de un simple gamberro adolescente desahogando su frustración sexual a base de dibujar falos por todos lados, sin llegar a darse cuenta de que carecía de cualquier talento artístico. Podría ser que se tratara de una persona atormentada por haber nacido con un pene triangular y completamente disfuncional pero que en lugar de ocultarlo al mundo, había decidido dibujarlo para normalizar ese aspecto y romper así con los cánones de belleza genital que imperan hoy en día. Cabía la posibilidad de que me encontrara frente a una forma de reivindicación gráfica que defendía a las personas que eran diferentes en algún aspecto pero no por ello se avergonzaran. Era posible incluso que ese pene raro en la puerta de mi camión simbolizara algo tan grandioso como la intención de abrir una puerta figurada a la diferencia y que ésta viajara por el mundo para despertar las consciencias de aquellos que lo contemplasen. Y al final me sentí como el mensajero de una gran obra, el adalid de un nuevo tiempo que estaba comenzando, el paladín de la nueva era, el maestro de llaves de un muro metafórico que iba a ser abierto para liberar al mundo de su yugo de ignorancia…
Pero después me dio vergüenza ir por ahí con eso pintado en la puerta y lo borré. Por si acaso solo era un pene mal dibujado y yo nada más que un idiota con demasiada fe en la humanidad.
Aquí una variación hecha por mi sobre el mismo dibujo.

viernes, 7 de abril de 2017

Hoy tocaba...



Hoy tocaba una de esas entradas graciosas que hacen reír al lector y que luego me comenta cosas como “qué cosas se te ocurren”, “no sé de donde sacas esto” u otros comentarios jocosos. Pero me he sentado delante de la pantalla y haciendo acopio de mis vivencias semanales para poder transcribir alguna aquí, he descubierto que para hacer humor hoy en día hay que llevar mucho cuidado.
No hablo de esa fina línea entre lo divertido y lo políticamente incorrecto en la que muchos humoristas deben hacer equilibrios para no caer hacia ninguno de los dos lados y ser lapidado sin piedad por seguidores y detractores, si no de lo que parece que comienza a convertirse en ilegal. 

El caso de Cassandra, los titiriteros, o más recientemente el del chiste de Wyoming sobre la cruz de los caídos (creo que se llama así) hacen que lo políticamente incorrecto para algunos se convierta en legalmente prohibido para todo el mundo, poniendo en duda la ya dudosa libertad de expresión de la que se goza en este país desde que nuestro querido generalísimo nos dejó. 

Y debo reconocer que tengo miedo. No miedo a posibles represalias debido a lo que pueda decir o escribir, ya que mi difusión en internet es mínima, casi inexistente y seguramente podría hacer chistes del rey (por cierto, han emitido una serie de sellos de correos foil con su cara) sin que nadie se diese cuenta. Pero tengo miedo de ver la dirección que está tomando esto. Por un lado la dirección de la política, que cada vez se parece más a la religión, basando sus discursos en el miedo (a la pérdida de nuestro estatus como país del primer mundo), el odio (hacia los que no piensan igual que nosotros) y la ignorancia (desinformación y manipulación), para aborregar a las masas y poder perpetuar sus crímenes de forma impune e incluso justificada. –Oh sí, estos nos roban pero es que si estuviesen los otros… a saber. -¿A saber qué, soplagaitas?- Y por otro lado la dirección de la sociedad, cada vez con más manías, obsesiones y, si me permitís inventarme una palabra, microfanatismos. Vamos allá con la guerra de veganos contra carnívoros, de ultraderechas contra hiperizquierdas, de lectores de Sanderson contra los de Martin, de gordos contra deportistas… Parece que cualquier cosa vale para darse de hostias (virtuales de momento), excepto posiciones neutrales. Los tonos de gris son para los cobardes e indecisos. Y así nos va. 

Si contamos un chiste en el que muere un perro los animalistas nos comen; no literalmente, claro, porque comer carne es ASESINAR, DESCUARTIZAR y QUEMAR  a un pobre ser vivo que debería estar saltando feliz con su familia en un campo grande y libre de depredadores naturales. Y si hacemos broma con algo referente al sexo, identidad sexual o religión, estamos perdidos. Pero perdidos definitivamente estamos si nos metemos con dictadores o gentes de su familia e incluso los muebles de sus casas. Eso es intocable. Eso es cárcel. porque la historia, una vez manipulada, es intocable. 

Arevalo habría sido crucificado a día de hoy.

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Pensé que me olvidaría de ti cuando apagué la luz y me marché, como si alejarme del calor me hiciera despreciar el frio del invierno.
Pensé que al final me cansaría de recordar tus instantes, y que tu aliento era el único aire respirable para mí.
Nunca imaginé que llegaría el día en el que incluso tu lado oscuro me pareciera tan brillante.

Pensé que ya no tendría que soñarte cuando atravesé esa línea imaginaria que rezaba que no habría retorno.
Pensé que ya no había vuelta atrás cuando salté desde la barandilla desde las aguas bravas a tierra firme.
No podía imaginar que volvería a sentarme en la orilla en busca de una señal.

Pensé que me cansaría de esperar.
Que dejaría de sentir.
Y de soñar.