jueves, 20 de junio de 2019

De precintos y casi veranos.


Sé que viendo mis últimas entradas muchos de vosotros (y alguna de vosotras) pensará que estoy forrándome de pasta gracias a mis habilidades literarias y los numerosos eventos de alto nivel cultural a los que asisto, pero no. Nada más lejos de la realidad. Soy igual de miserable que siempre, quizás más, y necesito autoinmolarme día tras día, madrugón tras madrugón y kilómetro tras kilómetro para poder mantener a mi familia bien cuidad y alimentada. Es por ello que aclarado este punto me dispongo a contaros una anécdota camioneril que como siempre que me pasa algo, estuvo a punto de costarme la vida... o algo peor.

Resulta que como todos/as/ es sabréis, los transportistas debemos disponer de herramientas para cargar cualquier tipo de mercancía y entre los utensilios para transportar piedra hay caballetes de hierro, tablones de madera, cadenas, cintas, carruchas y un largo etcétera que incluye, en caso de cargas delicadas como láminas de piedra caliza o areniscas, protectores para el hierro de los soportes y cinta de precinto para mantener esos soportes unidos. ¿Si? ¿Estamos en situación? Pues empiezo.

Hace relativamente poco (de una semana a un año) abrieron en mi querido lugar de residencia un bazar chino nuevecito, con una tele de plasma gigante en la fachada que anuncia el mismo bazar y pasillos y pasillos de objetos útiles o no, pero en cualquier caso de bajo precio. Y allá que fui en busca de un rollo de precinto porque el que tenía se estaba terminando y sin él no soy nada, como la canción de Amaral. Me hice con el rollo, pagué, me lo llevé al camión y cuando lo usé quedé maravillado por sus prestaciones. Era elástico pero resistente, con un grosor perfecto y un adhesivo increíblemente fuerte. Todos los que lo veían quedaban asombrados a su vez, preguntando donde lo había comprado y anunciándolo a los cuatro vientos. En cuestión de semanas todos los camioneros de la provincia se habían comprado el mismo y yo, el pionero descubridor del precinto perfecto me había convertido en un ser adorado e idolatrado por todos. Que ya era hora, joder.

Y esos fueron los días de bonanza que precedieron a la tormenta. Me invitaban a cafés en el bar, me cedían la mesa en los restaurantes y el paso en las rotondas. Podía conducir dormido que un enjambre de camiones se encargaban de guiarme y apartar los obstáculos a mi paso para que llegara sano y salvo a mi destino. Cambios mal devueltos a mi favor, la mejor fruta del mercado, funcionarios renunciando a su almuerzo por atenderme, partidas de rol semanales, mosquitos evitando picarme... Todo era maravilloso hasta que sucedió el terrible infortunio que da sentido a este texto que ya se está haciendo largo y pesado.

Un buen día saqué mi flamante rollo de precinto para asegurar unos tablones sobre el metal de los caballetes cuando me di cuenta de que a medida que lo desenrollaba perdía efectividad. Cada vez era más fino y quebradizo, pegaba menos y al cortarlo quedaba hecho un desastre. Pensé que se trataba solo de una mala racha pero no; cuanto más desenrrollaba peor se ponía la cosa y entonces llegué a la conclusión de que la primera mitad había sido excelente para ocultar el desastre que seguía. Debí haberme imaginado tal estafa cuando salí del bazar tras hacerme con la cinta y todos los chinos reían mientras me señalaban. Que iluso fui... y lo peor de todo era que ahora una legión de camioneros estaría a punto de descubrir el engaño y apuntarme a mi como culpable con sus gruesos y poderosos dedos.

Y estaba yo conduciendo y pensando en como informarles del infortunio del precinto cuando vi que en la autovía me seguían varios trailers, todos de la zona y cuyos conductores sacaban sus gruesos brazos por las ventanillas, monstrándome sus puños poderosos. Era demasiado tarde. Habían descubierto el engaño. Y yo era el culpable de todo. Tomé un desvío tratando de despistarles pero me siguieron y gracias al milagro de las emisoras cada vez tenía más detrás de mi. La cosa se ponía fea pero por suerte iba con el depósito lleno y la caja vacía con lo que no iba a dejarme atrapar tan pronto. Comencé un ascenso por un camino secundario que bordea una conocida montaña de la zona y noté los primeros estragos en mis perseguidores; los que iban cargados con bloques o palés comenzaban a quedarse atrás, aunque seguía con una docena detrás de mi, de todos los tamaños y formas.

Mi camión es rígido, es decir que no es un articulado y eso supone una ventaja cuesta abajo pues se pueden alcanzar mayores velocidades sin miedo a las curvas por lo que me lancé por un puerto de montaña especialmente retorcido y pude ver como algunos tráilers, incapaces de coger bien las curvas acababan haciendo la tijera, bloqueando el paso a otros y explotando en bellas bolas de fuego, color e imaginación. Apenas tenía cinco camiones detrás, cuatro rígidos y un tráiler superviviente.

Traté de dejarles atrás en una recta pero no fue posible. Limitadores de velocidad trucados, supongo. Debía soltar lastre y lo más pesado a mano era la caja de herramientas. La tiré por la ventana y al chocar contra el suelo se abrió, llenando el asfalto de destornilladores, llaves inglesas, tornillitos y otros objetos pnzantes/ resbalantes con lo que uno de mis perseguidores perdió el control y volcó, derramando su cargamento de odio. Oro más se quedó atrás al recordar que era el aniversario de su mujer y que todavía no le había comprado nada, dejándome solo con tres perseguidores y la esperanza de poder salir de una pieza de tal situación.

Un camión pequeño, de tan solo dos ejes (el mio tiene tres) se situó a mi lado y comenzó a embestirme para sacarme de la carretera, pero el mayor volúmen y peso de mi vehículo hizo que saliera despedido, cruzara un campo de alcachofas, atravesara un granero, subiera a una colina, saliera volando en la parte superior y aterrizara en una charca de aguas fecales donde se hundió hasta las ventanillas. Solo quedaban dos. Un tráiler y otro camión como el mio se situaron a ambos lados, me estrujaron para que no pudiera escapar y comenzaron a arrojarme objetos por las ventanillas. Uno me lanzaba llaves inglesas y el otro hacía lo mismo con repuestos, bombillas y bolas de papel albal de los bocadillos. Yo lo esquivaba todo con gran habilidad y los objetos iban a parar al otro camión, proveyéndoles de más munición para un conflicto que parecía que iba a prolongarse hasta el infinito, hasta que sucedió lo inesperado.

Me pareció ver a una inocente y desvalida oveja en la carretera y frené en seco (al final resultó ser una camiseta vieja arrastrada por el viento) haciendo que los dos camiones que avanzaban en paralelo se autoagredieran, saliendo uno herido de muerte y estrellándose para hacer una crisálida en su cabina y esperar renacer, seguramente en una forma superior, algún día de esos. El otro chófer no pudo hacer otra cosa que frenar, cruzarse en la carretera y bajar de su cabina. Me miró. Le miré. El sudor resbalaba por nuestras frentes y nucas, empapándonos las camisetas. El sol de casi verano era el único testigo de ese duelo que terminaría con uno de los dos mordiendo el polvo.
-Hace calor -le dije.
-Ya lo creo -me respondió.
-Y eso que todavía no ha entrado el verano verano.
-Verano verano... Veranero.
-Verano verano, veranero veranoide.
-No sabes como acabar esta entrada... ¿Verdad? -me dijo.
-Es que no tengo ni ganas de escribir, pero ahora que he llegado hasta aquí siento que debo terminar lo empezado.
-¿Y si te digo que hace un calor que tetorr..?
-No por favor. Ya no pongo ese tipo de fotos en el blog. Habré madurado o habrá madurado la sociedad o quizás todos hemos cambiado un poco sin darnos ni cuenta, convirtiéndonos en personas no necesariamente mejores pero sí más útiles para este sistema que nos empuja a actuar según designios que ni siquiera controlamos.
-Pues para no tener ganas de escribir te estás explayando.
-Calla y muere.
Y así le arrojé la punta seca de un bocadillo olvidado en el bolsillo interior de mi chaleco de verano terminando con él y con este sindiós.
A tomar por saco.

miércoles, 12 de junio de 2019

De ofertas de trabajo remuneradas y satanismo.






Siete de la tarde, minuto arriba minuto abajo; me dispongo a comerme mi merienda típica consistente en melón con queso (el jamón me da flato) cuando suena el teléfono indicando un extraño y larguísimo número.

-¿Si? -respondo en un alarde de elocuencia y riqueza verbal, léxica y semántica.
Tardan unos segundos en responderme mientras se oyen sonidos de flautas de fondo.
-¿Señor Capdemut? -dice por fin una voz masculina, algo lejana desde el otro lado.
-Si.
-Buenos días señor Capdemut es un honor poder hablar con usted... -comienza a decir pero le interrumpo.
-¿Como que buenos días si es muy por la tarde ya?
-No, ya, es que le llamo desde Perú y acá es por la mañana todavía, jeje, andale wey.
-¿Perú este o perú oeste?
-Perú no tiene este ni oeste, solo norte y sur, somos un país chiquito, sabeusté.
-No lo sé, pero así a ojo diría que la superficie de Perú es de más de un millón de km2, que es el doble que España -le respondo haciéndome el listo.
-Si, eso es cierto pero sabrá también que en los mapas a los del hemisferio sur nos dibujan más pequeños siempre.
-Ya, puede ser que eso cause una falsa sensación de pequeñez, pero como también son gente más bajita les quedará más espacio para moverse todavía. Si sacáramos cuentas puede que a nivel de sitio Perú sea el triple que España. Pero no nos perdamos por esos derroteros espaciales. ¿A qué debo su llamada señor..?
-Me llamo Nafka Estalone y soy el responsable de la editorial A*****r y queremos contar con su talentosa escritura para partisipar en una antología con varios autores destinada a ser distrinbuida en colegios para que los chamaquitos puedan inisiarse en la lectura y esas cosas. ¿Orale vos?
-Ya.
-Los relatos van a tratar sobre una banda de música en concreto. Cada autor elegirá una cansión y escribirá un cuento sobre ella.
-Entiendo pero sinceramente, yo no tengo ni idea de música andina ni estas cosas, no se si soy la persona adecuada.
-¿Que música andina ni qué rambutanes en almíbar, wey? La banda a tratar es Venom.
-¿Venom? -le respondo algo confuso? -¿La banda de black metal de los ochenta abiertamente satanista y vetada en muchos países debido a sus letras violentas y/o escatológicas?
-¡La misma compadre! Veo que entiende usted de músicas del mundo.
-¿Y eso será adecuado para que lo lean los niños?
-Por supuesto. Piense que los niños en perú tienen que ir al colegio escalando montañas y crusando ríos con cocodrilos que disparan laseres por los ojos.
-Ya... Vale, pero... ¿Me van a pagar por esto o va a ser como todas las entradas que escribo últimamente?
-¡Por supuesto wey! Le vamos a dar mil millones de (viejos) soles.
-¿Mil millones?
-Así es, (viejo) sol arriba (viejo) sol abajo dependiendo del cambio.
-Vale, acepto. ¿Donde hay que firmar?
-Aquí, debajo de la linea de puntos.
-¿Donde pone "el gilipolas"?
-Justito ahí.
-Hecho, tenga el contrato y me pongo al trabajo ya.
-No me ha devuelto el boli, chamaco.
-Uy perdón, tenga, que es que a veces se quedan pegados, jeje.
-Jejeje, no pasa nada. Total, solo me costó dos mil quinientos millones de (viejos) soles.
-Anda, que caro el puto boli, con razón.
-Pues nada, hablamos entonses para la entrega del relato.
-Claro, déjelo en mis manos. Ya puede colgar.
-No. Cuelgue usted.
-No tu.
-Usted.
-Tu.
-Tu.
-Cuelga tu.
-Besitos.
La llamada se corta y me doy cuenta de que mi melón con queso se ha biodegradado y ahora es un bello jardín colgante. Que bonita la naturaleza cuando no está saturada de plásticos y colillas.

miércoles, 5 de junio de 2019

De cultura y visibilidad


Observo mi reflejo en el cristal de la puerta antes de entrar. No me llaman todos los días desde el ayuntamiento para hablar sobre mi carrera como escritor (lo normal es que sea por impagos u otras cosas mundanas) y siento cierta inseguridad por mi aspecto habitualmente desaliñado a pesar de los esfuerzos por arreglarme.
Entro en la sala principal, un espacioso vestíbulo de antigua construcción pero con modernos muebles y me dirijo a la chica de información.
-¿Señor Capdemunt? -me pregunta al verme.
-Es Capdemut.
-¿Señor Capdemut? -vuelve a preguntar.
-El mismo que viste y calza -le respondo educado.
-Le están esperando en el centro cultural, cruce la puerta secreta y accederá al edifico contiguo a este.
-¿Qué puerta? Yo ahí no veo ninguna puerta?
-No la ve porque es secreta, ya se lo he decido.
-Es "dicho". "decido" es del verbo decidir.
-Ya lo sé, pero soy una entidad de secretaría libre y puedo decidir lo que digo.
-De acuerdo, me ha convencido.
Al otro lado de la puerta, que se abre colocándose de espaldas a la pared y dando dos palmadas para que un panel giratorio se active, hay un pequeño patio cuya única salida lleva hasta una enorme escalera que asciende un par de pisos. Justo en el hueco de la misma hay una preciosa maqueta de un castillo con todo lujo de detalles y al verla una idea cruza mi mente.
Teniendo en cuenta que últimamente todas mis citas de cariz literario acaban a ostias, me convenzo de que la localización (y existencia misma) de esa bonita maqueta no responde a otra necesidad que la de ser aplastada por alguien arrojado por el hueco de las escaleras debido a alguna refriega que se producirá, con toda seguridad, cuando yo llegue arriba.
Subo las escaleras con cautela, preparado para el combate inminente y en lo alto me encuentro con un tipo austero, taciturno y altanero. Me mira con severidad, rigor e intransigencia y rápidamente me doy cuenta de que me hallo ante mi primer rival. ¿Será él quien espachurre el castillito de abajo con el lomo? Le miro, me quito la camiseta para no mancharla en la lucha, porque como he dicho al principio me he puesto mis mejores galas, y cuando creo que va a empezar una pelea épica, el tío me sienta en una silla, se pone aceite en las manos y comienza a darme un agradable masaje en la espalda.
-Uy, que tenso estás -me dice.
-Ya ves, todo el día agarrado al volante del camión como un loro a su palo.
-Tranquilo que en un momento estarás como nuevo y podrás ser recibido por "La Jefa".
¿La Jefa? ¿Quien será esa? Un rival complicado, sin duda, teniendo en cuenta como me preparan para el combate. Y menudo masaje, casi me siento flotar y de estar acostado me dormiría allí mismo.
-¿Estás mejor? -me pregunta.
-Estupendo, muchas gracias. ¿Puedo seguir subiendo ya?
Y así con el consentimiento del grandote me pongo la camiseta otra vez y subo al segundo piso. Ante mi, una chica menuda, rubia y de aspecto delicado me espera con una sonrisa. Debe ser esa tal Jefa, pienso para mi, pero no me engañará con su apariencia frágil. Me preparo para coger carrerilla y lanzarle una patada voladora directa al plexo solar cuando me señala un sillón junto a una mesita equipada con un refresco y patatuelas. Me siento algo confundido y me deleito con la exquisita decoración y snacks de trigo mientras sorbo un refresco sin gas bien fresquito. Y justo cuando ya estaba perdiendo la fe en la existencia de un futuro combate, una doble puerta de madera de cedro se abre y al pasar al interior me encuentro con una señora de más o menos mi edad, algo mayor seguramente pero ya sabéis que en estas cosas es mejor tirar a la baja para evitar malos rollos, rodeada de seis tipos vestidos con trajes negros.
La Jefa y sus mejores esbirros, no hay duda, ahora sí ha llegado la hora de utilizar mis puños de acero y... Pero en lugar de ponerse la cosa chunga me invitan a sentarme, los seis funcionarios sacan abanicos para hacerme aire y la mujer comienza a explicarme cosas en un tono sumamente amable.
-Señor Capdemunt, le hemos citado porque desde el ayuntamiento queremos mostrar nuestra más sincera admiración hacia usted y su magnífico trabajo y ayudarle en lo que sea menester para facilitar, promover y dar a conocer públicamente y de la manera más efectiva posible las dotes creativas de nuestros ciudadanos más ilustres, porque un pueblo que no apuesta por su cultura es un pueblo encaminado hacia la pobreza humanista y bla bla bla...
Desconecto del sermón y comienzo a pensar si sería buena idea sacar de su caja ese viejo equipo de hombres lagarto del Blood Bowl, repintarlo un poco y desafiar a algún amigo a un partidete amistoso, mientras oigo algunas palabras resaltadas en negrita que llegan del torrente verborreico de esa Jefa.
-Bla bla bla... ORGULLO... bla bla... CULTURA... bla bla,,, PUEBLO...bla bla...
Yo asiento con la cabeza y sonrío, miro el reloj despertador que levo en el bolsillo y se me está haciendo tarde, así que decido hablar para cortar el flujo de palabras e ir al grano.
-Bueno, entonces, esto... ¿Por qué estoy aquí?
-Ah, me gusta la gente que va al grano -me responde satisfecha-. Admiro a la gente decidida. Creo firmemente y con total convicción en las posibilidades infinitas de la gente que va...
-¡Al grano! -contesto ya algo irritado. No solo no van a haber palos si no que me aburren soberanamente.
-La cuestión es que desde el ayuntamiento queremos realizar actividades culturales y le hemos elegido a usted, querido Capdemunt para que sea quien las organice, dirija y lleve a cabo.
-Ya. Entiendo, pero... ¿Qué tipo de actividades? Y soy Capdemut, por cierto.
-Capdemut, claro, lo sabía, es que le admiro tanto... Actividades relacionadas con la literatura esa que usted hace. Charlas, talleres, monólogos... lo que quiera. Libertad total. A usted todo se le da bien. Podríamos empezar poco a poco realizando no sé... Una al mes y luego ir aumentando la frecuencia dependiendo de la época del año y la respuesta del público y...
-Vale, vale. Me parece bien la idea.
-Oh perfecto.
-¿Pero cuanto voy a cobrar por esto?
Y de pronto el semblante de la Jefa palidece, los funcionarios bajan sus abanicos y las nubes ocultan el sol, sumiendo la sala en una penumbra silenciosa. Puedo oír los latidos de mi corazón, como crecen mis uñas y el vuelo de una mosca que pasa por el extremo opuesto de la calle.
-Bueno.. cobrar, cobrar... ¿Usted no hace esto porque le gusta?
-Claro que me gusta, pero lo cortés no quita lo regalado y si tengo que realizar un trabajo extra para terceros lo normal es llevarme algo por las molestias y el tiempo invertido.
-Ya pero... -los ojos de la Jefa recorren la sala sin control alguno-. Aquí en el ayuntamiento no tenemos unas tarifas estipuladas para eso y... Nuestra forma de pago es dar a los artistas visibilidad y... Piensa en los libros que podrás vender cuando todos te conozcan y eso y tal y pascual.
Y entonces yo me cierro en banda y le digo que no me sale del testículo izquierdo que por cierto es el único que me queda después de mi breve pero intenso intento de triunfar en la tauromaquia, de aceptar encargos gratis, que ser escritor es una mierda y que como mucho estaría dispuesto a participar en actividades ya organizadas como invitado o colaborador pero en ningún caso hacer yo el trabajo de los demás a cambio de "visibilidad". Que yo no como visibilidad, ni pongo gasolina al camión con visibilidad y que las miniaturas de Warhammer no se pagan con visibilidad sino con dinero.
Y dicho esto me acompañan a la puerta, bajo las escaleras y dejo atrás a la Jefa, a la chica rubia y al señor grandote. Miro con tristeza la maqueta del castillo que sigue entera y aunque estoy tentado de agarrar una silla y destrozarla para aliviar un poco mis ansias de violencia, la dejo como está. No molaría tanto sin duda.
Salgo a la calle algo triste. Creía que esta iba a ser una entrada con acción y ha resultado ser un coñazo insoportable. Lo siento por mis lectores pero sobretodo por mi mismo. Pero de pronto capto un movimiento furtivo por el rabillo del ojo. Miro y no veo nada, pero entonces capto algo con mi visión periférica en un tejado. Una figura completamente vestida de negro salta al interior de un balcón donde se oye un grito ahogado. Y a esa le sigue otra y otra... ¡La ciudad está siendo atacada por ninjas! Ahora sí que se pone interesante la cosa. me meto en la cabina telefónica más cercana y saco de la riñonera mi traje blanco de ninja del bien. Esos malvados no saben con quien se la juegan.

miércoles, 22 de mayo de 2019

El consultorio del Dr. Testículo: Consulta 16






Después de varios meses de sequía consultorial, una persona con problemas ha decidido acudir a mi para que se los solucione. ¿Acierto o error? Comprobadlo vosotros mismos.


Parece ser que este servicio del blog que solo pretende ayudar de forma totalmente desinteresada a los lectores, está siendo ignorada desde hace mucho. ¿La gente ha arreglado sus vidas? ¿No valoran lo suficiente la ayuda que aquí se aporta? En cualquier caso un habitual del lugar ha acudido a mi aquejado de problemas y es mi deber arrojar algo de luz sobre ellos.
Ahí va su consulta:

Hola señor Testículo, soy una mierda.
Me llamo Viaducto de Segovia y no es mi primera vez aquí. Hace poco acudí por un problema con mis cejas y el de ahora es más grave. Le cuento. Hace tres meses llegó un compañero nuevo a la oficina con un contrato temporal. Era un tipo simpático que se llevaba bien con todo el mundo y a pesar de lo breve de su estancia en el trabajo se convirtió en el alma matter del lugar. En llegar las fiestas navideñas dejó el trabajo y ahora al regresar y ver su silla vacía lo he comentado con los compañeros y resulta que nadie le recuerda. Ni su nombre, ni sus frases ingeniosas, incluso afirman que no ha habido ningún compañero eventual desde hace años. ¿Por qué solo le recuerdo yo? Esa es mi duda.

Amigo Viaducto, me complace tenerte otra vez aquí y voy a intentar ayudarte con este problema que tanto (deduzco) te angustia. En primer lugar decirte que hay dos posibles respuestas para este fenómeno las cuales deberás meditar de forma individual para alcanzar una conclusión satisfactoria.

Opción 1: Tu compañero de trabajo, o el que tu creías que era tu compañero de trabajo era en realidad un extraterrestre que vino a mimetizarse entre vosotros para aprender vuestros procesos de trabajo, rutinas y comportamientos para volver a su planeta con esos datos y planear la invasión definitiva a la Tierra. Por algún motivo (puede que seas bizco, utilices gafas de espejo o simplemente estabas en el baño) el rayo amnesificador con el que disparó a todo el mundo antes de largarse no te afectó y ahora eres el único que guarda su recuerdo.

Opción 2: Eres esquizofrenico.

Y eso es todo. Espero haberte sido de ayuda.

martes, 14 de mayo de 2019

De animales y sombras



Como mi pereza es legendaria, he decidido pasar de escribir la siguiente entrada del blog y en lugar de ello grabarme en video. Si llego a saber que me iba a costar el triple de tiempo y cien veces más esfuerzo, lo hago como siempre. Pero ahora ya está.

lunes, 29 de abril de 2019

De tertulias literarias e infusiones orientales



Últimamente me llaman para muchas cosas raras. Esta vez se trata de una "Tertulia literaria" que se celebra periódicamente y que reúne a varios escritores de la zona para charlar sobre literatura, como no. La verdad es que no suena especialmente emocionante, pero he aceptado asistir por eso de no verme excluido de futuros eventos, hacer contactos y por qué no decirlo, que me inviten a una infusión.

Llego al edificio que está situado en el centro del pueblo; un antiguo casino reconvertido en espacio multiusos que incluye un bar, un pequeño cine y múltiples salas misceláneas, todo ello rodeado por una zona arbolada que le da al lugar un ambiente de aislamiento y atemporalidad. Me dirijo a la sala indicada, una habitación rectangular repleta de tapices y descubro que a pesar de mi puntualidad, soy el último en llegar. Hay media docena de señores, todos hombres y también mayores que yo, sentados alrededor de una mesa antigua y tomando pequeños sorbos de cafés y manzanillas.

Todo tiene un aire rancio. El olor de madera vieja de las sillas, los tapices, las ventanas estrechas y alargadas que llegan casi a los techos altísimos... Y mis compañeros de tertulia también parecen haber salido de otras épocas. Ttrajes de color marrón, zapatos de charol, relojes de bolsillo... El más modernillo lleva un jersey de cuello vuelto y unas gafas con montura metálica. Cuidado. Me miro y no sé si encajo con mis deportivas Paredes, mi camiseta blanca y unos tejanos algo gastados pero que me gustan por como me marcan el paquete. Siempre me he considerado un poco retro, pero estos tipos hacen que parezca que acabo de llegar del futuro en un delorean. Por suerte parece no importarles mi atuendo y comenzamos la tertúlia a la hora en punto que marca el reloj de la pared.

Comienzan hablando de la importancia de las humanidades frente a las ciencias políticas para lentamente ir hilvanando el tema con una comparativa entre las matemáticas y las letras. Me parece que la cosa toma una dirección interesante y la verdad es que me gusta tanto escucharles que decido no intervenir de momento y doy pequeños sorbos de mi té pakistaní con leche mientras miro de reojo la galletita que me han puesto y me pregunto si será de buena educación mojarla en la taza.
Mientras bebo y escucho me dejo llevar por la imaginación y cuando comienzan a tratar a los autores del romanticismo como Shelley, Scott o Poe yo me siento transportado a otra época en la que el talento y la miseria se daban la mano para crear obras inmortales que elevarían a autores ya fallecidos hasta el podio de los mitos. Después llega Lovercraft, Orwell y Kafka, los años avanzan a través del siglo veinte en busca de clásicos modernos y yo empiezo a intervenir tímidamente al sentirme más cerca de la literatura que conozco, pero algo cambia repentinamente el curso de la conversación.

Uno de los asistentes, un señor alto, con barba cana y el cabello corto de un negro azabache deja la taza de café en la mesa de forma deliberadamente brusca y dice:
-Milan Kundera es un autor sobrevalorado.
Su afirmación deja en silencio al resto de la sala. No estoy de acuerdo con eso pero cuando reúno los argumentos para explicarle que Kundera supo entender las relaciones humanas y amorosas como nadie hasta el momento, otro tertuliano, un hombre bajito y robusto, de unos cincuenta, le señala con el dedo y le responde:
-Tu puta madre está sobrevalorado, submnormal.
-¡Para sobrevalorado Calvino! -grita un tercero, ese del jersey.
-¡No te metas con Calvino que te reviento! -responde un cuarto
-Calvino siempre escribía el mismo libro pero cambiando los protagonistas -dice un quinto desde el rincón.
-¡Eso es porque no has leído "El castillo de los senderos que se bifurcan"!
-¡Calvino era un puto friki!
-¡Vas a morir por eso que has dicho!
Y de pronto el ambiente cambia totalmente. El defensor de Kundera se lanza encima del de la barba blanca pero éste, sin levantarse de la silla golpea con la punta del pie el canto de la mesa, volcándola y dándole en los dientes a su enemigo. El de Calvino aprovecha la confusión para arrojarle el té a la cara al del jersey, que grita mientras el té caliente le abrasa los ojos. Los gritos y las malas palabras van en aumento, el mobiliario comienza a hacerse pedazos y uno de los tertulianos arranca un tapiz, enrolla a otro con el y le sacude como si no hubiera un mañana. El de Kundera logra convencer finalmente a su contrario esgrimiendo un argumento tan sólido como una silla de roble que se rompe en su espalda y el del rincón al final se anima y lanza una patada voladora directa al cuello del que había criticado a Calvino. Cuando cae al suelo convulsionándose pienso que se lo merecía, por no saber apreciar a uno de los mayores autores del siglo pasado.

Cuando termina la batalla el salón está completamente destrozado. El mobiliario ha quedado reducido a astillas, excepto la silla en la que yo sigo sentado. La lámpara del techo ha caído al columpiarse uno para sacudir una doble patada en la cabeza de otro y uno de los ventanales ha desaparecido cuando el tipo que estaba en la esquina ha salido despedido por él. Ahora solo quedamos el de Kundera y yo, que todavía no me he terminado mi pakistaní.
-¿Y tu qué? -me dice sin poder ocultar la furia de su voz.
-Yo qué de qué -le respondo.
-¿Acaso no tienes nada que aportar a la charla?
-La verdad es que como es mi primer día no he querido participar tan activamente como vosotros.
-Ya veo... -responde. -¿No será que eres uno de esos escritores neutrales que leen al imbécil de Boris Vian?
Entonces apuro mi infusión, dejo la taza encima de donde debería estar la mesa, cayendo al suelo y haciéndose pedazos y me levanto lentamente. Le miro a los ojos, que los tiene inyectados en sangre y le digo:
-Boris Vian... es... DIOS!

Salgo del edificio con un sabor extraño en la boca. No sé si será la situación extraña de pasar la tarde con unos desconocidos, el té pakistaní que no estaba del todo bueno o la sangre del imbécil ese que no sabía apreciar la buena literatura del gran maestro Vian. En cualquier caso estoy contento. Es bueno pasar tiempo rodeado de cultura y conversaciones literarias en lugar de quedarse en casa viendo la tele, que solo ponen películas de tiros y violencia y luego pasa lo que pasa, que creamos generaciones de personas irascibles, impetuosas y agresivas. La importancia de las humanidades... ya lo han dicho ellos al principio.

lunes, 15 de abril de 2019

De paraguas y mechones.


Ah, abril. Mes lluvioso e inestable, puerta de la primavera con sus alergias, sus insectos asomando las antenitas y sus momentos de calma. Abril es ese mes en el que uno pasea al sol bajo un manto de nubes y siente la lluvia que trae el viento desde otros lugares. Que bonito abril, me cago en la ostia ya.

Abril, decía. Necesito salir a comprar mi fasciculo de Warhammer Conquest pero al abrir la puerta me doy cuenta de que llueve, bastante, y aunque mi primer instinto es el de coger el coche (mi quiosco está en el otro extremo de la ciudad), me dejo llevar por mi romanticismo, imbuido por la primavera sin duda, y me hago con un paraguas. Es una herramienta casi en desuso, por lo que opto por un modelo clásico, color marrón, varillas puntiagudas y mango curvo de cuero de cabra lanuda de Madagascar.

Salgo a la calle y al principio todo va bien. Sopla un aire fresco que me obliga a cubrirme la cara con el paraguas para no mojarmela y avanzo con decisión y arrojo. Pero apenas he andado dos calles cuando noto un dolor punzante en un lado de mi cabeza. Un mechón de pelo (sí, me lo estoy dejando largo otra vez, qué pasa) se me ha enredado en el mecanismo del paraguas y me estira. Trato de desenredarlo sin dejar de andar y protegerme de la lluvia pero solo hago que empeorar la situación. Cada vez lo tengo más enredado y eso me obliga a llevar el paraguas más cerca de la cabeza. Finalmente desisto y decido que ya lo arreglaré con calma cuando llegue a casa.

Y al principio todo va bien. Camino sin llamar la atención y llego hasta el quiosco (en realidad un estanco, pero me gusta más la palabra quiosco) y al entrar comienzo a tener problemas. El lugar está abarrotado y los allí presentes comienzan a quejarse con pi aparición. "Cierra esto, trae mala suerte tener un paraguas abierto en un interior, donde vamos a parar, criminal me has sacado un ojo..." son algunas de las frases que oigo mientras pienso que qué tiquismiquis es la gente, como les gusta meterse en las cosas de los demás y hablar sin saber. Finalmente me hago con mi blister de primaris agressors flamethrowers y salgo de nuevo a la calle. Pero ya no llueve. 

Camino bajo el sol ante la sorprendida mirada de transeúntes que van de manga corta, chaquetas en mano y me observan entre curiosos y divertidos. "Que ya no llueve" me dice tímidamente un joven al que le respondo con un "no me cuentes tu vida" que siempre funciona. Camino hasta casa y entro. Misión cumplida.

Me meto en la ducha y es un fracaso, pienso que debería haberme llenado la bañera a pesar de que se gasta un 40% de agua mas. Me lavo los dientes, ceno y me acuesto. reconozco que me cuesta conciliar el sueño con semejante armatoste en la cama. Mi mujer protesta pero por suerte soy de sueño rápido.

Mañana siguiente, bostezo, estiro mis miembros y me lavo la cara. Me miro al espejo y compruebo que me falta algo. ¿Y mi paraguas? Corro a la habitación pensando que la noche habrá obrado un milagro desenredante pero no. El paraguas yace en una esquina del cuarto con mi mechón todavía atado a él. En la mesita de mi mujer unas tijeras y en su rostro dormido una sonrisa.

Miro por un momento ese objeto que por un día fue parte de mi y me siento un poco solo. Me han arrancado una parte que no estaba listo para despedir. Y ese mechón brillando con los primeros rayos de sol, languideciendo en una esquina. Que romance tan breve. Habrá que esperar a que el cielo llore de nuevo.

domingo, 14 de abril de 2019

...




 
Mira, me vas dir, no hi han estrelles al cel,
només una capa de foscor on brillaven mils d'estels.
No hi ha senyal que guie lo nostre camí ara,
astirem perduts per a sempre si les llums no tornen.

No hi han estrelles al cel, te vaig respondre,
mes la llum mai t'abandonara mentre io estigue aquí.
Perduts vam estar des de que vam començar este camí.
sense rutes ni destins ni cap banda que anomenar llar.

¿On anirem sense res que mos fase de guia?, me vas dir.
On los teus peus mos porten, amor meu, simplement.




lunes, 1 de abril de 2019

De citas a ciegas y trampas de fuego.



Llego al lugar indicado a la hora en punto. Una antigua casa de campo reformada recientemente que se levanta en lo alto de una colina a poca distancia del pueblo. Las vistas son espectaculares pero no me puedo parar a contemplarlas pues está lloviendo y no quiero que se mojen los libros que llevo bajo el abrigo. Entro sin llamar como estaba indicado y espero en el vestíbulo.
Todavía no sé quién me ha citado aquí ni con qué intención. Un wassap recibido el día antes con un remitente oculto me animaba a estar aquí con el pretexto de una “reunión relacionada con la literatura”, acompañado de una ubicación gps y diciendo que levara alguna de mis obras. Por un momento me arrepiento de haber acudido con tan pocos datos y a un lugar tan remoto, pero aparece una chica y me saca de mis ensoñaciones de huidas misteriosas.

-Buenas tardes -me dice con una sonrisa. -¿Has venido por lo de la revista?
-No lo sé. ¿Qué revista?
La chica sonríe aún más y me indica que la siga. Parece como si mi ignorancia sobre el tema fuera la clave para identificarme. 

Caminamos a través de salas y pasillos de la antigua casa cuando me doy cuenta de que no me había fijado desde fuera en lo enorme que es. Llegamos finalmente a una sala presidida por una mesa y me invita a sentarme. Hay tres personas más y conozco a dos de ellas. El primero es TA, un joven escritor de novela negra con quien no había tenido todavía el placer de coincidir; la segunda PC, una autora de novela romántica tirando a pornográfica con quien tengo cierta amistad. La tercera es una muchacha joven, muy elegante, que me indica que ha sido ella quien nos ha citado allí. ¿Para qué? En seguida lo sabremos.

Tras los saludos de rigor y las caras de desconcierto la puerta se abre y aparece una mujer de edad indeterminada, pero sin duda la mayor del grupo y se sienta en la silla que encabeza la mesa. Parece ser que el misterio se va a resolver en breve.

La mujer mayor, que no vieja, se presenta como la directora de redacción de B, una importante y afamada revista local que se publica de forma semestral con grandes celebraciones y fanfarrias, paradigma de todo lo rancio y anticuado del lugar, fotografías y reportajes de semana santa, fiestas de moros y cristianos, artículos escritos por curas y olor a naftalina y barón dandi. La he ojeado (y hojeado) en varias ocasiones pero en definitiva, nunca la he leído ni he creído conveniente acercarme a ella. ¿Y qué tenemos que ver nosotros con esa publicación? Muy sencillo. Nos explica que la revista agoniza ya que la media de edad de sus lectores es tan elevada que amenaza con convertirse en papel destinado a cementerios. Ha llegado el momento de darle un cambio, un revulsivo, una vuelta de tuerca inesperada que atraiga a la gente joven y para ello necesitan de escritores como nosotros tres, para llenar las páginas de B de acción, sexo, tiros y monstruos devoradores de carne.
Se hace el silencio. Mis compañeros de letras asienten convencidos y yo les imito, pero hay algo que no me cuadra. ¿Alguien realmente cree que cuando la gente mayor que compre la revista al salir de misa y vean todo eso van a reaccionar de forma positiva y se la van a pasar a sus nietos? ¿Soy el único que piensa que se va a armar una escandalera y que nosotros tres estaremos precisamente en el punto de mira? ¿Acaso nadie más piensa que todo esto huele a “para lo que me queda en el convento me cago dentro” y la directora de la revista quiere hacerlo saltar todo por los aires sin mancharse las manos de pólvora?

Pero no queda tiempo para protestas, dudas o sospechas. Apretones de manos, sesión de fotos, palabras de ánimo e ilusión, todos contentos hacia los coches, menuda tarde divertida hemos pasado, esto da para una entrada de blog. Habrá que cenar algo ahora al llegar a casa, que es tarde y mañana hay trabajo. Al final una última mirada atrás, hacia esa casa en lo alto de la colina y que por algún juego de las luces del atardecer parece mirarme y sonreír malévolamente
 
Esto no puede acabar bien.

¿Continuará?

sábado, 23 de marzo de 2019

De monos y medio personas



Creo que no revelo ningún secreto si digo que no me gusta la gente. Compartir espacio vital (el planeta) con otras personas me parece incómodo, así como escuchar otras opiniones y puntos de vista sobre cosas que ya tengo bien definidas, aunque me equivoque. Pienso que nuestro paso por esta vida ya es lo suficientemente breve como para malgastar el tiempo con nuestros semejantes y que el individualismo es la mejor opción de vida visto que cosas como la empatía o la solidaridad acaban siendo eclipsadas por la codicia y la arrogancia. ¿Por qué resistirnos entonces y seguir fingiendo que somos parte de un todo, de una especie de proyecto común? ¿Por qué no quitarnos las máscaras y mostrarnos como pequeños nódulos de ego que buscan la manera de extenderse e infectar todo a su paso?
Y es precisamente por esto por lo que yo trato de ir con la cara por delante y afirmo eso (que ya he dicho que no es ningún secreto) de que no me gusta la gente.
Lo he intentado, también es cierto. He intentado muchas veces unirme a la fiesta de disfraces, al baile de multitudes sonrientes. Hace poco incluso traté de ser uno más en una conocida red social pensando que la distancia física con las personas que interactuaba me serviría de colchón de aire para poder resistir a tanta estupidez y fusionarme con esa comunidad. Pero no. Siempre fracaso. No me gusta la gente, y punto.

Afortunadamente a veces me encuentro con personas que son capaces, con una sola frase, de demostrarme que todavía queda esperanza. En conversaciones casuales que capto en lugares públicos, televisión o radios oigo cosas que me animan a seguir ahí y no largarme a una cueva oscura y húmeda donde languidecer feliz hasta el día de mi muerte. Efectivamente cuando oigo cosas como “Ni machismo ni feminismo, igualdad”, “Si no los torearan se extinguirían” o “Voy a votar a la ultraderecha porque peor no nos puede ir”, me doy cuenta de que queda mucho ahí afuera por ver, por descubrir… Y me dan ganas de sondear ciertas mentes para quizás comprobar asombrado que si ellos son gente, yo no lo soy. Y eso sería una gran noticia. ¿Y a qué viene todo este rollo os preguntaréis? Pues a que hace muy poco oí una frase que hizo que todas mis neuronas trabajaran al unísono y me estalló (figuradamente) la cabeza.

Hallábame yo en un bar cutre esperando a que me prepararan un bocadillo de berenjena (lo digo en serio) cuando el aire me trajo una frase suelta de una conversación de la mesa de atrás. “Yo no creo en la evolución porque si es verdad que venimos del mono… ¿Por qué no hay monos medio personas?”

Os dejo un rato para pensarlo.

Y es que es verdad, joder. ¿Por qué no hay monos medio personas, jirafas medio cebras, ovejas medio cabras, pulpos medio cangrejos o lagartos medio pájaro todos aquí y ahora en este preciso momento del espaciotiempo? ¿Donde están los dinosaurios, los dodos y los mamúts? ¿Por qué si todo evoluciona no tenemos continuamente todas las fases de esas evoluciones coexistiendo como si nada? ¿Por qué no podemos cruzarnos un día por la calle con un neanderthal de esos, un cromañon o un homo erctus? ¿Por qué si nuestra sociedad ha evolucionado desde las cavernas no hay nadie viviendo en la edad del bronce, el medievo o cazando ovejas con piedras y lanzas? Me parece tan injusto y poco creíble todo…

Pero voy a ir más allá. ¿Por qué no podemos ser nosotros, los hombres y mujeres de principios del siglo veintiuno solo una fase de nuestra evolución y coexistir con seres humanos mucho más avanzados? Imagindad que estáis en el cine y de repente entra un señor alto y calvo, de complexión estilizada y dedos largos que flota a cinco centímetros del suelo gracias a los poderes superdesarrollados de su cerebro superior y se acerca a nuestro asiento y nos dice “Aparta monito, que este asiento es el mío” y no podéis rechistarle porque su energía mental os obliga a obedecer. Y cuando le tenéis al lado comiéndose vuestras palomitas y magreando a vuestra novia os mira y sonríe para decir eso de “Te faltan cien mil años para llegarme a las suelas de los zapatos, pringadillo”. Y entonces ríe y la película te parece una mierda porque probablemente lo fuera de todos modos.

Es que no se puede ir al cine entre los precios y los películos que hacen que solo vale la pena el trailer y todo lo demás es paja.

lunes, 11 de marzo de 2019

De biblias y longanizas


Es domingo por la mañana y me aburro. Llevo tantos años sumido en las rutinas familiares que cuando me encuentro, por una de esas raras carambolas de la vida, solo y sin ninguna tarea que hacer, no sé donde meterme. No tengo ningún libro a medias, ningún videojuego instalado ni nadie a quien buscar para echar una partida rápida de algo. Solo me queda dar vueltas por mi cuarto, echar miradas fugaces a las estanterías y finalmente encender el ordenador para procrastinar viendo porn… Pero de pronto suena el timbre y todo cambia.
Voy a ver quien es ilusionado, abro la puerta y me encuentro con una pareja de señores vestidos de traje y que llevan sórdidos maletines de cuero marrón y varias revistillas y panfletos en las manos, Testigos de Jehová, sin duda, y pienso que a falta de pan buenas son tortas.

-Buenos días don caballero -me dicen. -¿Le gustaría escuchar acerca del gran y poderoso..?
-Claro que sí, será un placer, pasen, pasen -les interrumpo abriendo la puerta de par en par.

Los dos hombres se miran extrañados pero parecen contentos y entran en casa. Les guio hasta el sótano donde tengo mi zona personal y les muestro un par de sillas. Se sientan con algo de inseguridad mientras observan las miniaturas de monstruos a medio pintar y los libros de vampiros y licántropos.

-¿Me vais a leer la biblia? -Les digo contento.
-Si, bueno, claro. Es lo que solemos hacer cuando no… ya sabes.
-¿Cuando no qué?
-Cuando no nos cierran la puerta en las narices, que es… Siempre.
-La gente es que es muy poco considerada -les comento. -¿Pero sabéis qué?
-Qué.
-Hoy habéis tenido suerte. ¿Os parece bien Corintios? Siempre me ha gustado esa parte, pero tengo algunas dudas que seguro que os gustará aclararme.

Los dos hombres se miran extrañados. Uno saca su biblia y comienza a buscar la parte señalada, pero noto cierto temblor en sus manos. No se sienten cómodos, miran alrededor sin parar y empiezan a sudar. Por algún motivo (quizás sea la primera vez que alguien les abre la puerta) desconfían de mi y su incomodidad es perfectamente visible. Debo hacer que se sientan cómodos como sea.

-Mientras buscáis el capítulo voy a subir a prepararos algo. ¿Qué queréis tomar?
-No gracias, es usted muy amable pero no quere…
Pero cuando termina la frase yo ya estoy arriba buscando por los armarios.
-¿¡Agua o refresco!? -Les grito desde la cocina.
-...agua, gracias…
-¿¡Algo para picar!? ¿¡Frutos secos, frutos mojados, preparo unas longanicillas de esas sin sangre para que no os traguéis el alma de un cerdo y dios no os rechace cuando os muráis!?
-Ehhh… No se moleste. Si nosotros ya nos íbamos.

Busco un cuchillo para cortar el cordelito de las longanizas pero no hay ninguno limpio, así que cojo el jamonero que me regalaron por mi cumpleaños. Una afilada hoja de casi medio metro con el filo curvo y un mango de plástico imitando cuero del serengueti. Bajo un momento a preguntarles si quieren una o dos cada uno y al verme aparecer por la puerta dan un salto y uno se monta en brazos del otro como Escubi Dú.

-No os marchéis -les digo apuntándoles con el cuchillo. -Si ahora viene lo mejor. Dadme un minuto y estoy con vosotros… para siempre.
Ambos asienten mientras subo otra vez.

Preparo la sartén, chorrito de aceite y un par de ajos cortados. Cebolleta pochada con un toque de azúcar y las longanizas en rodajas para que no se queden crudas por dentro. Dos vueltas a fuego rápido, toque de pimienta y listo. Las pongo en platitos, los decoro con una brizna de césped (no me queda perejil, pero total nadie se lo come) y contemplo mi pequeña obra de arte. Menudo lujo de almuerzo nos vamos a pegar mientra me leen cosas de Judea. Pero al llegar abajo ya no están. Dejo los platos en la mesa y veo por el desorden de las sillas que se han marchado apresuradamente y de forma sibilina. Y para colmo se han dejado la biblia abierta encima de la mesa. Su herramienta de trabajo. Debo devolvérsela.

Salgo a la calle y olfateo el aire. Detecto un leve rastro de miedo que se dirige hacia la esquina más próxima. La giro y ahí están, caminando a paso rápido. Les llamo la atención.
-¡Eh, vosotros! ¡Volved! ¡Os habéis dejado..!
Pero no parecen oírme porque aceleran el paso y voy tras ellos. Cuanto más corro más corren y al final la cosa termina en un sprint desenfrenado. No comprendo como pueden alcanzar tanta velocidad vestidos así, cargando sus maletas y con zapatos rígidos. Doy lo mejor de mi mismo pero parecen imbuidos por algún tipo de fuerza y resistencia sobrenatural. Adelantan a unos corredores profesionales que acaban picándose y protagonizan una carrera de fondo espectacular, cruzan un puesto de frutas tirando todo el género por los suelos ante la furiosa mirada del tendero chino, se deslizan sobre el capó de un coche que está a punto de atropellarles, saltan entre tejados, rebotan en toldos de bares, se balancean en lianas y cruzan ríos saltando sobre cocodrilos que protestan. Finalmente me doy cuenta de que no voy a poder atraparles, así que cojo impulso y les lanzo la biblia con todas mis fuerzas.
El libro describe un arco en el aire y se dirige justo a uno de ellos, que no se lo espera y recibe el impacto de los textos sagrados en la sien; pierde el conocimiento y cae a los pies del segundo que tropieza, da una voltereta en el aire y cae de espaldas en el suelo quedando inconsciente también. La biblia acaba en el regazo del segundo y al ver la escena doy mi buena obra del día terminada.
Además, lo bueno de la gente tan religiosa es que si les hieres de gravedad y se mueren, les haces un favor al permitirles reunirse con su dios antes de tiempo.
Al volver a casa pongo un lavavajillas. Esto de ir por ahí con cuchillos jamoneros no da buenos resultados. ¿Veis? Ya tengo algo que hacer.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Lo reconozco.

Reconozco que no estoy. No estoy como debiera. Al menos no como solía estar. Ni en frecuencia ni en forma. Pero como todo, tiene una explicación. Llamadlo excusa si queréis. 

Llevo unos meses complicados detrás de mi. A mi hija pequeña le diagnosticaron una enfermedad que aunque no es grave, sí logró quitarme el sueño. Me hizo dar cuenta de repente que mis hijas también son seres humanos, vulnerables y cuyo bienestar a veces estará muy lejos de mi control o deseos. Vale, eso lo sabemos todos y todas, pero la verdad es que me sentó como un jarro de agua fría derramándose por mi espalda.

Estas navidades surgieron algunas complicaciones derivadas del mismo problema y la niña lo pasó mal. Ya está todo controlado pero fue un bache del que me costó salir. No soy una persona especialmente optimista y necesito tiempo para asimilar hasta el mínimo cambio en mi vida. Estas navidades estuvieron plagadas de pesadillas, cansancio, desánimo y esa sensación de urgente necesidad de huir a la Patagonia para regresar cuando todo hubiera pasado.

Han sido unos meses de meditar, reorganizar ideas y conceptos que tenía erróneamente ordenados y archivados y asumir que mi papel es el que es y mis capacidades tan limitadas como inútiles ante ciertas situaciones. Al fin y al cabo la gran mayoría del tiempo que pasemos en este mundo lo haremos como simples observadores de los acontecimientos que nos suceden, sin ser capaces de alterar el destino. Supongo que por eso la gente se tatúa “carpe diem” en el culo.

Además he estado liado con otras cosas. He estado preparando el lanzamiento de mi próximo cuento llamado “Un pacto en Wonderland”, con una preventa más que aceptable y que saldrá al “mercado” el 1 de marzo (2019). También tengo varios actos de índole cultural (“Deconstrucción de un relato” en Amposta y “Poesía desde la pintura” en Novelda) además de ferias varias.

Por todo ello reconozco, como decía al principio, que desde hace unos meses este blog se actualiza con menos frecuencia y las escasas entradas distan mucho de esas que venían cargadas de humor en detrimento del negativismo. Pero espero recuperarme y volver pronto a mi dinámica, porque la necesito. Necesito ver el mundo desde ese prisma caleidoscópico que lo hace divertido y caricaturesco. Necesito recuperar las ganas de escribir, imaginar y darle la vuelta a las cosas que me rodean pues esa es mi forma de rebelarme contra todo esto que llaman “vida convencional” y que al final nos tomamos demasiado en serio.

Lo intentaré, aunque soy consiente de que en este proceso me he dejado una parte de mi en el camino. O quizás no era una parte de mi pero sí algo que me habría gustado que lo fuera.
En cualquier caso seguiré por aquí, diré “hola” de vez en cuando y si alguien quiere leerme, bienvenido/a/e/u será.

Y como decía ese de los dientecitos: “Show must go on”.

Un abrazo.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Regalos de mierda 25 ( de 284)

-¿Mamá qué ha pasado?
-Tuviste una pesadilla, pequeñín.
-¿Pero entonces todo eso de los mapaches y los tiros y los zombis..?
-Todo lo has soñado. Como lo del motorista ninja y la vieja casa en el campo.
-Menos mal, porque ha sido tan real que… Un momento. ¿Si lo he soñado como sabes lo de la casa y lo otro y..?
-¿No tenias algo importante para clase esta semana? -Pregunta la madre sin duda para desviar la atención de su hijo.
-¡Es verdad! El viernes es la clase de cosplay y mi grupo tenemos que ir de tortugas ninja. ¡Y no tengo disfraz!
-No te preocupes hijo mio, yo te coseré uno.
-¿Pero desde cuando sabes coser?
-He visto todos los capítulos de Masters of cousture. Puedo hacer lo que quiera.
-Entonces vale. Tengo que ir de Miquelangelo.
-Ok.
-¿Sabes cual es la tortuga Miquelangelo?
-No.
-La naranja.
-Ok.
-O sea, las tortugas son todas iguales más o menos y solo cambia el color de las cintas que llevan de adorno.
-Ok. Aunque lo de colorearles las cintas fue para la serie de televisión, para que los niños las distinguieran mejor. En el cómic original de Eastman y Laird todas las llevaban de color rojo.
-¡Pues nosotros iremos como en la tele!
-Ok.
-Y Miquelangelo es la naranja. Naranja. Naranja. Naranja.
-Cintas naranja. No te preocupes. Lo tendrás listo el viernes antes de salir corriendo a clase.
-…

Viernes por la mañana, el niño se levanta, almuerza y antes de salir su madre le entrega una bolsa con el disfraz.
-Vas a ser la tortuga más guapa del baile.

lunes, 4 de febrero de 2019

De ovejas y retrasos

La noticia saltó ayer a los medios y nos dejaba consternados: Un rebaño de infames ovejas guiadas por un pastor sin escrúpulos se situaban deliberadamente en un paso ferroviario y eran arrolladas por un sorprendido tren talgo, causándole daños y obligándole a detenerse con el consecuente retraso en su horario. Terrible.
Imagino a decenas de personas mirando nerviosas sus relojes, llegando tarde a sus citas, desatendiendo sus obligaciones. Operarios de Renfe (o como se llame ahora) evaluando los daños, ladeando la cabeza y calculando cuanto dinero iba a costar eso. Que si el planchista, que si repintar, que si indemnizar a los pasajeros por el retraso… buf… Decenas de personas mirando nerviosas sus relojes (¿Lo había dicho ya?) y echando vistazos fugaces por la ventanilla para admirar la carnicería del ganado que de pronto había irrumpido en sus rutinas. Alrededor de ellos unos objetos altos y esbeltos rematados con adornos verdeoscuros. Árboles les llaman algunos. ¿Qué hacen ahí? Tanto árbol y tanta hierba y ese suelo sin asfaltar que se embarra a la mínima que caen cuatro gotas de molesta lluvia. Las copas de los almendros envueltos en esa belleza blanca y rosada perfumando el aire… Y es que cualquier cosa que cambie las rutinas supone molestias y retrasos, eso es perder dinero que hay que recuperar pagando con tiempo. Y el tiempo se pierde por culpa de esas ovejas y su malvado pastor, un hombre que se lamenta cubriéndose la cara con las manos por no ver en qué se ha convertido la fuente de su escaso sustento. Ovejas muertas en las vías que no importan a nadie, por formar parte de un mundo ajeno al que pertenecen las ovejas vivas que desde el interior del tren observan la escena a través de las ventanillas, mientras miran preocupados a sus pantallas.

domingo, 20 de enero de 2019

El efímero yo (de futuros y piedras)



Las variedades de piedra natural destinadas a la construcción y decoración son tantas como rincones hay en el mundo; desde los blancos níveos de Thasos (Grecia) hasta los negros impolutos de Markina (Euskadi), las tonalidades, texturas, densidades, antigüedad y orígenes de cada tipo de piedra son tantos, que después de más de diez años dedicándome a su transporte exclusivo, sigo encontrando variedades que me sorprenden. Y no lo digo por decir. Yo he llevado encima de mi camión material procedente de todas partes del mundo (Brasil, Estados unidos, Oriente medio, China, Rusia, Turquía, Macedonia…) y cuyos destinos eran tan opulentos como el edificio Burj Khalifa en Dubai (el de Misión Imposible 4), los parkings de los vehículos de McLaren y hasta el material con el que se construyó el trono de no sé qué rey del norte de África. Sus orígenes geológicos son, en cambio, lo que más me apasiona. La gran mayoría de piedras y mármoles se formaron hace millones de años cuando se sometieron a presiones elevadísimas que comprimieron su materia hasta convertirla en dura piedra: Barros, materia orgánica, calcio proveniente de moluscos y crustáceos… Todo un mundo que explorar y conocer, sin duda alguna.

¿Y a qué viene todo este rollo? Pues a que hoy me he topado con un material hecho de caracoles. Cientos de decenas de miles de pequeños caracoles fusionados entre sí formando bancadas de cocina, aseos y marcos de puertas, convertidos en puros objetos de adorno, exóticas piezas de ornamentación de casas y balcones, plazas y lugares públicos para deleite de cuantos se detengan a observar tal curiosidad. Y que en un movimiento furtivo de una grúa, una de esas piezas (todavía en fase de producción), se ha roto y un caracolillo ha caído rodando hasta mis pies. Me he agachado, lo he recogido con cuidado y he examinado esa pequeña pieza con detenimiento. Y me he venido abajo. Lo reconozco. Será porque estoy sensible, porque las navidades me resultaron especialmente desapacibles o porque miro hacia mi futuro y no veo más que incertidumbre y pesar, pero me vine abajo.

Pensé en que ese caracol estuvo vivo, tanto como yo ahora, pero con varios millones de años de diferencia. Pensé en como sería el mundo que él (o ella o ello porque seguramente sería hermafrodita, no como nosotros que tenemos que buscar pareja y es un sufrimiento) conoció. ¿Qué verían sus ojitos? ¿Qué aire respirarían sus pulmoncitos (si es que tenía, que habría que verlo)? ¿Y qué pensaría, si pudiese pensar, acerca de nuestro encuentro? Yo, una forma de vida que ni siquiera estaba en proyecto cuando él vivió, sosteniéndole con una mano enguantada y mirándole con asombro. ¿Y qué será de mi? Cuando yo muera y mueran todos aquellos que me recuerdan y a su vez mueran todos y cada uno de los seres que descienden de nosotros y el mar nos engulla, la tierra nos sepulte y mil millones de años más adelante alguien rescate mis restos, a saber por qué inescrutable motivo… ¿Qué pensará? ¿Me dedicará el tiempo que he dedicado al caracol? ¿Tratará de imaginar mi vida, mi mundo que es el mismo pero tan distinto al suyo? ¿Sentirá curiosidad por quien fui y qué hice tanto tiempo antes que él (o ella o ello porque como no sean hermafroditas lo tienen crudo)?

Finalmente suelto al caracol, lo dejo que siga rodando para continuar con su viaje eterno. Lo observo desaparecer bajo los palés de la fábrica y pienso “sigue rodando pequeño (o pequeña o pequeñe, porque vete tú a saber) y no te detengas nunca pues quizás algún día compartiremos lugar en una repisa, un banco de cocina o una escalera de los seres que sean ricos en el futuro”, hasta que una voz estridente me saca de mis ensoñaciones.

-¡Pero quieres sacar el camión de aquí que molesta, atontao, que a la mínima te quedas embobado mirando al suelo!

Y al levantar la cabeza veo al del torito sin poder entrar en la nave, al de la grua esperando, las pulidoras paradas, los discopuentes girando sin nada que llevarse a sus diamantados dientes y toda la plantilla mirándome con cara de odio. Todos detenidos, sin poder hacer nada, ni un movimiento productivo, ni un gesto de ánimo trabajador que pueda hacer que esta sociedad consumista siga adelante.

Y así pongo en marcha mi vehículo y me marcho, no sin dejar escapar una lágrima por ese caracol, y también por mi. Por mi yo fosilizado del futuro. 

El efímero yo.

lunes, 7 de enero de 2019

De lugares y momentos


Hace muchos años, más de veinte, existió un chaval que por aquél entonces tendría mi edad (y actualmente supongo que también) al que llamaremos “S”, y que era un chico bastante majo, serio, con unos gustos musicales que se movían por el rap y el hip hop y una estética de pantalones anchos y camisetas holgadas muy acorde con ello. Quizás por este motivo nunca fue totalmente aceptado en nuestro grupo de amigos que eramos más de colores oscuros, pantalones ceñidos y músicas estridentes. Resumiendo: S era un buen chaval con quien no tenía yo demasiada relación.

El caso que vengo a contar hoy es que un buen día llegó a mis oídos la terrible noticia de que un buen amigo mio, C, había fallecido esa misma noche en un accidente de circulación. No era una noticia confirmada, ni siquiera contenía datos o nombres concretos, pero me llenó de temor e inseguridad por lo que decidí ir a casa de ese amigo a confirmar que todo había sido una terrible y desafortunada confusión. Recuerdo que mientras caminaba hacia su casa mi mente divagaba y creó una escena curiosa en la que yo llamaba a la puerta, él me abría con su eterna sonrisa y tras contarle qué me había llevado allí, ambos nos reíamos de la muerte. Por lo visto a ciertas edades tempranas uno llega a pensar que la muerte es algo que solo les pasa a otros, generalmente viejos y temerarios. Pero no. Cuando llegué a su casa, mejor dicho una calle antes de llegar, me encontré con un desolador escaparate de gente abatida, llantos y dolor. Me quedé petrificado al darme cuenta de que el rumor era cierto y que ya nunca volvería a ver a mi amigo. Íbamos a reírnos de la muerte pero en ese momento era la muerte quien se reía de mi ingenuidad. Di la vuelta y volví a mi casa.
Al día siguiente era el entierro. No solo había muerto él en ese accidente sino también otra chica, al parecer la novia del que conducía, con lo que la escena en la iglesia donde se celebraba el sepelio era doblemente terrible. Dos familias destrozadas y un pueblo consternado por la muerte de dos personas que apenas habían empezado a vivir. Llegué allí y me resultó imposible entrar en el lugar, pero fuera me encontré a todos mis amigos, mejor dicho a casi todos los jóvenes del pueblo, juntos, sin distinciones de vestimenta, música o forma de ser; todos ellos figuras sombrías con los ojos hinchados, semblantes tristes y actitud de desánimo y frustración. Era como salir una noche al local de moda pero de día y con un mal rollo difícil de describir. Hablamos un rato, intercambiamos frases de esas que se dicen en esos casos que si la vida es una mierda, que si ahora qué vamos a hacer, que si acabamos de darnos cuenta de nuestra mortalidad de la forma más ingrata… Al final la cosa terminó y volví a mi casa. Y entonces le vi.

S (el del principio de la entrada) caminaba por la acera opuesta en la misma dirección que yo, con sus pantalones anchos su media melena lisa cubriéndole la cara y su lento caminar. Recuerdo que iba llorando; no necesitaba mirarle porque se le oía desde todas partes. Era como un delfín abandonado en medio de un mar de plástico. Lloraba a chorro, sin consuelo, sin vergüenza ni temor al qué dirán. Y entonces me dio por pensar. ¿Por qué yo no estaba llorando también? Yo era mucho más amigo de C que él; habíamos pasado horas compartiendo mesa en múltiples partidas de rol, salido juntos los fines de semana, habíamos ido juntos a clases de música y guitarra, hasta llegamos a montar un grupo y compusimos una canción. C y yo habíamos compartido sueños juntos… Pero yo era incapaz de dejar escapar ese torrente de emociones al igual que hacía S. Reconozco que siempre he tenido dificultades para identificar y gestionar mis sentimientos, y quizás 24 horas era muy poco tiempo como para hacerme una idea de lo que había sucedido, pero la misma pregunta venía a mi mente una y otra vez con cada sollozo de S, que ya había quedado algo rezagado. ¿Por qué yo no lloro a mi amigo?

Y entonces me sentí desplazado hasta un nivel nunca antes imaginado. Era como si estuviera subido a una nube observando un mundo de hormiguitas metido en una vitrina de cristal, sin importarme demasiado lo que les pudiera suceder. Traté de buscar el motivo pero no lo encontré, porque mi nube me proporcionaba protección precisamente contra eso. Me podría haber sentido culpable por mi pasividad pero ni eso. Llegué a casa cogí la guitarra y toqué unas notas en su honor. O quizás toqué sus notas tratando de evocar a mi honor.

Han pasado muchos años desde entonces, más de veinte he dicho al principio y sigo pensando en todo eso. Nunca he querido encontrar una explicación a nada de lo sucedido pero si algo me ha enseñado la edad es que aquello que no se olvida, aquello que regresa de vez en cuando en el momento menos esperado y deja un sabor amargo en la memoria quizás deba ser resuelto de algún modo. Ahora ya no recuerdo esas notas pero sí todo lo demás. Ahora ya no toco pero sí escribo. Así que esto va por él.


Quedamos mirándonos en silencio, sin poder articular una palabra, sin poder decirte que te echaría de menos cuando te desvanecieras.
Mientras tu te limitabas a sonreír y a desaparecer lentamente.

Quedó la sala vacía, como si una corriente de aire hubiese barrido todo lo que teníamos y se hubiese llevado aquellas notas por la ventana.
Me dejaste solo sentado en mi silla, muerto de frio, de hambre y de sed.

Olvidé tu voz, como si un trueno distante se hubiese apropiado de ella y la hubiese llevado a algún lugar al que nadie puede llegar.
Pero no puedo olvidar tus palabras, grabadas a fuego en mi memoria.

“Algún día, cuando quiera mandarlo todo a la mierda vendré a buscarte” me dijiste, pero finalmente te fuiste a la mierda sin mi.
Y con tu sonrisa también te llevaste la mía.
Porque sabías que ya no iba a necesitarla.
Al igual que esas notas que no logro recordar.