jueves, 26 de diciembre de 2019

Un relato sin nombre, parte 4

Termina el año pero este relato sin nombre parece querer trascender al tiempo y el espacio subyaciendo en los estratos de... Vale, vale, voy allá.
Recordad que esta es la cuarta parte de una pequeña novela que se publica en este blog y que podéis leer las anteriores en estos enlaces:

Parte primera
Parte segunda
Y la tercera


04
En el asiento del copiloto, con la cabeza apoyada en la ventanilla y sujetándose el dolorido brazo con la otra mano, Roberto se preguntaba por donde demonios iban. No reconocía la carretera ni el paisaje ni las montañas ni… Estuvo tentado de preguntárselo a la chica pero desistió al ver su sombrío rostro detrás del volante y siguió mirando. Avanzaban por un paisaje casi desértico como los que salen en las pelis americanas de gente que se escapa conduciendo. Tenía lógica teniendo en cuenta de que ellos estaban huyendo en coche también, aunque no tenía ni idea de hacia donde ni porqué.

No se veía ni un alma, ni un coche ni siquiera un avión cruzando el cielo; era como si atravesaran un lugar olvidado por el tiempo y en cualquier momento esperaba ver una diligencia de colonos ingleses perseguida por varios sioux montados a caballo. Pero justo en ese momento de ensoñación vio un coche que se acercaba en dirección contraria. Sonrió un poco aliviado al reencontrarse con un elemento que le atara de nuevo a la realidad pero su sonrisa se tornó una mueca de horror al comprobar que ese vehículo, un flamante coche negro de cristales tintados se dirigía a toda velocidad directamente hacia ellos.

-¡Cuidad..! -acertó a gritar Roberto justo antes de que la chica diese un volantazo, saliera de la carretera y se reincorporara a la vía con una habilidad pasmosa. El traqueteo del coche circulando por el pedregal hizo que el brazo de Roberto despertara de su letargo y comenzara a enviarle pinchazos de dolor-. ¿Pero qué les pasa a esos? ¡Casi nos matan!
Miró atrás y vio como entre la nube de polvo que habían generado en la carretera aparecía de nuevo el coche negro. Quiso avisar a Sandra, pero ya estaba viéndolos a través del retrovisor.
-Agárrate bien -le dijo ella apretando a fondo el acelerador.
El motor del coche rugió, no con uno de esos rugidos heroicos de vehículos potentes de películas con presupuesto sino más bien con un rugido asmático de león viejo y sonidos de chatarra vibrando, como los coches de las películas españolas de los años ochenta. El vehículo perseguidor en cambio parecía funcionar a las mil maravillas y comenzó a ganarles terreno fácilmente.
-Nos van a pillar -comenzó a decir Roberto desesperado-. Nos van a pillar y me duele mucho el brazo. Nos van a pilar y me duele mucho el brazo y seguro que son cocodrilos de esos y me muerden el otro. Nos van a pillar y me duele mucho el brazo y seguro que…
-¡Callate de una vez con ese estúpido mantra! -le gritó ella perdiendo los nervios-. Estoy tratando de pensar algo.
Roberto se calló pero siguió repitiendo las frases, incluso añadiendo otras nuevas, en su cabeza.

El coche negro se acercó peligrosamente a su costado. Sandra tenía el pedal apretado tan a fondo que temía que en cualquier momento rompiera el suelo del vehículo y tocara con el pie el asfalto. Todo vibraba a tal intensidad que casi era imposible oír nada más que la cacofonía de metales, plásticos y otros componentes que parecían querer independizarse unos de otros. El coche negro se situó junto al suyo y bajó la ventanilla del copiloto dejando a la vista un rostro masculino, ancho y con barba que les observaba desde detrás de unas enormes gafas de sol. El cañón de un arma fue lo siguiente que apareció en escena, así que Sandra frenó en seco haciendo que el coche gritara de dolor y Roberto hizo lo mismo al verse obligado a mover su brazo. En cuanto los perseguidores hubieron dado la vuelta para volver al ataque, Sandra aceleró de nuevo y pasó zumbando junto a ellos para desviarse por un camino secundario que ascendía peligrosamente una montaña.
El pobre coche parecía estar en las últimas pero su menor tamaño y peso era una ventaja en esa nueva via. Los perseguidores seguían ganándoles terreno pero de una forma más discreta y ahora el único problema era saber hasta donde llegaba esa carretera, mucho más descuidada que la anterior y que no dejaba de ascender.
-Por lo menos si nos matan aquí estaremos más cerca del cielo -dijo Roberto.
-¡Callate idiota! -respondió ella amablemente.

Las curvas eran cada vez más cerradas a medida que alcanzaban la cima y con cada giro las ruedas levantaban nubes de polvo que el coche perseguidor atravesaba como un fantasma incansable.
-Ya nos tienen -dijo Roberto, optimista.
Pero Sandra no respondió. Se limitó a mirar por el retrovisor, ponerse muy seria y dar un volantazo hacia la izquierda para salirse de la carretera y meterse en un sendero tan estrecho que el coche avanzó casi de lado entre la maleza; los perseguidores hicieron lo mismo pero su vehículo, mucho más pesado, se volcó sobre un costado y terminó despeñándose por un terraplén de unos diez metros de altura. Dio varias vueltas de campana mientras se destrozaba hasta terminar con las ruedas hacia arriba, aplastado en el fondo.
Sandra detuvo el coche y ambos bajaron para observar la escena. Su coche echaba humo, tenía un par de ruedas reventadas y dejaba una mancha negra en el suelo, seguramente aceite que soltaba el cárter destrozado. A pesar de eso sus perseguidores se habían llevado la peor parte. Esperaron unos minutos por si alguien daba señales de vida desde abajo y Sandra comenzó a bajar por la empinada pendiente.
-Quédate aquí -le dijo a Roberto-. Voy a comprobar que estén muertos.
Roberto la siguió.

Sandra se asomó a la ventanilla del conductor donde vio a un tipo ensangrentado y con una postura rara aplastado entre el volante y el asiento. No respiraba. Roberto caminó por el otro lado, donde estaba el tipo de la barba hecho un desastre. Roberto se fijó en su pecho, que seguía moviéndose con el ritmo de una respiración lenta y dificultosa.
-Creo que este sigue viv… -alcanzó a decir antes de que el herido abriera los ojos y comenzara a mutar.
Su rostro se llenó de pelo negro, al igual que su cuello y manos, su torso se hinchó hasta alcanzar un perímetro más allá de lo humano y sus brazos se volvieron tan musculosos que hicieron pedazos los restos de la camisa que vestía. Unos dientes afilados y manos enormes terminadas en uñas negras y largas fueron los últimos detalles para formar el cuerpo de un gorila que lograba zafarse de su prisión de metal arrancando la puerta y enganchando a Roberto por el brazo malo, retorciéndoselo y haciéndole gritar de dolor. El gorila saltó sobre él. Seguía conservando algunas de las heridas del accidente, pero ahora parecían más leves en su enorme cuerpo. Roberto no tuvo ninguna posibilidad de escapar ante tanta fuerza y velocidad por lo que de pronto se vio alzado en el aire y justo cuando la bestia iba a estrellarle contra el suelo, sonó un disparo. Los ojos del animal se pusieron en blanco, su presa se aflojó y Roberto cayó sobre él, convertido ahora en un simple mono aplastado por su peso. A un lado estaba Sandra con la pistola en la mano.
-Esto ha sido muy poco ninja -acertó a decir Roberto, aturdido por los pinchazos de dolor que su maltrecho brazo enviaba a su cerebro.
-¿Es que no puedes callarte nunca? -respondió ella antes de dejar el arma en el vehículo de nuevo.

Continúa aquí.

martes, 17 de diciembre de 2019

Un relato sin nombre, parte 3

  Ahí va la tercera entrega de este relato (todavía sin nombre pero que ya os podéis ir decidiendo a bautizar) que espero que os guste mucho o, por lo menos, un poco.

03

Lo primero que notó al despertar fue un olor rancio mezclado con el de alcohol de desinfectar. Notó en su cara el tacto áspero de alguna tela que llevaría tiempo sin probar el suavizante y de fondo pudo oír como alguien canturreaba en una ducha. Se alegró de haber recuperado el sentido de la audición, aunque le estaba costando horrores abrir los ojos. El brazo le dolía mucho, cada vez más, pero incluso eso le reconfortaba pues significaba que seguía con vida.

Se incorporó y lentamente su vista se fue aclarando. Estaba en el sofá de una pequeña habitación simple. Ante él una cama con las sábanas revueltas, una silla sobre la que había algo de ropa bien plegada y un armario en el que la carcoma parecía haberse dado un festín. Una puerta junto a la ventana hacía suponer que era la salida mientras que otra conducía al baño como dedujo por el sonido de la ducha. Quiso levantarse para abrir la persiana y comprobar donde se encontraba pero la sola idea de moverse le produjo un dolor difícil de asimilar.

La ducha dejó de funcionar y oyó unos pasos amortiguados al otro lado de la pared. ¿Quien estaría ahí? ¿La chica de ayer? ¿Otro de esos hombres cocodrilo que se lo terminaría de merendar? Entonces recordó la herida de su brazo y comprobó que alguien se lo había vendado y entablillado con un trozo de madera. Bueno, si se han tomado tantas molestias no creo que ahora vayan a matarme, pensó.



La chica apareció sin sus ropas de ninja, envuelta solamente en una toalla blanca que ya amarilleaba y con el cabello goteando sobre su espalda. Se fijó en que su huésped estaba ya despierto y le dirigió una mirada seria.

-¿Donde estamos? -dijo él.

-En una habitación de un hostal de carretera. No puedo decirte más.

-¿Me has curado tu el brazo? Porque me sigue doliendo un montón.

-He hecho lo que he podido -dijo mientras sacaba algo de ropa interior de su bolsa-. Con un poco de suerte no lo perderás.

-Ah. Gracias.

Pero ella no respondió a eso y se dirigió a la silla donde tenía algo de ropa plegada.

-Me gustaría ir a un hospital -siguió hablando Roberto-. Así nos aseguramos de que se cura bien.

-No podemos dejarnos ver. Nos estarán buscando en estos momentos.

-¿Quienes? ¿Los hombres lagarto esos? ¿Quienes son? ¿Qué quieren? ¿Por qué..?

-¡Deja ya de hacer preguntas! -Le interrumpió ella claramente molesta-. Ni siquiera deberías estar vivo. No sé porqué no acabé contigo allí mismo.

-¿Puedo saber como te llamas? -Dijo Roberto sin poder reprimir una última pregunta.

-No.

-Pero tendré que llamarte de alguna manera. No puedo ir por ahí diciendo "Eh, tu eso, eh tu lo otro".

-Llamame como quieras entonces.

-Mmmm... ¿Sandra te parece bien?

-Me da igual.

-Pero si no te gusta no. estamos a tiempo de cambiarlo.

-Sandra me va bien.

-¿Y de apellido?

-¡Cualquiera! -exclamó ella claramente irritada.

-Te llamaré Sandra Cualquiera entonces.

-Llamame como quieras pero deja de hacer preguntas, por favor.

-De acuerdo.



Roberto se quedó en silencio unos segundos mientras ella se vestía sin demasiado pudor. Era una chica delgada, no demasiado alta, de cuerpo fibrado como el de una atleta y sus movimientos eran gráciles y delicados como los de un felino. Se colocó la ropa interior que era completamente negra y después dejó caer la toalla al suelo para terminar de vestirse con unos pantalones deportivos y una camiseta blanca de tirantes que dejaba gran parte del sujetador negro a la vista. Después metió el resto de ropa que andaba desperdigada por la habitación en la bolsa de deporte y se dispuso a salir de la habitación. Se habría sentido excitado al contemplar la escena de no ser por lo mal que se encontraba.

-Oye… -preguntó al final, cansado de tanto silencio-. ¿Por qué todo el tema ese del casting? Es decir… ¿Qué necesidad había de montar todo eso y meter a personas inocentes como yo en toda esta movida?

-Pertenezco a una organización secreta. Tan secreta que ni siquiera los propios miembros sabemos quienes somos, así que nos reconocemos por un tatuaje característico en la ingle. Montar una selección de personal para actuar en una película pornográfica es la mejor forma de localizarnos sin levantar sospechas.

-¿O sea que no me echaste de allí por tenerla pequeña sino por no tener ese tatuaje?

Pero Sandra ya no respondió, dejando a Roberto con la misma duda que antes, quizás peor, y se hizo el silencio de nuevo.



-Vamos -le dijo a Roberto con poca delicadeza.

-¿Y donde vamos? -le preguntó él.

No obtuvo respuesta.

Continúa aquí!

martes, 10 de diciembre de 2019

Un relato sin nombre, parte 2

Como ya sabréis, la semana pasada decidí publicar un relato (quizás una novela corta) por entregas en este mismo blog. De momento la aceptación ha sido mínima, por lo que seguiré ponindo fragmentos hasta que os guste o me quede sin seguidores (lo que antes suceda).
Si acabáis de llegar, os sugiero que comencéis leyendo la primera parte o no entenderéis nada.
02-


Pidió un refresco y se apoyó lastimeramente en la barra. En la televisión un político enfadado despotricaba contra un compañero de profesión y tanto el dueño del local como un par de clientes le observaban con satisfacción. "Por fin un político honesto que se preocupa por los problemas reales de la ciudadanía" dijo uno de ellos y todos asintieron. Roberto, que es como se llama el protagonista de esta historia, no tenía la moral para compartir euforias con nadie y miraba con tristeza el fondo de su vaso, como si de una metáfora de su vida se tratara.
Un coche aparcó en la acera de enfrente, justo ante la puerta del lugar del casting. Un hombre vestido con ropa elegante con una bolsa de deporte en la mano bajó de él y se metió en el bar. Pidió algo al distraído camarero y antes de que le sirvieran preguntó por los servicios. Caminó hasta el lugar indicado y desapareció. Luego el coche explotó.

No se trataba de una de esas explosiones eléctricas que a veces pasan de forma fortuita y te obligan a pasar por el mecánico, ni siquiera una explosión del cine en la que los vehículos estallan en llamas de golpe, a veces dando una vuelta de campana; fue una explosión de las gordas. El sonido hizo estallar los cristales del bar y seguramente de todo el barrio y al desconcierto inicial le siguió una onda expansiva de calor que golpeó a todo el mundo en el lugar, haciéndoles caer al suelo de forma desordenada. Sillas, mesas, vasos y botellas se convirtieron en un amasijo de materia voladora que provocaba golpes y cortes a cuantos estaban en el lugar y al desconcierto de la situación se le sumó una sordera colectiva y la sensación de que todo pasaba a cámara lenta.

Cuando Roberto logró recuperar el control de si mismo estaba en el suelo, cubierto de cristales, astillas y yeso que se habría desprendido del techo; miró a la calle y del coche solo quedaba un amasijo de hierros llameante y la casa donde se estaban realizando las pruebas se había transformado en un montón de cascotes. La fachada principal había caído hacia dentro, al igual que el techo, dejando el lugar como un vertedero de materiales de construcción retorcidos.
En esos momentos por algún motivo, pensó en la pareja que había entrado hacía solo unos minutos, en la chica pequeña que todavía seguiría dentro, el tipo de la cabeza afeitada y la joven que le había rechazado y sintió una gran desolación. ¿Estarían todos muertos? La última le daba menos pena, era cierto, pero seguía siendo una desgracia.

Pensó en levantarse e ir a ayudar pero le costaba horrores moverse y entonces le vio. El tipo elegante salía de los aseos tan tranquilo y caminaba con cuidado sobre los escombros del bar. Esta vez vestía con ropa deportiva y se había afeitado cuidadosamente. Todavía llevaba la bolsa de deporte, con la ropa elegante en su interior, presumiblemente. Observó la escena satisfecho, comprobó que todos los parroquianos estaban aturdidos o conmocionados y cuando iba a salir se fijó en Roberto que le miraba ojiplático. El extraño se agachó, cogió una botella de cristal partida por la mitad y se acercó a él. Estaba claro que no iba a prestarle ayuda si no a terminar con su vida por lo que Roberto, haciendo acopio de fuerzas se levantó de un salto y a pesar de las descargas eléctricas que recorrían dolorosamente cada uno de sus músculos, salió corriendo del local.

La calle estaba repleta de curiosos que miraban desde la distancia lo ocurrido. Los que se hallaban más cerca del lugar en el momento de la explosión, huían asustados mientras que los que se encontraban lejos se acercaban. Nadie reparó en ese joven que corría cojeando con el cuerpo cubierto de suciedad ni en el deportista impecable que le seguía.
A pesar del dolor y de la falta de coordinación que le proporcionaba su recién adquirida sordera, Roberto corría como nunca. En su mente aparecían imágenes de su infancia, jugando al que te pillo con sus primos mayores, haciendo carreras en el colegio, esprintando aquellas noches en las que salían a tocar timbres de casas ajenas... era como si su cerebro estuviera recopilando información para optimizar su carrera actual, quizás un último intento desesperado por sobrevivir.
Se metió en calles secundarias intentando despistar a su perseguidor pero éste le seguía sin dificultad. De vez en cuando se giraba y allí seguía. Las fuerzas comenzaron a abandonar a Roberto y el dolor se fue acrecentando. Ya no sentía las piernas; estaban totalmente entumecidas. Y con cada aliento sentía que columnas de fuego ascendían y descendían de su garganta. No pudo más y se paró. Seguía sordo pero oía los pasos de su perseguidor acercándose, como si hubiese desarrollado un sexto sentido previo a la muerte.
El extraño se acercó a él con una sonrisa y de pronto un cuchillo apareció en su mano. El terror al ver el arma dio fuerzas renovadas a Roberto que trató de huir de nuevo pero tropezó con su propio pie y cayó al suelo. Solo pudo girar sobre si mismo y trató de pedir ayuda, pero no tenía voz. Tosió dolorosamente y pensó al ver acercarse al asesino que era una pena que lo último que hiciera en su vida fuera toser dolorosamente. Pero alguien apareció.

Una figura encapuchada y vestida totalmente de negro apareció de la nada y dio un puntapié al cuchillo del extraño, que giró en el aire y se clavó en el suelo a dos centímetros escasos de la oreja de Roberto. El hombre del chándal pareció indignadísimo de repente y lanzó dos rápidos puñetazos al de negro que los esquivó con asombrosa facilidad. Otra patada cruzó el aire, estrellándose esta vez en la cabeza del hombre haciéndole caer al suelo de espaldas.
Roberto se fijó en el encapuchado. Su ropa le ceñía el cuerpo en algunas partes mientras que era holgada en otras, haciendo que su figura estuviese poco definida, pero a pesar de eso su trasero, cintura y especialmente su pecho dejaban adivinar que se trataba de una mujer. Una muy ágil y fuerte, por cierto.

El hombre del chándal se levantó con una sonrisa en su boca y dijo algo que Roberto no pudo oír. La chica de negro posiblemente le respondería algo que tampoco oyó y se reanudó la pelea. Por algún motivo y aunque la chica era claramente superior al él, esquivando golpes y devolviéndoselos con precisión milimétrica, el tipo parecía cada vez más enfadado, más grande y más verde. Ante los ojos de Roberto comenzó una transformación inhumana en la que ese señor aparentemente normal cada vez se parecía más a un reptil enorme. Sus dedos terminaban en garras, su piel se escamaba y de su espalda surgían espinas óseas; pero lo mas terrible era su rostro alargado de fauces enormes repletas de dientes aserrados y amarillentos. 

La chica de negro parecía tener problemas y Roberto no podía dejar que le pasara nada, aunque no tenía demasiada idea de como afrontar la situación. "Estoy soñando" pensó finalmente. El casting, la explosión, la ninja peleándose contra un hombre lagarto... Así que se levantó de nuevo ignorando su onírico dolor y se lanzó a la carga. Su idea era cruzar el aire como un proyectil envuelto en un aura de energía mística y golpear al monstruo con tanta fuerza que éste quedara destrozado. Luego le quitaría la máscara a la chica, la besaría con pasión y fornicarían allí mismo, rapidito, no fuera cosa que sonara el despertador y quedara el trabajo a medias. Pero las cosas no salieron como él esperaba.

Su carga no fue tan terrible como imaginaba y se limitó a una carrera errática que le llevó a colocarse entre ambos luchadores y toser de nuevo. Dolorosamente, por supuesto. La chica se echó a un lado pero el hombre cocodrilo le mordió en un brazo, sacudió la cabeza y lo arrojó al suelo otra vez con el extra de tener un brazo destrozado y sangrando mucho. Roberto gritó de dolor pero seguía sin voz. Afortunadamente la chica aprovechó el despiste para saltar sobre la cabeza del reptil, atraparla con sus dos rodillas y con un movimiento giratorio del cuerpo le rompió el cuello.
El hombre bestia cayó al suelo con un golpe seco mientras la chica de negro se posaba a su lado con la gracilidad de un colibrí. Ante los ojos de Roberto el cadáver comenzó a mutar de nuevo hasta convertirse en un cocodrilo cubierto de jirones de ropa. La chica se acercó a él caminando solemnemente y se quitó la tela que le cubría la cara revelando el rostro de quien le había rechazado en el casting.

-Lo siento pero has visto demasiado, muchacho. Debo acabar con tu vida.

Por suerte Roberto seguía sordo y no logró entender lo que decía, por lo que se limitó a decir:
-¿De verdad la tengo tan pequeña?

Había recuperado la voz.

Luego ella dudó, dio un paso adelante, le golpeó con el canto de la mano en el cuello y todo quedó a oscuras para Roberto. 

Continúa aquí 

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Un relato sin nombre. parte 1

 Saludos queridos lectores y lectora. Habréis notado que este blog ya no se actualiza con la regularidad de antaño, que cada vez es menos gracioso y más curioso y seguramente estaréis pensando que me he enriquecido tanto con mi nuevo libro (que por cierto podéis adquirirlo ya en formato digital por 2 miserables euros aquí) que ya no escribo para la plebe... Y no vais del todo desencaminados.
Lo que pasa es que estoy escribiendo de forma no pública, trabajando en varios proyectos paralelos que ocupan mi escaso tiempo libre y claro... los blogs se resienten. Es por ello (por vosotros) que he pensado en ir publicando aquí, por entregas, el que será mi próximo relato, en plan borrador. de este modo no solo os doy contenido que leer y reavio el blog sino que os convierto en lectores beta y eso que me ahorro para el futuro.
¿Que no exisitían los planes perfectos decíais?
Aquí os dejo el principio de mi nuevo cuento, sin título todavía porque hasta eso espero que me deis hecho.
Abrazos.


01-
 

Revisó la documentación por enésima vez antes de llamar al timbre. Tenía los resultados negativos de enfermedades venéreas, una declaración jurada sobre no mantener relaciones sexuales ni consumir drogas intravenosas hasta ese momento y fotocopias compulsadas del DNI y pasaporte, este último por si acaso. Estaba recién duchado, afeitado, depilado, perfumado y además había estado haciendo flexiones para tener los músculos algo más tonificados. Aspiró profundamente y pulsó el botón.



Un hombre joven con la cabeza afeitada le abrió la puerta y le invitó a pasar, a través de un pequeño recibidor que olía a incienso y sudor, hasta una sala de espera donde media docena de jóvenes le observaban nerviosos. Había cuatro chicos y dos chicas que captaron inmediatamente toda su atención. La primera era una muchacha pequeña en todas sus dimensiones; bajita, delgada, con el cabello muy largo y cara de inocente; parecía una niña, aunque estaba claro que no lo era. La segunda era todo lo contrario; alta, robusta, voluptuosa y con una mirada tan incisiva que le obligó a girar la cara.



Se preguntó con cual de las dos le tocaría, sin tener realmente ninguna predilección. Era la primera vez que se presentaba a un casting pornográfico y se conformaba con que los nervios no le jugaran una mala pasada.



Pasaron unos escasos quince minutos cuando le tocó el turno. Había sido extraño porque no entraban por parejas como él había supuesto en un principio si no uno a uno y en turnos muy rápidos. Los tres primeros chicos salieron rápidamente con caras agrias, después la chica grande que salió a la calle claramente enfadada y se quedó en la puerta fumando, como si esperara una segunda oportunidad, después la chica pequeña, que fue la única en quedarse dentro y el último chico se marchó antes de que lo llamaran. Cuando le tocó su turno los nervios se le crisparon y tuvo que concentrarse en controlar su respiración para aliviar tensiones.



Entró a la siguiente sala y se encontró frente a una mesa en la que había una chica sentada. Más atrás el del pelo rapado estaba apoyado en una pared , junto a otra puerta, con los brazos cruzados y no había ni rastro de la chica pequeña. “Me estará esperando en la otra sala para rodar alguna escena” pensó con algo de emoción, hasta que la chica de detrás de la mesa habló.



-No te quedes ahí parado que no nos sobra el tiempo -empieza a desnudarte.



Algo avergonzado por su falta de iniciativa se acercó a la mesa, dejó encima todos los papeles, que fueron ignorados por ella y comenzó a quitarse la ropa. Zapatos, camiseta, pantalones… Antes de bajarse los calzoncillos la observó bien. Era una chica joven, delgada, con una mirada penetrante que le daba un aire peligroso; su cuerpo esbelto y fibrado parecía el de una acróbata olímpica. Era atractiva a su manera, pero algo en ella le daba mal rollo.



-¿Qué parte de que no nos sobra el tiempo no has entendido? -le espetó.



Con un rápido movimiento se quitó la ropa interior y ella le observó la entrepierna. Cinco largos segundos aproximadamente.



-Siguiente -dijo sin mostrar ninguna emoción.



-¿Siguiente? Pero…



-Siguiente he dicho.



-Pero… ¿Por qué?



-Siguiente y punto -terminó la chica la conversación. -Vístete rapidito y desaparece.



Cruzó la sala de espera hecho una furia, con la ropa a medio arreglar y una pareja que al parecer habían llegado después de él le observaron algo asustados hasta que salió a la calle. Estaba indignado, se sentía humillado y se arrepentía del maldito día en que pensó que hacerse actor porno podía ser una buena idea. Se arregló la ropa, arrugó todos los papeles, los tiró a una papelera y luego se apoyó en la pared para relajarse. El aire de la mañana era fresco y olía ligeramente a tabaco, aunque la chica grandota ya no estaba allí. Le temblaban las manos de pura rabia. ¿Le habían rechazado por tenerla pequeña? A él no le parecía que su pene fuera especialmente pequeño; sin duda no era un monstruo, pero tampoco algo por lo que rechazarle de esa forma tan expeditiva. Aunque lo cierto era que nunca se lo había planteado. Quizás sí que tenía un miembro ridículo y ninguna de sus parejas hasta el momento se había atrevido a decírselo por pura pena. Quizás el tamaño de su pene era en realidad el origen de todos sus problemas hasta el momento. Sentimentales, sociales, laborales… Y ahora le habían expulsado de allí por culpa de ello. Vio un bar justo en la acera de enfrente y decidió ir a ahogar sus penas.

Continúa aquí.

sábado, 16 de noviembre de 2019

De bocadillos y zapatos


Otra entrada que me da pereza escribir y la hago en vídeo.
Pero os prometo que la proxima será de verdad, de las que podéis leer sin que los de al lado se enteren de las mierdas que veis en internet.







miércoles, 6 de noviembre de 2019

De huesos y asimetrías.


Después de mi experiencia con esa señora de la acupuntura* me prometí no volver a acudir a lugares de masajes o tratamientos varios sin tener buenas referencias, pero mi dolor de espalda no solo no remite sino que parece acrecentarse con los años y desesperado, acepto la recomendación del amigo de un conocido que aseguraba que al primo de su cuñado le había ido muy bien cierto osteopata y allá que voy.
Es de noche ya y busco la dirección ayudado por el google maps en uno de los barrios más laberínticos del pueblo y que como no era de extrañar, nunca había pisado. Es una zona de casas bajas, a la antigua usanza, de esas en las que señoras mayores se asoman a mirar por los visillos en cuanto oyen pisadas y los perros en lugar de tranquilizadores ladridos lanzan inquietantes miradas de reproche. Me siento incómodo y la sensación no se disuelve al encontrar el lugar.
Una casa normal, como no, sin carteles indicadores, sin ningún tipo de referencia y cuando llamo tienen que abrir media docena de pestillos, cerrojos y candados. Me recibe un chaval sonriente con las manos manchadas de aceite y me hace pasar a una sala de espera que no es otra cosa que un saloncito de esos con revistas y una tele sin mando en la que solo se puede ver el programa ese del zumbado de George de la jungla. En el episodio de hoy unos nativos de filipinas le invitan a dormir en su casa y él casi se la desguaza tratando de hacerle una foto a una araña. Por suerte me llaman ya y no tengo que ver como se deja morder por algo venenoso y luego hace como que se medio muere.
Paso a la sala de tratamiento, o como se llame y antes que nada el profesional en la materia me hace varias preguntas. Que cual es mi problema, que quien me ha hablado de él, que desde cuando me duele, que si la tortilla con o sin cebolla… Luego me hace quitar los zapatos y examina las suelas; me indica que tengo una pisada irregular teniendo en cuenta el desgaste y me mira con severidad.
-Esto puede ser por tener una pierna más larga que la otra -me dice.
-Hombre, todos somos asimétricos dicen, y es normal tener unos milímetros de…
-Ni milímetros ni pollas. Fíjate en esto.
Entonces saca un metro, mide desde el hueso occipital hasta el tobillo y no hay duda. La izquierda me mide 102 cm y la derecha 114.
-¿Ves? -me dice tan pancho -. Tienes una diferencia de 12 centímetros. Eso te causa una cojera que deriva en el dolor de espalda.
-¿12 centímetros de diferencia? ¡Eso es una locura! No puede ser, vuelve a medir.
-No es necesario medir. Se ve a simple vista. Lo he notado con tu caminar oscilante, a lo Fraga que en paz descanse.
-Bien muerto que está el hijoput… Pero no me desvíes el tema. ¿Voy a tener que llevar unas de esas botas con plataformas? No voy a ligar en mi vida.
-Sí, sin duda, pero ya que mencionas la desviación… -comienza a explicarme -. Tu columna está algo torcida hacia la izquierda. Así a ojo… Unos 70 grados.
-¿Qué? -respondo azorado, sea lo que sea que signifique eso -. Setenta grados es una barbaridad. Me habría dado cuenta.
Entonces el tío deja caer un pañuelo de seda al suelo y me pide que lo recoja con una mano y con otra. Con la izquierda lo recojo sin problemas pero con la derecha me cuesta horrores.
-¡Esa es la prueba! -exclama emocionado -. Tu brazo izquierdo está como a un palmo del suelo de normal, mientras que el derecho queda bastante más lejos. ¿De verdad nunca lo habías notado?
-Pues ahora que lo dices, igual si que… ¿Pero entonces esto también tendrá que ver con mis mareos y falta de equilibrio? Porque es otro de los problemas que te quería comentar.
-No. No creo -me responde tomando notas en su libreta -.Eso será cosa de la joroba.
-¿¡También soy jorobado¡?
-Sí. Y mucho. A lo Gerard Depardié.
-Pero… Yo me miro en el espejo y me veo bien.
-Porque también tendrás dismorfofobia. Tu cerebro modifica tu aspecto para que no te suicides y al mirarte te ves como un hombre atractivo y con pelazo.
-¿Tampoco tengo pelo?
-No.
-Joder… Con razón no ligo nada. Soy un puto engendro infernal.
-Si.
-¿Y qué puedo hacer? ¿Tendrá arreglo via cirujias, implantes óseos y electroshocks?
-No hombre, no te preocupes. Unas sesiones de masajes y te llevo al sitio.
-Anda pues que bien, ya me quedo más tranquilo.
-Solo serán cien sesiones para empezar.
-Las que hagan falta. Ah. Y cobrame lo que quieras.
-Por supuesto que lo haré. Faltaría más.
-Será un placer.
-Igualmente.
-…
-¡Qué?
-Vamos terminando esto. ¿No?
-Cuando tu quieras, que eres el que escribe.
-Claro, total, seguro que ya nadie está leyendo.
-¿Tu crees?
-Seguro. Luego comentan con un “jajaja” y se quedan tan panchos.
-Pues ale, al lio.
-¿Qué lio?
-Lo de los masajes. A eso has venido.
-Cierto. Me había travisculado.

jueves, 24 de octubre de 2019

De muertes y promociones (ambas cosas inesperadas)



Hace unos meses me pasó una cosa curiosa que me gustaría relataros, ya que algunas veces las cosas parecen negativas pero un pequeño giro del destino puede convertirlas en algo agradable y próspero. Sí amigos y amigas, numerosos lectores de este blog y confusos navegantes que habéis llegado aquí por error mientras buscabais porno, hoy voy a romper mi silencio y también mi habitual pesimismo para explicaros una historia bonita con final feliz. Para que luego no se diga que soy un monstruo sin alma. Allá voy.

Todo comenzó con una llamada de teléfono. Lo tenía justo al lado pero esperé que sonara cuatro veces antes de cogerlo, para que quien estuviera al otro lado pensara que estaba haciendo algo interesante y no muriéndome de aburrimiento esperando a que alguien me llamara. Al otro lado del auricular estaba F, un amigo de la infancia cuya voz sonaba preocupada.
-Tengo un problema -me dijo así, de forma escueta, esperando seguramente despertar mi curiosidad.
-¿Qué te ha pasado? -dije yo con mi curiosidad ojiplática.
-Mi abuela ha muerto.
-Ostras, cuanto lo siento. Te acompaño en el sentimiento y eso, pero bueno… ¿Qué edad tenía ya? ¿Más de cien puede ser?
-Casi doscientos, pero ese no es el caso. Lo que pasa es que ha muerto leyendo uno de tus libros.
-Ostras, que incidencia tan inesperada… ¿Cual de todos ellos?
-El primero. Ese rojito. En realidad es el único que te compré porque no me gusta leer y solo quería quedar bien contigo.
-Bueno… Entiendo -le respondí yo buscando la forma de que la conversación avanzara un poco. -¿Crees que ha muerto por culpa del libro?
-No lo sé, pero eso es algo irrelevante ahora mismo. Ha muerto y ya está. La causa no altera el resultado en ningún caso.
-Entonces… ¿Por qué me lamas?
-Porque tiene el libro tan bien agarrado que no podemos quitárselo de las manos y nos está resultando imposible cerrar el ataúd.
-Entiendo… ¿Pero qué quieres que haga yo?
-No lo sé, es tu libro.
-Pero es tu abuela la que se ha muerto. El libro es un objeto inerte desde siempre, es ella la que ha cambiado de estado. -traté de explicarle así de forma suave ya que era obvio que mi amigo estaba pasando por un mal momento. -¿Por qué no le cortáis los brazos a la altura de los codos y se los ponéis al ladito? Total, croquetas ya te iba a hacer pocas…
-¿Pero como quieres que le corte los brazos a mi abuelita? ¡No tienes alma!
-No. Pero no te alteres hombre… Ahora vengo y seguro que lo arreglamos.

Y vaya si lo arreglamos.

Con una sierra de marquetería logramos abrir una sección de la tapa del ataúd, haciéndolo descapotable de modo que al cerrar, las manos y el libro quedaban a la vista. Eso hizo que la posterior marcha fúnebre me sirviera de promoción del libro y aproveché, hábilmente situado al fondo del cortejo, donde la gente ya no tiene caras tan tristes, pera ir repartiendo tarjetas de visita. Nunca había vendido tantos libros como ese día. Ni ferias, ni presentaciones, ni leches en vinagre. Al final yo contento, mi amigo F contento, las gentes del pueblo contentas… Que bonito todo, joder.

domingo, 22 de septiembre de 2019

De llamas y mirar a otro lado


Recuerdo un tiempo en el que no percibía el mundo como lo hago hoy. Recuerdo que me sentía parte de un todo, alguien con una misión, con un propósito, con un alma que ya no siento en mi interior.

En esa época, que me llevó quizás hasta los veintipocos, me sentía muy unido a la naturaleza, pasaba mis horas conociendo y estudiando mi entorno, sintiéndome parte de una armonía olvidada por muchos pero que para mi era sumamente importante.

Los que me conocéis sabéis que no me van mucho los temas esotéricos o metafísicos, pero por aquél entonces me sentía tan unido al ecosistema del que formaba parte que casi era capaz de “escuchar” a los árboles y “sentir” las mismas piedras bajo los pies. He pensado mucho en ello durante estos últimos años y no sé hasta qué punto eran sensaciones reales o simples fantasías de mi juventud. En cualquier caso ya no es así.

También recuerdo que cuando llegaba el verano y las televisiones mostraban imágenes de incendios forestales varios, lo pasaba realmente mal. Los paisajes carbonizados, las llamas consumiendo la vegetación y la inevitable acción del ser humano cubriendo de cemento el terreno, hacía que lo pasara realmente mal. Era como arder yo mismo. Como ver abrirse en mi una herida que quizás ya no sanaría jamás. ¿He dicho antes que ya no es así?

Esta última semana a raíz de la alarma generada por los incendios incontrolados de la Amazonia, las redes sociales, televisiones y noticiarios varios se han hecho eco (tímidamente, por supuesto ya que ahora lo que vende es camuflar el racismo y la insolidaridad de patriotismo y ciudadanía) y a pesar de que es un tema que sigue preocupándome, me ha resultado tremendamente difícil empatizar con ese yo del pasado que seguro se habría revuelto de dolor. Y me pregunto qué me ha pasado ya que no comprendo si al madurar me he endurecido frente a las tormentas emocionales de la existencia o simplemente he priorizado mis problemas y preocupaciones personales ante aquello que queda más lejos de mi persona y mi círculo familiar. ¿Acaso no afecta la desaparición de la Amazonia a mis hijas? Por supuesto. Pero ni así consigo encontrar al yo de antes.

Supongo que el inmovilismo de los demás, ese que tanto me enervaba hace veinte años es ahora el mio. Supongo que el integrarse en esta sociedad económica en la que vivimos implica salir de esa otra sociedad natural de la que formábamos parte hace muy pocas generaciones. Supongo que aunque lo intenté en su momento, ahora no soy mejor que cualquier otro. Y a pesar de ello no puedo dejar de pensar.

No puedo dejar de pensar en lo complicado que debe ser el tener consciencia del paso de los años y la proximidad de la muerte, de saber que nacemos para morir, inevitablemente, y que da igual lo que hagamos porque terminaremos bajo tierra de un modo u otro. No puedo dejar de pensar en el dolor que causa el empatizar, la frustración del altruismo, la amargura de la solidaridad… Cualquier esfuerzo para cambiar la corriente del río de un sistema que premia a los cobardes y castiga a los osados. Y no puedo dejar de pensar en qué tipo de persona me he convertido y en que pensaría mi yo del pasado, ahora convertido en un simple recuerdo, si me viese aquí, escribiendo mientras el mundo agoniza en silencio.

Y es que a veces las cosas pierden el sentido. Nos consolamos realizando pequeños actos insignifcantes de bondad que ocultan nuestros infames egoísmos para mantenernos al margen de lo verdaderamente importante, para cubrirnos con un manto que nos proteja del dolor de ver, oír y sentir. Nos creemos buenos ciudadanos, buenos seres humanos y creemos que dar ejemplo con pequeñas acciones nos salvará de la quema, figurada y literal, que nos espera. Nos convencemos de que somos los salvadores del mundo al tirar una botella de plástico en el contenedor amarillo o al plantar un geranio en una maceta del balcón mientras ignoramos la huella irreparable que casamos con otros cientos de acciones automáticas que forman parte de nuestras rutinas. Como si todavía pudiésemos salvarnos. Como si este abismo al que nos hemos arrojado tuviese un fondo cubierto de plumas y algodones cuando sólo nos esperan las duras rocas, las llamas y las cuchillas afiladas. Y sólo nos queda el consuelo de que al caer, caeremos todos juntos, como si el infierno fuese mejor así.

domingo, 8 de septiembre de 2019

De dípteros y vueltas de vacaciones



Septiembre otra vez. Toca volver a las rutinas, a las rutas camioniles, a encontrarme con las mismas caras de siempre pero más viejas y gorditas y toca, en definitiva, volver a estar en el lugar que a uno le ha sido asignado por el cruelmente imparcial destino. Y no es una sensación desagradable, lo reconozco.  En cierto modo me reconforta tener las cosas bajo control, apuntar los días en la agenda, escribir los discos del tacógrafo y el ronronear del motor… Supongo que muy a mi pesar y después de tantos años, este ha terminado siendo mi lugar.

Saludo a la capa de polvo sobre el salpicadero (todos los años en vacaciones me propongo hacer limpieza pero al final me da pereza), a las botellas de agua que quedan ahí detrás y ya nunca me atrevo a beber, a esa manzana que olvidé y que ahora presenta un aspecto raro y empiezo mi marcha. Es una mañana nublada, algo lluviosa pero como en esta zona las nubes son algo puramente efímero y decorativo, pronto brilla el sol con fuerza, con la rábia del fin de verano. Me deslumbra y mientras conduzco busco con la mano el estuche donde guardo mis gafas de sol.
Para mi vida normal de persona mundana utilizo unas gafas de las baratas, para proteger mis dañados ojos de la radiación solar; pero para el camión tengo otras, más baratas aún, ya que siempre acabo aplastándolas , rayándolas, destruyéndolas o desintegrándolas. Y es al abrir el estuche hermético cuando sucede el suceso propiamente redundante que voy a relatar en esta entrada.

Abro el estuche decía, uno de esos herméticos y duros como caparazón de archelón y del interior, además de las propias gafas aparece una mosca que sale volando como una flecha negra y zumbante. Pasa junto a mi cara, hace algunas giragonzas en el aire y empieza un frenético vuelo alrededor de mi cabeza. Una mosca que llevaba quince días encerrada en esa funda que yo mismo cerré sin darme cuenta de la presencia del díptero y que ahora, como no, buscaría venganza.

Y es que las moscas viven un promedio de un mes, por lo que mi periodo vacacional había supuesto la mitad de su vida útil y que había tenido que pasar en completa oscuridad, sin sonido alguno ni sitio en el que volar, sobreviviendo seguramente succionando la mierdecilla de las patillas de las gafas y ahora que por fin era libre podía ver en sus ojos compuestos el fuego de la ira.

Yo sigo conduciendo porque no puedo hacer otra cosa y el insecto aprovecha para tratar de hacerme perder el control del camión. Se posa en mis codos, mi cuello, junto a los ojos y en la comisura de los labios; todo zonas altamente sensibles y molestas. Yo trato en vano de golpearla con una mano mientras con la otra controlo el volante, pero no logro darle. Me siento como King Kong subido en la torre esa dando manotazos a los aviones, solo que con más pelo y sin la chica esa pequeñita.
Se acerca una zona de curvas y sé que no podré mantenerme en la carretera con la misma facilidad, así que opto por abrir las ventanillas, acelerar y esperar a que la misma corriente de aire le dificulte el vuelo o incluso la expulse de la cabina, pero la mosca es lista y se agarra a mi oreja izquierda con fuerzas. Debo ahuyentarla con la otra mano pero conducir con la derecha me cuesta, no por zurdo si no por un tema de coordinación psicomotriz y las cosas se ponen difíciles. Oigo el zumbido de la mosca en mi oído y me parece entender un “Bzzzz a moriiirzzz”. Las curvas se acercan y no tengo otro remedio que apostar lo todo a una última carta. Y entra retrospectiva.

Siempre he sido una persona con pocos talentos. Esto es así. En el cole habían niños buenos con matemáticas, otros con educación física y otros con aptitudes artísticas, pero yo no. Yo era un mierder en todo y así de mal me iba, hasta que descubrí mi talento innato: yo podía mover las orejas a voluntad. Era capaz, por algún motivo que solo dios sabe, de controlar mis músculos auriculares, por lo general atrofiados e inútiles, y mover con cierta notoriedad las orejas. Puede sonar triste pero esa era mi única baza para llegar a ser alguien en la vida y comencé a explotar ese superpoder en cualquier ámbito posible. Movía las orejas para escuchar mejor, para divertir a mis amigos, para ligar (nunca lo conseguí, pero lo intentaba), para comunicarme en silencio e incluso traté de volar como Dumbo, aunque nunca fui capaz de elevarme más de un par de palmos del suelo. Por supuesto con el uso mis músculos se desarrollaron bastante y el movimiento orejero se convirtió en algo tan natural para mi como respirar o hacer caca. Y volvamos al relato de la mosca.

La tenía en la oreja, decía. Se acercaban curvas, decía. Y no me veía capaz de mantener el control del camión por mucho más, decía también. Así que a la desesperada y viendo que mi tiempo está llegando a su fin, urdo un plan maestro. Acelero en lugar de frenar, me lanzó hacia la curva sin ningún tipo de control y justo antes de llegar al punto crítico sacudo mis orejas con fuerza, haciendo que la desprevenida insecta se suelte y doy un volantazo a la vez que con un golpe de hombro la arrojó por la ventanilla. La mosca trata de alcanzarme pero no lo logra y veo por el retrovisor como se queda atrás, volando furiosamente y apuntándome amenazadoramente con sus patas. Parece que me he librado y sigo conduciendo hacia mi destino. Y como no, hago una reflexión final.

¿Qué pasará ahora? ¿Habré dejado atrás para siempre al díptero vengativo o volveremos a encontrarnos? Las moscas viven poco pero suelen tener muchos hijos, que antes de que termine el verano y se mueran todos podrían llegar a cientos. ¿Les inculcará el odio hacia mi persona? ¿Tendré que lidiar desde este momento con hordas de moscas hambrientas de venganza? Seguramente no, pero… ¿Y si sí? Os diría que lo pensarais, pero sinceramente, creo que este blog ya no lo lee nadie y si sigo escribiendo, es solo por rutina y aburrimiento. Buenas noches testiculines.

jueves, 29 de agosto de 2019

Disfrutar del camino.

El otro día le oí decir a alguien que las cosas hay que hacerlas para obtener satisfacción con el camino a andar y no por el objetivo a alcanzar. No sé si en otros tiempos me habría tomado muy en serio esa frase a priori tan carente de ambición, pero por algún motivo, seguramente la edad que he alcanzado casi sin darme cuenta, me hizo reflexionar y aunque no lo creáis, me tranquilizó.

Llevo muchos años corriendo, es la verdad; este blog es el ejemplo. Desde que comencé a escribir me marqué el objetivo de llegar a algún lugar y cuando abrí mi primer blog (hace ya la friolera de diez años) escribí con la idea de abrirme un hueco en la comunidad primero rolera, luego lectora en general y finalmente ahora con mis libros, en el mundo editorial. Supongo que me equivoqué desde el principio.

Cuando cerró Google+, la que para mi ha sido la red social por exceléncia, quedé huérfano de lectores. Aunque algunos seguís aquí, pasando de vez en cuando e incluso comentando algunas entradas (y por ello tenéis mi agradecimiento y respeto absolutos), el grueso de visitas se redujo hasta la mínima expresión. En ese momento me di cuenta de la importancia de formar parte de una comunidad virtual (las de verdad no suelen abarcar a tanta gente) y reconozco que el desánimo se apoderó de mi. Sigo escribiendo, es cierto, pero ya no camino por la calle buscando situaciones que poder tergiversar y transformar en divertidas entradas anecdóticas. Ahora simplemente camino, observo y pienso en mis cosas. Sin más.

Lo mismo pasa con los libros. Me di un batacazo con "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp" al tratar de meterme en círculos profesionales de literatura; me cerraron muchas puertas en la cara negándose a depositar mis libros en librerías, a realizar presentaciones en bibliotecas y lugares privados donde habitualmente las hacen. Solían ponerme como excusa que no aceptaban libros autoeditados, aunque no tenían problema en aceptar obras selladas por Círculo Rojo o Létrame entre otras empresas de servicios edtoriales, es decir autoedición. Me llevé un chasco, las ventas no alcanzaron los mínimos esperados y tuve que cambiar mi forma de hacer las cosas para siguientes publicaciones, pero ahora estoy en paz. Disfruto del camino sin preocuparme por saber donde me lleva.

¿Y a qué viene todo este rollo? Pues a que escribo menos, al menos de forma pública aquí en el blog. A que me he dado cuenta de que para que te lean no importa tanto qué escribes si no como te promocionas. Y que si no tienes diez mil seguidores en alguna red social (algo a lo que no le quito mérito, cuidado), resulta muy difícil existir a nivel artístico. Pero me resisto a venderme en ese sentido ni en cualquier otro.

Quizás me veáis menos por aquí. Quizás se actualice el blog tan poco que al final ni os molestéis en pasaros a leer, como hago yo con tantos otros, no os culpo, pero aquí o allí, en algún sitio estaré y cuando penséis en mi recordad, estaré disfrutando del camino.

miércoles, 14 de agosto de 2019

De músculos poderosos y chancletas mojadas


El verano oculta horrores, como las playas, las piscinas comunitarias, las ensaladillas amarillentas o los magnums a cuatro euros. Algunos de ellos llegan a ser demasiado terribles para ser nombrados por las personas normales, que muchas veces regresan de sus vacaciones forzando una sonrisa y ocultando con un “pues no te creas, ya tenía hasta ganas de volver a las rutinas” experiencias más allá de cualquier comprensión. Y yo, a pesar de no ser una persona normal también me veo obligado a luchar contra bestias recurrentes que acechan durante todo el año para dejarse ver en estos meses estivales y llenar de pavor mi alma. ¿Qué de qué voy a hablar hoy con tanta introducción? Pues de un tema recurrente en este blog como son los parques acuáticos.
Toca todos los años. El mismo día exactamente para hacerlo más tenso si cabe. Subir en el coche a familia, toallas, manguitos y una neverita con agua fresca, hielo y bocadillos para no morir de inanición para pasar un agradable día a remojo y bajando por toboganes que dan vértigo y causan heridas de forma aleatoria. Pero eso no es lo peor. Lo peor es verse rodeado de gente semidesnuda que a veces te tocan en las colas. Lo peor es nadar en aguas repletas de pelos ajenos que se te meten en la boca. Lo peor es encontrarse con otros padres cachas y darse cuenta de que a su lado eres un despojo humano y que el dinero gastado en el gimnasio a veces resulta una buena inversión. Por suerte, a veces a esos padres cachas les pasan cosas malas y ello nos puede llenar de regocijo y aliviar nuestro dolor. Y justo a esta anécdota es donde quería llegar desde el principio.
Un padre cachas junto a mi, de esos con músculos tatuados, piel uniformemente morena (no sólo de brazos y cabeza como yo, que me quito la camiseta y parece que lleve otra de color blanco debajo) y unos movimientos seguros, de tipo que va sobrado en la vida. No le sobra un gramo de grasa ni le falta uno de fibra. Sonrisa blanca, pelazo tieso para arriba… Un imán de miradas femeninas, de mujeres que sueñan con ver salirse a sus maridos del tobogán en una curva, enviudar y rehacer sus vidas junto a ese protomacho. Reconozco que me siento inferior. En los parques acuáticos no sirve de nada el intelecto ni el conocimiento; da igual ser poeta, actor o el mejor pintor de la histórica contemporánea del arte. Allí nadie supera al cachitas de turno y ese lo está petando… Hasta que comete un error.
El cachas decide pasar de la cola donde yo me hallo para incorporarse a la de otra atracción que al parecer es más rápida. El camino para la otra cola implica caminar un ratito, salvar un desnivel y luego seguir adelante, pero él. Oh él. Él decide atajar el camino saltando directamente una altura de un metro y ahorrarse el caminar. Y he ahí su error. No dudo que para ese tipo, un salto descendente de un metro no supondría ningún problema en condiciones normales, pero esas no lo eran. Por lo visto no había contado con que las chanclas mojadas no iban a suponer un buen punto de apoyo y al saltar el pie derecho le resbala nada más tocar el suelo haciendo que se le escurra por dentro de la chancla, hasta tal punto que al pie le sigue la pierna entera y a ésta, la totalidad del cuerpo. Imaginad a un tipo de noventa quilos pasando por el aro de plástico de una chancleta ante la mirada horrorizada de decenas de bañistas que seguramente ya estarían horrorizados de antes. Horror sobre horror.
El pobre tipo salió completamente desollado por el otro lado, como uno de esos conejos que se exhiben en los escaparates de las carnicerías y supongo que sería por una cuestión de honor que siguió caminando como si nada mientras decía “estoy bien, estoy bien, no me he hecho daño” a pesar de estar dejándolo todo perdido de sangre y vísceras. Y luego se meterá en el agua… Si es que es lo que yo digo siempre.