jueves, 1 de diciembre de 2016

Regalos de mierda (16 de 284)



Suena el timbre y el niño deja sobre la mesita el mando de la super famicom y comienza a caminar entre cajas de pizza, envases de lasaña precocinada y latas de refresco esparcidas por el suelo. Ya hace una semana que la madre no está en casa y su ausencia empieza a ser ligeramente perceptible. Al abrir la puerta se encuentra frente a un hombre alto, vestido de negro y con gafas de sol; su rostro impasible no posee ningún rasgo distintivo, por lo que sería fácilmente olvidable a los pocos minutos de encontrarse con él.

-No, aquí no hemos visto ningún ovni. –le dice en tono claramente jocoso.
-¿Sabes cuantas veces me han hecho esta broma? –responde él sin inmutarse.
-Lo siento, señor… -se disculpa el niño.
-Traigo un regalo de tu madre. Dice que volverá pronto. 

Entonces el hombre misterioso le da un paquete al niño y cuando éste desvía la vista un segundo para admirar el grácil vuelo de una mosca (insecto que no escasea precisamente en la casa debido a las claras evidencias de insalubridad), el señor de negro ya no está. Una persona normal se habría asomado a la puerta y habría mirado a ambos lados sorprendido, pero el niño ya estaba más que acostumbrado a las cosas raras, por lo que cerró la puerta y comenzó a abrir el paquete.
En esos momentos el padre se asoma a la escalera que sube del garaje; lleva barba de varios días y viste unas chancletas con calcetines blancos hasta las rodillas, calzoncillos cedidos y una camisa blanca con rodales amarillos en las axilas.

-¿Quién era? –pregunta.
-Un tipo que traía un paquete de mamá. –responde el niño.
-¿Y cómo sabes que es de su parte?

-Lo es.














 Atención: Proximamente  "La catedral de los santísimos fojones": Un relato protagonizado por La Madre. No os lo perdáis.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Y al final me han hecho la peli





Muchas veces me pasa que estoy hablando con algún amigo y éste de pronto me interrumpe diciéndome “Oh, estoy teniendo un deja-vu” como si fuese algo extraordinario cuando en realidad es lo más normal del mundo estando a mi lado. La causa de tal fenómeno no es mi poderosa aura energéticamente potenciada por la alineación inusual de mis chacras psicomagnéticos, sino el hecho de que me repito tanto cuando hablo, que uno acaba creyendo que ese momento ya lo ha vivido con anterioridad. Pues bien queridos lectores, debo advertiros que la siguiente entrada no es más que un extracto del discurso de presentación de mi libro, así que si fuiste uno de los afortunados en asistir al evento, puede que te dé la sensación de “esto ya lo ha oído antes” así que no te alarmes, no le pasa nada a tu cerebro; es el mío el que no está bien. Pero aunque normalmente no lo hago de forma consciente, esta vez hago una excepción porque el tema es serio y quiero que el mundo se entere. Vamos allá.

Como ya habréis visto si estáis un poco al día en cine y próximos estrenos, el día 30 de diciembre (si no me equivoco) se estrenará en España “Passengers”, una película escrita por un tal John Spaihts, dirigida por otro tal Morten Tyldum y protagonizada por otros tales cuales Jennifer Lawrence y Chris Pratt. El argumento base de la película es el siguiente: Una nave espacial sale de la tierra en dirección a un nuevo planeta que colonizar; para lograr tal hazaña todos los tripulantes son congelados como palitos Pescanova para no envejecer hasta la muerte durante el largo viaje, pero una de las capsulas congeladoras falla… y uno de los tripulantes se queda atrapado en la nave, viendo como el tiempo pasa y haciéndose la idea de que morirá antes de que sus compañeros despierten. Pero para colmo va y se enamora de una chica, que sigue congelada, claro, y su tormento se hace mayor aún. ¿La despertará para al menos no pasar solo el resto de su vida, o la respetará en su  sueño y aceptará la soledad como única compañera? Pues bien… Hasta aquí la idea básica de esta película y también la de uno de mis relatos del libro, titulado “De amor y vacío”. A partir de este punto las historias divergen, ya que mientras que mi relato habla sobre la soledad del protagonista que dedica su tiempo a observar a su amada a través del cristal y escribe para alejar la locura, en la película, como es Hollywood, él la despierta para trincársela y tener así una historia de amor. Pero lo cierto es que las similitudes del argumento y la proximidad en el tiempo de libro y película conforman una casualidad bastante notable. ¿Casualidad he dicho?

Yo no me enteré del tema hasta que mi amigo Mr.E, experto en cine y crítico musical federado, me mandó un wasap diciéndome “Tío, te han copiado un relato. Metete en google y busca Passengers” Así lo hice y me encontré con lo que os he contado más arriba, momento en el que hice pública la casualidad (básicamente para que luego no me dijeran que el copión había sido yo) y no tardaron en aparecer mensajes de “Lol xd, menuda coincidencia” etc… Pero uno de ellos resultó cuanto menos poco tranquilizador. Un amigo mío cuyo nombre mantendré en secreto y muy aficionado al tema conspiraciones y espías en la red me puso alerta. Según él, en el momento en que nos instalamos el Windows en el ordenador ya estamos instalando sin saberlo un programa espía de la CIA y el FBI para controlar todos nuestros movimientos. A partir de ahí, esos espías infiltrados pueden hacerse con nuestras cosas, como por ejemplo relatos escritos en un Word y venderlos a la poderosa pero carente de ideas originales industria de Hollywood, pudiendo plagiar cosas con total impunidad.

Y cuidado, que no voy a negar tal teoría, pero me parece muy improbable, debido básicamente a que yo tengo un sistema de seguridad en mi ordenador que lo hace literalmente inexpugnable a espías de una forma mucho más efectiva que los antivirus y faierualls que vosotros utilizáis. Y os lo voy a contar. Porque soy así de buena persona. Y es que si os fijáis en vuestros propios ordenadores os daréis cuenta de que la distribución de iconos y carpetas en el escritorio y parte superficial del disco duro es similar. Lo primero que tendréis es un fondo de pantalla relacionado con algo que os mole (una mountain bike chula, un gatito gracioso…) y un salvapantallas similar (cuadros de Monette, imágenes de Dragonball…) y luego las típicas carpetas de Mis Documentos, Mis Videos, Mis Fotos, Mi Música… Y del mismo modo, todos TODOS tenéis en lo más profundo de la menor partición de vuestro disco duro una carpetita oculta que pone “X” en la que guardáis el porno. No lo neguéis, que estamos en confianza.

Y es que el porno es una de esas cosas que va llegando, con un mail por aquí, un enlace por allí, una foto en el wasap, una broma en el face… Y luego da pena borrarlo porque otra cosa no, pero currárselo se lo curran. Y sudan lo suyo. Y ese esfuerzo no puede acabar en la papelera de reciclaje.

Pues bien. Yo en mi ordenador tengo otra distribución. Yo tengo un fondo de pantalla porno, un salvapantallas porno, las carpetas de Mis Documentos Porno, Mis Videos Porno, Mis Fotos Porno, MI Música Porno… Y en el fondo de la más oscura partición de mi disco duro una carpetita oculta con una única “X” como nombre en la que guardo celosamente mis poesías, mis cuentos y todo aquello que me avergüenza que salga a la luz. Es por ello que si el famoso espía de Hollywood entrara en mi ordenador esperaría encontrar cualquier cosa excepto un guion de cine.

Y éste es el motivo que me lleva a estar tranquilo respecto al plagio. No creo que nadie espíe mi ordenador (al menos no en busca de literatura) y además, siendo éste un relato escrito a principios de 2016, nunca presentado a ningún concurso ni habiendo sido público hasta septiembre de este mismo año y con la película a punto de estrenarse, dan muy poco tiempo para terminar con todo el proceso que lleva una gran producción cinematográfica.

Mi única intención con esta entrada era la de advertir que el relato era antes que la película porque si el año que viene alguien me viene con eso de “Jijiji, he leído tu libro y te has copiado descaradamente de una peli.”, le voy a romper la cara y luego que no me venga con que no avisé. 
Avisados estáis. 
Éstos son los susodichos

jueves, 10 de noviembre de 2016

Vamos, que esto se acaba.





Por fin ha llegado El Día. La criatura primigenia de las profundidades ha despertado  y ha emergido para llevar el mundo a la locura y la desesperación… O eso parece por lo que comenta la gente como loca en las redes sociales. Donald Trump ha ganado las elecciones del país más poderoso del mundo y eso solo puede significar que es el fin de nuestra civilización tal y como la entendemos. Pero aunque entiendo el miedo… ¿Es realmente tan raro que haya ganado? ¿Está justificada tanta incomprensión y manos alzadas al cielo exigiendo un porqué? Desde mi humilde opinión de persona que no tiene demasiada idea de política ni de casi ninguna otra cosa, no.

Ahora voy a ponerme serio y a explicaros todo esto tal como yo lo veo. Para mí la victoria de Trump guarda un claro paralelismo con la de Rajoy en España, no por las campañas de ambos candidatos ni por las promesas electorales sino por los perfiles de sus votantes. En primer lugar tenemos al obrero oprimido por su jefe, al que fríen a impuestos y le recortan los derechos laborales como collares de oro en barrio gitano. ¿Por qué esa persona vota a Rajoy? Pues está muy claro. Rajoy es un tipo bastante feo, notablemente idiota, que apenas sabe hablar y que ha demostrado muchas veces que no es capaz ni de entender lo que lee. Pero Rajoy también es un tío que gana una pasta sin dar golpe, que tiene una mujer diez años más joven que él y que si la caga en el trabajo… no pasa  nada, incluso le aplauden. Rajoy es por lo tanto, el sueño de todo obrero oprimido y como héroe al que parecerse, la persona que se lleva ese voto. Del mismo modo, Pablo Iglesias lo tiene jodido para gobernar algún día porque no para de hablar de esfuerzo, de cambio, de hacer cosas… Y la gente normal que está hecha polvo cuando llega a casa, se cansa solo de oírle.

Trump, por su parte, es un multimillonario amante de las armas abiertamente racista, machista, casado con una modelo chorrocientos años más joven y que no tiene problemas en soltar la primera barbaridad que se le pasa por la cabeza, cosa que no podemos negar, es muy americana. ¿Y qué pasa con el famoso voto latino? ¿Ese suramericano que llegó a Estados Unidos en patera o cruzando el desierto y que ha tenido que malvivir para encontrar un trabajo medianamente humano y hacerse con una chabola donde vivir? Pues precisamente, lo que ahora quiere una vez alcanzado ese anhelado sueño americano, es hacerse rico, comprarse un revolver y defender su nueva nación de inmigrantes que vienen a quitarle el trabajo, aunque sean sus propios hermanos.

Y es que los humanos no somos seres solitarios e individuales, con metas elevadas y objetivos heroicos. Somos más bien como las ovejas de un rebaño que empujan a las demás por el barranco para tener más pastos para ellas y que obedecen al perro que más ladra mientras sueñan con ser perros algún día, para poder ladrar a sus congéneres y ver como caen por los barrancos. Y aquí Trump ha sido el perro que más fuerte ha ladrado y todas las ovejas se han metido en el corral. Ahora veremos si solo las esquilan o si al final las sacrifican.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un breve incidente automovilistico



Hoy iba conduciendo tranquilamente mi flamante descapotable rojo, pagado al contado con el dinero de la venta de mis libros, cuando atisbé por el rabillo del ojo a una de esas chicas que suelen vestir con menos tela de la que se permitiría en la España de la transición y al girarme a observarla con más detenimiento perdí el control del vehículo, estrellándome contra una antigua torre de vigilancia mozárabe, claramente identificable por su forma cilíndrica y pórtico alto y estrecho.

Al salir del montón de chatarra humeante en que se había convertido mi nuevo medio de transporte, me fijé bien y vi que la chica no era más que una bolsa de plástico enganchada a una farola. Pero qué farola. Y cómo le sentaba la bolsa.

Y una imágen que no ilustra nada.

miércoles, 26 de octubre de 2016

De nervios y presentaciones.





A veces a uno le pasan cosas, y otras veces se las busca. Y a veces incluso le pasan cosas porque se las ha buscado pero como sin querer. Y fue en esta coyuntura extraña donde me encontré este fin de semana, sentado en una mesa ante una abundante audiencia, micrófono en mano y con una tenue luz iluminando mi careto. Pero vamos a hacer memoria, que estoy empezando por el final.

Como ya sabréis, queridos lectores del blog, hace cosa de un mes y medio publiqué mi primer libro, llamado “Textos de mediocridad e hiperrealismo” impulsado por alguna fuerza interna que me pedía algo de individualismo en medio de una vida en la que no hacía más que recibir órdenes y llevarme collejas y bofetadas. No fue un proceso fácil, ya que por mi falta de tiempo y recursos logísticos, tuve que trabajar sólo frente al ordenador y encargarme no solo de seleccionar los relatos, poesías y demás que formarían el libro sino de revisarlos, corregiros, maquetarlos, buscar una imprenta (online, claro) y cruzar todos los dedos de mi cuerpo esperando a que todo esto no resultara en una enorme pérdida de tiempo, esfuerzo y dinero. Pero no. La cosa salió bastante bien.

El libro se publicó, la gente se lo descargó en este mismo blog, algunos compraron su edición física y comencé a recibir críticas de toda índole con una notable inclinación hacia lo positivo. Y como ya se sabe que cuando a uno le alaban se vuelve un poco idiota, en un arranque de confianza decidí plantarme en mi pueblo natal (el otro), mover algunos contactos del mundo literario y organizar una presentación de esas de verdad, como los escritores de verdad que escriben libros de verdad. Y aunque técnicamente todo eso sería perfectamente aplicable en mí, no tardé en arrepentirme de haber tomado tan precipitada decisión.

No era la falta de confianza en mi libro. De hecho, eso era lo que me había llevado allí. El problema era la falta de confianza sobre mi propia persona. Yo, un tipo tímido que tartamudea a la mínima y que se queda paralizado cuando le miran más de dos personas a la vez, me había embarcado en algo que, aunque no iba a ser gran cosa para los posibles asistentes, superaba en mucho cualquiera de mis expectativas de consecución. De pronto me sentía como un pingüino que tuviese que cruzar el desierto (o como un chacal en el polo sur, que viene a ser lo mismo) y con la cosa ya anunciada como estaba, no parecía haber marcha atrás.

Y llegó el día. Os diría que esa noche no dormí pero sería irrelevante ya que llevaba como veinte noches sin pegar ojo. La gente me mandaba mensajes diciéndome que nos veríamos allí creyendo que así me animaban cuando en realidad me estaban hundiendo aún más en el barro negro y maloliente de mi desesperación. Había llegado mi fin, y además sería en público. Y seguro que alguien lo grabaría en video y lo subiría al yutube en plan “Gilipollas se muere en la presentación de su propio libro”.
Pero antes de seguir debo decir que estaba bien acompañado. La encargada de hacer mi presentación (la de mi persona) y leer algunos de los relatos del libro era Clara Salvadó, ex librera y una de las mayores personalidades en el tema literatura de la zona; mientras que el lugar elegido era el Llar, un bar/ sala de exposiciones dedicado a la cultura en general tal como conciertos, presentaciones, talleres, cursos… con un patio acogedor y un ambiente distendido a más no poder. Además del público entre el que contaba con viejos amigos, familiares… El único problema allí era yo, que me sentía tan inestable como un reactor nuclear ruso.


Entonces la cosa comenzó. Las luces se apagaron, Clara me hizo una presentación realmente emotiva y la gente escuchaba en silencio. Leyó una de las poesías, “Lugar” para ser más concretos, y me pasó el micrófono. Una gota de sudor resbaló por mi sien, esquivó mi oreja y llegó hasta la barbilla, donde decidió independizarse de mí y se arrojó sobre mi pantalón, falleciendo en el acto. Pero entonces pasó algo mágico. O al menos extraño. Fuera por el influjo del micrófono, que vuelve un poco artistas a las personas o porque mis nervios habían alcanzado tal punto de tensión que se quedaron en estasis, las palabras comenzaron a fluir de mi boca y fui capaz de pronunciar mi discurso de memoria y sin titubear. La gente reía y aplaudía, lloraba y saltaba en sus sillas y por un momento llegué a pensar que ya me había desmayado, golpeado con el canto de la mesa y que lo estaba soñando todo de camino al hospital. Pero no. Lo estaba haciendo bien. 


Finalmente Clara leyó uno de los relatos, llamado “De silencio y tiempo”, el cual arrancó algunas risas y exclamaciones por igual entre los oyentes, cosa que me llenó de orgullo (y satisfacción) hasta que pasé a la parte de publicidad, expliqué una última anécdota graciosa y todavía no había dicho adiós cuando me vi sorprendido por una avalancha de  gentes que venían a que les firmara el ejemplar que acababan de comprar. Y cuando digo avalancha lo digo desde el punto de vista de alguien que está sentado y se enfrenta, boli en mano, a una cola de gente que se pierde más allá del campo de visión. 

El resultado final de toda esta experiencia: Muchos libros vendidos (todos los que había llevado, de hecho), la alegría de haberme visto capaz de superar mi miedo escénico, aunque fuera con ayuda, las ganas de seguir escribiendo y como no, la sensación de que sí me desmayé golpeándome la cabeza y sigo en un hospital, debatiéndome entre la vida y la muerte con una sonrisa rara del que está soñando algo bonito.
La cola de fans, claramente dominada por el género femenino, como es natural.