lunes, 22 de agosto de 2016

Vacaciones (y tal)




Sé que llevo mucho tiempo sin pasarme por aquí; o puede que no mucho, pero sí más de lo habitual. Y ahora toca disculparme porque es agosto y me he ido de vacaciones y he dejado esto abandonado y a todos vosotros, dos o tres lectores, para disfrutar de un tiempo libre que no es más que un espejismo de lo que la vida debería ser. Y ahora toca volver a la rutina, bendita rutina de despertadores antes de la salida del sol, de almuerzos con prisas, camión, comidas sin masticar, relojes que nunca marcan la hora deseada y cuando lo hacen te das cuenta de que no la deseabas y más camión, humo y polvo hasta que ya no queda sol y cuando uno llega a casa no sabe si ha sido una victoria o una derrota. Pero qué más da si todos los días van a ser iguales…

Y como no, después de una semana de asueto, vengo cargado de historias e ideas, de situaciones mediocres que mi mente sumida en la hiperrealidad transforma en gestas únicas. Y podría escribir sobre cómo me olvidé el cortaúñas en casa y me crecieron tanto las uñas que vencí a un oso en combate singular y ahora en algunos sitios se me conoce como “El lobezno de Beceite”, o sobre restaurantes donde te sirven gambas peladas sin pedirlas y cuando sacan la cuenta el aire se vuelve tan gélido como el de una tumba escandinava; o también sobre bandadas de murciélagos sordos enredándose en mis rizos hiperdefinidos por el aire húmedo del mar, lesbianas-porno, surferos voladores, bucles dimensionales en caminos de montaña u otras muchas cosas acaecidas. Pero no. No lo voy a hacer.

No tengo ganas de escribir, no por apatía o abandono de algo que me gustaba, sino por falta de motivación. Y es que las vacaciones te relajan, aun siendo padre, y la relajación es el gran enemigo de la creatividad.  Leí hace poco en un blog enemigo que el gran aliado del escritor es la soledad; pero yo estoy convencido que es el sufrimiento; el querer romper los barrotes de la jaula, desplegar las alas y saltar, a pesar de la certeza de que eso nunca va a suceder. Decía una de las frases del famoso lema del libro “1984” de George Orwell (que por cierto, aproveché para leérmelo estas vacaciones) que “La libertad es la esclavitud” y yo, como buen escritor masoquista, necesito que me azoten un buen rato antes de sentir el impulso de la rebeldía que me sienta frente a la pantalla. Y hoy, no me duelen apenas las heridas.

Pero volveré, lo prometo, y este mes de septiembre además de las secciones habituales del blog, las tonterías y las fotos que algún día me llevarán a la cárcel, tengo una sorpresa chula que espero que no quede en una simple anécdota. 


Así comencé las vacaciones...
... así he acabado

jueves, 4 de agosto de 2016

Agua (paternidad 44)





Que no me gusta el agua es un hecho irrebatible en mi vida. Cualquiera que me conozca un poco lo podrá afirmar y apostarlo todo a que no me verán metido en una playa o piscina. Pero cuidado que esto no significa que tenga miedo al agua o ésta me repugne en modo alguno; me ducho con cierta regularidad, bebo agua casi con exclusividad y no niego su importancia como base de toda vida sobre la tierra. Pero es precisamente ahí donde nos equivocamos los humanos, ya que si sabemos que nuestra especie evolucionó a partir de un pez que decidió salir del agua… ¿No podemos respetar su decisión? Es decir que el hecho de que hayan pasado miles de millones de años no justifica que nos sintamos atraídos por el agua como polillas hacia la luz. Me parece una cuestión de respeto hacia nuestros antepasados más que una decisión personal. Pero claro, a veces uno tiene que tragarse su orgullo y sus principios porque ha tenido hijos y éstos quieren ir a un parque acuático. Y hasta aquí mi justificación. Pasemos al parque.

Un parque acuático es como una sala de tortura medieval pero muy grande, con toboganes que escupen gente, niños chillando y chiringuitos con bolsas de patatas a cinco euros. Es como cruzar un portal dimensional a otro mundo donde todo resbala y pincha. Es como morir y despertar en un infierno húmedo y caluroso lleno de culos y pies. Y allí estaba yo, con unos calzoncillos de tela extraña, paseando de la mano de la niña. Y fue allí donde descubrí con el mayor horror que el cerebro humano puede albergar, que debido a la edad/ estatura de mi hija, era obligatorio que se tirara acompañada por un adulto. Y ese adulto… era yo.

Empezamos con los toboganes de tubo; una especie de rampa semicircular que desciende dando vueltas y facilita golpearse en todas las partes del cuerpo por igual, para al final arrojarte a una piscina como si fueras una res muerta. Pero el problema no eran los golpes ni lo absurdo del acto en sí, sino la cantidad de agua que tragué por todos los agujeros de mi cuerpo. Agua… Por decir algo, ya que allí había más materia orgánica que otra cosa. Puedo jurar que vi a adolescentes con la espalda llena de granos en la parte de arriba, llegar abajo con la espalda fina y tersa como la de un bebé por el efecto lijado del tobogán. ¿Y dónde había ido a parar tanto grano? Al agua. Y esa agua ahora estaba en mi boca. Granos de adolescente en mi boca. Terrible.

La segunda elección de la pequeña, después de un par de descensos por los tubos, fueron las pistas blandas, o algo así, y que consistían en hacer una cola de media hora para que te dejaran caer a una velocidad inhumana por un tobogán recto y con una inclinación indecente hasta una piscina que, debido a la velocidad de descenso, te golpea como un martillo blandido a dos manos por un herrero demente. Y allí descubrí la angustiosa sensación de estar dentro del agua y no saber dónde está el arriba y el abajo y pensar que ese momento es el último de la vida. En el primer salto fui capaz de ponerme de pie de una forma medianamente digna, pero en el segundo, tras ver pasar mi vida por delante de mis ojos (en la próxima vida me pido ser un mapache), logré salir escupiendo “agua” y con los mocos hasta el ombligo ante la divertida mirada de gentes de toda índole.

Y en ese punto pensaba que ya todo había terminado para mí (en todos los sentidos), pero la peque todavía me tenía guardada una última sorpresa: Los rulos. No sé si se llaman así, pero lo que ella llamaba “los rulos” era otro de esos descensos giratorios pero esta vez montado sobre un flotador gigante. La cosa parecía bastante más inofensiva, y de hecho lo era, pero antes había que superar una cola de mil millones de horas. Y fue en esa cola donde la vi. En un remanso a medio trayecto del descenso, para evitar aglomeraciones de gente, habían colocado a una chica en bikini (claro, no iba a estar en el agua con un mono de mecánico) que brillaba con luz propia. “No, si al final habrá valido la pena venir” pensé muy equivocado, ya que no tardé en deducir por mí mismo que: 1ª. La chica estaría sobresaturada de padres salidos que intentan hacerse los graciosos con ella. Y 2ª. Nunca, nunca jamás de la vida podremos causarle buena impresión a una chica  que lo primero que ve de nosotros son nuestros pies acercándose a su cara a toda velocidad. Fue por ello que decidí callarme la boca, no decirle ni mu, y seguro que ella me lo agradeció.

Y así terminó mi hazaña; con el dulce sabor de la derrota; con el estómago lleno de agua pura y cristalina y un codo despellejado. Pero también con la satisfacción indescriptible de haber hecho feliz a mi hija sin preocuparme por mi salud y bienestar. No como mi mujer que se pasó toda la tarde en la sombra con la bebé, comiendo patatuelas y sin mojarse el pelo.

sábado, 30 de julio de 2016

De blogs y calores



Siempre me pasa por estas fechas. Serán las inminentes “vacaciones” el calor o simplemente alguna alineación astronómica anual, pero me encuentro falto de creatividad (suponiendo que este blog haya sido creativo alguna vez) y me cuesta sentarme y escribir algo coherente (suponiendo que…), por lo que incumplo mis plazos de publicación de entradas y esto se queda un poco abandonado. Y precisamente de esto quería hablar: Los blogs abandonados.

Hace unos días leí una entrada en un blog viejuno, en la que hablaba de todos aquellos blogs que desaparecieron. No voy a desarrollarlo mucho, pero básicamente decía que la edad dorada de la blogosfera estuvo entre 2005 y 2010, en cuyo momento se crearon cienes de miles de blogs que al poco fueron abandonados para pasarse a otras plataformas como twitter, facebook, youtube etc… Este dato me hizo comprender por qué encuentro blogs por ahí con cuatro entradas y cientos de seguidores mientras que yo llevo más de cinco años pataleando y la cosa no acaba de arrancar. Y es que esto es lo de siempre. Yo siempre llego tarde a todas partes.

Soy el típico que llega cuando la fiesta ya decae; el que se anima a levantarse y bailar cuando solo quedan tres segundos de canción; el que pide otra botella de agua cuando ya todos se levantan de la mesa. Soy ese desfasado que se compra gafas de pasta cuando ya no están de moda, pide una horchata en octubre y le sirven el solaje marrón, y el que se abrocha el cinturón cuando ya le ha parado la guardia civil y le denuncian por gilipollas.

O eso… o es que simplemente hace mucho calor. Un calor abrasador que no le deja a uno moverse ni pensar. Calor que derrite las ideas y las ganas. Un calor… que te torras.

Claro. Te torras y tienes que beber mucho.

viernes, 22 de julio de 2016

La saga de El Padre (Parte 2 y epílogo)





El Motorista Ninja, más conocido por su identidad secreta como El Padre, entró en el edificio de los Taxistas Malvados sobre su Harley, lanzando shurikens a diestro y siniestro (eso es con ambas manos), ya que conocía la técnica ninja para controlar su moto con la mente. Y ahora, antes de que tanta información os desmoralice y os lleve a leer otros blogs mejores, que los hay , vaya si los hay, voy a hacer un pequeño resumen del cómo empezó todo esto.

Hace muchos, muchos años, cuando El Padre todavía era El Soltero Sin Hijos, viajó con un amigo suyo a Japón; pues en aquella época estaban muy de moda los destinos exóticos. Y allí, en un viaje guiado al monte Fuji, se separaron del grupo persiguiendo una mariposa y acabaron en una pequeña aldea oculta que resultó ser la última aldea ninja que quedaba en Japón. Por la proeza de haberla encontrado, el líder del pueblo se ofreció a entrenarlos, y allí permanecieron durante años, hasta que decidieron regresar. Pero cuando volvieron a su país descubrieron que la excursión del monte Fuji había desaparecido sepultada por un alud, y ellos habían sido dados por muertos. Y así, aprovechando tales circunstancias, decidieron adoptar nuevas identidades para poder utilizar sus habilidades ninja en su beneficio. El Soltero Sin Hijos se hizo motorista, mientras que su amigo se metió a taxista. Y ahí empezaron los problemas gordos.

Mientras que Soltero Sin Hijos formó una familia y solo utilizó sus habilidades para hacer el bien, el taxista se dejó seducir por el lado oscuro del taxismo, convirtiéndose en el líder indiscutible del gremio de Taxistas Malvados de la ciudad. Desde entonces, desde su edificio del mal, se dedica a entrenar a sus discípulos taxistas en el arte de poner mala cara a los clientes, devolverles mal el cambio y buscar siempre la ruta más larga a cualquier lugar; todo ello mientras luchaba incansablemente contra su ahora archienemigo Motorista Ninja.

¿Y qué pasó? Pues que cuando El Padre (alias Motorista Ninja) descubrió que el que hasta ahora creía que era su hijo, era en realidad hijo de un taxista… le dio mala espina y se fue en busca de respuestas… y venganza.

Y es por ello que ahora subía las escaleras del edificio de pie sobre la moto y rebanando taxistas malvados con una espada en una mano y lanzando estrellas envenenadas de cuatro en cuatro con la otra. Hablar de sangría, matanza, carnicería o, como les gusta en estados unidos “carnaval de la carne” sería quedarse corto, pero dar detalles podría resultar desagradable, así que concluyamos en que finalmente el Motorista Ninja llegó al último piso y derribó la doble puerta de teca (la reina de las maderas, dicen) y se plantó frente a una mesa larga con un sillón de esos grandes cuyo ocupante observaba la ciudad a través de una enorme cristalera, dando la espalda a nuestro héroe.
-Así que… Finalmente te has decidido a venir a por mí. –dijo tranquilamente la voz grave del Taxista Malvado.
-Así es. Es hora de acabar con esto. –contestó el Motorista Ninja quitándose la capucha que le cubría el rostro.
-Has descubierto lo de… Tu mujer. ¿No es así?
Y entonces el Taxista se giró y miró a los ojos al Motorista. Sus ojos eran fríos y había una mueca burlona en sus labios. Se levantó y se desabrochó la camisa. Era grande y fuerte, más que el Motorista, aunque ya se sabe que luego estas cosas engañan.
-Te tiraste a mi mujer y me encasquetaste al crio… -comenzó a decir el motorista mientras sus músculos se tensaban con la furia y algunos objetos pequeños a su alrededor comenzaban a levitar con la energía desatada. -…llevo media vida aguantando las histerias de esa loca y las tonterías del crio… -la sala comenzó a vibrar y los cristales a resquebrajarse. -¡No sabes las cosas que podría haber hecho! ¡Todas esas pelis de dibujos que me he tragado! ¡Los viajes al Ikea! ¡Las mudanzas y las barbacoas y las ferias y todas esas mierdas de estar casado y con hijos! Ha llegado tu hora, bastardo.

Y la energía contenida por el Motorista estalló, sumiendo en el caos toda la habitación, pero el Taxista estaba listo y contraatacó. Comenzó un combate épico con muchas volteretas, puños atravesando muebles (de teca) y paredes (también de teca, allí todo era de teca), armas entrechocando con destellos de chispas y otras muestras de poder sobrenatural muy pirotécnicas y difíciles siquiera de imaginar por nosotros, humanos mundanos. Pero cómo no, al final el bien siempre vence, y el Malvado taxista dio con sus huesos en el duro suelo (de teca), o lo que quedaba de él, ya que medio edificio había quedado destruido.
-Ha llegado tu final. –le dijo el motorista acercándose a él, lentamente.
-Eres un idiota. –le respondió el derrotado. –Has estado equivocado todo este tiempo.
-¿Equivocado? Habla o sentirás toda mi furia.
-Ese niño sí es tuyo. –comenzó a explicarle el taxista. –Estaba buscando una forma de joderte la vida y decidí que lo mejor era que fueses padre. Porque tú no querías… ¿Cierto?
-Veo que tienes ojos y oídos en todas partes. Sigue.
-Envié a un agente especial a tu casa una noche. Te hizo una punción escrotal y te extrajo esperma. Después lo congelamos y esperamos al día en que tu mujer cogiera uno de nuestros taxis malvados. La narcotizamos y procedimos a inseminarla con tu propio esperma. Todo habría salido bien de no ser porque despertó antes de tiempo y al ver al taxista ahí metido, pensó que se había dejado seducir por él.
El Motorista Ninja escuchaba perplejo la explicación de su rival.
-Si amigo. Tu mujer es muy rara. –Le dijo el Taxista al ver su cara. –La cuestión es que el plan había salido aún mejor de lo esperado. No solo ibas a ser padre sin quererlo, sino que tu mujer estaba convencida de que el niño era de otro. Era cuestión de tiempo que la falsa verdad saliera a la luz y desencadenara nuestro combate final.
-O sea que… -comenzó a decir el Motorista. -…mi hijo es mío y mi mujer no me ha sido infiel.
-Bueno. Yo no estaría tan seguro de lo segundo. Dicen por ahí que es bastante pu…
-Mi hijo es mío y mi mujer no me ha sido infiel. –volvió a repetir el Motorista sin escuchar a su derrotado rival y subiéndose de nuevo en su moto. –Pero una última cosa. Dime… ¿Realmente ha merecido la pena urdir un plan tan absurdo solo porque pensabas que tener un hijo empeoraría mi vida?
-Pensé que te quitaría tiempo de entrenar y te volverías fofo y apático.
-Pues no ha sido así. Y quiero que sepas… Que tener hijos es una experiencia vital que bla bla bla, realización personal bla bla, y hasta que no eres padre no sabes bla bla…
Y una vez terminado su discurso de tópicos, dio gas a fondo y saltó por la ventana de teca en una caída libre de quince pisos hasta la calle, rebotó en el toldo de un vendedor de fruta y cogió la avenida en dirección a casa. La noche estaba terminando, pero sus aventuras no habían hecho más que empezar.
Fundido en negro y vamos al epílogo.

Epílogo:
El Padre y su hijo estaban sentados en la terraza, con los pies colgando en el inmenso vacío de la calle. El niño estaba un poco asustado porque no sabía a qué se debía esa inesperada e inusual cita con su padre.
-Mira hijo mío; sé que nunca hemos hablado así, de hombre a hombre, pero hay una cosa que quiero decirte.
-Claro papá.
-Yo nunca te lo he dicho, pero quiero que sepas que te qui…
Pero en ese momento apareció la madre con su habitual cara de felicidad y un paquetito envuelto con un lacito entre las manos. “Te he traído un regalo, hijo mío.” Y le dio la caja al niño. Cuando se hubo marchado, el niño la tiró al vacío sin haberla abierto.
-Quizás no estaba tan mal. Igual esta vez había acertado. –le dijo el padre.
El niño le miró muy serio y se encogió de hombros. Ambos rieron hasta que salió el sol. Porque era de noche. Todo el rato ha sido de noche en este relato. Debería haberlo dicho al principio.

miércoles, 20 de julio de 2016



Me gustaría ser un pájaro para poder vestir plumas todo el año,
no tener que preocuparme por dientes carcomidos,
y poder cantar sin desafinar.

Me gustaría ser un pájaro para no tener que mirar relojes,
desprenderme de falsas necesidades,
y olvidar todo lo prescindible.

Para poder volar sobre el mundo,
reírme de aquellos que se mueven arrastrando los pies,
cagarme en banderas, símbolos y estatuas,
y emprender una huida sin perseguidores.

Me gustaría ser un pájaro para volar en círculos sobre ti,
depositar una pluma sobre tu cabello,
y regalarte una canción.

Para ponerme a prueba alzando el vuelo,
subiendo más allá del cielo,
y dejarme caer sin mover las alas.

Y que en la noche me veas caer,
desintegrándome ante tus ojos,
y me confundas con una estrella fugaz.