martes, 4 de diciembre de 2018

De prisas y polvorones


Me acerco discretamente a la cajera después de vagabundear por el supermercado durante un rato vergonzosamente largo.
-Disculpe caballera… -le digo.
-¿Si? -responde ella mirándose las uñas, decoradas con un bonito aunque inservible color rojo.
-Perdone que le moleste pero llevo varias decenas de minutos buscando los polvorones y no los encuentro por ninguna parte.
-¿Polvorones? -repite sonriendo.
-SI. Polvorones. Eso que va envuelto en un papelito y que se deshace…
-A buenas horas -dice fijándose en algo que está sucediendo en la punta de su zapato izquierdo.
-¿No quedan?
-No.
-¿Y cuando van a reponer?
-Ya el año que viene, si eso.
-¿Me está diciendo que a día cuatro de noviembre con dos semanas de margen hasta navidades no quedan polvorones..?
-Ni turrón -me interrumpe con placer.
-¿Ni polvornoes ni turrón y que ya no se van a reponer?
-Exacto -dice ella mirándome por primera vez a los ojos. -¿En que puto mundo vives tu? ¿O qué?
-¿Como? -pregunto dando un paso atrás azorado por la frialdad de sus ojos.
-Mira chaval, vivimos en una sociedad globalizada de consumo globalizado. Aquí el que más corre vuela y la producción de dulces navideños comienza en septiembre y en octubre ya está todo servido y el que como tu haya sido lento, se queda sin. Y ya está. Y punto.
-Ya, pero faltan dos semanas para navidad y…
-¡Ni navidad ni pollas secas! La navidad ya es agua pasada, ahora hay que pensar en semana santa que es la proxima fecha señalada. ¿Quieres torrijas? Acaban de traernos doscientos palés.
-¿Torrijas en diciembre? Eso es antinatural.
-Tu gilipolez si que es antinatural. Luego no me vengas en marzo buscando torrijas porque no van a haber.
-Bueno, vale, venga, ponme unas torrijas y me voy.
-No quedan.
-¿Como?
-¡Que no quedan, puto pánfilo, que pareces Jon Nieve con esta cara de atontao!
-Señorita, no sé quien es ese señor pero me parece que las confianzas aquí se están excediendo. ¿No le acababan de llegar doscientos palés de torrijas? ¿Qué ha pasado con ellos?
-Que la gente compra más y habla menos que tu.
-¿Y entonces qué hago yo si me apetece algo dulce y no hay ni polvorones ni tirrón ni torrijas? ¿Como sacio yo mi necesidad de azúcares?
La cajera me mira otra vez y una sonrisa maligna se dibuja en sus labios.

Cuando salgo a la calle todo el mundo me mira. Les debe parecer raro ver a alguien caminando en medio del frio, con los mocos como estalactitas y comiéndose un polo. Pero me da igual. Me he lllevado cuatro cajas de calipos no sea cosa que llegue el verano y me pille desprevenido.

..

Ya solo nos queda el horizonte.
Nuestro único punto en común, inmenso pero lejano, a veces antojandose inalcanzable y otras tan cercano.
El vértigo de asomarse al abismo, a pesar de la solidez del suelo bajo nuestros pies.
La sensación de no haber aire, aunque el vacío espacial quede tan lejos.

Ya solo nos queda el horizonte.
Un amanecer eterno que algunas veces se nos antoja atardecer, en este día tan largo que jamás termina.
La añoranza de la oscuridad que todo lo envuelve.
La calidez de un abrazo en medio del frio.

Ya solo nos queda el horizonte.
Aunque algunas veces no tengamos ganas ni de caminar, sabemos que siempre estará ahí, observando.
Aunque perdamos la fe.
Aunque esto termine.

lunes, 19 de noviembre de 2018

El pastorcito y la ovejita (un futuro clasico de los cuentos infantiles)


Dicen que había una vez un pastorcillo que cuidaba del rebaño que sus padres le dejaron en herencia después de partir a costas lejanas, claro eufemismo a la muerte prematura. Ese pastorcillo a pesar de su juventud era trabajador y voluntarioso y todos los días conducía a su rebaño largas distancias en busca de pastos verdes con que alimentarlo. Y entre todo su rebaño estaba Bolita, una oveja joven y cariñosa con la que le gustaba pasar el tiempo mientras las otras hacían cosas de oveja.

Pero el verano fue seco y los pastos no abundaban así que el pastorcillo se veía obligado a mover su rebaño cada vez más lejos hasta que llegó al Cerro de los Arroyos, una pequeña montaña cubierta de hierba gracias a la abundante humedad de la zona. Allí las ovejas podrían comer cuanto quisieran y garantizar así la supervivencia del rebaño, pero el pastorcillo no había calculado (o quizás ni lo sabía) que en ese cerro se escondía un cazador furtivo que no vio con buenos ojos que de pronto un rebaño de ovejas penetrara en su santuario de la caza ilegal. 
Su procedimiento era sencillo: Se ocultaba en la alta hierba y esperaba a que los animales acudieran al cerro a beber, momento en el que les disparaba, se hacía con las piezas interesantes y las vendía a obesos coleccionistas de trofeos ajenos. Era un negocio lucrativo y sencillo, pero que no admitía intrusiones de rebaños.

“Pastorcillo deberás marcharte de mi cerro, pues aquí no se aceptan intrusiones de rebaños, como habrás podido leer hace un momento” dijo el cazador, escopeta en mano.
“Este no es tu cerro cazador” respondió el pastorcillo envalentonado “y además necesitamos el pasto para garantizar la supervivencia del rebaño, como también habrás leído un poco más arriba”.
“Marchate o serás tu quien no sobrevivirá, pequeño insolente” respondió el cazador apuntando al pastorcillo “tengo algunos clientes que me darían una buena suma por una cabeza de pastor en su museo”.

Pero el pastorcillo no se amilanó, siguió terco como solo los pastores saben hacer y el cazador perdió la paciencia, apretando el gatillo. Una bala fue expulsada por el cañón de su rifle y surcó el aire con precisión hacia el pecho del muchacho. Pero en el último instante Bolita, que había estado presenciando la escena de muy cerca saltó e interceptó la bala que iba dirigida a su cuidador.
El estruendo del disparo asustó al resto del rebaño que regresó al redil echando chispas y en el lugar del crimen solo quedó el cazador y el pastor que se agachaba con lágrimas en los ojos sobre su querida ovejita, que le miraba con ojos cristalinos por la pronta muerte mientras su lana se teñía de rojo.
“Espero que esto te haya servido de lección, muchacho” dijo el cazador alejándose.

No había tiempo para acudir al veterinario, ni siquiera de regresar a su casa para intentar extraer la bala con las pinzas del baño, así que el pastorcillo agarró a su ovejita agonizante y comenzó a correr hacia el único lugar cercano donde podía encontrar algo de ayuda: La cabaña del Viejo Doc.
Muchos años atrás se instaló en un valle cercano un señor que vivía aislado en una cabaña de madera. No se relacionaba con nadie y de su casa de madera a veces surgían sonidos extraños, chispazos y fogonazos que iluminaban la noche. Nadie se acercaba a él y él no se acercaba a nadie, con lo que todas las partes parecían satisfechas, pero ese día el pastorcillo iba a romper esa armoniosa regla no escrita. Llamó a la puerta y apareció un señor alto, de ojos hundidos y cabellera blanca, ataviado con un mono blanco y unas gruesas gafas de cristal oscuro en la frente. “Necesito ayuda, mi ovejita está muy malherida por un disparo del cazador furtivo” le dijo el pastorcillo a lo que el hombre respondió “qué te hace pensar que yo puedo ayudarte” y el jovencito terminó la conversación con un “la gente le llama Viejo Doc y siempre había pensado que era usted médico”. Viejo Doc se lo pensó un instante e hizo pasar al pastorcillo y a su maltrecha oveja al interior de la casa, dejando al primero en el salón y encerrándose en el sotano con el animal. Al cabo de varias largas horas en las que no dejaban de oírse zumbidos, blips y cracks, la puerta se abrió de nuevo y la ovejita estaba totalmente recuperada. El pastorcillo se deshizo en agradecimientos y Viejo Doc se limitó a sonreirle mientras le soltaba una retahíla de frases científicas que el joven pastor apenas logró retener en su cabeza.

Los meses pasaron y las lluvias no llegaban. Sin poder llevar a su rebaño al Cerro de los Arroyos pronto todas las ovejas morirían de hambre y sed, así que el pastorcillo decidió conducir allí su rebaño pensando que con un poco de suerte el furtivo no seguiría allí. Se equivocaba. Una vez más el cazador salió a su encuentro diciendo eso de “te advertí que no volvieras por aquí” y una vez más le apuntó con su arma, disparó y Bolita, fiel a sus instintos de protección, se interpuso en el camino de la bala. Pero algo cambió respecto a la escena anteriormente descrita. En este caso la bala rebotó en la oveja y cayó al suelo convertida en un inofensivo fragmento de plomo caliente. “Lana de kevlar 29” fue una de las frases que había pronunciado Doc. La oveja aterrizó incólume ante la mirada asombrada del cazador, pero éste apuntó de nuevo y disparó otra bala, con iguales resultados. Entonces las patas de Bolita se introdujeron en su cuerpo y en las oquedades aparecieron cuatro reactores que la elevaron en el aire y la lanzaron contra el furtivo a una velocidad supersonica. “Retropropulsores positrónicos” sonó la voz de Doc en la cabeza del pastorcillo. El furtivo abandonó su arma y corrió cerro arriba en busca de refugio pero Bolita ya le había alcanzado y de su boca surgió un cañon que arrojó una llamarada de plasma ardiente sobre el infortunado cazador, que no pudo hacer otra cosa que arrojarse al agua y quitarse la ropa en llamas. “Blaster de fusión”. Finalmente la ovejita se elevó ante la asombrada mirada del pastorcillo (y también del cazador aunque este estaba más ocupado en apagar las partes incendiadas de su cuerpo) y se elevó en vertical unos cien metros, momento en el cual de su culito de oveja surgieron tres bolitas “plup, plup, plup” que parecían olivas negras pero no lo eran. Eran… ¡El arma de destrucción DE-FI-NI-TI-VA! Y cuando alcanzaron el suelo detonaron en tres explosiones casi simultáneas que volaron por los aires el cerro, vaporizaron al cazador y convirtieron toda el área en un crater humeante que se iba rellenando lentamente de agua para dar lugar al posteriormente conocido como Lago de los Arroyos, zona protegida y refugio animal en los veranos más áridos. En algún lugar no muy lejos de allí el Viejo Doc oyó las explosiones y repitió “microbombas de neutrinos” con una sonrisa en su boca.

Desde ese momento el pastorcillo y Bolita estuvieron más unidos que nunca y en su tiempo libre recorrían las colinas y valles en busca de malvados a los que aleccionar con fuego y muerte.
Y colorín colorado… este cuento quizás no haya acabado.

sábado, 3 de noviembre de 2018

De cambios de hora e invasiones.




Llego a casa después de un largo y agotador día. Me consuelo pensando que a pesar de todo he terminado pronto y voy a tener tiempo de hacer cosas de provecho no remuneradas como escribir, leer o entretenerme con algún tipo de divertimento lúdico alternativo. Mientras busco la llave de la puerta entre el manojo que contiene mi nuevo llavero de las tortugas ninja, aparece mi vecino con su extraña sonrisa. Parece que va a decirme algo. Me pongo nervioso y trato de hacerme con la llave correcta para entrar y evitar el contacto verbal pero no lo logro y me saluda. Estoy perdido. Lo último que deseo para rematar el día es una conversación insulsa con un señor insulso. Pero ya es inevitable.

-Buenas tardes –me dice.
-Buenas.
-Que –pronuncia con un tono que está entre la pregunta y la indiferencia.
-Brpsss –le respondo a ver si se larga.
-Hay que ver… ¿Eh? –Continúa hablando como si nada-. Las seis de la tarde y ya es casi de noche.

Miro al cielo fingiendo estar sorprendido pero no tengo ganas de teatros y me sale mal la actuación. Ya tengo la llave en la mano y podría abrir y dejarle con la palabra en la boca, pero lo absurdo de su comentario me obliga a responderle.

-Sí. Ya de noche casi. A las seis. Como pasa todos los años cuando cambian la hora. ¿No?
-Todos los años… -parece dudar un momento. –Ya, claro. Pero nos pilla así por sorpresa y claro… Es un fenómeno curioso.

Y entonces le miro con detenimiento. Tendrá cincuenta años, si no más, lo cual significa que teniendo en cuenta que cambian la hora dos veces al año, habrá vivido ese “fenómeno” por lo menos cien veces. ¿Cómo es posible que siga llamándole la atención y lo utilice para una conversación? Mi primer pensamiento es que el pobre hombre es idiota, pero luego lo analizo bien y tal vez no sea eso. ¿Y si tiene algún tipo de amnesia y no recuerda los cambios horarios? ¿Y si ha estado viviendo en una cueva hasta hace unos meses? ¿Y si su familia le oculta el tema del cambio horario para que no se agobie y el pobre señor no sabe nada? ¿Pero y si…? ¿Y si resulta que es un extraterrestre que ha suplantado una identidad humana hace poco y por eso desconoce el “fenómeno”?
Y es precisamente esta última teoría la que echa raíces en mi celevro, expulsa a todas las demás y me obliga a buscar una explicación. Aunque no tengo ya dudas. Los de History Channel tenían razón; están entre nosotros y quieren estudiarnos, violarnos analmente y luego sustituirnos por autómatas sin voluntad que trabajen para ellos sin rechistar. Como hacen los políticos.
Así que cojo aire, me agarro a la idea de que (una vez más) he sido elegido para salvar a la Tierra y urdo un plan maestro para desenmascararle y advertir a la humanidad antes de que sea demasiado tarde.

-¿Quieres pasar y nos tomamos unas cervezas mientras vemos el fútbol? Hoy es el clásico –le digo sonriendo y consciente de que ni tengo cervezas, ni en mi tele se ve el fútbol ni tengo demasiado claro de qué es eso del clásico. 

El alien  me sigue con su expresión alegre pero inalterable, yo le abro la puerta invitándole a pasar y cuando entra en el comedor le arreo un sillazo en el cogote. El extraterrestre cae desplomado. Mucha tecnología y mucha polla pero físicamente son unos flojos. Entonces me agacho a su lado y busco las costuras de su máscara pero no las encuentro. Le doy la vuelta, le examino bien y no hay manera. Empiezo a agobiarme. Un hilillo de sangre brota de su oreja. Roja. Los extraterrestres la tienen verde, eso  lo sabe todo el mundo. ¿Y si no lo fuera en realidad? ¿Y si solo era idiota como pensé al principio?
Lo arrastro hasta la puerta de su casa, toco el timbre y salgo corriendo. Desde la ventana veo como su mujer baja a abrir y al encontrarle en el suelo le grita “Mira que eres tonto ya te has vuelto a tropezar abriendo la puerta” y le mete en casa barriéndolo con la escoba. Parece que me he salvado por esta vez. Pero definitivamente debería ver menos el Canal Historia; porque eso ni es educativo, ni es historia ni es nada.

..


Siempre estaré.
Cuando caiga la última hoja y el hielo cubra el suelo, con los nuevos brotes y el rocío sobre las flores, estaré.
Aunque no me veas estaré en cada momento y en cada rincón, cuando cierres lo ojos y pienses en mi, o si el viento te trae un sonido distinto al habitual, estaré.
Siempre estaré.
Cuando pasen los años, todo lo que conocemos se marchite, y el tiempo borre todas mis huellas, estaré.
Y si mi imagen languidece, se borran mis facciones y el recuerdo de mi voz se vuelve solo un tenue susurro, recuerda que seguiré ahí.
Seguiré estando aún cuando nada quede, en cada respiración, cada mota de polvo, cada partícula de ceniza, allí estaré cuando la oscuridad y el silencio engullan la existencia para siempre.
Siempre estaré. Siempre estarás.

sábado, 20 de octubre de 2018

De filosofías y destinos

Once y media de la noche. Debería estar ya acostado pero me he entretenido viendo Gran hermano Vip y… estooo… leyendo a Nietsche quería decir, cuando alguien llama a la puerta. Me extraño. Llaman de la forma tradicional a pesar de que mi casa es una de esas modernas que incorporan un pulsador sonoro, también llamado timbre, pero al mismo tiempo me parece romántico que alguien quiera mantener esa antigua tradición de usar sus nudillos. Me levanto, me pongo los pantalones (porque aunque es mi casa y puedo ir como me de la gana, hay que mantener cierto decoro con los que vienen de fuera) y voy a abrir.
En el otro lado de la puerta me encuentro con una figura alta, cubierta con una capa negra con capucha que le llega hasta los pies y que en sus manos esqueléticas sostiene una guadaña y un reloj de arena. Entonces me mira con sus ojos vacíos y profundos como pozos y de su boca descarnada surge una voz cavernosa y antigua como el mismo tiempo.

-BUENAS NOCHES CAPDEMUT. TE TRAIGO UNA NOTICIA BUENA Y OTRA MALA. LA MALA ES QUE ESTÁS EN MI LISTA Y ESTA NOCHE DEBERÁS ACOMPAÑARME EN TU ÚTIMO VIAJE. LA BUENA ES QUE ESTO DE MORIR ESTÁ MUY SOBREVALORADO. YA VERÁS COMO NO ES PARA TANTO.
Me dispongo a abrir la boca para decir algo pero ella se adelanta.
-PERO TEN MUCHO CUIDADO CON LO QUE DIGAS YA QUE DEBES TENER EN CUENTA QUE YO SOY ETERNA E IMPLACABLE. CONMIGO DE NADA SIRVEN LAS SÚPLICAS NI LOS SOBORNOS NI EL ENGAÑO. YO SOY Y SERÉ TAL COMO HE SIDO Y AQUÍ ESTARÉ HASTA EL FIN DE LOS TIEMPOS EN EL QUE ENVUELVA AL MUNDO ENTERO BAJO MI MANTO.
Levanto un dedo indicándole que quiero decir algo pero ella sigue con su discurso.
-Y NO CREAS QUE ESTO LO HAGO POR PLACER NI DIVERSIÓN, NI SIQUIERA POR DEVOCIÓN, SIMPLEMENTE ES MI TRABAJO Y NO EXISTE OTRA OPCIÓN.
-Muy bien rimado esto último -logro decir por fin.
-OH, GRACIAS. LO LLEVO MUY ENSAYADO -me dice con modestia -AHORA DAME LA MANO Y PARTAMOS HACIA EL REINO DE…
-No, es que creo que ha habido una confusión. Yo no soy Capdemut. Capdemut es el de la casa de al lado.
La muerte estira el cuello y mira hacia su izquierda.
-¿QUIEN? ¿ESE DE LA BANDERITA EN EL BALCÓN?
-Si.
-PUES… ¿QUE RARO NO? SI YO SOY IMPLACABLE Y ETERNA Y…
-Ya lo has dicho, pero no es culpa tuya. Paa mucho aquí en este barrio que todo son casas adosadas idénticas. El cartero siempre se confunde y acaba metido en la casa de la rubia esa de la esquina.
-ES QUE YA NO SE HACEN LAS CASAS COMO ANTES. AQUELLO SÍ QUE ERAN CASAs, CADA UNA CON SUS PARTICULARIDADES… ¿SABES QUÉ ME PASÓ EL OTRO DÍA?
-No pero me encantaría saberlo.
-ME QUEDÉ ENCERRADA EN UN ASCENSOR... EN EL QUINTO PISO.
-Uf… eso sí que da miedo.
-TOTAL. Y LO PEOR FUE QUE CUANDO VINO EL TÉCNICO A SACARME, YA A LAS TANTAS DE LA NOCHE, AL SALIR LE DI LA MANO EN AGRADECIMIENTO Y SE MURIÓ.
-No somos nadie.
-DESDE LUEGO.
-En fin… Si no necesita nada más yo vuelvo para adentro.
-AH NO, CLARO. DISCULPE LA CONFUSIÓN, SEÑOR…
-Filibustrausen Mackintosh Xopenhauer. Pero puede llamarme Filmax.
Entonces la muerte saca una lista escrita a mano sobre papiro y comprueba los nombres.
-ESTÁ DE SUERTE SEÑOR FILIBUSTRAUSEN, DE MOMENTO NO ESTÁ EN MI LISTA.
-Es bueno saber eso. Buenas noches.
-BUENAS NOCHES.

Y así vuelvo a mis quehaceres cotidianos. Abro el libro, oigo como alguien llama a la casa de al lado y acto seguido el sonido de alguien desplomandose en el suelo. Qué cosas pasan. Esto al final será como decía mi abuelo: Cada uno tiene su destino y le toca cuando le toca.

lunes, 8 de octubre de 2018

De extraterrestres y redes sociales



Cuatro de la madrugada. Un leve zumbido me despierta y no puedo volver a dormirme debido a la extraña luz que entra por la ventana. Me tapo la cabeza con la almohada pero ya es tarde. Me he desvelado. Perezosamente me levanto, introduzco los pies en las zapatillas de noche y los arrastro todavía somnoliento hasta la ventana. Afuera hay una nave espacial de esas con forma de platillo sostenida sobre un trípode y con la plataforma de entrada abierta. Tres extraterrestres altos y delgados vestidos de científicos descienden caminando hacia la acera. “Como vengan a tocarme el timbre y me despierten a las niñas les doy una patada que les mando a su planeta sin necesidad de nave espacial” pienso, pero no. Se dirigen a la casa de mi vecino.

Entran sin llamar y en unos minutos se oye al perro ladrar, un forcejeo y gritos varios que rápidamente son apagados. Al cabo de poco salen otra vez llevando al vecino inconsciente, suspendido en una especie de camilla gravitacional. Ha sido rápido. Apenas me ha dado tiempo de sacar el teléfono móvil y ver cuatro stories del instagram. 

Los extraterrestres suben de nuevo por la plataforma llevándose a mi vecino de rehén para vete tu a saber a qué terribles experimentos someterle, cuando me doy cuenta de algo: uno de los visitantes, el más alto, llevaba una especie de collar metálico alrededor del cuello y ahora ya no. Abro la ventana y me asomo. “¡Eh tu! ¡Si tu, el alto!” El extraterrestre me mira y mete su mano en el bolsillo, en busca de alguna pistola desintegradora sin duda, pero entonces le señalo su cuello y le indico que le falta algo con lo que saca la mano del bolsillo y se sacude una palmada en la frente a lo anuncio de “ahí va, mis donuts” y entra de nuevo en la casa corriendo; sale a los diez segundos colocándose el collar y me levanta un pulgar antes de entrar. Le saludo con la mano y veo como el ovni empieza a flotar, se eleva unos diez metros en el aire y desaparece a una velocidad superior a la de la luz (bueno igual superior no, pero desde mi punto de vista lo parecía) dejando tan solo una estela luminosa en el cielo nocturno.

El teléfono me notifica que facebook tiene un recuerdo para mi de hace ocho años. Quizás debería haber hecho alguna foto a tal singular escena en lugar de mirar las redes sociales. Y hay que ver qué melenón me gastaba por aquél entonces. Y que carita más fina. Los años no pasan en balde, desde luego.