lunes, 17 de febrero de 2020

Una alegre reflexión


Aunque os cueste creerlo, yo no he sido siempre la persona risueña y optimista que ahora conocéis. Hace ya algún tiempo en mi adolescencia tardía era un chaval bastante introvertido, sombrío y con cierta apatía hacia lo que viene a ser la vida misma. Recuerdo que en esos tiempos miraba mucho las estrellas, me hacía preguntas trascendentales y así entre tanto cosmos y metafísica comencé a perder el contacto con la realidad terrenal y acabé pensando que la vida en este mundo no tenía sentido alguno.
Fue entonces cuando tomé la decisión de morir.
Pero no me malinterpretéis pues yo no era el típico suicida en potencia que quiere hincharse a pastillas o tirarse por un puente. Yo no buscaba el suicidio ya que ninguna opción me parecía lo suficientemente limpia. No quería que me encontraran en una bañera llena de sangre, despanzurrado contra el suelo, hecho pedazos en las vías del tren o azul e hinchado enganchada en el cañizo de la orilla del río. Yo quería morirme de forma natural, por orden directa de mi consciencia soberana.

Lo que hacía era acostarme en mi cama todas las noches, relajarme, tomar consciencia de mi propio cuerpo y dar la orden desde el cerebro para que todo se detuviera. Nada violento ni forzado, simplemente buscaba la obediencia total de mi sistema orgánico y que parara su marcha absurda de una vez. Pero como ya habréis deducido, no lo logré.
Reconozco que con el tiempo y la práctica logré cosas asombrosas como reducir el ritmo cardíaco, la frecuencia de mi respiración y que quizás llegué a alcanzar un estado casi místico entre el sueño y la consciencia. Puede que no fuera el primero del mundo en descubrir esa fase, pero sí que lo logré solo y puede que en otro momento de mi vida hubiese explotado esa actividad para usarla a mi favor y yo que sé, eliminar mi estrés, lograr concentrarme para actividades futuras o convertirme en una especie de líder de secta iluminado, pero no; yo quería morirme y no lo conseguí. Y eso me hizo pensar.

Me di cuenta de que todo esto es una mentira. Nuestra consciencia no tiene ningún control sobre el cuerpo más allá que la función superficial de mover algunos músculos y tomar decisiones habitualmente irrelevantes. Me di cuenta de que los seres humanos no somos más que un puñado de células que se han agrupado para sobrevivir y no les importa el dictado de la voluntad de ese ser que conforman. “¿Morirme yo? Porque tú lo digas, colega”. Me di cuenta, por tercera vez ya, de que estamos atrapados en esta cárcel de carne, que se va estropeando lentamente (es lo que le pasa a la carne fuera de la nevera) y que a su vez estamos cautivos en este punto insignificante del universo y del tiempo, con una capacidad de maniobra mínima y por lo tanto ninguna posibilidad de llegar a ninguna parte. Somos zulos de nuestras consciencias, seres obligados a repetir una y otra vez actividades como comer, dormir o hacer caca para seguir vivos, por mucho que nos pese no ser capaces de llegar a otra parte.

Y no os creáis… Así nos va y no me extraña.

lunes, 10 de febrero de 2020

De reclusión y vuelta a la realidad (y reclusión otra vez)


Salgo a la calle después de dos meses metido en mi sótano escribiendo de forma frenética. El sol me deslumbra, los sonidos de la calle me aturden y el aire fresco sobrecargado de oxígeno me marea, pero por fin he terminado. Huelo mal, tengo la ropa interior pegada al cuerpo y sobretodo tengo muchísima hambre, así que emprendo mi tambaleante camino hacia la tiendecita del barrio donde tienen los mejores cruasáns rellenos de chocolate líquido de toda la zona. Pero no necesito caminar mucho para darme cuenta de que algo ha cambiado desde la última vez que pisé la calle.

Apenas hay nadie a pesar de las horas que son, hay coches volcados, suenan sirenas de policía, ambulancia y bomberos a lo lejos y columnas de humo se alzan desde distintos puntos de la hasta hace poco tranquila localidad. Es como si hubiera empezado una invasión zombi y yo sin duchar. Pero el hambre no me deja pensar demasiado, así que aprovecho que me cruzo con un conciudadano que pasaba corriendo y le agarro por el cuello de la camisa.
-¿Qué está pasando aquí, vecino?
-¿Es que no lo sabes? -me responde con cara de susto-. ¡Los comunistas han llegado!
-¿Los comunistas? ¿Qué comunistas? ¿Los que les patearon el culo a Hitler o los que torturaron a Rambo en ese colchón electrificado?
-¡Todos, todos los comunistas! Han pactado en el gobierno con etarras, venezolanos, independentistas y reptilianos para…
De pronto interrumpe su calmada explicación al ver algo detrás de mi, lanza un grito de terror y se escabulle de mi agarre, dejándome con su camiseta en la mano. No es de mi talla, así que descarto utilizarla y la deposito en el contenedor más cercano a la vez que me fijo en aquello que asustó al hombre y veo pasar a lo lejos a un chaval con rastas.

Sigo mi camino hacia la tienda y me veo obligado a dar un pequeño rodeo para esquivar un todoterreno que está cruzado en la acera empotrado a un árbol; dentro el conductor juega al Tetris 3D en el móvil.
-¿Necesita ayuda buen hombre? -le pregunto tratando de ser cortés, aunque dudo que pueda prestarle cualquier tipo de socorro.
-No, tranquilo, llevo quince días aquí y ya me he acostumbrado.
-Ah, me alegro. ¿Y a qué se debe este raro accidente?
-Ha sido Gloria -me responde tranquilo.
-¿Gloria? ¿Quien es Gloria? ¿Una especie de Hulka cabreada?
-No, Gloria, el temporal. Pasó por España y destruyó todo a su paso, Delta del Ebro incluido.
Vaya, la tierra que me vio nacer y crecer ha desaparecido… No me extraña teniendo en cuenta la pésima gestión hídrica que se ha hecho desde los distintos gobiernos con competencias en esa materia.
Dejo atrás al conductor y sigo mi camino.

Cuando llego a la tienda encuentro la entrada protegida con una barricada de sacos de arena y detrás de ella la dependienta, mujer amable hasta el día de hoy, me amenaza con un cuchillo de pan.
-¡Que no me quedan mascarillas hostia!
-¿Comor? -le pregunto imitando a Chiquito para parecer gracioso y que no me asesine.
-¡Que no hay, se agotaron hace días y no sé cuando me van a reponer!
-¿Y por qué iba yo a querer una mascarilla?
-Para el coronavirus, por supuesto.
-¿El coronavir… qué?
-El coronavirus es la epidemia de este milenio que diezmará la población hasta un 1% y volveremos a un estado tribal donde imperará la ley del más fuerte y desaparecerá todo rastro de civilización y tecnología.
-Pues al señor ese del Tetris 3D no le va a hacer ninguna gracia… En cualquier caso yo solo quería un cruasán relleno de chocolate líquido.
-No me quedan. Solo me quedan de chocolate solido, que no le gustan a nadie y todo el mundo se lleva los otros.
-¿Y si nadie quiere los sólidos porqué traes? ¿No sería mejor comprar solo líquidos para contentar a todo el mundo?
Entonces la dependienta me mira con severidad.
-¿Es que no piensas en los fabricantes de chocolate solido? ¿Que será de ellos si rechazamos sus productos? ¿Cuantas familias morirán de hambre por culpa de gente tan intransigente como tu?
La mujer me hace reflexionar, así que compro un cruasán de chocolate solido, lo vacío tirando su contenido a la basura, que por cierto ya se me acumula de mala manera, y lo relleno de nocilla que tenía en casa.
Como está el patio. Tendré que encerrarme otra vez a ver si las cosas se arreglan solas.

lunes, 3 de febrero de 2020

Un relato sin nombre, parte 10 y final.

Pues ya está, ahora sí. Este bello relato de ninjas y frágiles amistades ha llegado a su fin y con él quizás también mi carrera como escritor.
¿Qué será lo próximo?
No os lo podría decir.
Solo quiero que sepáis que os quiero a todos y cada uno de vosotros, queridos lectores.

Ah, y si quieres empezar a leer esto desde el principio, haz clic aquí.
10

Por un momento se hizo el silencio. Allí, en medio de la gran sala decorada al estilo oriental donde solo unos instantes antes la última ninja de un clan ya casi olvidado decidido a salvar el mundo y Onikage, el malvado líder de los ascendidos, animales iluminados con ínfulas de superioridad, se batían en duelo para hacerse con Kusaragi, un arma mítica capaz de decantar la balanza de uno u otro bando; se hallaba Roberto, un joven hastiado que ahora ostentaba todo el poder de un arma legendaria en su brazo izquierdo, convertido en una pinza gigante de cangrejo de rio.

El malvado hombre serpiente Onikage y la bella ninja, ahora envenenada e incapaz de seguir luchando Sandra, observaban al resucitado Roberto mientras éste contemplaba asombrado lo que hacía tan solo unos segundos era su brazo gangrenado y que le estaba matando. Ahora parecía en perfecto estado de salud, más fuerte y alto incluso, rodeado por un aura de energía mística celestial proporcionada por Kusanagi.

-¿Pero qué has hecho idiota? -Dijo Sandra desde el suelo-. Debías restablecer a Kusanagi a su forma de espada original u otra arma igualmente eficaz, pero… ¿Una pinza de cangrejo? ¿En qué estabas pensando?

-En una vez cuando era pequeño -comenzó a relatar Roberto-. Mi padre me llevó de paseo junto al río. Atravesamos un bosque de ribera precioso con el suelo acolchado de hojas húmedas de los árboles. Después llegamos a un rincón donde el río giraba en un meandro y dejaba una zona cubierta de arena blanca y fina donde nos sentamos a descansar. Mi padre me hablaba de plantas y peces y me explicaba historias de su niñez, cuando paseaba por esos mismos parajes con mi abuelo. Me sentía el niño más feliz y afortunado del mundo cuando vi algo acercándose a mi desde el agua. Era un pequeño cangrejito de color rojo que avanzaba con las pinzas en alto, como saludándome. Yo, en ese momento de bucólica inocencia pensé que nada de lo que habitara en ese lugar podría hacerme ningún daño así que acerqué mi tierna manita al animalillo y éste me respondió clavándome su pinza en el pellejito entre dos dedos. Creo que esa zona tiene un nombre, pero no me acuerdo. Es igual. La cuestión es que me dolió muchísimo, no solo por el dolor físico sino por como se destruyó mi idílico momento de paz junto a mi papá. Es por eso que ahora, el arma más terrible que ha venido a mi mente ha sido una pinza de cangrejo.

-¡Pero no nos cuentes tu vida, miserable humano subdesarrollado! -Rugió Onikage apretando sus cuchillos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos-. Has transformado un arma legendaria forjada sobre las nubes en el mismo palacio de jade en una miserable pinza de un cangrejo que te hizo daño cuando eras un crio idiota. Ahora voy a tener que arrancarte este nuevo brazo para recuperar la espada. ¡Prepárate a morir!

Y dicho esto el malvado Onikage se lanzó contra Roberto con sus cuchillos envenenados como si fueran los colmillos afilados de una serpiente de cascabel. Pero Roberto, que por mucha Kusaragi que tuviera, seguía siendo un cobarde incapaz de luchar, se hizo un ovillo en el suelo cubriéndose la cara con la pinza y los cuchillos se estrellaron contra el caparazón. El primero se rompió y el segundo saltó de la mano de Onikage al topar con la dura coraza de quitina. Roberto se levantó al comprobar que estaba ileso para ver como Onikage, más enfurecido todavía que antes comenzaba a transformarse en un ser de aspecto híbrido entre el humano y una serpiente. Su cabeza, hombros y brazos seguían siendo los de un robusto humanoide, pero de cintura para abajo su anatomía cambiaba para ser la de una enorme y gruesa serpiente sobre la que reptaba en movimientos rápidos y precisos.

La visión del monstruo era sin duda desmoralizante, pero por algún motivo Roberto no se amilanó. Miró su nueva pinza, le dio unos golpecitos como para comprobar su dureza y sonrió al monstruo.

-Ahora me toca a mi atacar. Vas a comprobar como puede arruinarte la vida un cangrejo de rio.

Onikage mostró su lengua bífida y se lanzó al ataque con un siseo terrible mientras Roberto corría hacia él con la pinza abierta por delante, casi dejándose llevar por ella. Chocaron como dos trenes circulando por la misma vía, de forma sonora y espectacular. Los dientes envenenados de Onikage buscaron el cuello de Roberto para inocularle una dosis mortal de veneno, pero la pinza se cerró alrededor de su hombro y le impidió llegar al contacto físico. Gritó de dolor mientras la tenaza se cerraba más y más crujiendo huesos y cortando músculos y tendones hasta que finalmente Roberto retorció su cuerpo y terminó seccionando el brazo del ascendido.

Un brazo derecho, el de escribir, señalar y tocar las notas agudas en el piano yacía en el suelo junto a un charco de sangre mientras que su sorprendido dueño Onikage se sujetaba el muñón de su hombro con la otra mano.

-¡Humano, como te atreves a herir a Onikage, el primero de los ascendidos, el destinado a liberar este mundo de humanos para instaurar un nuevo orden natural de…

-Cállate ya, hombre serpiente -le respondió Roberto con calma-. Yo no elegí nada de esto. Yo quería estar en mi casa con mi brazo normal de persona normal y ver la tele comiendo patatas fritas con sabor a jamón y lamentándome por la dulce rutina a mi alrededor, pero en cambio me he visto obligado a venir hasta aquí cruzando un desierto con un brazo agusanado para enfrentarme a un montón de gentes-cosa que me quieren matar, acompañado por una ninja que me quiere matar también porque pertenece a un clan que quiere matar a todo dios vete tú a saber porqué. ¿Pero sabes qué es lo que más me molesta de todo esto? -Onikage no respondió-. Lo que más me molesta, querido señor de los ascendidos destinado a instaurar un nuevo orden mundial… Es que en todo este tiempo no he oído las palabras “gracias” ni “por favor” ni un “bien hecho colega, no era fácil hacerse con esa pinza de cangrejo tan chula, te felicito”. Porque aquí sois todos unos desagradecidos y ya se me están hinchado las gónadas. ¡Y tu vas a pagar toda mi frustración social!

Un aura de crepitante energía mística rodeó a Roberto, haciendo que todos los muebles de la sala salieran despedidos y la pinza de pronto parecía más afilada, gruesa y cubierta de pinchos de aspecto peligroso. Sandra se arrastró hasta ponerse a cubierto y Onikage retrocedió hasta una de las paredes del fondo. Roberto gritó de rabia y se lanzó a la carga contra su rival. Tomó impulso y lanzó la pinza contra Onikage que de pronto desapareció y la tenaza golpeó el muro, abriendo un agujero que daba a la calle. A los pies de Roberto, una serpiente de tamaño normal estaba enroscada tratando de pasar desapercibida y al ver la vía de escape abierta saltó al exterior, huyendo en la oscuridad de la noche.

-¡Onikage, cobarde! -Gritó Sandra-. No le dejes escapar.

-¿Qué mas da? -Le respondió Roberto-. Ese tipo está acabado.

-Eres un idiota por partida doble, Roberto. Has mancillado la Kusanagi y encima has dejado escapar al líder de los ascendidos. Podríamos haber terminado esto aquí y ahora y en cambio…

-Cállate. Estamos vivos, que no es poco. Y tenemos la gusanagi, aunque la tenga yo y no tu. Podrías sonreír por una vez, digo yo.

Sandra no sonrió, pero sí se ruborizó ligeramente mientras se levantaba agarrada a la pinza que Roberto le ofrecía. Con dificultad volvieron a salir a la calle y se fundieron entre las sombras de la vegetación del parque aledaño. Una vez allí se sentaron en un banco y se relajaron mientras veían como el edificio ardía hasta los cimientos.

-¿Y ahora qué? -Preguntó Roberto.
-Supongo que volveremos a hablar con mi maestro. Él sabrá qué hacer a partir de este momento.
-Ya… Yo me refería a como recuperar mi brazo normal. O sea… No es que no me guste esta pinza, pero queda un poco raro ir paseándome por la calle con esto.
-Mmm… Creo que no se puede quitar.
-Menudo contratiempo entonces. Quizás sí que debería haber pensado en una espada. Al final con todo esto del cangrejo… Se me ha ido la pinza. ¿Eh? ¿Lo pillas? -Pero Sandra ya no estaba a su lado. Quizás nunca lo había estado, en realidad.

FIN

martes, 28 de enero de 2020

Un relato sin nombre, parte 9

Como aquél que no quiere la cosa llegamos a la penúltima entrega de este relato que deseo que os esté gustando más (incluso) que a mi.
Y por si sois nuevos y no sabéis de qué va esto, podéis leerlo desde el principio en ESTE ENLACE.

09

De repente para Roberto hacía mucho frio. Todo el cuerpo le tiritaba de forma descontrolada y si lograba mantenerse en pie y seguir consciente era quizás por algún tipo de casualidad técnica de su sistema nervioso. Se encontraba en una sala grande, decorada al estilo oriental al igual que el vestíbulo inferior pero quizás de un modo más solemne. Olía a incienso y daba la sensación de que el lugar estaba listo para algún tipo de celebración. En el centro de la sala había una mesa baja cubierta por una tela roja sobre la cual reposaba un objeto metálico. Sandra se acercó a la mesa con su caminar grácil y silencioso. Roberto se fijó en su figura, como si quisiera retenerla como la última visión de su vida, consciente de que ya todo terminaba para él. Ese brazo que colgaba inerte de su hombro había infectado el resto de su cuerpo y ahora la podredumbre corría por sus venas. Pero no había estado mal al fin y al cabo. Había tenido una vida de lo más cutre, siempre esperando que su suerte cambiara para mejor pero sin esforzarse por que nada sucediera. Y ahora, justo en el final se veía metido en una guerra ancestral que incluía a un clan ninja luchando contra tipos metamórficos por conseguir una espada cortadora de hierba legendaria con la que salvar el mundo… o no. La verdad es que le daba igual; casi agradecía el morir para no saber qué pasaría a partir de ese momento y así poder montarse la película a su gusto. Sandra se haría con la espada, la devolvería a su clan y con ella derrotarían a esos ascendidos, Onikage incluido y el mundo florecería de nuevo mientras él se terminaba de pudrir en una tumba improvisada en algún lugar del desierto. Todos contentos.

Y fue entonces cuando sus agotados ojos percibieron algo en la periferia. Al principio pensó que se trataría de la parca que iba a por él pero luego se dio cuenta de que era una serpiente. Una de esas grandes que salen en los documentales que se enroscan alrededor de una cabra y la estrujan antes de comérsela. Y esa serpiente se movía entre las sombras en absoluto silencio en dirección a Sandra sin que ésta se diese cuenta.

-¡Sss erp -acertó a decir-. ¡Ssserpientee!

Sandra reaccionó justo a tiempo. Saltó hacia un lado con sorprendente agilidad al tiempo que la enorme constrictora se lanzaba sobre ella. La chica preparó su arma mientras la serpiente se transformaba en un hombre alto, delgado, de facciones afiladas y ojos rasgados.

-¡Onikage! -Exclamó Sandra adoptando su postura de combate característica.
-Y tu debes ser… -comenzó a decir con voz calmada y claramente malvada.
-Mi nombre es muerte -respondió ella.
-Vosotros siempre tan melodramáticos. Pero ya que nombras a la muerte, eso será lo que tengas.

Entonces Onikage sacó dos cuchillos de sus ropas y lanzó un ataque doble contra Sandra, que desapareció con un prodigioso salto vertical para situarse a sus espaldas, pero el malo de la historia predijo el movimiento y girando como una peonza invadió el espacio en el que ella debía aterrizar. Sandra rodó por el suelo para alejarse de él pero al incorporarse notó que uno de los cuchillos le había provocado un pequeño corte en un hombro.

-La serpiente te ha mordido, pequeña. Tu viaje termina aquí.
-¿Veneno? -preguntó ella aún sabiendo la respuesta.
-Sí, pero en una dosis muy pequeña como para matarte. Solo sentirás como tu cuerpo se entumece lentamente hasta que quedes totalmente a mi merced.

Sandra lanzó un ataque furioso contra Onikage pero sus movimientos ya no fueron tan certeros como antes. Éste esquivó el golpe con facilidad y lanzó una patada al plexo solar de la chica que cayó de espaldas tratando de recuperar el aliento.
-Es una pena que solo quedes tu de los tuyos -comenzó a explicar Onikage-. Aunque no dudo de que tus intenciones fueran las mejores, no creo que te hubiese servido de nada la Kusanagi. Es un arma muy especial que requiere un trato muy especial. No puede sintonizarse con ella cualquiera. Solo aquellos que cumplan ciertos requisitos pueden hacerla suya. Eso son seres místicos como yo, o mortales que hayan alcanzado la iluminación pueden usarla. En tus manos sería solo un pedazo de hierro viejo.

-¿La iluminación dices? ¿No es un principio del budismo el que relaciona el tránsito a la muerte con el instante de iluminación kármico previo al renacer?
-Así es, pero me voy a encargar de que tu muerte se alargue lo suficiente en el tiempo como para cumplir antes con mis planes.
-No lo decía por tí, estúpido…

En ese momento Roberto había logrado arrastrarse hasta la zona central de la sala, y agarrar el mantel de la mesa. Con un dificultoso y doloroso esfuerzo lo estiró y la hoja de la Kusanagi, que no era más que una espada mellada y oxidada de más de cinco mil años de antigüedad, cayó a su lado.

-¡Usa la espada, Roberto! -Gritó Sandra mientras se arrodillaba en el suelo, incapaz de sostener su propio peso.
-Pero si no puedo ni levantarla… -se lamentó Roberto.
-Concentrate. Piensa en el arma definitiva. Piensa en aquello que sea capaz de derrotar a cualquier enemigo y Kusanagi te lo dará. Eres la última esperanza del mundo.

Onikage observaba la escena consternado. Había visto al moribundo al entrar en la sala sin considerarlo una amenaza, pero ahora tenía la Kusanagi y eso podía ser peligroso. Preparó sus cuchillos y lanzó otro ataque doble. Roberto se defendió cubriéndose con su brazo malo que absorbió las dos cuchillas haciendo caso omiso del veneno que contenían. Y entonces todo estalló.

Como una explosión de energía que se liberara de golpe tras milenios de encierro Kusanagi brilló y su luz envolvió a Roberto, que ya no era más que un cadáver exhalando su último aliento. Onikage salió despedido hasta estrellarse contra la pared opuesta y Sandra rodó por el suelo hasta situarse a una distancia prudencial donde observar el milagro. Y allí, entre la luz dorada estaba Roberto, de pie de nuevo, más vivo y sano que nunca, aunque con un cambio significativo en su anatomía. Ahora su brazo izquierdo era una enorme pinza de cangrejo.

martes, 21 de enero de 2020

Un relato sin nombre, parte 8

Llegamos ya a la octava entrega de este relato por fascículos y como podréis comprobar, las cosas empiezan a animarse (que ya era hora) para Roberto y Sandra.
La semana que viene más y seguramente mejor.
Abrazos calentitos para todos y toda.

¿Como? ¿Que no sabes de qué va esto todavía? No pasa nada, haz click AQUÍ y podrás comenzar a leerlo desde el principio.

08



Roberto tropezó y cayó de bruces cuando sus dos adversarios se lanzaron contra él. Uno era un señor normal, de unos cuarenta años, bien vestido y armado con una espada corta y fina, ligeramente curvada y con una empuñadura marrón oscura a juego con sus ojos. El otro era una mezcla entre un ser humano y un perro de presa, con un hocico ancho y babeante repleto de dientes afilados que gruñía de forma aparentemente descontrolada y que fue el primero en atacar. Lanzó una dentellada directa al cuello de Roberto que éste esquivó milagrosamente rodando por el suelo, pero el tipo de la espada aprovechó la situación para dar una estocada que habría sido mortal de no haberse encontrado con el brazo izquierdo en su trayectoria. La espada se clavó en la carne necrosada con facilidad, pero por algún motivo no parecía dispuesta a salir de allí con tanta facilidad. Roberto no sintió ningún dolor, así que aprovechó para retorcerse un poco más y arrebatarle el arma de las manos; se levantó con facilidad y arrancó el filo de su brazo, que supuró un líquido blancuzco y maloliente.


Los dos ascendidos parecían confundidos por el cambio de situación. Su objetivo, hace unos instantes desarmado, herido y tumbado en el suelo, ahora estaba de pie, con un arma en la mano y con ese brazo tullido convertido en un eficaz escudo aparentemente invulnerable. Lo que no sabían era que no tenía ni idea de manejar ese arma y que si seguía en pie era por los efectos de una droga que estaban a punto de remitir. Una vez más fue el cabeza de perro el que atacó. 
 

Roberto saltó a un lado de forma instintiva y en el proceso su brazo inerte golpeó en el morro del ascendido. El hedor de los humores que cubrían las vendas era terriblemente desagradable en distancias cortas y al parecer el olfato desarrollado del hombre perro lo convertían en algo insoportable. Comenzó a toser de forma descontrolada y Roberto aprovechó el momento para clavarle la espada en el cuello. La bestia aulló mientras trataba de detener la hemorragia y se retiraba del combate.


A Sandra las cosas le iban bien. Rodaba por el suelo evitando ataques, usaba su arma con pericia y cuando encontraba el momento lanzaba golpes que solían ser certeros y mortales. Roberto solo tenía un rival y además desarmado; por un momento pensó que lo tenía ganado pero de pronto la vista se le comenzó a nublar, las piernas le fallaron y las fuerzas le abandonaron. Acertó a ver como el señor elegante frente a él perdía la compostura y su silueta comenzaba a deformarse en lo que era claramente la transformación en algo grande terrible y mortal de necesidad. Afortunadamente la negra figura estilizada de Sandra se situó justo detrás de él y con la precisión de un carnicero, le rebanó el cuello a media transformación.


Roberto cogió aire tratando de calmarse e hizo un esfuerzo para aclarar la vista, con lo que se vio de pronto rodeado de cadáveres de animales de toda índole, algunos de ellos en peligro de extinción seguramente. Suspiró apenado y pensó en abandonarse ya, pero la voz de Sandra le devolvió a la realidad.


-¡Sígueme! -le dijo ella mientras se dirigía a las escaleras-. El Kusanagi nos espera arriba, lo presiento.


La negra silueta subió las escaleras en completo silencio y a una velocidad casi sobrehumana. Roberto la siguió gateando a paso lento y resoplando con cada escalón que superaba.

Continuará...Aquí.

lunes, 13 de enero de 2020

Un relato sin nombre, parte 7.

Aquí tenemos una nueva entrega de este relato que como podréis comprobar va llegando a su épico e inesperado final. Espero que lo estéis disfrutando, o por lo menos leyendo porque si no, me pondré muy triste y me suicidaré.
¡Ah! Si sois recién llegados podéis empezar a leerlo aquí desde el capítulo 1.
07
Despertó tumbado sobre la hierba de un parque. Ya era de noche e inclinada sobre él estaba Sandra, vestida completamente de negro hasta la nariz mirándole con ojos furiosos.
-¿Creías que podías escapar de mi?
-Si, pero veo que me equivocaba.
-Tienes un destino. Una misión de la que no puedes escapar.
-Tengo el destino y misión que tu me has buscado. No quieras que parezca cosa mía.
Sandra calló y le indicó que hiciera lo mismo, pero Roberto no supo porqué y siguió hablando en voz baja.
-Curiosamente me encuentro bastante bien. Ya no tengo fiebre ni la debilidad de las piernas y este brazo ya no me duele.
-Lo sé -respondió ella sin apartar la vista de un punto en concreto al otro lado de los setos que los ocultaban.
-¿Lo sabes? ¿Me has curado tu?
-Te he adminstrado una dosis bastante alta de loto azul. Es una droga que se utilizaba en la antigüedad en oriente para “revivir” a los guerreros exhaustos o gravemente heridos.
-¿Y porqué has puesto revivir entre comillas?
-Bueno… No deberías haber visto eso pero lo achacaremos a un fallo del autor. En realidad cuando pasan sus efectos el cuerpo no logra recuperarse del esfuerzo extra.
Roberto guardó silencio. Debería haberse sentido abatido ante la noticia de su inminente muerte, pero por algún motivo, seguramente el loto azul, no se podía permitir decaer.
-¿Y entonces a qué estamos esperando? Me queda poco tiempo.
Sandra sonrió debajo de la tela que le cubría la parte inferior del rostro y señaló a un enorme edificio de dos plantas de nueva construcción que había ante ellos. Era uno de esos modernos con una geometría difícil de entender y muchos cristales. En la entrada había dos guardias de seguridad vestidos con traje y corbata; solo les faltaban las gafas de sol que obviamente no tenían utilidad en la noche.
-Están esperando la llegada de Onikage. Debemos infiltrarnos y dar con Kusanagi antes de que llegue y se la entreguen.
-¿Y qué hacemos con los dos guardias de la entrada? Parecen tipos duros y…
Pero Sandra ya no estaba ahí. En absoluto silencio y con una rapidez increíble se deslizó hasta la pared del edificio y desde allí, oculta tras un pilar cuadrado esperó a que los guardias estuvieran en la posición perfecta para atacar. Saltó sobre el primero desde su espalda y con un largo cuchillo de hoja fina le cortó el cuello desde detrás. El cuerpo del desafortunado vigilante todavía no había tocado el suelo cuando Sandra ya se había situado detrás del segundo dando una voltereta por el suelo y repitió la operación. El segundo guardia se desplomó en silencio y ambos se transformaron en perros que parecían dormir plácidamente. Roberto aprovechó para cruzar la calle y entrar en el edificio detrás de Sandra.

El interior del lugar era cuanto menos, curioso. Un amplio vestíbulo de estructura moderna pero decorado como el interior de un palacio oriental de hace dos mil años. Sillas muy bajas de madera oscura, macetas con bambú, paneles de papel y estanterías con delicados juegos de té que contrastaban con la moderna iluminación, las cámaras de vigilancia y el ascensor que estaba junto a la escalera que ascendía al piso superior. En el centro de la sala había un enorme brasero que lo impregnaba todo de un color rojizo, además de despedir un relajante olor a incienso.
-Creo que saben que estamos aquí -dijo Roberto al oír cierto ruido de pasos en el piso superior.
-No contaba con las cámaras -se lamentó Sandra -. La duda ahora es saber si bajarán por las escaleras o por el ascensor. Debemos vigilar ambas entradas.
-Eso no es problema. Déjamelo a mi.
Y entonces Roberto se hizo con algunos tapices y delicadas telas y los metió en el brasero, prendiéndolas de inmediato y arrojándolas contra los paneles que al ser de papel y madera fina prendieron en el mismo instante. En cuestión de un minuto toda la sala ardía a base de bien.
-¿Pero qué estás haciendo, zumbado? -le gritó Sandra consternada.
-Muy fácil. Todo el mundo sabe que cuando hay un incendio no hay que coger el ascensor.
Sandra estuvo a punto de cortarle el cuello allí mismo, pero rápidamente aparecieron varios de los ascendidos por las escaleras.
-¿Ves? -le dijo Roberto, pero ella ya corría hacia ellos.

Había media docena de tipos bajando desde el otro piso pero la escalera no era lo bastante ancha para todos y Sandra aprovechó que solo podían atacarla de dos en dos y desde la misma dirección para poner en práctica sus artes marciales. Los tipos iban armados con porras y cuchillos pero ella se movía con tal rapidez que por cada golpe que esquivaba devolvía cuatro. Los tres primeros cayeron con facilidad, cortados por su espada o golpeados en lugares estratégicos de su anatomía, pero había media docena más esperando y conscientes de su delicada situación, uno de ellos reaccionó.
Roberto se fijó en que el que estaba situado más atrás de pronto crecía en envergadura, le crecían dos largos cuernos en la cabeza y transformado en un enorme toro se lanzaba a la carga escaleras abajo. Tanto sus compañeros como Sandra lograron apartarse, pero ya había abierto el camino y en un momento Sandra se vio rodeada por seis tipos, algunos de ellos convertidos en medio animales y otros empuñando armas mortales. Al contemplar la escena, Roberto supo que tenía que actuar.
Imbuido por la fuerza del loto azul se hizo con un jarrón de la dinastía Tang valorado en varios cientos de miles de euros (esto él no lo sabía, aunque algo se olía) y lo estrelló en la cabeza de uno de los ascendidos, haciendo que se desplomara en el suelo. Poco le duró la alegría ya que al verle, otros dos se lanzaron contra él y tuvo que retroceder asustado. Sandra ahora solo tenía tres adversarios pero el creciente incendio de la sala iba en aumento y eso restaba tiempo y capacidad de movimiento. Había llegado la hora de darlo todo.

Continuará...Aquí.

martes, 7 de enero de 2020

Un relato sin nombre, parte 6

Ya hemos superado el meridiano de este cuento (que no lo había dicho antes pero consta de diez capítulos) y a partir de ahora las cosas se pondrán algo más movidas, así que disfrutad del pequeño descanso que se toman Sandra y Roberto antes de que empiece la acción.
Y por si sois nuevos y no sabéis de qué va esto, podéis empezar esta historia desde el principio AQUI.

06
Al día siguiente estaban comiendo en una hamburguesería, sentados en una de esas mesas diminutas con sofaritos mullidos que obligan a comer en una postura incomodísima, seguramente para que la gente se marche antes y así dejar espacio libre para los siguientes. Pero Roberto, que había podido dormir en la casa de ese maestro de forma cómoda y de tirón, tal como le exigía su maltrecho cuerpo, agradecía cualquier atisbo de normalidad en su vida. Y allí estaba, hamburguesa en mano, con un brazo mal vendado pero que casi ya no le dolía frente a una chica a la que él mismo había bautizado, como una pareja normal haciendo cosas normales sin amenazas de gente monstruo tratando de conquistar el mundo.

Sandra era extraña, reservada, malhumorada y arisca, pero a Roberto en ese momento que la estaba observando mientras sorbía en silencio de su vaso de refresco le pareció hasta guapa. Llevaba el cabello moreno corto y peinado hacia un lado, sus hombros eran anchos pero su cuerpo fino, como el de una atleta y sus movimientos tan delicados que resultaban hasta hipnóticos. Se dio cuenta de que él la observaba ensimismado y le hizo un gesto con los hombros que sonó a “qué pasa contigo” y entonces decidió dar el siguiente paso lógico en esa extraña relación.



-¿Quienes son esos ascendidos? -preguntó Roberto con tranquilidad.

-Cuanto menos sepas sobre ellos, mejor para ti -respondió ella tajante.

-No me vengas con misterios a estas alturas, pequeña -dijo envalentonado- sé que vas a dejar que me coman esos monstruos mientras tu te haces con el gusanari o como se llame ese arma.

-Es Kusanagi y como me vuelvas a hablar de ese modo te…

-¿Me qué? ¿Me seguirás tratando como a una mierda? ¿Te negarás a llevarme a un hospital para que vean mi brazo? ¿Me matarás antes de tiempo? Siento decirte que en estos momentos ya no me das ningún miedo, ni tú, ni tu maestro misterioso, ni los hombres mono ni ninguna cosa sobre la faz de la tierra. ¿Sabes? Hace un par de días yo tenía sueños, ilusiones, metas en la vida…

-Ya. Ser actor porno- le interrumpió Sandra.

-¿Qué mas da lo que fuera? Lo que sí sé es que no pensaba en que me arrastraran, herido y ninguneado hasta esta ciudad que no sé ni como se llama. ¿Donde cojones estamos? ¿Adonde vamos? Dame respuestas o te juro que me suicido con este tenedor de plástico y te vas a quedar sola para cumplir tu misión que por cierto, me importa medio bledo.

-De acuerdo -dijo Sandra con un suspiro-, empezaré por el principio. Resulta que hace miles de años en China ciertos animales comunes lograron alcanzar la iluminación gracias a ser testigos de enseñanzas budistas. Generalmente eran mascotas de monjes que observaban desde sus jaulas. Aves, peces, gatos, perros monos… Estos animales ascendidos no solo lograron poseer una inteligencia superior sino que consiguieron alterar su aspecto para cambiar de su forma a la humana, viceversa e incluso una forma híbrida entre ambas.

-¿Como los hombres lobo de las películas?

-Exactamente así. El caso es que estos ascendidos podían poseer gran inteligencia y poderes sin parangón, pero seguían siendo animales subordinados a sus instintos por lo que siempre terminaban creando el caos, dejándose arrastrar por sus deseos más bajos y finalmente eran descubiertos por sus mismos maestros que terminaban por revertirles de nuevo a su forma animal permanentemente. Pero por lo visto algunos lograron escapar. Ese que llaman Okinage es quizás el más antiguo de ellos y quien lleva siglos ascendiendo a otros animales convirtiéndoles en sus siervos y buscando el modo de dominar el mundo, pues los deseos de cualquier ascendido son los de sentirse en una posición superior al de la humanidad. ¿Entiendes?

-Sí, pero como si no lo hiciera porque esto suena a película mala de chinos y encima lo de “malvado Onikage” ya es de risa, pero dime qué es eso del arma que buscan.

-La Kusanagi. Es una espada, o eso se supone. Un arma legendaria forjada por los mismos dioses y entregada solo a aquellos guerreros que merecieran empuñarla. Al principio de la conocía como “Ame-No-Murakuno” que significa “Espada celestial de las nubes” pero después se le cambió el nombre a “Kusanagi” que significa “la cortadora de hierba” debido a que un guerrero llamado Yamatu la usó para…

-¿Cortadora de hierba? Me gustaba más el nombre anterior. No entiendo porqué se lo cambiaron.

-Se dice que se perdió en el mar hace siglos, pero lo cierto es que ha estado viajando por el mundo durante todo este tiempo, de museo en museo, de coleccionista en coleccionista y parece que ahora por fin las largas garras de los ascendidos se han hecho con ella. Si no se la quitamos antes de que Onikage la haga suya, será terrible.

-¿Terrible porqué? ¿En qué cambia que la tenga Okinage o tu maestro? Es decir… ¿Como se yo que estoy en el bando de los buenos? ¿Se supone que sois algún tipo de clan ninja y los ninja son chungos, asesinos, te envenenan mientras duermes metiéndote líquido en la oreja y…

-Cierra la boca o te la coseré -le amenazó Sandra-. Ya te he contado todo lo que querías saber y ahora debes cumplir tu parte. Terminate tu comida, haz lo que tengas que hacer y nos vamos.



Lo que Roberto tenía que hacer era caca. La comida parecía haber reactivado su aparato digestivo que estaba dispuesto a funcionar de nuevo después de dos días de parón forzoso. Demasiadas emociones, demasiada información, demasiado dolor… Se fijó en las vendas sucias que cubrían su brazo. Se sentía tentado de quitárselas y observar la herida pero le asustaba lo que pudiese ver ahí debajo. Y en ese momento algo se movió. Como un ligero temblor bajo la tela teñida de marrón. Como uno de esos tics que a uno le dan a veces y no puede controlar. Cogió aire y con las puntas de los dedos levantó el trozo de venda y ahí los vio. Varios gusanos blancuzcos asomaban entre la carne descolorida de su brazo, retozando en los humores que la herida excretaba y al mismo tiempo el hedor le alcanzó las fosas nasales haciendo que su estómago se contrajera y vomitó en el suelo. Desde luego estaba siendo un día completo para su recién activado sistema digestivo.

Abrió la puerta del cubículo y salió dando tumbos a los aseos para enjuagarse la boca. Las moscas del día anterior se habían cebado en su herida y habían puesto huevos. Carne muerta, una herida ya incurable, un brazo irrecuperable… Se miró en el espejo y vio a alguien muy distinto de quien recordaba. Estaba delgado, blanco, con los ojos hundidos y las encías oscuras… “Me estoy muriendo, maldita sea” se dijo en voz baja y decidió escapar.



Le costó horrores salir por el ventanuco del aseo ya que a pesar de ser amplio, el brazo destrozado le impedía moverse con facilidad; por no hablar de sus fuerzas mermadas, los mareos y la falta de coordinación. Pero lo logró y una vez en la calle comenzó a caminar por calles secundarias abarrotadas de gente que le miraban con curiosidad y emociones que oscilaban entre la pena y el asco. Quizás no tendría buena cara ni el caminar más elegante de la ciudad, pero era libre y eso le bastaba. Buscaría un hospital, en tener el brazo curado iría a la policía a explicarles que una loca le había secuestrado y luego alquilaría una casita en algún pueblo de esos de montaña donde podría trabajar en la recogida de fruta hasta morir de viejo aislado y solo, como dios manda. Pero al final no. Sintió un pinchazo en el cuello y al llevarse la mano al lugar indicado se encontró con un pequeño alfiler, casi invisible, que se arrancó con rapidez. Miró detrás y no vio a nadie, aunque sabía quién había sido. Dio tres o cuatro pasos, cinco a lo sumo y se desvaneció.

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