jueves, 12 de enero de 2017

Las grandes y vacias cabezas





En este mundo quedan muchos misterios por resolver. Cosas que la ciencia no puede explicar, al menos de momento, y que por ello son el blanco de multitud de teorías esotéricas y paranormales que las mitifican hasta convertirlas en verdaderas leyendas. En este blog he hablado con anterioridad de los extraños círculos en campos de maíz, las psicofonías o las caras de Belmez, pero el tema que trataré hoy es tan o más sobrecogedor por su cercanía: La gente tonta y cabezona.

Parece una estupidez. Puede que lo sea. Pero no se puede negar que hay algo extraño en ello. Cuando vamos por la calle y nos topamos con un culturista cuyos brazos son tan gruesos como nuestro pecho (debo decir que yo soy de pecho estrecho, pero no viene al caso), lo primero que pensamos es que ese tipo nos gana. Y seguramente no nos equivoquemos, ya que hay una sencilla teoría que dice que “a mayor masa muscular, más fuerza y por lo tanto mayores ostias reparte” y si alguien no se lo cree, puede comprobarlo con el sencillo método de llamarle “caraanchoa” o cualquier otra cosa ofensiva. Bien.  Del mismo modo podemos suponer sin demasiado riesgo a equivocarnos que una persona con una enorme barriga está acostumbrada a comer mucho y por lo tanto tendrá un estomago con más capacidad que el de un hombre-alfiler y así con todo. O casi todo.

El caso es que hace poco me topé con un amigo. Mejor dicho “amigo” pero no voy a entrar en demasiados detalles, el cual posee una cabeza desproporcionadamente grande y esférica. Además lleva el cabello muy corto y eso acrecienta aún más la sensación de estar frente a un globo terráqueo al que un crio le ha pintado ojos y boca. Y hasta aquí todo correcto. Cada uno es como es y hay que querer a todo el mundo por igual. El problema es que tras unos breves minutos de conversación, me invadió la sensación de que el chaval, listo listo, no era. Y no voy a transcribir diálogos ni a hacer análisis, pero sí diré que si a un tipo con una inteligencia justita como es mi caso, alguien le parece tonto, es que es muy tonto. Y aludo una vez más al respeto y la singularidad de cada ser humano, pero es que el tío era tonto y su conversación más plana que el culo de un delfín. Y por eso cuando terminamos de hablar y me quedé observando cómo se alejaba, con esa enorme cabeza oscilando de lado a lado, me pregunté dos cosas: Cómo lograba mantener el equilibrio y porqué teniendo tanta capacidad craneal, tenía tan poco cerebro.

Pero estas preguntas, especialmente las últimas, ya se las hizo en el año 1836  el anatomista y fisiólogo alemán Frederick Tiedmann, el cual publicó un estudio en el que afirmaba que a mayor tamaño de cerebro, mayor inteligencia. A Tiedmann acabaron apedreándole (figuradamente), ya que hay animales como los elefantes, que tienen cerebros enormes y no son especialmente listos, o por lo menos no más que nosotros. ¿Entonces de qué depende? Por lo visto hay dos factores: La ubicación neuronal (los elefantes tienen mayor número de neuronas en el cerebelo, que es donde se controlan los movimientos, lo cual explicaría su pericia con las trompas) y las arruguitas del cerebro. Y es este último punto el decisivo, según mi parecer.

Los cerebros están arrugados. Eso lo sabe todo el mundo. El motivo de esa forma ondulada y llena de pliegues es el de ofrecer mayor masa en menos espacio, es decir que es como si cogemos una pelota de esas de playa de Nivea, la desinflamos y la apretamos hasta quedarnos una bola arrugada no mayor que una pelota de tenis. Realmente no sé si se puede apretar tanto, pero es un ejemplo para que me entendáis. Es por ello que dentro de la especie humana habría individuos muy inteligentes a pesar de sus cabezas pequeñas y otros claramente idiotas teniendo globos aerostáticos sobre los hombros. Tal teoría, aunque dudo que me la aprueben científicamente, explicaría este fenómeno y nos vendría a demostrar ese gran refrán popular que dice que “Todo el mundo es imbécil hasta que demuestre lo contrario”. Y ya está.

viernes, 6 de enero de 2017

Los coches amarillos





Antes de comenzar con esta entrada que presumo estará llena de prejuicios y menosprecios a personas que ni tan solo conozco, quiero dejar claro que no tengo nada en contra del color amarillo en sí mismo, ni estoy influenciado por supersticiones derivadas del mundo de la farándula ni nada por el estilo. El siguiente artículo/reflexión hará referencia exclusivamente a personas que poseen vehículos amarillos, léase coches y no a ningún otro uso de ese color. ¿Claro quedado ha? Pues vamos al meollo.

A lo largo de mi tediosa vida me he encontrado en varias ocasiones con personas propietarias de coches de color amarillo. Y en todos los casos, he descubierto un perfil extraño en esas personas, lo cual no sería alarmante en modo alguno de no ser por el factor común del color de sus vehículos. Y aunque ahora podría aventurarme a hacer un análisis exhaustivo de sus personalidades y de los patrones de comportamiento compartidos, voy a quedarme con la palabra “especial” como único calificativo y pasar a las experiencias vividas.

La primera persona que conocí que tenía uno de esos coches amarillos del cual no recuerdo el modelo ni la forma era una chica. Yo tendría 17 o 18 años y ella uno o dos más; trabajábamos juntos y no teníamos demasiada relación, pero recuerdo que llevaba el pelo muy largo, estaba delgada y tenía una expresión de desprecio o asco permanente en su rostro. Era una chica muy extrovertida, hablaba mucho y en voz alta y solía acompañar sus argumentos de movimientos espasmódicos de sus brazos, que eran largos y finos, como ella. En una ocasión, creo recordar que llovía, se ofreció a llevarme a casa porque yo no tenía coche (ni carné) y descubrí que su forma de conducir era muy similar a la de hablar; conducía a trompicones, acelerando innecesariamente cuando veía una calle recta y frenando de golpe al llegar al primer cruce. Recuerdo que llegué a mi casa mareado.

Mi segundo encuentro con un vehículo amarillo fue unos años después, cuando contaba con 22 o 23. Comencé a trabajar montando invernaderos bajo las ordenes de un jefe que conducía una de esas camionetas con la parte trasera descubierta. Amarilla. Él era un negrero fanático del trabajo duro y mal remunerado y se movía a impulsos tan poderosos que podía cruzar un invernadero de 200 metros en un segundo y volver a estar en el otro extremo en otro instante. Estaba en todas partes, vigilándonos a todos a la vez, como un gran hermano cocainómano. Y fue por causas del trabajo que tuve que ir de copiloto con él en varias ocasiones y puedo asegurar que en todas ellas pasé miedo. Conducía a toda velocidad y despotricando contra los otros conductores, los cuales él consideraba que iban demasiado despacio y que deberían cederle el paso porque obviamente, él iba con prisa, sus asuntos eran más importantes y las carreteras habían sido construidas exclusivamente para él.

La tercera vez que se cruzó alguien en mi vida con un coche amarillo yo ya era más mayor, unos 26 años, y gracias a mis experiencias anteriores, creí apropiado guardar distancias con el individuo, que era un musculitos de esos con los que uno puede caminar tranquilamente hablando de lo bonita que está la iluminación navideña y de repente y sin previo aviso te agarra del brazo y te reta a un duelo de fuerza bruta cuidándose mucho de hacerte el mayor daño posible. Lo dicho. Una persona especial que había que evitar en la medida de lo posible.

Pero esto no es todo, ya que como soy una persona harto observadora, he podido comprobar que las experiencias no del todo agradables con personas con esos coches no eran exclusivamente mías. Viajes de bla bla car, autostops e incluso relaciones sexuales en coches amarillos acababan con un sabor agridulce en los paladares (y lo que no son paladares) de quienes se han encontrado con esas personas especiales. Y aunque mi reflexión no debería ir más allá de este “La gente que se compra coches amarillos es especial”, voy a proponeros un ejercicio práctico para este fin de semana con el que os daréis de que todo esto no son paranoias mías.

¡El ejercicio práctico!
Acercaos a cualquier lugar donde vendan coches de segunda mano y decidle al comercial que queréis un coche cualquiera sin importar modelo, precio o COLOR. En ese momento el hombre os examinará con su ojo crítico de vendedor y os daréis cuenta de que por muchas vueltas que deis y por mucha libertad que le deis, jamás nunca os ofrecerá un coche amarillo. Da igual que tenga siete en exposición, de rebajas y que le digáis “Me gusta mucho éste, estoy dispuesto a pagar lo que sea por él”, el tío hará como que no os ha oído y seguirá evitándolos. ¿Por qué? Porque hay que ser una persona especial para conducirlo y no os engañéis, pues si leéis este blog no lo sois.

Y la conclusión.
Todos los que llevan coches amarillos son reptilianos. No hay otra explicación. O chonis, también podría ser. O quizás los chonis sean en realidad reptilianos que se han disfrazado mal. Puede que nunca sepamos la verdad, pero a veces es mejor así.

Los reptilianos han venido a llevarse a nuestras mujeres favoritas. Y lo sabéis.



Un alto en el camino para echar un vistazo atrás, 
a sendas cubiertas de maleza que mis pasos no lograron marcar.

Un instante en el olvido al intentar recordar, 
versos oscuros y rabiosos que el tiempo jamás repetirá.

Un camino rodeado de horizontes, 
todos ellos idénticos sin estrella que me guie en la buena dirección.

Quedaron atrás tantas cosas, que recuperarlas sería imposible, aunque la sola idea de su existencia duela a cada paso de este caminar lento y pesado, con los pies clavados en el barro.

Un alto en el camino para suspirar.

Un instante en el olvido para imaginar.

Un camino en el que avanzar sin pararse a pensar.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Ahora que eres menos hombre





Es el título del folleto que me dan nada más salir de quirófano. Lo miro extrañado, intento pedirle explicaciones a la guapa enfermera que me lo ha puesto en las manos pero solo alcanzo a ver su trasero alejándose por el pasillo. Intento ponerme cómodo en el sofá de la sala de postoperatorio y lo abro para encontrarme con un sencillo manual enumerando los leves cambios que mi vida va a experimentar a partir de ese momento. 

Dificultad de erección, falta de apetito sexual, aumento de peso, eyaculaciones escasas y aguadas, voz de flauta… Todo ello ilustrado con simpáticos dibujitos de hombres alegres ante su terrible metamorfosis. Lo cierro horrorizado y espero pacientemente a que aparezca de nuevo la enfermera. Al rato se asoma y me pregunta si puedo caminar a lo que le respondo que sí, y que caminar sea posiblemente lo único que pueda hacer a partir de ese momento. Trato de pedirle explicaciones sobre el folleto pero como respuesta solo sacude la cabeza y sonríe. Me siento pardillo, sea lo que sea eso. Pero al final me envalentono y voy hacia la consulta del médico. Ese viejo loco tendrá que darme explicaciones.

Entro en la consulta abriendo las puertas en plan Aragorn; el aire generado por las puertas oscilobatientes apaga todas las velas y candiles, dejando al médico y a un sorprendido paciente en penumbras. Pero cuando llega la hora de sacar mi hombría y cantarle las cuarenta por haberme vendido una operación inocua y sin efectos secundarios inesperados cuando en realidad no era así, siento como todo mi arrojo e ímpetu, ambas virtudes muy masculinas por todos es sabido, parecen no aflorar y me quedo en la puerta como un gatito mojado. El doctor viene hasta mí, me pasa un brazo por los hombros y me mete en el ascensor ante la divertida mirada de todo el personal sanitario presente. 

Camino arrastrando los pies hasta la calle. Antes de llegar al coche me cruzo con un grupo de adolescentes de esas de culo ceñido y cuando intento girarme a mirarlas me siento incapaz. Estoy abatido. Hundido. Desgranizado. Conduzco hasta casa y cuando me doy cuenta voy tarareando una de Justin Biver y apago la radio con violencia. Con cierta violencia. Poca violencia en realidad. No quiero romperme una uña.

Aparco a medio metro de la acera y me siento a hacer ganchillo frente a la ventana. Pasan unos jóvenes caminando alegremente. Tienen mal aspecto. Todos los jóvenes lo tienen. Se están perdiendo todos los valores. Esto con Franco no pasaba. Me está quedando una bufanda de puta madre.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La necesaria entrada navideña




Se acerca la navidad. Otra vez. Días de prisas, de agobios y de pataletas en el trabajo, atenuadas por eso del “va que solo quedan dos días malos y todos pa casa”. Luces de colores, villancicos y deseos de prosperidad que ocultan envidias y odios. Tiempo de disimular y disfrutar de las cosas que no deberían considerarse un disfrute.

Tiempo libre, familia, regalos, cabalgatas a última hora de la tarde con un frio al que las niñas parecen ser extrañamente inmunes. Turrones y mazapanes tan empalagosos que se te pegan las entrañas y casi no te dejan pensar en qué somos, adonde vamos y de dónde venimos.

Cenas familiares, “Tienes que lavarte los dientes ¿Por qué? Porque vas a tener que sonreír”, comida en exceso regada con conversaciones de iluminados sobre lo malos que son los de Podemos, el cambio climático, la guerra de Siria y que se jodan los de Alepo que ellos se lo han buscado. Verdades como puños cerrados, ciegos, golpeando oídos sordos. Miradas furtivas al reloj, a la bandeja de mensajes vacía hasta que se inunda de felicitaciones.

Teatro amateur en su máxima expresión representando esa clásica obra del “hemos aguantado un año más” y cuyo título original de “ya nos queda un año menos” fue censurado hace mucho en pos del optimismo y las ganas de alejarnos de una realidad tan dura que de aceptarla, todo sería mucho más sencillo y sin tener que preocuparnos tanto por esas cosas pequeñas que nosotros mismos metemos en cuña en nuestras vidas.

Temporada de suicidios, psicopatías aflorando, melancolía y arrepentimiento disimulados de esperanza e ilusión. Buenos propósitos que arrastrar durante 365 días, 366 si toca uno de esos terribles años bisiestos que prolongan la existencia unas horas más. Otro año para quejarnos de que las cosas no nos van todo lo bien que podrían, a pesar de no haber hecho nada por cambiarlas, para hacer balance con la sana intención de olvidar que no hemos hecho nada útil ni significativo, ni lo haremos jamás. Para obviar que solo somos monos sin pelo que fracasaron en su evolución hacia algo mejor.

En definitiva, feliz navidad para todos y todas.

Sí. este año tocaba un tio. Que luego me llaman esbirro del patriarcado.