viernes, 11 de marzo de 2016

De leyendas vivientes y pies destrozados.



Saber controlar la ira es algo sumamente importante en la vida de cualquier ser humano adulto. En una vida de estrés, prisas,  choques de personalidad con otros individuos y otras cosillas por el estilo, ser capaz de dosificar la furia interna para que nadie salga herido, es esencial para superar el día a día. Y cuidado, porque si es malo el dar rienda suelta a la rabia y andar todo el día cabreado y gritándole a todo el mundo, aún peor es aguantar, acumular y luego estallar en el momento más inesperado y pagarlo con el primero que se te cruce por delante. Y esto último ha sido mi problema durante años. Hasta ahora.

El equipo de psiquiatras que estudia mi caso en una base secreta submarina, llegaron a la conclusión de que todos estos años de agachar la cabeza, asentir y fingir sonrisas podrían acabar en algo peligroso si no era capaz de controlar la rabia y me dieron unas sencillas pautas para lograrlo. Y ahora soy un hombre nuevo. Ahora soy capaz de controlar mis instintos.

Por eso esta misma mañana, cuando he llegado a la primera fábrica a descargar y he visto como un camión que había llegado detrás de mí comenzaba la maniobra para meterse en el muelle en lo que era un claro caso de “colarse”, he esperado pacientemente a que terminara, he sonreído y he ido a explicarle que lo que había hecho no estaba bien, con mi llave inglesa de once kg en la mano. Casi podía oler la sangre salpicando mi cara.

Y ahora es cuando todos, ignorantes de las normas no escritas de los camioneros, pensaréis que soy un exagerado y tal… Pero no. Veréis. Los camioneros tenemos una serie de reglas que deben cumplirse a rajatabla, tales como dejarnos salir en los carriles de entrada a las autovías (aunque para ello haya que tirar coches a la cuneta), cedernos el paso aun estando dentro de rotondas (provocando choques en cadena en los coches que nos siguen) o comunicarnos con complejos códigos a base de luces (que deslumbran y confunden a conductores de coche, los cuales acaban despeñándose  por barrancos y simas); y una de esas normas indica claramente que el primero que llega, se mete en el muelle. Así de fácil. Y ya puedo seguir.

Así que estaba yo, llave ingles en mano y sonrisa psycho-killer en mi cara, caminando decidido hacia el camionero infractor, cuando la puerta se abre y aparece ella. Ella. La mítica Camionera Sexy. Melena negra hasta la cintura, piernas bien torneadas tras una vida apretando y soltando pedales, grandes pechos, mirada penetrante e intuitiva… Dejo caer la llave inglesa sobre mi propio pié y la observo pasar con cara de embobado.

Y sé que todos vosotros, ignorantes de las leyendas de camioneros, pensaréis que soy un calzonazos y tal… Pero no. Veréis. Entre los camioneros circula la historia de una camionera sexy que viaja por las carreteras del mundo, ajenas a normas y leyes. Una camionera que guía a los camiones perdidos en la noche con sus dos poderosas… luces delanteras y que encabeza caravanas atraídas con su perfectamente redondeado… antiniebla trasero. Esa camionera… esa leyenda viviente se paseaba ante mi como si nada, al alcance de mi mano, cual yeti en montaña canadiense. Y es por ello que debía hacerme con una prueba de su existencia. 

Intenté llegar hasta mi cabina para coger mi móvil y hacerle unas fotos, pero mi pie aplastado en el suelo como un sello, solo me permitía girar sobre mí mismo como un compás. Y así estuve casi dos horas hasta que la cargaron y se marchó, llevándose consigo su leyenda. Y yo allí desangrándome como un idiota.  Menos mal que soy autónomo y no puedo morir (a no ser que me corten la cabeza, pero ssht, es un secreto) y que además tengo un blog y lo puedo contar.

La foto no es mia, obviamente, pero sería algo así de haberle hecho.

4 comentarios:

  1. Esta sí te la has inventado para poner la foto ¿no?

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  2. A ver... ¿pero no le ves reflejado en el camión? :p

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    1. lo veo reflejado en el camión y en el flamante...

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  3. Gracias a todos por comentar.
    Pero aunque la historia es cierta 100%, ya os ha dicho que yo no hice la foto. Y desconozco al ser reflejado en el camión.

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