jueves, 14 de junio de 2018

De restaurantes y bolsillos dimensionales.




Todavía no son las dos de la tarde cuando entro en el restaurante. Es un local pequeño y hoy está bastante concurrido, así que me preocupa que no tengan mesa para mí. Me acerco al señor de detrás de la barra y le pregunto.
—¿Mesa para uno tendrán?
—Claro, siéntese en aquella —me dice señalando a una esquina en la que no se ve mesa alguna.
—¿En cual?
—Aquella.
-Es que no la veo…
—Allí detrás —me dice—. ¿Ve ese pilar?
—¿Ese pilar de caravista que tiene como dos metros de ancho?
—Justo detrás está su mesa.
—Gracias.
Y así me dirijo hasta mi mesa, que efectivamente era casi invisible desde la barra y me siento. Es un lugar extraño. El pilar es tan grande que apenas deja pasar los sonidos del restaurante, como si me encontrara en otro lugar aislado, solo. Si estiro el cuello puedo ver las otras mesas donde la gente come y habla. Es un buen sitio este por lo visto, recomendado por mucha gente y barato. La mesa está preparada con los cubiertos, la innecesariamente larga copa (es para limpiarla más fácilmente, cuentan los expertos) y una cestita con pan. Espero a que me atiendan.
Pero no me atienden.
Veo pasar al camarero, un chico delgado de movimientos rápidos y nerviosos que corre de una mesa a otra frenéticamente pero que en ningún momento parece notar que yo estoy ahí. Cambio ligeramente la posición de mi silla para obtener más visibilidad, pero es inútil; el enorme pilar obstaculiza toda visión.
El tiempo pasa, mi hambre aumenta y la holgada hora y media que tenía para comer comienza a desvanecerse. Miro el reloj. Llevo media hora ahí sentado. Resisto la tentación de comerme el pan. Miro al suelo, al pie del pilar y veo una colilla. Una colilla… Eso significa que por aquí no ha pasado nadie ni a barrer desde que entró en vigor la ley antitabaco del 2006… Empiezo a pensar que hoy no como.
Veo como las gentes de las mesas adyacentes comen, terminan, se van, llegan otros, les atienden, comen… Un ciclo vital del que yo no formo parte por culpa de ese maldito pilar. Lo odio. Quiero verlo morir. ¿Pero y si no fuera culpa del pilar?
Mi mente hambrienta comienza a pensar en que quizás sea algo menos complejo. Quizás simplemente el lugar donde me hallo se encuentre en una especie de bucle dimensional, un bolsillo planar que hace que la luz no rebote y por ello nadie me puede ver ni oír. Quizás no sea el único que ha pasado por esto. Puede que ese señor que fumó aquí hace diez años acabara consumido por la antimateria que terminará sin duda también conmigo. O quizás ya no estoy. Quizás ya he sido destruido en el instante en que me he sentado pero sigo creyendo que existo y voy a tener que vagar detrás de este pilar eternamente. La incertidumbre me aplasta. No puedo más. Debo comprobar si sigo vivo.
Miro a la mesa de al lado y veo a un señor comiendo chuletas. Medirá dos metros, con el cuerpo cubierto de tatuajes y unos músculos tan enormes y tensos que uno diría que esas chuletas de cordero pesan toneladas. Su nariz es chata y está aplastada, como la de los boxeadores. Me parece alguien tan válido como cualquier otro para hacer la prueba. Me levanto y me dirijo a él. No percibe mi presencia. Me meto un dedo en la boca, lo chupo y lo ensalivo bien y luego se lo meto en la oreja. Lo nota. Se gira y me ve allí detrás, con un dedo en su oreja y sonriendo. Deja las chuletas en la mesa, flexiona un codo hacia atrás colocando su brazo perpendicular a su cuerpo, como si fuese un ala y lanza el puño cerrado contra mi. Me agacho justo a tiempo y el puño se estrella contra el pilar que se quiebra con un crujido ensordecedor. El pilar se derrumba con parte del techo inundando el comedor de polvo y cascotes.
Se rompe el hechizo. De pronto el camarero me ve, yo veo al resto de la sala. El boxeador sonríe al entender lo que ha pasado y todos somos felices.
—¿Qué quiere de primero? —me pregunta el camarero con alegría.
—Brocoli, por favor —le pido—. Con muy poquita sal.

*Entrada dedicada al abnegado y sacrificado gremio de camareros, hosteleros y boxeadores*

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