sábado, 21 de febrero de 2026

El refugio de Mary Ann (7 de 7)

 

10.-

Descendieron por una desgastada escalinata de piedra hacia la más oscura de las oscuridades, una a un nivel tan oscuramente oscuro que habría sido capaz de oscurecer hasta al más oscurecido corazón, pero ambos parecían ser inmunes a tal sensación. El editor encabezaba la marcha con su ballesta y su linterna, emocionado por la idea de enfrentarse por fin al ser de ultratumba que su familia llevaba persiguiendo desde hacía siglos, mientras que Ramiro simplemente parecía sentirse cómodo en aquel lugar, como si por fin hubiese encontrado en aquella tenebrosa tiniebla subterránea un lugar al que llamar hogar.

Cuando por fin llegaron a suelo firme se encontraron en una enorme sala de techo abovedado cuyas dimensiones podrían duplicar sin problema las de la base de la construcción sobre el suelo. Examinaron el lugar con detenimiento y encontraron gran cantidad de restos de muebles de estilo victoriano que ya habían sucumbido al paso del tiempo, así como un enorme cajón que en su día estaría lleno de tierra y que ahora se hallaba desparramado contra uno de los muros y restos de tapices, cortinas y vestimentas antiguas carcomidas por el tiempo. El conjunto de la sala daba a imaginar que hubiese pasado por allí un decorador de interiores enloquecido y se hubiese marchado hacía doscientos años para no volver.

Y al fondo del todo, como no,un ataúd de madera oscura colocado en vertical y mostrando complejos grabados dorados que relucían a la luz de la linterna.

-Allí la tenemos -dijo el editor sin poder disimular la emoción en su voz.

Con la ballesta apuntando directamente ante él se acercó al ataúd, lo abrió con un movimiento brusco y comprobó que estaba vacío.

-Enhorabuena querido Gutierrez -dijo la voz de una chica desde las sombras.

-¡Dejate ver, maldita Maty Ann! -gritó el editor.

-Un momento… -interrumpió Ramiro. -¿De verdad te llamas Gutierrez? Pensaba que te apellidarías Van Helsing o Von Richten o…

-Mi apellido de cazavampiros lo llevaba mi abuela y se perdió por culpa de la costumbre de colocar el del padre primero.

-Hoy en día se podría haber cambiado, pero quizás en la época de tu abuela no -continuó Ramiro. -Esto es culpa del patriarcado imperante en nuestra sociedad.

-¡Da igual como me llame! -gritó por segunda vez el editor, ahora también conocido como Gutierrez. -Lo importante es que por fin voy a dar caza a esta maldita…

Y entonces como salida de las mismas sombras, la delicada figura de Mary Ann, Míriam para Ramiro se lanzó sobre el distraído cazador de vampiros y con un movimiento más rápido de lo que un ojo humano podría percibir, le golpeó en el brazo derecho con tal fuerza que la ballesta salió despedida de sus manos, cayendo a los pies de Ramiro. El editor soltó un grito de rabia y frustración mientras su antigua enemiga le levantaba del suelo con fuerza sobrehumana.

-¡Coge la ballesta, Ramiro! -consiguió decir con dificultad. -Acaba con ella antes de que sea tarde…

Ramiro se agachó y cogió la ballesta. Le pareció mucho más ligera de lo que parecía y por un instante sintió una agradable sensación de poder recorriendo su espina dorsal. Apuntó a la chica y se fijó en que sus facciones habían cambiado ligeramente; sus ojos parecían más rasgados y reflejaban la luz de la linterna con un tono amarillento, mientras que su boca se había agrandado y dejaba ver unos colmillos exageradamente grandes.

-¿Vas a matarme, cariño mio? -siseó Mary Ann al ver las malas intenciones de Ramiro, a quien le empezaron a temblar las manos.

-Es la única forma de poder ser humano de nuevo -le respondió él.

-¿Y es eso lo que realmente quieres? -preguntó ella.

Ramiro titubeó. Realmente nunca se lo había planteado. Llevaba toda una vida odiándose casi tanto como odiaba a los demás, y ahora esa chica misteriosa le brindaba la oportunidad de alejarse de todo ello, de adentrarse en un nuevo mundo desconocido, emocionante, fresco y nuevo.

-¡No la creas, te está embaucando! -dijo el editor todavía tratando en vano de zafarse de la presa de la vampiresa. -Necesitan esclavos, personas inocentes para que les sirvan por toda la eternidad, o hasta que encuentren a otro mejor. No vas a ser más que una mascota para ella.

-¿Es eso verdad? -preguntó Ramiro sujetando la ballesta de nuevo con firmeza.

-Claro que no -respondió ella. -Te he elegido entre miles para que me acompañes en la eternidad. Te he hecho un regalo muy valioso en realidad.

-¿Es eso verdad? -preguntó de nuevo Ramiro, esta vez dirigiéndose a su antiguo editor.

-¡Claro que no idiota! ¡Destrúyela!

-¡No! -ordenó ella. -¡Destrúyele a él y podremos ser libres!

Ramiro no sabía a quien apuntar, qué pensar y mucho menos se veía capaz de tomar decisiones tan vitales en tan poco tiempo y bajo tanta presión, así que bajó la ballesta y por primera vez en su vida, gritó desde el fondo de su alma.

-¡Aquí nadie va a destruir a nadie, joder!

Los dos contendientes, enemigos declarados desde siglos atrás, quedaron en silencio contemplando la figura de Ramiro que ahora parecía más grande, más terrible y por algún motivo peligrosa. Mary Ann dejó a Gutierrez en el suelo de nuevo y ambos esperaron con cierto respeto a lo que Ramiro tenía que decir.

-No me importan vuestras rencillas familiares, de donde vienen ni de cuando se originaron. No me importa este valle, ni esa choza mugrienta ni si mis libros merecen la pena o son basura. Pero lo que sí me estropea el humor es que me hayáis utilizado, uno para hacer de cebo y la otra para esclavizarme para siempre sin tener en cuenta mi opinión ni mi bienestar físico y mental. Así que ahora saldremos de este agujero y cada uno se irá a su casita y haremos como que nada de esto ha pasado. ¿Entendido?

Mary Anne y el editor Gutierrez se miraron y encogieron los hombros. Quizás Ramiro tenía razón y se habían sumido en una guerra sin sentido que les había hecho olvidar su propia individualidad así como la capacidad para centrarse en las cosas que realmente les hacían felices. Cazador y presa se dieron la mano con respeto y se marcharon, uno por las escaleras de vuelta a la civilización y la otra fundiéndose en las sombras para ya no reaparecer jamás.

Ramiro esperó un rato y luego salió al exterior, se sentó sobre una roca y se puso a mirar el cielo color turquesa que precede al amanecer. Todavía sostenía la ballesta en su mano y se quedó mirando el único virote que había cargado en ella, preparado para acabar con quien se cruzara en su trayectoria. Sería muy sencillo terminar con todo, pensó Ramiro; sería la manera fácil de dejar atrás tanta miseria y preocupación. Pero en lugar de hacerlo, alzó la ballesta y disparó ese único virote al tronco de un arbusto cercano, que se clavó en la madera verde con un sonido seco. Quizás sí que merezca la pena vivir, siguió pensando; quizás esto sea solo el principio de una vida mejor. ¿Y si todo lo que necesitaba era un revulsivo para tener un cambio de actitud? Por primera vez logró tener un atisbo de pensamiento positivo, sin futuros inciertos, sin autorreproches, sin sabotajes internos. Había nacido un nuevo Ramiro y pronto el mundo podría conocerle y aprender de él.

Pero sus pensamientos se convirtieron en cenizas cuando el primer rayo de sol le alcanzó.

 


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