miércoles, 9 de diciembre de 2015

Porno, embustes y VHSs


Aqui vemos la época dorada de los videoclubes

Una de las cosas que más pena me está dando últimamente, es sin duda, la lenta pero imparable desaparición de los videoclubes. Al igual que pasó en su día con las salas de recreativas (y de las cuales se podrían hacer cienes de entradas), estos establecimientos de alquiler de pelis, se han visto superados por la tecnología y languidecen lentamente mientras esperan su inevitable final. Pero no quiero ponerme tristón, que al final me da el bajón, lloro y me pongo a destrozar todo lo que encuentro a mi alcance, y no es plan.

Los videoclubes, decía, formaban un ecosistema social que abarcaba desde niños obligando a sus padres a alquilarles la última de Disney, pasando por frikis de los ninjas y los robotes japoneses y hasta llegar a los expertos en cine de terror que se sabían al dedillo todos los títulos y nombres de directores y actores. Pero sin duda, si había una sección digna de mención, esa era la de cine adulto, o “porno” como se le suele llamar.

Al principio el mundo no era tal y como ahora lo conocemos. En esos tiempos no había internet con su porno a la carta y la única forma de ver a otras personas practicando sexo era meterse tras las cortinitas de los videoclubes a alquilar “una de esas” y salir de allí esperando no encontrarte con ningún vecino/amigo/familiar con la película en las manos. Hay que decir que normalmente ese vecino/amigo/familiar estaba ahí, y además era mujer, que da como más apuro, pero eso ya es otro tema.
Esto era lo que todos soñabamos con encontrar tras las cortinitas
Y ésto lo que había en realidad

Al principio, como decía, cuando todavía éramos menores de edad, teníamos que ingeniárnoslas para alquilar películas de ese tipo sin que nos llamaran la atención. Todo valía. Pintarse bigotillo con un rotulador, poner voz grave, alquilar veinte películas normales para que el tipo no se diese cuenta de que entre ellas había una “prohibida”… Incluso una vez alguien propuso robar el coche de su padre porque “si nos ven llegar en coche van a suponer que tenemos los 18”. Pero no hizo falta llegar a tal extremo, ya que todos y cada uno de nuestros planes anteriores funcionaba a la perfección, con lo que nos dimos cuenta de que simplemente al tipo del videoclub se la soplaba nuestra edad con tal de que su negocio funcionara. Y ahí comenzó una época dorada para nosotros.

En poco tiempo nos convertimos en unos sibaritas del porno. “Ésta tiene buena pinta, en ésta hay muchos brillos, en esta todas están operadas y eso no mola, es que este director ni fu ni fa…” Pero como pasa siempre, la emoción del principio se convirtió en rutina y lentamente fuimos perdiendo la ilusión por ese género cinematográfico.

Pero a pesar de eso yo seguía pasándome por el videoclub regularmente para ver las novedades, las nuevas tendencias, y esas cosillas. Y fue así como un día me topé con un título que me cautivó: “Follemon, las aventuras de Pollachu”. No me lo podía ni creer. Alguna poderosa productora de cine para adultos había decidido aprovechar el tirón de los Pokemones (los Digimon todavía no habían llegado) para expresar sus inquietudes sexuales, y eso había que verlo. Como no, alquilé la película, me la llevé a casa, la metí en el video y… Empezó una porno normal. Ni tipos disfrazados, ni poderes especiales, ni transformaciones espectaculares… Me habían timado. Y en algún lugar de Silicon Valley alguien se estaba tomando una cerveza a mi costa.

Devolví la película con rabia y regresé a mi vida normal (si a eso se le podía llamar normalidad), hasta que tuve una revelación divina. ¿Era posible que el tipo del videoclub se hubiera equivocado al elegir la cinta? Sin duda era una posibilidad, y más teniendo en cuenta la cantidad de referencias y códigos y polleces que les ponen. Y de ser así… ¿Iba a perderme Follemon por eso? Así que a la semana siguiente volví y la realquilé. “Ésta ya la has visto” Me dijo el videoclubero, a lo que yo le respondí con un “Qué más da si en todas pasa lo mismo” Y él se quitó el sombrero ante esa muestra de sabiduría. Llegué a mi casa, encendí el video y… Nada. Era la de la otra vez. Comprobé el título de la cinta y era. ¡Era! Me habían timado dos veces con la misma película. En algún lugar de Silicon Valley se estaban comiendo una paella a mi costa.

Devolví la película otra vez y me dispuse a pasar página en mi vida, hasta que una idea descabellada pero con cierta lógica me asaltó. ¿Y si las referencias a Pokemon no estuviesen en las escenas de sexo sino en los diálogos de en medio que todos pasamos a cámara rápida? ¿Y si con mi actitud poco respetuosa hacia los guionistas del porno me estaba perdiendo una pequeña obra maestra? Y fue así como la alquilé por tercera vez. “Esta ya la has visto dos veces” me dijo el tipo, a lo que yo le respondí que “Es que no me acuerdo mucho del final”, a lo que el señor volvió a ponerse el sombrero que se había quitado la semana anterior.

Fiestuki a mi costa.
Llegué a mi casa, puse la cinta en el video, agarré el mando a distancia e hice lo que jamás había hecho en mi vida: Pasar rápido las escenas de sexo (que por cierto ya me las sabía de memoria) y tragarme los trozos de hablar. Y no. Definitivamente no. En algún lugar de Silicon Valley alguien estaba comiendo gambas en un yacusi a mi costa. Y volví al videoclub. Derrotado. Desmoralizado. Frustrado. Me sentía impotente ante una industria pornográfica que podía pasarme por encima sin problemas. Pero juré que algún día me vengaría, y ese día ha llegado.

Amigos/as lectores/as de este blog… ¡No alquiléis Follemon, que es una estafa!
Y ya me he quedado más tranquilo.

10 comentarios:

  1. Creo que con el tiempo que ha transcurrido y con la madurez que te ha podido dar el tiempo, frase tipo rajoy. Intenta bajártela por Internet y así podrás redondear la venganza. Cada vez que bajas una peli por Internet muere un hada porno.

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    1. Pero! Cada vez que un adolescente se masturba nacen 2.... así que las hadas del porno están a salvo.

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    2. No por ello deja de dar pena la que muere. Piensa en su familia, amigos...

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    3. ... las hadas del porno no tienen amigos. Sólo pizzeros, limpiapiscinas, profesores, jardineros, fontaneros, mecánicos,...no me puede dar pena ni su muerte. En todo caso, envidia de la mala.

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    4. Si fuera verda todo lo que se dice cuando un adolescente se masturba, todos estaríamos ciegos, bajitos y calvos. Así que dudo que nazca un hada con dicho acto.

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    5. No hay ningún problema cuando una adolescente lo hace. Y es ahí, querido compañero, donde nace un hada del porno.

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  2. Te haré caso y no la alquilaré nunca. Si acaso me la bajaré (si es que algún loco ha perdido su tiempo en digitalizar semejante atentado celulóideo) y me reiré un poco de tu inocencia juvenil mientras la veo...

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    1. Lo tomaré como un sincero homenaje a aquello que fui.

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