lunes, 8 de octubre de 2018

De extraterrestres y redes sociales



Cuatro de la madrugada. Un leve zumbido me despierta y no puedo volver a dormirme debido a la extraña luz que entra por la ventana. Me tapo la cabeza con la almohada pero ya es tarde. Me he desvelado. Perezosamente me levanto, introduzco los pies en las zapatillas de noche y los arrastro todavía somnoliento hasta la ventana. Afuera hay una nave espacial de esas con forma de platillo sostenida sobre un trípode y con la plataforma de entrada abierta. Tres extraterrestres altos y delgados vestidos de científicos descienden caminando hacia la acera. “Como vengan a tocarme el timbre y me despierten a las niñas les doy una patada que les mando a su planeta sin necesidad de nave espacial” pienso, pero no. Se dirigen a la casa de mi vecino.

Entran sin llamar y en unos minutos se oye al perro ladrar, un forcejeo y gritos varios que rápidamente son apagados. Al cabo de poco salen otra vez llevando al vecino inconsciente, suspendido en una especie de camilla gravitacional. Ha sido rápido. Apenas me ha dado tiempo de sacar el teléfono móvil y ver cuatro stories del instagram. 

Los extraterrestres suben de nuevo por la plataforma llevándose a mi vecino de rehén para vete tu a saber a qué terribles experimentos someterle, cuando me doy cuenta de algo: uno de los visitantes, el más alto, llevaba una especie de collar metálico alrededor del cuello y ahora ya no. Abro la ventana y me asomo. “¡Eh tu! ¡Si tu, el alto!” El extraterrestre me mira y mete su mano en el bolsillo, en busca de alguna pistola desintegradora sin duda, pero entonces le señalo su cuello y le indico que le falta algo con lo que saca la mano del bolsillo y se sacude una palmada en la frente a lo anuncio de “ahí va, mis donuts” y entra de nuevo en la casa corriendo; sale a los diez segundos colocándose el collar y me levanta un pulgar antes de entrar. Le saludo con la mano y veo como el ovni empieza a flotar, se eleva unos diez metros en el aire y desaparece a una velocidad superior a la de la luz (bueno igual superior no, pero desde mi punto de vista lo parecía) dejando tan solo una estela luminosa en el cielo nocturno.

El teléfono me notifica que facebook tiene un recuerdo para mi de hace ocho años. Quizás debería haber hecho alguna foto a tal singular escena en lugar de mirar las redes sociales. Y hay que ver qué melenón me gastaba por aquél entonces. Y que carita más fina. Los años no pasan en balde, desde luego.

2 comentarios:

  1. Que cosas, ya uno no puede ver el móvil sin que surjan cosas raras alrededor.

    ResponderEliminar