Demasiados años dando tumbos, caminando a ciegas, mordiendo el polvo y masticando arena; escuchando el silencio atronador, agudo, estridente; una vibración que me hace estallar la cabeza en mil pedazos que se esparcen, se atraen y orbitan; pensamientos e ideas inconexos pero que forman parte de un ordenado caos que me atrapa, me impide pensar y me satura de conceptos incalculables, inabarcables, cuasi infinitos, prácticamente imperfectos…
Como esa canción que escuchábamos en silencio mientras tú conducías hacia un atardecer teñido de rojo y yo te miraba como si fuese la primera vez que lo hacía, aunque quizás era la última, y me permití sonreír por un instante.
Se cierra el telón y los actores huyen, tropiezan entre ellos, se pierden en la oscuridad y gritan de terror al caer por escaleras, quedar empalados en piezas de atrezzo barato y se cortan las venas arrepentidos por haber elegido ese camino tan ingrato y vergonzoso; yo les miro inmóvil consciente que de todos ellos he tenido que interpretar el peor papel, con la diferencia de que yo ya tenía asumido el fracaso, el rechazo de un público sin expectativas ni criterio, igualmente enfadado, decepcionado, ansioso por desatar su furia sobre quienes trataron de entretenerles, y el teatro arde…
Como esa hoguera que encendimos una noche de invierno solo por el placer de mirar el fuego acurrucados, rodeados de puntitos de luz minúsculos que ascendían a un cielo tan oscuro como el abismo que se abría bajo mis pies.
Caída libre, vértigo, un grito ahogado, sin oxígeno, sin sentido; brazos agitándose buscando un asidero en la oscuridad, una mano salvadora que no llegará porque nunca estuvo ahí; un instante para reflexionar, para alegrarse de haber nacido, para lamentarse de no haber vivido, para odiar con el corazón abierto, palpitando con fuerza, ensordecedor, el último acto de rebeldía antes del golpe final…
Como esa puerta que dejé entreabierta por si algún día quería regresar, y que oí cerrarse con tres cerraduras y un candado cuando me alejé, dejando atrás rostros y paisajes quemados por las llamas de mi propia autocompasión, como si para definir aquello que soy hubiese sido necesario borrar todo lo demás.
Silencio, inmovilismo, ni una constante vital en el monitor, un electrocardiograma plano, gasto inútil de tinta para apuntar mi nombre en una etiqueta de papel; ojos abiertos, cristalizados, miradas tristes y suspiros por vocación, sangre estancada en la espalda y lividez, sueños de milagros y reinos en las nubes, de trampillas en el suelo y lagos de fuego, de agonía y de paz…
Como esa noche que desperté asustado por un sueño sin sentido, y te encontré respirando suavemente a mi lado y me acurruqué, para volver a dormirme sin ser del todo consciente de que el sueño era en realidad premonición.